PATRICIA GOSÁLVEZ |
Madrid | El País
| 14/11/2021
Día 4: Cuadro ansioso-depresivo
Varón, 23 años. Paciente de Juan Luis Mendívil,
psiquiatra privado en Bilbao.
I,
universitario, acude a consulta a mediados de 2019, empujado por su madre, que
hace años hizo psicoterapia por un episodio de ansiedad que reconoce ahora en
el hijo. Empieza con una sesión semanal de psicoterapia ecléctica (45 minutos,
93 euros), con herramientas del psicoanálisis y cognitivo conductuales, y
orientación dinámica, humanista y sistémica.
Tiene
problemas para relacionarse, le cuesta hacer y mantener amigos. Sensaciones de
inseguridad, cierta timidez y baja autoimagen, a pesar de ser un chico majo,
buena persona, inteligente y atractivo. El yerno perfecto. Está centrado en los
estudios y en el surf, su mayor válvula de escape. Además de las sesiones,
comienza un tratamiento con ansiolíticos.
En
unos meses, mejora bastante. Ya toma muy poca benzo. Trabajamos
las relaciones interpersonales, hace amigos, empieza a salir con una chica.
Está en ese proceso cuando llega la pandemia y se confina con su familia (tiene
una hermana mayor y otro pequeño). Mantiene una relación ambivalente con sus
padres y hermanos (“paso un poco de ellos”). Este cierto grado de aislamiento
con su entorno familiar y social se dispara en el confinamiento. No va a clase,
un espacio que le obligaba a relacionarse con otros. La distancia rompe la relación con la chica. Tiene que dejar el surf.
Sigue
con la terapia telemática pero desarrolla un cuadro ansioso-depresivo,
incrementando la sintomatología sobre todo depresiva. Para su franja de edad el
confinamiento supone un golpe durísimo, corta en seco toda sociabilidad en un
momento vital en el que resulta esencial, y saben que personalmente no les va a
afectar mucho el virus, lo que hace más duro el sacrificio. Los macrobotellones
actuales son una compensación a la prisión en la que se han visto obligados a
estar. Los pacientes jóvenes sienten que se les ha robado algo. En el caso de
I: la posibilidad de mejorar cuando empezaba a ver una salida.
Otros
pacientes de su edad hablan de problemas para encontrar trabajo o
independizarse y de la frustración frente a las expectativas generadas. En
generaciones anteriores, los padres educaban a los hijos para que se forjasen
un futuro. Ahora se les pide “que sean felices”, algo mucho más complicado. En
todo caso, I no piensa en el futuro, tampoco en el presente. La depresión se lo
impide.
Empeora.
No quiere salir de la habitación. Incluso desarrolla ideas autolíticas (“la
vida no tiene sentido, todo es una mierda, no valgo nada”,
repite) por lo que se incrementan puntualmente las sesiones a dos o incluso
tres semanales. Se recetan antidepresivos.
La
madre es más consciente del problema, el padre, más operativo, quita
importancia a lo emocional. Le tacha de “vago” o le pide que “espabile”. Se
realizan intervenciones familiares, con el beneplácito del paciente, para
explicar que el problema de I no es un capricho voluntario, si no un trastorno.
Que no haya un “motivo” concreto para estar deprimido no significa que sea
fácil salir. El paciente debe sentir apoyo e incondicionalidad. A veces basta
con que los padres estén y recuerden la temporalidad del trastorno, “no vas a
estar siempre mal”. Es importante, a pesar del trago, que eviten ponerse
nerviosos ellos. Tienen que entender que las ideas, incluso las suicidas, son
de la enfermedad, no de I. Pero también es necesario que estén vigilantes.
Con
la medicación, la terapia y la vuelta a la normalidad, I retoma el surf y el
contacto con los amigos. Mejora. Aún está un poco aislado y siente con envidia
cómo los demás mantienen con naturalidad relaciones que a él le cuesta crear,
pero está ya en otro momento. Sigue con el tratamiento farmacológico que ha de
mantenerse unos meses más allá de los síntomas, de forma preventiva. I sabe que
ha de mantenerse activo para poder estar bien. Valora sus propios recursos,
mejora su autoimagen. Es capaz de decir: “Soy alguien”.
Día 5: Ansiedad con somatización
Mujer, 38 años. Paciente de Elena Daprá, psicóloga
privada en Madrid.
O
trabaja de técnico superior, de 8 a 5, más horas extras. Tiene dos niños de 7 y
14 años, con extraescolares hasta las 5.30 y un marido, también técnico
superior, con un puesto más alto y más ingresos, por lo que la familia prioriza
su trabajo. Generalmente es ella quien ajusta su jornada para buscar a los
niños y cuidarlos por la tarde.
Llega
a consulta en diciembre de 2020. Entre sus síntomas: dolores de cabeza, tensión
muscular, fatiga, falta de deseo sexual, malestar estomacal… Se le cae mucho el
pelo y duerme mal. Su médico de cabecera le receta Lexatin. Emociones que
manifiesta durante la evaluación: inquietud, falta de motivación, incapacidad
para enfocarse en una tarea, irritabilidad y ataques de ira. Siente que está
“enfadada todo el tiempo” o que de pronto pasa a “una tristeza agobiante”. Ha
dejado de hacer ejercicio y de salir con las amigas. Pasa de tener un apetito
voraz a no comer nada. No fuma ni bebe, pero muchas otras pacientes con cuadros
parecidos han incrementado el consumo de alcohol y tabaco.
O
arrastra esta situación desde el confinamiento. Estar encerrada 24/7 con su
familia, mientras teletrabaja, le hace sentir que se levanta y acuesta “por la
noche”. Le preocupa la salud de sus padres y el estado emocional de sus hijos.
El miedo y la incertidumbre que siente en el pico de la pandemia no explotan
entonces, sino meses después. Llega diciendo: “Ahora que viene la Navidad y
estamos más relajados, que la gente vuelve a la normalidad, estoy peor y tengo
ganas de llorar a todas horas… Yo no soy así”.
El
primer punto a trabajar es explicar que está reaccionando a una situación
anormal y que dicha reacción sí forma parte de ella. Se establecen sesiones
semanales de 50 minutos (100 euros). Dados sus problemas para conciliar (“no
me da la vida”, repite) las sesiones son flexibles para no añadir
estrés y puede cambiarlas con 48 horas de antelación o realizarlas por Zoom. Se
insiste en la necesidad del autocuidado: la terapia es el primer espacio para
dedicarse a sí misma.
Llega
con el Lexatin comprado, pero como muchos pacientes medicados con psicofármacos
por primera vez alberga dudas: “Tengo demasiadas cosas que hacer para andar
atontada”, dice. Sabe que le pasa “algo”, pero “no como para medicarse”. A
pesar de que su cuerpo reacciona somatizando, no es consciente de su cuadro de
ansiedad: “Yo no necesito Lexatin, sino más horas en el día”. Se
le explica que ante una patología de ansiedad las neuronas aumentan su apertura
presináptica, por lo que pasan más impulsos nerviosos, la medicación las equilibra
para que se pueda trabajar a nivel cognitivo. Los ansiolíticos sirven para
momentos puntuales, se irán retirando mientras se crean herramientas
psicológicas. La medicación se mantiene tres meses.
Su
principal motivación para solucionar su ansiedad es cómo puede influir en sus
hijos o “cargarse” su relación de pareja. Como muchas mujeres, se sobreexige a
nivel familiar y laboral. Tiene distorsiones cognitivas sobre lo que demandan
de ella los demás.
Se
lleva a cabo una mezcla de terapia cognitivo conductual y humanista, incluidas
sesiones con fototerapia (en la que se usan imágenes para proyectar), una
sesión con el marido y una segunda fase de empoderamiento para mejorar la
autoestima. Se trabajan las ideas irracionales sobre lo que se espera de ella.
O empieza a delegar en su marido (que está de acuerdo con un reparto más
igualitario de tareas) y en sus hijos, a los que permite ser más autónomos. Se
revisa la alimentación sana y el ejercicio físico trastornados desde el
confinamiento. O sigue teletrabajando con jornada flexible, explica que cuando
va a la oficina rinde menos, pero empieza a disfrutar de relacionarse con su
equipo.
Tras
un año de tratamiento O ha superado su sintomatología. Las sesiones se han
espaciado cada 15 días, y podrían cesar. “Este es mi espacio, no quiero
dejarlo”, dice ella sin embargo.
Día 6: Anorexia nerviosa
Mujer, 18 años. Paciente del psiquiatra Luis Rojo,
jefe de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital La Fe
de Valencia.
Tímida,
perfeccionista y con ciertos rasgos obsesivos, N es ingresada en el verano
posterior al confinamiento por tercera vez por anorexia nerviosa. Dejó los
estudios como consecuencia de la patología que desarrolló hace varios años. A
la unidad de hospitalización llegan las pacientes que no responden al
tratamiento ambulatorio ni al hospital de día, un recurso operativo de 9 a 5,
donde hacen desayuno, comida y merienda. En la unidad hospitalaria, a tiempo
completo, el control de la alimentación es más estricto.
Aunque
N es recurrente, la lista de espera para los ingresos, de unas 25 personas
actualmente, se ha visto aumentada últimamente, sobre todo, con primeros casos.
El malestar generado por la pandemia fue un caldo de cultivo. Las condiciones
amenazantes de una situación que nunca habíamos vivido se tradujeron en estrés.
A ello se añadió la pérdida de vínculos sociales, la limitación del ocio y el
aumento de la ociosidad, la intensificación de la vida familiar, con sus pros y
sus contras, el estrés de los padres... Fue también una ocasión para pensar,
¿qué puedo hacer para no echarme a perder? Muchas personas empezaron a cuidar
lo que comían y a hacer ejercicio, lo que sirvió como vía de entrada a perder
peso para las chicas más vulnerables.
N
es mayor que la mayoría de los casos nuevos, donde hemos visto crías de hasta
nueve años. Algún caso se inició en redes sociales: un grupo de amigas queda
para adelgazar durante el confinamiento; una de ellas pierde el control y
desarrolla un trastorno alimenticio. Hay factores de vulnerabilidad individual
para entrar en cuadros obsesivos. En una situación con tanto descontrol, las
personalidades con rasgos perfeccionistas, inseguras, que creen no contar con
recursos para resolver incidencias, ven una salida compensatoria en el control
de la propia ingesta: es un mecanismo de compensación. No comen para sentirse
mejor. Les calma y les motiva, aunque luego les absorba y se queden pilladas
emocional y biológicamente.
El
ingreso de N dura solo 20 días. Como muchas pacientes recurrentes, repite que “se
le ha vuelto a ir el control de las manos”. El ingreso
anterior había sido de cuatro meses, un plazo más habitual. No es recomendable
acelerar la recuperación de alguien que ingresa con un índice de masa corporal
de 14 o 12, o hasta de 11 o 10 (un IMC normal va de 18,5 a 26,9), ya que la
realimentación puede causar problemas. Al principio ganan peso rápido, llegan
vacías, pero a partir de ahí la recuperación es lenta, lo cual ayuda a contener
la fobia a engordar.
Los
ingresos como el de N fueron más duros durante el confinamiento. No se podían
recibir visitas, ni hacer salidas, ni volver a casa el fin de semana, grandes
motivadores para estas chicas ya que el ingreso es una pérdida de autonomía.
En
el ingreso, el control de la alimentación (y a veces los suplementos
nutricionales) es importante pero no es lo único. Se establece una relación
emocional y psicoterapéutica con la paciente. La alimentación está ahí, pero no
es de lo que más se habla durante las sesiones, dos o tres veces por semana. A
veces no es fácil comunicarse, ni que reconozcan que están enfermas. “Me llamo
P, tengo 11 años y no tengo nada más que decirte”, arrancó una paciente en una
sesión reciente. No dijo nada más en la hora que siguió. Las pacientes también
tienen sesiones con las psicólogas, que se ven a su vez con las familias. Ahora
son online, algo muy útil que hemos descubierto con la pandemia y
que evita traslados continuos a la unidad. La terapia de grupo también
funciona; el tratamiento farmacológico se usa cuando se necesita, sobre todo
cuando hay clínica depresiva presente o síntomas psicóticos, para reducir la
sensación de que las miran por la calle o por redes sociales.
N
fue dada de alta y no ha tenido más ingresos. La evolución de esta enfermedad
no es mala, un 30% recae, un 70% no: pueden seguir sintiendo malestar, pero sin
que interfiera en su vida. No hay que demonizar la anorexia. Aun así la lista
de espera ha aumentado y, tras la pandemia, cuesta más aligerarla.
Día 7: Matrimonio en crisis
Mujer y varón. 44 y 48 años. Pacientes de Sacramento
Barba, terapeuta de pareja y mediadora de la Fundación Atyme en Madrid.
R
y A estuvieron cinco años de novios y cuatro conviviendo antes de casarse. Sin
problemas económicos, tienen un niño de 11 y una niña de 9. Ella es enfermera
en un centro de salud, él es consultor. Como muchas parejas, durante el
confinamiento viven una especie de paréntesis en el que ponen todas sus
energías en estar bien. Pasado un tiempo, los problemas que arrastran de antes
de la pandemia afloran con más intensidad asociados con una idea: “¿Qué estoy
haciendo con mi vida?”. Recuerda al replanteamiento vital que se da tras una
enfermedad grave o la muerte de un ser querido. R explicita en una sesión:
“Estaba viendo pasar mi vida, no viviéndola, cada vez somos más distintos,
no podemos seguir así”. El amor mueve montañas, pero ante una situación grave,
si una pareja no tiene los recursos, hace agua.
En
el caso de R y A, como en el de tantas parejas, el primer cambio importante fue
la llegada de los hijos. Antes se dedicaban a viajar, hacían cosas juntos.
Después, él trabaja muchas horas, ella solo por las mañanas, empieza a sentirse
sobrecargada por los cuidados y empieza a reprochar que no pasan tiempo en
familia. Durante el confinamiento, por su trabajo, ella se mete en sí misma,
apática. “No la reconozco”, repite él en las sesiones. Así llegan
al verano de 2020, las primeras vacaciones tras la pandemia. Ambos tienen altas
expectativas. Normalmente, es ella quien organiza, pero ahora no tiene ganas y
le reprocha a él que no tome la iniciativa. “Con el año que hemos pasado”.
Durante las vacaciones, tienen una gran crisis, y dejan de hablarse por no
discutir frente a los niños. Él está perplejo: “Cuando ya había pasado lo peor,
tuvimos uno de los peores veranos en familia”. Pasan los meses y las relaciones
sexuales se paran. A ella no le apetece, no se siente cuidada. Él se siente
rechazado. O discuten o mantienen un silencio que ella siente como castigador.
En
abril de 2021 comienzan las sesiones semanales de hora y media (100 euros). Se
trabaja una comunicación libre de reproches, la exposición de los propios
sentimientos y el principio de reciprocidad: los sentimientos de uno están
relacionados con los del otro. También que la espiral de reproches y silencios
solo lleva a más de lo mismo, es un mensaje de socorro y puede llevar a la
separación, que a veces es lo adecuado.
Siete
meses después R y A siguen juntos. Acuden a terapia cada 15 días, en breve
serán mensuales. Una vez al mes salen solos para reencontrarse. Cuentan que ya
se reconocen. Este verano lo han pasado mucho mejor.