LUCÍA CANCELA |
lavozdegalicia.es | 25/04/2026
Los expertos
reconocen que cada vez más se le da una mayor importancia y crecen las guías
que lo recomiendan
La recomendación y práctica de
ejercicio físico llama a la puerta de la psiquiatría y hoy ya le dejan entrar.
La incorporación de movimiento y naturaleza cuenta con respaldo en guías
clínicas internacionales, revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos
multicéntricos y modelos organizativos sanitarios. Pruebas y más pruebas del
poder que ha demostrado la actividad física, tanto que la Organización Mundial de la
Salud establece las mismas recomendaciones de ejercicio para
población sana como para la que tiene una enfermedad.
Llegar hasta aquí ha llevado sus años. «En consulta, siempre han
estado los consejos generales de andar lo máximo posible o subir escaleras,
pero ahora, entra una prescripción médica exacta de cómo realizar el ejercicio,
como un acto médico más», plantea la doctora Nagore Iriarte, psiquiatra de la Red de
Salud Mental de Álava de Osakidetza (Servicio Vasco de Salud), que impartió el
taller Estilo
de vida y salud mental, celebrado en el Curso Nacional de
Actualización en Psiquiatría de Vitoria.
Ahora,
cada vez queda más claro que siempre que sea posible el abordaje de trastornos
de la salud mental deben contar con movimiento. Una revisión sistemática de
la Colaboración Cochrane, publicada a comienzos del 2026, concluyó
que el ejercicio físico puede ser un tratamiento de eficacia moderada para
aliviar los síntomas de la depresión. El trabajo, que analizó 73
estudios con resultados de cerca de 5.000 pacientes, comparó el efecto del
ejercicio físico en el tratamiento mediante fármacos y psicoterapia. El
análisis indica que, frente a no recibir ningún tipo de tratamiento, la
práctica de ejercicio produjo una reducción moderada de los síntomas, con
resultados comparables a los que se observan habitualmente con
intervenciones psicológicas o la medicación. Al igual que ocurre con
otros abordajes, los beneficios más claros se obtuvieron cuando se
prescribió una dosis concreta de ejercicio, en lugar de recomendaciones
generales, y cuando la actividad fue de intensidad leve o moderada, en vez de
intensa.
En cuanto a los efectos adversos,
fueron poco habituales y de escasa relevancia, limitándose principalmente a
molestias leves o a un empeoramiento transitorio del estado de ánimo.
Ningún tipo de ejercicio destacó claramente como el más eficaz, aunque los programas
que combinaban varias modalidades y el entrenamiento de fuerza mostraron
resultados algo mejores que el ejercicio aeróbico por sí solo. Además, los
efectos a largo plazo siguen sin estar bien definidos, ya que pocos estudios
realizaron un seguimiento de los participantes tras finalizar el tratamiento.
Si bien estas conclusiones fueron prometedoras, los autores reconocieron que
hubo limitaciones: algunos estudios eran pequeños o las intervenciones (es
decir, la farmacología, la psicoterapia y el ejercicio) son muy distintas como
para poder comparar.
En el tratamiento de la ansiedad y depresión, dicen
los expertos, hay tres patas: «Los fármacos, la psicoterapia, ambos muy
desarrollados, y cambios en el estilo de vida, que creo que son nuestra
asignatura pendiente», apunta, Luis Gutiérrez, vocal de la Sociedad Española de
Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm), quien destaca la sinergia que se produce
entre las tres. «Si un paciente tiene una depresión que le lleva a estar
aislado y consigue ejercicio regular,
ya sea solo con vídeos de YouTube o en compañía, que es mucho mejor, consigue
un efecto antidepresivo que se potencia con las otras dos», añade.
Para la doctora Iriarte, poder
consultar las recomendaciones en más de una guía facilita su trabajo: «Nos
ayudan a individualizar el tratamiento e identificar a qué tipo de pacientes
debemos prescribir ejercicio físico, cómo hacerlo y en qué momento teniendo en
cuenta además otros muchos factores asociados, del mismo modo que hacemos con
los fármacos o las terapias psicoterapéuticas», reconoce la experta. Esto
resulta clave. Si bien con la prescripción farmacológica la psiquiatría lleva
años yendo de la mano, con el ejercicio físico todavía están en fase de
aprendizaje y formación como médicos. Eso sí, las cosas comienzan a estar más
claras. Según algunas guías, la recomendación de realizar ejercicio físico
aeróbico o de fuerza ya aparece antes que las intervenciones psicoterapéuticas
y psicofarmacológicas para los casos de trastorno depresivo leve-moderado. «Es
algo que debemos tener en cuenta. Seguramente, no como única estrategia, pero
sí como tratamiento de primera línea y coadyuvante a otro tipo de
intervenciones», precisa la psiquiatra.
Estas pautas recomiendan de 150 a 300 minutos
de ejercicio aeróbico moderado a la semana, o entre 75 y 150 del intenso,
combinado con dos sesiones destinadas al ejercicio de fuerza. Ahora bien, cuando
sea posible, se debe individualizar. «Hay que tener en cuenta su capacidad
cardiorrespiratoria, pero también necesidades o satisfacciones del paciente, o
si tiene una alteración física temporal», contempla.
Ambos profesionales consultados
son conscientes de que, si bien todos saben que el movimiento solo trae
beneficios, hay pacientes que no son capaces de hacerlo. «Si una persona está
muy deprimida y le dices que haga ejercicio, puede ser algo frustrante porque
le estás diciendo que haga algo que va en contra de lo que le pide la
enfermedad». Al final, puede provocarle mayores niveles de estrés. Por eso, en
ocasiones, es mejor esperar a que el tratamiento farmacológico haya surtido
algo de efecto para sugerir su incorporación. El momento de recomendarlo
dependerá del estado y situación personal de la persona.
¿Por qué el ejercicio es beneficioso?
Si se trata de unir el mecanismo
que une el ejercicio físico con los beneficios a nivel mental todavía no hay
una explicación clara. «Hay cosas que se nos escapan», insiste la especialista
vasca. Se piensa que una de las explicaciones puede explicarse por medio de la
inflamación. «Tiene que ver con factores neurotróficos derivados del cerebro,
el BDNF, al hacer una contracción segregamos diferentes citoquinas que llegan
al cerebro, y uno de estos factores neurotróficos es el BDNF y, cuando llega al
cerebro, puede aumentar el número de conexiones cerebrales y de neuronas». De
esta forma mejoran áreas como la memoria, la atención y los síntomas clínicos.
«Todo este eje hipotálamo-hipófisis adrenal es lo que tiene que ver con el
cortisol y también puede mejorar áreas relacionadas con la etiopatogenia de
trastornos como la depresión»,
añade.
El ejercicio actúa como
terapia por distintos factores. Según Gutiérrez, el primero de
ellos, su efecto antiinflamatorio: «Las interleuquinas, que son moléculas
proinflamatorias y prooxidantes disminuyen». En segundo lugar, tiene un efecto
antidepresivo, «porque libera sustancias como la serotonina, adrenalina o
dopamina». Tercero, el movimiento mejora la respuesta al estrés a través de la
reducción del cortisol; y cuarto, promueve la liberación del
BDNF, «que es un factor neurotrófico cerebral que hace que
las neuronas crezcan», resume el psiquiatra.
Así, el ejercicio físico puede ser, en palabras de la experta, una
de las intervenciones más potentes para estimular la plasticidad cerebral»,
destaca Iriarte. Eso sí, también influyen otros factores como el manejo del
sueño, la dieta o el mindfulness.
Beneficios que se suman a una buena fama creciente. Cada vez es
mayor el sector de la población que se percata de su beneficio. Gutiérrez
observa que la difusión que se hace en redes sociales lleva a que muchos
pacientes te lo demanden. «Si bien puede haber médicos que confíen y otros que
no, pienso que casi todos estamos de acuerdo en que esta pata de cambio del
estilo de vida es fundamental si queremos que los pacientes mejoren la
depresión».
La naturaleza y sus beneficios
En una línea paralela, la naturaleza cobra,
cada vez, más importancia. Es más, la relación existente entre espacios verdes
y salud mental se ha consolidado como un campo emergente de investigación. ¿En
qué sentido? Mikel Tous Espelosin, profesor e
investigador de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), detalló en el mismo
taller que su compañera, «que diversos estudios han mostrado que las personas
que viven en áreas más verdes experimentan menos quejas de salud y mejores
indicadores de salud mental y física en comparación con quienes residen en
entornos con menor disponibilidad de espacio naturales». La exposición
residencial a espacios verdes durante la infancia se asocia con un menor riesgo
de desarrollar trastornos psiquiátricos, «lo que apunta a un posible efecto
acumulativo del entorno natural sobre la salud mental a lo largo del ciclo
vital», señaló el especialista.
La lógica y puro sentido común lleva a afirmar que el contacto con
la naturaleza es positivo para la salud mental. Sin embargo, dice el doctor Gutiérrez,
todavía faltan estudios científicos para asegurarlo con la literatura
científica en la mano. Eso es cuestión de tiempo.
Sin embargo, no duda al decir que, pruebas o no, este tipo de
contacto es bueno. «Cuando uno sale a la naturaleza, ya sea la playa o la
montaña, se está moviendo. Le da el sol, con el consecuente beneficio de la vitamina D.
Lo suele hacer acompañado, lo que mejora la red social y la capacidad de
sentirse querido. Y, además, estar en la naturaleza reduce los hábitos que sí
que está demostrado que son malos», precisa el experto en referencia al uso del
móvil, a la vida sedentaria o al aislamiento.
Los beneficios varían en función de la cantidad de tiempo y
frecuencia de contacto con la naturaleza. Si bien no hay un consenso, «parece
ser que las intervenciones más eficaces se desarrollaron durante ocho a
doce semanas, con una dosis óptima entre 20 y 90 minutos por sesión». Y,
¿en qué se traducen las intervenciones basadas en la naturaleza? En ejercicio
físico verde, horticultura y en terapia basada en la naturaleza. En ella
intervienen distintos factores. Primero, que la actividad siempre se hace al
exterior. Segundo, que es grupal. Tercero, requiere creatividad. Y, cuarto, el
ejercicio físico en sí. Así, puede cerrarse el ciclo: hacer deporte en la
naturaleza puede tener beneficios adicionales tanto a niveles físicos, como la
reducción de la tensión arterial; mentales, por la disminución del estrés y la
ansiedad y, finalmente, sociales, siempre y cuando se compare con hacerlo en
interior.
La lógica y puro sentido común lleva a afirmar que el contacto con
la naturaleza es positivo para la salud mental. Sin embargo, dice el doctor
Gutiérrez, todavía faltan estudios científicos para asegurarlo con la
literatura científica en la mano. Eso es cuestión de tiempo.
Sin embargo, no duda al decir que, pruebas o no, este tipo de
contacto es bueno. «Cuando uno sale a la naturaleza, ya sea la playa o la
montaña, se está moviendo. Le da el sol, con el consecuente beneficio de la
vitamina D. Lo suele hacer acompañado, lo que mejora la red social y la
capacidad de sentirse querido. Y, además, estar en la naturaleza reduce los
hábitos que sí que está demostrado que son malos», precisa el experto en
referencia al uso del móvil, a la vida sedentaria o al aislamiento.