viernes, 8 de mayo de 2026

José Luis Marín, psiquiatra: “Muchos psicofármacos no curan, solo cronifican”

MARTA RODRÍGUEZ PELETEIRO      |     as.com      |      04/04/2026

 

El autor de ‘La salud mental no existe. La salud sí’ (GROU) advierte sobre el uso prolongado de medicamentos que ocultan problemas sin resolverlos.

 

El psicoterapeuta José Luis Marín critica el uso prolongado de psicofármacos en la sociedad contemporánea, subrayando que muchos de ellos no curan, sino que cronifican. “Hay millones de personas que llevan años, a veces décadas, tomando psicofármacos y siguen exactamente igual que cuando empezaron… Lo cual demuestra que no están curando nada. Están conteniendo síntomas, que es algo muy distinto”, explica en una entrevista con AS. Para el psiquiatra, estos medicamentos pueden ser útiles en momentos de crisis aguda, pero no abordan las causas subyacentes del malestar.

 

Marín puntualiza que el problema no es el fármaco en sí, sino la manera en que se utiliza. “El fármaco alivia, a veces de manera útil, a veces imprescindible en un momento agudo. Pero no toca lo que produce el malestar. No pregunta por la historia, no modifica las condiciones de vida, no restaura los vínculos rotos, no da sentido a lo que no lo tiene”, detalla. Cuando se mantiene indefinidamente, lo que se consigue es estabilizar al paciente químicamente, sin que realmente mejore, generando dependencia y cronificación del problema.

 

El psiquiatra propone un uso más responsable y temporal de los psicofármacos, como un apoyo transitorio y no como solución definitiva. “Hay momentos en que el sufrimiento es tan intenso que impide cualquier otra cosa… En esos momentos un fármaco puede dar un respiro necesario, puede crear las condiciones para que otras cosas sean posibles”, señala. El objetivo, aclara, es que la medicación sea un puente hacia otras intervenciones que realmente restauren bienestar y sentido en la vida de la persona.

 

Comprender el tratamiento

Además, Marín insiste en que los pacientes comprendan su tratamiento: “Siempre digo a los pacientes que no dejen ninguna medicación por su cuenta, que consulten con su médico antes de hacer cambios. Pero también que entiendan que el fármaco debería ser un medio para llegar a algún sitio, no el sitio mismo”. La reflexión apunta a que la medicina actual necesita replantear prioridades, centrándose más en la persona que en la pastilla. 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Qué sucede en el cerebro durante la procrastinación: por qué la mente busca retrasar tareas importantes

BAUTISTA SALAVERRI      |      infobae.com      |      12/04/2026

El hábito de aplazar pendientes no es únicamente la pereza, sino un intento de evadir la incomodidad emocional

La procrastinación es una conducta que consiste en retrasar tareas importantes, incluso cuando se es consciente de que esta postergación puede traer consecuencias negativas. Aunque tradicionalmente se ha considerado un problema de gestión del tiempo, investigaciones actuales apuntan a que sus raíces están más ligadas a la regulación emocional. Según la Cleveland Clinic, puede convertirse en un hábito, sobre todo cuando la persona espera estar en el “estado de ánimo adecuado” para iniciar una actividad.

Diferentes factores pueden contribuir, desde el temor al fracaso y el perfeccionismo hasta la simple sensación de estar abrumado. Esta tendencia puede afectar a cualquier persona y, cuando se vuelve crónica, puede impactar en la salud mental y emocional. La clínica estadounidense advierte que el ciclo de postergación refuerza sentimientos de culpa y baja autoestima, creando un círculo difícil de romper.

Cómo el cerebro genera la procrastinación

La procrastinación es un fenómeno cotidiano que va mucho más allá de la simple vagancia o una deficiente gestión del tiempo. El origen reside en el funcionamiento interno del cerebro, donde la regulación emocional y los mecanismos de supervivencia evolucionados juegan un papel fundamental. Expertos citados por National Geographic coinciden en que el aplazamiento de tareas importantes suele ser una respuesta a cómo el cerebro procesa el estrés y las amenazas, y no una muestra de falta de disciplina.

Referenciados por la revista, explican que es una forma de autosabotaje que puede manifestarse de manera ocasional o persistente. Este patrón consiste en pensamientos y sentimientos que socavan los objetivos a largo plazo, y suele estar impulsado por factores emocionales y psicológicos más que por una ausencia de motivación. Por ejemplo, este hábito implica estar dispuesto a realizar una tarea, pero verse bloqueado por emociones como el miedo, la ansiedad o la preocupación por el resultado, en contraste con la pereza, que implica una verdadera falta de voluntad para esforzarse.

De acuerdo con el análisis de Annemieke Apergis-Schoute, profesora consultada por The Conversation, está relacionada principalmente con la regulación emocional y la inflexibilidad cognitiva. Las personas no aplazan sus tareas porque carezcan de técnicas de planificación, sino porque su cerebro busca evitar estados internos difíciles. Frases recurrentes entre quienes procrastinan, como “me siento abrumado” o “no sé por dónde empezar”, demuestran que el problema radica en la gestión de la incomodidad y la incertidumbre.

Diversas investigaciones científicas coinciden en que tiene raíces profundas en la regulación emocional. Un estudio publicado en Frontiers in Psychology vincula la dificultad para gestionar emociones con una mayor tendencia a postergar tareas. Las personas con problemas en la regulación emocional suelen procrastinar más, utilizando la postergación para aliviar el malestar inmediato. Esta respuesta puede convertirse en un círculo vicioso que afecta el bienestar y la productividad. Por eso, comprender el trasfondo emocional resulta clave para abordar la procrastinación de manera efectiva.

 

Qué ocurre en el cerebro durante la procrastinación

Cuando una persona procrastina, en su cerebro se libra un conflicto entre dos sistemas fundamentales: el sistema límbico, encargado de las emociones y el placer inmediato, y la corteza prefrontal, responsable de la planificación, el autocontrol y la toma de decisiones racionales. Esta interacción explica por qué, en momentos de estrés o ante tareas percibidas como amenazantes o abrumadoras, se tiende a buscar alivio inmediato en actividades gratificantes, postergando aquello que resulta incómodo.

El sistema límbico y la corteza prefrontal protagonizan el conflicto cerebral detrás de la ando la toma de decisiones

Según los psicológos citados por National Geographicel sistema límbico actúa como motor emocional. Cuando una tarea desencadena miedo, ansiedad o inseguridad, la amígdala se activa. Esta activación impulsa a la persona a evitar la incomodidad mediante acciones como navegar por redes sociales o ver videos, buscando una recompensa instantánea. El placer derivado de estas actividades se debe a la liberación de dopamina, un neurotransmisor que refuerza la preferencia por la gratificación inmediata y contribuye a consolidar el hábito de postergar tareas.

Mientras tanto, la corteza prefrontal intenta contrarrestar estos impulsos. Esta región cerebral es la encargada de priorizar los objetivos a largo plazo y controlar los impulsos. Sin embargo, bajo estrés, su actividad puede verse reducida, dificultando el autocontrol y la capacidad de iniciar tareas desafiantes.

La ciencia del “descuento temporal” también interviene. Un estudio publicado en 2022 en PMC-NIH observó a través de una resonancia magnética que ante la posibilidad de una recompensa inmediata, el sistema límbico muestra mayor actividad, mientras que la corteza prefrontal se activa cuando se consideran beneficios a largo plazo.

Este desequilibrio entre ambas regiones cerebrales favorece la tendencia a elegir gratificaciones inmediatas, aun cuando implique postergar tareas importantes. Así, el cerebro prioriza actividades placenteras de corto plazo frente a obligaciones que requieren mayor planificación.

El mecanismo de respuesta al estrés, conocido como lucha o huida, se activa incluso ante amenazas modernas como fechas límite o críticas. Esta reacción automática, diseñada evolutivamente para protegernos de peligros físicos, puede llevar a la postergación, la evasión o la autocrítica cuando se activa ante desafíos cotidianos no letales.

La procrastinación surge de un tira y afloja entre los circuitos emocionales del sistema límbico y el control ejecutivo de la corteza prefrontal, que intenta mantener el enfoque en los objetivos a largo plazo. La dopamina y la respuesta al estrés refuerzan este desequilibrio, haciendo que el cerebro priorice la gratificación instantánea sobre la acción productiva.

Cómo combatir la procrastinación

Superar esta costumbre no se basa únicamente en incrementar la disciplina, sino en modificar la forma en la que el cerebro gestiona la incomodidad y la recompensa. Los expertos citados argumentan que el cambio durarero requiere entrenar la flexibilidad cognitiva, la autocompasión y la capacidad para enfrentar emociones difíciles.

Uno de los aspectos que enfatizan los psicólogos es la utilidad de la atención plena. Tomar conciencia de las propias reacciones internas ante el miedo al fracaso o la tendencia a postergar ayuda a reconocer que no es necesario actuar impulsivamente ante cada emoción incómoda.

Entender estos patrones permite romper el ciclo automático de evitación y autoprotección. La autocompasión también surge como una estrategia respaldada: en vez de responder con autocrítica, recomiendan cultivar el autoperdón, lo que implica aceptar errores sin quedarse estancado en ellos.

El apoyo profesional, como la terapia cognitivo-conductual, es frecuentemente recomendado. Este abordaje ayuda a identificar y modificar los pensamientos y conductas que interfieren con el bienestar y los objetivos personales. Según Heriot-Maitland y Pychyl, abordar los miedos subyacentes y los traumas pasados es esencial para reconfigurar los patrones de autosabotaje.

La procrastinación prolongada contribuye a sentimientos de culpa, baja autoestima y afecta negativamente la salud mental y la productividad personal (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una investigación describe a la flexibilidad cognitiva como la capacidad del cerebro para adaptarse a cambios en el entorno, modificando expectativas y estrategias cuando las circunstancias lo requieren. Esta habilidad es esencial para el aprendizaje, ya que permite que el cerebro procese nueva información y ajuste su comportamiento.

Una investigación de 2023 lo compara con condiciones como el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), donde existe dificultad para abandonar una predicción inicial, sobre todo en situaciones de incertidumbre o cuando existe temor a cometer errores. “Cuando el cerebro no puede actualizarse, se fija una idea preconcebida”, destaca Apergis-Schoute, autora de la revisión. Ejercicios que incluyan cambiar la perspectiva, desarrollar tolerancia a la incomodidad emocional y asociar tareas difíciles con recompensas inmediatas surgen como respuestas positivas.

lunes, 4 de mayo de 2026

El ejercicio entra a la consulta de psiquiatría: «Tiene un efecto sinérgico con los fármacos y la psicoterapia»

 LUCÍA CANCELA     |     lavozdegalicia.es     |     25/04/2026

Los expertos reconocen que cada vez más se le da una mayor importancia y crecen las guías que lo recomiendan

La recomendación y práctica de ejercicio físico llama a la puerta de la psiquiatría y hoy ya le dejan entrar. La incorporación de movimiento y naturaleza cuenta con respaldo en guías clínicas internacionales, revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos multicéntricos y modelos organizativos sanitarios. Pruebas y más pruebas del poder que ha demostrado la actividad física, tanto que la Organización Mundial de la Salud establece las mismas recomendaciones de ejercicio para población sana como para la que tiene una enfermedad. 

Llegar hasta aquí ha llevado sus años. «En consulta, siempre han estado los consejos generales de andar lo máximo posible o subir escaleras, pero ahora, entra una prescripción médica exacta de cómo realizar el ejercicio, como un acto médico más», plantea la doctora Nagore Iriarte, psiquiatra de la Red de Salud Mental de Álava de Osakidetza (Servicio Vasco de Salud), que impartió el taller Estilo de vida y salud mental, celebrado en el Curso Nacional de Actualización en Psiquiatría de Vitoria.

Ahora, cada vez queda más claro que siempre que sea posible el abordaje de trastornos de la salud mental deben contar con movimiento. Una revisión sistemática de la Colaboración Cochrane, publicada a comienzos del 2026, concluyó que el ejercicio físico puede ser un tratamiento de eficacia moderada para aliviar los síntomas de la depresión. El trabajo, que analizó 73 estudios con resultados de cerca de 5.000 pacientes, comparó el efecto del ejercicio físico en el tratamiento mediante fármacos y psicoterapia. El análisis indica que, frente a no recibir ningún tipo de tratamiento, la práctica de ejercicio produjo una reducción moderada de los síntomas, con resultados comparables a los que se observan habitualmente con intervenciones psicológicas o la medicación. Al igual que ocurre con otros abordajes, los beneficios más claros se obtuvieron cuando se prescribió una dosis concreta de ejercicio, en lugar de recomendaciones generales, y cuando la actividad fue de intensidad leve o moderada, en vez de intensa. 

             En cuanto a los efectos adversos, fueron poco habituales y de escasa relevancia, limitándose principalmente a molestias leves o a un empeoramiento transitorio del estado de ánimo. Ningún tipo de ejercicio destacó claramente como el más eficaz, aunque los programas que combinaban varias modalidades y el entrenamiento de fuerza mostraron resultados algo mejores que el ejercicio aeróbico por sí solo. Además, los efectos a largo plazo siguen sin estar bien definidos, ya que pocos estudios realizaron un seguimiento de los participantes tras finalizar el tratamiento. Si bien estas conclusiones fueron prometedoras, los autores reconocieron que hubo limitaciones: algunos estudios eran pequeños o las intervenciones (es decir, la farmacología, la psicoterapia y el ejercicio) son muy distintas como para poder comparar. 

             En el tratamiento de la ansiedad y depresión, dicen los expertos, hay tres patas: «Los fármacos, la psicoterapia, ambos muy desarrollados, y cambios en el estilo de vida, que creo que son nuestra asignatura pendiente», apunta, Luis Gutiérrez, vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm), quien destaca la sinergia que se produce entre las tres. «Si un paciente tiene una depresión que le lleva a estar aislado y consigue ejercicio regular, ya sea solo con vídeos de YouTube o en compañía, que es mucho mejor, consigue un efecto antidepresivo que se potencia con las otras dos», añade.

            Para la doctora Iriarte, poder consultar las recomendaciones en más de una guía facilita su trabajo: «Nos ayudan a individualizar el tratamiento e identificar a qué tipo de pacientes debemos prescribir ejercicio físico, cómo hacerlo y en qué momento teniendo en cuenta además otros muchos factores asociados, del mismo modo que hacemos con los fármacos o las terapias psicoterapéuticas», reconoce la experta. Esto resulta clave. Si bien con la prescripción farmacológica la psiquiatría lleva años yendo de la mano, con el ejercicio físico todavía están en fase de aprendizaje y formación como médicos. Eso sí, las cosas comienzan a estar más claras. Según algunas guías, la recomendación de realizar ejercicio físico aeróbico o de fuerza ya aparece antes que las intervenciones psicoterapéuticas y psicofarmacológicas para los casos de trastorno depresivo leve-moderado. «Es algo que debemos tener en cuenta. Seguramente, no como única estrategia, pero sí como tratamiento de primera línea y coadyuvante a otro tipo de intervenciones», precisa la psiquiatra. 

             Estas pautas recomiendan de 150 a 300 minutos de ejercicio aeróbico moderado a la semana, o entre 75 y 150 del intenso, combinado con dos sesiones destinadas al ejercicio de fuerza. Ahora bien, cuando sea posible, se debe individualizar. «Hay que tener en cuenta su capacidad cardiorrespiratoria, pero también necesidades o satisfacciones del paciente, o si tiene una alteración física temporal», contempla.  

             Ambos profesionales consultados son conscientes de que, si bien todos saben que el movimiento solo trae beneficios, hay pacientes que no son capaces de hacerlo. «Si una persona está muy deprimida y le dices que haga ejercicio, puede ser algo frustrante porque le estás diciendo que haga algo que va en contra de lo que le pide la enfermedad». Al final, puede provocarle mayores niveles de estrés. Por eso, en ocasiones, es mejor esperar a que el tratamiento farmacológico haya surtido algo de efecto para sugerir su incorporación. El momento de recomendarlo dependerá del estado y situación personal de la persona.

            ¿Por qué el ejercicio es beneficioso?

            Si se trata de unir el mecanismo que une el ejercicio físico con los beneficios a nivel mental todavía no hay una explicación clara. «Hay cosas que se nos escapan», insiste la especialista vasca. Se piensa que una de las explicaciones puede explicarse por medio de la inflamación. «Tiene que ver con factores neurotróficos derivados del cerebro, el BDNF, al hacer una contracción segregamos diferentes citoquinas que llegan al cerebro, y uno de estos factores neurotróficos es el BDNF y, cuando llega al cerebro, puede aumentar el número de conexiones cerebrales y de neuronas». De esta forma mejoran áreas como la memoria, la atención y los síntomas clínicos. «Todo este eje hipotálamo-hipófisis adrenal es lo que tiene que ver con el cortisol y también puede mejorar áreas relacionadas con la etiopatogenia de trastornos como la depresión», añade. 

El ejercicio actúa como terapia por distintos factores. Según Gutiérrez, el primero de ellos, su efecto antiinflamatorio: «Las interleuquinas, que son moléculas proinflamatorias y prooxidantes disminuyen». En segundo lugar, tiene un efecto antidepresivo, «porque libera sustancias como la serotonina, adrenalina o dopamina». Tercero, el movimiento mejora la respuesta al estrés a través de la reducción del cortisol; y cuarto, promueve la liberación del BDNF, «que es un factor neurotrófico cerebral que hace que las neuronas crezcan», resume el psiquiatra.  

Así, el ejercicio físico puede ser, en palabras de la experta, una de las intervenciones más potentes para estimular la plasticidad cerebral», destaca Iriarte. Eso sí, también influyen otros factores como el manejo del sueño, la dieta o el mindfulness.

Beneficios que se suman a una buena fama creciente. Cada vez es mayor el sector de la población que se percata de su beneficio. Gutiérrez observa que la difusión que se hace en redes sociales lleva a que muchos pacientes te lo demanden. «Si bien puede haber médicos que confíen y otros que no, pienso que casi todos estamos de acuerdo en que esta pata de cambio del estilo de vida es fundamental si queremos que los pacientes mejoren la depresión».

La naturaleza y sus beneficios

En una línea paralela, la naturaleza cobra, cada vez, más importancia. Es más, la relación existente entre espacios verdes y salud mental se ha consolidado como un campo emergente de investigación. ¿En qué sentido? Mikel Tous Espelosin, profesor e investigador de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), detalló en el mismo taller que su compañera, «que diversos estudios han mostrado que las personas que viven en áreas más verdes experimentan menos quejas de salud y mejores indicadores de salud mental y física en comparación con quienes residen en entornos con menor disponibilidad de espacio naturales». La exposición residencial a espacios verdes durante la infancia se asocia con un menor riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos, «lo que apunta a un posible efecto acumulativo del entorno natural sobre la salud mental a lo largo del ciclo vital», señaló el especialista. 

La lógica y puro sentido común lleva a afirmar que el contacto con la naturaleza es positivo para la salud mental. Sin embargo, dice el doctor Gutiérrez, todavía faltan estudios científicos para asegurarlo con la literatura científica en la mano. Eso es cuestión de tiempo. 

Sin embargo, no duda al decir que, pruebas o no, este tipo de contacto es bueno. «Cuando uno sale a la naturaleza, ya sea la playa o la montaña, se está moviendo. Le da el sol, con el consecuente beneficio de la vitamina D. Lo suele hacer acompañado, lo que mejora la red social y la capacidad de sentirse querido. Y, además, estar en la naturaleza reduce los hábitos que sí que está demostrado que son malos», precisa el experto en referencia al uso del móvil, a la vida sedentaria o al aislamiento

Los beneficios varían en función de la cantidad de tiempo y frecuencia de contacto con la naturaleza. Si bien no hay un consenso, «parece ser que las intervenciones más eficaces se desarrollaron durante ocho a doce  semanas, con una dosis óptima entre 20 y 90 minutos por sesión». Y, ¿en qué se traducen las intervenciones basadas en la naturaleza? En ejercicio físico verde, horticultura y en terapia basada en la naturaleza. En ella intervienen distintos factores. Primero, que la actividad siempre se hace al exterior. Segundo, que es grupal. Tercero, requiere creatividad. Y, cuarto, el ejercicio físico en sí. Así, puede cerrarse el ciclo: hacer deporte en la naturaleza puede tener beneficios adicionales tanto a niveles físicos, como la reducción de la tensión arterial; mentales, por la disminución del estrés y la ansiedad y, finalmente, sociales, siempre y cuando se compare con hacerlo en interior. 

La lógica y puro sentido común lleva a afirmar que el contacto con la naturaleza es positivo para la salud mental. Sin embargo, dice el doctor Gutiérrez, todavía faltan estudios científicos para asegurarlo con la literatura científica en la mano. Eso es cuestión de tiempo. 

Sin embargo, no duda al decir que, pruebas o no, este tipo de contacto es bueno. «Cuando uno sale a la naturaleza, ya sea la playa o la montaña, se está moviendo. Le da el sol, con el consecuente beneficio de la vitamina D. Lo suele hacer acompañado, lo que mejora la red social y la capacidad de sentirse querido. Y, además, estar en la naturaleza reduce los hábitos que sí que está demostrado que son malos», precisa el experto en referencia al uso del móvil, a la vida sedentaria o al aislamiento.

Joan Piñol, psicólogo: “Vivimos tan rápido que muchas personas ya no perciben el estrés como un problema, sino como algo normal en la vida”

JUDIT GONZÁLEZ PERNÍAS       |     lavanguardia.com     |     29/03/2026

En 'Kit de supervivencia emocional', el comisario Joan Miquel Capell y el psicólogo Joan Piñol nos desvelan las claves para reconocer, entender y combatir el estrés 

“El estrés es la gran epidemia del siglo XXI”, afirma el psicólogo Joan Piñol. En una sociedad que avanza cada vez más deprisa, esta sensación de presión constante se ha ido normalizando hasta formar parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Lejos de ser algo puntual, se ha convertido en una de las principales causas de consulta psicológica y atraviesa todos los ámbitos, desde el trabajo hasta la vida familiar y social. No es extraño, por tanto, que este concepto aparezca de forma recurrente en conversaciones, diagnósticos y titulares.

Esta es una de las ideas que recorre Kit de supervivencia emocional, el libro en el que Piñol —psicólogo, conferenciante y experto en bienestar emocional— reflexiona sobre cómo convivimos con esta tensión permanente y qué podemos hacer para gestionarla. Junto a él firma la obra Joan Miquel Capell, jefe del Gabinete de Prevención y Seguridad de la Diputación de Barcelona y excomisario de los Mossos d’Esquadra, cuya experiencia aporta una mirada práctica sobre la gestión de la sobrecarga en contextos de alta exigencia. “Cuidar el estrés es fundamental. No quiere decir hacer grandes cambios, sino empezar por ser conscientes, hacer pequeñas pausas y darnos permiso para parar”, explica Piñol a La Vanguardia.

Qué es el estrés

La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como el conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción. En Kit de supervivencia emocional, sus autores lo describen como una respuesta necesaria para la supervivencia, una especie de alarma interna que se activa ante posibles amenazas.  En esta línea, también citan al neurocientífico Bruce McEwen (2000), quien lo define como “una amenaza real o percibida a la integridad fisiológica o psicológica de un individuo, que desencadena una respuesta tanto fisiológica como conductual”.

La clave, por tanto, consiste en comprender que se trata de una reacción ante situaciones que percibimos como amenazantes. Se trata de una respuesta que se experimenta en el presente y que, en condiciones normales, desaparece cuando cesa el estímulo que la provoca. “Vivimos tan rápido que muchas personas ya no ven el estrés como un problema, sino como algo normal en la vida”, explica Piñol, lo que hace que no siempre sea fácil detectarlo.

Las tensiones surgen más bien del entorno cotidiano: la familia, las relaciones sociales o el ámbito laboral pueden generar situaciones que desestabilizan emocionalmente al individuo. Por eso, aprender a identificar sus señales resulta fundamental. “Hay señales de alerta: cuando notamos que nos cuesta descansar, que estamos más sensibles o que perdemos la concentración, el cuerpo nos está avisando”, explica Piñol.

El positivo y el negativo

No siempre es perjudicial; de hecho, puede presentarse de dos formas distintas. Por un lado, existe el llamado “estrés positivo”, que actúa como un mecanismo de activación. Nos mantiene alerta, mejora nuestro rendimiento y nos ayuda a reaccionar ante retos o situaciones de presión, como una fecha límite o un momento de riesgo. En la medida justa, incluso puede ser beneficioso.

El problema surge cuando esa activación se mantiene en el tiempo. Entonces hablamos de “estrés negativo”, que deja de ser útil y empieza a pasar factura al organismo. De forma prolongada, altera funciones fisiológicas, eleva hormonas como el cortisol y afecta tanto a la salud física —provocando problemas cardiovasculares, metabólicos o inflamatorios— como al bienestar emocional, favoreciendo la ansiedad, la depresión o el agotamiento.

En profesiones de alto impacto emocional

Además, los autores reflexionan sobre cómo la tensión afecta a profesiones como policía, sanitario, militar o maestro, y destacan que no se trata solo de un trabajo, sino de un estilo de vida. “Desde que comienza su jornada, saben que se enfrentarán a situaciones complejas que superan con creces lo que la mayoría de las personas experimenta a diario”, explican los expertos.

Sin embargo, el estrés no se limita a sentirse nervioso o molesto; es una carga invisible que puede tener grandes consecuencias para el cuerpo y para la vida diaria. El peligro constante, como en el caso de quienes trabajan en cuerpos policiales sin saber qué les espera en su turno, y la combinación de horarios irregulares y carga de trabajo afectan al sueño y al descanso. El impacto en la vida personal también es significativo: muchos profesionales terminan su jornada irritables o agotados, lo que con el tiempo puede afectar a sus relaciones y generar distanciamiento.

Por eso, el acompañamiento psicológico y disponer de un espacio para hablar no debería ser un lujo, sino una necesidad prioritaria. Cuidar el bienestar emocional de quienes nos protegen y cuidan es, en realidad, una forma de cuidar a todos. “El estrés en estas profesiones no es un mito ni una exageración”, confiesan los autores del libro, y destacan la labor de quienes se dedican a trabajos que sostienen a la sociedad y, al mismo tiempo, se exponen a riesgos que pueden pasar factura. “Este ritmo puede acabar pasando factura”, señala Piñol.

Consejos para reducir el estrés según Joan Miquel Capell y Joan Piñol

·            Dormir como mínimo unas 6 horas. Cuando falla el descanso, la mente no funciona con normalidad. Surgen problemas de memoria, aprendizaje, atención y concentración. Además, afecta al sistema inmunológico. El sueño es fundamental para renovar el hipocampo, que tiene relación con la memoria y el aprendizaje.

·            Tomar el sol unos 10 o 15 minutos diariamente. Nos aporta energía y vitamina D.

·            Tomar contacto con la naturaleza. Esto favorece la liberación de endorfinas y serotonina, aportando estados de relajación y atención plena.

·            Realizar ejercicio como mínimo 30 minutos al día. 

·            Beber como mínimo 2 litros de agua al día.

·            Respirar correctamente, es decir, trabajar las técnicas de relajación