NORBERTO ABDALA | clarin.com | 12/01/2026
· Es uno de los trastornos
mentales más estudiados y menos comprendidos de la psiquiatría.
·
Cómo la psicofarmacología
influyó en su tratamiento.
·
Qué dicen las
investigaciones recientes.
La esquizofrenia es uno de los trastornos mentales más estudiados y menos comprendidos de la psiquiatría. A lo largo de más de un siglo, las ideas sobre sus causas han cambiado según el grado del conocimiento médico, psicológico y neurocientífico.
En sus
primeras descripciones, a fines del siglo XIX, Emil Kraepelin acuñó el término
demencia precoz por considerar que se trataba de una enfermedad cerebral de
inicio temprano y evolución progresiva similar a la demencia en las personas
mayores.
Eugen Bleuler
introdujo el término esquizofrenia (esquizo = división, frenia = mente)
subrayando que no se trataba necesariamente de un creciente deterioro, sino
de un trastorno más amplio del pensamiento, la afectividad y el
contacto con la realidad.
El psicoanálisis clásico pensó la esquizofrenia como
resultado de conflictos psíquicos profundos, fijaciones tempranas o fallas
graves en la constitución del Yo.
Más adelante, teorías relacionales y familiares -como la del “doble vínculo”-, atribuyeron la causa a patrones de comunicación patológicos en el seno familiar.
Si bien estas perspectivas aportaron comprensión clínica y humana no podían explicar por sí solas la aparición del trastorno.
La revolución de la psicofarmacología y su influencia en el tratamiento
Un cambio decisivo ocurrió a mediados del siglo XX con la aparición y desarrollo de la psicofarmacología. El descubrimiento de la clorpromazina (1950) demostró que los síntomas psicóticos podían mejorar con medicamentos.
Esto impulsó
la hipótesis de que la esquizofrenia estaría relacionada al exceso
de dopamina en ciertas áreas cerebrales.
Durante
décadas, esta idea dominó la investigación y permitió importantes avances terapéuticos, aunque
pronto se hizo evidente que no explicaba todos los síntomas, en especial los
llamados “negativos” (apatía, retraimiento social) ni los déficits cognitivos.
En las últimas décadas las investigaciones se complejizaron.
Los estudios genéticos demostraron que existía un componente
hereditario, pero no dependiente de un solo gen, sino de la
interacción de muchos genes de pequeño efecto.
Al mismo tiempo, se identificaron algunos factores ambientales de
riesgo, como complicaciones en el embarazo y el parto, infecciones virales
tempranas, consumo de sustancias, estrés psicosocial.
En paralelo, las neurociencias aportaron nuevos modelos. Hoy se la considera como un trastorno del neurodesarrollo, en el que ciertas alteraciones tempranas del cerebro permanecen latentes y se expresan clínicamente en la adolescencia o adultez temprana.
Se han encontrado diferencias en la conectividad cerebral, en el
funcionamiento de redes neuronales y en otros sistemas químicos, como el
glutamato, además de la dopamina. Esta visión integradora ha desplazado la
búsqueda de una causa única hacia un modelo multifactorial.
En cuanto al tratamiento, los medicamentos antipsicóticos siguen siendo
una herramienta central, pero se
están investigando fármacos con mecanismos de acción
novedosos.
Hoy, se destaca la necesidad de los tratamientos integrales: psicofármacos, psicoterapia, rehabilitación psicosocial, apoyo
familiar y abordajes comunitarios.