domingo, 19 de octubre de 2025

Norberto Abdala, médico psiquiatra: "Para la salud mental, la disminución de BDNF se asocia a diversas patologías psiquiátricas y neurológicas"

NORBERTO ABDALA      |       clarin/lavanguardia.com       |      18/08/2025        

 

El BDNF (del inglés, Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), es una proteína esencial para el desarrollo, el mantenimiento y la plasticidad del sistema nervioso.

Su función principal es promover la supervivencia de las neuronas, estimular la formación de nuevas conexiones y facilitar el nacimiento de nuevas neuronas, especialmente en el hipocampo, una región clave para la memoria y el aprendizaje.

Durante el embarazo, el BDNF participa en la maduración de las neuronas y la formación de circuitos cerebrales. En el cerebro adulto, sigue siendo fundamental y se lo considera un actor clave en la capacidad del cerebro para adaptarse, reorganizarse y recuperarse frente a cambios internos o externos.

Para la salud mental, el BDNF se ha convertido en un biomarcador de interés, ya que su disminución se asocia con diversas patologías psiquiátricas y neurológicas, como la depresión mayor, la esquizofrenia, el trastorno bipolar y el Alzheimer y el Parkinson.

Uno de los hallazgos más consistentes en la investigación clínica es la relación entre el BDNF y la depresión dado que numerosos estudios han demostrado que las personas con depresión presentan niveles más bajos de BDNF en sangre y en el cerebro. 

Además, los tratamientos antidepresivos eficaces elevan sus niveles, lo que sugiere que esto podría ser un componente esencial de la mejoría clínica.

El estrés crónico y los factores adversos sostenidos provocan una disminución del BDNF, lo que a su vez afecta negativamente la regeneración de las neuronas, la conectividad entre ellas y la función sináptica. 

Esta contribuye al desarrollo de síntomas como la falta de placer, la apatía, dificultades cognitivas y el predominio de vivencias negativas.

En ese contexto, aumentar el BDNF representa no solo una estrategia terapéutica sino, también, una forma de prevención. No solo los fármacos pueden elevar el BDNF ya que diversas prácticas tienen un impacto directo en mantener o elevar sus niveles.

El ejercicio físico, especialmente el aeróbico sostenido, es uno de los estímulos naturales más potentes para aumentarlo en el cerebro.

También la alimentación influye: las dietas ricas en antioxidantes, omega-3 (presente en pescados grasos) y polifenoles (como los del cacao o el arándano) pueden promover la producción de BDNF.

Puede reducirlo el consumo excesivo de grasas saturadas, azúcar refinada y alimentos ultra procesados, afectando negativamente la salud mental y cognitiva. El sueño es otro buen regulador ya que el mal dormir reduce sus niveles, mientras que un descanso adecuado favorece su producción.

La meditación, el aprendizaje de nuevas habilidades y la estimulación cognitiva también se han vinculado a incrementos en BDNF, reforzando la idea de que una actividad mental activa protege el cerebro y mejora su funcionamiento.

El BDNF también participa en la regulación de funciones metabólicas, la sensibilidad a la insulina y el control del apetito. Por eso, su alteración no solo se asocia con enfermedades mentales, sino también con trastornos metabólicos como la obesidad o la diabetes tipo 2.

La psiquiatría y la neurología probablemente continúen profundizando en el BDNF como una vía para la prevención y el tratamiento de múltiples condiciones mentales y neurodegenerativas.

jueves, 16 de octubre de 2025

Cuando la depresión se supera: "Se puede salir y se puede no volver a caer"

 

CINTHYA MARTÍNEZ   |   La Voz de la Salud – La Voz de Galicia   |   13/01/2025

 

El trastorno depresivo es uno de los más registrados en las historias clínicas de atención primaria (47,8 casos por cada 1.000 habitantes), según el último Informe Anual del Sistema Nacional de Salud. Con todo, la curación y prevención de recaídas es posible

Patricia tiene 60 años y está jubilada, pero reconoce que a nivel profesional siempre había sufrido estrés. «Además, se me juntaba ser madre —tiene dos hijos— y otro tipo de problemas personales», dice. Desde muy joven, ha padecido depresiones. «Siempre se daba primero un pico de ansiedad. De hecho, en cada una de las bajas que tuve que cogerme, siempre ponía lo mismo: cuadro ansioso-depresivo». Era profesora. «Al final, tienes que entusiasmar a los niños, tirar de ellos. Tener ansiedad no te permite planificar las clases, es muy inhabilitante estar mal». Pero a día de hoy, es protagonista de estas líneas porque ha conseguido superar estos trastornos de la salud mental y la clave, según ella, se podría resumir en una palabra: el autocuidado.

La espiral

Antes de que se produjese «el bajón» y junto a ese estrés que sufría por su profesión, se empezaban a dar una serie de fenómenos que, ahora, Patricia sabe que eran signos de que las cosas comenzaban a torcerse. La depresión asomaba. El primero, «que dejaba de poder organizar mis comidas, mi día a día, gestionarme; dejaba de funcionar en mi vida cotidiana». Además, curiosamente, «hubo una temporada, sobre todo hace años, que también me daba por tener algún choque pequeño con el coche, tenía errores conduciendo». Y cuando se vio superada, acudió al médico. Le diagnosticaron ciclotimia o trastorno ciclotímico, una forma leve de trastorno bipolar en la que una persona tiene oscilaciones del estado de ánimo durante años, que van desde depresión leve hasta euforia emocional. «Me dieron medicación. Y al mes me recuperaba, porque me funcionaban muy bien los fármacos».

Hasta que los síntomas depresivos volvían de nuevo. Una espiral con difícil salida. «Creo que la presión que se siente en muchas ocasiones a nivel laboral se paga con depresiones. Lo que necesitas es descansar. Pero también es verdad que lo único que podría parar era el mundo laboral, porque no podía coger una baja de ser madre o de llevar mi vida», reflexiona. Considera que, en aquel momento, hablar sobre este tema era tabú: «Sé que soy una de tantas, pero cuando empecé con la depresión, ni se me ocurría decir lo que me pasaba».

«Lo que me gustaría transmitir es que con la depresión se puede, sobre todo, pidiendo ayuda cuanto antes», subraya. En su caso, en uno de los peores momentos, «caí en Feafes (Federación de Asociaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental de Galicia); una de las mejores cosas que me ha pasado». Gracias a lo servicios que proporcionan, Patricia pudo acudir de una forma más regular a terapia psicológica. De hecho, aunque ahora se encuentra mucho mejor, sigue yendo. Una circunstancia que no sería posible a través de la Seguridad Social. «Ahí no te ven con frecuencia y me da mucha rabia que la recuperación tenga que ver con tu poder adquisitivo. Porque yo ahora mismo gasto dinero en mi salud mental, pero ¿y aquel que no puede hacerlo? Es muy injusto». 

El autocuidado

Está divorciada y desde hace un tiempo, vive sola. «Pienso que el miedo a la soledad tenía mucho que ver. El síndrome del nido vacío, ¿no? Soy consciente que pasar tanto tiempo conmigo misma puede llevarme a deprimirme», cuenta. Pero en pleno confinamiento, todo dio un cambio. Patricia dice que cambió el foco. «Fíjate, en una etapa tan complicada, descubrí mi fuerza. Aprendí a tratarme bien. Dejé de considerarme una persona enferma, porque no lo soy. Conectando con aficiones que me apasionan y me provocan placer», explica.

Aunque ya practicaba mindfulness desde antes de la pandemia, lo hizo rutina. Explica que cuenta con una aplicación por la que paga una suscripción, «como un Netflix», que le ayuda mucho. También se aficionó a la jardinería, a la pintura, y a escribir. Y cuando fue posible salir de casa, se apuntó a baile y a natación. Además, empezó a crear conexiones con personas que «me hacen bien, gente que me hace sentirme querida y con la que puedo hablar tranquilamente». Actividades y proyectos «que me hacen levantarme con ilusión cada día». 

A día de hoy, aunque pasa «una ITV» con su psicólogo cada tres meses, no necesita medicación. «Cuando le conté todo lo que estaba haciendo al psiquiatra, me dijo que le parecía estupendo, que siguiese haciendo todas estas cosas que me hacen bien». Lleva cuatro años sin sufrir una recaída: «No solo se puede salir de la depresión, también prevenir no recaer en ella». 

María, paciente de depresión: «Creo que en mi caso, el trastorno va a ser crónico, pero estoy en un buen momento»

María (62) prefiere no revelar su identidad. No ha superado la depresión, pero sí cree que está en un período de mejora. «No considero que me haya recuperado del todo, pero sí puedo hablar del tema sin llorar. Creo que, en mi caso, el trastorno va a ser crónico, de por vida. Pero sí que estoy intentando que estos momentos de bajón sean cada vez más cortos o espaciados». 

Empezó a sufrir este trastorno muy joven: «Llevo prácticamente toda la vida con depresión». Enumera momentos puntuales en los que la ha sufrido con más intensidad. «Uno fue a los 19, otro a los 35 y el último, hace tres años». Y cree que en su caso, existe cierto componente genético. «Llevo toda la vida intentando saberlo. He preguntado a varios profesionales y nadie supo contestarme a ciencia cierta, pero mi padre también era depresivo y se murió por eso hace muchos años». 

El detonante de su primer episodio depresivo fue la mala relación que tenía con su madre. «De desvalorización. Cuando me tuve que enfrentar al mundo, en la adolescencia, sentía que no estaba preparada. No me sentía fuerte ni competitiva. Para ella todo lo hacía mal, no era lo suficientemente buena, siempre había otra persona mejor que yo. Por eso tenía baja autoestima».

Esa percepción de sí misma fue trasladada a lo largo de los años a otros ámbitos de su vida. «Lo trasladé con un jefe, un amigo, una pareja, a todo, porque lo llevo dentro». Dice que ahora lo ve y lo explica con claridad, pero no fue fácil descubrirlo. «Me encantaría haber resuelto esto cuando tenía 20 o 30 años, pero no se dio o no fui capaz. A lo mejor no era el momento y sí lo es ahora, porque tengo más experiencia y una visión de vida que no tenía cuando era más joven». 

Además, remarca que se encuentra en un momento bueno gracias a que ella misma se buscó más alternativas que las que le proporcionaba la sanidad pública. «No quiero entrar en política, pero me dan una cita de psicología cada seis meses, es imposible recuperarse con ese sistema», lamenta. Fue ella la que le derivó a una asistenta social en Lugo y esta, a su vez, le recomendó Feafes. «Gracias a ellos salgo de mi cama, de mi casa y socializo. Formo parte de dos grupos que ellos tienen, justamente, con ese fin. Porque cuando uno padece depresión, no tiene ganas de nada, eso es un gran logro; y ellos me ayudan mucho con eso». 

María está en una etapa en la que ve la salida. «Hay que tener fuerza de voluntad para encontrarla y sostenerla. Ser honesto con uno mismo, porque si uno no sabe o que está pasando o lo tapa, es imposible. Ese es mi mensaje final, que hay que tener fe en uno mismo», concluye. 

Las claves de la depresión

Gualberto Buela-Casal, catedrático de Psicología Clínica y presidente de la Asociación Española de Psicología Conductual, explica las claves de la depresión.

¿Se puede curar la depresión?

«Sin duda. Tiene tratamiento, aunque el resultado final y el tiempo necesario dependen del tipo de depresión, de la comorbilidad (padecimiento de otros trastornos de manera simultánea) y de la cronicidad, es decir, del tiempo transcurrido antes de iniciar el tratamiento», indica.

¿Qué abanico de tratamientos existe?

El catedrático expresa que, a día de hoy, se cuenta con un importante catálogo de tratamientos psicólogicos y farmacológicos para abordar la depresión. «La elección viene determinada por la evaluación de los síntomas y el consecuente diagnóstico diferencial».

En función de ello, se puede aplicar terapia cognitivo conductual, de solución de problemas, activación conductual, terapia interpersonal, farmacológica, etcétera. «Y, por supuesto, estas opciones se pueden combinar», añade.

¿Son posibles las recaídas?

«Sí. Las recaídas son bastante frecuentes», confirma Buela-Casal. Añade que la terapia psicológica más eficaz para que eso no suceda es la cognitivo conductual porque «se hace una intervención más guiada por el diagnóstico diferencial de la sintomatología». Y proporciona un ejemplo: «Si un paciente identifica los fracasos de la vida personal, social y profesional como propios (causa interna), y los éxitos los atribuye a factores externos o al azar, tiene una alta probabilidad de recaída si solo se trata la depresión y no se cambia su estilo atribucional».

¿Es posible prevenir la depresión?

«Sin duda, tener un estilo de vida saludable afecta a la prevención de múltiples trastornos, también la depresión», confirma el experto. De esta forma, proporciona varios factores a tener en cuenta:

1.      Evitar la soledad y tener actitud positiva ante la vida. «Resulta importante tener relaciones sociales y no culpabilizarse por todos aquellos fracasos personales o profesionales. Como se suele decir, ver la botella media llena», explica el experto.

2.      No rumiar los problemas. «Es un factor muy importante para prevenir la depresión y la ansiedad». Además, resalta la importancia de tomar decisiones «y darse cuenta de que no hacerlo y seguir dándole vueltas a ese problema impide su solución».

3.      Hacer interpretaciones objetivas de los éxitos y fracasos. No atribuir los éxitos al azar o a factores externos y los fracasos a uno mismo. «Esto es un caldo de cultivo para padecer la depresión», asegura.

4.      Llevar un estilo de vida saludable. Dormir bien. «Esto no implica ocho horas, sino lo necesario para no sufrir somnolencia durante el día», amplía Buela. Llevar una dieta sana y equilibrada, y practicar ejercicio de forma regular (adaptado a cada persona y edad).

5.      Evitar el consumo de sustancias tóxicas. «Alcohol, tabaco, drogas y otras sustancias con alto porcentaje de azúcares», concluye.

lunes, 13 de octubre de 2025

La lucha contra las depresiones que no se curan: "Cuánto más tiempo la padezca un paciente, más resistente se vuelve"

 

Lucía Cancela    LA VOZ DE LA SALUD-LA VOZ DE GALICIA    12/10/2025

 

Varios expertos analizan la posibilidad de tratamiento que hay para abordar éste en la población y explican los síntomas más frecuentes

El mensaje ha ido calando. La depresión es mucho más que estar triste o de bajo de ánimo. Este trastorno interfiere en las capacidades con las que uno se enfrenta al día; obstaculiza su habilidad de pensar, de aprender o de desarrollarse en lo social, laboral o académico. Existen diferentes niveles de severidad: leves, moderados o graves. La experiencia varía de una persona a otra y bebe de su entorno cultural, de sus valores personales, creencias y hasta lenguaje. 

Es habitual que el paciente se sienta triste o irritable la mayor parte del tiempo, pierda interés en actividades que antes disfrutaba, tenga sentimientos de desesperanza, ganas de llorar sin motivo aparente, pérdida de energía o cansancio, así como problemas para conciliar el sueño o sentimientos de inutilidad o culpa. Entre los síntomas, también aparecen las dificultades de memoria, los pensamientos negativos; y a un nivel físico, dolor de cabeza, palpitaciones o molestias abdominales, y preocupaciones constantes.

Dar con las causas no es tarea sencilla. El trastorno depresivo es fruto de la interacción entre agentes sociales, psicológicos y biológicos. Existen factores predisponentes, precipitantes y mantenedores. Los primeros serían aquellos que hacen que la persona sea más vulnerable; los precipitantes, situaciones de estrés que puedan actuar como un inductor de la aparición; y finalmente, los mantenedores, aquellos que provocan que la depresión perdure en el tiempo. «Existen casos de depresiones más endógenas, más biológicas, que son las que parece que no tienen ninguna causa externa; y otras más exógenas, en lo que pesa mucho más el entorno, por ejemplo, vernos en el paro cuando ya somos mayores», precisa el doctor Luis Gutiérrez Rojas, vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm). De ahí la importancia de hacer, según el experto, una buena historia clínica. 

A la par, existen factores protectores. Es decir, aquellos que reducen el riesgo de padecer este tipo de trastorno o, si alguien ya lo sufre, que mejore. Es el caso del apoyo social o de los posibles tratamientos.

Josep Vilajona, coordinador de la División de Psicología de la Salud del Consejo General de la Psicología, destaca el papel que tiene su profesión a la hora de diagnosticar un trastorno depresivo: «El papel de la psicología es discernir si hay un trastorno que puede ser de componente genético o fisiológico, que es una minoría, o si hablamos de una depresión exógena», señala.

Es más, para el experto, hay muchas depresiones que se están diagnosticando como tal cuando, en realidad, se trata de un trastorno del ánimo relacionado con elementos del entorno como, por ejemplo, un despido o una exigencia muy elevada en un puesto de responsabilidad. «La terapia mejora la relación de ese sujeto con su entorno, sea cual sea, porque optimiza sus habilidades, que todos tenemos, y ayuda a que esa persona se desempeñe de mejor ánimo», apunta.

Depresiones resistentes a fármacos

Precisamente, las opciones de abordaje hacen que la psiquiatría viva, en la actualidad, un momento de innovación y transformación. ¿La razón? Cada vez se puede dar una mejor respuesta a los pacientes que, hasta hace no mucho, no encontraban mejoras para su trastorno. Es el caso de la depresión resistente o refractaria, que no progresa de manera positiva a pesar de recibir el tratamiento.

Sobre el papel, esta situación implica que «el paciente no responde a, al menos, dos antidepresivos, a dosis completa y en el espacio temporal suficiente», adelanta Álvaro Moleón, psiquiatra en Hospital Virgen del Rocío de Sevilla y director médico en Instituto Andaluz de Salud Cerebral, que precisa: «No vale con quitar el fármaco a la semana. Hay que estar, mínimo, seis u ocho a dosis máximas, y de distintas familias de antidepresivos».

Los psiquiatras están acostumbrados a ver testimonios de este tipo, ya que representan a entre el 25 y el 30 % de las depresiones mayores en general. «Es mucho más frecuente de lo que creemos», apunta el especialista del hospital andaluz. Esta forma de patología guarda una profunda relación con el suicidio. De hecho, esta asociación incrementa la preocupación por quienes la padecen.

 

Se vuelve resistente porque, en palabras del doctor Moleón, «existen factores de riesgo» para que así suceda. El primero de ellos es que haya una comorbilidad. Es decir, que la depresión conviva con otras patologías, ya sean psiquiátricas como el TOC, o físicas, como una EPOC.

Otra variable de peso es que la persona haya sufrido un trauma en la infancia u otros episodios depresivos previos. «Cuando una persona sufre varias depresiones a lo largo de su vida, es más probable que las recurrentes se conviertan en resistentes», puntualiza el doctor Moleón, que añade: «Cuanto más tiempo padezca la persona una depresión, más se puede dificultar el abordaje y hacer que se convierte en resistente».

Opciones de tratamiento

Cuando un diagnóstico de depresión llega a la consulta, el abordaje se debe dividir en tres esferas: la biológica, la psicológica y la social. En la primera, destaca Gutiérrez Rojas, se encuentran los tratamientos farmacológicos y físicos. En el plano psicológico, destaca la terapia, donde se sitúan diferentes corrientes.

Y, finalmente, lo social, que tiene que ver con el entorno que rodea al paciente y a cambios en el estilo de vida. «Lo interesante —cuenta el psiquiatra— es que no nos quedemos en un compartimento estanco, sino que si le recetamos un antidepresivo, también se haga psicoterapia y le animemos a hacer modificaciones en sus hábitos», expone.

En general, cuenta Moleón, el abordaje de la depresión sigue una escala terapéutica cuya base es la intervención psicológica, y cuando esta no es suficiente, se continúa hacia el uso de antidepresivos o combinaciones de fármacos. «Cuando el antidepresivo no funciona, cambiamos a otro. Y si esto tampoco surte efecto, pasamos a combinarlos con un potenciador, como un antipsicótico», expone el psiquiatra andaluz.

Así, la escala de tratamientos comienza con la terapia y continúa con un primer antidepresivo. «Si esto no funciona, cambiamos a otro. Y si estos dos, junto a la psicoterapia no funcionan, ya pasamos a potenciar con algún tipo de fármaco como un estabilizador del ánimo o un antipsicótico que tenga algún efecto antidepresivo».

Los primeros antidepresivos usados clínicamente fueron los tricíclicos y los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO). Los primeros reciben este nombre por su estructura química (tres anillos), y su mecanismo principal —aunque no exclusivo— es bloquear la recaptación (transporte de retorno) de neurotransmisores como la serotonina y la norepinefrina, lo que eleva su concentración en la sinapsis. El problema es que actúan sobre muchos otros receptores lo que eleva el riesgo de efectos secundarios.

Por ello, hoy en día, su uso está limitado e inclina la balanza hacia los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Esta familia de fármacos se sitúa con frecuencia en la primera línea de tratamiento, por su mejor tolerabilidad. Además, existen otros fármacos con acción dual como los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina y de la noradrenalina, e incluso, de la dopamina. Este grupo «aumenta la concentración de los neurotransmisores en la sinapsis, es decir, en la comunicación entre neuronas», explica Gutiérrez-Rojas, que añade: «Mejoran la conexión de estas células nerviosas entre sí, porque cuando uno está deprimido hay un déficit».

De los monoaminérgicos a lo glutamatérgico

En los últimos años, se han investigado fármacos que actúan sobre el sistema glutamatérgico, con el objetivo de inducir efectos antidepresivos rápidos y promover la neuroplasticidad. «Mejora lo que llamamos la arborización. En este caso no es tanto el neurotransmisor, sino que las dendritas, que serían los deditos de las neuronas que las conectan, aumentan», puntualiza el psiquiatra madrileño. Sin embargo, cuando todas estas opciones chocan contra un muro, entran en juego alternativas más agresivas: la esketamina intranasal, la estimulación magnética transcraneal (EMT) y la terapia electroconvulsiva.

La primera se comercializa bajo el nombre de Spravato. Llegó como una revolución para luchar contra las depresiones más graves, que llevaban décadas sin avances farmacológicos. Es el primer medicamento antidepresivo de acción rápida y está indicado para pacientes con un trastorno depresivo mayor resistente al tratamiento. Actúa desde la primera dosis y funciona modulando el sistema glutamatérgico, no el serotoninérgico ni el dopaminérgico como los antidepresivos tradicionales.

De la EMT, el doctor Álvaro Moleón se sitúa como una de las mayores referencias en España. Acaba de publicar un estudio en la revista Clinical Neurophysiology, presentado en el marco del de las III Jornadas de Actualizaciones en Neuromodulación, celebradas en Sevilla y organizadas por la Sociedad Española de Psiquiatría Clínica (SEPC), donde demostró que esta terapia logró la remisión de la depresión en el 41 % de los pacientes participantes; de la ansiedad en uno de cada tres; y la ideación suicida, en más del 60 %. 

La estimulación magnética transcraneal es una terapia física de neuromodulación no invasiva, que no necesita anestesia, la cual permite modular la actividad el córtex cerebral a través de un campo magnético que se genera con una bobina situada en la superficie del cráneo. «En la depresión hay una hipofrontalidad, es decir, una menor actividad de la corteza prefrontal del cerebro. Además, también hay una hiperactividad de la corteza cingulada subgenual anterior», detalla el psiquiatra. Esta terapia produce, por un lado, una excitación en la zona prefrontal dorsolateral izquierda, «de forma que contrarrestamos la hipofrontalidad que hay en el cerebro depresivo», y una excitación en otra parte de esta zona, «que está anticorrelacionada con la corteza cingulada subgenual anterior, con lo que consigo su inhibición». Con la estimulación magnética transcraneal, «si yo excito una zona e inhibo la otra, contrarresto el efecto patológico que tiene el cerebro del paciente», expone.

De esta forma, la terapia acaba alterando o modificando un circuito neuronal que no está funcionando como debe. «Es algo mucho más focalizado que los antidepresivos. El paciente está despierto en todo momento, es a nivel ambulatorio y los efectos secundarios son muy pequeños, como un dolor de cabeza que suele pasar con el paso de las sesiones», apunta. La consecuencia más temida es la convulsión, pero el psiquiatra descarta que sea frecuente: «Ocurre en uno de cada 30.000 o 40.000». Se recomienda dar treinta sesiones de media para ver resultados, aunque puede haber variaciones individuales. ¿En qué se mide la mejora? En valores tanto objetivos como subjetivos.

Finalmente, la terapia electroconvulsiva, que se sigue considerando una de las opciones más eficaces en episodios de depresión graves o refractarios. Consiste en aplicar una corriente eléctrica controlada al cerebro, lo que provoca una breve convulsión terapéutica. Con ello, se consigue mejorar la conexión cerebral y aumentar la concentración de neurotransmisores, lo que atenúa los síntomas.

La realidad actual de este tratamiento dista mucho de la mala imagen que tiene para algunas personas. Se realiza con anestesia general y el paciente está monitorizado en todo momento. «A veces, tiene mala fama pero salva muchas vidas», destaca el doctor Gutiérrez Roja

viernes, 10 de octubre de 2025

9 señales sutiles de inseguridad, según expertos en salud mental

BAUTISTA SANJURJO      |      infobae.com      |      26/08/2025

 

Cuáles son los comportamientos inadvertidos que afectan la autopercepción y qué estrategias utilizar para fortalecer la autoestima y mejorar las relaciones personales y profesionales

Sentir inseguridad representa una experiencia común para las personas, aunque muchas veces no sea percibida ni por quienes la sufren. De acuerdo con especialistas citados por Verywell Mind, a veces puede manifestarse de forma tan sutil que resulta difícil identificarla. Reconocer estas señales y comprender su origen constituye el primer paso para enfrentarla y fortalecer la autoestima.

Según la consejera profesional licenciada y terapeuta certificada en trauma, Janice Holland, la inseguridad se define como una sensación interna de incertidumbre. Holland explica a Verywell Mind que este estado suele darse como resultado de traumas no resueltos o necesidades emocionales insatisfechas, factores que generan una vigilancia constante del entorno y una búsqueda continua de validación externa. Esta dinámica conduce a analizar en exceso las propias acciones y a cuestionar el valor o las capacidades, sobre todo en determinados contextos sociales.

El impacto de la inseguridad trasciende el plano individual. Aunque se experimenta de forma interna, influencia de modo directo la manera en que las personas interactúan con el mundo y con quienes las rodean. En lugar de actuar con confianza, la inseguridad motiva a responder con temor, lo que afecta la calidad de los vínculos, así como la autopercepción.

Señales de inseguridad en la vida cotidiana

Existen 9 señales sutiles que, según los expertos consultados por Verywell Mind, pueden indicar la presencia de inseguridad diaria:

1. Exceso de disculpas: solicitar perdón es parte de la convivencia, pero hacerlo de manera constante puede reflejar temor a ser una carga o cometer errores. Holland señala que quienes se disculpan en exceso suelen dudar de su valor y tienden a minimizarse para ser aceptados, con el objetivo inconsciente de evitar el rechazo y mantener la armonía. Este comportamiento puede generar tensión innecesaria en los vínculos.

2. Dificultad para aceptar cumplidos: la neuropsicóloga Sanam Hafeez, directora de Comprehend the Mind, indica que rechazar o restar valor a los elogios revela inseguridad. La incapacidad de aceptar un cumplido y la respuesta con autocrítica evidencian problemas de autoaceptación.

3. Necesidad constante de validación: buscar aprobación reiterada, ya sea en forma de reafirmación o halagos, termina debilitando las relaciones y demuestra una falta de confianza en las propias decisiones y habilidades.

4. Aislamiento social: la inseguridad puede llevar a evitar reuniones o a permanecer en silencio en grupos por miedo al juicio o a no encajar. Hafeez advierte que este aislamiento alimenta la sensación de insuficiencia y limita las oportunidades de conexión.

5. Evasión de desafíos: Holland explica que evitar retos o preferir la zona de confort se disfraza a veces de prudencia, pero en realidad corresponde al miedo al fracaso o a la vulnerabilidad. Esta actitud impide el crecimiento personal y profesional.

6. Sobrecompensación: exagerar logros o virtudes para ocultar dudas internas es otra señal. Quienes sobrecompensan tienden a resaltar sus méritos o a dominar las conversaciones, generando incomodidad en el entorno.

7. Perfeccionismo: buscar la perfección en todo puede parecer positivo, pero revela una inseguridad profunda. Holland afirma que el perfeccionismo suele justificarse por el temor a la crítica o al rechazo, y la creencia de que el valor personal depende de un desempeño sin errores.

8. Celos y comparación: observar los logros ajenos y compararse todo el tiempo reduce la autoestima y genera resentimiento. Esta actitud suele estar vinculada a una lucha interna con la propia valía y al miedo a no ser suficiente.

9. Complacencia excesiva: anteponer las necesidades de los demás a las propias, incluso sacrificando el propio bienestar, evidencia la búsqueda de aceptación. Holland sostiene que, aunque parezca generosidad, en el fondo obedece al temor a la desconexión o al rechazo, y a la creencia de que el afecto debe ganar y reconocer los propios patrones.

Consecuencias y estrategias para superar la inseguridad

Estas conductas, aunque discretas, pueden tener consecuencias significativas. Las inseguridades ocultas afectan la comunicación, generan distancia emocional y dificultan la expresión de necesidades, lo que puede derivar en relaciones poco satisfactorias. Hafeez advierte que, en el contexto laboral, la inseguridad reduce la confianza y limita el desarrollo profesional, mientras que en el plano personal impide la construcción de vínculos auténticos.

Para superar la inseguridad, los especialistas consultados por Verywell Mind sugieren varias estrategias. Holland recomienda desarrollar la autoconciencia mediante la observación de pensamientos y conductas sin juicio, aplicando herramientas como la escritura reflexiva o la atención plena. Esta práctica ayuda a identificar en qué momentos surgen las inseguridades y permite elegir respuestas más saludables.

Otra estrategia consiste en practicar la gratitud diariamente, ya que enfocar la atención en los aspectos positivos fortalece la autoestima. Hafeez destaca la relación entre la gratitud y el bienestar emocional. Además, los expertos aconsejan desafiar las creencias negativas sobre uno mismo, reemplazándolas por pensamientos compasivos y realistas, y limitar la tendencia a compararse con otros, sobre todo en redes sociales o entornos competitivos.

La autocompasión debe convertirse en un eje fundamental. Holland señala la importancia de permitir momentos de descanso, aprender a decir que no y tomar decisiones alineadas con los propios valores, recordando siempre que la imperfección forma parte de la experiencia humana. Contar con el apoyo de personas de confianza y establecer una red de contención también resulta clave para aumentar la autoestima y el sentido de pertenencia, según Hafeez.

lunes, 6 de octubre de 2025

La hidratación afecta los niveles de cortisol: Descubren que tomar poca agua aumenta el estrés

 VALERIA CHAVEZ      |    Infobae.com     |     22/08/2025

 

Lo reveló un estudio científico británico. Cuánto líquido hay que beber por día y de qué manera influye en la respuesta del organismo ante situaciones de tensión

Las personas que no alcanzan la ingesta diaria recomendada de agua presentan niveles más elevados de cortisol, la principal hormona del estrés, incluso si no perciben una mayor sensación de sed.

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad John Moores de Liverpool (LJMU) sugiere que la hidratación podría influir en la respuesta biológica al estrés y, en consecuencia, en la salud a largo plazo.

Recomendaciones de hidratación y metodología del estudio

El trabajo, publicado en el Journal of Applied Physiology, analizó a 32 adultos divididos en dos grupos: uno formado por quienes bebían menos de 1,5 litros de agua al día y otro compuesto por personas que cumplían con las recomendaciones oficiales de ingesta de líquidos.

Para establecer estos parámetros, los científicos se basaron en las directrices de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA), que aconsejan un consumo diario de 2,5 litros de agua para los hombres y 2 litros para las mujeres.

Por su parte, la Guía Eatwell del Reino Unido sugiere entre 1,5 y 2 litros diarios, equivalentes a seis u ocho tazas de líquido. Los expertos también señalaron que las necesidades pueden aumentar en situaciones de calor, actividad física intensa, recuperación de enfermedades, embarazo o lactancia.

Durante una semana, los participantes fueron evaluados mediante análisis de orina y sangre para verificar su nivel de hidratación. Posteriormente, todos acudieron al laboratorio para someterse a una prueba de estrés diseñada para simular situaciones cotidianas de presión. La evaluación consistió en una entrevista de trabajo improvisada, para la que cada persona dispuso de diez minutos de preparación antes de enfrentarse a un panel de tres entrevistadores vestidos con batas blancas y una cámara simulada.

Tras la entrevista, se les solicitó resolver un desafío de cálculo mental, restando números lo más rápido posible.

Resultados: cortisol, síntomas físicos y percepción de sed

El profesor Neil Walsh, de la Escuela de Ciencias del Deporte y el Ejercicio de la LJMU, describió la prueba como “realmente desconcertante”. El objetivo era comprobar si las personas con baja ingesta de líquidos, probablemente mal hidratadas, mostrarían una respuesta hormonal al estrés diferente bajo condiciones controladas. Para ello, los investigadores tomaron muestras de saliva antes y después de la prueba, con el fin de medir los niveles de cortisol.

El análisis reveló que, aunque ambos grupos experimentaron síntomas físicos similares durante la prueba —como aumento de la frecuencia cardíaca, manos sudorosas y boca seca—, quienes bebían menos agua presentaron incrementos significativamente mayores en los niveles de cortisol.

Un aspecto relevante es que los participantes con menor consumo de agua no reportaron sentir más sed que el resto, lo que indica que la percepción subjetiva de hidratación no siempre refleja el estado real del organismo.

El profesor Walsh destacó la importancia de este hallazgo, ya que el cortisol, además de ser la principal hormona del estrés, está vinculado a funciones como la respuesta inmune, el metabolismo y la presión arterial. “El cortisol es la principal hormona del estrés del cuerpo y la reactividad exagerada del cortisol al estrés está asociada con un mayor riesgo de enfermedad cardíaca, diabetes y depresión”, señaló.

Los autores del estudio advierten que, si bien mantener una hidratación adecuada podría ser una estrategia útil para moderar la respuesta al estrés, se requieren más investigaciones para determinar si aumentar la ingesta de agua en personas que no beben lo suficiente puede reducir la reacción del organismo ante los llamados “microestresores” diarios, como atascos de tráfico o presentaciones laborales.

“Nos gustaría pensar que cumplir con las pautas de consumo de agua podría ser una de las varias cosas que se pueden hacer para mitigar esa respuesta del cortisol día a día”, añadió Walsh.

En situaciones de presión o exigencia, prestar atención a la cantidad de agua consumida puede convertirse en un hábito sencillo con potenciales beneficios para la salud a largo plazo.

Marian Rojas, psiquiatra, sobre la capacidad de cambio en las personas: "Hoy en día conocemos la neuroplasticidad"

ANDREA MUÑOZ     |     larazon.es      |      21/08/2025


La psiquiatra destaca la importancia de la actitud, la voz interior y la forma en que nos hablamos para potenciar la salud mental

El optimismo no es ingenuidad, sino una manera de entrenar la mente para detectar oportunidades y afrontar los retos con más recursos. Así lo explica la psiquiatra Marian Rojas Estapé, quien recuerda que la neuroplasticidad cerebral es una capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse que permite a cualquier persona reeducar sus pensamientos y transformar su actitud. A través de ejemplos prácticos, Rojas subraya cómo la forma en la que nos hablamos a nosotros mismos repercute en la salud física, emocional y en la manera en que nos relacionamos con los demás.

La neuroplasticidad: el cerebro puede cambiar

La idea central del mensaje de Rojas se apoya en un principio clave de la neurociencia, la neuroplasticidad. Retomando la célebre frase del Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal “Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”, la psiquiatra insiste en que la mente no es estática, sino moldeable.

Cambiar la forma de pensar requiere intención y práctica, pero es posible reprogramar hábitos mentales para favorecer el bienestar y disminuir la autocrítica constante.

El papel del optimismo en la vida diaria

Según Rojas, el optimismo se puede educar y potenciar. No garantiza el éxito, pero ayuda a reconocer las oportunidades y a afrontar mejor las dificultades. En contraste, el pesimismo actúa como una voz interior que limita y genera un círculo de frustración.

El optimismo, explica, consiste en mantener esperanza, confianza y fe en las circunstancias, incluso en contextos adversos.

La voz interior: un reflejo de la infancia y las experiencias

Uno de los puntos clave del discurso de Rojas es la importancia de escuchar la voz interior. Esa narrativa interna puede tener raíces en la infancia, en mensajes recibidos de los padres o en experiencias dolorosas recientes.

Cuando esa voz es excesivamente crítica, el cuerpo lo refleja y somatiza el malestar. Por eso, aprender a reconocerla y transformarla es esencial para la salud mental y física.

De la autocrítica a la autocompasión

Rojas invita a sustituir los pensamientos negativos por otros más amables y realistas. No se trata de negar los errores, sino de reconocer que, en cada decisión, actuamos con los recursos disponibles en ese momento.

La autocompasión “Hice lo mejor que pude con las circunstancias que tenía” permite avanzar sin quedar atrapados en la culpa, el victimismo o el rencor, que la psiquiatra define como “venenos para el organismo”.

Reeducar la mirada para proteger la salud

El mensaje final de Rojas es claro, hay que entrenar la mente en el pensamiento positivo y proteger tanto la salud psicológica como la física.

Cada día aparecen dificultades, pero también pequeños momentos de disfrute que, si se saben valorar, ayudan a mantener el equilibrio emocional. La clave está en reeducar la mirada, aprender a gestionar lo negativo y reforzar lo positivo.