sábado, 23 de mayo de 2026

Silvia Herreros de Tejada, especialista en el síndrome de Peter Pan: “Hemos perdido el respeto y la admiración hacia lo que significa ser adulto, con todo lo que ello conlleva

 ANTONIO ORTÍ      |     lavanguardia.com      |      20/03/2026

La escritora y guionista analiza en el ensayo ‘Juvencolía’ cómo ha cambiado la transición a la madurez en el siglo XXI y qué papel juegan las redes sociales: “Somos ‘adultescentes’ perdidos al borde del precipicio adulto”

La “juvencolía” (del latín iuventus y el griego melancholía) es la tristeza suave que aparece al intuir que ya no se es la persona que la juventud prometía, según explica la inventora de la palabra y autora del libro del mismo nombre. Se trata de Silvia Herreros de Tejada, especialista en la obra del dramaturgo escocés J.M.Barrie y, por extensión, en Peter Pan, Wendy Darling, Campanilla, el Capitán Garfio y el País de Nunca Jamás donde los Niños Perdidos no crecen.

“Oye, ¿y tú cuántos años me echas?”, pregunta alguien. “Estás estupenda. Nadie diría la edad que tienes”, comenta poco después de escuchar la cifra. “¡Ay, muchas gracias!”, responde la interpelada. En Juvencolía (Debate) Herreros de Tejada recrea su historia personal, la de California (donde Ponce de León buscó en 1513 la fuente de la eterna juventud) y lo que ha descubierto sobre Peter Pan tras estudiarlo durante 25 años, dedicarle su tesis doctoral, escribir novelas como La mano izquierda de Peter Pan (Espasa) y realizar estancias de investigación en las universidades de Yale y UCLA.

Por el libro también desfilan el Homo instagramer, que muestra la vida que desea y no la que en realidad tiene, The Smiths, Arcade Fire y Pulp, la joie de vivre, resplandores crepusculares (afterglow), leyendas indígenas, buscadores de oro, raves en Ibiza, viajes a la India y señoras que van a clase de Pilates y exclaman: “¡Imagínate!”.

Según la autora de este libro inmortal que mezcla sueños y realidades sin renunciar a reírse de casi todo, en el siglo XXI cada vez hay más personas que no quieren hacerse mayores por no encajar en el modelo tradicional de madurez. Y es que, como dijo Christopher Hamilton, el filósofo británico: “La adolescencia es una etapa que, en cierto sentido, anticipa la mediana edad. O, mejor dicho: todos en la mediana edad pasamos por ella”…

Como autora del ensayo Todos crecen menos Peter (Lengua de Trapo) y experta en la obra de J.M.Barrie, ¿cómo aconsejaría sobrevivir al hechizo de la juventud eterna?

Mi camino ha consistido en leer a Peter Pan muchas veces, desde ángulos distintos y a edades diferentes y pensar: ¡cómo ha cambiado este libro!, aunque quien en realidad cambia es el lector, claro. También me he dado cuenta de que antes me interesaba muchísimo Peter Pan, Wendy y los Niños Perdidos y la franja supuestamente luminosa de Nunca Jamás, pero que poco a poco me ha ido interesando cada vez más el Capitán Garfio, un personaje que lamenta haber crecido, razón por la que persigue a Peter Pan, por representar la sombra de su juventud perdida. 

¿Cómo aconsejaría sobrevivir al hechizo de la eterna juventud?

Asumiendo que desde la mitología griega casi hemos deseado más ser jóvenes para siempre que inmortales. Pero debemos aceptar, aunque ahora sintamos que somos jóvenes durante mucho más tiempo que lo fueron nuestros padres y madres, que la juventud es efímera, por lo que es muy fácil sentirse como una sombra de lo que fuimos alguna vez. La juventud, ahora mismo, es una ficción, aunque las redes sociales, las cremas anti-age y el estilo de vida que llevamos nos puedan hacer creer que podemos sobrevivir al hechizo. Pero no, nadie puede, es imposible.

¿Cuánto dura la juventud, exactamente, en el siglo XXI?

Según un médico que se llama Ángel Durántez, la juventud en el siglo XXI dura hasta que el cuerpo está libre de enfermedad. Normalmente, la gente se suele considerar “joven” hasta los 45 o 50 años, momento en que suele asolar la crisis de la mediana edad, aunque hace unos cuantos años esto mismo ocurría con 35 o 40 años.

Las generaciones anteriores querían “hacerse mayores” cuanto antes pero hoy ocurre lo contrario y proliferan como setas los “cincuentañeros” y las “cuarentañeras”. ¿Qué hemos ganado y perdido con este cambio?

Hemos ganado que ahora podemos agarrarnos al poder simbólico de la juventud durante mucho más tiempo, porque nos han vendido que ser joven equivale a ser auténtico, deseable, rebelde y, entre comillas, a molar. Esto tiene que ver con el escaparate de las redes sociales. Hace unos cuantos años, en cambio, nos vendían que lo que molaba era ser independiente, ser adulto, ser responsable, tener una familia… Esto provoca un choque muy extraño porque de repente estamos rodeados de lo que Frank Furebi, un sociólogo inglés, llamaba “adultescentes perdidos al borde del precipicio adulto”. Es estar como estar en un limbo, es ser adulta, pero tampoco del todo. Respecto a lo que nos hemos dejado por el camino, creo que hemos perdido el respeto y la admiración hacia lo que significa ser adulto, con todo lo que ello conlleva.

¿Por qué la época que vivimos es tan proclive al vértigo adolescente que nos asalta siendo ya adultos?

La mediana edad ha sido un territorio gris del que no se ha empezado a hablar hasta finales del siglo XX. En mi caso, nunca hablé de la mediana edad con mis padres, de la misma forma que mi madre nunca me mencionó la menopausia, como si no existiera. El problema es que luego te haces adulta y a veces te sientes como si volvieras a ser una adolescente y no supieras muy bien lo que te pasa. En la adolescencia una se pregunta quién soy y quién voy a ser, mientras en la vida adulta te preguntas ¿quién estoy siendo? Es como si hubiera un espejo en el que empezáramos a mirarnos demasiado, ya que estamos en la era del narcisismo, como si todavía fuéramos muy jóvenes y nuestras promesas del pasado estuvieran todavía ahí, como una posibilidad.

¿Por qué la época que vivimos es tan proclive al vértigo adolescente que nos asalta siendo ya adultos?

La mediana edad ha sido un territorio gris del que no se ha empezado a hablar hasta finales del siglo XX. En mi caso, nunca hablé de la mediana edad con mis padres, de la misma forma que mi madre nunca me mencionó la menopausia, como si no existiera. El problema es que luego te haces adulta y a veces te sientes como si volvieras a ser una adolescente y no supieras muy bien lo que te pasa. En la adolescencia una se pregunta quién soy y quién voy a ser, mientras en la vida adulta te preguntas ¿quién estoy siendo? Es como si hubiera un espejo en el que empezáramos a mirarnos demasiado, ya que estamos en la era del narcisismo, como si todavía fuéramos muy jóvenes y nuestras promesas del pasado estuvieran todavía ahí, como una posibilidad.

La crisis de la mediana edad era hasta el siglo XX un extravío típicamente masculino. Pero…¿sigue siéndolo en el XXI?

¡En absoluto! Ahora es un extravío tanto masculino como femenino. Uno de los mimbres de mi libro es explicar precisamente esto. La lucha por la igualdad ha hecho que la crisis de la mediana edad ya no sea solamente patrimonio de hombres blancos con posibles, sino que se ha extendido a mujeres que ya no solo tienen que estar todo el día luchando con los niños y ocupándose de que el marido esté bien, sino que también tienen sus propias crisis existenciales y dudan sobre si ésta es realmente la vida que querían o si ya nadie las volverá a mirar nunca más con deseo. Ahora mismo, tanto hombres como mujeres luchamos por encontrar nuestra verdadera identidad en la mediana edad o Midorexia, como llamo a esta etapa en el libro.

Cuenta que al llegar a la mediana edad es normal no saber bien qué nos pasa: sostenemos un hogar, triunfamos relativamente en el trabajo, cuidamos a los hijos, hacemos la declaración de la renta y vamos de veraneo. “Pero otras veces, demasiadas, te descubres ¬¬–escribe en Juvencolía– como en una revolución adolescente: te enamoras de un extraño en un paso de peatones, te hundes con los atroces cambios de tu cuerpo, te ofuscas solo porque necesitas expresar tu pasión desaforada ante el mundo y piensas ´¿esta es mi vida?´ con excesiva frecuencia porque es obvio que debería ser mucho más emocionante de lo que es” . ¿Qué aconseja hacer cuando conviven varias edades dentro de un mismo cuerpo?

Recomiendo reconciliarse con ello. Cualquiera puede sentirse en algún momento de la “adultescencia” como una niña vulnerable. A mi me sucedió durante mi enfermedad, lo que me llevó a volver a jugar al abecedario con mi madre como cuando era pequeña. Por una parte me decía: “¡tengo que afrontar la enfermedad como una mujer adulta, con fuerza!”. Sin embargo, muchos días me sentía como una niña asustada. Pero también me ocurre que algún día salgo de noche y me lo paso mejor que nadie, como si estuviera en un mundo paralelo donde vuelvo a tener 27 años. Creo que tenemos varias edades en un mismo cuerpo con las que podemos convivir, siempre y cuando cumplamos con nuestras responsabilidades. Una puede mirarse en el espejo y a veces ser una niña, a veces una joven, a veces una mujer y después una anciana.

La edad, además de ser un número, es un guión que encarnamos consciente o inconscientemente, como si formáramos parte de una función de teatro. ¿Se tiene una edad o se sostiene una historia?

Se sostiene una historia.

El mundo está habitado, escribe, por dos especies humanas: los Homo sapiens, o personas reales, y los Homo fictus, o personajes de ficción. ¿Cuál es la principal diferencia entre ambos respecto al paso del tiempo?

El Homo fictus es un personaje de ficción que puebla las páginas de la literatura y, por lo tanto, es inmortal. Lo maravilloso del Homo fictus y la razón por la que nos gusta tanto, es que nos devela la vida secreta, cosa que las personas reales, los Homo sapiens, no acostumbran a hacer. En el libro también intento manifestar mi vida secreta como personaje. El Homo fictus es la vida que una querría tener.

En Juvencolía no solamente hay pasiones ardientes, sino también salas de hospital, menopausias inducidas y miedos. Por su experiencia, ¿dónde diría que se encuentra la fuente de la eterna juventud que describió Ponce de León en 1513?

Bueno, la fuente se encuentra en el parque de la doctora Luella Day, en California. Pero, metafóricamente, la fuente de la eterna juventud está en la posibilidad de seguir cambiando sin dejar de ser una misma, con esa esencia auténtica que teníamos de jóvenes. Envejecer y tener un cuerpo enfermo es también una forma de autenticidad, de belleza y de dignidad tan poderosa como la que solemos atribuir a la juventud. Tenemos que cambiar de relato para poder prolongar la fuente de la eterna juventud hasta el final de nuestros días.

¿Qué fue lo primero en lo que pensó cuando le diagnosticaron cáncer?

Pues pensé: “¡es imposible, soy demasiado joven!” Por entonces tenía 48 años. También pensé que había fracasado. La sociedad en la que vivimos nos pide ser fuertes y atractivos todo el rato. Y, como vivimos tan hiperacelerados, tener que detenerse de repente por estar enferma me hizo sentir que había fracasado. Fue ahí donde sentí haber perdido el brillo de mi juventud. Ser joven implica sentirse muy especial pero cuando enfermas como los demás piensas que igual no eras tan única como pensabas. Eso ue lo que a mÍ me hizo hacerme mayor. El cáncer ya lo he superado, pero el hacerme mayor quizá no del todo…

California, el lugar donde nació, se ha convertido en el gran laboratorio para acercarse a la inmortalidad. ¿Qué opinión tiene sobre la nueva espiritualidad de boutique y ciencia aplicada en la que se ha convertido el negocio de la juventud eterna?

Aunque los seres humanos hemos evolucionado, seguimos con las mismas ansias que tenían los héroes de las tragedias griegas para intentar luchar contra el destino y acaparar los poderes de los dioses, aunque todavía nos sea imposible. Pero como somos cada vez más vanidosos y ansiamos el poder, como le ocurría también a la reina de Blancanieves, lo seguimos intentando, aunque sepamos que es una batalla imposible de ganar.


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