LOIS BALADO | lavozdegalicia.es | 09/03/2026
Nacida en Santiago, es la primera mujer que se encarga
de la coordinación del DSM desde que comenzó a elaborarse el manual diagnóstico
más empleado en la profesión, en los años cincuenta
Se mire donde se mire, Galicia acaba apareciendo.
Incluso en lugares tan inesperados como el sillón reservado para quien debe
decidir el futuro de la psiquiatría en la próxima década. María Antonia Oquendo nació en Santiago
de Compostela. Su padre, entonces un estudiante puertorriqueño, fue becado y
encontró en la capital gallega la mejor oferta económica y académica para su
formación como médico. De paso, se topó también con una compostelana. Los tres
se marcharon pronto de vuelta a la isla, pero de la unión de estos dos mundos
nació la mujer que acabó por ser la primera mujer latina en presidir la
Asociación de Psiquiatras Americanos y también la primera mujer en encargarse
de la coordinación del futuro manual diagnóstico de la psiquiatría que, es de
esperar, acabarán por abrazar todos los colegas de su profesión. En ella recae
la confección del próximo DSM, al que apodan con eso de
«la biblia» de la psiquiatría. Desde Pensilvania, donde ejerce su
labor, recibe la llamada de La Voz de la Salud.
—Está en la
cocina del manual que decidirá qué será y qué no una patología psiquiátrica en
los próximos años. Un documento tan relevante como criticado.
—A mi parecer, y según mi experiencia, una de las cosas más importantes es
que, cuando hay muchas críticas, se debe conversar con las personas que las
formulan y aprender. Puede que esas personas tengan ideas o sugerencias que
acaben por ser sumamente útiles. Nos hemos encargado de hablar con toda la
gente que nos critica, ya sea a través de escritos o en entrevistas, y tratar
de entender bien cuál es la base de su razonamiento. Algunas son cosas que
quizás el DSM no pueda arreglar. Pero otras sí. Por ejemplo, el hecho de que,
desafortunadamente durante la transición del DSM-4 al 5, se malinterpretasen
los trastornos, que acabaron por simplificarse hacia una cosa que surge por
cumplir ciertos criterios en una lista, lo cual es muy reduccionista.
—Es verdad que se les ha acusado de diagnosticar a
base de sumar síntomas.
—Exacto. Y otra cosa que hemos tratado
de abordar es la crítica muy recurrente a que la forma en que el DSM se ha
construido ha acabado aumentando la dificultad para identificar los
determinantes biológicos de los distintos trastornos. El problema es que, si
nos imaginamos el DSM como un mapa que trata de definir dónde están las
fronteras entre un trastorno y el otro no podemos porque están mal definidas.
Estamos segurísimos de que uno de los problemas ha sido la asimilación de estos
diagnósticos como algo que solo existe de una forma en particular, cuando en
realidad estamos ante una descripción clínica que busca ser lo más precisa
posible para que podamos comunicarnos entre profesionales. Para que si se
produce una conversación entre clínicos o entre investigadores podamos saber a
qué nos estamos refiriendo. Antes de que hubiera esta metodología, cada cual
definía la depresión mayor como le parecía. Y eso es un caos.
—La realidad es que hoy cualquiera puede encontrar el
DSM en internet y leerlo, independientemente de que se dedique a la psiquiatría
o a la panadería.
—Efectivamente, y esto es un arma de doble filo. Por una parte, queremos
que la población esté lo más educada posible en los problemas mentales,
emocionales, psiquiátricos; por otra, el DSM es un manual que requiere
asesoramiento clínico, una decisión clínica, la experiencia clínica. Uno de los
síntomas de la depresión es estar triste. Todo el mundo en este planeta ha
estado triste, pero el punto en el que esa tristeza se adentra en lo patológico
tiene que basarse en un entrenamiento clínico. Y no solamente de médicos. En
Estados Unidos y en muchos otros países también lo usan psicólogos,
trabajadoras sociales o abogados que están tratando de defender a personas que han
tenido problemas relacionados a su enfermedad mental.
—Además de un mayor acceso al DSM, también hay más
oportunidades de difusión. Las descripciones del TEA o el TDAH circulan
por redes y la gente ha acabado autodiagnosticándose.
—Una de
las cosas que nos preocupa es la frecuencia con la cual las personas están
consultando a chatbots para
tratar de resolver problemas emocionales o mentales. Sobre esto hemos visto ya
repercusiones bastante negativas. Llegado el momento, con mucho control, mucha
investigación y mucho cuidado, podría llegar a ser algo útil. Pero no creo que
estemos al nivel de poder hacerle preguntas a un chatbot y
que este nos diga el problema que existe. Están entrenados, según tengo
entendido, en base a lo que está escrito por ahí. Y algunas cosas sí serán
ciencia, pero otras no. Esto conlleva problemas importantes en cuanto al
tratamiento o al diagnóstico.
—España es el país del mundo con mayor consumo de
ansiolíticos, ¿lo considera preocupante?
—Está
claro que lo ideal sería que no hicieran falta, pero no estás mencionando los
problemas sociales que existen en España, especialmente con el acceso a la
vivienda por parte de la gente joven. Eso es una dificultad muy real que
resulta en ansiedad y depresión. Y con razón. No me extrañan esas cifras si,
como se lee en los periódicos, hay personas de veintilargos o treinta y muchos
aún viviendo en casa de los padres, algunos dependiendo de ellos. Es una cosa
alarmante. No conozco al detalle los datos de España, pero es difícil saber
bien si el uso de la benzodiazepina y de los antidepresivos se
debe a tasas más altas de depresión y ansiedad o si es porque no hay acceso a
recursos de salud mental y las personas acaban recibiendo estos tratamientos de
sus médicos de atención primaria.
—Un argumento recurrente es que en la Generación Z y
«millennial» es menos tolerante frente a la frustración de eventos normales de
la vida.
—Eso sin duda alguna. Lo estamos viendo, y una de las áreas que está
creciendo muchísimo es el estudio de la resiliencia y cómo desarrollarla. Esto
va a ser algo sumamente importante. En Estados Unidos, vemos muchas situaciones
sociales en las que los padres hacen demasiado por resolver los problemas a los
chicos. No sucede lo que veíamos antes, cuando si la maestra te decía algo,
sería porque algo habrías hecho.
—Entiendo que se trata de encontrar el equilibrio entre
ese paternalismo y la sobreprotección.
—Exacto.
Y hablando otra vez de fronteras, esa es una que no se conoce bien aún.
—Sobre la
crianza, otro tema candente es el de las repercusiones que tienen las pantallas
en los menores. Australia legisló, España legislará. ¿Esperamos algo del
próximo DSM en este sentido?
—Es
difícil predecir lo que va a ocurrir con estos cambios, porque hay muchas cosas
que son ilegales y siguen ocurriendo. El ejemplo son las drogas, por ejemplo.
Muchas de ellas son ilegales y, sin embargo, las personas susceptibles siguen
accediendo a ellas. Eso por un lado. Además, esta Generación Z, aunque creo que ya empezó con los millennial,
tienen una mayor voluntad para reconocer que necesitan ayuda psicológica. A
admitir que están sufriendo, algo que antes no se daba. Y eso es otra cosa que
hace difícil definir bien el umbral entre lo que es un trastorno y lo que no.
Sobre todo cuando esto ocurre en un contexto en el que algunos jóvenes tienen
muy poca resiliencia.
—Habla de
drogas, pero los móviles no son sustancias. Esto se parece más a la aparición
de la electricidad que a la eclosión del tabaco.
—Efectivamente.
Este mundo tiene un impacto enorme en cuanto a la percepción que tiene el
individuo de su círculo social, de su medio ambiente, de su conexión con otras
personas. Y algo que también es sumamente importante es que muchos jóvenes no
tienen demasiada experiencia hablando con personas de tú a tú. Todo es por
mensajes de texto a través de aplicaciones. Entonces, cuando llega el momento
de encontrar pareja en la vida real, por poner un ejemplo, se encuentran
completamente perdidos. Esto influye y complica las cosas.
—Perdone que
insista, ¿en el nuevo DSM aparecerán nuevas categorías relacionados con el uso
de pantallas?
—No
hemos llegado a ese nivel de detalle. Actualmente, lo que estamos mirando es el
modelo conceptual. Se van a incluir elementos como los problemas contextuales,
el neurodesarrollo, el ambiente socioeconómico, el ambiente cultural, también
elementos relacionados a la biología, un aspecto importante que vamos a añadir.
No se trata de decir que conocemos cuáles son los elementos biológicos de un
determinado trastorno, excluyendo patologías en las que sí los sabemos, como en
el alzhéimer, sino estableciendo la pauta de que estos trastornos son
manifestaciones de problemas en el cerebro. Ya sea por razones biológicas o por
la interacción con el ambiente.
—El DSM cambiará hasta de nombre. Pasará de ser un
«manual estadístico» a un «manual científico». Hay quien interpreta este cambio
como una asunción de errores pasados.
—Decidimos
cambiar el nombre ya que, si se llamó estadístico, fue porque originalmente se
utilizó para contar el número de pacientes con trastornos para poder planificar
la política de cuidado de salud mental. Cuando se empezó en el 1952, la mayoría
del cuidado de psiquiatría se proveía en hospitales psiquiátricos. Para poder
planificar cuántas camas o enfermeras se necesitaban, había que poder contar
cuántas personas había con esquizofrenia o con trastorno bipolar. Pero esta
metodología ha sido suplantada por la epidemiología, que es mucho más precisa.
Decir que el DSM es un manual estadístico es obsoleto en este momento. Lo que
no queríamos, era perder las siglas, porque tienen mucho peso, pero sí buscamos
tratar de dar más importancia al anhelo de maximizar la influencia científica
en el desarrollo del manual. Una de las cosas que creo que serán útiles en ese
campo es que, desde el comienzo del desarrollo de este próximo DSM, es que va a
ser un documento vivo. Al menos una vez al año se le harán cambios según los
progresos obtenidos. Mantenerlo actualizado es importante, aunque sin volver
loca a la gente que está sobre el terreno atendiendo pacientes, porque no hay
que estar cambiando las cosas continuamente.
—Una parte de
los especialistas en salud mental achacan al DSM empeñarse en encontrar
orígenes biológicos de los trastornos sin mirar al entorno del paciente.
¿Espera que se reduzcan las críticas?
—Me
sorprendería mucho si menguaran, pero también es cierto que en este modelo
conceptual le damos un papel muy prominente al impacto del ambiente de la
persona, como mencioné anteriormente. De hecho, existen algunos trastornos que
sin un trauma no aparecerían, como lo es el estrés
postraumático. Es decir, que ya sabemos que no es todo genético y
puramente biológico, que el ambiente influye mucho. Incluso en gemelos
idénticos sabemos que no hay concordancia del 100% en ninguno de los
diagnósticos.
—¿Es difícil
coordinar un manual como este?
—Es
bastante difícil porque creo que es primordial seguir abierto a las
críticas sin dejar que eso impida el progreso. Y eso requiere una perspectiva
muy particular.
—Ha sido la
primera en varias ocasiones en un mundo de hombres. Fue la primera mujer latina
en presidir la Asociación Americana de Psiquiatría y también es la primera
mujer en coordinar el DSM. ¿Ser mujer ha marcado para bien o para mal su
carrera?
—No cabe duda de que ha influido en mis posibilidades, pero he tenido la suerte de tener el apoyo de muchas personas que me han ayudado a lograr algunas cosas. El haberme criado en un hogar sumamente paternalista me hizo estar muy bien acostumbrada a ese tipo de ambiente. Creo que eso me preparó para cómo iban a ser las cosas en el mundo de afuera.
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