sábado, 21 de marzo de 2026

María Oquendo, la gallega detrás del futuro de la psiquiatría mundial: «La resiliencia y cómo desarrollarla será un campo sumamente importante»

 LOIS BALADO     |     lavozdegalicia.es     |     09/03/2026

Nacida en Santiago, es la primera mujer que se encarga de la coordinación del DSM desde que comenzó a elaborarse el manual diagnóstico más empleado en la profesión, en los años cincuenta

Se mire donde se mire, Galicia acaba apareciendo. Incluso en lugares tan inesperados como el sillón reservado para quien debe decidir el futuro de la psiquiatría en la próxima década. María Antonia Oquendo nació en Santiago de Compostela. Su padre, entonces un estudiante puertorriqueño, fue becado y encontró en la capital gallega la mejor oferta económica y académica para su formación como médico. De paso, se topó también con una compostelana. Los tres se marcharon pronto de vuelta a la isla, pero de la unión de estos dos mundos nació la mujer que acabó por ser la primera mujer latina en presidir la Asociación de Psiquiatras Americanos y también la primera mujer en encargarse de la coordinación del futuro manual diagnóstico de la psiquiatría que, es de esperar, acabarán por abrazar todos los colegas de su profesión. En ella recae la confección del próximo DSM, al que apodan con eso de «la biblia» de la psiquiatría. Desde Pensilvania, donde ejerce su labor, recibe la llamada de La Voz de la Salud.

—Está en la cocina del manual que decidirá qué será y qué no una patología psiquiátrica en los próximos años. Un documento tan relevante como criticado.

—A mi parecer, y según mi experiencia, una de las cosas más importantes es que, cuando hay muchas críticas, se debe conversar con las personas que las formulan y aprender. Puede que esas personas tengan ideas o sugerencias que acaben por ser sumamente útiles. Nos hemos encargado de hablar con toda la gente que nos critica, ya sea a través de escritos o en entrevistas, y tratar de entender bien cuál es la base de su razonamiento. Algunas son cosas que quizás el DSM no pueda arreglar. Pero otras sí. Por ejemplo, el hecho de que, desafortunadamente durante la transición del DSM-4 al 5, se malinterpretasen los trastornos, que acabaron por simplificarse hacia una cosa que surge por cumplir ciertos criterios en una lista, lo cual es muy reduccionista.

—Es verdad que se les ha acusado de diagnosticar a base de sumar síntomas.

—Exacto. Y otra cosa que hemos tratado de abordar es la crítica muy recurrente a que la forma en que el DSM se ha construido ha acabado aumentando la dificultad para identificar los determinantes biológicos de los distintos trastornos. El problema es que, si nos imaginamos el DSM como un mapa que trata de definir dónde están las fronteras entre un trastorno y el otro no podemos porque están mal definidas. Estamos segurísimos de que uno de los problemas ha sido la asimilación de estos diagnósticos como algo que solo existe de una forma en particular, cuando en realidad estamos ante una descripción clínica que busca ser lo más precisa posible para que podamos comunicarnos entre profesionales. Para que si se produce una conversación entre clínicos o entre investigadores podamos saber a qué nos estamos refiriendo. Antes de que hubiera esta metodología, cada cual definía la depresión mayor como le parecía. Y eso es un caos.

—La realidad es que hoy cualquiera puede encontrar el DSM en internet y leerlo, independientemente de que se dedique a la psiquiatría o a la panadería.

—Efectivamente, y esto es un arma de doble filo. Por una parte, queremos que la población esté lo más educada posible en los problemas mentales, emocionales, psiquiátricos; por otra, el DSM es un manual que requiere asesoramiento clínico, una decisión clínica, la experiencia clínica. Uno de los síntomas de la depresión es estar triste. Todo el mundo en este planeta ha estado triste, pero el punto en el que esa tristeza se adentra en lo patológico tiene que basarse en un entrenamiento clínico. Y no solamente de médicos. En Estados Unidos y en muchos otros países también lo usan psicólogos, trabajadoras sociales o abogados que están tratando de defender a personas que han tenido problemas relacionados a su enfermedad mental.

—Además de un mayor acceso al DSM, también hay más oportunidades de difusión. Las descripciones del TEA o el TDAH circulan por redes y la gente ha acabado autodiagnosticándose.

—Una de las cosas que nos preocupa es la frecuencia con la cual las personas están consultando a chatbots para tratar de resolver problemas emocionales o mentales. Sobre esto hemos visto ya repercusiones bastante negativas. Llegado el momento, con mucho control, mucha investigación y mucho cuidado, podría llegar a ser algo útil. Pero no creo que estemos al nivel de poder hacerle preguntas a un chatbot y que este nos diga el problema que existe. Están entrenados, según tengo entendido, en base a lo que está escrito por ahí. Y algunas cosas sí serán ciencia, pero otras no. Esto conlleva problemas importantes en cuanto al tratamiento o al diagnóstico.

—España es el país del mundo con mayor consumo de ansiolíticos, ¿lo considera preocupante?

—Está claro que lo ideal sería que no hicieran falta, pero no estás mencionando los problemas sociales que existen en España, especialmente con el acceso a la vivienda por parte de la gente joven. Eso es una dificultad muy real que resulta en ansiedad y depresión. Y con razón. No me extrañan esas cifras si, como se lee en los periódicos, hay personas de veintilargos o treinta y muchos aún viviendo en casa de los padres, algunos dependiendo de ellos. Es una cosa alarmante. No conozco al detalle los datos de España, pero es difícil saber bien si el uso de la benzodiazepina y de los antidepresivos se debe a tasas más altas de depresión y ansiedad o si es porque no hay acceso a recursos de salud mental y las personas acaban recibiendo estos tratamientos de sus médicos de atención primaria.

—Un argumento recurrente es que en la Generación Z y «millennial» es menos tolerante frente a la frustración de eventos normales de la vida.

—Eso sin duda alguna. Lo estamos viendo, y una de las áreas que está creciendo muchísimo es el estudio de la resiliencia y cómo desarrollarla. Esto va a ser algo sumamente importante. En Estados Unidos, vemos muchas situaciones sociales en las que los padres hacen demasiado por resolver los problemas a los chicos. No sucede lo que veíamos antes, cuando si la maestra te decía algo, sería porque algo habrías hecho.

—Entiendo que se trata de encontrar el equilibrio entre ese paternalismo y la sobreprotección.

—Exacto. Y hablando otra vez de fronteras, esa es una que no se conoce bien aún.

—Sobre la crianza, otro tema candente es el de las repercusiones que tienen las pantallas en los menores. Australia legisló, España legislará. ¿Esperamos algo del próximo DSM en este sentido?

—Es difícil predecir lo que va a ocurrir con estos cambios, porque hay muchas cosas que son ilegales y siguen ocurriendo. El ejemplo son las drogas, por ejemplo. Muchas de ellas son ilegales y, sin embargo, las personas susceptibles siguen accediendo a ellas. Eso por un lado. Además, esta Generación Z, aunque creo que ya empezó con los millennial, tienen una mayor voluntad para reconocer que necesitan ayuda psicológica. A admitir que están sufriendo, algo que antes no se daba. Y eso es otra cosa que hace difícil definir bien el umbral entre lo que es un trastorno y lo que no. Sobre todo cuando esto ocurre en un contexto en el que algunos jóvenes tienen muy poca resiliencia.

—Habla de drogas, pero los móviles no son sustancias. Esto se parece más a la aparición de la electricidad que a la eclosión del tabaco.

—Efectivamente. Este mundo tiene un impacto enorme en cuanto a la percepción que tiene el individuo de su círculo social, de su medio ambiente, de su conexión con otras personas. Y algo que también es sumamente importante es que muchos jóvenes no tienen demasiada experiencia hablando con personas de tú a tú. Todo es por mensajes de texto a través de aplicaciones. Entonces, cuando llega el momento de encontrar pareja en la vida real, por poner un ejemplo, se encuentran completamente perdidos. Esto influye y complica las cosas.

—Perdone que insista, ¿en el nuevo DSM aparecerán nuevas categorías relacionados con el uso de pantallas?

—No hemos llegado a ese nivel de detalle. Actualmente, lo que estamos mirando es el modelo conceptual. Se van a incluir elementos como los problemas contextuales, el neurodesarrollo, el ambiente socioeconómico, el ambiente cultural, también elementos relacionados a la biología, un aspecto importante que vamos a añadir. No se trata de decir que conocemos cuáles son los elementos biológicos de un determinado trastorno, excluyendo patologías en las que sí los sabemos, como en el alzhéimer, sino estableciendo la pauta de que estos trastornos son manifestaciones de problemas en el cerebro. Ya sea por razones biológicas o por la interacción con el ambiente.

—El DSM cambiará hasta de nombre. Pasará de ser un «manual estadístico» a un «manual científico». Hay quien interpreta este cambio como una asunción de errores pasados.

—Decidimos cambiar el nombre ya que, si se llamó estadístico, fue porque originalmente se utilizó para contar el número de pacientes con trastornos para poder planificar la política de cuidado de salud mental. Cuando se empezó en el 1952, la mayoría del cuidado de psiquiatría se proveía en hospitales psiquiátricos. Para poder planificar cuántas camas o enfermeras se necesitaban, había que poder contar cuántas personas había con esquizofrenia o con trastorno bipolar. Pero esta metodología ha sido suplantada por la epidemiología, que es mucho más precisa. Decir que el DSM es un manual estadístico es obsoleto en este momento. Lo que no queríamos, era perder las siglas, porque tienen mucho peso, pero sí buscamos tratar de dar más importancia al anhelo de maximizar la influencia científica en el desarrollo del manual. Una de las cosas que creo que serán útiles en ese campo es que, desde el comienzo del desarrollo de este próximo DSM, es que va a ser un documento vivo. Al menos una vez al año se le harán cambios según los progresos obtenidos. Mantenerlo actualizado es importante, aunque sin volver loca a la gente que está sobre el terreno atendiendo pacientes, porque no hay que estar cambiando las cosas continuamente.

—Una parte de los especialistas en salud mental achacan al DSM empeñarse en encontrar orígenes biológicos de los trastornos sin mirar al entorno del paciente. ¿Espera que se reduzcan las críticas?

—Me sorprendería mucho si menguaran, pero también es cierto que en este modelo conceptual le damos un papel muy prominente al impacto del ambiente de la persona, como mencioné anteriormente. De hecho, existen algunos trastornos que sin un trauma no aparecerían, como lo es el estrés postraumático. Es decir, que ya sabemos que no es todo genético y puramente biológico, que el ambiente influye mucho. Incluso en gemelos idénticos sabemos que no hay concordancia del 100% en ninguno de los diagnósticos.

—¿Es difícil coordinar un manual como este?

—Es bastante difícil porque creo que es primordial seguir abierto a las críticas sin dejar que eso impida el progreso. Y eso requiere una perspectiva muy particular.

—Ha sido la primera en varias ocasiones en un mundo de hombres. Fue la primera mujer latina en presidir la Asociación Americana de Psiquiatría y también es la primera mujer en coordinar el DSM. ¿Ser mujer ha marcado para bien o para mal su carrera?

—No cabe duda de que ha influido en mis posibilidades, pero he tenido la suerte de tener el apoyo de muchas personas que me han ayudado a lograr algunas cosas. El haberme criado en un hogar sumamente paternalista me hizo estar muy bien acostumbrada a ese tipo de ambiente. Creo que eso me preparó para cómo iban a ser las cosas en el mundo de afuera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario