LAURA MIYARA | lavozdegalicia.es | 20/02/2026
A la eterna pregunta de si las personas podemos cambiar o no, tres psicólogos responden que, dependiendo de la motivación y del esfuerzo necesario, la posibilidad de lograrlo aumenta o disminuye
Nuestra personalidad es prácticamente inseparable de nuestra identidad. Aunque a menudo pensamos en nuestra personalidad como una serie de características y rasgos como, por ejemplo, ser sociable, alegre o ansioso, lo cierto es que es mucho más que eso. Se puede definir más bien como los cimientos sobre los que se construye todo nuestro sistema de conductas. Para que un elemento sea inherente a nuestra personalidad, debe mantenerse a lo largo del tiempo, en diferentes contextos y entornos, lo que no significa, sin embargo, que sea imposible de cambiar. De hecho, muchos individuos consiguen modificar los rasgos de su personalidad que van en detrimento de su bienestar.
Nuestras
características más individuales, aquellas que nos hacen ser quienes somos, no
comienzan a formarse sino hasta la etapa de la infancia en la que comenzamos a
entender que somos alguien separado de nuestros padres. «Cuando nacemos no
tenemos personalidad. Lo que tenemos son algunos rasgos a los que se les llama
carácter, que pueden ser irregular o regular, comunicativo o poco comunicativo
y activo o tranquilo», detalla en este sentido el psicólogo Tomás Navarro, autor del libro La senda
Kaizen, en el que aborda cómo transformar ciertos aspectos de
nosotros mismos para mejorar nuestra satisfacción vital.
A
partir, aproximadamente, de los tres años de edad, «empieza la crisis del
temperamento», explica Navarro, y es entonces cuando empezamos a aprender de
nuestros padres y otras figuras de referencia para formar nuestra personalidad.
Esta se termina de formar más adelante, en la adolescencia, «cuando rechazamos
el modelo de los padres y empezamos a buscar otros», un estadio de rebelión que
se puede manifestar con mayor o menor intensidad dependiendo del caso. «Si la
adolescencia es sana, es normal en esta etapa experimentar, hacerte el corte de
pelo de un músico que te gusta o vestir como el hermano mayor de tu amigo, que
te mola», describe el experto. Debido a las características del neurodesarrollo
propias de un sexo y otro, es frecuente que las chicas maduren su personalidad
más pronto.
En la
edad adulta, «la personalidad tiene que ver con la manera espontánea en la que
percibimos, sentimos, procesamos y reaccionamos ante las cosas que nos van
sucediendo. Es una estructura desde donde vivimos y vemos el mundo»,
explica José Serrano, psicólogo sanitario de Área Humana.
Aunque los rasgos se van configurando en gran medida a partir del entorno en el
que nos desarrollamos y los aprendizajes de la infancia y la juventud, el
consenso científico establece que la personalidad tiene también un componente
genético que se suma a estas influencias ambientales e interactúa con ellas
para darle forma al individuo que acabaremos siendo.
Como
explica el psicólogo Manuel
Castro Bouzas, de la sección de
Psicoloxía e Saúde del Colexio Oficial de la Psicoloxía de Galicia (COPG),
habitualmente, existen dos grandes maneras de definir la personalidad. «A máis utilizada
é a través de dimensións da personalidade. Por exemplo, a extroversión ou a
introversión, a estabilidade emocional, a apertura, a experiencia. Outra
maneira que se utiliza máis na clínica, é traballar con prototipos de
personalidade. Un prototipo sería un conxunto de conductas e actitudes que
aparecen asociadas de modo relativamente estable».
Uno de
los modelos psicológicos más respaldados a nivel científico es el conocido como «Big five»,
que divide la personalidad en cinco dimensiones: la apertura a experiencias, la
responsabilidad, la extroversión, la amabilidad y el neuroticismo. Cada una de
estas dimensiones incluye, a su vez, rasgos o características. Tomando como
ejemplo el neuroticismo, podemos ubicar dentro de esta dimensión rasgos como la
tendencia a la rumiación o la inestabilidad emocional.
Mientras
que algunas dimensiones se consideran congénitas, «por exemplo, a
estabilidade emocional», apunta
el experto del COPG, otras están moduladas más bien por la experiencia. Este
último es el caso de elementos como la introversión o la extraversión,
características estudiadas especialmente por el psiquiatra Carl Jung y que
hacen referencia al interés de un sujeto: si se centra más en objetos externos,
la persona es más extrovertida, pero si estos intereses se dedican a los
pensamientos y sentimientos propios, estamos ante un individuo introvertido. En
ambos casos, se trata de aspectos que pueden ser modulados a través de la
experiencia. De todos modos, aclara el experto, «todas as
dimensións que son máis aprendidas teñen un sustrato fisiolóxico que, de
certo xeito, limita ata que punto se pode chegar a modificar ou non».
Aunque no nacemos con personalidad, «sí con una tendencia mayor o menor a
ser activos o sociables», aclara Serrano. En las primeras etapas del desarrollo
es cuando estas tendencias entran en tensión con las interacciones que vamos
teniendo con nuestro ambiente y así es como se va gestando la manera de
funcionar que, con el tiempo, nos acaba resultando natural.
En el
extremo más problemático, existen las personalidades disfuncionales o patológicas. «As puntuacións
extremas nas dimensións de personalidade habitualmente poderían implicar unha
maior probabilidade de consecuencias negativas. Se unha persoa ten puntuacións
moi altas en inestabilidade emocional, terá unha maior facilidade para ter
medo, para sentir inseguridade, para reaccionar de modo esaxerado ante
situacións que poden ser estresantes, pero non para tanto», ilustra Castro.
La
idea de que la personalidad puede cambiar es más nueva de lo que podríamos
pensar. En el campo de la psicología, por lo menos hasta la década de los
ochenta, se consideraba que esta era fija, sobre todo a partir de los 30 años.
Pero en las tres últimas décadas, ha crecido un cuerpo de evidencia que matiza
estas ideas acerca de su rigidez. Diferentes investigaciones han hallado, por
ejemplo, que las personas tienden a volverse menos neuróticas, más
responsables y más amables a lo largo del tiempo. Estos cambios son el resultado tanto de una
maduración biológica del cerebro como de la acumulación de experiencias vitales
que transforman a los individuos: tener hijos, cuidar de los padres o adquirir
una mayor responsabilidad laboral, por ejemplo.
Con
todo, el cambio radical es difícil de conseguir a nivel estructural. «Más bien
diría que uno se flexibiliza y se
adapta. Normalmente, una de las
cosas que sabemos es que a cada uno le gusta su propia personalidad. A no ser que en algún momento determinado esta empiece a darle
problemas, es
difícil que la quiera modificar», matiza Serrano. Cuando algún suceso vital
lleva a un individuo a cuestionarse sus actos o su forma de ser, es posible
emprender el cambio. «A veces es el propio cuerpo, la salud física, la que se convierte en un indicador
de que hay que hacerlo», señala.
«La
personalidad no es una condena. Se puede modular bastante, siempre que la
persona sea consciente de que quiere hacer ese cambio», asegura en este sentido
Tomás Navarro. Ahora bien, algunos rasgos ya predisponen de antemano a un
individuo a hacer esos cambios efectivos. Es el caso de aquellos que son más
abiertos a las experiencias, quienes son humildes, curiosos por naturaleza o
aquellos a quienes les gusta aprender. «Ahí hay mucho margen de cambio»,
observa Navarro.
En
suma, modificar ciertos aspectos es posible e incluso deseable. En estudios
recientes, los expertos han hallado que esa paulatina transformación que se
produce a largo plazo se puede llevar a cabo de manera mucho más expeditiva a
través de intervenciones específicas diseñadas para aquellos que desean
cambiar. Algunas investigaciones hablan de modificaciones significativas en
cuestión de semanas o meses.
En
estos casos, la psicoterapia es una herramienta útil que,
partiendo de un aumento del autoconocimiento por parte de la persona, le
permitirá modelar algunos de los aspectos que considere que podrían mejorar su
bienestar. «Dar el primer paso de conocerte ayuda a saber cómo es tu
estructura, cómo funcionas. Hacer consciente todo esto ayuda a entender por qué
eres así y no de otra manera. En el momento en el que lo entiendes, lo puedes
cambiar», detalla Serrano.
Tras
ese primer paso, la terapia se puede centrar en una exposición progresiva al tipo de conductas que a uno le
gustaría tener. Así, si se intenta ser más organizado o más sociable, se hará
un esfuerzo consciente por modificar el comportamiento en ese sentido. «Al
final, la personalidad es como un acorde con diferentes notas musicales y
tenemos cierto margen para afinarlo», señala Navarro.
Podemos
pensar en el cambio como el resultado de una ecuación que es la suma de
esfuerzo y tiempo. Así, cuando el cambio requiere un esfuerzo considerable y
sostenido a lo largo del tiempo, puede verse obstaculizado. «Nosotros podemos
mantener el esfuerzo durante cierto tiempo. Si es un esfuerzo pequeño, es más
fácil mantenerlo, pero si es muy grande, es difícil», explica Navarro, lo que
en la práctica se traduce en que, si la transformación deseada es de grandes
proporciones, conviene subdividirla en cambios más pequeños e ir efectuando uno
por uno, asumiendo también que podremos toparnos con limitaciones. «Si soy
completamente desordenado, quizás no pueda llegar a ser perfectamente
ordenado», ilustra el psicólogo, pero sí es posible llegar a modificar este
rasgo lo suficiente como para notar una mejora en la calidad de vida.
En el
extremo contrario, el cambio puede ocurrir de manera involuntaria, con efectos
negativos que muchas veces no son percibidos por la persona hasta que se
manifiestan con síntomas de salud mental. En la edad adulta, aunque la
personalidad pueda estar relativamente estabilizada, una experiencia traumática puede modificar variables como el
nivel de introversión o el neuroticismo. En estos casos también, la
psicoterapia ofrece herramientas para superarlo.