AMINIE FILIPPI | telva.com | 19/01/2026
Cuando hablamos de habilidades sociales, la empatía se lleva la palma. Se la valora con matrícula de honor en todos los ámbitos de nuestra vida. Permite que tengamos mejores relaciones sociales, laborales, familiares y de pareja. Nos permite entender y comunicarnos mejor con los demás y conocer, bajo una mirada más amplia, el mundo en que vivimos. Sin duda, una virtud. No obstante, como todo en la vida, cuando somos empáticas en exceso, dejar de beneficiarnos, sino que todo lo contrario. Nos permite entender y comunicarnos mejor con los demás y conocer, bajo una mirada más amplia, el mundo en que vivimos. Sin duda, una virtud. No obstante, como todo en la vida, cuando somos empáticas en exceso, deja de beneficiarnos, sino que todo lo contrario.
EL VALOR DE LA EMPATÍA
La empatía es "la capacidad natural que tenemos los seres humanos de entender cómo se siente la otra persona; cómo, qué está haciendo y cómo está viviendo las cosas y, de esta manera, poder conectar y entender al otro y, desde ahí, tener un acercamiento a su mundo emocional". Así la define el psicólogo Buenaventura del Charco Olea, quien añade que, al entender mejor cómo se siente el otro y ponernos en su piel, actuamos de manera más acorde a esa vivencia y no solamente desde la nuestra. "Si vemos que alguien está triste, por ejemplo, tendremos la capacidad de ponernos casi tan tristes como esa persona y entender mejor esa emoción, porque esa emoción nos resuena", dice.
Cuando somos empáticas, nos mostramos más sensibles,
nuestras relaciones interpersonales funcionan bien y hay más y mejor conexión
con los demás. Además, supone una gran capacidad para detectar cambios emocionales en los otros, aun cuando estos
sean sutiles, lo que nos aporta una especial habilidad para ayudar mejor a quien
lo necesita y a la resolución de conflictos. Por eso, es normal que la veamos como una cualidad
extremadamente positiva.
HIPEREMPATÍA:
TODO, EN EXCESO, HACE DAÑO
Pero cuando nuestra empatía es demasiado
elevada, cruza esa delgada línea, y pasa de ser beneficiosa a ser perjudicial.
A este exceso se lo conoce informalmente como hiperempatía, aunque el término
realmente no existe como proceso en psicología. El experto prefiere llamarlo
simpatía. "La empatía implica ponerte en los zapatos del otro para luego
volver a ti, es decir, no quedarte en la postura del otro. La simpatía, en cambio, es lo que
ocurre cuando te metes tanto en la postura del otro que eres incapaz de volver a tu
propia postura, te quedas enganchado en esa vivencia ajena". Y eso hace daño, por
lo que, quien sea hiperempático o simpático, no lo pasa nada bien.
Algunos estudios señalan que esta
sobrecapacidad tiene una base biológica, lo que ha sembrado un gran debate
entre los profesionales: algunos creen que se trata de una característica 100%
innata y de la personalidad, es decir, se nace con ella, mientras que otros,
como Del Charco, opinan que, si bien puede haber un componente genético, tiene
más peso todo lo aprendido, o sea, el componente adquirido.
LOS EFECTOS DE
SER DEMASIADO EMPÁTICA
En general, las personas con un nivel exagerado de empatía,
suelen tener dificultades para distinguir entre sus emociones y las de los
demás, y las viven como propias. Esto puede hacer que se involucren demasiado
en los problemas ajenos, absorbiendo las emociones
negativas, que en realidad no son las propias, hasta el punto de afectarse
personalmente y hasta perder la propia identidad.
Esta hiperempatía conlleva además un gran desgaste de
energía, que, a su vez, puede desembocar en estrés crónico, ansiedad o fatiga emocional, porque, al no poder disgregarse del
otro, confunden las emociones ajenas con las propias, se siente impotente al no poder solucionar todos los problemas que percibe,
y sufren el dolor del otro con gran intensidad. Esta constante preocupación
puede acabar afectando la capacidad de disfrutar del momento presente y
provocar agotamiento mental.
Por último, cuando estamos demasiado centrados en los
problemas ajenos, es posible que descuidemos nuestro propio autocuidado y
hábitos saludables, lo que se manifiesta tanto emocional como físicamente.
POR QUÉ HAY
PERSONAS MÁS EMPÁTICAS QUE OTRAS
En este escenario, pueden converger muchas causas y
combinaciones que conducen a que haya personas mucho más empáticas que otras:
- Los más susceptibles. "Personas
a las que el entorno haya impuesto muchas responsabilidades desde
pequeñas; vivido en un ambiente social más cooperativo, caritativo o más
compasivo, o que, simplemente, se les haya recompensado esa actitud en la
infancia, son más susceptibles de desarrollar exceso de empatía",
sostiene el psicólogo.
- Falta de límites. La
hiperempatía también puede originarse en personas que no gestionan bien el
conflicto, que no quieren contradecir a otros, que tienen baja autoestima y poca
seguridad en sí mismas, ya que les resulta más difícil decir que no o
exponer su propia opinión, en determinado momento, que adoptar la del
otro. "Anteponemos lo que necesitan los demás, y pensamos y hablamos
en términos de cómo lo viven los otros, antes de priorizar nuestros
propios requerimientos", afirma el experto.
- Responsabilidad por los
demás. Sentir
que debemos ayudar a quienes nos rodean, está muy bien, pero no cuando
sacrifica nuestro bienestar, nuestros tiempos y ritmos. Esto es muy común
en los cuidadores, que suelen
presentar una gran sobrecarga empática, o "síndrome del
cuidador" o burnout, cuando alguien se entrega por completo a ayudar
a otros, olvidándose de sí mismo, con el riesgo de desarrollar
depresión, ansiedad o problemas de
salud física como insomnio y fatiga crónica, además de aislamiento, porque
descuida sus propias relaciones. En estos casos, conviene recordar una red
flag, ya que, si bien es de suma importancia cuidar a los demás, nunca debe ser a
costa de nuestra propia salud mental.
- Fatiga emocional. Quienes
experimentan una empatía excesiva suelen sentirse abrumados, agotados y sin
energía. Es frecuente que sientan una necesidad constante de solucionar
los problemas ajenos, pero se olvidan de que están gastando tanta energía
vital que ya no quedará para ellos mismos. Por otro lado, genera un
desequilibrio en las relaciones, ya que la persona empática siempre da,
pero nunca recibe el apoyo que también necesita.
- Ojo con la excusa de la
hiperempatía… Hay personas que dicen que son muy buenas y
superempáticas, pero "realmente están utilizando el concepto para
manejar otro tipo de problemas y sentirse mejor consigo mismas, manipular
o manejar a los demás", acota el experto.
- Miedo. Algunas
personas también pueden escudarse bajo el alero de un exceso de empatía
para ocultar su miedo al rechazo, al abandono, al aburrimiento, e incluso por no
querer posicionarse ni profundizar en ciertas reflexiones. Es más cómodo
ponerse en el lugar del otro y opinar desde ahí. "Lo que hay que
entender no es si somos o no hiperempáticos, sino por qué y para qué hemos
aprendido a serlo", afirma Del Charco.
- Sentirse mejor. "Hay gente que construye su identidad narcisista en torno a la idea de ser buenísima persona e hiperempática, y lo utiliza para sentirse mejor o superior a los demás en términos morales o éticos, o de sensibilidad. Llaman hiperempatía a lo que, en el fondo, es un déficit de asertividad", añade el psicólogo.
El psicólogo clínico Rodrigo Martínez de Ubago sostiene que lo primero es ser consciente del problema y entender que en los casos de
ser demasiado empáticas, estamos sintiendo emociones que no nos pertenecen. A
partir de ahí, trabajar el paso de una empatía emocional a una cognitiva, por ejemplo, integrando pensamientos
tales como "puedo entender cómo te sientes, pero yo no me sentiría igual
si me pasara lo mismo que a ti".
Si lo anterior nos cuesta, podemos empezar a hacernos las preguntas adecuadas: ¿qué quiero?, ¿qué pienso?, ¿qué
siento? A veces, no lo sabemos, no nos hemos sentado nunca a pensarlo, pero es
buena idea encontrarnos en ese sentido. Además, grabarse a fuego frases como
"lo que te ocurre me conmueve, pero no puedo hacer tanto o lo que necesito
yo es otra cosa". Hablarnos con este lenguaje no significa que seamos egoístas ni
egocéntricos. Solo queremos conseguir el equilibrio.
El experto,
también profesor colaborador de la UOC, afirma que es necesario entrenar un distanciamiento emocional. Cada vez
que la persona detecte que está sintiendo hiperempatía, debe hacerse consciente
de que las emociones del otro son un problema del otro, y evitar sentirlo como
propio. "A veces el distanciamiento debe ser físico
y real, ya que no pueden estar con personas emocionalmente muy
cargadas negativamente. Es necesario buscar a otras", recomienda el
experto.
Estas
recomendaciones forman parte de varias estrategias que podrían valer para
regular la hiperempatía y evitar que afecta nuestra salud mental. Entre ellas
está la terapia cognitivo-conductual (TCC), con técnicas para distinguir las
emociones propias de las ajenas; el mindfulness y la regulación emocional, con
métodos efectivos para observar desde fuera las emociones, sin hacerlas
nuestras. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a
establecer límites emocionales y aplicar técnicas de desapego, es
decir, ayudar a los demás sin absorber su sufrimiento.
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