MARGA DURÀ | lavanguardia.com | 31/03/2026
Las personas que son incapaces de conectar con
sus sentimientos se vuelven solitarias, en ocasiones hurañas, apáticas y les
cuesta tomar decisiones; a menudo no son conscientes de lo que les ocurre ni el
porqué
En la saga de Harry Potter, el mago y sus compañeros
debían plantarle cara a los dementores, unos gigantescos humanoides de trazas
cadavéricas y piel pútrida que se nutrían de la alegría humana. Su presencia se
anunciaba con un frío interior que no remitía al calor de ningún fuego. El
objetivo escogido por el monstruo se sentía confuso y sus recuerdos más
tétricos se repetían en su mente durante días.
El arma letal y más temida en la obra era el beso del
dementor, mediante el cual succionaba el alma y convertía a la víctima en un
“cascarón vacío”. Jamás sería capaz de volver a sentir. La autora, J.K.
Rowling, confesó que se valió de los dementores como metáfora de su estado
mental en momentos adversos.
Una dolencia invisible
Los dementores, obviamente, no existen, pero las
personas que no son capaces de conectar con sus sentimientos no pertenecen a la
ficción. Son un grupo solitario, en ocasiones con apariencia huraña, que no
sabe lo que le ha ocurrido, no les ha besado un dementor: padecen un bloqueo
emocional.
El bloqueo emocional avanza silencioso. Sin grandes
aspavientos, se atrinchera en la mente orquestando un sutil cortocircuito:
impide o merma la conexión con los sentimientos. Un pesimismo discreto acompaña
cada paso y ensombrece las razones que hacían vibrante la vida, restándole
color e intensidad a todo.
Una engañosa zona de confort aprisiona bajo la
promesa de proteger o ante la imposibilidad de lograr la energía necesaria para
salir de ella. Además, el bloqueo emocional provoca que tomar la decisión más
nimia se equipare a escalar el Everest, y ello dificulta aún más la búsqueda de
una solución.
Ese
silencio con el que se abre paso y la indecisión que lo acompaña son los que
dificultan su detección. “La mayoría de los pacientes no son conscientes de lo
que les ocurre y acuden a consulta para tratar los síntomas, que pueden ser muy
diversos, desde insomnio hasta problemas de concentración”, ilustra la
psicóloga Francina
Bou.
Las
señales de alarma son idénticas a las que vivimos en los momentos de presión:
falta de atención, confusión, saturación, dificultad para decidir y, en
general, pocas ganas de hacer casi nada. Sin embargo, estos síntomas no se
esfuman cuando se supera el escollo: se instalan como un zumbido a baja
intensidad al que uno se acaba habituando. Según la psicóloga Judit March,
“sucede sin que nos demos cuenta porque el bloqueo aparece de manera muy
progresiva. La persona se acostumbra y lo percibe como su estado normal”.
Ni siento ni padezco
Pese
a que quien padece esta desconexión o no es consciente de que su mal tiene
nombre, suele definir su estado como “un sentimiento de vacío, de encontrarse
perdido, de no saber qué se está haciendo”, reporta Bou. Otra consecuencia es
la imposibilidad de llorar: como nada conmueve, las lágrimas desaparecen.
Curiosamente, la ausencia del símbolo de la tristeza denota un desconsuelo con
carga de profundidad.
Las
actividades que en otro momento resultaban placenteras pasan sin pena ni
gloria, y la sensación de estar desconectado de uno mismo y del entorno se
incrementa, acompañada de una resignación impuesta por el propio letargo.
El
cuerpo también acusa las consecuencias. “Tensión muscular, cansancio constante,
alteraciones del sueño, dolor de cabeza y sensación de opresión en el pecho o
en el estómago pueden acompañar a un bloqueo emocional”, sugiere March.
La
procrastinación, la parálisis, la apatía y la anhedonia (incapacidad de sentir
placer) son la parada final de los casos más graves.
¿Fríos e insensibles?
“Un bloqueo emocional no es una situación
inocua. Provoca, habitualmente, que tengamos la sensación de no ver con
claridad lo que sucede en nuestra vida, y todo ello genera un estrés que se va
acumulando. También incide en las relaciones: no podemos comunicarnos con los
demás, rehuimos las conversaciones profundas y esto pasa factura a los vínculos
afectivos”, cuenta Bou.
En
un momento en el que la ayuda externa sería providencial, cuesta más que nunca
pedirla. A esto se suma que esa frialdad aparente provoca distancia, pues la
falta de empatía se dirige hacia uno mismo y hacia el entorno. Nada conmueve,
ni lo propio ni lo ajeno.
“El
bloqueo emocional dificulta conectar emocionalmente con las personas. Entorpece
la expresión de los sentimientos y puede generar malentendidos, porque los
demás pueden percibir frialdad o desinterés en esta actitud”, advierte March.
Un mecanismo de defensa
¿Por
qué el cerebro decide desconectarse de las emociones? Se trata de un mecanismo
de defensa que se activa cuando el sistema psíquico está desbordado. Para
evitar un mal mayor se aísla, como cuando se funden los plomos porque la red
eléctrica no puede soportar la intensidad. Como ocurre con el estrés, es una
respuesta que protege, pero que acaba jugando en contra cuando se prolonga en
el tiempo.
“Cuando
aparece una emoción muy intensa, el cerebro puede percibir que procesarla
resultaría demasiado doloroso o desestabilizador. Para protegerse, evita la
emoción. Si esto se repite muchas veces, puede generar un estado de bloqueo en
el que la persona ya no accede fácilmente a las emociones”, comenta March.
Un accidente, una muerte o una ruptura pueden
abrir la puerta de par en par a esta coraza afectiva, pero también pueden
hacerlo hechos más discretos como preocupaciones constantes, un exceso de
obligaciones o decepciones continuadas que van haciendo mella, como la gotera
que acaba por derrumbar el techo. “Los conflictos internos también pueden
provocarlo: cuando una persona tiene valores, deseos o expectativas que entran
en conflicto, puede aparecer el bloqueo”.
Del blanco y negro al color
Este
estado no es irreversible, y los especialistas señalan que hay un camino de
vuelta a los sentimientos, pero que no pasa por forzar las emociones, sino por
crear las condiciones para que puedan volver a procesarse. El tiempo de
recuperación dependerá de cada persona y del periodo que lleve asentado el
bloqueo.
El
primer paso será, como siempre en los trastornos de la psique, diagnosticar el
cuadro clínico. Ponerle nombre y apellidos y, a partir de ahí, reconocer las
emociones sin juzgarlas.
“La
clave para desbloquear las emociones es expresarlas”, recomienda March. Pero la
especialista sugiere no hacerlo solo verbalmente, sino buscar formas creativas
como la música, la pintura o la escritura para acompañarlas y darles salida.
El movimiento, como la danza o el ejercicio físico,
resulta muy útil en estos casos, pues en el cuerpo habitan las emociones y a
través de él se pueden empezar a liberar. El mindfulness o cualquier tipo de
meditación allanarán el proceso, puesto que calman la actividad cerebral y
permiten que la mente sea capaz de procesar los sentimientos.
El autocuidado es una herramienta eficaz, pues este
aislamiento interior desconecta de la necesidad de velar por la salud. Todo
resulta más fácil cuando se come bien, se duermen las horas necesarias y se
mima el cuerpo. Es, también, el momento de concederse ciertas recompensas para
abandonar el modo supervivencia.
¿Quedan secuelas tras atravesar este trance? “Un bloqueo emocional no supone necesariamente que uno se convierta en una persona fría o distante, aunque es probable que aprenda a relativizar ciertas situaciones. En la mayoría de los casos, cuando las emociones se procesan y se integran bien, se alcanza una mayor madurez emocional”, asegura March.