martes, 7 de julio de 2026

Miguel Ángel Álvarez de Mon, psiquiatra: “He desinstalado Instagram para ser yo quien decide cuándo usar las redes sociales y no al revés”

JUDIT GONZÁLEZ PERNÍAS     |     lavanguardia.com     |     26/06/2026

El especialista analiza cómo la hiperconectividad está transformando nuestra atención y la forma en la que nos relacionamos con el mundo

¿Hace cuánto que no tomas apuntes a mano? ¿Cuándo fue la última vez que leíste durante media hora seguida sin mirar el móvil? En una época en la que todo parece estar al alcance de un clic, el psiquiatra Miguel Ángel Álvarez de Mon explica que algunas de las herramientas que se suponía que iban a hacernos más eficientes podrían estar dificultando nuestra capacidad para concentrarnos, recordar y pensar de manera profunda. Esa es una de las reflexiones que plantea en Desaprender (Paidós), un libro en el que invita a cuestionar ciertos hábitos digitales que hemos normalizado.

Licenciado en Medicina por la Universidad de Navarra y especialista en Psiquiatría por la Clínica Universidad de Navarra, actualmente ejerce en el Hospital Universitario Infanta Leonor y es profesor asociado en la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su libro, analiza cómo la hiperconectividad está transformando nuestra atención, nuestra memoria y nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Escribir con bolígrafo activa más áreas del cerebro

Uno de los hábitos que Álvarez de Mon reivindica en el libro es la escritura a mano. Cuenta que, frente a la digitalización de prácticamente todas las tareas, volver al papel y al bolígrafo puede aportar beneficios que van mucho más allá de la nostalgia. Según explica el autor, diversos estudios han demostrado que escribir a mano activa más áreas del cerebro que teclear. En la obra, recuerda las investigaciones de los científicos Ruud van der Weel y Audrey van der Meer, que observaron una mayor conectividad neuronal durante la escritura manual, clave para el aprendizaje y la memoria.

Además, señala que escribir a mano obliga a sintetizar, organizar y procesar mejor la información. Mientras que el teclado permite transcribir casi literalmente lo que se escucha, la escritura manual exige una elaboración mental previa. Por eso, cuenta que distintos trabajos han observado que los estudiantes que toman apuntes a mano suelen recordar y comprender mejor los contenidos que aquellos que utilizan un ordenador. Para el psiquiatra, se trata de un ejemplo de cómo algunas herramientas tecnológicas, aunque útiles, pueden acabar desplazando procesos cognitivos que resultan valiosos para el cerebro.

La lectura profunda requiere tiempo y continuidad

La preocupación por la atención también aparece cuando aborda nuestros hábitos de lectura. Álvarez de Mon cuenta en el libro que leer en papel favorece una comprensión más profunda que hacerlo en pantalla, especialmente cuando se trata de textos largos o complejos. También explica que el formato físico ofrece referencias espaciales, el inicio, la mitad o el final de una obra; la página izquierda o la derecha, que ayudan al cerebro a construir recuerdos más sólidos.

En cambio, sostiene que la lectura digital suele favorecer el escaneo rápido de contenidos, la fragmentación de la atención y la multitarea. “Las pantallas están diseñadas para interrumpir”, explica. Incluso cuando no hay notificaciones visibles, la posibilidad de que aparezcan ya consume parte de nuestros recursos atencionales.

El especialista cuenta que esta dinámica ha contribuido a “erosionar la llamada lectura profunda”. Antes era habitual dedicar largos periodos de tiempo a un libro, una novela o un periódico. Hoy, en cambio, muchas personas alternan entre pestañas, titulares y aplicaciones sin detenerse demasiado en ninguna de ellas. Como plantea en el libro, información y comprensión no son necesariamente lo mismo.

¿Cómo afecta a la memoria?

Más allá de la escritura y la lectura, Álvarez de Mon también reflexiona sobre otras capacidades que, según explica, se están viendo afectadas por la hiperconectividad. Una de ellas es la memoria. En Desaprender recuerda el llamado “efecto Google”, un fenómeno por el que tendemos a recordar menos información cuando sabemos que podremos consultarla fácilmente más adelante. Por ello, defiende la importancia de seguir ejercitando la memoria con pequeños gestos cotidianos, como recordar un número de teléfono, una dirección o un poema breve.

El psiquiatra también pone el foco en las relaciones personales. Cuenta que la simple presencia de un teléfono móvil sobre la mesa durante una conversación puede modificar la calidad del encuentro. Aunque nadie lo consulte, el dispositivo actúa como una posible interrupción y reduce la sensación de atención plena y escucha.

Algo similar ocurre, según explica, con los paseos. Caminar ha sido una herramienta de reflexión, regulación emocional y creatividad. Sin embargo, hacerlo siempre acompañado de pódcast, vídeos o redes sociales puede impedir esos momentos de silencio mental. En el libro propone recuperar los paseos sin auriculares como una forma de entrenar la atención sostenida y favorecer la introspección.

Álvarez de Mon insiste en que la solución no pasa por rechazar la tecnología, sino por aprender a utilizarla de forma consciente. De hecho, él mismo reconoce: “He llegado incluso a desinstalar Instagram y volver a instalarlo solo cuando quiero utilizarlo. De esa manera, soy yo quien decide cuándo usar las redes sociales y no al revés”.

viernes, 3 de julio de 2026

Eirene García, psicóloga: “Hay personas que piensan siempre en lo peor para protegerse, pero la catastrofización solo hace que suframos antes de tiempo”

 ANNA CALPE     |     lavanguardia.com     |     24/05/2026

Aunque no podemos mantener el control ante las adversidades de la vida, la psicóloga sostiene que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia

“El ser humano es un animal de costumbres y, cuando algo cambia, la incertidumbre nos asusta”. Eirene García, psicóloga especializada en trauma y duelo, acompaña a las personas a atravesar los cambios inevitables de la vida: desde una amistad que se enfría hasta una ruptura, un cambio de trabajo o la muerte inesperada de un ser querido. Situaciones que, en mayor o menor medida, nos recuerdan que vivir implica transformarse constantemente.

Aunque mantener el control ante estas adversidades no siempre es posible, la psicóloga sostiene en Cuando nada es seguro, todo es posible (BRUGUERA) que hay algo esencial que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia, incluso aquellas marcadas por la pérdida, la incertidumbre o el duelo. Lo explica también en conversación con La Vanguardia.

En un mundo donde el cambio no es la excepción, sino la norma, ¿por qué se percibe la estabilidad como el estado natural de las cosas?

En el fondo, nuestro cerebro necesita seguridad. Desde que existe la humanidad hemos intentado reducir la incertidumbre de muchas maneras: a través de la religión, de los profetas, del tarot o incluso de la ciencia y la meteorología. Siempre hemos buscado anticiparnos a lo que va a ocurrir para sentir que tenemos cierto control sobre la vida. La estabilidad nos da calma porque a nuestro cerebro le gusta saber qué pasará después. La incertidumbre, en cambio, genera miedo. De hecho, una de las estrategias más comunes que tenemos las personas es la catastrofización: anticipar que ocurrirá lo peor. Hay quienes piensan siempre en el peor escenario para protegerse, pero esta forma de pensar solo hace que suframos antes de tiempo. Sucede cuando aparecen pensamientos como “voy a suspender el examen”, “no me van a coger en este trabajo” o “esto no va a funcionar”. Es una forma de intentar protegernos emocionalmente, aunque en realidad no nos ayuda.

Entre los cambios que afectan nuestra vida habla de “microduelos cotidianos”. ¿Cómo pueden cambios aparentemente pequeños convertirse en un duelo emocional importante?

No todos los duelos tienen que ver con la muerte. Hay pérdidas mucho más silenciosas que también nos afectan. Por ejemplo, una amistad que se enfría después de un malentendido o porque una de las dos personas empieza a distanciarse sin explicar qué ocurre. A veces sentimos que algo cambia, que el vínculo se vuelve extraño, y acabamos perdiendo a alguien importante sin haber tenido una conversación clara. Eso también es un duelo, aunque muchas veces ni siquiera lo reconocemos como tal. También ocurre con los cambios laborales. Imagina que cambias de trabajo porque has encontrado mejores condiciones. En teoría deberías sentirte feliz porque ha sido una decisión tuya y supone una mejora. Sin embargo, también puedes sentir tristeza porque dejas atrás compañeros con los que tenías una relación cercana o una rutina que te hacía sentir cómoda. Lo mismo pasa cuando un proyecto no sale adelante o cuando haces una entrevista de trabajo y no te seleccionan. Son pequeñas pérdidas que a veces minimizamos, pero que emocionalmente pueden tener mucho impacto.

¿El desconocimiento de un microduelo explica el sentimiento de culpa cuando la vida nos sonríe?

En parte, y también porque nos cuesta aceptar la ambivalencia emocional. Vivir implica sentir emociones contradictorias al mismo tiempo. Podemos estar felices y tristes a la vez, y eso es completamente humano. Por ejemplo, puedes alegrarte porque vas a mudarte a una ciudad con mejor calidad de vida o porque vas a tener un salario mejor. Pero al mismo tiempo sentir tristeza porque dejas atrás a tus amigos, a tus vecinos o a una etapa importante de tu vida. El problema es que socialmente existe la idea de que, si algo es positivo, deberíamos sentirnos únicamente felices. Nos decimos a nosotros mismos: “No debería estar triste porque esto es bueno para mí”. Y ahí aparece la culpa. Sin embargo, las emociones no funcionan de manera tan simple. Hay experiencias que implican ganancia y pérdida al mismo tiempo, y permitirnos sentir ambas cosas es mucho más sano que intentar encajar en una expectativa social.

¿Cómo podemos prepararnos para el cambio y el porvenir emocional de lo inevitable sin caer en el estrés o la ansiedad?

La diferencia está en distinguir qué depende de nosotros y qué no. Prepararnos para el futuro es saludable cuando actuamos sobre aquello que sí podemos hacer: cuidarnos, organizarnos, tomar decisiones o desarrollar herramientas personales. El problema aparece cuando intentamos controlar lo incontrolable. Yo suelo poner un ejemplo muy sencillo: es como salir a correr y pretender no sudar. Hay cosas que simplemente forman parte de cómo funciona la vida. Muchas personas me dicen en consulta: “Sé que no debería querer controlarlo todo”. Y yo les respondo que cierto grado de control es necesario y adaptativo. Lo que genera sufrimiento es intentar controlar las emociones de los demás, el resultado exacto de las situaciones o aquello que no está en nuestras manos. Ahí es donde aparece la frustración constante.

En tu consulta, ¿qué cambios vitales observas que desestabilizan más a las personas hoy en día?

Generalmente, los cambios más difíciles son los inesperados, aquellos que llegan de forma brusca y sobre los que sentimos que no hemos tenido capacidad de decisión. Por ejemplo, una de nuestras especialidades es el duelo perinatal. La pérdida de un bebé durante el embarazo es una experiencia profundamente traumática y, además, muy silenciada socialmente. Muchas madres sienten que no pueden expresar libremente ese dolor o que el entorno minimiza lo sucedido. También ocurre con las rupturas inesperadas. Hay relaciones que se van deteriorando poco a poco y en las que ambos perciben que algo no funciona. Pero existen otras en las que una persona siente que todo estaba bien y, de repente, recibe una ruptura inesperada. En esos casos suele aparecer una frase muy repetida: “No me lo puedo creer”. Y precisamente ahí vemos el impacto del cambio traumático: cuando rompe por completo la idea que teníamos de nuestra realidad.

¿Qué etapas de la vida son especialmente desestabilizadoras?

Hay muchas teorías sobre las crisis vitales asociadas a determinadas edades: la crisis de los 30, de los 40, de los 50 o incluso la jubilación. Pero personalmente coincido mucho con el autor Bruce Feiler, que defiende que las crisis pueden aparecer en cualquier momento. En mi caso, por ejemplo, viví cambios muy importantes siendo niña. A veces pensamos que las grandes crisis solo llegan en la adultez, pero no es así. La vida puede transformarse radicalmente a cualquier edad. Desde que nacemos estamos atravesando cambios y pérdidas. Salimos del vientre materno y entramos en un entorno completamente distinto. Después llegan cambios evolutivos, familiares, relacionales, laborales o incluso derivados de acontecimientos inesperados. Cada transición puede desestabilizarnos de forma distinta según nuestras herramientas emocionales, nuestra historia de vida y el apoyo que tengamos alrededor.

¿Qué herramientas pueden ayudarnos emocionalmente a sostener una etapa de transición?

Para mí, una de las herramientas más importantes es rodearnos de personas que nos quieran bien. El apoyo social es fundamental durante los cambios importantes. Pero no cualquier apoyo sirve. Hay personas que intentan ayudar minimizando el dolor con frases como “no es para tanto” o “tienes que ser fuerte”. Y eso muchas veces hace que quien está sufriendo se sienta todavía más incomprendido. El apoyo realmente saludable es el que valida lo que sentimos, el que acompaña sin juzgar y el que entiende que no siempre hay soluciones ni palabras perfectas. A veces el simple hecho de estar presente y escuchar ya es profundamente reparador.

¿Cómo podemos saber si estamos atravesando una etapa que requiera ayuda profesional?

Todo depende de cómo ese malestar está afectando a las distintas áreas de tu vida. Es normal que un cambio importante tenga un impacto emocional. Puede hacer que tengamos menos energía, problemas de concentración, alteraciones del sueño o más pensamientos recurrentes. Cada persona lo vive de una manera distinta. Hay quien necesita aislarse un poco y quien necesita mantenerse constantemente ocupado. Pero el problema aparece cuando nos quedamos atascados. Por ejemplo, cuando el pensamiento gira continuamente alrededor del “por qué”, cuando no conseguimos salir de la rumiación mental o cuando dejamos de disfrutar completamente de nuestra vida cotidiana. Si el sufrimiento empieza a impedirnos trabajar, relacionarnos, descansar o cuidar de nosotros mismos, entonces probablemente necesitemos acompañamiento profesional.

¿Por qué hay personas más intolerantes a la incertidumbre que otras?

Tiene mucho que ver con la historia personal, con el aprendizaje y con cómo hemos vivido los cambios a lo largo de nuestra vida. También influye mucho cómo nuestros padres o referentes afrontaban la incertidumbre. En mi caso, por ejemplo, viví muchos cambios durante la infancia y no tuvimos cierta estabilidad hasta la adolescencia. Eso, aunque fue difícil, también me dio herramientas para adaptarme a situaciones nuevas. La tolerancia a la incertidumbre no es algo con lo que simplemente se nace; también se entrena. Cuanto más aprendemos a atravesar cambios y a comprobar que podemos sostenerlos, más capacidad desarrollamos para convivir con lo incierto.

Después de escribir el libro y de acompañar tantos procesos durante tu trayectoria, ¿qué has aprendido sobre la incertidumbre que más te ha marcado?

Creo que una de las lecciones más importantes me la dio un médico durante mi primer embarazo. Yo tenía una amenaza de aborto y estaba muy angustiada porque necesitaba saber qué iba a pasar. Y recuerdo que él me dijo algo muy sencillo: “No puedo decirte con certeza qué ocurrirá. Solo podemos mantener una actitud expectante”. Aquella frase me marcó muchísimo. Entendí que había situaciones en las que no podía hacer otra cosa que centrarme en el presente, cuidarme y aceptar que el futuro todavía no estaba escrito. Afortunadamente, todo salió bien. Pero desde entonces intento vivir muchas situaciones desde esa actitud expectante. No desde el pesimismo, sino desde el realismo. A veces la gente me dice: “Siempre estás con el ‘ya veremos qué pasa’”. Y para mí no es una forma negativa de mirar la vida, sino una manera de aceptar que no podemos controlarlo todo. Ni lo mejor está garantizado ni lo peor es inevitable. Muchas veces simplemente tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre mientras seguimos adelante.

jueves, 2 de julio de 2026

José Luis Marín, psiquiatra: "El ruido hace mucho daño a la salud en general: el ruido ambiental y también el ruido personal que nos rodea"

 S. LÓPEZ      |     elconfidencial.com     |     15/05/2026

El especialista recomienda dedicar entre quince y veinte minutos diarios al silencio para reducir el ruido ambiental y personal

 

El ruido puede afectar de forma directa al bienestar psicológico y a la salud en general. Así lo advierte el psiquiatra José Luis Marín, que recomienda dedicar cada día entre quince y veinte minutos al silencio para reducir estímulos, escucharse y recuperar equilibrio mental.

 

En un contexto marcado por la sobreinformación, las pantallas y la falta de atención, José Luis Marín defiende la necesidad de crear un espacio diario sin exigencias externas. No plantea una técnica compleja, sino un momento de calma, sin dispositivos ni interrupciones, en el que la persona pueda estar a solas y observar qué piensa, qué siente y qué necesita.

 

Según explica el psiquiatra, ese paréntesis favorece el contacto con la llamada red neuronal por defecto, un sistema cerebral que se activa cuando no estamos concentrados en tareas externas. Esta red está relacionada con la reflexión, la memoria autobiográfica y la construcción de la identidad, por lo que permite ordenar la experiencia interna y darle sentido.

 

La clave de su planteamiento está en la coherencia psicológica. Para Marín, el bienestar aparece cuando se alinean tres dimensiones fundamentales: lo que una persona necesita, lo que siente y lo que piensa. Cuando estas esferas entran en conflicto, pueden surgir tensión interna, ansiedad o sensación de desconexión; cuando se armonizan, aumenta la estabilidad emocional.

 

Uno de los aspectos que el especialista subraya con más fuerza es el impacto del ruido en la salud mental. No se refiere solo al ruido ambiental, como el tráfico o las pantallas encendidas de forma constante, sino también al ruido personal: ese flujo de demandas, expectativas y mensajes internos sobre lo que deberíamos hacer o cómo deberíamos comportarnos.

 

En esta misma línea, el médico y divulgador Mario Alonso Puig también destaca herramientas para reducir el ruido mental, como el ejercicio físico, hablar con alguien de confianza, escribir las preocupaciones o practicar estados contemplativos vinculados al mindfulness. En conjunto, la propuesta apunta a una idea sencilla: parar unos minutos al día no es un lujo, sino un hábito necesario para vivir con más claridad y equilibrio.

miércoles, 1 de julio de 2026

Paolo Crepet, psiquiatra: “Si se ha vuelto tan difícil decir lo que pensamos, estamos mal”

JUANJO VILLALBA      |     menshealth.com     |     06/05/2026

El experto alerta sobre una sociedad que pierde la capacidad crítica mientras se refugia en la comodidad digital

Hay muchas personas que sienten que cada vez cuesta más decir lo que uno piensa. Eso preocupa bastante a Paolo Crepet, psiquiatra y sociólogo italiano, que vuelve a poner el foco en una transformación profunda. Su nuevo libro, ‘Il reato di pensare’ (El delito de pensar), recoge esa inquietud. “Si se ha vuelto tan difícil decir lo que se piensa, estamos mal”, advierte.

El problema, según Crepet, no es solo el uso de dispositivos, sino el tipo de relación que establecemos con ellos. Las redes sociales y la tecnología digital, explica, no solo median la comunicación, también moldean la forma de pensar. En ese proceso, se instala una homogeneización cultural que reduce el espacio para la duda, la discrepancia o la creatividad. “La cuestión es si hemos tomado un camino en el que incluso nuestro cerebro puede verse afectado”, resume.

Una generación que pierde matices

El ejemplo que propone es desconcertante. En Noruega, uno de los países pioneros en introducir tabletas en la educación infantil, los resultados han encendido todas las alarmas. Según Crepet, jóvenes de entre 25 y 30 años tienen dificultades para seguir los subtítulos en una película, lo que afecta a su comprensión de la trama. Se trata de un síntoma de algo más profundo: una pérdida progresiva de habilidades cognitivas básicas.

El dato provoca una pregunta. ¿Qué ocurre cuando la tecnología, pensada para facilitar el acceso al conocimiento, termina debilitando la capacidad de procesarlo? La respuesta no es sencilla, aunque Crepet insiste en que el problema no se resuelve eliminando dispositivos de forma puntual.

Prohibir no basta

En el cantón suizo del Ticino, las autoridades han decidido prohibir el uso de teléfonos móviles en las escuelas obligatorias. La medida busca recuperar la atención en el aula y limitar distracciones. Aun así, Crepet considera que el debate va mucho más allá. “Si quito algo, tengo que dar otra cosa a cambio”, plantea.

El reto, en su opinión, consiste en reconstruir una idea distinta de creatividad, de relaciones y de gestión emocional. No basta con restringir el acceso a pantallas. Hace falta proponer experiencias que devuelvan densidad a la vida cotidiana, que inviten a pensar, a imaginar y a vincularse con otros de forma menos mediada.

La responsabilidad no recae solo en los jóvenes ni en las familias, también en el conjunto de la comunidad. Crepet apunta a una tendencia compartida hacia la comodidad, una especie de refugio colectivo en la “zona de confort” que limita la curiosidad y el esfuerzo. Su propuesta final es la siguiente: “Sugiero elegir una vida hecha de cosas reales” 

lunes, 29 de junio de 2026

Cuando vemos reír a los niños, presenciamos la brillantez del cerebro en acción”: un estudio relaciona hacer reír a los niños con una reducción del estrés

HELENA ORTEGA     |     lavanguardia.com     |     27/05/2026     

La investigadora Jacqueline Harding, especialista de la Universidad de Middlesex, sostiene que hacer reír a los niños puede ayudar a calmar su sistema nervioso y fortalecer los vínculos emocionales

Jugar, bromear y reír en familia no solo mejora el ambiente en casa. La ciencia empieza a demostrar que esos entrañables momentos van más allá: pueden influir directamente en el desarrollo emocional, el aprendizaje y la capacidad de los niños para afrontar situaciones difíciles.

El cerebro necesita reír

La risa infantil suele verse como algo espontáneo o incluso anecdótico, pero cada vez más investigaciones apuntan a que tiene un papel mucho más profundo. Según recoge Europa Press, la investigadora Jacqueline Harding, directora de Tomorrow’s Child y especialista de la Universidad de Middlesex (Reino Unido), sostiene que hacer reír a los niños puede ayudar a calmar su sistema nervioso, fortalecer los vínculos emocionales y mejorar su resiliencia frente al estrés.

En su libro El cerebro que ama reír: Una guía visual del humor y la conexión humana en la primera infancia, Harding explica que la risa activa distintas regiones cerebrales relacionadas con las emociones, el movimiento y el pensamiento. Además, disminuye hormonas vinculadas al estrés, como el cortisol y la adrenalina, y favorece la liberación de sustancias relacionadas con el bienestar, entre ellas la dopamina, la serotonina y las endorfinas.

La autora insiste en que el humor no es algo superficial. Al contrario: considera que la risa forma parte de un mecanismo biológico complejo que ayuda al cerebro infantil a aprender, conectar y desarrollarse. “Cuando vemos reír a los niños, presenciamos la brillantez del cerebro en acción”, señala. Asimismo, el estudio destaca que el humor obliga al cerebro a resolver tensiones y contradicciones, algo que estimula la creatividad, la memoria y la neuroplasticidad. En otras palabras, reír no solo relaja: también entrena la mente.

Reír juntos fortalece el vínculo

Harding explica que compartir momentos de juego y humor entre padres e hijos puede aumentar los niveles de oxitocina, conocida como la hormona del apego, y mejorar la sincronización emocional entre ambos. Ese vínculo no solo beneficia a los menores: también ayuda a reducir el agotamiento y el estrés de los propios adultos.

La investigadora aclara que no se trata de estar contando chistes constantemente, sino de fomentar espacios de juego espontáneo, contacto visual y atención compartida. Según su análisis, esas experiencias quedan grabadas en el cerebro infantil y ayudan a construir herramientas emocionales para el futuro.

Además, el estrés prolongado durante la infancia puede afectar al aprendizaje, al sistema inmunitario y a la salud mental a largo plazo. Por eso, introducir dinámicas positivas y momentos de conexión emocional podría actuar como una especie de “amortiguador” frente a la tensión cotidiana.

La idea de utilizar la risa como herramienta para reducir el estrés también es compartida por otros expertos. En una entrevista con La Vanguardia, el coach y escritor Pancho Campo defendía que reír es una de las formas más eficaces de liberar endorfinas y mejorar el bienestar emocional.

Campo, autor del método SMILE, sostiene que el humor puede convertirse en una herramienta útil para combatir la ansiedad y gestionar mejor la presión del día a día. Según explica, el estrés crónico provoca una liberación sostenida de cortisol que acaba afectando tanto a la salud mental como física. Frente a ello, la risa actuaría como un mecanismo natural de regulación emocional.

El experto también subraya que muchas veces vivimos demasiado pendientes del futuro, algo que alimenta la ansiedad y el miedo. En ese contexto, actividades sencillas como compartir momentos agradables, jugar o simplemente reír pueden ayudar a reconectar con el presente y reducir la sobrecarga mental.

Más humor también en las aulas

Harding va un paso más allá y plantea que el humor debería tener más espacio dentro de la educación infantil. La experta considera que un entorno alegre y emocionalmente seguro favorece el aprendizaje y mejora la retención de conocimientos. Aunque la risa no elimina todos los problemas, sí puede convertirse en una herramienta poderosa para afrontarlos de una manera más saludable.

Aroa Granados, psicóloga: “El error es pensar que existe una única solución para la ansiedad”

 MARTA SIERRA      |     infobae.com     |      05/05/2026

La experta señala que debe desconfiarse de los discursos que prometen “curar” la ansiedad con una técnica estándar

La ansiedad se ha convertido en una realidad para mucha gente. Cada vez más personas reconocen convivir con ella, ya sea de forma puntual o persistente, en un contexto donde el ritmo de vida, la incertidumbre y la sobreexposición parecen intensificarla.

En paralelo, han proliferado discursos que prometen soluciones rápidas: métodos infalibles, rutinas milagrosas o técnicas capaces de “eliminar” la ansiedad en pocos pasos. Estas propuestas, ampliamente difundidas, suelen simplificar un proceso complejo y generan expectativas difíciles de cumplir.

Sin embargo, la experiencia clínica y la evidencia psicológica apuntan en otra dirección: la ansiedad no funciona como un interruptor que pueda apagarse. Desconfiar de las soluciones que se presentan como definitivas no es un acto de pesimismo, sino de realismo.

En este contexto, la psicóloga Aroa Granados (@aroagranadospsicologia en TikTok) plantea una reflexión que cuestiona directamente esa búsqueda constante de respuestas inmediatas. Así, responde a una pregunta que le hacen en uno de sus vídeos: “¿Y cuál es la solución a la ansiedad? Antes de darte la solución, te voy a decir el error que estás cometiendo por el cual no estás viendo la solución. El error es pensar que existe una solución única para la ansiedad, la fórmula mágica que va a hacer que desaparezca”.

El miedo y la ansiedad

Su planteamiento de Granados rompe con la expectativa habitual: no hay una receta universal válida para todos. “La solución que quieres es que la ansiedad desaparezca, pero la ansiedad es una emoción secundaria que deriva del miedo”. Así, no se trata de erradicarla, sino de comprender su origen.

Granados insiste en el papel funcional del miedo como base de este proceso emocional. “El miedo es una emoción biológica que, si no estuviera, estaríamos todos muertos. Por lo que, aunque te parezca mentira, tu ansiedad es necesaria”. La ansiedad no es únicamente un problema, también cumple una función adaptativa.

Lejos de proponer la resignación, la experta plantea un enfoque activo. “Pero entonces, ¿no puedo hacer nada? Pues claro que lo puedes hacer”. A partir de ahí, sugiere un ejercicio práctico que invita a la introspección. “Vas a agarrar un cuaderno y un boli y cada vez que tengas ansiedad, te vas a preguntar qué miedo hay debajo, porque, si se ha activado la ansiedad, es porque algo te da miedo”.

El objetivo no es quedarse en la identificación superficial, sino profundizar en el origen de ese malestar. “Cuando ya sepas qué es todo lo que te da miedo, vas a empezar a pensar qué necesitas trabajar en ti, ya sean herramientas o capacidades, para que esos miedos no den tanto miedo y deje de condicionar tu vida”. El foco, por tanto, se desplaza desde la eliminación del síntoma hacia el desarrollo personal.

En este sentido, la psicóloga lanza una advertencia clara contra la estandarización de las soluciones. “Por favor, deja de buscar la solución única estándar, porque eso solo te está despistando de buscar donde tienes que buscar”. Así, “cada persona tiene sus propios miedos y tiene sus propias carencias”, de ahí que los enfoques generalistas tengan un alcance limitado.

“Por eso desconfía de que te digan que te vas a curar con una solución estándar que vale a todo el mundo, ya que la solución estándar, como las herramientas o la medicación, te van a ayudar a bajar revoluciones temporalmente, pero no te van a sanar desde la raíz”.