miércoles, 3 de marzo de 2021

Cinco actitudes muy comunes que te impiden ser feliz


ROCÍO NAVARRO MACÍAS     |     La Vanguardia     |     06/02/2021 

Según el Dalai Lama, para ser feliz hay que practicar la compasión. Franklin D. Roosevelt dijo que la felicidad reside en la alegría de los logros y la emoción del esfuerzo creativo. Ghandi sostenía que la felicidad se alcanza cuando lo que piensas, dices y haces están en armonía.

Aunque se trata de una emoción agradable a la que todo los seres humanos aspiran, fomentar su aparición resulta también desafiante. “Todos queremos ser felices y estar bien sin haber definido previamente qué es la felicidad y el bienestar para cada uno de nosotros y para la sociedad en general. Esto va a dificultar que logremos alcanzar el objetivo”, indica Lecina Fernández, psicóloga clínica.  

Y no es el único obstáculo para intentar asentar el bienestar, más allá de las circunstancias, y que la felicidad destaque en nuestro espectro emocional. 

¿Es lo mismo felicidad que bienestar?

Aspirar a ser feliz de forma constante es un imposible. “La felicidad es una emoción básica, la tenemos y compartimos todos los seres humanos. Se gestiona junto con las otras emociones como la ira, sorpresa, el miedo…”, explica Irene López, psicóloga y autora del libro Los 10 obstáculos que te impiden ser feliz (Alienta Editorial, 2021).

En un marco más amplio se encuentra el bienestar, que está incluso relacionado con la salud. Según la OMS, la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. “Se trata de un concepto global y general, realmente deberíamos emplear esta palabra en lugar de felicidad. Su búsqueda se corresponde con la correcta gestión de los estados emocionales, buenos y malos. Por lo que la felicidad sería solo una parte del bienestar. Coloquialmente o socialmente se interpretan como sinónimos. La felicidad es un estado, el bienestar sería la meta”, detalla López.

Aclarado el concepto, existen creencias de las que todo el mundo habla y que se interponen de forma evidente en alcanzar un estado de bienestar a nivel individual. Estas son las más comunes:

Los obstáculos

1. Empeñarse en ser feliz

Obcecarse en conseguir la felicidad puede ser uno de los obstáculos más evidentes para alcanzarla. Así lo manifestaba la actriz Bette Davis: “Descubrí que una forma segura de perder la felicidad es quererla a expensas de todo lo demás”. 

Este hecho está relacionado con el anhelo. “Tanto la felicidad como el bienestar anhelan constantemente un paso más del que ya han alcanzado. Esto favorece la infelicidad y el malestar, e impide disfrutar de la felicidad y bienestar logrado”, comenta Lecina Fernández. 

Más allá del deseo, la experiencia vital está ligada de forma inherente a otros aspectos menos agradables, como el dolor o el malestar. “Vivir supone afrontar situaciones personales y las circunstancias del entorno. Es un desafío constante, que provoca estrés, ya sea positivo (como exigencias de logros de ser buen padre o madre, de ascenso laboral,…) o negativo (comentarios negativos, juicios tóxicos,…), dañando nuestra salud mental, física y social”, añade la psicóloga clínica, que invita a identificar dicho estrés, entender cómo funciona y aprender técnicas para gestionarlo. 

Entre ellas aconseja mantener el equilibrio entre la mente, el cuerpo y el espíritu, o yuxtaponer emociones. “Aunque estemos sintiendo emociones negativas, si nos esforzamos en buscar y sentir emociones positivas estas nos ayudarán a regular las negativas, a enfrentarnos a situaciones adversas, a elegir y usar habilidades y estrategias de afrontamiento para superar situaciones”, cuenta Fernández en su libro Ilusión Positiva. Una herramienta casi mágica para construir tu vida (Desclée de Brouwer, 2017).

2. Frustarse continuamente

Ver las metas personales truncadas es algo habitual, y cuando las cosas no salen según esperábamos aparece la frustración. Esta respuesta emocional, asociada con estados desagradables como la vulnerabilidad o el enfado, se ha visto alimentada por la pandemia. “Hay que transmitir que la frustración forma parte de la conducta emocional de las personas. En el momento que una persona vive, existe la probabilidad de frustrarse ante una tarea difícil, una carencia, un obstáculo, una decepción,… y todo eso forma parte de la vida cotidiana”, señala Fernández. 

El mayor problema de la frustración es su baja tolerancia, algo que ha aumentado en las últimas décadas y puede provocar una sensación crónica de este aspecto. “Parece que el desarrollo de la sociedad y su constante conducta de consumismo, unido al creciente individualismo y a la adicción o necesidad constante de felicidad (debido a una psicología positiva mal entendida), ha desencadenado en una baja tolerancia a la frustración en las personas”, continúa. 

Respecto a la frustración, además de evitar dejarse arrastrar por la emoción (dando un paseo, haciendo ejercicio o simplemente respirando), López propone la técnica de las cinco alternativas para aprender a manejarla.

Consiste en crear cinco vías alternativas para conseguir llegar a un objetivo marcado. A cada una de ellas deben asociarse ventajas e inconvenientes. “No existe una solución ideal, lo importante de esta técnica es que ofrece un amplio abanico con ventajas e inconvenientes, y esto facilita que, cuando el plan A no sale, tienes preparadas las alternativas, un plan B, un plan C, un plan D, un plan E. Recuerda que abandonar el objetivo es una de las alternativas”. 

3. Vivir dominado por el deseo

En occidente, la aspiración a un trabajo mejor, una casa mejor o una vida mejor es la tónica general en la sociedad. Intentar hacer las cosas desarrollando todas las capacidades personales es una cosa, y otra vivir gobernado por el deseo. 

“Se habla de que las últimas generaciones han tenido las cosas antes de haberlas deseado, mermando así, entre otras cosas, la libertad y la posibilidad de proyección. Con esta forma de educar se fomenta un perfil de sociedad con altos índices de vacío, malestar, ansiedad y depresión. Las personas están más pendientes de lo que carecen que de lo que tienen, y el resultado es la insatisfacción, la infelicidad y el malestar”, advierte Fernández. 

La experta recomienda aplicar la educación en valores y la ilusión positiva. “Es una poderosa herramienta psicológica para el crecimiento personal y de entrenamiento para tolerar la frustración. Su éxito radica en que la persona se esfuerza y arriesga, aunque no tiene el cien por cien de seguridad ni garantía de que va a conseguir convertir la ilusión en realidad”, concluye Fernández.

4. Confiar demasiado en la resiliencia

Mucho se habla de resiliencia en el contexto actual. Se da por sentado que todos los individuos cuentan con una capacidad de reacción ante la adversidad manifiesta, cuando en realidad esta está determinada por diversos factores. De ahí, que cuando alguien no consigue sobreponerse ante una determinada circunstancia en la forma fugaz que la sociedad espera, pueden sobrevenir sentimientos de tristeza, frustración o decepción con uno mismo.

“Es frustrante e irreal, no todo el mundo tenemos esa capacidad que nos hacen creer, no todos podemos cambiar de la noche a la mañana al 200%, pero sí podemos cambiar igual un 10%. Eso sería suficiente”, matiza López. 

Según indica la autora, conocer las limitaciones personales y evitar comparaciones puede ayudar a sentar objetivos alcanzables. “Dar un giro de 360º es sumamente difícil y no lo vamos a conseguir. Sin embargo, el giro de 30º igual sí es factible y, desde él, pasar a 60º. Una vez que tengamos los 60º podemos seguir o decidir si queremos ese giro y es suficiente para nosotros”, añade. 

5. Procrastinar por sistema

Aunque el refrán invita a no dejar nada para mañana, es habitual hacerlo. Es algo que le pasa a todo el mundo, sobre todo ante agendas desbordadas.

“Cuando las metas son muy altas y las vemos inalcanzables, entramos en un estado de desesperanza y de falta de motivación. Por ende, procrastinamos, dejamos para mañana, pasado o al mes siguiente toda esa ejecución de la meta. El resultado, obviamente, vuelve a ser la frustración y, con ella, una baja autoestima y el ánimo deprimido”, comparte López. Según indica la psicóloga, la procrastinación en extremo se convierte en patología dentro de los trastornos de los estados de ánimo: ansiedad, depresión, etcétera.

Existen métodos para evitar procrastinar, como organizar el día anterior las tareas a realizar. “No hace falta ser muy estricto, pero sí saber qué tareas básicas vas a hacer. Si tienes que llamar al médico y tienes miedo, ésa debe ser la primera tarea. Incluso puedes ponerte alarmas en el móvil para recordarlo”, comparte en su libro López. 

Por otra parte, las tareas no deben realizarse durante más de 50 minutos, ya que el cerebro desconecta de forma natural. “Cuando pase, levántate, da una vuelta por la casa o por la oficina, o ve al baño, desconecta entre 5 y 10 minutos antes de seguir. Una vez hecho el descanso, vuelve otros 50 minutos. El cerebro necesita un poquito de oxígeno y de descanso, si lo sobrecargas de información y de exigencia vas a lograr el efecto contrario: procrastinar”, comenta López.

Es falso porque lo digo yo


Catherine L'Ecuyer     |     elSubjetivo     |     25/04/2020

"Si no hay reconocimiento interior y personal de la verdad, no hay aprendizaje"    

Es así porque lo digo yo. Esa es la huella del conductismo del que nos lamentamos en educación. Según esa visión, el niño sería un ente vacío sin predisposición o interés hacía el aprendizaje y el descubrimiento de la verdad. La fiebre por encontrar el método mágico con el fin de conseguir los resultados educativos deseados caracteriza toda la historia de la educación, desde Comenio. Pero educamos a un ser libre, por lo tanto, educar siempre será un riesgo. Quien no quiera asumir ese riesgo o tenga un prejuicio que le haga entender la libertad en términos de desenfreno o de desorden, está abocado a rendirse a métodos mecanicistas que ignoran ese riesgo.

 

Agustín de Hipona trata esa cuestión introduciendo la idea del reconocimiento interior y personal de la verdad: «Una vez que los maestros han explicado la materia, entonces sus alumnos juzgan en sí mismos si han dicho cosas verdaderas, contemplando la verdad de lo que se les ha dicho de acuerdo con su propia capacidad de reconocerla. Es entonces cuando aprenden». La actitud activa del aprendiz es la apertura ante la realidad que caracteriza a la persona que está dispuesta a dejarse medir por ella a través del esfuerzo paciente.

 

Para la mentalidad conductista, la censura encaja como un guante. Si se supone que la persona no tiene una naturaleza racional que la capacita, con la ayuda del que sabe, para el reconocimiento de lo que es cierto, entonces necesita ser tutelada eternamente en lo que vale o no la pena ser leído. La censura implica que la jerarquía es la única fuente de reconocimiento de la verdad, asume que la persona es incapaz de comprender el contexto, incluso le impide intentarlo, emitiendo veredictos definitivos en asuntos que deberían considerarse provisionales a la espera de tener toda la información.

 

La censura debilita el instinto por medio del cual el maestro interior del que hablaba San Agustín permite reconocer lo que es cierto y lo que no. Pero como decía Georges Orwell, «pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca». Si no hay reconocimiento interior y personal de la verdad, no hay aprendizaje. Ese reconocimiento no es un proceso cómodo, el autor de 1984 decía que ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante. El mundo de la censura, en cambio, es fácil, pasivo y sin matices: es el mundo binario del falso o verdadero. La realidad es más compleja; la sabiduría se encuentra en los matices y la investigación honesta en la generación de hipótesis abiertas. La sana duda es la cualidad imprescindible de los sabios, no solemos encontrarla en los fanáticos.

 

Sustituyendo al juicio mental humano, la censura le adormece, haciéndole reaccionar cada vez más como los algoritmos que censuran, hacia la ignorancia o el fanatismo. El ignorante es manipulable, tiene lo que Orwell llamaba «la mentalidad de gramófono»: le gusta el disco que está sonando, cual sea el que suene. Luego está el fanático. Al ver una foto o un logo, enseguida se pone en marcha el algoritmo mental en el que ha estado entrenado, solo encaja la noticia en sus estrechas categorías mentales. Quien es incapaz de leer a alguien con el que discrepa, quien siente la necesidad constante de alinearse con la narrativa oficial de un grupo concreto al que defiende de forma incondicional, no es que esté convencido de lo suyo, es que ha renunciado a ser persona a favor del colectivo. Como es lógico, cada persona tiene una percepción distinta del universo, y estar convencida de esa visión no es algo peyorativo; el fanatismo reside en no aceptar que pueda haber personas que vivan en universos distintos al nuestro y querer acallarlos controlando sus pensamientos.

 

Ningún algoritmo debería servir de muleta a la capacidad de discernir y juzgar con prudencia o sustituirse a lo que caracteriza el ser humano: su naturaleza racional, su apertura a la realidad, su deseo de conocer. La forma adecuada de luchar contra las noticias falsas es con más información, educación, rigor y contexto. La educación consiste precisamente en la transmisión del contexto, algo que no puede ocurrir en un mundo descontextualizado como es el de Internet. Por ese motivo, la mejor preparación de nuestros jóvenes para el mundo online es el mundo offline. Y las herramientas que nos proporciona la democrática ante la mentira son la información y la educación (para corregir el error), la vía judicial (para la difamación, la calumnia o los atentados a la seguridad), la indiferencia (cuando lo que se ha dicho es una impertinencia) y la réplica argumentada (cuando el interlocutor es honesto y abierto al diálogo).

 

Si la libertad de expresión y de prensa solo se contemplan en términos de desorden y desenfreno, entonces habrá que instaurar un Ministerio de la Verdad que controle todo lo que se dice repartiendo sellos de Nihil Obstat. Si pensamos que la cantidad de ignorantes y de fanáticos es tal que la censura es inevitable, entonces hemos de estar preparados para que aumente de forma exponencial. Y si dejamos que eso pase, habremos caído tan bajo que tendremos que volver a explicar a quienes no están en condiciones de escucharlo que el agua moja y que el fuego quema.