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jueves, 30 de julio de 2026

Winston Churchill, sobre cómo la resiliencia conduce al éxito: "El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo"

CAROLINA PINEDO DEL OLMO     |     cuerpomente.com     |     27/06/2026

La visión del estadista británico sobre esta cualidad humana rescata su experiencia en el campo de batalla para hacer hincapié en no rendirse frente a las adversidades.

Levantarse una y otra vez tras las derrotas de la vida puede indicar una voluntad de hierro. Pero si, además, añadimos el ingrediente de aprender o hacer alquimia con las vivencias complicadas con el fin de obtener un aprendizaje que nos haga crecer y evolucionar, somos también resilientes. El estratega Winston Churchill dedicó unas cuantas reflexiones a esa capacidad , casi mágica, de salir victorioso a pesar de perder la batalla.

Como buen militar, Churchill perdió unas cuantas contiendas, pero su vena humanista le aportó gran comprensión frente a cualquier mesa de negociación, tanto entre cañones, como en la Corte Suprema Británica, donde fue primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial.

Disparó con la palabra frases como: “El pesimista ve dificultad en cada oportunidad y el optimista ve oportunidad en cada dificultad”. Quizás, su perspectiva de la resiliencia era bastante castrense, porque las frases al respecto del político británico eran como arengas: “El éxito no es definitivo; el fracaso no es fatal. Lo que realmente cuenta es tener valor para continuar” . Y no cabe duda de que con estos mensajes era capaz de enaltecer a las masas.

Resiliencia  frente a las vivencias más destructivas

Yo me quedo con una visión más romántica que la de Churchill del concepto del término. Se trata, quizás, de una de las descripciones más emotivas y expresivas que he escuchado sobre la resiliencia y viene de la mano del padre de la logoterapia, Viktor Frankl.

El también neurólogo y psiquiatra austriaco, superviviente de Auschwitz, escribió el libro El hombre en busca de sentido. En un pasaje magistral de la obra narra la sencillez del detalle que le devolvía las ganas de vivir frente a tanto horror y muerte.

Era algo que está al alcance de todo el mundo y, quizás, por eso no se valora a pesar de ser un tesoro que cada día es diferente: el ocaso. Tras las duras jornadas de trabajo en el campo de concentración, los prisioneros regresaban exhaustos. Algunos describen que se les había despojado de su condición humana e identidad y sentían que no valían mucho más que el número que llevaban tatuado en su brazo.

Sin embargo, Frankl, describe que con tan solo contemplar unos segundos la luz del ocaso, rescataba su alma y el amor por la vida. Eso es resiliencia en estado puro: la capacidad de resucitar de entre los muertos gracias a un rayo de sol y renacer de entre las cenizas más oscuras, como las que emanaban de las chimeneas de los campos de exterminio nazis.

Los golpes de la vida como aliados para evolucionar

Afortunadamente, en el día a día no vivimos situaciones tan extremas, por lo menos la mayoría de la población humana. Nuestras batallas se enmarcan en despidos laborales, fracasos amorosos, muertes de seres queridos o malas noticias sobre la salud. Sin embargo, ¿qué nos hace tirar la toalla ante los escollos vitales? A veces, el miedo puede ser nuestro peor enemigo, como al fracaso o al dolor.

Damos por hecho que si el camino se pone cuesta arriba y ya hemos tenido experiencias que denominamos derrotas, no queremos volver a pasar por lo mismo. Sin embargo, es un error enmarcar la vida en el concepto dualista de éxito o fracaso, porque todas las experiencias forman parte del camino de aprendizaje y crecimiento como personas.

Abrir el corazón para reinventarse

Cerrar el corazón y dejar que la mente campe a sus anchas con pensamientos negativos que nos paralizan es sobrevivir tras un escudo, que nos protege de los golpes, pero nos roba la posibilidad de disfrutar, ya no solo de los ocasos, como dijo Viktor Frankl, sino de un nuevo amor; de apostar por vivir al otro lado del mundo o de lanzarnos a conseguir nuestro sueño, por lejano e irrealizable que parezca.

Comprender que la vida es cambio y alquimia nos reconecta con el espíritu humano, que es capaz de superar obstáculos tan elevados como montañas. Así lo expresó Edmund Hillary, primer alpinista en coronar el Everest: “No es la montaña lo que conquistamos, sino a nosotros mismos”.

Los niños como maestros de la resiliencia

Cuando somos niños manejamos bien los imprevistos de la vida que nos sacan de nuestra zona de confort. Por ejemplo, un niño se cae en el parque, se hace una brecha en la cabeza y tiene que ir al hospital. Llorará en el momento del golpe y revés que le trae la vida, pero se recupera con mucha más rapidez que los adultos, porque vive el momento presente con facilidad.

Por eso, cuando le den una piruleta por haberse portado bien en la consulta médica y dejarse dar puntos en la herida, disfrutará plenamente de su golosina y al día siguiente volverá al parque a jugar con sus amigos, sin enredarse en el pasado.

Aceptar la realidad

La aceptación de la realidad es el punto de apoyo con el que nos podemos mover con más facilidad hacia nuestra capacidad de resiliencia. Ya lo dijo el psiquiatra y psicólogo, Carl Jung: “Lo que niegas te somete. Lo que aceptas, te transforma”.

Cuando nos peleamos con lo que está siendo, curiosamente, dejamos de ser y nos desconectamos de nuestra esencia. Perdemos toda la energía en intentar cambiar el curso del río. Sin embargo, aceptar lo que está ocurriendo no es rendirse, hincar la rodilla o tirar la toalla, sino tener la suficiente claridad para sortear el escollo encontrando soluciones; recalculando el camino, como un navegador interno que nos guía.

viernes, 17 de julio de 2026

Ismael Dorado, psicólogo: “Una persona que se siente valorada en su entorno laboral no vive el domingo por la tarde con la misma angustia que alguien que trabaja en un ambiente hostil”

ANNA CALPE      |      lavanguardia.com      |      21/06/2026

Integrante de la Junta Directiva de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, Dorado analiza las causas de la popularmente conocida como “depresión del domingo por la tarde”

El domingo por la tarde, cuando el fin de semana empieza a despedirse y el lunes asoma, muchas personas experimentan una sensación de tristeza, apatía o inquietud difícil de explicar. Lo que para algunos es simplemente el final de unos días de descanso, para otros se convierte en un momento marcado por la ansiedad anticipatoria, el cansancio emocional y la preocupación por las obligaciones que están por venir.

“Si convertimos el domingo en un espacio de rumiación, llegaremos al lunes agotados antes de empezar”, explica Ismael Dorado, psicólogo y criminólogo, e integrante de la Junta Directiva de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. En conversación con La Vanguardia, el especialista analiza las causas de este fenómeno, popularmente conocido como la “depresión del domingo por la tarde”, qué factores lo favorecen y qué estrategias pueden ayudar a afrontar el final del fin de semana con mayor bienestar y una actitud más positiva ante la nueva semana.

¿Por qué tantas personas se sienten mal el domingo por la tarde?

La llamada depresión del domingo por la tarde tiene mucho que ver con cómo gestionamos la frustración. Desde pequeños estamos más preparados para disfrutar de los buenos momentos que para aceptar que esos momentos también terminan. El domingo por la tarde anticipamos que el lunes comienza la jornada laboral o una nueva semana de obligaciones, y eso puede generar apatía, cansancio o tristeza. Sin embargo, deberíamos entenderlo de otra manera: el lunes también es el inicio del camino hacia otro fin de semana. Hemos disfrutado del descanso, de la familia, de los amigos o de estar solos, y ahora empieza un nuevo ciclo.

Además de esa tristeza o apatía, ¿qué otros síntomas suelen aparecer?

Uno de los síntomas más habituales es la ansiedad anticipatoria. Muchas personas pasan el domingo por la tarde pensando en todo lo que tendrán que hacer durante la semana, y eso les impide disfrutar de las horas de descanso que aún les quedan. También pueden aparecer problemas de sueño, dificultad para relajarse, irritabilidad o sensación de agotamiento antes incluso de que empiece el lunes. Es como una profecía autocumplida: pensamos tanto en el estrés que vendrá que terminamos generándolo antes de tiempo.

¿Por qué algunas personas lo sienten cada domingo y otras solo de forma puntual?

Influyen mucho la personalidad y la manera en que cada persona interpreta lo que le ocurre. Hay personas con una tendencia mayor al pensamiento negativo, a la anticipación de amenazas o a lo que en psicología se relaciona con el neuroticismo. No disfrutan tanto del momento presente porque su cabeza está siempre en lo que puede salir mal mañana. En cambio, otras personas viven el domingo como tiempo libre hasta que llega realmente el lunes. Deberíamos preocuparnos cuando esta sensación se repite cada semana, afecta al descanso, limita los planes o genera un malestar intenso que condiciona la vida personal y laboral.

¿Qué papel juega la satisfacción laboral en este fenómeno?

Juega un papel fundamental. Una persona que se siente bien tratada, valorada y cómoda en su entorno laboral no vive el domingo por la tarde con la misma angustia que alguien que trabaja en un ambiente hostil. Muchas veces se piensa que la satisfacción laboral depende solo del sueldo, pero también influyen las condiciones de trabajo, el estilo de liderazgo, el clima del equipo y la forma en que se organiza la empresa. Las empresas con mejor clima laboral suelen tener menos bajas, menos conflictos y más productividad. Cuando uno está a gusto en su trabajo, el lunes no se percibe como una amenaza.

¿Las redes sociales y la hiperconexión aumentan esta sensación de estrés antes de empezar la semana?

Sin duda. La hiperconexión es uno de los grandes estresores actuales. Creíamos que las nuevas tecnologías nos harían más libres, pero en muchos casos nos han hecho más esclavos. Antes existían límites más claros: no se llamaba a alguien a determinadas horas o durante sus momentos de descanso. Ahora recibimos mensajes, correos o notificaciones en cualquier momento, incluso durante los fines de semana o las vacaciones. Algunas empresas no permiten desconectar, pero también hay personas que no saben hacerlo. El famoso FOMO, ese miedo a perderse algo, nos mantiene siempre pendientes y nos impide descansar de verdad.

¿Cómo podemos acabar la semana con motivación para la siguiente?

Lo primero es no dar el domingo por perdido. El domingo también es fin de semana y puede ser un día magnífico para hacer planes tranquilos: pasear, ir al cine, leer, visitar un parque, tomar algo o simplemente descansar en casa. El problema no es quedarse en casa, sino hacerlo desde la sensación de derrota, como si el día ya no sirviera para nada. Conviene planificar actividades agradables y entender que el domingo puede ayudarnos a entrar en la semana de una forma más serena. No debería ser solo una transición hacia el trabajo, sino un día con valor propio.

¿Qué hábitos pueden ayudar cuando aparecen pensamientos negativos sobre la semana que empieza?

Otra herramienta muy sencilla es coger papel y bolígrafo. Escribir los pensamientos negativos ayuda a sacarlos de la cabeza y a verlos con más distancia. Después podemos cuestionarlos como si habláramos con otra persona: “¿Qué puedo hacer con esto? ¿Qué alternativa tengo? ¿Qué plan puedo proponerme?”. Los pensamientos negativos no se combaten solo pensando, sino también con acciones positivas. A veces, organizar la semana, establecer prioridades realistas o planificar alguna actividad agradable para los próximos días puede ayudar a reducir la sensación de agobio y recuperar la sensación de control.

viernes, 3 de julio de 2026

Eirene García, psicóloga: “Hay personas que piensan siempre en lo peor para protegerse, pero la catastrofización solo hace que suframos antes de tiempo”

 ANNA CALPE     |     lavanguardia.com     |     24/05/2026

Aunque no podemos mantener el control ante las adversidades de la vida, la psicóloga sostiene que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia

“El ser humano es un animal de costumbres y, cuando algo cambia, la incertidumbre nos asusta”. Eirene García, psicóloga especializada en trauma y duelo, acompaña a las personas a atravesar los cambios inevitables de la vida: desde una amistad que se enfría hasta una ruptura, un cambio de trabajo o la muerte inesperada de un ser querido. Situaciones que, en mayor o menor medida, nos recuerdan que vivir implica transformarse constantemente.

Aunque mantener el control ante estas adversidades no siempre es posible, la psicóloga sostiene en Cuando nada es seguro, todo es posible (BRUGUERA) que hay algo esencial que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia, incluso aquellas marcadas por la pérdida, la incertidumbre o el duelo. Lo explica también en conversación con La Vanguardia.

En un mundo donde el cambio no es la excepción, sino la norma, ¿por qué se percibe la estabilidad como el estado natural de las cosas?

En el fondo, nuestro cerebro necesita seguridad. Desde que existe la humanidad hemos intentado reducir la incertidumbre de muchas maneras: a través de la religión, de los profetas, del tarot o incluso de la ciencia y la meteorología. Siempre hemos buscado anticiparnos a lo que va a ocurrir para sentir que tenemos cierto control sobre la vida. La estabilidad nos da calma porque a nuestro cerebro le gusta saber qué pasará después. La incertidumbre, en cambio, genera miedo. De hecho, una de las estrategias más comunes que tenemos las personas es la catastrofización: anticipar que ocurrirá lo peor. Hay quienes piensan siempre en el peor escenario para protegerse, pero esta forma de pensar solo hace que suframos antes de tiempo. Sucede cuando aparecen pensamientos como “voy a suspender el examen”, “no me van a coger en este trabajo” o “esto no va a funcionar”. Es una forma de intentar protegernos emocionalmente, aunque en realidad no nos ayuda.

Entre los cambios que afectan nuestra vida habla de “microduelos cotidianos”. ¿Cómo pueden cambios aparentemente pequeños convertirse en un duelo emocional importante?

No todos los duelos tienen que ver con la muerte. Hay pérdidas mucho más silenciosas que también nos afectan. Por ejemplo, una amistad que se enfría después de un malentendido o porque una de las dos personas empieza a distanciarse sin explicar qué ocurre. A veces sentimos que algo cambia, que el vínculo se vuelve extraño, y acabamos perdiendo a alguien importante sin haber tenido una conversación clara. Eso también es un duelo, aunque muchas veces ni siquiera lo reconocemos como tal. También ocurre con los cambios laborales. Imagina que cambias de trabajo porque has encontrado mejores condiciones. En teoría deberías sentirte feliz porque ha sido una decisión tuya y supone una mejora. Sin embargo, también puedes sentir tristeza porque dejas atrás compañeros con los que tenías una relación cercana o una rutina que te hacía sentir cómoda. Lo mismo pasa cuando un proyecto no sale adelante o cuando haces una entrevista de trabajo y no te seleccionan. Son pequeñas pérdidas que a veces minimizamos, pero que emocionalmente pueden tener mucho impacto.

¿El desconocimiento de un microduelo explica el sentimiento de culpa cuando la vida nos sonríe?

En parte, y también porque nos cuesta aceptar la ambivalencia emocional. Vivir implica sentir emociones contradictorias al mismo tiempo. Podemos estar felices y tristes a la vez, y eso es completamente humano. Por ejemplo, puedes alegrarte porque vas a mudarte a una ciudad con mejor calidad de vida o porque vas a tener un salario mejor. Pero al mismo tiempo sentir tristeza porque dejas atrás a tus amigos, a tus vecinos o a una etapa importante de tu vida. El problema es que socialmente existe la idea de que, si algo es positivo, deberíamos sentirnos únicamente felices. Nos decimos a nosotros mismos: “No debería estar triste porque esto es bueno para mí”. Y ahí aparece la culpa. Sin embargo, las emociones no funcionan de manera tan simple. Hay experiencias que implican ganancia y pérdida al mismo tiempo, y permitirnos sentir ambas cosas es mucho más sano que intentar encajar en una expectativa social.

¿Cómo podemos prepararnos para el cambio y el porvenir emocional de lo inevitable sin caer en el estrés o la ansiedad?

La diferencia está en distinguir qué depende de nosotros y qué no. Prepararnos para el futuro es saludable cuando actuamos sobre aquello que sí podemos hacer: cuidarnos, organizarnos, tomar decisiones o desarrollar herramientas personales. El problema aparece cuando intentamos controlar lo incontrolable. Yo suelo poner un ejemplo muy sencillo: es como salir a correr y pretender no sudar. Hay cosas que simplemente forman parte de cómo funciona la vida. Muchas personas me dicen en consulta: “Sé que no debería querer controlarlo todo”. Y yo les respondo que cierto grado de control es necesario y adaptativo. Lo que genera sufrimiento es intentar controlar las emociones de los demás, el resultado exacto de las situaciones o aquello que no está en nuestras manos. Ahí es donde aparece la frustración constante.

En tu consulta, ¿qué cambios vitales observas que desestabilizan más a las personas hoy en día?

Generalmente, los cambios más difíciles son los inesperados, aquellos que llegan de forma brusca y sobre los que sentimos que no hemos tenido capacidad de decisión. Por ejemplo, una de nuestras especialidades es el duelo perinatal. La pérdida de un bebé durante el embarazo es una experiencia profundamente traumática y, además, muy silenciada socialmente. Muchas madres sienten que no pueden expresar libremente ese dolor o que el entorno minimiza lo sucedido. También ocurre con las rupturas inesperadas. Hay relaciones que se van deteriorando poco a poco y en las que ambos perciben que algo no funciona. Pero existen otras en las que una persona siente que todo estaba bien y, de repente, recibe una ruptura inesperada. En esos casos suele aparecer una frase muy repetida: “No me lo puedo creer”. Y precisamente ahí vemos el impacto del cambio traumático: cuando rompe por completo la idea que teníamos de nuestra realidad.

¿Qué etapas de la vida son especialmente desestabilizadoras?

Hay muchas teorías sobre las crisis vitales asociadas a determinadas edades: la crisis de los 30, de los 40, de los 50 o incluso la jubilación. Pero personalmente coincido mucho con el autor Bruce Feiler, que defiende que las crisis pueden aparecer en cualquier momento. En mi caso, por ejemplo, viví cambios muy importantes siendo niña. A veces pensamos que las grandes crisis solo llegan en la adultez, pero no es así. La vida puede transformarse radicalmente a cualquier edad. Desde que nacemos estamos atravesando cambios y pérdidas. Salimos del vientre materno y entramos en un entorno completamente distinto. Después llegan cambios evolutivos, familiares, relacionales, laborales o incluso derivados de acontecimientos inesperados. Cada transición puede desestabilizarnos de forma distinta según nuestras herramientas emocionales, nuestra historia de vida y el apoyo que tengamos alrededor.

¿Qué herramientas pueden ayudarnos emocionalmente a sostener una etapa de transición?

Para mí, una de las herramientas más importantes es rodearnos de personas que nos quieran bien. El apoyo social es fundamental durante los cambios importantes. Pero no cualquier apoyo sirve. Hay personas que intentan ayudar minimizando el dolor con frases como “no es para tanto” o “tienes que ser fuerte”. Y eso muchas veces hace que quien está sufriendo se sienta todavía más incomprendido. El apoyo realmente saludable es el que valida lo que sentimos, el que acompaña sin juzgar y el que entiende que no siempre hay soluciones ni palabras perfectas. A veces el simple hecho de estar presente y escuchar ya es profundamente reparador.

¿Cómo podemos saber si estamos atravesando una etapa que requiera ayuda profesional?

Todo depende de cómo ese malestar está afectando a las distintas áreas de tu vida. Es normal que un cambio importante tenga un impacto emocional. Puede hacer que tengamos menos energía, problemas de concentración, alteraciones del sueño o más pensamientos recurrentes. Cada persona lo vive de una manera distinta. Hay quien necesita aislarse un poco y quien necesita mantenerse constantemente ocupado. Pero el problema aparece cuando nos quedamos atascados. Por ejemplo, cuando el pensamiento gira continuamente alrededor del “por qué”, cuando no conseguimos salir de la rumiación mental o cuando dejamos de disfrutar completamente de nuestra vida cotidiana. Si el sufrimiento empieza a impedirnos trabajar, relacionarnos, descansar o cuidar de nosotros mismos, entonces probablemente necesitemos acompañamiento profesional.

¿Por qué hay personas más intolerantes a la incertidumbre que otras?

Tiene mucho que ver con la historia personal, con el aprendizaje y con cómo hemos vivido los cambios a lo largo de nuestra vida. También influye mucho cómo nuestros padres o referentes afrontaban la incertidumbre. En mi caso, por ejemplo, viví muchos cambios durante la infancia y no tuvimos cierta estabilidad hasta la adolescencia. Eso, aunque fue difícil, también me dio herramientas para adaptarme a situaciones nuevas. La tolerancia a la incertidumbre no es algo con lo que simplemente se nace; también se entrena. Cuanto más aprendemos a atravesar cambios y a comprobar que podemos sostenerlos, más capacidad desarrollamos para convivir con lo incierto.

Después de escribir el libro y de acompañar tantos procesos durante tu trayectoria, ¿qué has aprendido sobre la incertidumbre que más te ha marcado?

Creo que una de las lecciones más importantes me la dio un médico durante mi primer embarazo. Yo tenía una amenaza de aborto y estaba muy angustiada porque necesitaba saber qué iba a pasar. Y recuerdo que él me dijo algo muy sencillo: “No puedo decirte con certeza qué ocurrirá. Solo podemos mantener una actitud expectante”. Aquella frase me marcó muchísimo. Entendí que había situaciones en las que no podía hacer otra cosa que centrarme en el presente, cuidarme y aceptar que el futuro todavía no estaba escrito. Afortunadamente, todo salió bien. Pero desde entonces intento vivir muchas situaciones desde esa actitud expectante. No desde el pesimismo, sino desde el realismo. A veces la gente me dice: “Siempre estás con el ‘ya veremos qué pasa’”. Y para mí no es una forma negativa de mirar la vida, sino una manera de aceptar que no podemos controlarlo todo. Ni lo mejor está garantizado ni lo peor es inevitable. Muchas veces simplemente tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre mientras seguimos adelante.

miércoles, 3 de junio de 2026

La “sencilla pero potente” técnica que recomienda un psicólogo para reducir la ansiedad

MARTA SIERRA     |     infobae.com     |     21/05/2026

Esta estrategia, conocida como la respiración cuadrada, permite devolver cierta sensación de control en un momento de tensión

La ansiedad no entiende de horarios ni de lugares. Puede aparecer en mitad de una jornada de trabajo, durante un trayecto en transporte público o incluso en casa, cuando aparentemente todo está en calma. La sensación de alerta constante, el aumento del ritmo cardíaco o la dificultad para concentrarse forman parte de una respuesta que muchas personas experimentan a diario y que normalmente en ocasiones resulta difícil de controlar.

Aunque cada caso es diferente, los especialistas coinciden en que aprender a gestionar la ansiedad es un proceso que requiere tiempo y práctica. No existen fórmulas mágicas capaces de hacer desaparecer el malestar de inmediato, pero sí herramientas que pueden ayudar a rebajar la intensidad de esos síntomas y devolver cierta sensación de control en momentos de tensión.

Entre las técnicas más utilizadas se encuentran los ejercicios de respiración. Precisamente sobre ello habla el psicólogo Ángel Macías (@angelmaciaspsicología en TikTok) en uno de sus vídeos, en el que explica una estrategia sencilla que puede ponerse en práctica prácticamente en cualquier lugar y sin necesidad de materiales externos. “Reduce tu ansiedad utilizando esta sencilla pero potente técnica. Se denomina respiración cuadrada y consiste en los siguientes pasos”.

Qué es la técnica de la respiración cuadrada

La estrategia de la respiración cuadrada se basa en seguir un ritmo concreto mientras la persona centra su atención en la respiración y en una imagen mental. “Con los ojos cerrados nos vamos a imaginar un cuadrado. Vamos a coger aire durante cuatro segundos y vamos a mantenerlo otros cuatro. Luego vamos a soltar aire durante cuatro segundos y luego mantenemos de nuevo durante otros cuatro”, explica Macías. El psicólogo recomienda repetir varias veces el mismo ciclo hasta notar una reducción progresiva de la ansiedad.

El nombre del método no es casual. Según detalla el especialista, la visualización juega un papel importante en el proceso. “Se llama respiración cuadrada porque a la vez nos vamos imaginando que dibujamos los vértices del cuadrado cada cuatro segundos”, afirma. Esa combinación entre respiración y concentración busca apartar la atención de los pensamientos que alimentan el estado de alerta.

La explicación del psicólogo parte de una idea sencilla: la forma de respirar influye directamente en cómo se siente el cuerpo. “Cuando tenemos ansiedad estamos en alerta y cuando estamos en alerta respiramos raro”, sostiene. En situaciones de nerviosismo, la respiración suele acelerarse y hacerse más superficial, algo que puede incrementar todavía más la sensación de angustia.

Por ello, controlar el ritmo respiratorio puede convertirse en una forma de enviar señales de calma al organismo. “La respiración, te guste o no, determina tu estado mental y emocional y, cuando una persona está tranquila, suele respirar más de esta forma que de la que lo haces ansioso (en alerta)”, añade Macías. El objetivo no es eliminar por completo la ansiedad de forma inmediata, sino reducir la intensidad física y mental que acompaña a esos episodios.

El experto también destaca la importancia de dirigir la atención hacia el momento presente. Contar los segundos durante cada fase del ejercicio ayuda a romper el bucle de pensamientos que suele acompañar a la ansiedad. “Cuando contamos los segundos, nuestra atención no se centra en pensar cosas ‘mágicas pendejas’, sino en el presente y en conectar con otra cosa diferente a lo que hago de forma ansiosa”, explica.

Aunque la respiración cuadrada no sustituye a la ayuda profesional cuando existe un problema de ansiedad persistente, sí puede convertirse en una herramienta útil para afrontar momentos concretos de estrés. Su sencillez permite practicarla en cualquier entorno y adaptarla a distintas situaciones cotidianas.

lunes, 1 de junio de 2026

Marian Rojas Estapé, psicóloga: "Si un padre le soluciona todos los problemas a un niño bloquea su corteza prefrontal"

 EL CONFIDENCIAL      |     elconfidencial.com      |      09/05/2026

Intervenir de forma constante ante cualquier dificultad impide que el cerebro infantil aprenda a gestionar el miedo, la frustración y la toma de decisiones

Un niño intenta atarse los cordones, se frustra, duda… y antes de que pueda intentarlo de nuevo, un adulto se adelanta y lo hace por él. La escena es cotidiana y nada del otro mundo, pero para la psicóloga Marian Rojas Estapé encierra una enseñanza clave sobre cómo se forma el cerebro infantil y, a largo plazo, la personalidad adulta. 

La experta explica que cada vez que un niño se enfrenta a un reto, por pequeño que sea, su cerebro entra en acción. Por un lado se activa la amígdala, la zona encargada de detectar el peligro y generar miedo. Al mismo tiempo, entra en juego la corteza prefrontal, que analiza la situación, busca soluciones y ayuda a tomar decisiones. Es ese diálogo interno el que permite avanzar pese a la inseguridad inicial.

El problema está en que el adulto interrumpa constantemente ese proceso. “Si el padre le soluciona todos los problemas a un niño, está bloqueando su corteza prefrontal”, señala Rojas Estapé. En lugar de aprender a pensar alternativas, el menor recibe el mensaje de que no puede solo y de que el miedo manda. Así, la amígdala se refuerza, mientras la parte racional del cerebro apenas se entrena.

Con el tiempo, ese desequilibrio deja huella. Niños sobreprotegidos pueden convertirse en adultos con dificultades para tomar decisiones, con temor al error o con una gran dependencia emocional. No porque carezcan de talento o inteligencia, sino porque nunca aprendieron a tolerar la incomodidad ni a confiar en su capacidad para resolver problemas.

La psicóloga insiste en que educar no es eliminar los obstáculos del camino, sino enseñar a transitarlos. Acompañar al niño, observar desde cerca y ofrecer apoyo cuando lo necesita no implica resolverle cada dificultad. De hecho, permitir que se equivoque y que experimente frustración moderada es una forma de fortalecer su cerebro y su autoestima.

En una sociedad cada vez más orientada a la inmediatez y al confort, el mensaje de Rojas Estapé invita a parar y reflexionar. Proteger no siempre es ayudar. A veces, el mayor regalo para un niño es dejarle pensar, intentar y descubrir que puede enfrentarse a los retos de la vida por sí mismo.