SARA GONZÁLEZ JUÁREZ | La Mente es Maravillosa | 25/01/2021
A nadie le gusta que le
etiqueten sin motivo. En este artículo, podrás leer acerca de cómo y por qué todos
lo hemos hecho alguna vez. En concreto, hablaremos del sesgo de
representatividad, que tiene la culpa en muchos casos.
Los humanos
estamos sometidos a una cantidad de estímulos y de información tan grande
que, a veces, resulta casi imposible manejar todas las ideas a la vez. Para
ello, la categorización es casi imprescindible, pero ¿cómo funciona este
proceso? Muchas veces, el sesgo de representatividad es necesario.
Este sesgo es necesario para
manejar las toneladas de información que pasan por el cerebro, pero en
ocasiones puede convertirse en un problema a nivel social. En este artículo
podrás leer la relación entre un fenómeno y otro.
El sesgo de
representatividad
Un sesgo cognitivo es un procesamiento de la información que
se hace de forma rápida, una especie de “truco” que tiene la mente para
ordenar las ideas y procesar la información de una forma más eficiente en
cuanto a supervivencia se refiere. Sin embargo, el problema es precisamente
ese: nos puede llevar a conclusiones erróneas o poco lógicas.
Hay multitud de sesgos
cognitivos, pero el sesgo de representatividad es uno de los que más tienen que
ver con la categorización social. ¿En qué consiste?
Cuando conocemos a una persona, tendemos a clasificarla en un grupo en función de lo que coincidan sus características principales o más salientes con las de este. De hecho, cuando se cae en el sesgo de representatividad, solemos cometer cuatro errores principales. Los describimos a continuación.
Insensibilidad
al tamaño de la muestra
Cuando se conoce la frecuencia real de aparición de un suceso, se tiende a juzgar que en episodios individuales también se mantendrá esta proporción. Por ejemplo, sabiendo que tirando una moneda al aire la probabilidad de que salga un lado u otro es aleatoria, cuando han salido muchas cruces seguidas, se tiende a prever que la siguiente será cara.
Insensibilidad
a las probabilidades previas
Es la tendencia a encasillar a alguien o algo en una categoría basándose en información nueva y sin tener en cuenta la que pudiese haber antes. Por ejemplo, si se acaba de conocer a alguien que dice ser metódico y aficionado a los ordenadores, es más probable que se piense que ha estudiado ingeniería en vez de humanidades.
Falacia
de la conjunción
Se tiende a pensar que es más probable que dos sucesos ocurran a la vez a que aparezcan por separado, en contra del axioma de la probabilidad, que dice lo contrario. Un ejemplo de esto es asumir que una persona inteligente y buena trabajará en algo importante y hará acciones benéficas cuando lo más probable es que sólo haga una de ellas.
Insensibilidad
al fenómeno de la regresión a la media
Por lo general, los eventos que se
sitúan en extremos suelen mejorar o empeorar volviendo hacia la media. Los alumnos
que sacan buenas notas tienden a empeorar en éstas si se relajan y los que
suspenden suelen querer mejorar, por ejemplo. Un profesor que caiga en esta
insensibilidad al fenómeno de la regresión podría pensar que echar la
bronca a los alumnos que sacan malas notas puede ser mejor que premiar a los
buenos estudiantes.
Los peligros de las etiquetas sociales
Ya has visto los errores que se
cometen habitualmente con el sesgo de representatividad. Para reunirlo todo en
un ejemplo, toma en cuenta lo siguiente: si conocemos a una persona que viste
con ropa negra, lleva cadenas y pulseras con pinchos de complementos y su
peinado es una cresta mohicana teñida de verde, es muy posible que la etiquetemos como punky.
Es decir, una persona con esa estética sería representativa del grupo de “los punkies“, de ahí el nombre del sesgo. Sin embargo, a esta persona podría gustarle esta estética pero escuchar música clásica. O que sólo se vista así para salir y el resto del tiempo vaya con traje.
El ejemplo de arriba es
relativamente neutral porque atañe únicamente a la forma de vestir, pero ¿qué
pasa cuando a los punkies se les relaciona con otras etiquetas
más peyorativas,
como el vandalismo? Desde
aquí se puede partir al siguiente punto: los peligros de las etiquetas
sociales.
A nadie le gusta que lo encasillen. Cuando se trata de definirse a una misma, los juicios y las denominaciones se difuminan porque, habitualmente, se tiene más información propia que de los demás.
Sin embargo, los sesgos cognitivos nos proveen de juicios tan rápidos y absolutos que es difícil desprenderse de ellos en situaciones con poca información. Es en estos momentos cuando nacen los prejuicios y los tratos discriminatorios.
El sesgo de representatividad nos
anima de alguna manera a etiquetar a las personas. Es un proceso
natural de la mente, pero cuando enlaza automáticamente con características
indeseables es necesaria la revisión de las ideas y echar el freno con
los juicios.
A pequeña escala puede quedarse en una asunción precipitada, pero cuando escala hacia la violencia y la discriminación, merece la pena pararnos a pensar e intentar modular la influencia de este sesgo.
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