miércoles, 17 de marzo de 2021

Al mal tiempo mala cara (o cómo aprovechar las ventajas de tener un mal día)

 

ROCÍO CARMONA     |    La Vanguardia     |     15/02/2020
 
Hay días en que parece que las estrellas se alinean a nuestro favor. Salimos de casa a tiempo, el sol brilla, el conductor de autobús nos espera en la parada y sonríe cuando entramos, encontramos asiento a la primera y hasta parece que el pelo nos queda especialmente bien. Y luego, hay días en los que la Ley de Murphy se empeña en demostrarnos que existe y todo sale de la peor manera posible: el gato se hace pis en nuestro sillón favorito, se pone a llover justo cuando no llevamos paraguas, perdemos el autobús, llegamos tarde a la reunión del colegio, nos echan la bronca en el trabajo y, por si fuera poco, mientras intentamos conseguir un taxi, el coche que pasa por delante a toda velocidad nos empapa.
 
Casi todos preferimos el primer escenario, pero es inevitable que haya días en los que todo vaya a contrapié. Aunque, ¿sabían que tener un mal día tiene algunas ventajas? Aunque pueda parecer un contrasentido, así lo explica la psiquiatra Anabel González en su nuevo libro Lo bueno de tener un mal día (Planeta), un manual que busca enseñar a los lectores a regular sus emociones.
 
“Los malos días están ahí, porque la vida siempre nos va trayendo cosas”, afirma González. “Si ante ellos reaccionamos de la manera más útil para nosotros, en cierto modo es como si estuviéramos haciendo un entrenamiento. Estamos ensayando todos nuestros sistemas de regulación para que cuando venga una situación realmente dura la sepamos llevar. Pero si en los días malos intentamos no sentir, o pasamos por encima de nuestras emociones, cuando venga una gorda nos va a pillar completamente desprevenidos”.

Esta psiquiatra y psicoterapeuta explica que en su consulta ha comprobado muchas veces cómo las personas que consiguen superar situaciones difíciles no son las que son felices sin importar lo que suceda a su alrededor. Tampoco las que siempre están “bien” y se muestran alegres y sonrientes todo el tiempo. A decir de González, lo más importante es tener la capacidad de gestionar las emociones, positivas o negativas, y ayudarnos a manejar lo que la vida nos va dando. La clave para sentirnos a gusto con nosotros mismos y con nuestra vida está precisamente en saber llevar bien los días malos, asegura.

Se habla mucho hoy ya de educación emocional, incluso en las escuelas. Pero lo cierto es que todavía nos falta mucho camino a la hora de entender y sabernos relacionar con nuestras emociones. Lo más habitual es que escojamos a alguna de nuestras favoritas, como la alegría, y optemos por buscarla a toda costa, mientras que a otras, las que nos gustan menos –como el miedo–, tratemos de evitarlas por todos los medios.

Si a una de las indeseadas se le ocurre aparecer, algo que inevitablemente sucederá, entonces le cerramos las puertas o tratamos de hacer lo posible para que se vaya cuanto antes. ¿Cómo? Pues a menudo negándola, resistiéndonos o luchando contra ella. La regulación emocional es un conjunto de procesos por el que las personas podemos influir en nuestras emociones. Esos procesos pueden ser automáticos, como por ejemplo, cerrar los ojos cuando una película nos da mucho miedo, o más conscientes, como por ejemplo cuando le sonreímos a alguien aunque nos sentimos nerviosos.

Pero para muchas personas, sentir sus emociones con la seguridad de que pueden influir en ellas, y a la vez, influir en cómo se desarrollan, constituye todo un desafío. Lo que parece claro es que el camino siempre pasa por sentir.

“Las emociones siempre están”, explica Anabel González, “y si no notamos que están, entonces las cosas no nos irán bien. Si no nos permitimos sentir una emoción esta se queda estancada y se acumula. Esto puede tener efectos a todos los niveles, porque muchas veces no somos conscientes de que la emoción sigue ahí y está influyendo en las decisiones que tomamos sin que nos demos cuenta”.

Y continúa: “También puede llegar un día en que las emociones acumuladas se desborden y de repente tengamos una tristeza terrible que no sabemos ni de dónde viene. Y a veces también sucede que las emociones acumuladas afloran sin que tengan forma de emoción, sino en forma de una enfermedad física. Podemos empezar a notar agotamiento, o directamente enfermarnos, porque las emociones no están en aire, sino en el cuerpo”.

Algunas de las que más nos cuestan son, según esta autora, la tristeza y el miedo. A la tristeza, afirma González, hay que cuidarla. Una idea que seguramente nos llamará la atención, inmersos como estamos en una cultura que valora la felicidad obsesiva por encima de todo. ¿Y por qué es tan importante mimarla? Pues porque la tristeza nos informa de que hay algo que nos importa mucho.

“Nos ponemos tristes cuando sentimos que perdemos algo, sobre todo cuando perdemos algo en relación con cosas o personas que nos importan. Gracias a la tristeza nos mantenemos unidos a esas cosas y a esas personas y sabemos que son importantes”.

¿Y cómo se cuida esta emoción? “Cuidarse mucho a uno mismo y dejarse cuidar por las personas cercanas neutraliza un poco la sensación. Hay que dejar que, mientras la cuidamos, la tristeza se vaya aliviando y deshaciendo. Los problemas con la tristeza vienen cuando la contengo”, advierte. “Es como poner un dique a un río que el día que se desborde va a dar un problema grande.

sepultarla, y entonces va por debajo como una corriente subterránea que acaba saliendo más adelante por sitios que quizá no nos va a gustar que salga”, asegura la psiquiatra.

Otra emoción con mala prensa es la de la ira. Pero González advierte aquí que enfadarse es algo imprescindible. Eso sí, debemos aprender a enfadarnos bien: “Las personas que no se enfadan nunca suelen tener problemas porque la gente las toma por el pito del sereno. Y es que los demás no siempre miden lo que nos piden, quizá ni les importa. Somos nosotros los responsables de marcar los límites. Y eso lo hacemos a través del enfado. Pero enfadarse bien significa notar que algo no me gusta, decirlo, pero a la vez seguir pensando, eligiendo las palabras según a quién tenemos delante. Nos podemos enfadar con toda elegancia, con arte y con moderación”, aclara González.

“Las personas que explotan suelen ser de dos tipos”, continúa explicando. “Algunos son personas que cuando están enfadadas no son capaces de pensar y se desbordan, y otras son personas que nunca se permiten enfadarse. Son tan contenidas que el día que ya rebosan arde Troya. Enfadarse bien significa que me enfado cuando toca, lo que toca, de una forma proporcionada y apropiada para la situación. Si lo hago así siempre voy a modular cuánto enfado corresponde en cada ocasión”.

¿Y dónde aprendimos a manejarnos tan mal con nuestro mundo emocional? ¿Por qué nos cuesta aprender a regular nuestras emociones? “Cada familia tiene un lenguaje emocional distinto, y es en su seno donde aprendemos a manejarnos con lo que sentimos” asegura González. “Y es que en la infancia somos emoción pura. La manera en que los demás reaccionan ante lo que nos pasa, lo que nos dicen, la cara que ponen, si nos hacen caso o nos ignoran… Es ahí donde aprenderemos a tratarnos de una u otra manera”.

Y detalla: “La peor frase del mundo es decirle a un niño que llora que no pasa nada. Se dice con la mejor de las intenciones, pero para quien lo recibe lo que significa es: pasamos por encima del malestar. La interacción buena es reconocer el malestar, ponerle nombre, hacer un gesto de cuidado… y ahí veremos cómo al niño se le pasa. Si nos saltamos esos pasos le acostumbramos a interiorizar que lo que siente no importa”.

Con el paso de los años muchas personas se convierten en auténticos “pozos radiactivos”, en palabras de esta psiquiatra, repletos de emociones no permitidas. Otros, en cambio, pasan a ser dictadores de su país emocional, incapaces de aceptar lo que sienten aunque sí lo noten.

Algunas estrategias para soltar el control pueden ser practicar la flexibilidad, acostumbrarnos a cometer errores, aunque sea a propósito, cogerle cariño a la incertidumbre y a la confusión e incluso ser un poco irresponsables. Entre pensar siempre las cosas demasiado y no tomar ninguna responsabilidad se abre paso el maravilloso mundo de la espontaneidad.

“Hay una sabiduría natural de las emociones que podemos recuperar, aunque nuestra forma de funcionar con ellas no haya sido saludable hasta ahora. Aprender a identificarlas, a escucharlas y a ver hacia dónde nos mueven nos ayudará a entendernos a nosotros mismos, a relacionarnos con los demás y a tomar decisiones saludables”, afirma Anabel González.

Y a navegar con la cabeza alta nuestros malos días, como explica en su libro. “Una vida buena no es una vida en la que no pasan cosas, sino una vida en la que llevamos las cosas que pasan de la mejor manera posible”, concluye.
 

lunes, 15 de marzo de 2021

Cómo evitar la depresión por falta de serotonina

 

KATHERINE FLÓREZ     |   Mejorconsalud.as.com   |    27/01/2021

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña

Para mantener nuestros niveles de serotonina estables debemos consumir alimentos que favorezcan su producción y, además, combinarlos con buenos hábitos que también la propicien, como el ejercicio físico.

La serotonina es una sustancia química producida por el cuerpo humano, que transmite señales entre los nervios y funciona como un neurotransmisor. Por último, se sintetiza a partir del triptófano. Los expertos consideran que su función principal es la de mantener en equilibrio el estado de ánimo. Por lo tanto, su deficiencia podría conducir a la depresión. 

También se piensa que está implicada en la contracción del músculo liso, la transmisión de los impulsos nerviosos y la regulación de los ritmos circadianos. Se produce en mayores cantidades en el tracto gastrointestinal, pero también puede encontrarse en las plaquetas de sangre, el cerebro y el sistema nervioso central.

Dado que sus cantidades abundan en el cuerpo, se considera que tiene una fuerte influencia en una gran variedad de funciones físicas  y psicológicas. Por ejemplo, cuando sus niveles disminuyen de forma notable, provoca estados de ánimo negativos como la irritabilidad, el estrés y la depresión. Esta última es bastante preocupante porque puede empeorar con el paso de los días hasta convertirse en una enfermedad. 

¿Cuáles son los síntomas de la deficiencia de serotonina?

La deficiencia de este neurotransmisor suele acarrear varias consecuencias en la salud física y mental, aunque a veces es difícil identificarlo. No obstante, cuando conduce a la depresión genera una variedad de síntomas. En este sentido, se deben considerar señales como:

 

·        La constante negatividad

·        La sensación de ansiedad

·        Pensamientos negativos; incluso de muerte o suicidio

·        La impaciencia o irritabilidad

·        El estado de tristeza profunda e infelicidad

·        La poca autoestima y falta de confianza

·        El miedo

·        Las dificultades para conciliar el sueño

¿Qué causa una disminución en los niveles de serotonina?

Los niveles de serotonina disminuyen cuando no se añaden en la dieta suficientes fuentes de triptófano y otros nutrientes esenciales como las vitaminas y minerales. Es común que se presenten dificultades en su producción debido al consumo excesivo de alcohol, cafeína o edulcorantes artificiales.

El estrés crónico, la angustia y emociones similares impiden que el cerebro produzca la cantidad necesaria de este neurotransmisor. Dado que esta sustancia se estimula con la luz solar, es común que durante el invierno haya más tendencia a la depresión.

¿Cómo aumentar los niveles de serotonina para combatir la depresión?

Una de las claves principales para combatir la depresión y estimular la producción de la serotonina es añadiendo algunos alimentos especiales en la dieta. Estos aumentan la sensación de bienestar y le aportan algunos beneficios adicionales al organismo.

1. Pescado azul

Las proteínas y los ácidos grasos esenciales del pescado azul aumentan la producción de este neurotransmisor y disminuyen la inflamación que bloquea su actividad. Entre los recomendados se incluyen: La caballa, el salmón, el atún, el boquerón, la sardina.

2. Carne

El consumo moderado de carne le aporta al cuerpo una cantidad abundante de proteínas y carbohidratos que facilitan la absorción del triptófano. Carnes como el pollo, el pavo y el cerdo contienen grandes cantidades de este aminoácido.

3. Huevos

El huevo, en especial la yema, es rico en triptófano y minerales esenciales que mejoran el estado de ánimo.

4. Productos lácteos

La leche y sus derivados aumentan la sensación de bienestar y disminuyen los niveles de cortisol que predominan en el estrés y la depresión. Son una fuente significativa de aminoácidos esenciales, destacándose el triptófano. Disfruta de lácteos como: El queso cheddar, el queso suizo, el yogur griego, la leche, el kumis.

5. Legumbres

Las legumbres son excelentes alternativas para mejorar el estado de ánimo y disminuir la depresión. Son una fuente de proteína, fibra y vitaminas y minerales que aumentan los índices de serotonina en el cerebro.

6. Frutos secos

Un puñado de frutos secos disminuye el estrés, la depresión y la sensación de fatiga. Sus ácidos grasos esenciales le dan energía al cuerpo y mejoran el rendimiento físico y mental. Es una buena fuente de magnesio, un mineral que promueve la relajación del cuerpo para mitigar los efectos del estrés y combatir los problemas de sueño.

7. Chocolate 

El chocolate es el alimento por excelencia para aliviar la depresión y todo tipo de dificultades emocionales. Este contiene la dosis perfecta de triptófano, sobre todo cuando está elaborado con más de un 60% de cacao amargo. También es una fuente significativa de antioxidantes, moléculas que inhiben los efectos negativos de los radicales libres.

Conclusiones

En conclusión, a pesar de que en la depresión influyen muchos factores, unos niveles adecuados de serotonina son esenciales para su superación. Esta se puede obtener mediante la dieta y la práctica continua de buenos hábitos como la meditación y el ejercicio.

 

viernes, 12 de marzo de 2021

Cómo elegir una actividad digital que beneficie a los niños y dé un respiro a los padres

 

ROCÍO NAVARRO MACÍAS     |     la Vanguardia      |     09/11/2020


Con las reuniones limitadas y las cuarentenas a la orden del día, hace falta un plan B para conciliar. 

En una normalidad en la que las cuarentenas forman parte de la cotidianidad, las actividades extraescolares de los niños necesitan un plan B. Más aún cuando se acerca el invierno y se reduce el número de horas en las que los pequeños pueden disfrutar del aire libre y las reuniones en entornos cerrados están limitadas y en entredicho. El mundo digital se convierte en un aliado para cubrir las tardes de los más pequeños con sentido y, de paso, darle un respiro a los padres.

 

Sin embargo, cuando la jornada lectiva también se recibe a través del ordenador, ¿conviene que los niños dediquen más horas al día sentados ante la pantalla? “En tiempos de pandemia el móvil, tablet, ordenador o la televisión pueden suponer una salvación y una condena. De la misma forma que nos permiten acercarnos a las personas desde la distancia, a nivel psicológico, los efectos de su uso prolongado son altamente nocivos”, expone Paula Mella, psicóloga de ifeel experta en Terapia Familiar.

 

Aunque la especialista se decanta por la asistencia presencial a cualquier actividad, puede que las circunstancias especiales que atraviesa la realidad no lo hagan posible. “Si la coyuntura actual no lo permite, se puede recurrir a extraescolares digitales prestando especial atención en estos casos al tiempo total que se dedica a las pantallas a lo largo del día”, añade.

 

Pero, ¿cuánto tiempo es el indicado y cuáles son las actividades más provechosas en digital? Esta es la forma saludable de ampliar el currículo de los niños de forma virtual: optar por actividades que promuevan una sinergia on y offline, que arranquen en la pantalla pero que el niño continúe fuera de ella, para no sobrecargar más las muchas horas que ya pasan frente a ellas.

 

Decía Max Weber que un político debía tener mesura en sus actuaciones. Esa misma filosofía es la que habría que aplicar a la formación complementaria a través de la pantalla. “Todo es negativo en exceso y la actividad digital no iba a ser menos. Hay que tener tiempo para actividades manipulativas, para el juego libre, para hablar con la familia o los amigos, e incluso para aburrirse, ya que el aburrimiento es a veces el paso previo para la creatividad”, indica el docente anónimo llamado Profesor Don Pardino, autor del libro El profesor Don Pardino contra los titis (Plan B, 2020). Este maestro ha dado un giro al uso de sus redes sociales (@profedonpardino) y las utiliza para ofrecer consejos ortográficos a través de viñetas.

 

En principio, dedicar una parte de la tarde a una actividad delante del ordenador no tiene por qué ser negativo, pero necesita estar compensado con otras actividades analógicas. “Como dice Aristóteles, la virtud se encuentra en el término medio. Los niños necesitan socializar y compartir tiempo con sus iguales. Por ello, los padres deben de buscar el equilibrio entre lo digital y lo presencial. A pesar de la pandemia, una parte fundamental de su desarrollo pasa por el contacto con otras personas y es algo que no se debe dejar de lado. Cuando las clases sean digitales, es mejor buscar extraescolares de forma presencial”, sugiere Mella. Es básico aplicar algunas pautas para desenganchar a los niños de las pantallas.

 

Asimismo, la psicóloga indica que, cuanto más pequeño sea el niño, peor resulta el impacto de este tipo de tecnología, ya que se está formando su sistema nervioso y éstas tienen un papel nocivo sobre el mismo. “Varios estudios han demostrado que el uso de las pantallas causa una pobreza en las conexiones neuronales y hace “vago” al cerebro, pudiendo tener repercusiones más a largo plazo”, añade. De ahí que la OMS aconseje que, hasta los dos años, ¡cero pantallas!

 

Uno de los grandes problemas que tiene hacer alguna extraescolar delante de la pantalla es que el ocio de algunos niños y adolescentes se disfruta a través de un móvil, una televisión o un ordenador. “De media, los niños, a partir de los 8 años, suelen pasar más de 5 horas diarias frente a las pantallas, y con el paso del tiempo las cifras no hacen más crecer, superando incluso las 10 horas diarias en la adolescencia”, explica Mella que subraya que la exposición no debería ser superior a tres horas.

 

No obstante, las actividades digitales también gozan de beneficios asociados al propio entorno. “Permiten desarrollar tres facetas de la vida: la planificación, ya que uno aprende los mecanismos de la actividad y acaba adelantándose a ellos para conseguir el objetivo; el conocimiento del mundo, porque se tiene acceso a realidades de cualquier zona geográfica o época; y la evaluación, que en las actividades digitales suele ser inmediata y enseña a autorregularse y autoevaluarse”, enfatiza Don Pardino.

 

Cuando se trata de elegirlas, los especialistas indican que los criterios deben ser similares a los que se siguen cuando se escoge una actividad presencial. “Debe desarrollar aspectos del aprendizaje relacionados con aquello que se le da mejor al alumno, es decir, potenciar aquello en lo que destaca y con lo que disfruta. Si se trabajan aspectos en los que no consigue alcanzar los objetivos, son clases de refuerzo.

 

Además de alinearse con las preferencias del niño, las experiencias más interesantes a nivel cerebral son aquellas en las que hay una mayor variedad de estímulos. “Por ello, las extraescolares deportivas, relacionadas con las técnicas de estudio o estimulación sensorial son las más recomendables”, expone Mella.

 

Algo que se puede conseguir también a través del entorno 3.0. Una forma de no abusar del tiempo de exposición ante las pantallas son actividades que requieran una práctica autónoma del niño, además de la clase. Tocar un instrumento, el ballet o un club de lectura se benefician de la sinergia on y offline.

 

“El consejo principal para los padres es que las actividades no sean una forma de tenerlos ocupados un rato. Deben tener un fundamento, un objetivo, una parte de esfuerzo y una parte lúdica”, reflexiona el docente.


Estas son algunas ideas para que los niños puedan acceder a actividades extraescolares con propósito en digital:

 

Programación

Desde casa y guiados por un facilitador, los niños pueden aprender el pensamiento computacional, lo que les ayudará a ser creativos, a razonar y a resolver problemas. Codelearn es una de las plataformas que ofrece clases de programación a partir de 6 años. También existen espacios gratuitos como Scratch, de MIT Media Lab y Code.org (en inglés), una asociación sin ánimo de lucro con el objetivo de democratizar el acceso a las ciencias computacionales.

 

Manualidades

Un curso de técnicas de estampación como el que ofrecen las ilustradoras Julia Abalde y Clara Sáez Pin acerca a los niños a los conceptos básicos de esta fórmula a través de divertidos juegos y experimentos. Una vez adquiridas las técnicas los pequeños pueden continuar aplicando los conocimientos sin necesidad de acudir al ordenador. Algo que también pueden llevar a cabo con un curso de collage, como el de la artista Estrellita Caracol que enseña a contar historias a través de este método.

 

Ciencia en casa

Montar un laboratorio en casa y vivir una aventura interactiva es la propuesta de Smart Barcelona. Ellos envían un kit al domicilio que se utiliza siguiendo las indicaciones de una plataforma online. El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas cuenta con diferentes cursos en los que se puede explorar Marte o poner a prueba los conocimientos científicos de los más pequeños en español o en inglés.

 

Club de lectura

Los club de lectura permiten desarrollar el interés por la lectura con el incentivo de compartir impresiones entre amigos. Es otra de las maneras de tomar como base una actividad analógica y apoyarla con la tecnología.

Para que el club tenga éxito, lo importante es elegir libros adecuados al tramo de edad y que resulten interesantes para los niños. Las reuniones pueden establecerse de forma digital cada 15 días o un mes. En El Club de los Pequeños Lectores pueden encontrarse herramientas para organizarlos.