jueves, 28 de mayo de 2026

¿Por qué no puedo llorar? “El bloqueo emocional aparece de manera progresiva; al final te acostumbras y lo percibes como tu estado normal”

MARGA DURÀ      |      lavanguardia.com      |      31/03/2026

Las personas que son incapaces de conectar con sus sentimientos se vuelven solitarias, en ocasiones hurañas, apáticas y les cuesta tomar decisiones; a menudo no son conscientes de lo que les ocurre ni el porqué

En la saga de Harry Potter, el mago y sus compañeros debían plantarle cara a los dementores, unos gigantescos humanoides de trazas cadavéricas y piel pútrida que se nutrían de la alegría humana. Su presencia se anunciaba con un frío interior que no remitía al calor de ningún fuego. El objetivo escogido por el monstruo se sentía confuso y sus recuerdos más tétricos se repetían en su mente durante días.

El arma letal y más temida en la obra era el beso del dementor, mediante el cual succionaba el alma y convertía a la víctima en un “cascarón vacío”. Jamás sería capaz de volver a sentir. La autora, J.K. Rowling, confesó que se valió de los dementores como metáfora de su estado mental en momentos adversos.

Una dolencia invisible

Los dementores, obviamente, no existen, pero las personas que no son capaces de conectar con sus sentimientos no pertenecen a la ficción. Son un grupo solitario, en ocasiones con apariencia huraña, que no sabe lo que le ha ocurrido, no les ha besado un dementor: padecen un bloqueo emocional.

El bloqueo emocional avanza silencioso. Sin grandes aspavientos, se atrinchera en la mente orquestando un sutil cortocircuito: impide o merma la conexión con los sentimientos. Un pesimismo discreto acompaña cada paso y ensombrece las razones que hacían vibrante la vida, restándole color e intensidad a todo.

Una engañosa zona de confort aprisiona bajo la promesa de proteger o ante la imposibilidad de lograr la energía necesaria para salir de ella. Además, el bloqueo emocional provoca que tomar la decisión más nimia se equipare a escalar el Everest, y ello dificulta aún más la búsqueda de una solución.

Ese silencio con el que se abre paso y la indecisión que lo acompaña son los que dificultan su detección. “La mayoría de los pacientes no son conscientes de lo que les ocurre y acuden a consulta para tratar los síntomas, que pueden ser muy diversos, desde insomnio hasta problemas de concentración”, ilustra la psicóloga Francina Bou.

Las señales de alarma son idénticas a las que vivimos en los momentos de presión: falta de atención, confusión, saturación, dificultad para decidir y, en general, pocas ganas de hacer casi nada. Sin embargo, estos síntomas no se esfuman cuando se supera el escollo: se instalan como un zumbido a baja intensidad al que uno se acaba habituando. Según la psicóloga Judit March, “sucede sin que nos demos cuenta porque el bloqueo aparece de manera muy progresiva. La persona se acostumbra y lo percibe como su estado normal”.

Ni siento ni padezco

Pese a que quien padece esta desconexión o no es consciente de que su mal tiene nombre, suele definir su estado como “un sentimiento de vacío, de encontrarse perdido, de no saber qué se está haciendo”, reporta Bou. Otra consecuencia es la imposibilidad de llorar: como nada conmueve, las lágrimas desaparecen. Curiosamente, la ausencia del símbolo de la tristeza denota un desconsuelo con carga de profundidad.

Las actividades que en otro momento resultaban placenteras pasan sin pena ni gloria, y la sensación de estar desconectado de uno mismo y del entorno se incrementa, acompañada de una resignación impuesta por el propio letargo.

El cuerpo también acusa las consecuencias. “Tensión muscular, cansancio constante, alteraciones del sueño, dolor de cabeza y sensación de opresión en el pecho o en el estómago pueden acompañar a un bloqueo emocional”, sugiere March.

La procrastinación, la parálisis, la apatía y la anhedonia (incapacidad de sentir placer) son la parada final de los casos más graves.

¿Fríos e insensibles?

“Un bloqueo emocional no es una situación inocua. Provoca, habitualmente, que tengamos la sensación de no ver con claridad lo que sucede en nuestra vida, y todo ello genera un estrés que se va acumulando. También incide en las relaciones: no podemos comunicarnos con los demás, rehuimos las conversaciones profundas y esto pasa factura a los vínculos afectivos”, cuenta Bou.

En un momento en el que la ayuda externa sería providencial, cuesta más que nunca pedirla. A esto se suma que esa frialdad aparente provoca distancia, pues la falta de empatía se dirige hacia uno mismo y hacia el entorno. Nada conmueve, ni lo propio ni lo ajeno.

“El bloqueo emocional dificulta conectar emocionalmente con las personas. Entorpece la expresión de los sentimientos y puede generar malentendidos, porque los demás pueden percibir frialdad o desinterés en esta actitud”, advierte March.

Un mecanismo de defensa

¿Por qué el cerebro decide desconectarse de las emociones? Se trata de un mecanismo de defensa que se activa cuando el sistema psíquico está desbordado. Para evitar un mal mayor se aísla, como cuando se funden los plomos porque la red eléctrica no puede soportar la intensidad. Como ocurre con el estrés, es una respuesta que protege, pero que acaba jugando en contra cuando se prolonga en el tiempo.

“Cuando aparece una emoción muy intensa, el cerebro puede percibir que procesarla resultaría demasiado doloroso o desestabilizador. Para protegerse, evita la emoción. Si esto se repite muchas veces, puede generar un estado de bloqueo en el que la persona ya no accede fácilmente a las emociones”, comenta March.

Un accidente, una muerte o una ruptura pueden abrir la puerta de par en par a esta coraza afectiva, pero también pueden hacerlo hechos más discretos como preocupaciones constantes, un exceso de obligaciones o decepciones continuadas que van haciendo mella, como la gotera que acaba por derrumbar el techo. “Los conflictos internos también pueden provocarlo: cuando una persona tiene valores, deseos o expectativas que entran en conflicto, puede aparecer el bloqueo”.

Del blanco y negro al color

Este estado no es irreversible, y los especialistas señalan que hay un camino de vuelta a los sentimientos, pero que no pasa por forzar las emociones, sino por crear las condiciones para que puedan volver a procesarse. El tiempo de recuperación dependerá de cada persona y del periodo que lleve asentado el bloqueo.

El primer paso será, como siempre en los trastornos de la psique, diagnosticar el cuadro clínico. Ponerle nombre y apellidos y, a partir de ahí, reconocer las emociones sin juzgarlas.

“La clave para desbloquear las emociones es expresarlas”, recomienda March. Pero la especialista sugiere no hacerlo solo verbalmente, sino buscar formas creativas como la música, la pintura o la escritura para acompañarlas y darles salida.

El movimiento, como la danza o el ejercicio físico, resulta muy útil en estos casos, pues en el cuerpo habitan las emociones y a través de él se pueden empezar a liberar. El mindfulness o cualquier tipo de meditación allanarán el proceso, puesto que calman la actividad cerebral y permiten que la mente sea capaz de procesar los sentimientos.

El autocuidado es una herramienta eficaz, pues este aislamiento interior desconecta de la necesidad de velar por la salud. Todo resulta más fácil cuando se come bien, se duermen las horas necesarias y se mima el cuerpo. Es, también, el momento de concederse ciertas recompensas para abandonar el modo supervivencia.

¿Quedan secuelas tras atravesar este trance? “Un bloqueo emocional no supone necesariamente que uno se convierta en una persona fría o distante, aunque es probable que aprenda a relativizar ciertas situaciones. En la mayoría de los casos, cuando las emociones se procesan y se integran bien, se alcanza una mayor madurez emocional”, asegura March. 

Boris Cyrulnik, padre de la resiliencia: “Una persona resiliente comprende que es el arquitecto de su propia alegría y de su propio destino”

 PABLO CUBÍ DEL AMO      |      cuerpomente.com      |      05/05/2026

Podemos reconstruirnos. Hacer algo con lo que nos pasó y volver a avanzar a partir de ese problema o esa desgracia vivida. El mayor experto en resiliencia, el psiquiatra Cyrulnik nos explica cómo.

Cuando uno llega a los sesenta años, como es mi caso, raro es que no hayas recibido golpes duros. He perdido a seres queridos, algunos muy jóvenes, amigos e incluso a un hermano. He fracasado en proyectos en los que había invertido mucho tiempo y esfuerzos, o simplemente me han despedido de trabajos que consideraba estables.

De todo eso he salido. Con cicatrices, pero he salido entero y con fuerzas. Me han dicho que es por mi capacidad de resiliencia. ¿Y de dónde me viene? ¿La tenía genética o he sabido crearla?

A mí me ha ayudado siempre mucho relativizar. Tengo como un mantra: los estudios que se han hecho a las personas con enfermedades terminales y que están en cuidados paliativos.

Casi todos se reprochaban haberse preocupado en exceso por cosas que en perspectiva no eran tan importantes. ¿De qué me voy a quejar yo, comparado con ellos?

La fuerza de la resiliencia

No pretendo ser ejemplo de nada, sino solo exponer una fórmula que a mí me ha funcionado. Otros encuentran fuerzas apoyándose en personas de su entorno o mirándose en el ejemplo de figuras a las que admiran.

La resiliencia tiene muchos caminos. Es lo que nos enseña el psiquiatra Boris Cyrulnik, el verdadero maestro a la hora de tratar el campo de la resiliencia.

Cyrulnik, que vivió en su infancia el horror nazi, con la muerte de sus padres y él escapando por poco de los campos de concentración, ha dedicado su vida a estudiar y explicar cómo superar cualquier tipo de traumas.

La resiliencia, nos dice, no es un don innato, sino una capacidad para crecer y recobrarse de un trauma. No ignorándolo, sino partiendo de lo que ha pasado.

No se trata solo de resistir

“La resiliencia no es más que resistir, es también aprender a vivir”, explicaba. La vida es una sucesión de momentos felices y de momentos tristes. Con todos hemos de saber convivir.

A la alegría de un nacimiento le sucede la tristeza de una muerte. A un triunfo, un fracaso. Y asumir este vaivén y equilibrarlo es la forma de que no te caigas del todo. "Cada fracaso en la vida me ha enseñado algo que necesitaba aprender", decía Charles Dickens.

Así, la resiliencia no es un catálogo de virtudes, sino un proceso que se va tejiendo con el entorno. Esa es la clave.

Cyrulnik no nos propone que seamos el héroe solitario que se salva a sí mismo, sino alguien que rehace su vida a partir de vínculos con otras personas, de palabras de apoyo que te dices y de tiempo. El tiempo da perspectiva, ayuda a cicatrizar.

La capacidad de volver a construirte

Este neuropsiquiatra, una de las figuras más populares en Francia, ha pasado buena parte de su trayectoria intentando aclarar esa confusión muy extendida que comentábamos al principio. “Resiliencia no es volver intacto a un estado anterior”, comentaba en una entrevista.

Volver a lo de antes sería curación completa. La resiliencia, en cambio, es retomar un camino posible. La persona herida recuerda, pero no queda sometida a sus recuerdos. Vuelve a avanzar, a reconstruirse.

“La persona resiliente comprende que es el arquitecto de su propia alegría y de su propio destino”, añadía Cyrulnik. Ha caído, pero no ha dejado las riendas de su vida.

Cómo aplicar la resiliencia en tu vida

Decir que una persona es “arquitecta” de su alegría puede sonar a consigna de autoayuda, como si todo dependiera de la voluntad individual. Hay que puntualizarlo, porque Cyrulnik, en realidad, ha repetido justo lo contrario.

“La resiliencia es un proceso interactivo que exige encuentro. Solo, no hay resiliencia posible”, matizaba en otra ocasión.

En su obra, hablar con otros o con uno mismo es una forma de reorganizar lo vivido. Poner palabras al golpe. Sobre todo, cuando existe otro que escucha, ayuda.

El apoyo social, el apego seguro de familiares y ciertas habilidades de autorregulación, son herramientas de las personas resilientes. Y recuerda que el sufrimiento inicial suele ser normal y probablemente adaptativo. Ayuda a asimilar el cambio.

La importancia de Cyrulnik

La resiliencia es hoy un término popular gracias entre otros a Cyrulnik. Eso explica también su enorme influencia.

Ayudó a sacar la resiliencia del lenguaje técnico para convertirla en una conversación pública sobre infancia, apego, trauma, educación y salud mental.

Reconozco que he llegado hace relativamente poco tiempo a él y sus escritos. Justamente cuando hablaba de la etapa en la que entro. “A los 60 años, ya no podemos engañarnos -escribía-. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación.”

A los 60 años, la resiliencia se vive con otra perspectiva. A veces hace falta tiempo para que ese junco torcido vuelva a verse plenamente enderezado. Desde la madurez, todo se relativiza mejor.