viernes, 13 de mayo de 2022

Laura Rojas-Marcos: "La mayoría de las personas con las que convivimos son no elegidas, empezando por los hijos"


LAURA PERAITA      |     ABC     |     04/02/2022


La Doctora en Psicología Clínica y de la salud asegura que «cuando confiamos en nosotros mismos, en nuestros convivientes, se crean unos vínculos, una fuerza y una energía que permiten que podamos superarnos»
Laura Rojas-Marcos es Doctora en Psicología Clínica y de la Salud, licenciada en Psicología por la Universidad de Nueva York y elegida como una de las mujeres líderes más influyentes de España en 2015, 2017 y 2018. En su último libro 'Convivir y compartir' explica las claves para relacionarse saludablemente con los demás y con uno mismo.
 
El confinamiento ha dejado patente que la convivencia en familia es en ocasiones, mucho más complicada de lo que nos imaginábamos. ¿Por qué ha ocurrido esto si se supone que son los seres a los que más queremos?
 
Convivir no deja de ser un reto para todos. Durante el confinamiento nos hemos visto obligados a compartir un espacio, una energía, un estado de ánimo…
 
Y el ser humano es territorial. Nos gusta tener nuestro sitio, nuestra mantita en el sofá, nuestro propio espacio. Al convivir, pueden chocar esas energías, y no siempre nos levantamos con el mismo pie o fuerza. A veces estamos más contentos que otros días. En la convivencia, una de las preguntas más importantes que nos debemos hacer es con quién convivimos, quiénes son nuestros compañeros: ¿son personas que hemos elegido, como la pareja o los amigos, o son no elegidas? Hay que tener en cuenta que la mayoría de las personas con las que convivimos son no elegidas, empezando por los hijos, la familia política, los compañeros de trabajo… Eso tiene un impacto en nuestro estado de ánimo, en el humor y en el arte de afrontar los momentos difíciles.
 
Sin embargo, a pesar de las discusiones familiares, las rupturas de pareja, etc., el distanciamiento y la falta de convivencia también ha generado un efecto contrario: que los echemos más de menos. ¿Es algo normal que la falta de convivencia nos haga valorar más a las personas?
 
Por supuesto, solemos echar de menos a aquellas personas con las que tenemos un vínculo de apego positivo, de afecto. Pero, ¿qué sucede cuando en estos momentos de pandemia nos hemos visto forzados, incluso, a convivir y compartir tiempo con personas que, en su mayoría, no son elegidos? Pues que se mezclan emociones como el miedo, la inseguridad, la incertidumbre... Al convivir en familia —independientemente de que nos podamos querer más o menos, o de que a veces hay situaciones de desamor, rivalidades, competitividad, envidia... que forman parte de las relaciones humanas— está, por un lado, esa expectativa de protección y seguridad, de sentido de pertenencia de que formamos parte de algo y que nos vamos a ayudar, pero también nos podemos sacar de quicio, perdiendo los nervios, las formas... Mantener ese equilibrio es un reto para todos.
 
Por tu experiencia, ¿qué es más complicado: la convivencia con la pareja o con los hijos?
 
Son tipos de convivencia muy distintos. Con la pareja hay desafíos que tienen que ver con compartir tareas, responsabilidades, situaciones económicas, el cuidado de los hijos, a los propios padres... La atención a los hijos es distinta porque no deja de ser una relación desigual y cuanto más pequeños más dedicación. Me he encontrado mucho en estos últimos dos años con una gran preocupación respecto a su educación. El sistema educativo y laboral ha cambiado y requiere una capacidad muy grande de adaptación y, para muchas personas, supone un sufrimiento. Necesitamos el apoyo de nuestra familia y compañeros, pero a la vez hay una parte de la sociedad que vive estas situaciones en soledad. Lo vemos con frecuencia en la gente joven que se pregunta qué va a ser de mí y de mi futuro. En la convivencia es importante que nos ayudemos mutuamente al sentir esas emociones de incertidumbre, miedo... No solo debemos saber calmarnos a nosotros, sino también a los más pequeños y a nuestros mayores, que tienen un papel tan importante.
 
Cuando estudié las claves de la convivencia quise concretar diez para poner las cosas más fáciles. Por mencionar algunas, destacaría la confianza. Cuando confiamos en nosotros mismos, en nuestros convivientes, se crean unos vínculos, una fuerza y una energía que permiten que podamos superarnos. Sin la confianza de los que tenemos a nuestro lado, de las personas que nos ayudan y apoyan, no se puede construir nada. A partir de esa confianza podemos contribuir, colaborar, cuidar al otro y compartir no solo nuestras emociones, sino también nuestros recursos, no solo los económicos, sino los conocimientos. Es bonito cuando uno se enriquece de otro y ayuda a los demás para que se nutran.
 
También es muy importante el respeto. En cualquier convivencia, sin respeto hay poco que hacer. En el respeto está la generosidad y el principio de reciprocidad. Eso es el arte de dar y recibir. Sin embargo, hay personas que son maravillosas a la hora de dar, pero tienen dificultad para recibir porque, al hacerlo, se sienten mal, incómodas, culpables. Hay que dejarse querer, cuidar y recibir de los demás. No hay que olvidar que hay otras personas que se sienten bien consigo mismas cuando ven que son capaces de dar y cuidar a los demás. La reciprocidad de dar y recibir no deja de ser el pegamento que une y suma... Y qué importante es algo como el autocuidado. Quizá como terapeuta, uno de mis objetivos no es solo ayudar a otros para que aprendan, disfruten y se sientan bien cuidándose a sí mismos, sino saber diferenciar qué significa cuidarse, porque eso no es ser egoísta. Es un error pensar que si yo me ocupo de mí es algo malo y egoísta. Si aprendo a cuidarme bien sabré cuidar a otros. Eso implica saber poner límites, ser asertivo, decir que no. Respetarse a uno mismo es tener la capacidad de comunicar qué es lo que se quiere, necesitas... No es fácil porque nuestra sociedad se centra más en el cuidado de puertas para afuera y tenemos sentimientos encontrados en cuanto al cuidado interno, al cómo me cuido yo, cómo me siento cuando le digo no a alguien y cuáles son mis porqués.
 
Convivir con uno mismo puede resultar muy complicado porque podemos llegar a ser nuestro principal enemigo. ¿Qué hay que hacer para llevarse bien con uno mismo y con los demás?
 
Uno de los pilares básicos es conocerse a uno mismo, dedicarse tiempo. No quiero decir que el mundo gire en torno a uno, no queremos eso; pero sí queremos aprender a escucharnos, a ser sinceros y saber qué es importante para uno mismo. A veces caemos en estas tiranías de lo que consideramos que yo debería hacer, conseguir, y de lo que esperan los demás de mí. Eso es hablar de expectativas, y está claro que todos las tenemos respecto a nosotros y a otros, y unas veces se cumplen y otras no y, por eso, aparece la decepción y la desilusión. Como terapeuta trabajo a veces con personas que están en un pozo de autorechazo y con esos pensamientos hay que tener muchísimo cuidado porque es una de las fuentes de mayor autodestrucción de la autoestima, del amor, de la serenidad y paz. Además, desemboca en la dificultad para construir buenas relaciones con otros. ¿Qué tenemos que hacer para cuidarnos? Escucharnos, dedicarnos tiempo, intentar pedir ayuda y saber relacionarnos bien con los demás. Eso es aprender a desarrollar nuestras capacidades, construir buenas relaciones con los demás y con nosotros mismos.
 
Cuando esas personas que entran en esa situación de depresión no quieren relacionarse con los demás, ¿qué pueden hacer los familiares para socorrerles?
 
Partiendo de que la depresión es un trastorno y enfermedad, hay que distinguir que existen básicamente dos tipos: la endógena, producida por factores internos químicos que hacen que bajen los niveles de serotonina, y la exógena, que surge por experiencias como el fallecimiento de personas queridas, pérdida del trabajo... Cuando hablamos de depresión, una de las sintomatologías es que se pierden las ganas de vivir, de conectar... la energía vital. Hay personas que lo asocian con la tristeza; otras dicen no estoy triste, pero me siento desconectado de mí y de mi energía vital. Todos podemos caer en una depresión independientemente de la vida saludable que llevemos porque las pérdidas están ahí. Decir a estas personas que no están haciendo lo suficiente es un grave error. Lo intento explicar a los familiares con un ejemplo muy claro porque nadie elige tener depresión y el sufrimiento que sienten es muy profundo. Decirle, por tanto, que tiene que reírse más es como decirle a alguien que tiene asma «no entiendo porque no respiras bien con todo el aire que hay». Es decir, no es que no quiera hacerlo, es que tiene un problema. Lo mismo les sucede a las personas con un estado de ánimo por los suelos.
 
En esa convivencia, otro de los grandes pilares es la empatía, tener capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender desde una compasión constructiva que despierte las ganas de acompañar y ayudar sin hacer un juicio de valor. Todos necesitamos ser escuchados y debemos poner de nuestra parte para acompañar a otros, aunque no compartamos las mismas ideas.
 
¿Por qué congeniamos mejor con unas personas que con otras?
 
Es un tema que tiene que ver con la química, con esas primeras impresiones. Cada uno nos fijamos en un aspecto diferente: en el físico, en la manera de hablar, de moverse, en el tono de voz, en la forma de vestir... Pero luego está esa sensación, que es algo que no se puede explicar, pero que sienta bien y ayuda a veces a disipar sentimientos de tristeza. Estamos aquí para conectar, para formar parte de algo más grande. En ocasiones tenemos cosas en común, cada uno tenemos nuestra fuente de conexión y energía. A la hora de compartir nuestros miedos e inseguridades también necesitamos saber que otros nos entienden y que no estamos solos en esa especie de pozo sin fondo. Necesitamos que alguien nos diga, 'te entiendo', 'a mí me ha pasado lo mismo'... ¡Qué buena sensación! A veces se conecta de tal manera que surge una emoción que se está investigando a nivel científico y que se llama 'kama muta', que aparece cuando se nos ponen los pelos de punta, como cuando escuchamos una pieza de música o celebramos un gran logro.

miércoles, 11 de mayo de 2022

¿Qué son las parasomnias?

 

Dra. ANA MILENA ISAZA NARVÁEZ     |      TopDoctors     |     20/08/2021
 
Las parasomnias son los trastornos de la conducta o comportamiento durante el sueño, dentro de esta categoría se encuentra:
 
a) El sueño con despertar confuso (el paciente se despierta muy desorientado, con pensamiento lento y con disminución de atención importante) que mejora de manera progresiva durante el día
 
b) Las pesadillas son despertares repentinos durante el periodo de sueño provocado por sueños terroríficos y prolongados que dejan recuerdos vivos y la persona al levantarse identifica que estaba dormido
 
c) Los terrores nocturnos son episodios de despertares bruscos que inician con un grito de angustia, con sensación de miedo y cambios en el cuerpo como taquicardia, sudoración y respiración rápida. Hay una sensación de angustia que perdura por un tiempo prolongado y se le dificulta tranquilizarse pese a los esfuerzos de las otras personas por tranquilizarla; regularmente esta situación no es recordada al día siguiente
 
d) El sonambulismo son episodios que implican levantarse de la cama y andar. Durante el proceso, la persona tiene mirada fija, perdida y no realiza contacto con las otras personas; al despertar no se recuerda el episodio
 
e) La parálisis del sueño aislada se produce al momento del despertar. La persona continúa sin tono muscular, lo que implica la sensación de no poderse mover y dura segundos o minutos, generando mucha Ansiedad
 
Movimientos anormales relacionados con el sueño
 
  • Síndrome de piernas inquietas. Es un trastorno del sueño caracterizado por una necesidad imperiosa e irresistible de mover las piernas, la sensación no siempre es dolor, pero sí es una incomodidad marcada o sensación de parestesias (hormigueo). Estos síntomas empeoran con el reposo y mejoran moviéndose. Cuando se presenta se debe descartar anemia ferropénica, insuficiencia renal crónica, Diabetes Mellitus o la enfermedad de Parkinson
  • Calambres nocturnos. Consisten en la contracción involuntaria, súbita, intensa y dolorosa de un músculo. Puede durar segundos u horas y es indispensable evaluar la función renal, los electrolitos y algunas enzimas propias del músculo
Otros trastornos del sueño  
Dentro de estos se encuentran la Fibromialgia, algunos síndromes epilépticos, algunos dolores de cabeza, reflujo gastroesofágico, angina de Prinzmetal y laringoespasmo nocturno.
 
Para poder realizar un manejo integral de esta situación es importante, antes de autoformularse, conseguir una cita con un especialista para identificar el tipo de patología que tiene el paciente y corregir la causa. Normalmente en la consulta se evalúan todas las enfermedades y se definen las herramientas terapéuticas las cuales pueden ir desde el cambio de hábitos (higiene del sueño) hasta el inicio de medicamentos halopáticos, homeopáticos o naturistas.
 
No es recomendable iniciar manejo medicamentoso de ningún tipo porque muchos de los medicamentos, así sean naturistas, pueden empeorar el cuadro clínico, reaccionar con otros medicamentos que se pueda estar tomando o generar toxicidad al ser metabolizados en el hígado o riñón.
 
Si usted presenta alguna alteración del sueño, lo primero que debe hacer es tener una rutina para la hora de dormir. Acuéstese a la misma hora, coma 1 o 2 horas antes una comida ligera, no vea televisión o realice alguna actividad diferente a dormir en la cama, intente hablar sobre las situaciones que lo angustian al final del día (para que los pensamientos no permanezcan en su mente durante las horas de la noche).
 
También, utilice pijama, aísle el cuarto de la luz y de los ruidos, no realice actividad física o mental intensa 2 a 3 horas antes de la hora indicada para dormir, evite tomar siestas durante el día, levántese a la misma hora y si no logra conciliar el sueño 30 minutos después de acostarse levántese de la cama y realice una actividad tranquila que le pueda generar sueño; esto con el fin de preparar su cerebro para el momento del descanso.

lunes, 9 de mayo de 2022

"Hablar solo es muy sano" - Luis Rojas Marcos


ANA ABELENDA     |     La Voz de galicia     |     26/04/2022

 

El psiquiatra Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), que dirigió el sistema de hospitales públicos de Nueva York del 1995 al 2002 y vivió el 11S en primera línea, revela que su 25.º maratón le llevó nada menos que «cinco horas y seis minutos». «Lo hice corriendo y andando...».

 

Luis no es el chico que en el 68 cruzó el Atlántico con su título de médico bajo el brazo para descubrir en Nueva York el cielo abierto, ese lugar con luces y sombras, pero «donde las oportunidades te persiguen». Más de medio siglo después, no es exactamente el mismo, pero su optimismo ha mejorado. En esto ayuda, dice, el ejercicio físico, que empezó a hacer a los 49 años. «Fui de los que empezaron tarde, pero el ejercicio me ayudó tanto...», confiesa.

 ¿Pero necesitamos todos un terapeuta? «¿Todos? No, no el cien por cien, pero muchos sí. A mí, hacer terapia me ayudó muchísimo».

—¿Cómo te ayudó ir a terapia?

—Yo en los 70 iba tres veces a la semana, porque era obligatorio si querías ser terapeuta, y aprendí mucho. La terapia, eso de hablar y conocerte a ti mismo, es útil. Y es muy importante evitar ahondar, como decía, en el estigma de la enfermedad mental. Tener un problema mental no me convierte en Putin. No hay una enfermedad que yo conozca en la que el síntoma sea la maldad. Las personas que no sienten compasión no son enfermos. A los enfermos mentales se les ha culpado de todo; esto no es la realidad, y ha hecho daño.

—Hasta un 15 % de los menores de 30 años toman psicofármacos, según los últimos datos del CIS. ¿Por qué son tan vulnerables a la «pandemia de la salud mental»?

—En la adolescencia el futuro es muy importante, más que en otras etapas. Esta pandemia ha traído, además de millones de muertes, una gran barrera: la incertidumbre. Más de la mitad de las cosas que piensan o de las que hablan las personas tienen que ver con el futuro. La pandemia ha destruido ese sentido de futuro, y esto causa un estrés, una angustia, una ansiedad profunda, que afectan tanto a la salud física como a la mental.

—¿Es posible separarlas?

—Es muy difícil. El cuerpo y la mente van unidos, para bien y para mal. Está demostradísimo, por ejemplo, que el ejercicio físico regular es bueno para la mente. Esos ejercicios que se hacen para conectar el cuerpo con los sentimientos son muy útiles. El cuerpo y la mente no se pueden separar.

—¿El optimismo nos da años de vida?

—Sí, pero hay que definir qué es optimismo. En la cultura europea, se ve al optimista como alguien ingenuo. El optimismo, tal y como lo estudiamos en los últimos 50 años, no es esperar que las cosas mejoren solas, es hacer. Localizar el centro de control dentro de ti mismo a la hora de atacar un problema es un rasgo optimista. El primer rasgo de optimismo es: «Yo puedo hacer algo en esto», y el segundo, la esperanza. «Tengo la esperanza de conseguir mejorarlo».

—Pero esperanza, aunque sea muy en el fondo, la tenemos todos, ¿no?

—No se puede vivir sin esperanza. Un maestro decía que se puede vivir mes y medio sin comer, siete días sin beber, sin respirar unos seis minutos, pero sin esperanza nada. Pero yo quiero distinguir esta esperanza activa de esa otra que no depende de ti, la del «todo va a ir a mejor, pero no tengo que hacer nada».

—El azar es determinante...

—La suerte juega un papel importante, pero poner tu esperanza en la suerte solo está bien cuando vas a jugar a los dados, al casino. Ante un desastre, como puede ser esta pandemia, hay un grupito de personas, que pueden ser una tercera parte, que descubren en el proceso cualidades suyas que desconocían. Hay gente que descubrió en la pandemia que tiene más capacidad para programar su vida de lo que pensaba.

—(Mi hija se pone a llorar en el transcurso de esta entrevista, Rojas Marcos lo encaja con naturalidad)

—Esto es un ejemplo de un reto que nos ha puesto la pandemia. Hemos tenido que aprender a adaptarnos a gestionarlo todo en un mismo espacio...

—¿Y eso es bueno, hacerlo todo en un mismo espacio, no separar?

—Es bueno si te mantiene en contacto con tus hijos, tu marido, tu amigo, pero interfiere en ambas partes. Esa separación que es importante para los hijos con esto se complica.

 

—Al menos, algunos hemos podido pasar más tiempo con los hijos.

—Sí. Mi madre estaba en casa. Esa relación de convivencia entre madre e hijo puede ser muy positiva.

—¿Cómo pone una madre los límites con los hijos si teletrabaja?

—Una forma es explicárselo a ellos. Si son pequeños, se puede hacer a través de historias o con figuritas. «Está mamá, pero mamá tiene que hacer esto y no te puede atender ahora. Eso no quiere decir que no te quiera, pero tiene que hacer cosas para poder quererte más». La comunicación es útil, sobre todo si se hace desde el principio. Los niños entienden muy bien... si uno se lo explica en el momento en que escuchan.

—¿Estamos criando, como dicen, a la generación más blandita de la historia? ¿Necesitan más «mano dura»?

—¿«Mano dura» qué significa? ¿Castigo físico, rigidez, poner límites? Es importante saber qué queremos decir con «mano dura». Si es poner límites, está bien, es necesario. Pero, si con «mano dura» se refieren a lo que yo vivía de niño, la cosa cambia. Entonces, el niño que hacía una travesura se llevaba una paliza. El castigo físico no es útil, no vale para educar.

—¿Cómo se curan las grandes heridas?

—Sobre todo, hay que entender lo que pasó. Y luego lidiar con el trauma, aprender a tranquilizarse, concentrarse en cosas productivas y no enfocar de forma obsesiva la herida. El tiempo es importante también. Por ejemplo, en un duelo necesitamos nueve o diez meses para superar el duelo profundo. Recibir ayuda es importante y pasar página. El olvido nos ayuda.

—La relación con los demás es la fuente más frecuente de satisfacción y, a la vez, la más frecuente de conflicto e infelicidad, señalas. ¿Cómo nos marcan la infancia, nuestros padres?

—De manera esencial. El cerebro, en esos primeros 10 o 12 años de vida es muy sensible. Su tamaño se cuadriplica en 15 años. La relación con los padres es básica y va a afectar a todo lo demás. Por eso, es importante tratar de entenderla.

—¿Aún nos avergüenza la vulnerabilidad? ¿Sobre todo, a los hombres? Está mejor vista la fuerza, aunque solo sea fachada.

—Yo viví en esa cultura de que el hombre no debe demostrar sus sentimientos. «Un hombre llorando... ¡por favor!». Son imposiciones que van en contra de la esencia del ser humano. Pero eso está cambiando. Hay más comunicación, pero hay otras ansiedades. Me gusta ver los avances generales de la humanidad. Si uno mira la historia de la humanidad, los avances han sido increíbles. Para mí, el mayor avance de todos ha sido la esperanza de vida. ¡En los últimos cien años, se ha duplicado la esperanza de vida! España es el segundo o el tercer país del mundo en este aspecto. Y hay quien dirá: «Sí, sí, vivimos más, pero esta vida no hay quien la aguante»...

—¿Cómo te sientes hoy de feliz, mejor ahora que de adolescente?

—Es que yo hasta los 15 años lo pasé muy mal. Tenía un trastorno de atención y me suspendían en todo, lo cual caía fatal en mi casa. Me he enfrentado en la vida a pérdidas muy dolorosas, a divorcios, pero he tenido la suerte de superarlo. Me siento muy satisfecho con las oportunidades que me ha dado Nueva York, y ha sido por esos ángeles de carne y hueso que vieron en mí algo positivo.

—¿Del 0 al 10 qué nota le das a tu satisfacción con la vida? ¿Te has dado un 10 alguna vez?

—Un 10 nunca. Ahora me daría un 8,5. Si me lo preguntas cuando murió mi hijo, un 2. Si me preguntas por mi vida en general, y hay que verlo así, un 8,5.

—Veo en tu Twitter que hablarle al perro o gato es bueno...

—Sí, ¡son buenos terapeutas! Captan, escuchan. Mi madre le hablaba mucho a las plantas, y en una época en la que hablar solo era «de locos»...

—¿Qué pasa si hablamos solos?

—Hablar solo es muy sano, sobre todo si te hablas bien. Es una forma de escucharte, de terapia. Pero tenemos que tratarnos bien. Hablar es sano, la gente habladora vive una vida mejor.

—¿Ves mucho complejo de superioridad? ¿Tendemos a creernos el ombligo del mundo, mejores que otros?

—Los problemas que yo veo no son porque se creen los mejores del mundo... Yo veo más el «Es que no me puedo aguantar a mí mismo, no me gusto, tengo un carácter que no...». El que se cree el rey del mambo, mientras no haga daño a otros, me parece bien. Yo estoy más acostumbrado a los que no se sienten capaces, a los que piensan: «Cómo voy a salir yo de esto si soy un desastre, si yo no sé tratar a la gente».

—Quien se conoce bien ve sus limitaciones, ¿no?

—Sí, y está bien mientras uno se sienta bien con cómo es. Mientras seas comprensivo contigo, bien. Y, si no, hay posibilidades de cambiar...

—¿Realmente, podemos cambiar nuestra forma de ser y de ver las cosas?

—Sí, pero, recuerda, para empezar ponemos el control dentro de uno mismo. «Yo quiero cambiar, confío en que puedo cambiar para arreglar en mi vida ciertas cosas». Por ahí hay que empezar.

—A menudo, lo que queremos cambiar es a los demás, el pensamiento de los otros, sus reacciones, su forma de tratarnos... ¿No es algo que sucede mucho?

—Ah, el cambiar a los demás suele ser complicado, a no ser que los demás quieran cambiar, ¿verdad? El cambiar es como el viajar. Hay quien viaja porque desea conocer cosas nuevas, pero también está el miedo. Como psiquiatra, cuando alguien viene a verme durante años, le digo: «Yo no te puedo cambiar». Yo te puedo dar una pastilla, pero no te puedo cambiar. Yo te puedo ayudar con una guía, con unos pasos. Dime algo que quieres cambiar...

—Quiero ser más optimista, por ejemplo.

—Definamos qué es optimismo, veamos si confías en tus capacidades o no, en cuáles confías y en cuáles no. Igual un día podremos acceder al cerebro y cortar ese pedacito que hace que te importe demasiado lo que hacen o piensan los demás de ti. ¿Cambiar a otros? No. Podemos tratar de convencerles.

—A veces algo del otro te saca de quicio, pero en conjunto te gusta, ves que en conjunto es una relación satisfactoria.

—¿En conjunto? Esa es una visión muy razonable. «No me gusta esto, pero sí esto y lo otro». Es como la satisfacción con la vida; si buscamos una fórmula, tú pones en el numerador todo lo que tienes, lo que consideras positivo de tu vida, y en el denominador, todo lo que gustaría tener. Si tienes diez cosas positivas y quieres tener más de las diez que tienes, ¡ahí la satisfacción da trabajo! Pero estas son medidas simplistas, aunque al final es importante hacer una lista de todo lo que uno tiene.

—¿Hay una fórmula de la felicidad en pareja?

—Ah, es complicada, ¡porque son dos personas! Esta es otra profesión, la de psicoterapeuta de pareja, o de familia. Funciona muy bien esa terapia. En una época de mi vida, entré en el mundo de la terapia de pareja, y había mejoras impresionantes. ¡Y rápidas! Cuando me divorcié, debieron de poner un anuncio aquí de «Psiquiatra divorciado», ¡porque me llegaban una cantidad de pacientes con problemas con la esposa, el marido...! Puse otro sillón en mi consulta y había desde esas mejoras milagrosas en las que el hecho de venir los dos juntos, solo ese hecho, a verme mejoraba la situación. Cuando les decía a los dos de la pareja: «Sentaos, contadme», me decían: «Pues fíjese que, desde que hemos decidido venir a verle, nos llevamos mucho mejor. Y es la primera vez que venimos...». «Hemos pasado una semana desde que decidimos que vamos a venir a verle como pareja y en este tiempo ya nos llevamos mejor». En otros casos, es distinto, uno de los dos no quiere venir... Pero en medicina, y en general, ese primer paso es decisivo: lo que llamamos conciencia de enfermedad. Y luego la motivación para tratar la enfermedad. Si un paciente, del tipo que sea, sea diabetes o depresión, no tiene conciencia de enfermedad, si dice que no está enfermo, que no le pasa nada, ahí no puedes hacer nada.

—Pero no hay una fórmula de la satisfacción con la vida o de la felicidad en pareja...

—No. La fórmula es: «Si hay un problema, tienes que reconocerlo». Quizá no sepas cuál es el problema, pero sabes que hay un problema. Este es el primer paso. El segundo: ¿quieres buscar ayuda o no? Lo demás hay que hacerlo sobre la marcha.

—Dices que un mundo sin autoengaño sería insufrible. ¿Las ilusiones, en las dosis justas, hacen mucho bien? De ilusiones también se vive...

—El autoengaño, si lo utilizas en momentos difíciles en los que te sientes muy mal contigo mismo, en los que incluso te empiezas a odiar a ti mismo, es muy útil. Si el autoengaño se hace crónico y empieza a volverse en contra de uno mismo ya es otro tema. El autoengaño es una herramienta mental muy útil, los niños lo utilizan a menudo.

sábado, 7 de mayo de 2022

¿En qué miedo descubriste que eras valiente?

LAURA ROJAS-MARCO      |     Telva     |     28/03/2022

 

Tengo miedo, luego existo. El miedo, considerado la emoción salvavidas, es definida como la más intensa e inquietante que surge cuando percibimos un peligro real o imaginario. Es junto a las otras cinco emociones universales (la alegría, tristeza, ira, asco y sorpresa) la que más compartimos con el resto de la humanidad y la que más fácilmente identificamos en el reino animal.

¿POR QUÉ TENGO MIEDO?

Todos convivimos con algún miedo. Algunas personas compartimos temores comunes como el miedo al dolor, a la pérdida o a la muerte. Sin embargo, otros miedos son individuales, únicos e intransferibles y tienen un significado muy personal. No obstante, sean cuales sean nuestros temores, al final todos tienen en común que cada uno tiene un nombre, un origen, una historia y un porqué. Asimismo, tienen en común que surgen por los siguientes motivos: al recordar una experiencia del pasado, al anticipar un riesgo de amenaza en el futuro, o al sentir en el presente, aquí y ahora, un peligro inminente. Al final sean del tipo que sean todos surgen cuando se tambalea el pilar que sostiene nuestra seguridad física, emocional o mental, así como los cimientos que protegen nuestra dignidad e integridad.

EL MIEDO NECESARIO

Sentir miedo es sano y necesario, es un indicador de que la amígdala cerebral situada en el sistema límbico funciona correctamente. En cambio, cabe señalar que a pesar de que hay personas más miedosas que otras, algunas desconocen esta emoción. Por ejemplo, las personas que padecen de lioidoproteinosis o el síndrome de Juan sin miedo, basado en un personaje de uno de los cuentos infantiles de los hermanos Grimm, son incapaces de sentir miedo. Como resultado, no detectan el peligro lo que perjudica su seguridad. Por lo tanto, tener la capacidad de sentir miedo es esencial ya que de todas las emociones es la que mejor conectada está con nuestro instinto de supervivencia y conservación. Es decir, es la que tiene línea directa con todos nuestros sentidos, incluido con el de la intuición, el sexto sentido que nos susurra al oído sobre cualquier peligro visible o invisible, tangible o etéreo.

EL MIEDO SANO Y EL MIEDO INSANO

Quizá el miedo tiene dos caras. Por un lado, está el miedo sano y por el otro, el miedo insano. El sano es un gran amigo y aliado que tiene vista de lince, la fuerza de un elefante, la capacidad para trepar de un tigre y el vuelo de un halcón. Como un radar detecta las amenazas más sutiles y sigilosas para defender y proteger nuestro bienestar y vida. Por otro lado, tenemos el miedo insano, con un sistema de alerta dañado, que detecta peligros falsos o erróneamente para luego desencadenar una reacción de pánico o fóbica y nos paraliza. Es un miedo desmesurado que perjudica nuestra vida por tanto necesita ser corregido o tratado. En palabras de Martín Luther King "El temor normal nos protege; el temor anormal nos paraliza. El temor normal nos impulsa a mejorar nuestro bienestar individual y colectivo; el temor anormal no deja de emponzoñar y distorsionar nuestra vida íntima. El problema no consiste en deshacerse del miedo, sino en controlarlo y dominarlo."

A veces los miedos son claros y se pueden definir, pero otras veces crean confusión, especialmente cuando vienen acompañados de sentimientos encontrados que despiertan dudas en nuestra conciencia como: "¿qué es lo correcto y qué debo hacer, huir o luchar?" En ocasiones nos encontramos frente a un dilema entre lo que siento que quiero hacer y lo que creo que debo hacer. Quizás frente al miedo nuestra primera reacción es correr para ponernos a salvo, pero una vocecita en nuestro interior, la voz de la conciencia, nos lo impide; aquella donde reside el sentido de justicia, del deber y de responsabilidad. En estos casos no es fácil decidir qué hacer ya que dejarnos llevar por el miedo pone en juego nuestros principios y valores. Como resultado, podemos perder algo que después es difícil recuperar: el sueño, la buena conciencia y la paz interior.

¿QUÉ HACER CUANDO TENGO MIEDO?

¿Actuar o no actuar frente al miedo? es probablemente la pregunta más frecuente que nos hacemos frente a una amenaza. Decidir si reaccionar o no ante el temor tiene un impacto no sólo en nuestra conciencia sino sobre todo en cómo nos recordaremos en el futuro. Por lo tanto, a la hora de afrontar un miedo podemos preguntarnos ¿cómo quiero recordarme? ¿quiero recordarme valiente, confiado y sintiéndome orgulloso de tener el coraje de afrontarlo y cumplir con lo que considero justo y correcto? o ¿quiero recordarme atrapado en su tela de araña sintiéndome indefenso y temeroso? Mientras que en algunos casos es mejor evaluar la situación y pensárselo dos veces, en otros casos es mejor afrontarlos en vez de sucumbir a ellos. No olvidemos que esperar a que desaparezcan los miedos para poder actuar puede llevar una eternidad, por lo tanto, a veces es mejor afrontar el miedo con valentía y coraje; actuar a pesar del miedo. Como dijo Nelson Mandela"Aprendí que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. La persona valiente no es aquella que no siente miedo, sino la que conquista ese miedo".

HACER FRENTE AL MIEDO EN 5 PASOS

La valentía requiere encontrar un camino a través de la jungla del temor. Es tener el valor de mirar al miedo directamente a los ojos y no apartar la vista, es soportar la ansiedad que produce estar frente a él y de cerca. Es descubrir en nuestro mapa interior el lugar en el que nace el río llamado VALOR. Como dijo Miguel de Cervantes"El verdadero valor se encuentra entre la cobardía y la temeridad". Luego, ante la duda sobre cómo afrontar nuestros temores recomiendo seguir cinco pasos básicos:

  • primero, llamemos nuestro miedo por su nombre,
  • segundo, identifiquemos su origen, de dónde nos viene y cuál es el papel que tiene en nuestra vida; darle sentido y forma ayuda a conocer sus limitaciones,
  • tercero, desarrollemos un mapa emocional compuesto por nuestras fortalezas y estrategias de afrontamiento,
  • cuarto, pongámonos nuestra armadura protectora aquella que nos protege de los golpes y nos cubre las heridas,
  • y en quito y último lugar, pidamos apoyo a nuestras personas de confianza, aquellas que nos animan y ayudan a reconectar con nuestro "yo valiente", esa parte de nosotros que siempre nos acompaña cuando debemos afrontar las dificultades de la vida. 

Así que te pregunto querido lector ¿recuerdas en qué miedo descubriste que eras valiente? 

miércoles, 4 de mayo de 2022

Así afecta el "doomscrolling" a tu cerebro (y cómo ponerle remedio)


Redacción de Alma Corazón y Vida      |     18/03/2022
 
Consumir de manera compulsiva contenidos negativos y noticias malas antes de ir a dormir pasa factura: aquí van una serie de consejos para que no te suceda
 
Tras la llegada de la pandemia, también apareció en nuestras vidas un término asociado a una conducta negativa: consumir noticias malas de manera compulsiva: el 'doomscrolling'. En aquella época no recibíamos ningún mensaje tranquilizador sobre el coronavirus y, ya fuera porque sintiéramos la necesidad o por mero masoquismo, mirábamos la televisión y consultábamos el teléfono móvil con más ansiedad que de costumbre. Y, obviamente, eso no hizo ningún bien para nuestra salud mental.
Está comprobado que el 'doomscrolling' favorece la aparición de síntomas relacionados con la ansiedad y la depresión debido a su influencia en nuestro estado de ánimo y lo empáticos que somos con los mensajes que recibimos. Si solo recibimos noticias negativas y encima buceamos en ellas de forma compulsiva, el cóctel resultante puede imbuirnos en un estado de apatía, tristeza o paranoia, depende del caso y la persona.
¿Eres un adicto a 'doomscrolling'? El nuevo hábito aterrador provocado por el Covid-19

Empatizar excesivamente con todo lo malo que ocurre en el mundo (como por ejemplo ahora la invasión de Ucrania por parte de Rusia), no hace nada para que esas cosas desaparezcan, sino que nos vuelve más vulnerables a que nuestros pensamientos negativos afecten a nuestra salud mental y bienestar. Esto, si se cronifica, puede producir una disminución de la capacidad cognitiva a largo plazo, como una menor atención o problemas de memoria. Al fin y al cabo, consumir contenidos malos de forma reiterativa nos exige un esfuerzo y tiempo mental muy valioso que deberíamos estar aprovechando en otras cosas.
 
Y lo más importante: nos quita la perspectiva suficiente como para poder separar o relativizar todo lo malo que nos ocurre a nosotros o a los demás, dejando de lado asuntos que pueden ser más urgentes y que tienen una solución más fácil, en detrimento de aquellas preocupaciones que son inasumibles debido al alcance o porque sencillamente no podemos hacer nada por aliviarlas.
 
¿Usas demasiado el teléfono?
 
Por otro lado, aunque consumiéramos contenidos positivos de manera compulsiva, nuestra atención también se resentiría. Utilizar el móvil para lo que sea mientras estás haciendo otra cosa (especialmente una tarea que requiere de concentración) resta capacidad de memorización, lo que a largo plazo puede desencadenar un problema crónico de atención. Un estudio, por ejemplo, midió las consecuencias académicas de unos alumnos que estudiaron con y sin el móvil para un examen. Al final del experimento, aquellos que no se vieron interrumpidos por ningún mensaje experimentaron mejores niveles de concentración y agilidad mental (expresados en la rapidez con la que acabaron la prueba) que aquellos que revisaron constantemente su teléfono, que además sintieron una fuerte sensación de estrés.
 
Por ello, no es solo que el 'doomscrolling' nos dañe a nivel mental y emocional con contenidos negativos, es el propio uso del teléfono lo que también conduce a una peor capacidad de retención de conceptos y razonamiento mental. Y esto, evidentemente, puede afectarnos en todas las esferas de la vida: la personal, la laboral o la académica. Ahora bien, ¿qué hacer al respecto?
 
Lo más importante es dominar la situación, lo que pasa por tomar decisiones conscientes y no dejarse llevar. "Trata de programar algo que disfrutes hacer, te relaje o te desestrese, como leer un libro, ver una película, visitar a familiares o amigos...", aconseja un grupo de psicólogos desde 'Science Direct'. "Hacer ejercicio, aprender algo nuevo, como un idioma o tocar un instrumento musical... mejora tanto el estado de ánimo como la cognición.
 
Si por ejemplo todas las noches recorres de manera obsesiva el 'timeline' de tu red social favorita, reduce unos minutos de esta actividad para leer un libro. Eso estimulará tu cerebro para que descanse mejor y a la vez te proporcionará un sueño mucho más placentero y profundo, por lo que tu descanso mejorará. No pongas la excusa de que no tienes ganas, pues todo depende del libro que escojas según los temas que te interesen.
 
En caso de que creas que no puedes salir de ese círculo de noticias negativas por ti mismo, lo mejor que puedes hacer es acudir a la ayuda de un especialista. A lo mejor has adquirido un trastorno obsesivo conductual (TOC), aunque sea leve, al que necesites poner freno o remedio. "En un mundo globalizado y moderno con tantos flujos de información y estimulación, algunos buenos y otros malos, es esencial identificar tus objetivos", esgrimen desde la web anteriormente mencionada. "Por ello, es igualmente necesario desarrollar una estrategia para lograrlos y evitar distracciones”. Al final, lo básico para conseguirlo es tratar de mantenerte positivo y resistente, por tu bien y el de los demás".