MARGA DURÁ | lavanguardia.com | 28/04/2026
La psicología distingue dos tipos de queja: la
instrumental (para reparar la causa) o la ventilación emocional, que a menudo
se “hereda” del entorno familiar o se adquiere porque en su día fue útil para
recibir atención
“Este mes se me ha estropeado la lavadora y ya no puedo más de gastos”. “Después de pagar los recibos a principios de mes, me quedo sin un euro, así no se puede vivir”. “¿Cómo voy a ahorrar si ya me cuesta hacerme cargo del alquiler? No sé qué voy a hacer”. “Ayer fui al supermercado y los precios han vuelto a subir”. Este es el mantra que recitan en España no solo las clases desfavorecidas, sino también una clase media asediada por la inflación.
El voraz precio de la vivienda, las constantes subidas en la cesta de la
compra y en los suministros o esos imprevistos que ya no se pueden cubrir con
ahorros, asfixian a una parte de la población que se lamenta en voz baja… o
alta. ¿Airear los cotidianos desastres económicos libera tensión o la
incrementa? ¿Lamentarse de las dificultades es una válvula de escape o un
pasaje en primera clase hacia el pesimismo?
Víctimas de estrés financiero
En España, son muchos los que se desvelan por
cuestiones económicas: el 60% de la población, según un estudio de Unobravo,
sufre al menos una vez a la semana estrés financiero. Los principales detonantes
son los gastos inesperados (29,6%) o no contar con suficientes ahorros (25,2%).
“Es un problema bastante habitual hoy en día, porque
una situación económica inestable genera mucha ansiedad, ya que el dinero no
solo cubre las necesidades básicas, sino que también está muy relacionado con
la seguridad, la tranquilidad y la sensación de estabilidad”, apunta el
psicólogo Javier Barreiro.
Esa vivencia de vulnerabilidad tiene sus consecuencias,
tal y como enumera Julia Vidal,
psicóloga y directora clínica de Área Humana Psicología: “Genera un estado
displacentero y de gran inseguridad que puede repercutir en el cuidado personal
—no acudir a un fisioterapeuta o a un dentista, por ejemplo—, en las relaciones
—evitar encuentros sociales para no gastar—, y en el bienestar emocional en
general”.
Según la encuesta de Unobravo, el 65,2% de los encuestados
ha rehuido compromisos sociales por culpa, como apunta Vidal, de la ansiedad
financiera. Visto el panorama, no es extraño que algunos aprovechen para airear
sus penas con sus íntimos.
¿Por qué nos quejamos?
Desde la psicología se distinguen dos tipos de queja:
la instrumental (se utiliza con la intención de reparar la causa) o la de
ventilación emocional. Esta última, según Vidal, “es una forma de expresión
para ser oído o entendido. Expresa el problema que se tiene con todas las
emociones que ha provocado en esa persona. Por ejemplo, una mujer podría decir:
‘No puedo comprar nada, todo es carísimo, así yo no voy a poder vivir’,
demostrando incomodidad y fastidio. Otra podría simplemente comunicar sin
quejarse: ‘Estoy preocupada por no llegar a final de mes’. Son dos estilos
comunicativos”.
La preferencia por la queja como ventilación emocional
se aprende del entorno familiar o se adquiere cuando en su momento fue útil
para recibir atención y, a partir de ahí, se instaló como un modus operandi
casi inconsciente.
La queja, no le quitemos mérito, puede procurar un
desahogo puntual muy conveniente. “Expresar y compartir es positivo, favorece
que alguien te proporcione una visión distinta, que otros puedan sincerarse y
contarte sus vivencias, y pueden aparecer ideas para ajustarse a una situación
difícil”, apunta Vidal.
La clave está en la mesura. No es lo mismo compartir el
disgusto por tener que pagar una multa que consideramos injusta que, cada vez
que conversamos con un amigo, sacar a colación nuestras penurias financieras.
En estos casos, según Vidal, “La persona favorece un malestar emocional que
repercute en más quejas, genera malestar en quien la escucha y puede provocar
rechazo. El individuo aprende a focalizar su atención en lo que va mal y no en
los otros aspectos buenos que tiene en su vida”.
Es entonces cuando la queja desemboca en un bucle de
pensamientos negativos del que es muy difícil salir y que es demasiado fácil de
alimentar, con el riesgo de acabar con la victimización.
Empatía versus co-rumiación
Cuando alguien nos explica un problema íntimo, sabemos que
esa persona confía en nosotros. La empatía es inmediata. Sin embargo, según la
psicóloga Amanda Rose, de la Universidad de Wisconsin, la dinámica de quedar
para compartir las penas puede tener una contrapartida negativa: la
co-rumiación.
En psicología, se entiende por rumiación a esos pensamientos repetitivos y
negativos que solo se enfocan en el malestar, en sus causas y consecuencias,
sin buscar una solución. Al quedar con amigos para hablar de las desgracias
personales de cada cual, caeríamos en la co-rumiación.
Además, estas situaciones nos sumergen en la dinámica del “yo también”, ya que
cuando alguien explica un hecho frustrante, la audiencia se solidarizará
relatando otros similares. Por respeto, nadie manifestará lo feliz que se
siente en ese momento de su vida. Así se multiplicará esa co-rumiación que
confirmará las sospechas de que todo va a peor, porque no somos los únicos a
los que les suceden calamidades. De esta forma, nos convencemos de que todos
somos víctimas de un sistema inamovible y, por lo tanto, no hay nada que
podamos hacer.
De la necesidad a la dismorfia del dinero
La crisis del 2008 supuso una pérdida del poder
adquisitivo que, con sus picos y sus valles, se ha arrastrado hasta nuestros
días. Las incesantes noticias dibujan un panorama político y económico hostil
que aumenta la inestabilidad personal. Y también lo hace la dismorfia del
dinero: una visión poco realista de nuestros recursos que provoca un miedo
infundado.
“El problema de fondo es que vemos en redes sociales a
gente que realmente no tiene tanto dinero como aparenta tener, y eso genera
frustración, ansiedad y problemas a nivel psicológico. Si tú estás viendo a una
persona con un deportivo y una mansión, es muy probable que sientas que le van
mejor las cosas que a ti”, comenta Borja Rubí,
asesor financiero y autor del pódcast ‘Inversión para humanos’.
Desde las influencers hablando de sus “louivi” (por los
bolsos Louis Vuitton) hasta los criptobros alardeando de Lambo (Lamborghini),
todos parecen haber jugado sus cartas mejor que quien ejerce de funambulista
para llegar a final de mes. Esa dolce vita regalada enfatiza aún más los
agujeros de la propia. Y la sensación de una pobreza que no es tal.
La suma de estos factores puede generar una inquietud
innecesaria por el dinero. “Yo he tenido en varias ocasiones personas que
decían que no tenían dinero y su familia me ha confirmado que no solo sí
tenían, sino que gozaban de una buenísima economía”, explica Vidal.
Plan de convivencia con la precariedad
La situación económica de algunas personas no mejorará,
por lo que tendrán que convivir con ella. Vidal recomienda cinco pasos para
mantener a raya la ansiedad financiera (y que no pasan por la queja):
“Confirmar que es cierto. No por pensar o creer algo lo
es. Aunque parezca extraño, lo que propongo a mis pacientes es que valoren si
es o no una realidad. Hay personas, como decía antes, preocupadas sin razón”,
asegura la psicóloga.
Compartir con los más allegados lo que sucede, mediante
una queja instrumental libra de la presión de, por ejemplo, tener que inventar
excusas para no ir a cenar.
Hablar de lo ocurrido de forma constructiva: pedir
ayuda a las personas adecuadas, las que realmente tienen un conocimiento que
nos puede ser útil para salir del trance. La técnica de la “lluvia de ideas”
puede funcionar.
Fijar objetivos concretos: “reducir en un 10 % un gasto
mensual concreto” o “conseguir un cliente nuevo”. Son más controlables y menos
abrumadores que mirar el conjunto de la situación.
Ponerse en el peor escenario posible, entender qué
sucedería y cómo se podría resolver. No tiene por qué suceder, pero saber que
incluso así contaríamos con una salida permite recuperar la sensación de
control.
¿Y qué hacemos con la queja de
ventilación emocional a la que tanto nos habíamos aficionado? ¿Podemos
emplearla? ¿Debemos desterrarla? “No hay una respuesta definitiva, ya que
hablar de lo que te preocupa puede ser positivo si te ayuda a desahogarte o a
sentirte acompañado, pero el problema, sobre todo, aparece cuando la queja se
vuelve constante, ya que refuerza una visión negativa de la propia situación,
lo que puede aumentar la sensación de impotencia y esto dificulta el paso para
buscar algún tipo de solución útil a esa situación”, aclara Barreiro.