jueves, 9 de abril de 2026

Dr. Richard Restak, neurólogo y neuropsiquiatra, sobre el deterioro cognitivo: “Recomiendo a mis pacientes que pasados los 65 años se abstengan total y permanentemente de beber alcohol”

 ÁLVARO PIQUERAS      |      menshealth.com      |      12/03/2026

El neurocientífico asegura que es recomendable cuidar los hábitos del estilo de vida para reforzar la función cerebral conforme envejecemos.

A todos nos pasa. Entramos en una estancia, pero no recordamos para qué hemos ido. O nos olvidamos del nombre de un viejo conocido cuando nos encontramos de nuevo con él. O no nos acordamos de datos e información a priori perfectamente interiorizada, como un número de teléfono, una dirección o la edad de un familiar. O de dónde hemos aparcado el coche cuando salimos de un centro comercial o de una tienda. Es normal, tranquilo.

Es probable que en determinadas situaciones simplemente no estemos lo suficientemente concentrados o que estemos preocupados por otras cosas y no prestemos la atención suficiente. La mayoría de nosotros tenemos lapsos de memoria, pero a partir de determinadas edades pueden ser señales de un incipiente deterioro cognitivo.

La mayoría de estas muestras de pérdida de memoria son pecados de falta de atención. Si estás en una fiesta y no estás prestando atención a alguien porque sigues pensando en algún asunto relacionado con el trabajo, de repente te das cuenta de que no recuerdas su nombre. Lo primero es guardar la información en la memoria, es decir, consolidarla, y luego ser capaz de recuperarla. Pero si nunca la has consolidado, no existe”, aseguraba el doctor Richard Restak, prestigioso neurocientífico y autor de más de 20 libros, en una entrevista concedida al medio The Guardian.

“Pero si olvidas dónde dejaste las llaves del coche y finalmente las encuentras dentro de la nevera, o la abres y está el periódico, eso es el primer síntoma de algo grave: eso va un poco más allá del olvido”, añade el expresidente de la Asociación Estadounidense de Neuropsiquiatría.

Cómo prevenir el deterioro cognitivo

Afortunadamente, no solo se puede mejorar la memoria con la práctica, como por ejemplo leyendo con regularidad, sino que cada vez parece más probable que algunos casos de Alzheimer y deterioro cognitivo se puedan prevenir apoyándose en un estilo de vida saludable. Y no solo potenciando aspectos como mantenerse activo, descansar adecuadamente, cuidar la vista y la audición o adherirse a una dieta saludable, sino también evitando ciertas sustancias.

“El alcohol es una neurotoxina muy, muy débil, no es bueno para las células nerviosas. Recomiendo encarecidamente a todos mis pacientes que, pasados los 65 años, se abstengan total y permanentemente de beber alcohol”, zanja el neurocientífico.

Nadie puede garantizar que alguien no vaya a padecer demencia. Yo lo comparo con conducir un coche: no se puede garantizar que no se vaya a tener un accidente, pero si se lleva el cinturón de seguridad, se controla la velocidad y se mantiene el coche en buen estado, se pueden reducir las posibilidades”, concluye el doctor Restak.

¿Qué dos hábitos combinados mejoran realmente la salud mental? Un estudio revela la fórmula

 SILVIA PARDO      |      infobae.com      |      04/02/2026

Los resultados muestran que no todas las actividades aportan el mismo beneficio, sino que la suma de determinadas prácticas es clave para potenciar el bienestar emocional

Se ha demostrado que el contacto con espacios verdes, como parques, jardines, plazas o bosques se vincula a mejoras concretas en la salud mental de personas que viven en ciudades. Incluso breves encuentros con la naturaleza, de menos de 15 minutos, ya producen efectos positivos en el bienestar psicológico. El bosque urbano se destaca por su efecto sobre la ansiedad y la depresión, mientras que otros entornos naturales aumentan la energía y la atención.

Un nuevo estudio confirma que frecuentar entornos naturales a lo largo del día, y hacerlo de forma activa, se asocia con mejoras sustanciales en la salud mental de los jóvenes. Así lo indica una investigación de la Université de Montréal (UdeM), encabezada por el posdoctorando Corentin Montiel bajo la supervisión de la profesora Isabelle Doré, de la Facultad de Kinesiología y Ciencias de la Actividad Física y de la Facultad de Salud Pública de la UdeM. El estudio adquiere particular relevancia frente al deterioro en el bienestar psicológico registrado en los jóvenes canadienses en la última década.

En el periodo comprendido entre 2011 y 2018, los índices de trastornos del ánimo y ansiedad aumentaron entre los jóvenes de 19 a 24 años. Este descenso en el bienestar se intensificó tras la irrupción de la pandemia: el porcentaje de personas de 15 a 29 años “muy satisfechas” con su vida disminuyó del 72% en 2018 al 26% en junio de 2020.

Ejercicios y espacios verdes, los resultados de la investigación

El trabajo, publicado en el Journal of Physical Activity and Health, se aparta de enfoques tradicionales que solo miden variables como la densidad de vegetación del barrio o la distancia al parque más cercano. En esta ocasión, los investigadores preguntaron directamente a 357 participantes del estudio MATCH, con una edad promedio de 21,9 años, por su percepción de la naturaleza tanto en su vida diaria como durante la actividad física y la calificaran, en una escala de 1 a 5.

Según expuso Isabelle Doré, la intención era indagar en el grado de consciencia de los jóvenes respecto a los elementos naturales de su entorno, especialmente cuando hacen ejercicio: “Queríamos saber si las personas son conscientes de la presencia de árboles y áreas verdes en su entorno”. “Por eso, nos centramos en las percepciones de los participantes sobre su entorno en la vida diaria en general y al hacer ejercicio en particular”.

Un hallazgo clave es que la exposición ocasional o limitada a la naturaleza en un solo contexto resulta insuficiente para lograr beneficios detectables en la salud mental. Solo quienes reportaron alta percepción de la naturaleza en ambos ámbitos —en la rutina diaria y al practicar ejercicio— evidenciaron ventajas significativas.

El 35 % de los participantes reportó poca exposición a la naturaleza en ambos entornos, mientras que el 25 % reportó una alta exposición en ambos. El segundo grupo obtuvo 7,4 puntos más en la escala de salud mental que el primero.

Otros participantes con exposición alta en solo uno de los contextos parecían beneficiarse al principio, pero ese efecto desapareció cuando los investigadores ajustaron los resultados conforme al estado de salud mental previo de cada persona. Así, solo quienes percibieron naturaleza intensamente en ambos ambientes mantuvieron una diferencia estadística positiva: 3,6 puntos por encima del resto.

Los resultados sugieren según Doré: “Parece que la percepción de la naturaleza debe combinarse en distintos escenarios para que tenga un impacto en la salud mental”.

La relación entre los entornos verdes y la actividad física se muestra bidireccional, según recoge el informe. Los espacios naturales no solo invitan a moverse más, sino que la propia actividad incrementa la tendencia a buscar y apreciar los entornos naturales.

En particular, realizar ejercicio en entornos que se perciben como naturales aporta un beneficio añadido: los espacios verdes tienden a orientar la atención de los jóvenes hacia estímulos externos —como el canto de los pájaros o el susurro de las hojas— en vez de hacia las sensaciones corporales, como el cansancio, lo que podría explicar parte de los efectos positivos observados.

Doré plantea que estos resultados pueden servir de base para nuevas políticas de salud pública centradas en la promoción de la actividad física y el bienestar mental entre jóvenes adultos. Actualmente, su equipo desarrolla el proyecto SeeNAT, que durante cuatro años analizará 36 tipos de actividad física —desde partidos de fútbol informales en parques urbanos hasta caminatas en zonas remotas— para identificar cuáles favorecen más el bienestar juvenil.

El proyecto SeeNAT combinará también datos geoespaciales con las percepciones subjetivas de los participantes, buscando detectar las discrepancias entre cómo experimentan su entorno y la realidad objetiva del mismo.