sábado, 5 de marzo de 2022

La adicción a videojuegos entra en la lista de enfermedades mentales en vigor de la OMS


Redacción de La Vanguardia     |     Barcelona     |    13/02/2022
La OMS ha apuntado que los adictos a los videojuegos priorizan jugar sobre cualquier cosa y no lo pueden controlar.
Muchos jóvenes, en su mayoría adolescentes, juegan demasiadas horas a videojuegos. Sienten una necesidad imperiosa de sentarse durante horas con la videoconsola. Tantas que pueden acabar derivando en un problema. Ahora, la Organización Mundial de la Salud ya reconoce desde este viernes la adicción a los videojuegos como un desorden mental tras haberla dentro de su clasificación en vigor de enfermedades.
Este cambio se ha introducido en la undécima versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, que pasa a estar en vigor a nivel internacional para notificar las causas de muerte, pero también de enfermedad, incluidas las mentales. Entre los desórdenes mentales, la OMS ha considerado oportuno incluir oficialmente la adicción a los videojuegos, dentro de la categoría de "uso de sustancias o comportamientos adictivos", junto al trastorno por adicción a juegos de azar.
La OMS también ha empezado a reconocer el "uso peligroso de videojuegos" como uno de los factores que considera que influyen en el estado de salud, dentro de los usos peligrosos de sustancias, en la misma categoría que los juegos de azar pero también la falta de ejercicio físico o los hábitos de alimentación inapropiados.
Fornite y Fifa son algunos de los videojuegos que más enganchan
 
Una definición de adicción a los videojuegos pulida desde 2019
La nueva lista de enfermedades CIE–11 se confeccionó originalmente en la Asamblea Mundial de la Salud que se celebró en mayo de 2019 con la vista puesta a que los países miembros la empezaran a utilizar desde 2022. Entonces ya se incluía la adicción a videojuegos como una enfermedad mental. Desde entonces, los países que la adoptaron con anterioridad y los grupos científicos han recomendado nuevas modificaciones para perfeccionar la versión última que se publicó el pasado viernes. 
"La adicción a videojuegos se caracteriza por un patrón de comportamiento de juego persistente o recurrente — a juegos digitales o videojuegos —, que puede ser en línea — es decir, a través de Internet — o fuera de línea", explica la OMS en la nueva lista de enfermedades. Entre los rasgos que distinguen a las personas con este trastorno, se distinguen tres:
·        La falta de control sobre juego, tanto el momento en que se produce, la duración o el contexto
·        El aumento de la prioridad sobre el resto de actividades vitales
·        La continuación o intensificación del juego a pesar de las consecuencias negativas en la persona.
La adicción puede ser en una época concreta
 
La OMS ha explicado que el patrón de juego compulsivo "puede ser continuo o episódico y recurrente". Por lo tanto, se puede dar como resultado de angustia o deterioro en ámbitos importantes como el personal, familiar, social o educativo.

jueves, 3 de marzo de 2022

No soy bueno en nada, ¿qué hay detrás de esa idea?

VALERIA SABATER      |     La Mente es Maravillosa     |     07/02/2022 

A veces, tras la idea de que uno no es bueno para nada puede estar desde una educación autoritaria hasta la hiperexigencia. ¿Qué podemos hacer en estos casos? Analizamos una serie de claves que pueden ayudarnos.

“No soy bueno en nada, no importa lo que me proponga, al final siempre fracaso en todo”. Este tipo de autopercepción es como una sombra persistente que habita en el universo psicológico de muchas personas. Es la voz de la baja autoestima, el susurro que aniquila propósitos de vida, proyectos y hasta relaciones.

 

Lo cierto es que sería glorioso sentirnos siempre bien, estar seguros de nosotros mismos al 100 % y percibirnos competentes 24 h 7 días. Sin embargo, hay épocas así, momentos en los que dejamos de confiar en nuestras valías, virtudes y capacidades. ¿La causa? En realidad, hay muchos factores que orquestan en ese debilitamiento de la autoconfianza, desde experiencias pasadas hasta la hiperexigencia.

 

Todos hemos estado en ese territorio en algún momento. En esa esfera en la que nos sentimos más débiles y el suelo tiembla bajo nuestros pies. No nos atrevemos a avanzar porque tememos caer, fallar, hacer el ridículo y tomar el camino equivocado. Sabemos que vivir es asumir errores, pero en ocasiones etiquetamos un error como la muestra innegable de que no servimos para nada.

 

“¿Qué podemos hacer en estas situaciones? ¿Cómo demostrarnos que valemos para muchas más cosas de las que creemos? Debes mirar al mundo directamente a los ojos”. – Helen Keller.


No soy bueno en nada: ¿qué hay detrás de este pensamiento? 

Sentirse inútil, poco o nada hábil es una experiencia habitual en el ser humano. Lo es porque somos nuestros peores jueces y jurados, porque nos ponemos listones muy altos y nos han educado para ser perfectos, eficaces y talentosos. Asimismo, si uno echa una mirada a sus redes sociales lo único que apreciará con frecuencia es un universo absoluto de perfección.

 

Por ejemplo, es común que los adolescentes sientan de manera temprana que no son buenos en nada. Cuando aún están en proceso de aprendizaje y desarrollo,  algunos ya asumen que jamás serán tan competentes, atractivos y brillantes como esas celebridades que siguen en Instagram o TikTok. Vivimos en una sociedad en la que quien no sobresale en algo se autopercibe como un fracasado.

 

Este fenómeno se explica sobre todo por la comparación social que facilitan medios como las redes sociales. Así, trabajos de investigación como los realizados en la Universidad de California inciden en esto mismo. Medios como Facebook brindan escenarios accesibles y cercanos para observar y compararnos con infinidad de personas.

 

Esto puede tener un gran impacto para la autoestima en algunas personas, en especial los más jóvenes. Hasta el punto de distorsionar por completo la visión que tienen de sí mismos.

 

Muchos de nosotros nos focalizamos únicamente en nuestras debilidades, fallos y carencias. ¿La razón? Porque es más fácil descubrir lo que no tenemos al compararnos con los demás, que apreciar las virtudes y potencial que sí tenemos desde siempre.


Cuando sientes que no sobresales… ¿A qué se debe? 

La persona que no se percibe competente en nada refuerza una narrativa mental mediada por la baja autoestima. Eso lo sabemos. Sin embargo, ¿cuál es la raíz de la baja autoestima? Esa es la clave que debemos comprender y esos los factores que conviene tener en cuenta para comprender esta realidad psicológica tan común.

·        Ya hemos hablado de la primera causa: la comparación social. Nos hemos habituado a medir nuestras valías en función de lo que son, tienen y hacen los demás.

·        Otra causa es nuestra educación. El autoritarismo, la intolerancia al error o el deseo de algunos padres de tener niños perfectos y no felices inocula a menudo en algunas personas la sensación constante de fracaso. De no ser lo bastante buenos como esperan los demás.

·        A menudo, situamos la mirada en todos nuestros errores pasados sin apreciar nada más. Quedamos encallados en esa esfera fallida. Cada menosprecio del ayer, caída, puerta cerrada o rechazo puede hacer mella en nosotros. En lugar de procesar estas vivencias como oportunidades de aprendizaje, quedamos bloqueados por completo y con la autoestima dañada.

·        Asimismo, lidiar con algún trastorno psicológico como la depresión o la ansiedad alimenta los pensamientos negativos. También esa visión crítica y aniquilante sobre uno mismo.

·        Otro factor es el social y relacional. Hay personas que pueden proyectar en nosotros la idea de que no valemos para nada. A veces, una relación afectiva dañina puede destruir nuestro autoconcepto.

 

La hiperexigencia o la necesidad de ser perfectos o talentosos es otro factor que puede reforzar la idea equivocada de que uno no sirve para nada.

 

¿Cómo podemos desactivar la idea de que no tenemos ningún talento? 

La idea de que uno no es bueno en nada resulta aniquilante. Nos subestimamos porque no toleramos nuestros fallos. También porque habitamos en una sociedad que nos engaña, que nos hace creer que hay quien nace siendo perfecto y talentoso…

Cuando en realidad el talento se trabaja, cuando las valías no nos vienen dadas, sino que se labran mediante el esfuerzo, la autoconfianza y la autoestima. Por tanto, es momento de dejar de alimentar ese diálogo interno degradante.

 

Valemos mucho solo por estar aquí, solo por existir. Somos perfectos tal y como somos, y servimos para más cosas de las que pensamos.

 

Cómo recuperar la confianza en ti cuando crees que no eres bueno en nada

 

·        Evita la comparación social. Tú eres tú, los demás son los demás. 

·        Toma el control de tus pensamientos y tus autovaloraciones. Sustituye unas ideas por otras (“creo que no valgo para este trabajo” — “¿qué tal si lo intento a ver qué pasa?”).

·        Aprende de tus errores. Un fallo no es el fin del mundo. Es un paso atrás para tomar mayor impulso.

·        Replantéate alguna de tus relaciones. Tal vez haya alguien en tu vida que esté afectando a tu autoestima.

·        Haz una lista de todo aquello que se te da bien y de los logros de tu pasado. Esa persona también eres tú.

·        Entrena tu autocompasión. Eres alguien que merece tu respeto y aprecio. Es momento de hablarte mejor y de confiar en tus valías.

·        Decide cómo quieres sentirte contigo mismo y qué te gustaría lograr. Es hora de trabajar en ello.

Para concluir, si bien es cierto que es adecuado tomar conciencia de aquellas cosas en las que no somos buenos, evitemos llevar esta idea al extremo. Todos tenemos luces y sombras, todos somos falibles y extraordinarios a la vez. Somos mejores de lo que pensamos. 

martes, 1 de marzo de 2022

Síntomas del síndrome de las ventanas abiertas: qué es, causas y tratamiento de la enfermedad


Equipo de 20 Minutos       |       07/02/2022

El teletrabajo, con sus aspectos positivos y negativos, se ha consolidado con la pandemia del coronavirus y multitud de empresas priorizan ahora el trabajo a distancia que el presencial. Esta forma de trabajar tiene ventajas como el aumento de la confianza entre los equipos de trabajo, la reducción de costes, una mayor flexibilidad, autonomía, una mejor conciliación o mejoras en la productividad, entre otras.

 

No obstante, la multitarea al trabajar desde casa puede provocar una falsa sensación de productividad y derivar en riesgos, como ocurre con el conocido como "síndrome de las ventanas abiertas", que ha cobrado relevancia en estos últimos meses por la implantación del teletrabajo. 

 

¿Cuáles son los signos de alerta?

¿Qué es realmente este síndrome? ¿Cómo ser capaces de identificarlo? Se trata de un comportamiento que consiste en mantener decenas de ventanas en nuestro ordenador abiertas e ir saltando de una a otra. Este hábito provoca que pasemos de una tarea a otra sin centrarnos bien en ninguna. 

 

En este sentido, muchas personas creen que la productividad en el trabajo está relacionada con el número de ventanas abiertas en su dispositivo, como si esta multitarea fuera realmente positiva. "La multitarea nos hace ir más lentos e influye de forma negativa en la calidad y en la productividad", destaca Manel Fernández Jaria, profesor colaborador de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC.

Sin embargo, es un hábito más extendido de lo que pensamos. "Puede que nuestro ego reciba un impulso de autoestima, pero realmente somos mucho menos productivos", añade el profesor experto en trabajo saludable y psicosociología laboral.


Consejos para evitar el "síndrome de las ventanas abiertas"

El "síndrome de las ventanas abiertas" genera una sensación de estar siempre ocupados, pero esto "no significa que seamos más productivos ni nos acerca a nuestros objetivos", subraya al respecto. Además, al hacer demasiadas cosas a la vez, podemos pensar que estamos incrementando el rendimiento laboral y puede ser un impulso, pero "realmente somos menos productivos". 

Entonces, ¿cómo podemos hacer frente a este comportamiento y evitar que se produzca? La primera gran herramienta es la planificación del día, la semana o el mes. Asimismo, los expertos recomiendan trabajar en bloques, esto es, no mezclar tareas diferentes e ir paso a paso para evitar distracciones. 

Otro aspecto importante, además de definir las tareas diarias, es establecer un horario para no exceder en tu jornada laboral al trabajar desde casa. Por último, se recomienda fijar un plazo para la ejecución de estas tareas y objetivos, para comprobar también cómo evolucionan, y cultivar el trabajo en red con tu equipo.

domingo, 27 de febrero de 2022

Cómo detectar el agotamiento emocional y consejos para combatirlo

 

NANI F. CORES         |     20 minutos       |       07/02/2022       

·        Una persona con agotamiento emocional, a pesar de su cansancio físico acumulado, va a tener muchos problemas para conciliar el sueño por las noches.

·        Expertos recomiendan dedicar tiempo cada día a una actividad que nos ayude a relajar cuerpo y  mente. 

Son diversas las causas por las que el agotamiento emocional puede instalarse en nuestras vidas y acabar por desbordarnos como se desborda un vaso demasiado lleno de agua. En ocasiones una sobrecarga de trabajo, asumir demasiados conflictos o responsabilidades en el ámbito familiar y privado o ir encadenando situaciones que nos superan provocan este exagerado y poco saludable cansancio mental que también se traduce en una fatiga física intensa. 

¿Cuáles son las señales de alarma que pueden indicarnos que estamos viviendo una situación de agotamiento emocional? Los expertos hablan de una serie de síntomas muy frecuentes: 

Cansancio físico

La persona agotada mentalmente se siente fatigada con frecuencia y además nota que su cuerpo no le responde como antes. Esa falta de energía va in crescendo según avanza la jornada: se despierta cansada desde por mañana y llega a la noche completamente agotada.

Insomnio

Curiosamente una persona con agotamiento emocional, a pesar de su cansancio físico acumulado, va a tener muchos problemas para conciliar el sueño por las noches. Normalmente no pueden dejar de darle vueltas a los problemas, tareas pendientes, responsabilidades... y eso contribuye a que no pueda dormir lo suficiente. Por supuesto, es el pescado que se muerde la cola: a mayor insomnio, mayor cansancio físico al día siguiente. 

Irritabilidad 

Las personas que sufren de agotamiento emocional tienen, valga la redundancia, sus emociones a flor de piel. Saltan a la primera ante cualquier cosa que les moleste, no suelen soportar las críticas, lloran ante cualquier gesto de desaprobación, están de mal humor... La pérdida de control sobre uno mismo es notable. 

Falta de motivación 

Una persona agotada mentalmente es una persona sin ganas, entusiasmo o intereses en la vida. La palabra que mejor le define es apatía. Y si a esto sumamos frecuentes pensamientos negativos o faltos de ilusión dejamos la puerta abierta a una posible depresión. 

Fallos de memoria y concentración 

La sobredosis de actividades o responsabilidad pueden dar lugar a fallos en la memoria por una saturación. Hay además dificultades para pensar con claridad, confusiones frecuentes y ralentización para sacar las cosas adelante. 

Distanciamiento afectivo 

Hacia todos y todo. Emociones cada vez más planas, como si no sintiera nada.

¿Cómo podemos combatir el agotamiento emocional?

Sin duda el descanso es una de las principales armas para luchar contra el agotamiento emocional, sin embargo, los especialistas advierten que tomarse unos días de relax no sirve absolutamente de nada si no se instauran cambios a continuación y tomamos una actitud diferente respecto a nosotros mismos y a la forma en la que vivimos el día a día.

Algunas de las soluciones que podemos llevar a cabo son:

- Dedicar tiempo cada día a una actividad que nos ayude a relajar cuerpo y mente, a tomar conciencia de nosotros mismos y nuestras emociones. Algunas de las más recomendables son el mindfulness, el yoga, las técnicas de respiración y relajación, los ejercicios de relajación muscular o la meditación.

Benditas rutinas. Hacer ejercicio de forma regular, una alimentación equilibrada respetando las cinco comidas diarias y una correcta higiene del sueño también son básicas para mejorar el estado del cuerpo y de la mente.

Desconectar del mundanal ruido. Es fundamental buscar momentos para uno mismo, para distraerse y conectar con lo que que a cada cual le gusta. Quedar con amigos, realizar algún hobbie, viajar, visitar una exposición, cocinar... 

Establecer prioridades. Reconocer que somos humanos y que no podemos exigirnos rendir al máximo todo el tiempo. Hacer una lista de tareas pendientes, establecer las que sean prioritarias, dejar para días y semanas sucesivas las restantes y, sobre todo, no intentar abarcar varias cosas al mismo tiempo.

Marcar límites y delegar. Si tu forma de vivir hasta el momento te ha llevado al extremo del agotamiento es hora de soltar lastre y abandonar parte de lo que hacíamos o bien delegar tareas y responsabilidades en otras personas del entorno. 

Desahogarse. Es importante expresar las emociones de una manera terapéutica para facilitar la empatía de los demás. Amigos, familiares, un terapeuta o incluso un diario de sentimientos pueden ser de gran ayuda. Con el círculo más íntimo hay que intentar no caer en la espiral y no dedicar más de 15 o 20 minutos a hablar de los problemas. Deja que ellos compartan también sus vivencias y trata también acontecimientos positivos.

viernes, 25 de febrero de 2022

Parentificación: qué es, tipos y características de este problema familiar


NAHUM MONTAGUD RUBIO       |   Psicología y Mente     |     17/10/2021 

Veamos qué es la parentificación, una problemática inversión de roles entre padres e hijos.

Lo normal es que los niños sean cuidados por sus padres. Entre los roles propios de los padres encontramos ser el sostén emocional de sus hijos, trabajar, cocinar, hacer las tareas domésticas, variables en función de cuán mayor sea el hijo.

Es cierto que los niños y niñas deben aprender ciertas tareas del hogar y ayudar a sus padres, pero esto debe hacerse dentro de sus posibilidades y en función de lo que es esperable para su edad.

Sin embargo, hay casos de niños y padres que invierten por completo sus roles, haciendo que los hijos hagan de padres de sus propios padres, una dinámica familiar disfuncional que se la conoce como parentificación. Descubramos de qué se trata con más detalle.

Cuando los niños ejercen de padres

Lo normal es que los padres ejerzan de cuidadores y que sus hijos sean cuidados por ellos. Los padres se encargan de ser el sostén económico, emocional y educativo de su descendencia, dándoles de comer, llevándolos a la cama, sacándolos a pasear o abrazándolos cuando lo necesitan.

Si bien los niños y niñas pueden ayudar un poco a sus padres, responsabilizándose de algunas tareas, lo normal y sano es que se les dé la oportunidad de vivir la niñez sin demasiadas responsabilidades o, al menos, no más de las que se espera para su edad.

Sin embargo, pasa que en algunas familias ocurren situaciones y se dan las circunstancias que hacen que se dé un intercambio de roles entre padres e hijos. Los hijos se convierten en los padres de sus propios padres, llevando a cabo muchas o casi todas las tareas que se esperaría que hicieran sus padres para ellos. Los niños se ven inmersos en una situación en la que tienen que hacer de lo que no son, adultos, un fenómeno que les puede ir muy grande y, en consecuencia, marcar su infancia y dejar rastro cuando lleguen a la adultez.

Estos niños, de repente, se ven obligados a convertirse en niños muy obedientes, atentos, con un sentido de responsabilidad muy exigente para sí mismo y para los demás. Cuando más tienen que comportarse como adultos, mayor es la pérdida de su inocencia infantil. La niñez les es robada y, con mucha probabilidad, dará lugar a heridas emocionales que limitarán su desarrollo personal. Estos niños que actúan como padres son víctimas de lo que los psicólogos y psiquiatras infantiles llaman parentificación.

 

¿Qué es la parentificación?

El término “parentificación” fue acuñado por el psiquiatra húngaro-estadounidense Iván Böszörményi-Nagy, una prominente figura dentro de la terapia familiar. Este psiquiatra observó que este fenómeno era muy común en las familias disfuncionales, siendo un proceso inconsciente por el cual los hijos acaban convirtiéndose en los padres de sus padres, asumiendo un grado de responsabilidades mayor al que les corresponde para su edad y madurez.

Es definido como un mecanismo inconsciente porque se ve que está muy alimentado por una práctica muy común en la actualidad, práctica que de primeras puede parecer la propia de un buen estilo parental. En la actualidad, está socialmente aceptado tratar a los niños como si fueran pequeños adultos, en el sentido de que no se los infravalora tanto como en épocas anteriores, lo cual hace que los pequeños vean aumentada su influencia de forma espontánea y, dentro de unos niveles, educativa en tanto que se les puede otorgar un grado de responsabilidad mayor, un reto que les sirve para crecer.

Sin embargo, esta situación que en principio es más adulada que criticada, en caso de descontrolarse o que haya poca claridad entre cuáles son los roles de los hijos y cuáles los de los padres puede degenerar en una situación disfuncional, una absoluta inversión de roles propia de la parentificación. En esta situación, los más pequeños se encargan de satisfacer las necesidades físicas o emocionales de sus padres, y cuidar del resto de sus hermanos.

La parentificación puede ser todavía más grave en caso de que los padres padezcan algún trastorno mental, especialmente trastornos de la personalidad como el narcisista, el dependiente o el límite, y del estado anímico como la depresión y los de ansiedad. El trastorno que padece uno o ambos progenitores le imposibilita de ejercer sus funciones como padre, ya sea porque tiene una mentalidad infantiloide y de búsqueda de la atención (p. ej., trastorno narcisista) o porque la sintomatología le consume, dificultándose hacer las más básicas tareas (p. ej., depresión).

 

Tipos de parentificación

Si bien existen varias clasificaciones sobre los tipos de parentificación, una de las más extendidas es la que recoge las siguientes dos modalidades de este fenómeno:

1. Emocional

La parentificación emocional se da cuando los padres esperan que sus hijos les den confortamiento emocional, es decir, que los tranquilicen cuando estén alterados o que los protejan de las consecuencias emocionales derivadas de sus actos. De esta manera, convierten a sus hijos en su sostén emocional, pero haciendo que los más pequeños desempeñen un rol activo en su bienestar emocional, atendiendo a sus necesidades.

A pesar de ello, los padres que recurren a la parentificación emocional enmascaran esta situación tras la negación de la realidad de sus hijos junto con la justificación, irracional y distorsionada, de que lo hacen por su bien.

2. Física o instrumental

La parentificación física o instrumental es aquella situación en la que se espera que los niños se hagan cargo de las necesidades domésticas o económicas, como la preparación de la comida, el cuidado de otros hermanos o, incluso, trabajar, tareas todas ellas correspondientes a los padres y nunca a niños y niñas.

De entre los dos tipos de parentificación, se considera que la física o instrumental es la menos perjudicial, a excepción de la situación que se fuerza a los niños a trabajar porque sus padres no se ven capaces para ello. Por regla general es la emocional la más grave para el desarrollo del niño, puesto que le supone asumir un rol que le puede provocar gran estrés mientras que sus necesidades emocionales quedan descuidadas, puesto que no puede confiar en el adulto para que le dé sostén emocional. Las necesidades emocionales de sus padres toman excesivo protagonismo.

Consecuencias de este fenómeno

Aunque surja de forma inconsciente y, en muchos casos, de forma totalmente ingenua, la parentificación no deja de ser un fenómeno perturbador para la infancia de cualquier niño. Es considerada violencia y maltrato psicológico, como mínimo un tipo de negligencia parental. La parentalización durante la niñez implica un gran impacto en el desarrollo de la identidad y la personalidad del individuo, en las relaciones interpersonales y en las relaciones con los propios hijos durante la edad adulta.

Se ha visto que las personas que en su infancia fueron parentalizadas son más propensas a desarrollar el síndrome del impostor en la adultez. Esta condición psicológica se caracteriza por experimentar una profunda inseguridad personal, aun habiendo conseguido grandes logros y éxitos, atribuyendo lo bueno que le sucede no a su esfuerzo o saber hacer, sino a meros golpes de suerte, factores extrínsecos y ajenos a su control.

¿Tiene beneficios la parentificación?

Como hemos podido ver llegados hasta aquí, la parentificación deja un profundo efecto en la adultez de aquel que en su niñez fue víctima. Sus heridas emocionales son profundas, generándole inseguridades, miedos y la sensación de que nunca tuvo la oportunidad de ser un niño o niña realmente. Estas consecuencias emocionales no sólo afectan a los niños parentificados una vez son adultos, sino que también repercute en sus relaciones íntimas, su pareja e, incluso, en sus propios hijos.

Sin embargo, hay quienes sugieren que este fenómeno, que no olvidemos que es considerado maltrato psicológico y negligencia, podría tener algo de beneficioso en algunos casos. La inversión de roles padre-hijo podría resultar gratificante para las necesidades de seguridad del niño, siempre y cuando él o ella perciba la situación de tener que encargarse de más responsabilidades como una señal de reconocimiento y gratitud por parte de sus padres.

Hay quienes han sugerido que niveles más altos de parentificación emocional conllevan a niveles más altos de competencia interpersonal en algunos casos. Como los niños aprenden cosas que de normal se aprenderían más tarde para su edad, desarrollan cierta independencia, destrezas y capacidades sin tantos obstáculos por en medio, simplemente porque les ha tocado tener que hacerlo. Esto podría repercutir en su vida adulta de forma positiva, convirtiéndolos en individuos mejor preparados para la vida y menos temerosos de tener que desempeñar nuevas responsabilidades.

No obstante, a pesar de estas supuestas ventajas que podría traer consigo la parentificación, todo apunta que los beneficios son menores que los inconvenientes. Debemos entender que cada etapa de la vida tiene sus pautas de desarrollo y características, y en el caso de la parentificación estas no son respetadas. Los niños son niños, y deben hacer cosas de niños. Si su infancia no es debidamente respetada pueden acabar sufriendo alteraciones en el desarrollo físico, emocional, intelectual y social.

Lo que podemos extraer de todo esto es que la parentificación es un fenómeno más que nos recuerda la importancia de los vínculos entre padres e hijos, de cómo su desarrollo puede influir a lo largo de toda una vida. La parentificación es una situación propia de una familia disfuncional y, como tal, se requerirá terapia psicológica para que sea adecuadamente identificada y tratada. Debemos pensar en la salud y desarrollo mental de los niños, y asegurarnos de que siguen haciendo lo que se espera de ellos, cosas de niños

miércoles, 23 de febrero de 2022

¿Por qué puede ser tan difícil superar los sentimientos depresivos?


Dra. MARGARITA COROMINAS ROSO      |     Topdoctors     |     27/10/2021 

En las últimas décadas se ha avanzado mucho en el conocimiento de la neurociencia y de los procesos psicológicos asociados. Antonio Damasio, neurocientífico y neurólogo con gran experiencia clínica, ha estudiado y descrito extensamente el efecto de nuestros estados emocionales, que funcionan como un contexto interno en nuestra mente.  

¿Cómo afecta nuestro pasado en los estados emocionales presentes?

Los estados emocionales hacen un efecto como si fueran el agua del mar, haciendo emerger recuerdos y patrones de pensamiento que están asociados a momentos en que teníamos el mismo o similar estado de ánimo. Cuando por alguna razón, en el futuro regresamos a ese estado de ánimo, los pensamientos y recuerdos relacionados con cualquier cosa que ocurriese en nuestra mente o en nuestro mundo que nos hizo infelices, regresarán de forma muy automática, lo queramos o no. 

Por ejemplo, si durante la infancia o la adolescencia, un momento de nuestra vida en que no contábamos con los mismos recursos vitales de que disponemos de adultos, hemos experimentado sentimientos abrumadores de haber sido abandonados, insultados o maltratados, de que todo lo hacíamos mal y no servíamos para nada. 

Ahora sabemos que muchas de las personas que de adultas caen en la depresión han tenido este tipo de experiencias en el pasado. Éste es el motivo por el cual podemos llegar a reaccionar de forma tan negativa ante la infelicidad, porque no es simplemente una experiencia de tristeza, sino que está teñida por sentimientos muy intensos de incompetencia o de ineptitud que se han vuelto a despertar. 

¿Y cómo podemos salir de este estado depresivo o ansioso?

No existe una única salida. El tratamiento depende en gran medida de cuáles han sido las experiencias de la persona implicada y de cuáles son los sentimientos que la perturban.  Ser conscientes de nosotros mismos, de nuestro propio cuerpo y sus sensaciones, y prestar atención a las cosas tal como son en un momento determinado, sean como sean, y no como queremos que sean, son elementos cruciales del tratamiento. Lo es también una confianza realista en las posibilidades de nuestro cerebro. 

Si la neuroplasticidad nos permite aprender y, posteriormente, hundirnos en sentimientos depresivos, el mismo mecanismo nos permite recuperarnos y adquirir un sentimiento de sana positividad, realismo y felicidad.