viernes, 3 de julio de 2026

Eirene García, psicóloga: “Hay personas que piensan siempre en lo peor para protegerse, pero la catastrofización solo hace que suframos antes de tiempo”

 ANNA CALPE     |     lavanguardia.com     |     24/05/2026

Aunque no podemos mantener el control ante las adversidades de la vida, la psicóloga sostiene que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia

“El ser humano es un animal de costumbres y, cuando algo cambia, la incertidumbre nos asusta”. Eirene García, psicóloga especializada en trauma y duelo, acompaña a las personas a atravesar los cambios inevitables de la vida: desde una amistad que se enfría hasta una ruptura, un cambio de trabajo o la muerte inesperada de un ser querido. Situaciones que, en mayor o menor medida, nos recuerdan que vivir implica transformarse constantemente.

Aunque mantener el control ante estas adversidades no siempre es posible, la psicóloga sostiene en Cuando nada es seguro, todo es posible (BRUGUERA) que hay algo esencial que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia, incluso aquellas marcadas por la pérdida, la incertidumbre o el duelo. Lo explica también en conversación con La Vanguardia.

En un mundo donde el cambio no es la excepción, sino la norma, ¿por qué se percibe la estabilidad como el estado natural de las cosas?

En el fondo, nuestro cerebro necesita seguridad. Desde que existe la humanidad hemos intentado reducir la incertidumbre de muchas maneras: a través de la religión, de los profetas, del tarot o incluso de la ciencia y la meteorología. Siempre hemos buscado anticiparnos a lo que va a ocurrir para sentir que tenemos cierto control sobre la vida. La estabilidad nos da calma porque a nuestro cerebro le gusta saber qué pasará después. La incertidumbre, en cambio, genera miedo. De hecho, una de las estrategias más comunes que tenemos las personas es la catastrofización: anticipar que ocurrirá lo peor. Hay quienes piensan siempre en el peor escenario para protegerse, pero esta forma de pensar solo hace que suframos antes de tiempo. Sucede cuando aparecen pensamientos como “voy a suspender el examen”, “no me van a coger en este trabajo” o “esto no va a funcionar”. Es una forma de intentar protegernos emocionalmente, aunque en realidad no nos ayuda.

Entre los cambios que afectan nuestra vida habla de “microduelos cotidianos”. ¿Cómo pueden cambios aparentemente pequeños convertirse en un duelo emocional importante?

No todos los duelos tienen que ver con la muerte. Hay pérdidas mucho más silenciosas que también nos afectan. Por ejemplo, una amistad que se enfría después de un malentendido o porque una de las dos personas empieza a distanciarse sin explicar qué ocurre. A veces sentimos que algo cambia, que el vínculo se vuelve extraño, y acabamos perdiendo a alguien importante sin haber tenido una conversación clara. Eso también es un duelo, aunque muchas veces ni siquiera lo reconocemos como tal. También ocurre con los cambios laborales. Imagina que cambias de trabajo porque has encontrado mejores condiciones. En teoría deberías sentirte feliz porque ha sido una decisión tuya y supone una mejora. Sin embargo, también puedes sentir tristeza porque dejas atrás compañeros con los que tenías una relación cercana o una rutina que te hacía sentir cómoda. Lo mismo pasa cuando un proyecto no sale adelante o cuando haces una entrevista de trabajo y no te seleccionan. Son pequeñas pérdidas que a veces minimizamos, pero que emocionalmente pueden tener mucho impacto.

¿El desconocimiento de un microduelo explica el sentimiento de culpa cuando la vida nos sonríe?

En parte, y también porque nos cuesta aceptar la ambivalencia emocional. Vivir implica sentir emociones contradictorias al mismo tiempo. Podemos estar felices y tristes a la vez, y eso es completamente humano. Por ejemplo, puedes alegrarte porque vas a mudarte a una ciudad con mejor calidad de vida o porque vas a tener un salario mejor. Pero al mismo tiempo sentir tristeza porque dejas atrás a tus amigos, a tus vecinos o a una etapa importante de tu vida. El problema es que socialmente existe la idea de que, si algo es positivo, deberíamos sentirnos únicamente felices. Nos decimos a nosotros mismos: “No debería estar triste porque esto es bueno para mí”. Y ahí aparece la culpa. Sin embargo, las emociones no funcionan de manera tan simple. Hay experiencias que implican ganancia y pérdida al mismo tiempo, y permitirnos sentir ambas cosas es mucho más sano que intentar encajar en una expectativa social.

¿Cómo podemos prepararnos para el cambio y el porvenir emocional de lo inevitable sin caer en el estrés o la ansiedad?

La diferencia está en distinguir qué depende de nosotros y qué no. Prepararnos para el futuro es saludable cuando actuamos sobre aquello que sí podemos hacer: cuidarnos, organizarnos, tomar decisiones o desarrollar herramientas personales. El problema aparece cuando intentamos controlar lo incontrolable. Yo suelo poner un ejemplo muy sencillo: es como salir a correr y pretender no sudar. Hay cosas que simplemente forman parte de cómo funciona la vida. Muchas personas me dicen en consulta: “Sé que no debería querer controlarlo todo”. Y yo les respondo que cierto grado de control es necesario y adaptativo. Lo que genera sufrimiento es intentar controlar las emociones de los demás, el resultado exacto de las situaciones o aquello que no está en nuestras manos. Ahí es donde aparece la frustración constante.

En tu consulta, ¿qué cambios vitales observas que desestabilizan más a las personas hoy en día?

Generalmente, los cambios más difíciles son los inesperados, aquellos que llegan de forma brusca y sobre los que sentimos que no hemos tenido capacidad de decisión. Por ejemplo, una de nuestras especialidades es el duelo perinatal. La pérdida de un bebé durante el embarazo es una experiencia profundamente traumática y, además, muy silenciada socialmente. Muchas madres sienten que no pueden expresar libremente ese dolor o que el entorno minimiza lo sucedido. También ocurre con las rupturas inesperadas. Hay relaciones que se van deteriorando poco a poco y en las que ambos perciben que algo no funciona. Pero existen otras en las que una persona siente que todo estaba bien y, de repente, recibe una ruptura inesperada. En esos casos suele aparecer una frase muy repetida: “No me lo puedo creer”. Y precisamente ahí vemos el impacto del cambio traumático: cuando rompe por completo la idea que teníamos de nuestra realidad.

¿Qué etapas de la vida son especialmente desestabilizadoras?

Hay muchas teorías sobre las crisis vitales asociadas a determinadas edades: la crisis de los 30, de los 40, de los 50 o incluso la jubilación. Pero personalmente coincido mucho con el autor Bruce Feiler, que defiende que las crisis pueden aparecer en cualquier momento. En mi caso, por ejemplo, viví cambios muy importantes siendo niña. A veces pensamos que las grandes crisis solo llegan en la adultez, pero no es así. La vida puede transformarse radicalmente a cualquier edad. Desde que nacemos estamos atravesando cambios y pérdidas. Salimos del vientre materno y entramos en un entorno completamente distinto. Después llegan cambios evolutivos, familiares, relacionales, laborales o incluso derivados de acontecimientos inesperados. Cada transición puede desestabilizarnos de forma distinta según nuestras herramientas emocionales, nuestra historia de vida y el apoyo que tengamos alrededor.

¿Qué herramientas pueden ayudarnos emocionalmente a sostener una etapa de transición?

Para mí, una de las herramientas más importantes es rodearnos de personas que nos quieran bien. El apoyo social es fundamental durante los cambios importantes. Pero no cualquier apoyo sirve. Hay personas que intentan ayudar minimizando el dolor con frases como “no es para tanto” o “tienes que ser fuerte”. Y eso muchas veces hace que quien está sufriendo se sienta todavía más incomprendido. El apoyo realmente saludable es el que valida lo que sentimos, el que acompaña sin juzgar y el que entiende que no siempre hay soluciones ni palabras perfectas. A veces el simple hecho de estar presente y escuchar ya es profundamente reparador.

¿Cómo podemos saber si estamos atravesando una etapa que requiera ayuda profesional?

Todo depende de cómo ese malestar está afectando a las distintas áreas de tu vida. Es normal que un cambio importante tenga un impacto emocional. Puede hacer que tengamos menos energía, problemas de concentración, alteraciones del sueño o más pensamientos recurrentes. Cada persona lo vive de una manera distinta. Hay quien necesita aislarse un poco y quien necesita mantenerse constantemente ocupado. Pero el problema aparece cuando nos quedamos atascados. Por ejemplo, cuando el pensamiento gira continuamente alrededor del “por qué”, cuando no conseguimos salir de la rumiación mental o cuando dejamos de disfrutar completamente de nuestra vida cotidiana. Si el sufrimiento empieza a impedirnos trabajar, relacionarnos, descansar o cuidar de nosotros mismos, entonces probablemente necesitemos acompañamiento profesional.

¿Por qué hay personas más intolerantes a la incertidumbre que otras?

Tiene mucho que ver con la historia personal, con el aprendizaje y con cómo hemos vivido los cambios a lo largo de nuestra vida. También influye mucho cómo nuestros padres o referentes afrontaban la incertidumbre. En mi caso, por ejemplo, viví muchos cambios durante la infancia y no tuvimos cierta estabilidad hasta la adolescencia. Eso, aunque fue difícil, también me dio herramientas para adaptarme a situaciones nuevas. La tolerancia a la incertidumbre no es algo con lo que simplemente se nace; también se entrena. Cuanto más aprendemos a atravesar cambios y a comprobar que podemos sostenerlos, más capacidad desarrollamos para convivir con lo incierto.

Después de escribir el libro y de acompañar tantos procesos durante tu trayectoria, ¿qué has aprendido sobre la incertidumbre que más te ha marcado?

Creo que una de las lecciones más importantes me la dio un médico durante mi primer embarazo. Yo tenía una amenaza de aborto y estaba muy angustiada porque necesitaba saber qué iba a pasar. Y recuerdo que él me dijo algo muy sencillo: “No puedo decirte con certeza qué ocurrirá. Solo podemos mantener una actitud expectante”. Aquella frase me marcó muchísimo. Entendí que había situaciones en las que no podía hacer otra cosa que centrarme en el presente, cuidarme y aceptar que el futuro todavía no estaba escrito. Afortunadamente, todo salió bien. Pero desde entonces intento vivir muchas situaciones desde esa actitud expectante. No desde el pesimismo, sino desde el realismo. A veces la gente me dice: “Siempre estás con el ‘ya veremos qué pasa’”. Y para mí no es una forma negativa de mirar la vida, sino una manera de aceptar que no podemos controlarlo todo. Ni lo mejor está garantizado ni lo peor es inevitable. Muchas veces simplemente tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre mientras seguimos adelante.

jueves, 2 de julio de 2026

José Luis Marín, psiquiatra: "El ruido hace mucho daño a la salud en general: el ruido ambiental y también el ruido personal que nos rodea"

 S. LÓPEZ      |     elconfidencial.com     |     15/05/2026

El especialista recomienda dedicar entre quince y veinte minutos diarios al silencio para reducir el ruido ambiental y personal

 

El ruido puede afectar de forma directa al bienestar psicológico y a la salud en general. Así lo advierte el psiquiatra José Luis Marín, que recomienda dedicar cada día entre quince y veinte minutos al silencio para reducir estímulos, escucharse y recuperar equilibrio mental.

 

En un contexto marcado por la sobreinformación, las pantallas y la falta de atención, José Luis Marín defiende la necesidad de crear un espacio diario sin exigencias externas. No plantea una técnica compleja, sino un momento de calma, sin dispositivos ni interrupciones, en el que la persona pueda estar a solas y observar qué piensa, qué siente y qué necesita.

 

Según explica el psiquiatra, ese paréntesis favorece el contacto con la llamada red neuronal por defecto, un sistema cerebral que se activa cuando no estamos concentrados en tareas externas. Esta red está relacionada con la reflexión, la memoria autobiográfica y la construcción de la identidad, por lo que permite ordenar la experiencia interna y darle sentido.

 

La clave de su planteamiento está en la coherencia psicológica. Para Marín, el bienestar aparece cuando se alinean tres dimensiones fundamentales: lo que una persona necesita, lo que siente y lo que piensa. Cuando estas esferas entran en conflicto, pueden surgir tensión interna, ansiedad o sensación de desconexión; cuando se armonizan, aumenta la estabilidad emocional.

 

Uno de los aspectos que el especialista subraya con más fuerza es el impacto del ruido en la salud mental. No se refiere solo al ruido ambiental, como el tráfico o las pantallas encendidas de forma constante, sino también al ruido personal: ese flujo de demandas, expectativas y mensajes internos sobre lo que deberíamos hacer o cómo deberíamos comportarnos.

 

En esta misma línea, el médico y divulgador Mario Alonso Puig también destaca herramientas para reducir el ruido mental, como el ejercicio físico, hablar con alguien de confianza, escribir las preocupaciones o practicar estados contemplativos vinculados al mindfulness. En conjunto, la propuesta apunta a una idea sencilla: parar unos minutos al día no es un lujo, sino un hábito necesario para vivir con más claridad y equilibrio.

miércoles, 1 de julio de 2026

Paolo Crepet, psiquiatra: “Si se ha vuelto tan difícil decir lo que pensamos, estamos mal”

JUANJO VILLALBA      |     menshealth.com     |     06/05/2026

El experto alerta sobre una sociedad que pierde la capacidad crítica mientras se refugia en la comodidad digital

Hay muchas personas que sienten que cada vez cuesta más decir lo que uno piensa. Eso preocupa bastante a Paolo Crepet, psiquiatra y sociólogo italiano, que vuelve a poner el foco en una transformación profunda. Su nuevo libro, ‘Il reato di pensare’ (El delito de pensar), recoge esa inquietud. “Si se ha vuelto tan difícil decir lo que se piensa, estamos mal”, advierte.

El problema, según Crepet, no es solo el uso de dispositivos, sino el tipo de relación que establecemos con ellos. Las redes sociales y la tecnología digital, explica, no solo median la comunicación, también moldean la forma de pensar. En ese proceso, se instala una homogeneización cultural que reduce el espacio para la duda, la discrepancia o la creatividad. “La cuestión es si hemos tomado un camino en el que incluso nuestro cerebro puede verse afectado”, resume.

Una generación que pierde matices

El ejemplo que propone es desconcertante. En Noruega, uno de los países pioneros en introducir tabletas en la educación infantil, los resultados han encendido todas las alarmas. Según Crepet, jóvenes de entre 25 y 30 años tienen dificultades para seguir los subtítulos en una película, lo que afecta a su comprensión de la trama. Se trata de un síntoma de algo más profundo: una pérdida progresiva de habilidades cognitivas básicas.

El dato provoca una pregunta. ¿Qué ocurre cuando la tecnología, pensada para facilitar el acceso al conocimiento, termina debilitando la capacidad de procesarlo? La respuesta no es sencilla, aunque Crepet insiste en que el problema no se resuelve eliminando dispositivos de forma puntual.

Prohibir no basta

En el cantón suizo del Ticino, las autoridades han decidido prohibir el uso de teléfonos móviles en las escuelas obligatorias. La medida busca recuperar la atención en el aula y limitar distracciones. Aun así, Crepet considera que el debate va mucho más allá. “Si quito algo, tengo que dar otra cosa a cambio”, plantea.

El reto, en su opinión, consiste en reconstruir una idea distinta de creatividad, de relaciones y de gestión emocional. No basta con restringir el acceso a pantallas. Hace falta proponer experiencias que devuelvan densidad a la vida cotidiana, que inviten a pensar, a imaginar y a vincularse con otros de forma menos mediada.

La responsabilidad no recae solo en los jóvenes ni en las familias, también en el conjunto de la comunidad. Crepet apunta a una tendencia compartida hacia la comodidad, una especie de refugio colectivo en la “zona de confort” que limita la curiosidad y el esfuerzo. Su propuesta final es la siguiente: “Sugiero elegir una vida hecha de cosas reales” 

lunes, 29 de junio de 2026

Cuando vemos reír a los niños, presenciamos la brillantez del cerebro en acción”: un estudio relaciona hacer reír a los niños con una reducción del estrés

HELENA ORTEGA     |     lavanguardia.com     |     27/05/2026     

La investigadora Jacqueline Harding, especialista de la Universidad de Middlesex, sostiene que hacer reír a los niños puede ayudar a calmar su sistema nervioso y fortalecer los vínculos emocionales

Jugar, bromear y reír en familia no solo mejora el ambiente en casa. La ciencia empieza a demostrar que esos entrañables momentos van más allá: pueden influir directamente en el desarrollo emocional, el aprendizaje y la capacidad de los niños para afrontar situaciones difíciles.

El cerebro necesita reír

La risa infantil suele verse como algo espontáneo o incluso anecdótico, pero cada vez más investigaciones apuntan a que tiene un papel mucho más profundo. Según recoge Europa Press, la investigadora Jacqueline Harding, directora de Tomorrow’s Child y especialista de la Universidad de Middlesex (Reino Unido), sostiene que hacer reír a los niños puede ayudar a calmar su sistema nervioso, fortalecer los vínculos emocionales y mejorar su resiliencia frente al estrés.

En su libro El cerebro que ama reír: Una guía visual del humor y la conexión humana en la primera infancia, Harding explica que la risa activa distintas regiones cerebrales relacionadas con las emociones, el movimiento y el pensamiento. Además, disminuye hormonas vinculadas al estrés, como el cortisol y la adrenalina, y favorece la liberación de sustancias relacionadas con el bienestar, entre ellas la dopamina, la serotonina y las endorfinas.

La autora insiste en que el humor no es algo superficial. Al contrario: considera que la risa forma parte de un mecanismo biológico complejo que ayuda al cerebro infantil a aprender, conectar y desarrollarse. “Cuando vemos reír a los niños, presenciamos la brillantez del cerebro en acción”, señala. Asimismo, el estudio destaca que el humor obliga al cerebro a resolver tensiones y contradicciones, algo que estimula la creatividad, la memoria y la neuroplasticidad. En otras palabras, reír no solo relaja: también entrena la mente.

Reír juntos fortalece el vínculo

Harding explica que compartir momentos de juego y humor entre padres e hijos puede aumentar los niveles de oxitocina, conocida como la hormona del apego, y mejorar la sincronización emocional entre ambos. Ese vínculo no solo beneficia a los menores: también ayuda a reducir el agotamiento y el estrés de los propios adultos.

La investigadora aclara que no se trata de estar contando chistes constantemente, sino de fomentar espacios de juego espontáneo, contacto visual y atención compartida. Según su análisis, esas experiencias quedan grabadas en el cerebro infantil y ayudan a construir herramientas emocionales para el futuro.

Además, el estrés prolongado durante la infancia puede afectar al aprendizaje, al sistema inmunitario y a la salud mental a largo plazo. Por eso, introducir dinámicas positivas y momentos de conexión emocional podría actuar como una especie de “amortiguador” frente a la tensión cotidiana.

La idea de utilizar la risa como herramienta para reducir el estrés también es compartida por otros expertos. En una entrevista con La Vanguardia, el coach y escritor Pancho Campo defendía que reír es una de las formas más eficaces de liberar endorfinas y mejorar el bienestar emocional.

Campo, autor del método SMILE, sostiene que el humor puede convertirse en una herramienta útil para combatir la ansiedad y gestionar mejor la presión del día a día. Según explica, el estrés crónico provoca una liberación sostenida de cortisol que acaba afectando tanto a la salud mental como física. Frente a ello, la risa actuaría como un mecanismo natural de regulación emocional.

El experto también subraya que muchas veces vivimos demasiado pendientes del futuro, algo que alimenta la ansiedad y el miedo. En ese contexto, actividades sencillas como compartir momentos agradables, jugar o simplemente reír pueden ayudar a reconectar con el presente y reducir la sobrecarga mental.

Más humor también en las aulas

Harding va un paso más allá y plantea que el humor debería tener más espacio dentro de la educación infantil. La experta considera que un entorno alegre y emocionalmente seguro favorece el aprendizaje y mejora la retención de conocimientos. Aunque la risa no elimina todos los problemas, sí puede convertirse en una herramienta poderosa para afrontarlos de una manera más saludable.

Aroa Granados, psicóloga: “El error es pensar que existe una única solución para la ansiedad”

 MARTA SIERRA      |     infobae.com     |      05/05/2026

La experta señala que debe desconfiarse de los discursos que prometen “curar” la ansiedad con una técnica estándar

La ansiedad se ha convertido en una realidad para mucha gente. Cada vez más personas reconocen convivir con ella, ya sea de forma puntual o persistente, en un contexto donde el ritmo de vida, la incertidumbre y la sobreexposición parecen intensificarla.

En paralelo, han proliferado discursos que prometen soluciones rápidas: métodos infalibles, rutinas milagrosas o técnicas capaces de “eliminar” la ansiedad en pocos pasos. Estas propuestas, ampliamente difundidas, suelen simplificar un proceso complejo y generan expectativas difíciles de cumplir.

Sin embargo, la experiencia clínica y la evidencia psicológica apuntan en otra dirección: la ansiedad no funciona como un interruptor que pueda apagarse. Desconfiar de las soluciones que se presentan como definitivas no es un acto de pesimismo, sino de realismo.

En este contexto, la psicóloga Aroa Granados (@aroagranadospsicologia en TikTok) plantea una reflexión que cuestiona directamente esa búsqueda constante de respuestas inmediatas. Así, responde a una pregunta que le hacen en uno de sus vídeos: “¿Y cuál es la solución a la ansiedad? Antes de darte la solución, te voy a decir el error que estás cometiendo por el cual no estás viendo la solución. El error es pensar que existe una solución única para la ansiedad, la fórmula mágica que va a hacer que desaparezca”.

El miedo y la ansiedad

Su planteamiento de Granados rompe con la expectativa habitual: no hay una receta universal válida para todos. “La solución que quieres es que la ansiedad desaparezca, pero la ansiedad es una emoción secundaria que deriva del miedo”. Así, no se trata de erradicarla, sino de comprender su origen.

Granados insiste en el papel funcional del miedo como base de este proceso emocional. “El miedo es una emoción biológica que, si no estuviera, estaríamos todos muertos. Por lo que, aunque te parezca mentira, tu ansiedad es necesaria”. La ansiedad no es únicamente un problema, también cumple una función adaptativa.

Lejos de proponer la resignación, la experta plantea un enfoque activo. “Pero entonces, ¿no puedo hacer nada? Pues claro que lo puedes hacer”. A partir de ahí, sugiere un ejercicio práctico que invita a la introspección. “Vas a agarrar un cuaderno y un boli y cada vez que tengas ansiedad, te vas a preguntar qué miedo hay debajo, porque, si se ha activado la ansiedad, es porque algo te da miedo”.

El objetivo no es quedarse en la identificación superficial, sino profundizar en el origen de ese malestar. “Cuando ya sepas qué es todo lo que te da miedo, vas a empezar a pensar qué necesitas trabajar en ti, ya sean herramientas o capacidades, para que esos miedos no den tanto miedo y deje de condicionar tu vida”. El foco, por tanto, se desplaza desde la eliminación del síntoma hacia el desarrollo personal.

En este sentido, la psicóloga lanza una advertencia clara contra la estandarización de las soluciones. “Por favor, deja de buscar la solución única estándar, porque eso solo te está despistando de buscar donde tienes que buscar”. Así, “cada persona tiene sus propios miedos y tiene sus propias carencias”, de ahí que los enfoques generalistas tengan un alcance limitado.

“Por eso desconfía de que te digan que te vas a curar con una solución estándar que vale a todo el mundo, ya que la solución estándar, como las herramientas o la medicación, te van a ayudar a bajar revoluciones temporalmente, pero no te van a sanar desde la raíz”.

lunes, 22 de junio de 2026

Nueva herramienta para predecir el riesgo de trastorno bipolar en adolescentes hospitalizados

AITANA PALOMAR-Barcelona- Periodismo Blanquerna  | lavanguardia.com | 14/04/2026

Un modelo predictivo basado en datos clínicos podría ayudar a anticipar la aparición de este trastorno en jóvenes con mayor riesgo

Un equipo internacional de investigadores ha desarrollado una herramienta capaz de calcular la probabilidad de que adolescentes con problemas de salud mental acaben desarrollando un trastorno bipolar en los años posteriores a su hospitalización. El estudio, coliderado por Joaquim Raduà (IDIBAPS), junto con Gonzalo Salazar de Pablo (King’s College London), Daniel Guinart (Hospital del Mar) y Christoph Correll (Charité Universitätsmedizin, Berlín), plantea una nueva vía para avanzar en la detección de esta enfermedad, que a menudo tarda años en ser diagnosticada.

Profesionales del Hospital Clínic Barcelona señalan que el trastorno bipolar es una enfermedad mental grave que se caracteriza por cambios extremos en el estado de ánimo, en los que se alternan episodios depresivos y fases de hipomanía o manía. Su complejidad clínica dificulta la identificación temprana y, en consecuencia, retrasa el inicio del tratamiento.

Datos recientes

El riesgo de desarrollar trastorno bipolar aumenta progresivamente con el tiempo

Para avanzar en su detección, el equipo internacional de investigadores realizó un seguimiento de 105 adolescentes ingresados por trastornos afectivos, de ansiedad o de conducta, pero sin diagnóstico previo de bipolaridad o psicosis. Durante un periodo de hasta cinco años, el estudio analizó la evolución de estos pacientes y concluyó que el riesgo de desarrollar trastorno bipolar crece de forma progresiva: un 5% durante el primer año, un 22% durante los dos primeros años, un 29% durante los tres primeros años y un 36% durante los cuatro primeros años.

Con estos datos, los investigadores aplicaron modelos estadísticos avanzados para identificar qué variables clínicas permiten anticipar la aparición del trastorno bipolar. El resultado es una calculadora de riesgo que tiene en cuenta, sobre todo, síntomas leves de hipomanía que suelen pasar desapercibidos: autoestima inflada o grandiosidad (el predictor más potente), pensamientos acelerados, habla excesiva y aumento de energía.

Según el estudio, publicado en la revista Molecular Psychiatry, la herramienta alcanza una precisión de entre el 72% y el 86% durante los dos primeros años tras la hospitalización, el periodo más útil para orientar y adaptar el seguimiento clínico. Joaquim Raduà subraya la utilidad de este enfoque preventivo: “Nuestra herramienta permite identificar a adolescentes que, aun sin tener un trastorno bipolar, presentan un patrón clínico asociado a una mayor probabilidad de desarrollarlo. Detectar estos casos de forma anticipada puede marcar la diferencia en términos de una mejor prevención, así como de un tratamiento más precoz y, por tanto, más efectivo”.

Nueva vía

El estudio supone un avance en la psiquiatría de la precisión

La calculadora no sustituye el diagnóstico clínico, pero puede ayudar a los profesionales de la salud mental a adaptar el seguimiento y ofrecer mejores intervenciones preventivas: programas de psicoeducación, tratamientos psicológicos específicos o un control más estrecho de la evolución de los síntomas. Gonzalo Salazar de Pablo, coautor del estudio, destaca que “esta herramienta no es un diagnóstico, sino un apoyo para los clínicos. Nos permite estimar quién puede necesitar una vigilancia más estrecha y así mejorar las oportunidades de prevención e intervención temprana”.

Los autores advierten, no obstante, que el modelo debe validarse en muestras más amplias y en contextos clínicos diversos antes de consolidar su uso y confirmar su utilidad en la práctica clínica habitual. Aun así, el estudio representa un paso relevante en la psiquiatría de precisión, que busca adaptar las intervenciones a las características individuales de cada paciente y anticiparse a la aparición de trastornos graves.

María Roca, neurocientífica y psicóloga: “Tenemos que aprender a usar bien nuestro capital cerebral”

clarín     |      lavanguardia.com      |      07/05/2026

Dice que la tecnología puede ser tanto una distracción como un recurso

¿Cuántos teléfonos recuerdas? ¿Cuánto tiempo tardas en conseguir esa película que quieres ver? ¿Y en averiguar la ruta para llegar a un lugar? No hay dudas acerca de que nuestro cerebro destina hoy muchos menos recursos a esas tareas y que su capacidad de atención se ha reducido.

¿Eso implica que perdimos habilidades de las que gozábamos antes de que el móvil se convirtiera en un apéndice de nuestro cuerpo, en una especie de disco duro externo? ¿Es eso indefectiblemente negativo?.

No, tranquiliza María Roca, neurocientífica y psicóloga, investigadora del CONICET y coordinadora de actividades de divulgación comunitaria en la Fundación INECO.

“Las cosas vienen cambiando muy rápidamente, pero las habilidades del cerebro no por eso valen menos, al contrario, son cada vez más importantes”, afirma Roca. La clave, sostiene, está en “poder convertirnos en dueños de nuestro propio capital cerebral”.

¿Qué significa? “Poder ser el dueño de tu propio foco, decidir en qué gastas el tiempo, cómo lo gestionas adecuadamente para no pasar horas scrolleando una pantalla y darte cuenta que al final no hiciste lo que tenías que hacer”, ejemplifica la neurocientífica, que no tiene una visión apocalíptica de los avances tecnológicos. Desde la televisión al móvil o la inteligencia artificial, “todo puede transformarse en un recurso o una distracción”, dice.

Eso es lo que transmite junto a Facundo Manes en Descubriendo el Cerebro 2 (Editorial Planeta), un libro pensado para niños desde 10 años en adelante, que incluye actividades y experimentos que ayudan a entrenar la atención, hacer un buen uso de las nuevas tecnologías y administrar de manera más eficiente el tiempo; que además enseña a conocer las trampas del cerebro y qué podemos hacer para cambiar hábitos y conductas.

Es un libro para niños, que no es solo para niños. De hecho, dice Roca, muchas de esas cuestiones son las que también trabajan en empresas: “Nos acostumbramos a trabajar con 25 pestañas abiertas que nos distraen”. Y son las distracciones externas (pero también las internas), las que nos “roban” capital cerebral. Se estima que cada día perdemos entre 2 y 3 horas de productividad a causa de distracciones.

¿Qué es el capital cerebral?

Antes hablábamos de capital mental y decíamos que era la suma de recursos intelectuales y afectivos que tiene una persona. Tu capital mental es tu capacidad de hablar, de entender, de hacer cuentas, de darte cuenta cómo se siente el otro... tus recursos intelectuales y afectivos. Hoy se habla más de capital cerebral como toda la potencialidad que tiene tu cerebro, que es la combinación de tu salud cerebral y tus habilidades cognitivas.

La salud cerebral es qué tan bien cuidado está el cerebro, es decir, cuando no tiene patologías que van desde  enfermedades cerebrovasculares, degenerativas o inclusive alguna cuestión asociada a la salud mental; pero también qué tan ágil es: si descanso más, me acuerdo mejor; si hago ejercicio también y aprendo más, soy más productiva y manejo mejor el estrés.

Mientras que las habilidades cognitivas o cerebrales de una persona son su capacidad de tomar decisiones, su memoria, su capacidad de resolver problemas, de ser creativo. Todo eso es lo que hoy se considera el capital cerebral, que existe a nivel individual, pero existe a nivel equipos de trabajo y hasta de países.

Por eso, invertir en educación en la primera infancia fortalece no solo el capital cerebral, con más habilidades, sino la salud cerebral de las poblaciones, haciéndolo más resistente a patologías como el Alzheimer.

Lo que no se usa, se pierde

Los que nacimos antes de los móviles conocimos otras formas de relacionarnos con el mundo, de comunicarnos, de buscar información, de pasar el tiempo. Somos testigos y protagonistas del cambio. Y en esa transformación perdimos capacidad de atención, entre otras habilidades.

¿Qué pasa con el cerebro de los niños, de los nativos digitales, que nacieron con todo eso ya dado?

Las habilidades del cerebro y el cerebro se desarrollan en un interjuego de variables genéticas con lo ambiental. Entonces, aquellas cosas a las que fuiste expuesto son aquellas habilidades que vas a desarrollar. ¿Por qué nos acordamos más teléfonos de la infancia o la adolescencia que los actuales? Porque ahora no nos hace falta recordarlos. Las funciones que se desarrollan son las que se usan. El cerebro no viene dado, cerrado como un paquetito, sino que aquello que usas y que entrenas y que practicas es aquello en lo que tu cerebro se va a fortalecer. Entonces, definitivamente, el acceso a las nuevas tecnologías versus el no acceso en nuestra primera infancia hace que todo se una diferente, que las habilidades sean diferentes.

Nosotros podíamos pasar 30, 40 minutos leyendo. Estábamos entrenados en hacer una cosa a la vez por un tiempo largo. A medida que eso no es parte de la primera infancia o de la niñez, esa habilidad se ve más afectada. Pero nos pasa a nosotros también. Hace 20 años, podía concentrarme más en una sola cosa por más tiempo, porque aquello que no usas, no solo no desarrollas, sino que también lo pierdes si no lo usas.

Y no pasa solo con la atención. Hay otra cosa que tiene que ver con la inmediatez. Cuando era niña y quería ver la película del momento, tenía que ir al videoclub y esperar dos semanas. Había más tolerancia a la incertidumbre, a la espera, a lo no inmediato que teníamos muy desarrollado. Ahora todo está disponible todo el tiempo.

Entonces, el contexto siempre impacta en las funciones que se desarrollan y en las funciones que guardas y que sostienes. Las que no usas, no las sostienes y las vas a ir perdiendo poco a poco.

Suena a involución, ¿o hay algo positivo?

Es relativo: tenemos menos memoria para cosas que necesitamos menos que antes. Hoy ya no necesitamos recordar los números de teléfono porque tenemos un almacenamiento mucho más grande en el teléfono. Esto puede verse como una tragedia o como una de las mayores habilidades que tiene nuestro cerebro, que es la neuroplasticidad: si no usamos una función la vamos a perder; pero si usamos otra, la vamos a desarrollar.

Quizás ahora somos peores guardadores que el teléfono, pero somos mejores buscadores de información. Cuando empezó la pandemia, usaba un programa para conectarme online que era Skype. Hoy usamos 25 plataformas con una facilidad impresionante. Es decir, aprendemos, el cerebro se adapta, trabajábamos de una manera, ahora trabajamos de otra. Esto tiene que ver con la capacidad adaptativa que tiene nuestro cerebro.

Bienestar digital

Para la neurocientífica y psicóloga, bloquear el acceso de los niños a móviles y pantallas sería casi como intentar tapar el sol con las manos. “Ya son parte del contexto, no es algo de lo que podamos dejarlos afuera. Lo que tenemos que lograr es que puedan usarlos a su favor y saludablemente: cuándo lo uso y para qué, y cuándo lo dejo para concentrarme en una conversación familiar, en una charla con alguien que me preocupa, o en una actividad en particular”.

Uno de los ejercicios que sugieren en el libro es hacer el experimento de dejar los teléfonos de todos los integrantes de la familia en una caja y analizar cuánto conversan en comparación a los momentos en los que tienen los dispositivos a mano. “Sirve para tomar conciencia de que muchas veces el problema no es el teléfono en sí mismo, ni las nuevas tecnologías, sino su mal uso”.

“Me preocupa cuando se propone dejarlo fuera, porque nadie puede aprender a usar nada bien sin usarlo. Me parece más saludable ver cómo las nuevas tecnologías se complementan con las habilidades humanas y cómo uno es dueño de cuándo sí y cuándo no, cuándo se vuelven un distractor y cuándo potencian”, diferencia Roca.

“Que esta entrevista puede llegar a un montón de personas lo permiten las nuevas tecnologías. Eso es algo positivo. Estar conectado a las dos de la mañana y que eso impacte en mi sueño, es algo negativo. Entonces, más que tecnologías sí o tecnologías no, tenemos que aprender de bienestar digital, para que no impacten en nuestra salud cerebral, sino que más bien potencien nuestras habilidades.”

Aplica a todas las edades...

Sí. A los niños les pasa que son nativos digitales, ya nacieron con esto, entonces limitar su uso puede ser más complicado, porque tampoco conocen tanto los beneficios de una charla cara a cara, por ejemplo. Pero es un problema para todos. Los problemas de sueño son cada vez más frecuentes y se considera que se asocian a esto de estar todo el tiempo conectado.

La desconexión para el cerebro es algo importante. Lo es, incluso, para la productividad. Para un cerebro saludable el descanso es clave.

Por eso el bienestar digital tiene que ser enseñado en los colegios, una vez que ya el teléfono pasa a ser una herramienta; en las organizaciones... y también a los adultos mayores, porque hoy la tecnología les permite estar mucho más en contacto con otras generaciones, pero si no pueden cortar su uso al momento de descansar, distinguir cuando una inteligencia artificial alucina, o cómo elegir una fuente confiable de información, es un problema.

Aprender a cuidar el cerebro

Cuidar al cerebro es mucho más que evitar el deterioro cognitivo. La salud mental es parte de la salud cerebral y de la salud en general, afirma Roca.

“No puede haber salud sin salud mental”, sostiene en base a la definición de la Organización Mundial de la Salud, que entiende la salud como un estado de bienestar físico, psíquico y social: “Es decir, no alcanza con no estar deprimido y no tener un problema de salud físico, sino que además hay que tener vínculos significativos que te sostengan, sentir apoyo social”.

La pandemia, dice, funcionó como un punto de inflexión que visibilizó la importancia del cuidado de la salud mental, precisamente porque se vio afectada masivamente.

La crisis sanitaria puso también en evidencia cuáles son los factores que la ponen en riesgo. Entre ellos, Roca destaca tres que suelen aparecer juntos: la incertidumbre, la sensación de falta de control y el miedo a perder algo valioso. Cuando esas variables se combinan —como ocurrió a gran escala durante la pandemia— aumentan los niveles de ansiedad y depresión.

Del otro lado, también están los factores protectores: ejercicio físico, buena alimentación y descanso. Tres pilares básicos –entro otros- que, sin embargo, se ven fácilmente alterados en contextos de estrés o de sobreexigencia.

“Todos sabemos cómo cuidar nuestro corazón, pero no todos sabemos cómo cuidar nuestro cerebro. Vas a hacer un chequeo médico anual y ¿alguien te pregunta si te sientes solo? –cuestiona Roca- eso tiene un impacto”.

“Tenemos que hacer propia la definición de que no hay salud sin salud mental y enseñar no solo a comer saludablemente, sino a usar bien la atención, a gestionar las emociones y el uso saludable de las tecnologías”, concluyó.