ANNA RODRÍGUEZ HURTADO | lavanguardia.com | 08/05/2026
El psicólogo y autor de “Habitando el malestar” denuncia un comportamiento extendido al afrontar el malestar.
“Estamos consumiendo psicología en las redes sociales o incluso en una conversación en el ascensor, porque hoy en día se habla en cualquier sitio de cuestiones que tienen que ver con la salud mental”, denuncia Kike Esnaola. El efecto, advierte, puede ser similar al de consultar el horóscopo, ya que se muestra un listado de síntomas muy generales con los que muchos se pueden identificar.
El psicólogo sanitario, orientador educativo y divulgador
propone en Habitando el malestar (Planeta) reflexionar sobre
el verdadero origen del malestar, dejando a un lado la lectura generalizada de
los síntomas y poniendo el foco no solo en uno mismo, sino también en el
entorno. Entre otros, el laboral, donde cada vez se habla más de ansiedad, estrés o agotamiento.
En Habitando el
malestar, propone que para dar respuesta a los problemas individuales
hay que mirar de frente la realidad social. ¿Cómo definiría la realidad actual?
Me parece que la realidad está muy polarizada. Cada vez
hay más fragmentación social y eso nos hace creer que el sentido de comunidad
se agrieta. Es algo que está muy validado por el contexto social, aunque no
somos conscientes de ello. Es una realidad peligrosa para el bienestar y
la salud mental.
¿Podría poner un ejemplo cotidiano de ese individualismo?
Un caso frecuente es despertarte en casa, contestar un
WhatsApp, bajar a la calle y no conocer a ningún vecino, trabajar en remoto, en
un coworking con gente que no es de la ciudad, volver
a casa, contestar otros WhatsApps, utilizar cualquier aplicación para ligar, scrollear en las redes sociales y luego cenar
comida precocinada o pedirla a domicilio e irte a dormir.
¿Y cómo afecta esta forma de vivir?
Los pacientes que tienen relatos como este suelen
expresar que se sienten solos, tristes y poco conectados. Tenemos tan
normalizado este funcionamiento individualizado que, por ejemplo, sentimos que
hemos hablado mucho por WhatsApp a lo largo del día –algo que puede generar una
sensación de fatiga social–, pero en realidad la conectividad con otras
personas no se da, al menos no en el plano analógico.
¿Es algo que le preocupa como
profesional?
Mi mayor preocupación y la de otros profesionales es ver
que en los últimos años se ha hablado muchísimo de salud mental –que era una
conversación muy necesaria–, pero así hemos simplificado la forma en la que
abordamos el tema.
De repente se han colado en el lenguaje social etiquetas
médicas y clínicas, que ni siquiera vienen de la psicología, vienen de la
psiquiatría médica y de los manuales de diagnóstico, para describir emociones,
estados de ánimo, incomodidad y malestar humano.
¿Qué etiquetas son las más recurrentes para describir el malestar?
Últimamente, estamos utilizando muchísimo términos como
ansiedad, depresión, PAS (persona altamente sensible), TDAH (trastorno de
déficit de atención e hiperactividad), TCA (trastorno de conducta
alimentaria) y TOC (trastorno obsesivo compulsivo).
¿Qué efectos negativos puede tener ponerse una etiqueta sin un diagnóstico
médico?
El principal efecto negativo es que las etiquetas
utilizan descripciones muy generales, sobre todo las que viajan a través del algoritmo de TikTok y de Instagram.
Me parece que activan una mirada enfermiza del malestar y lo simplifican.
¿En qué sentido son demasiado generales?
Hay definiciones de trastorno por estrés postraumático,
de trastorno de conducta alimentaria o de trastorno obsesivo compulsivo con las
que todos y todas nos podemos sentir representados. Así, se genera algo
muy parecido al horóscopo: un efecto de identificación con aspectos muy
generales con los que la mayoría nos podríamos identificar.
¿El riesgo es atribuirle a la etiqueta todo lo que nos pasa?
Creemos que la causa de todo nuestro malestar es la
etiqueta, es el diagnóstico: “Yo estoy muy mal porque tengo depresión” o “no me
gusta nada mi cuerpo porque tengo TCA”, cuando en realidad lo que sentimos es
el resultado de una historia vital muy compleja.
Satisface de alguna manera una necesidad muy humana. La
de pertenecer a un grupo. Esto nos ciega y nos impide encontrar soluciones
profundas y disminuye nuestra capacidad de autocomprendernos.
¿Cómo se traslada esta visión
al ámbito laboral?
La frustración o quemazón que muchos trabajadores pueden
sentir se debe a unas condiciones laborales injustas o precarias, pero también
existen otras casuísticas. Por ejemplo, hay personas trabajando en sitios
que se alejan de sus propios gustos y que en algunas ocasiones les impiden vivir el proyecto vital que quieren. Por eso se
relacionan con el trabajo más desde la supervivencia que desde el deseo.
Por otro lado, está el contexto social. Es innegable que
en España nos encontramos en una situación complicada, que hay una crisis y una
dificultad de acceso a la vivienda, y todas esas cuestiones culturales y
contextuales influyen muchísimo en el bienestar individual. En una empresa pasa
igual: hay variables como el género, la estructura, la jerarquía, el liderazgo,
que influyen en el bienestar individual de los trabajadores.
Entonces, cuando alguien se
siente mal en el trabajo, ¿cómo puede distinguir qué parte tiene que ver con la
empresa y qué parte tiene que ver consigo mismo?
Creo que hay que empezar a sustituir el autoetiquetaje
por la reflexión profunda y consciente para tener un ojo crítico y neutro con
la institución, pero también con nosotros mismos. Hay que enfrentarse al
conflicto y repartir las cargas. No hay que cargar con la culpa de todo lo que
nos pasa ni tampoco desplazar toda responsabilidad a una institución.
¿Cuál
es el mayor aprendizaje que se puede extraer del libro?
Que el malestar no es algo de lo que tengamos que huir. Si me encuentro mal en el trabajo y cambias, puede que sea una respuesta de huida. Tenemos que escuchar el malestar, ver qué nos tiene que decir, saber por qué nos duele. Si hacemos ese viaje con una mirada crítica y aprendemos a repartir las cargas, podemos conocer muchísimo más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.
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