VALERIA SABATER | La Mente es Maravillosa | 30/09/2020
En nuestro
repertorio emocional contamos con dos estados expansivos que pueden sacar lo
mejor y lo peor de nosotros mismos. Identificarlas y saber manejarlas
favorecerá el bienestar y poder mejorar las relaciones sociales.
Las emociones expansivas orientan la voluntad, los sentimientos, la disposición y la energía física hacia el exterior. Son como una explosión que va de dentro a fuera y que proyecta todo nuestro ser a trasladar esa intensidad emocional hacia quienes nos rodean. Esos estados pueden o bien impregnar a los demás de un filtro de positividad, optimismo y festividad o bien dejar una impronta algo más adversa.
En el mundo de la astronomía se produce un
fenómeno similar que puede servirnos de metáfora. Sabemos, por
ejemplo, que en ocasiones, cuando las estrellas “fallecen”, lo
que hacen es explotar originado un resplandor fulgurante que da paso a una
supernova. Ahora bien, en ocasiones, puede suceder todo lo contrario: pueden
implosionar.
Cuando esto sucede se van contrayendo hacia su interior de manera espectacular hasta formar, en ciertos casos, un agujero negro. Esa contracción también ocurre en el universo emocional y se da en estados como el miedo o la tristeza. Son emociones destinadas a reservar la energía, a protegernos, a fomentar la introspección o el estado de alerta.
Sin embargo, la conducta expansiva, aunque puede ser
tan intensa, hermosa y fascinante como una supernova, no siempre es tan
positiva como podemos pensar. La expansión trae muy a menudo
el descontrol y, de ahí, que debamos tener muy en cuenta cuáles son estas emociones
y cómo manejarlas de manera adecuada.
Emociones expansivas: la alegría y
la ira
Hasta el momento existe consenso en considerar que el ser humano presenta 6 emociones básicas: la alegría, la tristeza, la rabia, el miedo, el asco y la sorpresa. Bien, entre ellas, se diferencian a su vez dos tipologías que no dejan de ser interesantes: por un lado, tenemos las emociones contractivas (hacia dentro), como son la tristeza y el miedo, y por otro están las emociones expansivas (hacia fuera), como la alegría y la ira.
Por otro lado, es interesante saber que este
tipo de estados expansivos suelen estar muy presentes en personas con trastorno
bipolar. En esta condición psicológica es muy común, por
ejemplo, que aparezca en algún instante la hipomanía, un síndrome caracterizado
por la euforia, la excitación extrema y esa expansión emocional en la que todo
es exagerado y desproporcionado.
Asimismo, también es frecuente experimentar el
influjo de las emociones expansivas cuando se consume alcohol o cualquier tipo
de droga. En esas situaciones, el comportamiento puede pendular
entre la euforia y el drama, entre lo mejor y lo peor, como es la alegría
extrema y el abismo repentino de la ira que deriva en violencia. Analicemos con
detalle estos estados emocionales.
Alegría: una pelota rebotando en
las paredes de nuestro cerebro
La alegría hace cosquillas, es efervescente. Produce torrentes de serotonina y dopamina que fluyen en grandes cantidades en el cerebro y nos llevan a una esfera donde la euforia lo pinta todo de color dorado. Hay quien define esta emoción como una pelota de color rojo que rebota en la mente de manera festiva; algo intenso, pero breve. El cuerpo se acelera, la circulación sanguínea se vuelve más intensa y colorea las mejillas, haciendo palpitar el corazón…
Ahora bien, es importante señalar que las emociones
expansivas tienen tanto su lado positivo, como su reverso más problemático.
Entonces… ¿qué matiz adverso puede tener la emoción más
deseada de todas? La alegría es el
estado emocional más vibrante, es cierto, pero es importante considerar algunos
aspectos:
·
No
siempre nos permite razonar de manera objetiva o racional. Tomar decisiones en estados de euforia puede ser contraproducente.
·
La
alegría es, además, una emoción que trasciende los límites del organismo para
llegar hasta quien nos rodea. Podemos contagiar a otros de nuestro entusiasmo y
eso como tal es positivo. Sin embargo, dada la intensidad de este estado, en
ocasiones la empatía pierde intensidad y no conectamos de manera adecuada con
los estados emocionales ajenos.
·
Por
otro lado, la excitación excesiva que cursa a veces con la alegría, puede
traducirse en imprudencia. Cuando algunas personas la experimentan, se
autoperciben poderosas, con una elevada seguridad en sí mismas, lo cual puede
hacer que deriven en conductas de riesgo.
La ira, el fuego que nos quema y
que no siempre entendemos
La segunda de las emociones expansivas es la ira. Rechazo, amenaza, pérdida, sensación de injusticia… Este estado emocional combina cognición y activación física, es decir, la mente se llena de pensamientos cargados de rabia y, a su vez, el cuerpo experimenta tensión.
Toda esa energía, a diferencia de la tristeza o el miedo (emociones contractivas o implosivas), se orienta hacia el exterior, necesita acción, necesita que actuemos. Lo más común y lo que sucede cuando este tipo de emociones se adueñan del cerebro es que el área encargada de que pensemos de manera racional, reflexiva y analítica, se desconecte. Prima la impronta de la emoción y el actuar por impulso. Es aquí donde llega el riesgo de derivar en conductas violentas.