martes, 23 de junio de 2020

La crisis del coronavirus. La otra enfermedad que viene detrás del alta.

ANA ALFAGEME   |   Madrid   |   El País   |   20/04/2020

Los hospitalizados por covid-19 pueden tener una factura psíquica semejante a la de las víctimas de catástrofes naturales.

Los únicos momentos de optimismo que sentía Carlos Barra en el hospital de Móstoles, su hospital, se los daba el teléfono y sus cuidadores, desde las limpiadoras a los médicos: “Hasta me traían dibujos que habían hecho sus hijos”, recuerda. El resto fue miedo y noches en blanco. Médico y gestor de amplia experiencia, Barra sabía que su hipertensión y sus 71 años jugaban en contra. Pero hubo suerte y la neumonía en un pulmón no le hizo precisar oxígeno. Ahora, de alta y sacudido por varias malas noticias, entre ellas la muerte de su suegra, se siente más quebrado y empático emocionalmente. “Y agradezco mucho las conversaciones con la jefa de Psiquiatría. No sé si tendré secuelas, sí es así espero acudir a quien sabe”. ¿Cómo saldrán anímicamente los miles de enfermos graves de la covid-19 tras pasar semanas postrados en el hospital, con solo visitas virtuales, aterrados por un súbito empeoramiento y algunos, los más críticos, peleando contra la muerte enchufados a un ventilador?

La epidemia del SARS de 2003 da algunas pistas. También causada por un coronavirus, registró una alta tasa de mortalidad. Los pacientes más graves fueron sometidos, como ocurre a los afectados ahora, a penosos tratamientos. Un estudio realizado en un hospital de Hong Kong —uno de los epicentros de aquel brote, con 1.755 casos y 297 muertos— reveló que más de la mitad de los supervivientes que habían estado ingresados (58%) tenía afectación psíquica, básicamente estrés postraumático (47%) y depresión grave (44%). A los 30 meses, aún estaban dañados un tercio de los supervivientes, la mayoría con síndrome de estrés postraumático (25%), ese estado caracterizado por revivir el hecho doloroso en pesadillas o flashbacks, causar evitación de los escenarios del drama, un perenne estado de hipervigilancia e incluso anestesia emocional. Otra investigación realizada en el mismo territorio autónomo que analizó el estado mental de los enfermos transcurrido un año desde que fueron dados de alta halló igual proporción en la factura psíquica: más de un tercio de los enfermos recuperados sufrían ansiedad y/o depresión moderada o severa.

Los más vulnerables, resalta este último estudio, eran los trabajadores sanitarios enfermos o los que habían perdido algún familiar por la infección. Algo que en España, con cientos de miles de contagiados, muchos con enfermos o fallecidos en una misma familia, hace prever un sombrío panorama en términos de salud mental. Tampoco ayudará el alto número de profesionales que han contraído la enfermedad, más de 30.663, según los últimos datos.

En catástrofes naturales (huracanes, ataques terroristas), el daño psíquico en las víctimas directas es similar, según detalla el epidemiólogo e investigador en este campo Sandro Galea, decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston: entre el 30% y el 40% sufrirán estrés postraumático. Las tasas de depresión grave también crecen, señala, ya que esta condición ya es muy común en la sociedad. Y aporta un dato: uno de cada 10 neoyorquinos mostró mayores síntomas de depresión en el mes posterior al 11-S.




viernes, 19 de junio de 2020

Diferencias entre la timidez y la fobia social

 BERNARDO PEÑA HERRERA    |   La Mente es Maravillosa   |   14/11/2019     

La timidez y la fobia social tienen cosas en común. Sin embargo, habitualmente, la timidez es mucho menos agresiva en cuanto a la manifestación de sus síntomas. En ambos casos se pueden sentir las mismas cosas: ganas de huir, temor, nerviosismo, etc… pero cuando se trata de una fobia social, esos síntomas tan fuertes, hacen que la persona evite exponerse a las situaciones temidas. 

En cambio una persona tímida, puede pasarlo mal, pero eso no impide que se pueda seguir exponiendo sin que eso dañe su salud. Digamos que la diferencia principal entre la timidez y fobia social, está en la magnitud de los síntomas cuando la persona se expone a una situación que teme.

La timidez puede transformarse en fobia social

Una timidez mal gestionada, con el tiempo podría desencadenar en una fobia social. Si la persona tímida se acepta, controla los síntomas, se expone a situaciones que le dan vergüenza y su pensamiento es constructivo, no irá a peor, incluso puede que con los años vaya mejorando hasta eliminarla.
En cambio, una persona tímida que empiece a evitar situaciones y tenga pensamientos negativos y destructivos, con el tiempo irá a peor. No es el tiempo el que mejora o empeora a la gente.
El tiempo por sí solo no hace nada, es uno mismo quien a través del tiempo, dependiendo de los pensamientos que tenga y las acciones que emprenda, mejorará o empeorará.
¿Qué síntomas físicos presenta la fobia social? Se trata de: ansiedad, sudores, tensión en los músculos, temblores en manos o voz, rubores, aceleración del pulso, fuertes ganas de orinar, presión en el pecho, dolores de cabeza, problemas de estómago, dificultad para dormir y mareos.
Un elemento central en la fobia social es la evitación. Se entiende a esta como el rechazo a acudir a lugares donde previsiblemente tendrá que interactuar con la gente.
El fóbico social trata de evitar un hipotético rechazo por parte de los demás, o siente miedo de las multitudes y de los pensamientos que los demás puedan tener sobre él.
¿Qué ocurre en la mente?
Creer que los demás verán lo nerviosos que estamos, temor a que nos vean hacer algo inapropiado por culpa de los nervios, sensación de creer que todos nos miran, temor a ser juzgados negativamente, sensación de irrealidad, pánico a conocer a gente nueva y a emprender nuevas cosas.
La persona tiende al aislamiento para que nadie se dé cuenta que tiene un problema. Lo mismo puede sentir una persona tímida, pero la intensidad de los síntomas que siente una persona con fobia social, se triplican, impidiéndole, a veces, exponerse a diferentes situaciones.
A parte de la intensidad de los síntomas hay más diferencias entre la fobia social y la timidez. Normalmente una persona con fobia social, si le pides que te enumere situaciones en las que se siente mal, podríamos decir que son muy abundantes, casi todas las situaciones en las que haya gente les hacen sentir fatal.
En cambio con la timidez, cuando pedimos que nos enumeren situaciones en las que se sienten mal, suelen ser más específicas. En unos ambientes determinados no sienten timidez, aunque haya gente, en cambio en otras situaciones sí.
El sufrimiento también sería una clara diferencia, habitualmente una persona con fobia social sufre la mayor parte del día. Las personas tímidas sufren, pero también disfrutan de las situaciones aunque en ciertos momentos puedan sentirse inapropiados.
Por ejemplo, si invitan a una persona con fobia social a una fiesta de cumpleaños. Lo más seguro es que no vaya, y si lo hace porque le convencen, lo pasará fatal, no disfrutará de la fiesta y se atormentará después pensando en lo desastroso que fue todo. Antes y después de la fiesta ya estará sufriendo.
Si invitan a una fiesta de cumpleaños a una persona tímida, será capaz de acudir y de disfrutar por momentos, aunque no socialice mucho pero no se atormentará tanto ni los síntomas serán tan fuertes como los de la fobia social. Digamos que el malestar será más pasajero, tendrá momentos de malestar, de sentirse inapropiado, pero también habrá momentos en los que disfrute. El antes y el después de la fiesta no será tan agresivo como en la fobia social, será un nerviosismo mucho más llevadero y soportable.

La fobia social es contínua

La palabra que definiría a una fobia social sería “continuidad”. Los síntomas, el sufrimiento, el estrés, los pensamientos negativos son muy continuos. Las personas con fobia social, raramente logran disfrutar, a no ser que estén con familiares directos (o amigos) de confianza.

La palabra que definiría a una timidez sería “pasajero”. Los síntomas, el sufrimiento, los pensamientos negativos son pasajeros. A lo largo del día no todo es sufrimiento, también disfrutan en situaciones sociales aunque tengan que intervenir poco debido a la timidez, tienen sus momentos de satisfacción y diversión.
La evitación también sería otro rasgo característico de las personas con fobia social, tienden a no enfrentar los miedos y a aislarse cada vez más para no sufrir. Las personas tímidas también evitan, pero mucho menos, son capaces de lanzarse a situaciones desconocidas sin que ello suponga un nerviosismo limitante.

jueves, 18 de junio de 2020

La enfermedad mental en un mundo de delirio - La crisis del coronavirus

MANUEL JABOIS/PABLO ORDAZ    |  Madrid / Bilba   |  El País   | 10/05/2020 

Los psiquiatras explican que sus pacientes ya estaban acostumbrados a palabras como estigma y distancia social.

—¿Lo lleváis bien?

—Bueno. Lo nuestro se agrava porque hay mucho tiempo para pensar.

Muchos de los problemas de Belén, que responde a la pregunta, y de los compañeros de Belén que la rodean, proceden del mismo lugar con el que piensan, el cerebro. David, por ejemplo, está obsesionado con arreglar televisores; los destripa, los vuelve a montar, les da luz o sonido si lo han perdido. Pregunta a unos y a otros si sus aparatos electrónicos están bien; si no, él los puede arreglar. Y encuentra en la realidad suficientes motivos para compararla con la electricidad. La vida, por ejemplo, se ha desenchufado. Contra eso no puede hacer nada. ¿Lo acusan los pacientes de salud mental?.

Raúl, un hombre de 51 años, dice que mirar atrás le produce ansiedad. “Entré hace cuatro años con una crisis nerviosa fatal. Y hoy estoy mejor, sé que las cosas están mal fuera, pero yo estoy mejor”. Celia, 48 años, tuvo un grave problema familiar; perdió, dice, la voluntad, y se encuentra mejor en la residencia que en casa. Lee, hace cuentas, valora la situación: “La nuestra, la de los enfermos mentales, no es la de antes. No hay tanto señalamiento, no te marginan ya tanto”. Prudencio tiene 49 años, estudió Derecho en la Autónoma de Madrid, y al acabar la carrera y disponerse a buscar empleo, enfermó; lleva cuatro años y seis meses en la residencia. “¿Hemos perdido el tiempo?”, pregunta Belén, 45 años. María Jesús, de 42, que fue ingresada con un trastorno límite de la personalidad, cree que no. “Nos hemos conocido más al estar ahora encerrados aquí, la directora y el personal ayudan muchísimo, y la experiencia está siendo para todos muy buena”.

No siempre fue así. Estamos en el barrio de Hortaleza de Madrid, en una de las residencias, dirigida por Amaya Díaz, que la fundación Manantial gestiona de forma concertada con la Consejería de Políticas Sociales y Familia. Ocurrió aquí como en tantas otras repartidas por toda España. “Imagínate hablar de confinamiento en una residencia donde viven 30 personas más los profesionales. El efecto que provoca”, dice Raúl Gómez, director de las residencias de Manantial. “Nuestra principal dificultad es gestionar las entradas y salidas. Nos ayudó mucho la policía pero no de la forma que se piensa, sino hablando. Les pedimos que viniesen a dar charlas, vinieron y les dijeron: ‘Pasa esto, este es el panorama, necesitamos que nos ayudéis porque vamos todos a una y está todo el mundo igual, y os necesitamos como a cualquiera’. Desde ahí, no desde el autoritarismo, se han conseguido muchísimas cosas”.

Los usuarios de Manantial están en régimen abierto porque proceden de unidades psiquiátricas del sistema hospitalario, donde la situación es diferente porque el estado de la enfermedad también lo es.

Jose Juan Uriarte Uriarte, jefe del servicio de adultos de la red de Salud Mental de Bizkaia, perteneciente a Osakidetza (Servicio vasco de Salud), explica: “Nuestros pacientes más graves, aquellos que prácticamente viven en nuestros hospitales psiquiátricos, o los que se han visto confinados en sus viviendas, en pisos tutelados y residencias, han tenido y tienen un comportamiento ejemplar. Similar al de la población general, pero con menos opciones para sobrellevar las restricciones. En muchos casos llevan semanas sin salir del hospital, sin recibir visitas y sin actividades que alivien la rutina. Y sin acceso a Netflix o a comprar en Amazon”.

“Lo que nos va a venir en el aspecto psiquiátrico cuando esto acabe, ni lo sabemos. La gente se desestabiliza, se emparanoia. El que es paranoico se vuelve más paranoico”, dice Raúl Gómez. “Hay un chico en la residencia de Parla que tiene una paranoia con el ejército, que el Ejército va a venir, que el ejército no sé qué. Y resulta que aparece la UME en la residencia con los cascos, los trajes, la protección. Claro, este chico... El Ejército vino para ayudar, para desinfectar, para preguntarnos qué necesitábamos. Pero deliramos en torno a los contextos. Cuando atentaba ETA había muchísimos delirios sobre ETA. Ahora va a haber delirios que ya ni sé, si ya la situación es delirante que no veas. Imagínate a nuestros pacientes saliendo a la calle, viéndolas vacías, todo cerrado, a gente con mascarillas y a la policía y al Ejército por ahí. Juan José Millás tiene una frase que dice: ‘La realidad es un delirio consensuado”.

El psiquiatra Rubén de Pedro, del equipo de cuidados a personas sin hogar de Osakidetza en Bizkaia, pasea por Bilbao mientras visita a pacientes atendidos por él. Una de ellas es una mujer obsesionada desde hace años con la limpieza y que se acaba de romper una pierna. Tendrá que ser enviada a un albergue, pero no quiere que nadie la toque por temor a contagiarse. “Hay psicosis paranoides”, explica De Pedro, “como creer que te está persiguiendo la policía todo el día o que los vecinos hacen ruido que se están convirtiendo en una realidad. La policía está en la calle, los vecinos hacen ruido, hay paranoia social. La gente que vive continuamente en la paranoia ya está adaptada. Y la gente que tiene un trastorno compulsivo grave, aquellas que tienen miedo a contagiarse de enfermedades por medio de microorganismos y que por eso evitan tocar cosas y se lavan compulsivamente las manos, se han adaptado muy bien a la situación actual. Incluso te dicen: “Ves, ves cómo tenía yo razón...”.

“Nosotros”, dice Gómez, “hemos atendido a gente que llevaba 10 años sin salir de la habitación. Con la esquizofrenia, que tiene el componente paranoico muy grande. Si tú sientes que el mundo te va a agredir, te repliegas. Lo que estamos haciendo nosotros lo han hecho ellos toda la vida”

Con las personas de la calle, sigue De Pedro, se está dando una situación muy paradójica. “Por culpa del confinamiento, en Bilbao se han habilitado dispositivos para alojar a los que no tienen un hogar. Y la gente que está en la calle se encuentra de repente con un techo y dice: ‘Joder, ¿y esto no se podía haber hecho antes que estábamos en la puta calle? También hay otros que quieren que se les deje en paz, en su acera o en su parque. Pero en general es sorprendente la capacidad que están teniendo para adaptarse a la situación”.

Lo cierto es que la gente está sola, pero los que ya estaban solos lo están ahora aún más. Y se escuchan y se leen en la calle y en los medios palabras que parece que cobran un nuevo sentido durante el confinamiento porque afectan a todos: aislamiento, estigma, encierro, distancia social. Carlos Mañas, un vigués de 54 años que tiene trastorno bipolar, reflexiona: “Distancia social es la que he vivido yo toda mi vida con la sociedad. Todos me habéis puesto dos metros de distancia en mi relación con el mundo. ¿Ahora de repente os alarmáis? Esta crisis no es mía, esta crisis es vuestra”.

 “Hay algunos colegas que dicen que después de esto va a venir una avalancha de salud mental y hay otros que decimos, bueno, vamos a ver qué ocurre", dice Fernando González, jefe de Infancia y Adolescencia de los servicios públicos de salud mental en Bizkaia. “En general yo creo que esta vivencia de solidaridad colectiva hace diferente esta pandemia de otros desastres o adversidades sociales más puntuales que se han podido sufrir, como el 11-M, que fue mucho más circunscrito a unas familias, para las que fue terrible. Vamos a estar atentos, pero con atención primaria y con el sector educativo tendremos que coordinarnos para que no se patologicen o se psiquiatricen demasiado algunas expresiones del malestar que pueden tener algunos menores. Se tiende a medicalizar los problemas de la vida, el sufrimiento. Quizás es la parte que pagamos por nuestro individualismo: al final todos queremos resolver de una forma rápida nuestro malestar, vamos al médico o al profesor y este dice: ‘pues vete al psicólogo o vete al psiquiatra’, y nos derivan”.

José Juan Uriarte está de acuerdo: “Los profesionales de la salud mental no sabemos más de la vida que cualquier otra persona, sabemos de enfermedades. Las adversidades no se afrontan con psicoterapia o antidepresivos y ansiolíticos, se afrontan con el apoyo del entorno y las medidas que se puedan tomar para atenuar el impacto social y económico que los Gobiernos sean capaces de arbitrar. No será la solución un ejército de psicólogos o psiquiatras recomendando obviedades y recetando ansiolíticos a personas sanas pero agobiadas por las circunstancias. Y además esto tiene el riesgo de que dejemos de lado a nuestros pacientes más graves, para los que además sí tenemos conocimiento y herramientas para su tratamiento”.

Hace unas semanas, Raúl Gómez escuchó en la radio el testimonio de un médico que había pasado la enfermedad y decía: “Me di cuenta de lo duro que es estar enfermo en un hospital y no ver a tu familia”. “Y yo pensaba: ‘Si esto les pasa a mis pacientes todos los días’. Con crisis y sin crisis. Cuando una persona ingresa en una planta de Psiquiatría y lo primero que les restringes son las visitas familiares. Y lo hacemos en nombre de un miedo determinado, porque no está justificado para nada. De hecho, lo que más ayuda a alguien es tener un apoyo familiar. Y eso ahora lo estamos viendo todos, que necesitamos a nuestra familia, que no podemos estar días, semanas o meses teniéndola cerca y no puedes verla”.

Rodrigo Oraá es psiquiatra y jefe del Servicio de Adicciones de la red de Salud Mental de Osakidetza en Bizkaia. ¿La disminución del consumo de drogas no es al menos una buena noticia? “El desconfinamiento traerá otra vez los estímulos de siempre. El tigre no está cazado, el tigre está agazapado y vendrá”. “Por otro lado”, prosigue, “las adicciones también son formas de intentar afrontar sufrimientos que viene de traumas o de cualquier otro problema mental. Manejar una adicción no es solo no consumir, sino tratar otros aspectos”.

Al doctor Oraá le preocupan sobre todo aquellas personas que están mal y aún no se han decidido a pedir ayuda. Cuenta lo que le ocurrió a un hombre que iba a ser padre en una semana. “Llevaba unos días dándole vueltas a la cabeza, preocupado con ir al hospital, con poder contagiarse en el parto, si iban a atender bien a su mujer..., y esto le había llevado a una situación de tanta tensión que se autolesionaba, se golpeaba. Estas personas que empiezan a darle vueltas a la cabeza por temor a contagiarse acaban estando varios días sin dormir y esto tiene consecuencias. Personas que podían no tener antecedentes y que quizás, como mucho, eran personas preocupadas por la salud. Eran personas que tenían su trabajo, sus relaciones normales y que ahora, una vez interrumpidas esas estrategias que todos tenemos, el roce social, el estar con unos colegas hablando, el ejercicio para algunos, para otros ir al cine, o al teatro, o el fútbol, se quedan a solas con sus obsesiones. La desaparición de estos entretenimientos que daban un poco de cohesión a la vida diaria está haciendo que personas que antes no habían tenido problemas aparezcan, de pronto, por los servicios de Urgencias con un sufrimiento brutal, enorme”.

Pocos contagios y preocupación por la anorexia.

El hospital psiquiátrico de Zamudio pertenece a la red de salud mental de Osakidetza en Bizkaia, que dispone de dos hospitales psiquiátricos más (Bermeo y Zaldibar), 25 centros de salud mental y cuatro equipos de atención a domicilio. La atención se completa con los servicios de agudos de los hospitales de Galdakao, Basurto y Cruces. El viernes, solo uno de los internos estaba en aislamiento aquejado de coronavirus en Zamudio. Hace unos días eran cuatro. La jefa de psiquiatría, Concha Peralta, y la de enfermería, Begoña Morales, explican que, pese a las medidas de seguridad adoptadas para luchar contra la pandemia, el funcionamiento del centro no se ha visto alterado. “Lo que más nos ha llamado la atención”, explican, “es el comportamiento ejemplar tanto de los pacientes como de sus familias”. De 25 residencias comunitarias más pisos supervisados que dependen de la Comunidad de Madrid, donde viven casi 1.000 personas, hay dos positivos por covid-19 y 11 personas en aislamiento. La fundación que los gestiona cree que el escaso contacto de los usuarios de las residencias con otras personas, y la consciencia poco a poco de la situación y, por tanto, su confinamiento puede ser la razón de que el efecto del coronavirus se haya controlado.

“En los chavales más vulnerables”, explica el doctor Fernando González, de Osakidetza, “una cosa que nos ha llamado la atención han sido las anorexias, que es una problemática propia de la adolescencia. Se descompensan mucho más, se generan tensiones con todo lo que tiene que ver con la comida, y las discusiones con los padres han sido importantes. Y algunos otros con los temas típicos de utilización de móviles y de Internet”.




miércoles, 17 de junio de 2020

"Al principio había miedo a la muerte, ahora es ansiedad sostenida" - Covid 19

MAR ROCABERT MALTAS   |   Barcelona   |   El País   |   14/05/2020

La crisis hace mella en la salud mental y las peticiones de ayuda se disparan.

Entra un caso nuevo en la pantalla de Gemma, y la psicóloga coge el teléfono para llamarle. Al otro lado de la línea, descuelga una persona que ha entrado en la aplicación Gestión Emocional y ha respondido unas preguntas para evaluar su estado mental. El protocolo de esta aplicación la ha calificado como alguien que necesita atención y el sistema de apoyo personal se activa para atenderle. Gemma es una de las 100 psicólogas que el Sistema de Emergències Mèdiques (SEM) ha puesto al servicio de los ciudadanos para dar respuesta a las crecientes llamadas relacionadas con los trastornos mentales a raíz de la pandemia de coronavirus. La propia aplicación criba para detectar los casos graves.

A los pocos días de iniciarse el confinamiento, el teléfono de emergencias 061 quedó colapsado. Pasó de recibir unas 6.000 llamadas al día a 25.000, una avalancha a la que se intentó responder con más profesionales al aparato. El SEM adaptó una nueva nave industrial donde se instalaron más operadores y un nuevo equipo formado por un centenar de psicólogos.

Según los datos del primer mes de funcionamiento, más de 61.000 personas han usado la aplicación, de las cuales más de 5.700 han sido derivadas a un centro de salud mental o de atención primaria. Los trastornos mentales, sobre todo ansiedad y depresión, empiezan a hacer mella en la población por el estado de alarma, sin que la incipiente desescalada muestre síntomas de recuperación de los ánimos.
La aplicación Gestión Emocional se puso en marcha en tiempo récord, cuenta Andrés Cuartero, coordinador de atención psicológica del SEM. La herramienta está conectada con el historial clínico del usuario, de manera que la atención telefónica que recibe y las derivaciones quedan registradas en su ficha. En un primer nivel, el usuario puede evaluar su estado mental, respondiendo a nueve preguntas sobre su estado de ánimo y la aplicación le da un resultado. En caso de que necesite atención psicológica, la aplicación le recomienda que rellene un formulario para que un profesional le llame.

Es aquí donde entra en juego Gemma, del equipo de psicólogos del SEM, que lo antes posible llamará al usuario para hacer una evaluación de su estado. En función de sus respuestas, activará unos recursos u otros, desde una petición de visita en su centro de atención primaria, una derivación a su centro de salud mental de referencia o incluso una ambulancia si hay riesgo para su vida o la de menores a su cargo.

Los primeros datos indican que la pandemia hace mella en la salud mental. Solo en el pasado mes de abril, las llamadas por ansiedad han crecido un 300% en relación con abril del año anterior, pasando de 1.100 casos a 4.529. Además, las llamadas de personas con ideación de suicidio han aumentado un 30%, y los avisos por intento de suicidio también han crecido, aunque no ofrecen datos.

Andrés Cuartero explica que el 80% de personas que utilizan la aplicación son casos leves. De los que reciben una llamada telefónica del psicólogo, no todos son dirigidos a un especialista. “El modelo de intervención de los psicólogos busca empoderar y a ayudar a la resiliencia”, remarca. Así que algunos usuarios reciben consejos de los psicólogos y les hacen un seguimiento de su estado con más llamadas. Ahora mismo, hay 500 personas que reciben este seguimiento.

“Vemos un cambio. Al inicio había mucho miedo a la muerte, que es la primera angustia existencial, pero ahora es una ansiedad sostenida en el tiempo”, dice Cuartero. A pesar de que la curva de los enfermos de coronavirus sigue su allanamiento, el coordinador afirma que “los casos siguen aumentando, que en salud mental no se refleja el control de la pandemia”, porque no tienen que ver solo con el virus, sino con toda la problemática social y económica que conlleva. Las dificultades laborales y económicas aparecen como una de las principales motivaciones secundarias de la solicitud de ayuda.

Según sus estadísticas, el 34,50% de las personas atendidas presentan ansiedad psíquica, mientras que el 17,18% tienen un estado de ánimo depresivo y de negatividad y el 22,18% preocupaciones y miedos vinculados a la covid-19. Al 13,78% se le han reactivado o agudizado psicopatologías previas y el 5,48% tienen problemas vinculados al duelo. Cuartero explica que de esta pandemia saldrán muchos casos de “duelo complejo”. “Podemos morir solos, pero morir abandonados es un palo”, matiza en referencia a las personas que han muerto solas en hospitales y residencias. Parece que “si no hacemos rituales es más fácil que nos pongamos enfermos”, apunta.

Por ahora, la aplicación Gestión Emocional está pensada para adultos, pero Salud está planteando ampliarla a niños y adolescentes. El 061 sigue atendiendo personas con problemas de salud mental, puesto que hay una parte de la población que se queda fuera de las herramientas digitales, como la gente mayor o en situación de vulnerabilidad. La pandemia ha reforzado la figura del psicólogo en el SEM y tiene muchos números de quedarse porque el aumento de trastornos mentales motivados por la pandemia van a seguir.


lunes, 15 de junio de 2020

Diferencias entre Espectro Bipolar y Trastorno Límite de la Personalidad

MARÍA ROUXANA POULISIS    |  TopDoctors   |   13/12/2019

El concepto de espectro bipolar surge del reconocimiento de pacientes con cuadros depresivos mayores que presentaban sintomatología del polo maníaco-hipomaníaco pero que no cumplían los criterios clásicos para el trastorno bipolar y que eran tratados como depresión unipolar.

Consideraciones de Psiquiatras sobre Trastornos Limite de la Personalidad y Trastorno Bipolar.-Ghaemi considera que el concepto de espectro bipolar se utiliza cuando los criterios diagnósticos no nos permiten definir pacientes bipolares tipo I y II e incluye aquellas formas “no especificadas” en el DSM- IV. De este modo, el espectro nos facilita incluir formas “atípicas” de bipolaridad.

Ghaemi y Goodwin establecen criterios diagnósticos de trastorno del espectro bipolar. Consideran que el diagnóstico de bipolaridad podría hacerse con un episodio de depresión mayor y episodios de manía o hipomanía no espontáneos necesariamente y con antecedentes familiares de primer grado de bipolaridad, manía o hipomanía inducida por antidepresivos, personalidad hipertímica, episodios depresivos mayores recurrentes, episodio depresivo de corta duración, síntomas depresivos atípicos, comienzo temprano de la enfermedad (antes de los 18 años), depresión postparto, desaparición del efecto antidepresivo, y ausencia de respuesta a tres antidepresivos diferentes.

La depresión mayor es altamente prevalente en el Trastorno Límite de la Personalidad. Akiskal y colaboradores reconceptualizaron este trastorno como una forma atípica de depresión unipolar. La inestabilidad afectiva es un rasgo característico de los pacientes con desorden límite.

¿Diferencias?.- La distinción entre trastorno límite de la personalidad y trastorno bipolar es un hecho controvertido en psiquiatría. Definir los límites entre estos dos trastornos es difícil, ya que muchos de los síntomas se superponen. En pacientes con historia de inestabilidad afectiva e impulsividad es difícil determinar si los síntomas ocurren en el contexto de un episodio, si representan un modo constante de funcionamiento en su vida o si es una combinación de ambas cosas. Estos pacientes presentan un patrón de inestabilidad en sus relaciones y un persistente modo desadaptativo de resolución de problemas con intermitentes cambios de estado de ánimo, lo que hace difícil hacer un diagnóstico preciso de trastorno del estado de ánimo.

Diversos estudios han evaluado la ocurrencia conjunta del trastorno bipolar y el trastorno límite. Deltito y colaboradores encontraron que el 44 % de los pacientes diagnosticados con TLP, tenían criterios para bipolar tipo II, y 25 % para bipolar tipo III y si se incluía las formas ultrarrápidas el número ascendía al 81 %. Este autor considera al trastorno límite como una forma ultra rápida de bipolaridad.

La inestabilidad afectiva como criterio para TLP se define como una alta reactividad del humor, una característica biológica de los pacientes y se caracteriza por presentarse ante circunstancias aversivas ambientales, especialmente en relación con las relaciones interpersonales. Esta característica podría distinguir el TLP de los trastornos del estado de ánimo si bien los episodios en el trastorno bipolar podrían estar desencadenados por factores ambientales.

Es difícil definir si la inestabilidad afectiva es debido a una gran reactividad a las relaciones interpersonales como vemos en los pacientes con TLP o el patrón de inestabilidad anímica al volverse crónico hace problemático el funcionamiento interpersonal en pacientes bipolares. A pesar de que la inestabilidad anímica es una característica de ambos trastornos (TLP y Bipolar tipo II) resulta problemático diferenciar los rápidos cambios de humor en bipolares con patrón de ciclación ultrarápida, ya que ambos describen aparentemente el mismo fenómeno.

Los intentos de incluir al Trastorno Límite dentro del espectro bipolar asumiendo que la inestabilidad anímica se desarrolla en ambos trastornos por el mismo mecanismo, la evidencia es controversial. Existen diferencias fenomenológicas, en la historia familiar, en el curso de la enfermedad y en la respuesta al tratamiento.

La respuesta a los estabilizadores del ánimo en controlar la impulsividad y la inestabilidad afectiva parecen se efectivos en TLP así como en el trastorno bipolar, sin embargo parecieran ser efectivos en el control de la impulsividad más que en la estabilización del estado de ánimo en el TLP.

Muchas hipótesis se han propuesto para explicar la relación entre los dos trastornos. Se ha sugerido que el trastorno afectivo es el problema primario y que el trastorno de la personalidad se desarrolla a partir de factores asociados al trastorno en el humor. También se pensó que el trastorno de la personalidad contribuye a la aparición del trastorno bipolar. Otros autores como Gunderson opinan que ambos trastornos no están relacionados pero que ambos tienen una alta incidencia y pueden presentarse juntos. Basándose en estas hipótesis Gaviria y otros autores sugieren que el trastorno límite podrían hacer que pacientes con vulnerabilidad genética para el trastorno bipolar presentaran sintomatología afectiva a edades más tempranas. A su vez pacientes con vulnerabilidad biológica para trastorno afectivo podrían tener problemas en la estabilidad anímica y tener dificultades en aprender a regular sus emociones en el período del desarrollo y crear así una mayor vulnerabilidad a presentar ambos trastornos.

Es importante aceptar el desafío de realizar un adecuado diagnóstico a pesar de que los síntomas sean difíciles de categorizar para establecer un adecuado plan de tratamiento. El trastorno de personalidad más frecuentemente asociado a trastorno bipolar tipo II es el trastorno límite de la personalidad. En el estudio BRIDGE, Angst y sus colaboradores observaron que el 14% de los pacientes bipolares con Episodio Depresivo Mayor presentaban comorbilidad con TLP.

Numerosos estudios dan cuenta que el diagnostico de TLP en pacientes bipolares implica un peor pronóstico dado la poca adherencia a la medicación, mayor número de hospitalizaciones, mayor severidad en la sintomatología depresiva, peor nivel de funcionamiento y mayor índice de abuso de sustancias. Estos factores influyen a la hora de determinar intervenciones terapéuticas y su efectividad.

El trastorno límite de la personalidad podría ubicarse en la intersección de múltiples espectros y no en el espectro del trastorno bipolar solamente. Teniendo en cuenta que existe fuerte evidencia que la psicoterapia (Terapia Dialéctico Comportamental) es efectiva en el tratamiento de este desorden, también existe evidencia que es efectiva en el tratamiento de la depresión bipolar. La evidencia sostiene que el TLP es una entidad diferente del trastorno bipolar, si bien ambas categorías incluyen subgrupos heterogéneos con alta incidencia de presentación de ambos trastornos especialmente en pacientes bipolares tipo II.


viernes, 12 de junio de 2020

Por qué la empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia

VALERIA SABATER   |   La Mente es Maravillosa   |   04/05/2020
En momentos de emergencia y de crisis humanitaria, hay un nutriente que no puede faltar: la empatía genuina y efectiva. Es la energía que crea puentes entre las personas permitiendo que fluya la compasión y ese interés activo capaz de generar cambios positivos.

La empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia. No debería faltar en ningún escenario, público o privado. Debería estar presente en cada persona, en cada mente que tenga como objetivo atender a otros, liderar un país o simplemente, estar en casa salvaguardando a los demás y a sí mismo para frenar las infecciones. Jamás ha sido tan primordial despertar esta dimensión psicológica.
Ahora bien, algo que sabemos bien los psicólogos es que tal valía en nuestra condición humana no siempre se aplica de manera efectiva. Pensemos en ello.
No es lo mismo sentir el dolor o las necesidades ajenas que comprenderlas y decidir ser útil. Entre sentir y actuar hay un gran abismo que no todos se atreven a sortear para crear puentes, para movilizar energías y recursos por el bien común.
Al fin y al cabo, ese es el auténtico propósito de la empatía: favorecer la supervivencia y el bienestar del grupo al conectar con las emociones del otro y generar una conducta capaz de promover el bien ajeno. Tan simple, pero tan difícil a veces.
Como bien señala Daniel Goleman, “no importa lo inteligente que uno sea, sin una empatía útil y activa nadie llegará muy lejos”. 

Razones por la que la empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia

En momentos de crisis y dificultad, la empatía puede actuar como catalizador. Es un medio para que fluya la armonía entre los grupos, la identificación de necesidades y esa colaboración activa donde ser parte del grupo y no arquitecto del conflicto.
Queremos personas que sumen y que no dividan, necesitamos corazones y mentes orientadas a generar soluciones y no a permanecer en una posición pasiva donde limitarse a ver qué hacen mal los demás.
Analicemos con detalle por qué la empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia.
Empatía para comprender las necesidades de quien tenemos cerca
En la actual crisis sanitaria, hay algo más decisivo que limitarnos a evitar ser contagiados. Habrá quien se limite en exclusiva a cuidar de su salud y la de su familia, sin embargo, en la actual situación debemos ser capaces de ir más allá.
Necesitamos redes de apoyo vecinales, esas que identifiquen por ejemplo al anciano del quinto que vive solo, a esa pareja mayor del tercero que necesita que alguien les haga la compra. La empatía emocional es útil, nos permite sentir la realidad del otro, pero lo que debemos trabajar también es la empatía cognitiva esa que entiende las necesidades reales, que va más allá de la emoción y da el paso para actuar, para generar soluciones.
Nuestros profesionales de primera línea también necesitan nuestra empatía
Tenemos claro que nuestros sanitarios se definen básicamente por ese sentido de empatía auténtico para con sus pacientes. Eso es innegable. Sin embargo, si la empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia es porque en los últimos días, estamos viendo actuaciones claramente sancionables hacia este y otros colectivos.

Hay personas que pintan mensajes amenazadores en los coches de nuestros médicos. Vecinos que dejan notas en la puerta de estos médicos, enfermeras o trabajadores de supermercado exigiéndoles que se busquen otro alojamiento durante la pandemia. No es lo adecuado. Estos comportamientos generan miedo, desazón y desconsuelo en estas personas que lo están dando todo por nosotros.
Si no somos capaces de cuidar a quienes nos cuidan no avanzaremos como humanidad.
Necesitamos líderes hábiles en empatía compasiva

Daniel Goleman nos explicaba en su libro Focus que “hay un tercer tipo de empatía esencial en el ámbito del liderazgo, tanto empresarial, como político, se trata de la empatía compasiva. En este caso, se moviliza un ejercicio emocional, cognitivo y conductual en la que se muestra una preocupación genuina por los demás.

Caen los egoísmos, los intereses y las falsedades para activar una compasión que valora al ser humano por encima de cualquier cosa. Ello se traduce en acciones, en compromisos reales y efectivos a partir de esa cercanía auténtica para con las personas.

Una oportunidad de crecimiento global

La empatía es más necesaria que nunca en tiempos de pandemia. Tenemos una oportunidad real para ejercitarla, para tener en cuenta lo que nos revelan múltiples estudios como el llevado a cabo en la Universidad de Manchester, Reino Unido por parte de la doctor Karen Tristen.
Según este trabajo, la empatía activa, esa que brindamos a través del apoyo social, crea lazos más fuertes, felices y revierte en la esperanza de vida.
Pocas veces habíamos necesitado tanto de esta dimensión. Es quizá un momento idóneo para que la aprendan nuestros hijos, para que germine en las comunidades de vecinos, en los pequeños pueblos, en las grandes ciudades y por supuesto, a nivel internacional. Necesitamos de la ayuda y la compasión cercana y también remota.

Esa que nos pueda ofrecer un amigo, un hermano, un médico y también, ese investigador que desde un país a miles de kilómetros del nuestro, se esfuerza por dar con una vacuna. Reflexionemos sobre ello y aprovechemos esta oportunidad.