CAROLINA PINEDO DEL OLMO | cuerpomente.com | 27/06/2026
La
visión del estadista británico sobre esta cualidad humana rescata su
experiencia en el campo de batalla para hacer hincapié en no rendirse frente a
las adversidades.
Levantarse una y otra vez tras las
derrotas de la vida puede indicar una voluntad de hierro. Pero si,
además, añadimos el ingrediente de aprender o hacer alquimia con las vivencias
complicadas con el fin de obtener un aprendizaje que nos haga crecer y
evolucionar, somos también resilientes. El estratega Winston Churchill
dedicó unas cuantas reflexiones a esa capacidad , casi mágica, de salir
victorioso a pesar de perder la batalla.
Como buen militar, Churchill perdió unas cuantas contiendas, pero su vena
humanista le aportó gran comprensión frente a cualquier mesa de
negociación, tanto entre cañones, como en la Corte Suprema Británica, donde
fue primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial.
Disparó con la palabra frases como: “El pesimista ve dificultad en cada
oportunidad y el optimista ve oportunidad en cada dificultad”. Quizás, su
perspectiva de la resiliencia era bastante castrense, porque las frases al
respecto del político británico eran como arengas: “El éxito no es definitivo;
el fracaso no es fatal. Lo que realmente cuenta es tener valor para continuar”
. Y no cabe duda de que con estos mensajes era capaz de enaltecer a las masas.
Resiliencia frente a las vivencias más
destructivas
Yo me
quedo con una visión más romántica que la de Churchill del concepto del
término. Se trata, quizás, de una de las descripciones más emotivas y
expresivas que he escuchado sobre la resiliencia y
viene de la mano del padre de la logoterapia, Viktor
Frankl.
El
también neurólogo y psiquiatra austriaco, superviviente de Auschwitz, escribió
el libro El hombre en busca de sentido. En un pasaje
magistral de la obra narra la sencillez del detalle que le devolvía las ganas
de vivir frente a tanto horror y muerte.
Era algo
que está al alcance de todo el mundo y, quizás, por eso no se valora a pesar de
ser un tesoro que cada día es diferente: el ocaso. Tras las
duras jornadas de trabajo en el campo de concentración, los prisioneros
regresaban exhaustos. Algunos describen que se les había despojado de su condición
humana e identidad y sentían que no valían mucho más que el número que llevaban
tatuado en su brazo.
Sin
embargo, Frankl, describe que con tan solo contemplar unos segundos la luz del
ocaso, rescataba su alma y el amor por la vida. Eso es resiliencia
en estado puro: la capacidad de resucitar de entre los muertos gracias a
un rayo de sol y renacer de entre las cenizas más oscuras, como las que
emanaban de las chimeneas de los campos de exterminio nazis.
Los golpes de la vida como aliados para evolucionar
Afortunadamente,
en el día a día no vivimos situaciones tan extremas, por lo menos la mayoría de
la población humana. Nuestras batallas se enmarcan en despidos laborales,
fracasos amorosos, muertes de seres queridos o malas noticias sobre la salud.
Sin embargo, ¿qué nos hace tirar la toalla ante los escollos vitales? A veces, el
miedo puede ser nuestro peor enemigo, como al fracaso o al dolor.
Damos por hecho que si el camino
se pone cuesta arriba y ya hemos tenido experiencias que denominamos derrotas,
no queremos volver a pasar por lo mismo. Sin embargo, es un error enmarcar la
vida en el concepto dualista de éxito o fracaso, porque todas las experiencias
forman parte del camino de aprendizaje y crecimiento como personas.
Abrir el corazón para reinventarse
Cerrar
el corazón y dejar que la mente campe a sus anchas con pensamientos negativos
que nos paralizan es sobrevivir tras un escudo, que nos protege de los golpes,
pero nos roba la posibilidad de
disfrutar, ya no solo de los ocasos, como dijo Viktor Frankl, sino de
un nuevo amor; de apostar por vivir al otro lado del mundo o de lanzarnos a
conseguir nuestro sueño, por lejano e irrealizable que parezca.
Comprender
que la vida es cambio y alquimia nos
reconecta con el espíritu humano, que es capaz de superar obstáculos tan
elevados como montañas. Así lo expresó Edmund Hillary, primer alpinista en
coronar el Everest: “No es la montaña lo que conquistamos, sino a nosotros
mismos”.
Los niños como maestros de la resiliencia
Cuando
somos niños manejamos bien los
imprevistos de la vida que nos sacan de nuestra zona de confort.
Por ejemplo, un niño se cae en el parque, se hace una brecha en la cabeza y
tiene que ir al hospital. Llorará en el momento del golpe y revés que le trae
la vida, pero se recupera con mucha más rapidez que los adultos, porque vive el
momento presente con facilidad.
Por eso,
cuando le den una piruleta por haberse portado bien en la consulta médica y
dejarse dar puntos en la herida, disfrutará plenamente de su golosina y al día
siguiente volverá al parque a jugar con sus amigos, sin enredarse en el pasado.
Aceptar la realidad
La
aceptación de la realidad es el punto de apoyo con el que nos podemos mover con
más facilidad hacia nuestra capacidad de resiliencia. Ya lo dijo el psiquiatra
y psicólogo, Carl Jung: “Lo que niegas te somete. Lo
que aceptas, te transforma”.
Cuando
nos peleamos con lo que está siendo, curiosamente, dejamos de ser y nos
desconectamos de nuestra esencia. Perdemos toda la energía en intentar cambiar
el curso del río. Sin embargo, aceptar
lo que está ocurriendo no es rendirse, hincar la rodilla o tirar la
toalla, sino tener la suficiente claridad para sortear el escollo encontrando
soluciones; recalculando el camino, como un navegador interno que nos guía.