viernes, 13 de febrero de 2026

Cómo evitar que el exceso de empatía robe tu identidad

 AMINIE FILIPPI     |     telva.com      |      19/01/2026

 

¿La empatía es una cualidad positiva e intentas trabajar en ella todos los días? Eso está muy bien, pero, cuidado con exagerar, porque podría perjudicarte más de lo que piensas. Aprende a gestionar la hiperempatía para obtener todos los beneficios que conlleva ponerse en la piel de los demás.

Cuando hablamos de habilidades sociales, la empatía se lleva la palma. Se la valora con matrícula de honor en todos los ámbitos de nuestra vida. Permite que tengamos mejores relaciones socialeslaborales, familiares y de pareja. Nos permite entender y comunicarnos mejor con los demás y conocer, bajo una mirada más amplia, el mundo en que vivimos. Sin duda, una virtud. No obstante, como todo en la vida, cuando somos empáticas en exceso, dejar de beneficiarnos, sino que todo lo contrario. Nos permite entender y comunicarnos mejor con los demás y conocer, bajo una mirada más amplia, el mundo en que vivimos. Sin duda, una virtud. No obstante, como todo en la vida, cuando somos empáticas en exceso, deja de beneficiarnos, sino que todo lo contrario.

EL VALOR DE LA EMPATÍA

La empatía es "la capacidad natural que tenemos los seres humanos de entender cómo se siente la otra persona; cómo, qué está haciendo y cómo está viviendo las cosas y, de esta manera, poder conectar y entender al otro y, desde ahí, tener un acercamiento a su mundo emocional". Así la define el psicólogo Buenaventura del Charco Olea, quien añade que, al entender mejor cómo se siente el otro y ponernos en su piel, actuamos de manera más acorde a esa vivencia y no solamente desde la nuestra. "Si vemos que alguien está triste, por ejemplo, tendremos la capacidad de ponernos casi tan tristes como esa persona y entender mejor esa emoción, porque esa emoción nos resuena", dice.

Cuando somos empáticas, nos mostramos más sensibles, nuestras relaciones interpersonales funcionan bien y hay más y mejor conexión con los demás. Además, supone una gran capacidad para detectar cambios emocionales en los otros, aun cuando estos sean sutiles, lo que nos aporta una especial habilidad para ayudar mejor a quien lo necesita y a la resolución de conflictos. Por eso, es normal que la veamos como una cualidad extremadamente positiva.

HIPEREMPATÍA: TODO, EN EXCESO, HACE DAÑO

Pero cuando nuestra empatía es demasiado elevada, cruza esa delgada línea, y pasa de ser beneficiosa a ser perjudicial. A este exceso se lo conoce informalmente como hiperempatía, aunque el término realmente no existe como proceso en psicología. El experto prefiere llamarlo simpatía. "La empatía implica ponerte en los zapatos del otro para luego volver a ti, es decir, no quedarte en la postura del otro. La simpatía, en cambio, es lo que ocurre cuando te metes tanto en la postura del otro que eres incapaz de volver a tu propia postura, te quedas enganchado en esa vivencia ajena". Y eso hace daño, por lo que, quien sea hiperempático o simpático, no lo pasa nada bien.

Algunos estudios señalan que esta sobrecapacidad tiene una base biológica, lo que ha sembrado un gran debate entre los profesionales: algunos creen que se trata de una característica 100% innata y de la personalidad, es decir, se nace con ella, mientras que otros, como Del Charco, opinan que, si bien puede haber un componente genético, tiene más peso todo lo aprendido, o sea, el componente adquirido.

LOS EFECTOS DE SER DEMASIADO EMPÁTICA

En general, las personas con un nivel exagerado de empatía, suelen tener dificultades para distinguir entre sus emociones y las de los demás, y las viven como propias. Esto puede hacer que se involucren demasiado en los problemas ajenos, absorbiendo las emociones negativas, que en realidad no son las propias, hasta el punto de afectarse personalmente y hasta perder la propia identidad.

Esta hiperempatía conlleva además un gran desgaste de energía, que, a su vez, puede desembocar en estrés crónico, ansiedad o fatiga emocional, porque, al no poder disgregarse del otro, confunden las emociones ajenas con las propias, se siente impotente al no poder solucionar todos los problemas que percibe, y sufren el dolor del otro con gran intensidad. Esta constante preocupación puede acabar afectando la capacidad de disfrutar del momento presente y provocar agotamiento mental.

Por último, cuando estamos demasiado centrados en los problemas ajenos, es posible que descuidemos nuestro propio autocuidado y hábitos saludables, lo que se manifiesta tanto emocional como físicamente.

POR QUÉ HAY PERSONAS MÁS EMPÁTICAS QUE OTRAS

En este escenario, pueden converger muchas causas y combinaciones que conducen a que haya personas mucho más empáticas que otras:

  • Los más susceptibles. "Personas a las que el entorno haya impuesto muchas responsabilidades desde pequeñas; vivido en un ambiente social más cooperativo, caritativo o más compasivo, o que, simplemente, se les haya recompensado esa actitud en la infancia, son más susceptibles de desarrollar exceso de empatía", sostiene el psicólogo.
  • Falta de límites. La hiperempatía también puede originarse en personas que no gestionan bien el conflicto, que no quieren contradecir a otros, que tienen baja autoestima y poca seguridad en sí mismas, ya que les resulta más difícil decir que no o exponer su propia opinión, en determinado momento, que adoptar la del otro. "Anteponemos lo que necesitan los demás, y pensamos y hablamos en términos de cómo lo viven los otros, antes de priorizar nuestros propios requerimientos", afirma el experto.
  • Responsabilidad por los demás. Sentir que debemos ayudar a quienes nos rodean, está muy bien, pero no cuando sacrifica nuestro bienestar, nuestros tiempos y ritmos. Esto es muy común en los cuidadores, que suelen presentar una gran sobrecarga empática, o "síndrome del cuidador" o burnout, cuando alguien se entrega por completo a ayudar a otros, olvidándose de sí mismo, con el riesgo de desarrollar depresión, ansiedad o problemas de salud física como insomnio y fatiga crónica, además de aislamiento, porque descuida sus propias relaciones. En estos casos, conviene recordar una red flag, ya que, si bien es de suma importancia cuidar a los demás, nunca debe ser a costa de nuestra propia salud mental.
  • Fatiga emocional. Quienes experimentan una empatía excesiva suelen sentirse abrumados, agotados y sin energía. Es frecuente que sientan una necesidad constante de solucionar los problemas ajenos, pero se olvidan de que están gastando tanta energía vital que ya no quedará para ellos mismos. Por otro lado, genera un desequilibrio en las relaciones, ya que la persona empática siempre da, pero nunca recibe el apoyo que también necesita.
  • Ojo con la excusa de la hiperempatía… Hay personas que dicen que son muy buenas y superempáticas, pero "realmente están utilizando el concepto para manejar otro tipo de problemas y sentirse mejor consigo mismas, manipular o manejar a los demás", acota el experto.
  • Miedo. Algunas personas también pueden escudarse bajo el alero de un exceso de empatía para ocultar su miedo al rechazo, al abandono, al aburrimiento, e incluso por no querer posicionarse ni profundizar en ciertas reflexiones. Es más cómodo ponerse en el lugar del otro y opinar desde ahí. "Lo que hay que entender no es si somos o no hiperempáticos, sino por qué y para qué hemos aprendido a serlo", afirma Del Charco.
  • Sentirse mejor. "Hay gente que construye su identidad narcisista en torno a la idea de ser buenísima persona e hiperempática, y lo utiliza para sentirse mejor o superior a los demás en términos morales o éticos, o de sensibilidad. Llaman hiperempatía a lo que, en el fondo, es un déficit de asertividad", añade el psicólogo. 
CÓMO GESTIONAR EL EXCESO DE EMPATÍA Y LLEGAR A UN EQUILIBRIO

El psicólogo clínico Rodrigo Martínez de Ubago sostiene que lo primero es ser consciente del problema y entender que en los casos de ser demasiado empáticas, estamos sintiendo emociones que no nos pertenecen. A partir de ahí, trabajar el paso de una empatía emocional a una cognitiva, por ejemplo, integrando pensamientos tales como "puedo entender cómo te sientes, pero yo no me sentiría igual si me pasara lo mismo que a ti".

Si lo anterior nos cuesta, podemos empezar a hacernos las preguntas adecuadas: ¿qué quiero?, ¿qué pienso?, ¿qué siento? A veces, no lo sabemos, no nos hemos sentado nunca a pensarlo, pero es buena idea encontrarnos en ese sentido. Además, grabarse a fuego frases como "lo que te ocurre me conmueve, pero no puedo hacer tanto o lo que necesito yo es otra cosa". Hablarnos con este lenguaje no significa que seamos egoístas ni egocéntricos. Solo queremos conseguir el equilibrio.

El experto, también profesor colaborador de la UOC, afirma que es necesario entrenar un distanciamiento emocional. Cada vez que la persona detecte que está sintiendo hiperempatía, debe hacerse consciente de que las emociones del otro son un problema del otro, y evitar sentirlo como propio. "A veces el distanciamiento debe ser físico y real, ya que no pueden estar con personas emocionalmente muy cargadas negativamente. Es necesario buscar a otras", recomienda el experto.

Estas recomendaciones forman parte de varias estrategias que podrían valer para regular la hiperempatía y evitar que afecta nuestra salud mental. Entre ellas está la terapia cognitivo-conductual (TCC), con técnicas para distinguir las emociones propias de las ajenas; el mindfulness y la regulación emocional, con métodos efectivos para observar desde fuera las emociones, sin hacerlas nuestras. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a establecer límites emocionales y aplicar técnicas de desapego, es decir, ayudar a los demás sin absorber su sufrimiento.