sábado, 16 de mayo de 2026

Quejarse de la situación económica: ¿ayuda o deprime?

 MARGA DURÁ     |     lavanguardia.com     |     28/04/2026

La psicología distingue dos tipos de queja: la instrumental (para reparar la causa) o la ventilación emocional, que a menudo se “hereda” del entorno familiar o se adquiere porque en su día fue útil para recibir atención

“Este mes se me ha estropeado la lavadora y ya no puedo más de gastos”. “Después de pagar los recibos a principios de mes, me quedo sin un euro, así no se puede vivir”. “¿Cómo voy a ahorrar si ya me cuesta hacerme cargo del alquiler? No sé qué voy a hacer”. “Ayer fui al supermercado y los precios han vuelto a subir”. Este es el mantra que recitan en España no solo las clases desfavorecidas, sino también una clase media asediada por la inflación.

El voraz precio de la vivienda, las constantes subidas en la cesta de la compra y en los suministros o esos imprevistos que ya no se pueden cubrir con ahorros, asfixian a una parte de la población que se lamenta en voz baja… o alta. ¿Airear los cotidianos desastres económicos libera tensión o la incrementa? ¿Lamentarse de las dificultades es una válvula de escape o un pasaje en primera clase hacia el pesimismo?

Víctimas de estrés financiero

En España, son muchos los que se desvelan por cuestiones económicas: el 60% de la población, según un estudio de Unobravo, sufre al menos una vez a la semana estrés financiero. Los principales detonantes son los gastos inesperados (29,6%) o no contar con suficientes ahorros (25,2%).

“Es un problema bastante habitual hoy en día, porque una situación económica inestable genera mucha ansiedad, ya que el dinero no solo cubre las necesidades básicas, sino que también está muy relacionado con la seguridad, la tranquilidad y la sensación de estabilidad”, apunta el psicólogo Javier Barreiro.

Esa vivencia de vulnerabilidad tiene sus consecuencias, tal y como enumera Julia Vidal, psicóloga y directora clínica de Área Humana Psicología: “Genera un estado displacentero y de gran inseguridad que puede repercutir en el cuidado personal —no acudir a un fisioterapeuta o a un dentista, por ejemplo—, en las relaciones —evitar encuentros sociales para no gastar—, y en el bienestar emocional en general”.

Según la encuesta de Unobravo, el 65,2% de los encuestados ha rehuido compromisos sociales por culpa, como apunta Vidal, de la ansiedad financiera. Visto el panorama, no es extraño que algunos aprovechen para airear sus penas con sus íntimos.

¿Por qué nos quejamos?

Desde la psicología se distinguen dos tipos de queja: la instrumental (se utiliza con la intención de reparar la causa) o la de ventilación emocional. Esta última, según Vidal, “es una forma de expresión para ser oído o entendido. Expresa el problema que se tiene con todas las emociones que ha provocado en esa persona. Por ejemplo, una mujer podría decir: ‘No puedo comprar nada, todo es carísimo, así yo no voy a poder vivir’, demostrando incomodidad y fastidio. Otra podría simplemente comunicar sin quejarse: ‘Estoy preocupada por no llegar a final de mes’. Son dos estilos comunicativos”.

La preferencia por la queja como ventilación emocional se aprende del entorno familiar o se adquiere cuando en su momento fue útil para recibir atención y, a partir de ahí, se instaló como un modus operandi casi inconsciente.

La queja, no le quitemos mérito, puede procurar un desahogo puntual muy conveniente. “Expresar y compartir es positivo, favorece que alguien te proporcione una visión distinta, que otros puedan sincerarse y contarte sus vivencias, y pueden aparecer ideas para ajustarse a una situación difícil”, apunta Vidal.

La clave está en la mesura. No es lo mismo compartir el disgusto por tener que pagar una multa que consideramos injusta que, cada vez que conversamos con un amigo, sacar a colación nuestras penurias financieras. En estos casos, según Vidal, “La persona favorece un malestar emocional que repercute en más quejas, genera malestar en quien la escucha y puede provocar rechazo. El individuo aprende a focalizar su atención en lo que va mal y no en los otros aspectos buenos que tiene en su vida”.

Es entonces cuando la queja desemboca en un bucle de pensamientos negativos del que es muy difícil salir y que es demasiado fácil de alimentar, con el riesgo de acabar con la victimización.

Empatía versus co-rumiación

Cuando alguien nos explica un problema íntimo, sabemos que esa persona confía en nosotros. La empatía es inmediata. Sin embargo, según la psicóloga Amanda Rose, de la Universidad de Wisconsin, la dinámica de quedar para compartir las penas puede tener una contrapartida negativa: la co-rumiación.

​En psicología, se entiende por rumiación a esos pensamientos repetitivos y negativos que solo se enfocan en el malestar, en sus causas y consecuencias, sin buscar una solución. Al quedar con amigos para hablar de las desgracias personales de cada cual, caeríamos en la co-rumiación.

​Además, estas situaciones nos sumergen en la dinámica del “yo también”, ya que cuando alguien explica un hecho frustrante, la audiencia se solidarizará relatando otros similares. Por respeto, nadie manifestará lo feliz que se siente en ese momento de su vida. Así se multiplicará esa co-rumiación que confirmará las sospechas de que todo va a peor, porque no somos los únicos a los que les suceden calamidades. De esta forma, nos convencemos de que todos somos víctimas de un sistema inamovible y, por lo tanto, no hay nada que podamos hacer.

 

De la necesidad a la dismorfia del dinero

La crisis del 2008 supuso una pérdida del poder adquisitivo que, con sus picos y sus valles, se ha arrastrado hasta nuestros días. Las incesantes noticias dibujan un panorama político y económico hostil que aumenta la inestabilidad personal. Y también lo hace la dismorfia del dinero: una visión poco realista de nuestros recursos que provoca un miedo infundado.

“El problema de fondo es que vemos en redes sociales a gente que realmente no tiene tanto dinero como aparenta tener, y eso genera frustración, ansiedad y problemas a nivel psicológico. Si tú estás viendo a una persona con un deportivo y una mansión, es muy probable que sientas que le van mejor las cosas que a ti”, comenta Borja Rubí, asesor financiero y autor del pódcast ‘Inversión para humanos’.

Desde las influencers hablando de sus “louivi” (por los bolsos Louis Vuitton) hasta los criptobros alardeando de Lambo (Lamborghini), todos parecen haber jugado sus cartas mejor que quien ejerce de funambulista para llegar a final de mes. Esa dolce vita regalada enfatiza aún más los agujeros de la propia. Y la sensación de una pobreza que no es tal.

La suma de estos factores puede generar una inquietud innecesaria por el dinero. “Yo he tenido en varias ocasiones personas que decían que no tenían dinero y su familia me ha confirmado que no solo sí tenían, sino que gozaban de una buenísima economía”, explica Vidal.

Plan de convivencia con la precariedad

La situación económica de algunas personas no mejorará, por lo que tendrán que convivir con ella. Vidal recomienda cinco pasos para mantener a raya la ansiedad financiera (y que no pasan por la queja):

“Confirmar que es cierto. No por pensar o creer algo lo es. Aunque parezca extraño, lo que propongo a mis pacientes es que valoren si es o no una realidad. Hay personas, como decía antes, preocupadas sin razón”, asegura la psicóloga.

Compartir con los más allegados lo que sucede, mediante una queja instrumental libra de la presión de, por ejemplo, tener que inventar excusas para no ir a cenar.

Hablar de lo ocurrido de forma constructiva: pedir ayuda a las personas adecuadas, las que realmente tienen un conocimiento que nos puede ser útil para salir del trance. La técnica de la “lluvia de ideas” puede funcionar.

Fijar objetivos concretos: “reducir en un 10 % un gasto mensual concreto” o “conseguir un cliente nuevo”. Son más controlables y menos abrumadores que mirar el conjunto de la situación.

Ponerse en el peor escenario posible, entender qué sucedería y cómo se podría resolver. No tiene por qué suceder, pero saber que incluso así contaríamos con una salida permite recuperar la sensación de control.

¿Y qué hacemos con la queja de ventilación emocional a la que tanto nos habíamos aficionado? ¿Podemos emplearla? ¿Debemos desterrarla? “No hay una respuesta definitiva, ya que hablar de lo que te preocupa puede ser positivo si te ayuda a desahogarte o a sentirte acompañado, pero el problema, sobre todo, aparece cuando la queja se vuelve constante, ya que refuerza una visión negativa de la propia situación, lo que puede aumentar la sensación de impotencia y esto dificulta el paso para buscar algún tipo de solución útil a esa situación”, aclara Barreiro.

 

Qué hábitos ayudan a combatir la adicción al celular, según especialistas

 MARTINA CORTÉS MOSCHETTI     |     infobae.com     |     08/05/2026

Pequeños cambios en la rutina pueden mejorar la concentración, reducir la ansiedad y disminuir la necesidad de revisar la pantalla constantemente

La adicción al celular se ha consolidado como una preocupación sanitaria y social a nivel mundial, tras más de dos décadas de expansión de los teléfonos inteligentes. De acuerdo con especialistas consultados por The New York Times, limitar únicamente el tiempo de uso resulta insuficiente para combatir la dependencia digital. Los expertos insisten en que la solución requiere intervenciones prácticas y humanas, adaptadas a las dinámicas familiares, escolares y comunitarias.

La relación de la sociedad con el móvil es cada vez más compulsiva. Diversos estudios internacionales coinciden en que niñas, niños, adolescentes y adultos reportan dificultades para dejar de usar el dispositivo, lo que perpetúa un ciclo de uso problemático asociado a síntomas de ansiedad, disminución de la concentración y alteraciones del sueño.

Un informe especial de The New York Times describe que escuelas y comunidades educativas han adoptado medidas en respuesta al descenso del rendimiento académico y al aumento de los problemas de socialización vinculados a la distracción digital.

Por ello, cientos de escuelas en todo el mundo han restringido el uso de celulares en el aula, con el objetivo de mejorar el desempeño escolar y fomentar la interacción presencial entre estudiantes.

Respuestas institucionales y legales frente a la dependencia digital

La preocupación por los efectos negativos del teléfono móvil ha alcanzado también el ámbito judicial. Padres, autoridades y organizaciones de defensa del consumidor han presentado demandas colectivas contra empresas tecnológicas, responsabilizando a los desarrolladores de aplicaciones adictivas por incentivar el uso compulsivo.

Un caso reciente en California llevó a un jurado a considerar a Meta y Google responsables de los daños ocasionados por la exposición constante a sus plataformas. Paralelamente, la saturación de estímulos digitales ha impulsado la popularidad de los denominados “teléfonos básicos” o feature phones.

Estos dispositivos, limitados a funciones esenciales como llamadas y mensajes, son elegidos por familias y usuarios que buscan reducir la sobrecarga mental y recuperar el control sobre su tiempo y atención.

Aunque el discurso público suele centrarse en la preocupación por el tiempo de pantalla en adolescentes, los especialistas advierten que los adultos también contribuyen al problema. De hecho, padres que imponen límites estrictos a sus hijos rara vez aplican normas similares a sus propios hábitos, lo que debilita la efectividad de cualquier política doméstica.

Según los expertos citados por The New York Timesmedir las horas de uso no aborda las causas profundas de la dependencia digital. Este enfoque, basado en la restricción horaria, no modifica los patrones de comportamiento ni fortalece la capacidad de autorregulación. En consecuencia, se propone un cambio de paradigma que privilegie el acompañamiento, la educación y el desarrollo de hábitos saludables.

Estrategias recomendadas para una convivencia digital saludable

Frente a este escenario, especialistas y profesores plantean un conjunto de acciones prácticas:

  • Parentalidad consciente: Los adultos deben asumir el liderazgo como modelos de uso equilibrado del móvil y promover conversaciones abiertas sobre los desafíos digitales en el hogar.
  • Selección de contenidos apropiados: Es fundamental establecer filtros y acompañar a niñas, niños y adolescentes en la elección de aplicaciones, juegos y redes sociales, priorizando propuestas educativas y recreativas seguras.
  • Zonas libres de pantallas: Crear espacios en la vivienda —como comedores, dormitorios y áreas comunes— donde el uso de dispositivos esté restringido, favorece el vínculo familiar y la calidad del descanso.
  • Dispositivos simplificados: Optar por teléfonos básicos reduce la exposición a estímulos constantes y ayuda a regular la interacción con el entorno digital.
  • Acuerdos familiares y educativos: Diseñar reglas claras y consensuadas sobre el consumo de tecnología, tanto en el hogar como en la escuela, facilita la convivencia y previene conflictos.
  • Fomento de la autorregulación: Más allá del control externo, es indispensable enseñar a niñas, niños y adolescentes a identificar señales de uso excesivo y a gestionar de manera autónoma su relación con la tecnología.

Estas estrategias buscan no solo reducir el uso excesivo del móvil, sino también sostener el bienestar emocional y cognitivo de las personas en un entorno saturado de estímulos digitales.

El fenómeno de la dependencia digital trasciende fronteras. La Organización Mundial de la Salud y la Academia Americana de Pediatría han publicado recomendaciones específicas para el uso responsable de tecnología digital en menores, subrayando la importancia del acompañamiento adulto y la promoción de hábitos saludables desde la infancia.

El desafío central para autoridades, familias y comunidades educativas reside en encontrar un equilibrio entre los beneficios de la conectividad y la protección frente a los riesgos de la hiperconectividad.

El debate actual apunta a una transformación cultural que valore el uso consciente, la desconexión periódica y el fortalecimiento de vínculos sociales presenciales, en línea con la evidencia científica y las mejores prácticas internacionales.

lunes, 11 de mayo de 2026

Kike Esnaola, psicólogo: “Creemos que la causa de todo nuestro malestar es el diagnóstico, pero lo que sentimos es el resultado de una historia vital muy compleja”

ANNA RODRÍGUEZ HURTADO      |     lavanguardia.com     |     08/05/2026

El psicólogo y autor de “Habitando el malestar” denuncia un comportamiento extendido al afrontar el malestar. 

“Estamos consumiendo psicología en las redes sociales o incluso en una conversación en el ascensor, porque hoy en día se habla en cualquier sitio de cuestiones que tienen que ver con la salud mental”, denuncia Kike Esnaola. El efecto, advierte, puede ser similar al de consultar el horóscopo, ya que se muestra un listado de síntomas muy generales con los que muchos se pueden identificar. 

El psicólogo sanitario, orientador educativo y divulgador propone en Habitando el malestar (Planeta) reflexionar sobre el verdadero origen del malestar, dejando a un lado la lectura generalizada de los síntomas y poniendo el foco no solo en uno mismo, sino también en el entorno. Entre otros, el laboral, donde cada vez se habla más de ansiedad, estrés o agotamiento.

En Habitando el malestar, propone que para dar respuesta a los problemas individuales hay que mirar de frente la realidad social. ¿Cómo definiría la realidad actual?

Me parece que la realidad está muy polarizada. Cada vez hay más fragmentación social y eso nos hace creer que el sentido de comunidad se agrieta. Es algo que está muy validado por el contexto social, aunque no somos conscientes de ello. Es una realidad peligrosa para el bienestar y la salud mental.

¿Podría poner un ejemplo cotidiano de ese individualismo?

Un caso frecuente es despertarte en casa, contestar un WhatsApp, bajar a la calle y no conocer a ningún vecino, trabajar en remoto, en un coworking con gente que no es de la ciudad, volver a casa, contestar otros WhatsApps, utilizar cualquier aplicación para ligar, scrollear en las redes sociales y luego cenar comida precocinada o pedirla a domicilio e irte a dormir.

¿Y cómo afecta esta forma de vivir?

Los pacientes que tienen relatos como este suelen expresar que se sienten solos, tristes y poco conectados. Tenemos tan normalizado este funcionamiento individualizado que, por ejemplo, sentimos que hemos hablado mucho por WhatsApp a lo largo del día –algo que puede generar una sensación de fatiga social–, pero en realidad la conectividad con otras personas no se da, al menos no en el plano analógico.

¿Es algo que le preocupa como profesional?

Mi mayor preocupación y la de otros profesionales es ver que en los últimos años se ha hablado muchísimo de salud mental –que era una conversación muy necesaria–, pero así hemos simplificado la forma en la que abordamos el tema. 

De repente se han colado en el lenguaje social etiquetas médicas y clínicas, que ni siquiera vienen de la psicología, vienen de la psiquiatría médica y de los manuales de diagnóstico, para describir emociones, estados de ánimo, incomodidad y malestar humano.

¿Qué etiquetas son las más recurrentes para describir el malestar?

Últimamente, estamos utilizando muchísimo términos como ansiedad, depresión, PAS (persona altamente sensible), TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad), TCA (trastorno de conducta alimentaria) y TOC (trastorno obsesivo compulsivo).

¿Qué efectos negativos puede tener ponerse una etiqueta sin un diagnóstico médico?

El principal efecto negativo es que las etiquetas utilizan descripciones muy generales, sobre todo las que viajan a través del algoritmo de TikTok y de Instagram. Me parece que activan una mirada enfermiza del malestar y lo simplifican.

¿En qué sentido son demasiado generales?

Hay definiciones de trastorno por estrés postraumático, de trastorno de conducta alimentaria o de trastorno obsesivo compulsivo con las que todos y todas nos podemos sentir representados. Así, se genera algo muy parecido al horóscopo: un efecto de identificación con aspectos muy generales con los que la mayoría nos podríamos identificar.

¿El riesgo es atribuirle a la etiqueta todo lo que nos pasa?

Creemos que la causa de todo nuestro malestar es la etiqueta, es el diagnóstico: “Yo estoy muy mal porque tengo depresión” o “no me gusta nada mi cuerpo porque tengo TCA”, cuando en realidad lo que sentimos es el resultado de una historia vital muy compleja.

Satisface de alguna manera una necesidad muy humana. La de pertenecer a un grupo. Esto nos ciega y nos impide encontrar soluciones profundas y disminuye nuestra capacidad de autocomprendernos.

¿Cómo se traslada esta visión al ámbito laboral?

La frustración o quemazón que muchos trabajadores pueden sentir se debe a unas condiciones laborales injustas o precarias, pero también existen otras casuísticas. Por ejemplo, hay personas trabajando en sitios que se alejan de sus propios gustos y que en algunas ocasiones les impiden vivir el proyecto vital que quieren. Por eso se relacionan con el trabajo más desde la supervivencia que desde el deseo.

Por otro lado, está el contexto social. Es innegable que en España nos encontramos en una situación complicada, que hay una crisis y una dificultad de acceso a la vivienda, y todas esas cuestiones culturales y contextuales influyen muchísimo en el bienestar individual. En una empresa pasa igual: hay variables como el género, la estructura, la jerarquía, el liderazgo, que influyen en el bienestar individual de los trabajadores.

Entonces, cuando alguien se siente mal en el trabajo, ¿cómo puede distinguir qué parte tiene que ver con la empresa y qué parte tiene que ver consigo mismo?

Creo que hay que empezar a sustituir el autoetiquetaje por la reflexión profunda y consciente para tener un ojo crítico y neutro con la institución, pero también con nosotros mismos. Hay que enfrentarse al conflicto y repartir las cargas. No hay que cargar con la culpa de todo lo que nos pasa ni tampoco desplazar toda responsabilidad a una institución.

¿Cuál es el mayor aprendizaje que se puede extraer del libro?

Que el malestar no es algo de lo que tengamos que huir. Si me encuentro mal en el trabajo y cambias, puede que sea una respuesta de huida. Tenemos que escuchar el malestar, ver qué nos tiene que decir, saber por qué nos duele. Si hacemos ese viaje con una mirada crítica y aprendemos a repartir las cargas, podemos conocer muchísimo más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.