lunes, 11 de mayo de 2026

Kike Esnaola, psicólogo: “Creemos que la causa de todo nuestro malestar es el diagnóstico, pero lo que sentimos es el resultado de una historia vital muy compleja”

ANNA RODRÍGUEZ HURTADO      |     lavanguardia.com     |     08/05/2026

El psicólogo y autor de “Habitando el malestar” denuncia un comportamiento extendido al afrontar el malestar. 

“Estamos consumiendo psicología en las redes sociales o incluso en una conversación en el ascensor, porque hoy en día se habla en cualquier sitio de cuestiones que tienen que ver con la salud mental”, denuncia Kike Esnaola. El efecto, advierte, puede ser similar al de consultar el horóscopo, ya que se muestra un listado de síntomas muy generales con los que muchos se pueden identificar. 

El psicólogo sanitario, orientador educativo y divulgador propone en Habitando el malestar (Planeta) reflexionar sobre el verdadero origen del malestar, dejando a un lado la lectura generalizada de los síntomas y poniendo el foco no solo en uno mismo, sino también en el entorno. Entre otros, el laboral, donde cada vez se habla más de ansiedad, estrés o agotamiento.

En Habitando el malestar, propone que para dar respuesta a los problemas individuales hay que mirar de frente la realidad social. ¿Cómo definiría la realidad actual?

Me parece que la realidad está muy polarizada. Cada vez hay más fragmentación social y eso nos hace creer que el sentido de comunidad se agrieta. Es algo que está muy validado por el contexto social, aunque no somos conscientes de ello. Es una realidad peligrosa para el bienestar y la salud mental.

¿Podría poner un ejemplo cotidiano de ese individualismo?

Un caso frecuente es despertarte en casa, contestar un WhatsApp, bajar a la calle y no conocer a ningún vecino, trabajar en remoto, en un coworking con gente que no es de la ciudad, volver a casa, contestar otros WhatsApps, utilizar cualquier aplicación para ligar, scrollear en las redes sociales y luego cenar comida precocinada o pedirla a domicilio e irte a dormir.

¿Y cómo afecta esta forma de vivir?

Los pacientes que tienen relatos como este suelen expresar que se sienten solos, tristes y poco conectados. Tenemos tan normalizado este funcionamiento individualizado que, por ejemplo, sentimos que hemos hablado mucho por WhatsApp a lo largo del día –algo que puede generar una sensación de fatiga social–, pero en realidad la conectividad con otras personas no se da, al menos no en el plano analógico.

¿Es algo que le preocupa como profesional?

Mi mayor preocupación y la de otros profesionales es ver que en los últimos años se ha hablado muchísimo de salud mental –que era una conversación muy necesaria–, pero así hemos simplificado la forma en la que abordamos el tema. 

De repente se han colado en el lenguaje social etiquetas médicas y clínicas, que ni siquiera vienen de la psicología, vienen de la psiquiatría médica y de los manuales de diagnóstico, para describir emociones, estados de ánimo, incomodidad y malestar humano.

¿Qué etiquetas son las más recurrentes para describir el malestar?

Últimamente, estamos utilizando muchísimo términos como ansiedad, depresión, PAS (persona altamente sensible), TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad), TCA (trastorno de conducta alimentaria) y TOC (trastorno obsesivo compulsivo).

¿Qué efectos negativos puede tener ponerse una etiqueta sin un diagnóstico médico?

El principal efecto negativo es que las etiquetas utilizan descripciones muy generales, sobre todo las que viajan a través del algoritmo de TikTok y de Instagram. Me parece que activan una mirada enfermiza del malestar y lo simplifican.

¿En qué sentido son demasiado generales?

Hay definiciones de trastorno por estrés postraumático, de trastorno de conducta alimentaria o de trastorno obsesivo compulsivo con las que todos y todas nos podemos sentir representados. Así, se genera algo muy parecido al horóscopo: un efecto de identificación con aspectos muy generales con los que la mayoría nos podríamos identificar.

¿El riesgo es atribuirle a la etiqueta todo lo que nos pasa?

Creemos que la causa de todo nuestro malestar es la etiqueta, es el diagnóstico: “Yo estoy muy mal porque tengo depresión” o “no me gusta nada mi cuerpo porque tengo TCA”, cuando en realidad lo que sentimos es el resultado de una historia vital muy compleja.

Satisface de alguna manera una necesidad muy humana. La de pertenecer a un grupo. Esto nos ciega y nos impide encontrar soluciones profundas y disminuye nuestra capacidad de autocomprendernos.

¿Cómo se traslada esta visión al ámbito laboral?

La frustración o quemazón que muchos trabajadores pueden sentir se debe a unas condiciones laborales injustas o precarias, pero también existen otras casuísticas. Por ejemplo, hay personas trabajando en sitios que se alejan de sus propios gustos y que en algunas ocasiones les impiden vivir el proyecto vital que quieren. Por eso se relacionan con el trabajo más desde la supervivencia que desde el deseo.

Por otro lado, está el contexto social. Es innegable que en España nos encontramos en una situación complicada, que hay una crisis y una dificultad de acceso a la vivienda, y todas esas cuestiones culturales y contextuales influyen muchísimo en el bienestar individual. En una empresa pasa igual: hay variables como el género, la estructura, la jerarquía, el liderazgo, que influyen en el bienestar individual de los trabajadores.

Entonces, cuando alguien se siente mal en el trabajo, ¿cómo puede distinguir qué parte tiene que ver con la empresa y qué parte tiene que ver consigo mismo?

Creo que hay que empezar a sustituir el autoetiquetaje por la reflexión profunda y consciente para tener un ojo crítico y neutro con la institución, pero también con nosotros mismos. Hay que enfrentarse al conflicto y repartir las cargas. No hay que cargar con la culpa de todo lo que nos pasa ni tampoco desplazar toda responsabilidad a una institución.

¿Cuál es el mayor aprendizaje que se puede extraer del libro?

Que el malestar no es algo de lo que tengamos que huir. Si me encuentro mal en el trabajo y cambias, puede que sea una respuesta de huida. Tenemos que escuchar el malestar, ver qué nos tiene que decir, saber por qué nos duele. Si hacemos ese viaje con una mirada crítica y aprendemos a repartir las cargas, podemos conocer muchísimo más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

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