MARTA CHAVARRÍAS | eldiario.es | 12/12/2025
· ¿Qué hace que dos
personas actúen y se enfrenten de manera distinta a un mismo problema? La
resiliencia tiene buena parte de la respuesta
La vida es un camino de contratiempos,
ya sea porque ha llegado el final de una relación, por problemas de salud, por
la pérdida de un trabajo o cualquier otro cambio significativo que genere
estrés. Todos experimentamos giros inesperados y adversidades, desde el reto
más cotidiano hasta acontecimientos traumáticos con mayor impacto, como la
muerte de alguien querido o una enfermedad grave, y todos pueden poner a prueba
nuestros límites.
Cada uno de estos cambios nos afecta de manera distinta y suponen un torrente único de pensamientos, emociones o incertidumbre. Lo que es más importante es cómo respondemos a estos retos inevitables. En la mayoría de los casos, nos adaptamos bien con el tiempo a situaciones que nos cambian la vida, y es en parte gracias a la resiliencia. Clara Cañas Iglesias, psicóloga clínica, nos explica cómo nos ayuda a afrontar problemas y recuperarnos de los contratiempos y nos da pistas sobre cómo podemos trabajarla.
El poder adaptativo de la resiliencia
¿Por qué
una persona acepta momentos difíciles mientras que otra se derrumba? “La
resiliencia es la capacidad que tenemos las personas para afrontar, adaptarnos
y recuperarnos de situaciones adversas, como el estrés intenso o experiencias
traumáticas”, explica Cañas. Podríamos afirmar que las personas que mantienen
la calma frente a una adversidad tienen una fuerte resiliencia. Alguien
resiliente tiene unas fuertes habilidades para afrontar y organizar los
recursos disponibles, pedir ayuda cuando hace falta y encontrar maneras de
gestionar la situación a la que se enfrenta.
Para entenderlo
mejor podríamos crear un símil con lo que significa esta palabra en agronomía:
hablamos de la capacidad del suelo para regenerarse tras una inundación o un
incendio, es decir, la flora y la fauna son las que se recuperan, pero de
manera distinta a la de antes. En las personas ocurre algo similar: es nuestra
capacidad de recuperarnos tras un trauma o un reto vital.
Pero,
como aclara la experta, “ser resiliente no significa no sufrir, sino adaptarse
y seguir adelante a pesar de los momentos complicados”. En lugar de caer en la
desesperación o esconderse de los problemas mediante estrategias de
enfrentamiento poco saludables, las personas resilientes lo hacen de frente. No
solo sobreviven a situaciones difíciles, sino que también las gestionan y las
asimilan de forma más saludable.
La resiliencia
no es una cualidad especial que se encuentre en una persona, sino que se trata
de algo que emerge a través de la interacción de la persona con otros factores.
“Esta habilidad surge de la combinación de distintos factores personales y
sociales que ayudan a mantener el equilibrio emocional. Gracias a ello, la
resiliencia se considera una pieza clave para el bienestar psicológico y la
salud mental, por lo que nos ayuda a afrontar las situaciones de mejor forma y,
por tanto, a vivir mejor”, aclara Cañas.
Cuando aprendemos de los cambios sin negar la realidad
Las
personas resilientes buscan maneras de resolver o, al menos, de mejorar la
situación. No suelen gastar su energía en repetir por qué el problema es
difícil o injusto, sino que canalizan este tiempo, energía mental y emocional
para encontrar soluciones. Lo explica Cañas, según la cual “una persona
resiliente es aquella que, ante la adversidad, logra adaptarse, aprender y
salir fortalecida de las experiencias difíciles. No significa que no sufra,
como ya hemos comentado, sino que encuentra la manera de seguir adelante y
darle un sentido positivo a lo vivido”.
¿Qué
tiene una persona resiliente? Sin duda, y según la experta, “su fortaleza se
basa en varios rasgos y habilidades: sabe regular sus emociones, mantiene una
autoestima positiva y encuentra sentido a lo vivido, incluso en momentos de
dolor”. Pero es que, además, y gracias a su experiencia en la consulta, ha
podido comprobar que se trata de personas “perseverantes, empáticas y con
confianza en sí mismas que cuentan con vínculos afectivos seguros y redes de
apoyo que refuerzan su bienestar”.
Esta
capacidad por resolver problemas y aprender de los cambios no les aleja de la
realidad, ni les lleva a negarla. Como explica Cañas, una persona resiliente se
caracteriza por tener estas habilidades:
Aunque
en algunos casos pueda dar la sensación de que una persona vive alejada de la
realidad o solo ve el lado bueno de las cosas, nada más lejos. “Las personas no
viven todo de forma positiva; también sienten dolor, tristeza o frustración,
pero no se quedan atrapadas en esas emociones”, matiza Cañas. Lo que empodera a
este tipo de personas es que reconocen el sufrimiento, lo procesan y aprenden
de él.
En
definitiva, una persona resiliente “combina autonomía, empatía, perseverancia y
confianza en uno misma, y es capaz de regular las emociones, resolver problemas
y mantener vínculos seguros”, concluye la experta.
Construyendo la resiliencia
La
resiliencia no es una cualidad o un atributo con el que se nace. Más bien se
trata de un conjunto de habilidades que se pueden desarrollar repitiendo
comportamientos específicos. La resiliencia “no es una cualidad innata, sino
una capacidad que se entrena a través de la experiencia y el trabajo personal”,
afirma Cañas.
Es
importante tener en cuenta que ser resiliente requiere un conjunto de
habilidades que se pueden trabajar y desarrollar con el tiempo. No es tan solo
un rasgo fijo, sino que estamos frente a un proceso que se desarrolla y
fortalece a lo largo de la vida. Construir resiliencia requiere tiempo, fuerza
y ayuda. “Trabajar la resiliencia implica promover la salud mental, las
competencias socioemocionales y la capacidad de adaptación frente a la
adversidad”, matiza Cañas.
Da igual
si somos jóvenes o mayores, la resiliencia la podemos fortalecer en cualquier
etapa de la vida. ¿Cómo? Para Cañas lo primero y esencial es el
autoconocimiento y la autoconfianza, que nos ayudan a “reconocer nuestros
recursos internos, nuestros límites y logros”. Otro aspecto fundamental es
“reformular los pensamientos negativos, sustituyendo las interpretaciones
catastrofistas por otras más realistas y equilibradas”, afirma Cañas. El
conjunto de todas estas habilidades cognitivas es lo que permite “afrontar las
dificultades con una perspectiva más constructiva”.
El
trabajo por conseguir ser más resilientes no acaba aquí. Otro pilar clave,
según la especialista, es la autorregulación emocional, es decir, a aprender a
lidiar con el estrés, la frustración o el miedo. “En la práctica clínica se
usan técnicas como el mindfulness, la
respiración consciente, la escritura terapéutica o la relajación progresiva,
que ayudan a mejorar el autocontrol y reducir la reactividad emocional”, afirma
Cañas.
Ya hemos
visto que una de las cualidades de una persona resiliente es el valor de la
conexión social. Por tanto, si queremos trabajarla debemos ser conscientes de
la necesidad de “fomentar vínculos afectivos sólidos, con la familia o los
amigos, ya que contar con una red de apoyo actúa como factor protector frente a
la adversidad”, matiza Cañas.
De nada
serviría todo esto si no se trabaja a encontrar un sentido en lo vivido, “a
integrar las experiencias dolorosas y transformarlas en oportunidades de
aprendizaje. Esta búsqueda de propósito y significado facilita la
reconstrucción personal tras el trauma o la pérdida”, afirma Cañas.
“La resiliencia
no sustituye la salud mental, pero sí la sostiene: nos enseña que no se trata
de no caer, sino de aprender a levantarnos con más sabiduría y fortaleza cada
vez”, concluye Cañas.