Mihaela Enache Zegheru - Pilar Ficapal-Cusi – Vicente Peñarroja Cabañero | 11/12/2025 theconversation.com
Imagine
a dos profesionales que atraviesan una misma situación laboral complicada: hay
reorganizaciones internas, presión por cumplir objetivos y un clima de
incertidumbre. Mientras uno se desmotiva y acaba agotado, el otro consigue
mantener la calma y aprovechar la experiencia como aprendizaje. ¿Qué marca la
diferencia? La psicología tiene una respuesta: la
personalidad resistente (cognitive hardiness), un recurso que permite transformar
la presión en oportunidades de crecimiento.
La
psicóloga Suzanne
Kobasa acuñó este concepto a finales de los años setenta tras
estudiar a directivos sometidos a altos niveles de estrés. Observó que algunos,
pese a estar expuestos a las mismas dificultades que sus colegas, presentaban
menos problemas de salud. La clave no estaba en la ausencia de obstáculos, sino
en la forma de interpretarlos.
Junto con el profesor e investigador Salvatore Maddi,
Kobasa definió un modelo basado en tres dimensiones:
1.
El
compromiso, que supone implicarse activamente en la vida personal y profesional
y encontrar un propósito vital.
2.
El
control, entendido como la convicción de que nuestras acciones influyen en los
resultados y reducen la sensación de indefensión.
3.
El reto,
que se refiere a la disposición a ver los cambios como oportunidades de
aprendizaje en lugar de amenazas.
El
estilo resistente no elimina el estrés pero cambia su impacto: lo convierte en
motor de crecimiento personal y profesional.
Un protector frente al estrés crónico
Numerosas investigaciones han
mostrado que la personalidad resistente actúa como un factor protector frente
al estrés crónico. Quienes la desarrollan recurren con más frecuencia a
estrategias activas, como resolver problemas o buscar apoyo social, en lugar de
evadir la situación. Esto se traduce en una mayor capacidad de adaptación a reorganizaciones,
en la posibilidad de mantener el rendimiento en entornos inciertos y en una
menor probabilidad de sufrir ansiedad, depresión o burnout.
Un estudio con bomberos españoles demostró
que aquellos con mayor nivel de personalidad resistente presentaban menos
riesgo de agotamiento profesional, a pesar de trabajar en las mismas
condiciones extremas que sus compañeros.
Beneficios no solo en la salud individual
En el
ámbito organizacional, los trabajadores con personalidad resistente suelen
mostrar mayor perseverancia y capacidad para resolver tareas complejas, lo que
favorece el rendimiento global. En los líderes, esta disposición se traduce en
la transmisión de confianza y en la capacidad de guiar a los equipos con
serenidad frente a la incertidumbre. Cuando las empresas fomentan actitudes de compromiso,
control y percepción del cambio como reto, generan climas laborales más
resilientes, caracterizados por la cooperación y la orientación a soluciones.
La
relevancia de la personalidad resistente en el ámbito laboral es tal que el
interés académico por el tema ha seguido
creciendo y se proyecta como una línea de estudio clave en los
próximos años. Algunos ejemplos actuales:
·
La
transformación digital suele generar ansiedad en los equipos debido a la
rapidez con la que se incorporan nuevas tecnologías. Sin embargo, cuando este
proceso se interpreta como una oportunidad de aprendizaje, la adaptación se
acelera y los resultados son más positivos.
·
En los
equipos globales y virtuales, cada vez más frecuentes, la personalidad
resistente facilita la cohesión y ayuda a gestionar malentendidos derivados de
la comunicación a distancia o de las diferencias culturales.
·
En el
mundo del emprendimiento, quienes trabajan en contextos de incertidumbre y
riesgo constante dependen de esta resistencia para mantener la motivación y
transformar los fracasos en aprendizajes valiosos.
Entrenar la resistencia
Una
buena noticia es que, a diferencia de otros rasgos más estables de la
personalidad, la resistencia psicológica puede entrenarse. Existen programas de
formación e intervenciones psicoeducativas que han demostrado su eficacia.
Entre
las estrategias más habituales se encuentran el entrenamiento en resolución de
problemas y toma de decisiones bajo presión, el diseño de programas que
conectan metas personales con objetivos organizacionales, la promoción de la
autonomía para reforzar la percepción de control y la construcción de una
cultura de aprendizaje continuo. Muchas empresas han incorporado prácticas de mindfulness, programas de mentoring y talleres de
gestión del cambio que fortalecen la confianza y el compromiso en entornos
laborales exigentes.
Y en el futuro, ¿qué?
El
futuro del trabajo seguirá marcado por transformaciones rápidas e
impredecibles. La pandemia, la digitalización y la globalización de los equipos
muestran que la incertidumbre no es una excepción.
En este contexto,
la personalidad resistente se convierte en un recurso imprescindible tanto para
los propios individuos como para sus organizaciones. Invertir en su desarrollo
no solo protege la salud mental de los trabajadores, sino que también impulsa
la innovación, la productividad y la sostenibilidad empresarial.
La evidencia científica demuestra que esta capacidad puede entrenarse y potenciarse. Hacerlo será, sin duda, una de las claves para afrontar con éxito los desafíos del mundo laboral en los próximos años.