domingo, 7 de junio de 2026

Cómo es la nueva terapia contra la depresión que se enfoca en encontrar caminos hacia la alegría

ALEXIS PAIVA MACK      |      latercera.com      |      07/05/2026

Un estudio publicado en JAMA determinó que el tratamiento de afecto positivo (PAT, por sus siglas en inglés) presentó resultados prometedores en ensayos clínicos. Los autores aseguran que este tipo de terapia se centra en que los pacientes aprendan nuevas habilidades que mejoran el estado de ánimo.

Una investigación publicada a finales de abril en la revista científica JAMA se centró en estudiar cómo una terapia relativamente nueva, llamada tratamiento de afecto positivo (PAT, por sus siglas en inglés) puede afectar la anhedonia.

Esta última, en términos sencillos, es la incapacidad de experimentar alegría o placer.

Según distintos especialistas, la anhedonia es uno de los síntomas más comunes y peligrosos de la depresión. Sin embargo, usualmente no es uno de los que más tratan los diferentes tipos de terapias.

El profesor de psicología en la Universidad de Vanderbilt, Steven Hollon, quien ha investigado la depresión y la ansiedad durante décadas, declaró recientemente al Washington Post que la psicoterapia y la medicación pueden ser medidas altamente efectivas para reducir las emociones negativas.

En sus palabras: “Hacemos un buen trabajo ayudando a las personas a sentirse mejor”.

No obstante, comentó Hollon, lo que ha sido más difícil de lograr es que las personas con depresión o ansiedad se sientan realmente bien.

Los resultados de la investigación publicada en JAMA fueron “sorprendentes”, según el académico de Vanderbilt.

Qué es el tratamiento de afecto positivo (PAT) y cómo se desarrolla este tipo de terapia

La profesora adjunta de psicología clínica en la Universidad de Virginia Commonwealth, Anne Haynos, explicó al citado periódico que el PAT está diseñado para ayudar a los pacientes a encontrar más alegría, conexión y sentido.

Afirmó que, usualmente, el objetivo de los terapeutas es reducir los síntomas de depresión o ayudar a superar una fobia o ansiedad social.

El PAT, en cambio, se centra en que los pacientes aprendan diversas habilidades que mejoran el estado de ánimo, tales como incorporar actividades positivas a sus vidas y centrarse en disfrutar de esas experiencias.

“Esto representa un cambio de paradigma en el diseño habitual de las terapias”, comentó Haynos.

La psicólogos clínica y profesora de psicología en la Universidad Metodista del Sur, Alicia Meuret, quien dirigió el estudio publicado en JAMA, explicó al Post“Sabemos que la anhedonia se desarrolla cuando el sistema de recompensa del cerebro se vuelve menos sensible a las experiencias positivas”.

“La terapia de afecto positivo busca ayudar a las personas a recuperar la capacidad de experimentar placer y motivación cuando el estado de ánimo positivo es bajo, actuando directamente sobre el sistema de recompensa del cerebro”.

Meuret precisó que el objetivo del PAT no es ignorar las emociones negativas, sino aumentar la resiliencia y ayudar a la mente a estar más receptiva a las razones para sentir esperanza.

Agregó que aspectos como la generosidad y la amabilidad no solo pueden ser agradables. También, aseguró, pueden mejorar el estado de ánimo.

“Por supuesto, todos tenemos días en los que nos sentimos desmotivados, en los que nos cuesta tener sentimientos positivos, en los que nos sentimos desconectados, en los que nos sentimos insatisfechos. Por eso, las técnicas PAT pueden ayudar a cambiar este estado, redirigiendo intencionadamente la atención hacia los aspectos positivos de una experiencia“.

A modo de ejemplo, dijo que le suele pedir a sus pacientes que asistan a una reunión social y presten atención a los aspectos positivos de ese momento, tales como el sabor de la comida o qué se siente hablar con un amigo que no se ha visto en mucho tiempo.

Afirmó que aunque no todas las experiencias son positivas, el tiempo y la reflexión pueden ayudar a que se rescaten elementos positivos.

La investigación realizada por Meuret y sus colegas concluyó que el PAT puede ser más eficaz que la terapia tradicional para ayudar a las personas a reeducar su cerebro y experimentar emociones más positivas y menos negativas.

“Esperábamos que el tratamiento del afecto positivo (PAT) fuera mejor para mejorar el afecto positivo y la anhedonia, y que el tratamiento del afecto negativo (NAT), centrado en disminuir los síntomas de depresión y ansiedad como la ira o la tristeza, fuera mejor para disminuir el afecto negativo. Pero en todos los casos, el PAT fue superior”.

“Este fue un hallazgo realmente importante, sobre todo porque pudimos replicarlo tres veces”, dijo Meuret, refiriéndose a la cantidad de ensayos clínicos que hizo su equipo.

La profesora distinguida del Departamento de Psicología de la Universidad de California en Los Ángeles, Michelle Craske, quien también participó en la investigación publicada en JAMAaseguró que han visto indicios prometedores de que las personas que se someten al PAT modifican las vías neuronales de su cerebro.

“Reaccionan con mayor intensidad, activan las regiones cerebrales que normalmente se activan cuando anticipamos algo positivo o experimentamos algo de forma más positiva. Con este tratamiento, estamos activando vías neurobiológicas específicas”, declaró al Post.

Pese a sus hallazgos, los autores reconocieron que el estudio tuvo limitaciones.

“Si bien nuestros resultados sugieren precedencia temporal y controlan los efectos autocorrelacionados, no establecen causalidad ni descartan variables externas no medidas”, escribieron en la publicación.

Anticiparon que se necesitan más investigaciones con muestras más grandes para descifrar en detalle los potenciales beneficios y efectos de este tipo de tratamiento.

Cabe recordar que, si tienes dudas sobre tu salud mental, siempre es recomendable acudir a especialistas para evaluar tu caso y las mejores formas de abordarlo.

viernes, 5 de junio de 2026

Cristina Gutiérrez Lestón: “Me parece bien la idea de agentes-tutores; padres y maestros han perdido autoridad y hay que recuperarla”

EVA MILLET      |     lavanguardia.com      |     06/05/2026    

Miles de escolares pasan cada año por La Granja Ability Training Center, un centro educativo que trabaja competencias emocionales básicas para niños desde hace veinte años

En 1984, los padres de Cristina Gutiérrez Lestón fundaron una granja-escuela a los pies del Montseny para acercar el medio rural a los niños. Cuando su hija se incorporó la empresa familiar, poco imaginó que acabaría dirigiendo un centro pionero en España en educación emocional por el que pasan más de 40.000 criaturas cada año. Pero, como argumenta Cristina, si las emociones nos acompañan día a día y muchas decisiones y conflictos son provocados por ellas: ¿Por qué no aprender a gestionarlas, ya desde niños, como se aprenden otras materias? Con este punto de partida ha creado el Método La Granja©, que celebra su veinte aniversario, y ha escrito tres libros sobre el tema.

¿Es necesario aprender a gestionar nuestras emociones?

Tradicionalmente, valores como la empatía, el agradecimiento y la generosidad se aprendían observando los referentes, tangibles, de cada uno: nuestros padres, abuelos y maestros. Incluso, la religión. Lo que pasa es que estamos en un momento de aceleración, en el que imperan las pantallas, donde niños y adultos pasan muchas horas y hay mucha agresividad, conflictos y estrés. La llamada “generación ansiosa” es un hecho y las pantallas han sido una de las grandes impulsoras. Todo ello nos aleja del autoconocimiento, nos desregula emocionalmente y nos acerca a estos niveles, muy elevados, de patología mental que estamos viendo.

Las exigencias de la crianza también han aumentado: hoy los padres han de ser expertos en cosas que hasta hace poco se consideraban intuitivas, como la gestión emocional. ¿No es demasiado?

Si los padres no saben gestionar sus propias emociones será difícil educar emocionalmente a los hijos. Yo siempre hablo de un concepto clave: la gravitación emocional o la tendencia de los humanos a dejarnos llevar por las emociones más potentes que sentimos, que son el miedo, la ira y la tristeza; por este orden. Este es un buen punto de partida: entender que la naturaleza no te empuja hacia la felicidad, el amor y la alegría, sino hacia estas otras tres emociones, más “oscuras”, que, además, son las más contagiosas. Es importante ser consciente de ello.

Se habla de una epidemia de salud mental, pero el tema de la gestión emocional lleva tiempo sobre la mesa: ¿De que ha servido, entonces, si la gente no está bien?

Porque falta práctica: se habla mucho de emociones, pero no se practica cómo regularlas. Es como enseñar a conducir solo con la teórica… Hablar de emociones sería la parte teórica y está muy bien, pero si no hacemos la práctica, no sirve de nada: esa es la verdadera educación emocional.

Lleva más de dos décadas dedicada a este tema: supongo que ha visto resultados positivos…

Sí, y no solo a nivel profesional; también lo hemos medido de manera científica. Desarrollar las competencias emocionales (es decir: ser conscientes de lo que sentimos y tener herramientas para lidiar con ello), nos servirá durante el resto de su vida. Mejora el bienestar, es algo científicamente comprobado. Lo que pasa es que estamos en un momento, te diría, de ‘tsunami’ y gravitamos hacia el miedo, la ira, la tristeza y la agresividad.

Hablando de agresividad: ¿Qué le parece el proyecto de la Generalitat de introducir ‘mossos’ de paisano en los centros educativos más conflictivos?

En La Granja formamos a policía municipal y veo que, bien llevada, esta idea de agentes-tutores, un modelo de policía de proximidad que trabaja dentro del ámbito escolar y comunitario, es genial. ¿Por qué? Porqué estamos viendo que figuras tradicionales de autoridad como los padres, los maestros, el director de la escuela, los médicos incluso, han perdido el poder; no se les respeta ¡Hoy se pega a maestros, a médicos! Por tanto, hemos de usar la autoridad de aquellos que todavía la tienen. Es importante recuperarla y ser una tribu que educa. En un pueblo, por ejemplo, el policía municipal es quien se encarga de velar por una buena convivencia, con lo cual, si hay centros que piden esta figura y van ‘mossos’ formados, con esta mirada, a mí me parece muy bien.

¿Conoce alguna experiencia similar?

En Terrassa, en una escuela con la que colaborábamos, había problemas de bullying —que, no olvidemos, es violencia—. Se puso en marcha una colaboración entre el centro y la policía local que, al principio, fue polémica, pero cuando se vio la efectividad, todo cambió.

Usted alerta del pesimismo como una emoción cada vez más potente, pero, tal y como está el mundo, con guerras, desigualdad, crisis climática, escasez de vivienda… ¿Es posible criar sin pesimismo?

Si criamos así lo que tendremos es una generación de pesimistas, de gente dependiente. Lo contrario al pesimismo es la ilusión, la perseverancia y la pasión, por lo que hay que tratar de buscar un mensaje más positivo. Desigualdades siempre ha habido y mucho más fuertes: hace un siglo las mujeres no podían votar, morías de enfermedades que hoy se curan en la sanidad pública… En muchas cosas estamos en una de las mejores épocas de la humanidad. Yo sigo teniendo esperanza: somos capaces de muchas cosas buenas y es posible cambiar el discurso, porque —y eso es algo básico en la gestión emocional—, si hablamos siempre desde el pesimismo y la fatalidad, lo contagiamos a nuestros hijos.

Otra opción de muchos frente al panorama incierto es sobreproteger a la prole. Usted siempre ha alertado sobre ello: ¿por qué?

Porque la sobreprotección es la enemiga de la autonomía, crea personas dependientes; tendremos que estar toda la vida detrás de ellos. Además, si no permito que mi hijo se frustre, le estoy engañando, porque en algún momento no conseguirá lo que quiere. Y se puede frustrar con cinco años, llorar un poco y empezar a aprender, o a los veintiuno y, a lo mejor, empezar a autolesionarse… Como padres, decidimos cuándo empezar a entrenarlos en algo tan básico como es aprender a tolerar la frustración.

En los últimos años ha irrumpido la llamada “crianza respetuosa”, una etiqueta que se reivindica como la forma adecuada de educar a los niños. ¿Qué opina de esta tendencia?

Depende de lo que se entienda como “respetuosa”, que para mí no significa que el niño haga lo que quiera. Es importante prestar atención a lo que ser respeta: yo pediría a los padres que respetaran cosas de sus hijos como su capacidad de ser autónomos y de tolerar la frustración. Si les evito la frustración, no los estoy respetando; estoy respetando mi miedo a que se frustre. También puedes “respetar” el miedo de tu hijo, pero creo que es mejor respetar su valentía, su capacidad de afrontar ese miedo. La valentía es una habilidad imprescindible para la vida, porque el miedo es una emoción muy peligrosa si no se tiene bajo control.

¿Cuáles serían las otras habilidades emocionales básicas?

La primera es la autoestima, es decir, la capacidad de querernos. Pero si hay sobreprotección, no habrá autoestima, porque si sobreproteges a tu hijo, diciéndole cosas como: «Ya llevo yo la mochila», «Ya discuto yo la nota del examen», lo que le estás diciendo es: «Sin mí, tu no puedes. No puedes confiar en ti mismo», lo que generará una baja autoestima. Y la otra habilidad básica es la empatía, que ayuda a despertar mi voluntad de ayudar a los otros. Es decir: hay que cuidar la relación con uno mismo y con los otros.

En política cada vez abundan más los niños consentidos, siendo Donald Trump un paradigma: como experta: ¿Nos podría decir qué emociones carece —o excede— el presidente de EEUU?

Creo que Trump tiene una mezcla de lo que se llama la “triada oscura”: por un lado el narcisismo, ese «yo primero». También tiene un rasgo patológico que es la psicopatía, no digo que sea un psicópata, sino que es alguien que no percibe cómo se sienten los otros. Y la tercera sería el maquiavelismo: ese «cómo me puedo salir siempre con la mía». Es también muy iracundo… La verdad es que no es una persona emocionalmente inteligente y, por tanto, su gravitación tiende hacia el miedo: considera que con la amenaza puede conseguir lo que quiera y por eso la utiliza de forma constante. Y a corto término, esto funciona —también en las empresas y en otros puestos de responsabilidad—, pero cuando ya pasa un tiempo, la gente se cansa; y creo que esto ya está empezando a pasar con Trump 

miércoles, 3 de junio de 2026

La “sencilla pero potente” técnica que recomienda un psicólogo para reducir la ansiedad

MARTA SIERRA     |     infobae.com     |     21/05/2026

Esta estrategia, conocida como la respiración cuadrada, permite devolver cierta sensación de control en un momento de tensión

La ansiedad no entiende de horarios ni de lugares. Puede aparecer en mitad de una jornada de trabajo, durante un trayecto en transporte público o incluso en casa, cuando aparentemente todo está en calma. La sensación de alerta constante, el aumento del ritmo cardíaco o la dificultad para concentrarse forman parte de una respuesta que muchas personas experimentan a diario y que normalmente en ocasiones resulta difícil de controlar.

Aunque cada caso es diferente, los especialistas coinciden en que aprender a gestionar la ansiedad es un proceso que requiere tiempo y práctica. No existen fórmulas mágicas capaces de hacer desaparecer el malestar de inmediato, pero sí herramientas que pueden ayudar a rebajar la intensidad de esos síntomas y devolver cierta sensación de control en momentos de tensión.

Entre las técnicas más utilizadas se encuentran los ejercicios de respiración. Precisamente sobre ello habla el psicólogo Ángel Macías (@angelmaciaspsicología en TikTok) en uno de sus vídeos, en el que explica una estrategia sencilla que puede ponerse en práctica prácticamente en cualquier lugar y sin necesidad de materiales externos. “Reduce tu ansiedad utilizando esta sencilla pero potente técnica. Se denomina respiración cuadrada y consiste en los siguientes pasos”.

Qué es la técnica de la respiración cuadrada

La estrategia de la respiración cuadrada se basa en seguir un ritmo concreto mientras la persona centra su atención en la respiración y en una imagen mental. “Con los ojos cerrados nos vamos a imaginar un cuadrado. Vamos a coger aire durante cuatro segundos y vamos a mantenerlo otros cuatro. Luego vamos a soltar aire durante cuatro segundos y luego mantenemos de nuevo durante otros cuatro”, explica Macías. El psicólogo recomienda repetir varias veces el mismo ciclo hasta notar una reducción progresiva de la ansiedad.

El nombre del método no es casual. Según detalla el especialista, la visualización juega un papel importante en el proceso. “Se llama respiración cuadrada porque a la vez nos vamos imaginando que dibujamos los vértices del cuadrado cada cuatro segundos”, afirma. Esa combinación entre respiración y concentración busca apartar la atención de los pensamientos que alimentan el estado de alerta.

La explicación del psicólogo parte de una idea sencilla: la forma de respirar influye directamente en cómo se siente el cuerpo. “Cuando tenemos ansiedad estamos en alerta y cuando estamos en alerta respiramos raro”, sostiene. En situaciones de nerviosismo, la respiración suele acelerarse y hacerse más superficial, algo que puede incrementar todavía más la sensación de angustia.

Por ello, controlar el ritmo respiratorio puede convertirse en una forma de enviar señales de calma al organismo. “La respiración, te guste o no, determina tu estado mental y emocional y, cuando una persona está tranquila, suele respirar más de esta forma que de la que lo haces ansioso (en alerta)”, añade Macías. El objetivo no es eliminar por completo la ansiedad de forma inmediata, sino reducir la intensidad física y mental que acompaña a esos episodios.

El experto también destaca la importancia de dirigir la atención hacia el momento presente. Contar los segundos durante cada fase del ejercicio ayuda a romper el bucle de pensamientos que suele acompañar a la ansiedad. “Cuando contamos los segundos, nuestra atención no se centra en pensar cosas ‘mágicas pendejas’, sino en el presente y en conectar con otra cosa diferente a lo que hago de forma ansiosa”, explica.

Aunque la respiración cuadrada no sustituye a la ayuda profesional cuando existe un problema de ansiedad persistente, sí puede convertirse en una herramienta útil para afrontar momentos concretos de estrés. Su sencillez permite practicarla en cualquier entorno y adaptarla a distintas situaciones cotidianas.

lunes, 1 de junio de 2026

Marian Rojas Estapé, psicóloga: "Si un padre le soluciona todos los problemas a un niño bloquea su corteza prefrontal"

 EL CONFIDENCIAL      |     elconfidencial.com      |      09/05/2026

Intervenir de forma constante ante cualquier dificultad impide que el cerebro infantil aprenda a gestionar el miedo, la frustración y la toma de decisiones

Un niño intenta atarse los cordones, se frustra, duda… y antes de que pueda intentarlo de nuevo, un adulto se adelanta y lo hace por él. La escena es cotidiana y nada del otro mundo, pero para la psicóloga Marian Rojas Estapé encierra una enseñanza clave sobre cómo se forma el cerebro infantil y, a largo plazo, la personalidad adulta. 

La experta explica que cada vez que un niño se enfrenta a un reto, por pequeño que sea, su cerebro entra en acción. Por un lado se activa la amígdala, la zona encargada de detectar el peligro y generar miedo. Al mismo tiempo, entra en juego la corteza prefrontal, que analiza la situación, busca soluciones y ayuda a tomar decisiones. Es ese diálogo interno el que permite avanzar pese a la inseguridad inicial.

El problema está en que el adulto interrumpa constantemente ese proceso. “Si el padre le soluciona todos los problemas a un niño, está bloqueando su corteza prefrontal”, señala Rojas Estapé. En lugar de aprender a pensar alternativas, el menor recibe el mensaje de que no puede solo y de que el miedo manda. Así, la amígdala se refuerza, mientras la parte racional del cerebro apenas se entrena.

Con el tiempo, ese desequilibrio deja huella. Niños sobreprotegidos pueden convertirse en adultos con dificultades para tomar decisiones, con temor al error o con una gran dependencia emocional. No porque carezcan de talento o inteligencia, sino porque nunca aprendieron a tolerar la incomodidad ni a confiar en su capacidad para resolver problemas.

La psicóloga insiste en que educar no es eliminar los obstáculos del camino, sino enseñar a transitarlos. Acompañar al niño, observar desde cerca y ofrecer apoyo cuando lo necesita no implica resolverle cada dificultad. De hecho, permitir que se equivoque y que experimente frustración moderada es una forma de fortalecer su cerebro y su autoestima.

En una sociedad cada vez más orientada a la inmediatez y al confort, el mensaje de Rojas Estapé invita a parar y reflexionar. Proteger no siempre es ayudar. A veces, el mayor regalo para un niño es dejarle pensar, intentar y descubrir que puede enfrentarse a los retos de la vida por sí mismo.

jueves, 28 de mayo de 2026

¿Por qué no puedo llorar? “El bloqueo emocional aparece de manera progresiva; al final te acostumbras y lo percibes como tu estado normal”

MARGA DURÀ      |      lavanguardia.com      |      31/03/2026

Las personas que son incapaces de conectar con sus sentimientos se vuelven solitarias, en ocasiones hurañas, apáticas y les cuesta tomar decisiones; a menudo no son conscientes de lo que les ocurre ni el porqué

En la saga de Harry Potter, el mago y sus compañeros debían plantarle cara a los dementores, unos gigantescos humanoides de trazas cadavéricas y piel pútrida que se nutrían de la alegría humana. Su presencia se anunciaba con un frío interior que no remitía al calor de ningún fuego. El objetivo escogido por el monstruo se sentía confuso y sus recuerdos más tétricos se repetían en su mente durante días.

El arma letal y más temida en la obra era el beso del dementor, mediante el cual succionaba el alma y convertía a la víctima en un “cascarón vacío”. Jamás sería capaz de volver a sentir. La autora, J.K. Rowling, confesó que se valió de los dementores como metáfora de su estado mental en momentos adversos.

Una dolencia invisible

Los dementores, obviamente, no existen, pero las personas que no son capaces de conectar con sus sentimientos no pertenecen a la ficción. Son un grupo solitario, en ocasiones con apariencia huraña, que no sabe lo que le ha ocurrido, no les ha besado un dementor: padecen un bloqueo emocional.

El bloqueo emocional avanza silencioso. Sin grandes aspavientos, se atrinchera en la mente orquestando un sutil cortocircuito: impide o merma la conexión con los sentimientos. Un pesimismo discreto acompaña cada paso y ensombrece las razones que hacían vibrante la vida, restándole color e intensidad a todo.

Una engañosa zona de confort aprisiona bajo la promesa de proteger o ante la imposibilidad de lograr la energía necesaria para salir de ella. Además, el bloqueo emocional provoca que tomar la decisión más nimia se equipare a escalar el Everest, y ello dificulta aún más la búsqueda de una solución.

Ese silencio con el que se abre paso y la indecisión que lo acompaña son los que dificultan su detección. “La mayoría de los pacientes no son conscientes de lo que les ocurre y acuden a consulta para tratar los síntomas, que pueden ser muy diversos, desde insomnio hasta problemas de concentración”, ilustra la psicóloga Francina Bou.

Las señales de alarma son idénticas a las que vivimos en los momentos de presión: falta de atención, confusión, saturación, dificultad para decidir y, en general, pocas ganas de hacer casi nada. Sin embargo, estos síntomas no se esfuman cuando se supera el escollo: se instalan como un zumbido a baja intensidad al que uno se acaba habituando. Según la psicóloga Judit March, “sucede sin que nos demos cuenta porque el bloqueo aparece de manera muy progresiva. La persona se acostumbra y lo percibe como su estado normal”.

Ni siento ni padezco

Pese a que quien padece esta desconexión o no es consciente de que su mal tiene nombre, suele definir su estado como “un sentimiento de vacío, de encontrarse perdido, de no saber qué se está haciendo”, reporta Bou. Otra consecuencia es la imposibilidad de llorar: como nada conmueve, las lágrimas desaparecen. Curiosamente, la ausencia del símbolo de la tristeza denota un desconsuelo con carga de profundidad.

Las actividades que en otro momento resultaban placenteras pasan sin pena ni gloria, y la sensación de estar desconectado de uno mismo y del entorno se incrementa, acompañada de una resignación impuesta por el propio letargo.

El cuerpo también acusa las consecuencias. “Tensión muscular, cansancio constante, alteraciones del sueño, dolor de cabeza y sensación de opresión en el pecho o en el estómago pueden acompañar a un bloqueo emocional”, sugiere March.

La procrastinación, la parálisis, la apatía y la anhedonia (incapacidad de sentir placer) son la parada final de los casos más graves.

¿Fríos e insensibles?

“Un bloqueo emocional no es una situación inocua. Provoca, habitualmente, que tengamos la sensación de no ver con claridad lo que sucede en nuestra vida, y todo ello genera un estrés que se va acumulando. También incide en las relaciones: no podemos comunicarnos con los demás, rehuimos las conversaciones profundas y esto pasa factura a los vínculos afectivos”, cuenta Bou.

En un momento en el que la ayuda externa sería providencial, cuesta más que nunca pedirla. A esto se suma que esa frialdad aparente provoca distancia, pues la falta de empatía se dirige hacia uno mismo y hacia el entorno. Nada conmueve, ni lo propio ni lo ajeno.

“El bloqueo emocional dificulta conectar emocionalmente con las personas. Entorpece la expresión de los sentimientos y puede generar malentendidos, porque los demás pueden percibir frialdad o desinterés en esta actitud”, advierte March.

Un mecanismo de defensa

¿Por qué el cerebro decide desconectarse de las emociones? Se trata de un mecanismo de defensa que se activa cuando el sistema psíquico está desbordado. Para evitar un mal mayor se aísla, como cuando se funden los plomos porque la red eléctrica no puede soportar la intensidad. Como ocurre con el estrés, es una respuesta que protege, pero que acaba jugando en contra cuando se prolonga en el tiempo.

“Cuando aparece una emoción muy intensa, el cerebro puede percibir que procesarla resultaría demasiado doloroso o desestabilizador. Para protegerse, evita la emoción. Si esto se repite muchas veces, puede generar un estado de bloqueo en el que la persona ya no accede fácilmente a las emociones”, comenta March.

Un accidente, una muerte o una ruptura pueden abrir la puerta de par en par a esta coraza afectiva, pero también pueden hacerlo hechos más discretos como preocupaciones constantes, un exceso de obligaciones o decepciones continuadas que van haciendo mella, como la gotera que acaba por derrumbar el techo. “Los conflictos internos también pueden provocarlo: cuando una persona tiene valores, deseos o expectativas que entran en conflicto, puede aparecer el bloqueo”.

Del blanco y negro al color

Este estado no es irreversible, y los especialistas señalan que hay un camino de vuelta a los sentimientos, pero que no pasa por forzar las emociones, sino por crear las condiciones para que puedan volver a procesarse. El tiempo de recuperación dependerá de cada persona y del periodo que lleve asentado el bloqueo.

El primer paso será, como siempre en los trastornos de la psique, diagnosticar el cuadro clínico. Ponerle nombre y apellidos y, a partir de ahí, reconocer las emociones sin juzgarlas.

“La clave para desbloquear las emociones es expresarlas”, recomienda March. Pero la especialista sugiere no hacerlo solo verbalmente, sino buscar formas creativas como la música, la pintura o la escritura para acompañarlas y darles salida.

El movimiento, como la danza o el ejercicio físico, resulta muy útil en estos casos, pues en el cuerpo habitan las emociones y a través de él se pueden empezar a liberar. El mindfulness o cualquier tipo de meditación allanarán el proceso, puesto que calman la actividad cerebral y permiten que la mente sea capaz de procesar los sentimientos.

El autocuidado es una herramienta eficaz, pues este aislamiento interior desconecta de la necesidad de velar por la salud. Todo resulta más fácil cuando se come bien, se duermen las horas necesarias y se mima el cuerpo. Es, también, el momento de concederse ciertas recompensas para abandonar el modo supervivencia.

¿Quedan secuelas tras atravesar este trance? “Un bloqueo emocional no supone necesariamente que uno se convierta en una persona fría o distante, aunque es probable que aprenda a relativizar ciertas situaciones. En la mayoría de los casos, cuando las emociones se procesan y se integran bien, se alcanza una mayor madurez emocional”, asegura March.