ROCÍO CARMONA | La Vanguardia |
09/12/2019
¿Te disculpas
demasiado? Pedir perdón es algo que nos enseñan a hacer desde muy
pequeños. Una disculpa bien planteada es una herramienta de cohesión
social y de reparación de daños excelente. Pero, ¿sabías que usarla en
exceso podría llegar a perjudicarte? Aunque a priori no lo
parezca, disculparse por todo, incluso por cosas que no lo requieren,
puede llegar a convertirse en tu kriptonita, y minar de forma dramática tu
autoconfianza.
No hablamos aquí de pedir
perdón cuando ofendemos a alguien, llegamos tarde a un encuentro o le tiramos
el café a otra persona por accidente, sino de todas aquellas otras veces en las
que pedimos disculpas antes de empezar a hablar o de pedir algo,
cuando nos disculpamos por ser demasiado sensibles, porque alguien nos
pise o tope con nosotros, o cuando le pedimos perdón a nuestro hijo porque
solo quedan yogures naturales y no de sus favoritos, los de fresa.
Numerosos estudios
señalan que son sobre todo las mujeres las que tienden a sufrir
un exceso de “perdonitis”. Así lo ha denunciado la socióloga canadiense
Maja Jovanovic en su charla TED titulada How Apologies Kill Our
Confidence, en la que cuenta cómo se decidió a estudiar el asunto tras
asistir a una conferencia en una universidad en la que una tras otra las
ponentes, todas ellas eminentes académicas e investigadoras expertas en su
campo, comenzaban invariablemente sus discursos pidiendo disculpas por hablar o
intervenir.
Jovanovic cree
que esos “perdona” sin sentido que vamos soltando a lo largo del
día nos hacen mucho daño, pues nos empequeñecen ante los ojos de
los demás, nos hacen parecer más tímidos de lo que somos y, sobre
todo, minan nuestra confianza.
Jovanovic afirma que
pedir perdón se ha convertido en una forma muy corriente de comunicarse.
Algunos ejemplos que esta socióloga recogió mientras investigaba acerca de los
efectos del exceso de disculpas rozan lo ridículo, como el de la mujer que
le pidió perdón al repartidor de pizza porque este llegó tarde a su casa. Al
parecer cuando el repartidor finalmente llegó, su cliente se disculpó por vivir
tan lejos e incluso le preguntó si había sido muy problemático para él
encontrar el apartamento.
Pero, ¿por qué nos
disculpamos tanto? ¿Cuál es la razón por la que pedimos perdón de forma desaforada?
Algunos expertos aducen la inseguridad como una de las causas
principales de este comportamiento. Otros, el deseo más o menos inconsciente
de aparecer como más amigables o menos demandantes. Algunos hablan
incluso de que hacerlo es un síntoma de ansiedad.
Un estudio de la Harvard
Business School concluyó que las disculpas superfluas en muchos
casos generan confianza. En la investigación, un actor se acercaba a
diferentes personas desconocidas en una estación en un día lluvioso y les pedía
prestado el teléfono móvil. La mitad de las veces el actor encabezaba su
petición con un “¡Lo siento mucho por la lluvia!”. La otra mitad de ocasiones
el actor iba directamente al grano y preguntaba: “¿Podría prestarme su teléfono
móvil?”. Al final del experimento resultó que disculparse por la lluvia
realmente marcaba la diferencia: el 47% de las personas abordadas le ofrecieron
su teléfono al actor si este pedía primero perdón por la lluvia. Solo el nueve
por ciento hizo lo mismo cuando el actor obvió la disculpa superflua y pidió el
favor directamente.
Proyectar confianza puede
ser importante en ciertos contextos, pero no a costa de tener que pedir perdón
casi por existir. Algo que, según los especialistas, acaba por afectar a
nuestra autoestima y nos hace perder nuestro poder personal.
¿Cómo podemos deshacernos
entonces del exceso de “lo siento” sin parecer desconsiderados? Para Maja
Jovanovic, lo primero es prestar atención y tratar de eliminar la
disculpa automática de nuestro vocabulario. Al menos durante algún tiempo: “En
lugar de decir «Perdona por interrumpirte», ¿por qué no probar con «Tengo una
idea» o «Me gustaría añadir esto» o «¿Por qué no probamos aquello?». La idea es
ser educado sin tener que hacernos pequeños”.
Esta socióloga canadiense
también aconseja estar atentos a nuestras comunicaciones por escrito y
recomienda un conector (plug-in) de Google Chrome llamado “Just Not
Sorry” que nos alerta cuando incluimos disculpas innecesarias en nuestros
textos. Así, por ejemplo, evitaremos el típico automatismo de incluir un “lo
siento” cuando no contestamos a un mensaje inmediatamente.
“No te disculpes”, insiste Jovanovic, “en
lugar de eso di: «Estaba trabajando» o «Estaba leyendo» o «Estaba conduciendo».
Sea lo que sea, todo está bien, no tienes por qué disculparte”.
Algunos expertos sugieren
también que una buena estrategia para evitar este comportamiento
es sustituir el “perdón” por el “gracias”. Y así,
en lugar de decirle a alguien: «Perdona por el rollo que acabo de soltarte»
podemos decirle: «Gracias por escucharme». Y en lugar de pedir perdón cuando
entramos en un tranvía abarrotado de pasajeros podemos decir: «Gracias por
hacerme sitio».
Por último, dejar de
disculparse en exceso también pasa por trabajar nuestra aceptación. No es
necesario disculparnos cuando nos manchamos la camisa, cuando nos cuesta
aparcar o cuando tenemos un mal día y estamos algo más distraídos de lo
normal. Dejar a un lado el perfeccionismo y aceptarnos tal y como
somos a cada momento nos ayudará a darnos cuenta de la diferencia entre una
disculpa necesaria y genuina y otra innecesaria que nos disminuye como personas
y tampoco contribuye a crear vínculos honestos con los demás.
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