viernes, 5 de junio de 2026

Cristina Gutiérrez Lestón: “Me parece bien la idea de agentes-tutores; padres y maestros han perdido autoridad y hay que recuperarla”

EVA MILLET      |     lavanguardia.com      |     06/05/2026    

Miles de escolares pasan cada año por La Granja Ability Training Center, un centro educativo que trabaja competencias emocionales básicas para niños desde hace veinte años

En 1984, los padres de Cristina Gutiérrez Lestón fundaron una granja-escuela a los pies del Montseny para acercar el medio rural a los niños. Cuando su hija se incorporó la empresa familiar, poco imaginó que acabaría dirigiendo un centro pionero en España en educación emocional por el que pasan más de 40.000 criaturas cada año. Pero, como argumenta Cristina, si las emociones nos acompañan día a día y muchas decisiones y conflictos son provocados por ellas: ¿Por qué no aprender a gestionarlas, ya desde niños, como se aprenden otras materias? Con este punto de partida ha creado el Método La Granja©, que celebra su veinte aniversario, y ha escrito tres libros sobre el tema.

¿Es necesario aprender a gestionar nuestras emociones?

Tradicionalmente, valores como la empatía, el agradecimiento y la generosidad se aprendían observando los referentes, tangibles, de cada uno: nuestros padres, abuelos y maestros. Incluso, la religión. Lo que pasa es que estamos en un momento de aceleración, en el que imperan las pantallas, donde niños y adultos pasan muchas horas y hay mucha agresividad, conflictos y estrés. La llamada “generación ansiosa” es un hecho y las pantallas han sido una de las grandes impulsoras. Todo ello nos aleja del autoconocimiento, nos desregula emocionalmente y nos acerca a estos niveles, muy elevados, de patología mental que estamos viendo.

Las exigencias de la crianza también han aumentado: hoy los padres han de ser expertos en cosas que hasta hace poco se consideraban intuitivas, como la gestión emocional. ¿No es demasiado?

Si los padres no saben gestionar sus propias emociones será difícil educar emocionalmente a los hijos. Yo siempre hablo de un concepto clave: la gravitación emocional o la tendencia de los humanos a dejarnos llevar por las emociones más potentes que sentimos, que son el miedo, la ira y la tristeza; por este orden. Este es un buen punto de partida: entender que la naturaleza no te empuja hacia la felicidad, el amor y la alegría, sino hacia estas otras tres emociones, más “oscuras”, que, además, son las más contagiosas. Es importante ser consciente de ello.

Se habla de una epidemia de salud mental, pero el tema de la gestión emocional lleva tiempo sobre la mesa: ¿De que ha servido, entonces, si la gente no está bien?

Porque falta práctica: se habla mucho de emociones, pero no se practica cómo regularlas. Es como enseñar a conducir solo con la teórica… Hablar de emociones sería la parte teórica y está muy bien, pero si no hacemos la práctica, no sirve de nada: esa es la verdadera educación emocional.

Lleva más de dos décadas dedicada a este tema: supongo que ha visto resultados positivos…

Sí, y no solo a nivel profesional; también lo hemos medido de manera científica. Desarrollar las competencias emocionales (es decir: ser conscientes de lo que sentimos y tener herramientas para lidiar con ello), nos servirá durante el resto de su vida. Mejora el bienestar, es algo científicamente comprobado. Lo que pasa es que estamos en un momento, te diría, de ‘tsunami’ y gravitamos hacia el miedo, la ira, la tristeza y la agresividad.

Hablando de agresividad: ¿Qué le parece el proyecto de la Generalitat de introducir ‘mossos’ de paisano en los centros educativos más conflictivos?

En La Granja formamos a policía municipal y veo que, bien llevada, esta idea de agentes-tutores, un modelo de policía de proximidad que trabaja dentro del ámbito escolar y comunitario, es genial. ¿Por qué? Porqué estamos viendo que figuras tradicionales de autoridad como los padres, los maestros, el director de la escuela, los médicos incluso, han perdido el poder; no se les respeta ¡Hoy se pega a maestros, a médicos! Por tanto, hemos de usar la autoridad de aquellos que todavía la tienen. Es importante recuperarla y ser una tribu que educa. En un pueblo, por ejemplo, el policía municipal es quien se encarga de velar por una buena convivencia, con lo cual, si hay centros que piden esta figura y van ‘mossos’ formados, con esta mirada, a mí me parece muy bien.

¿Conoce alguna experiencia similar?

En Terrassa, en una escuela con la que colaborábamos, había problemas de bullying —que, no olvidemos, es violencia—. Se puso en marcha una colaboración entre el centro y la policía local que, al principio, fue polémica, pero cuando se vio la efectividad, todo cambió.

Usted alerta del pesimismo como una emoción cada vez más potente, pero, tal y como está el mundo, con guerras, desigualdad, crisis climática, escasez de vivienda… ¿Es posible criar sin pesimismo?

Si criamos así lo que tendremos es una generación de pesimistas, de gente dependiente. Lo contrario al pesimismo es la ilusión, la perseverancia y la pasión, por lo que hay que tratar de buscar un mensaje más positivo. Desigualdades siempre ha habido y mucho más fuertes: hace un siglo las mujeres no podían votar, morías de enfermedades que hoy se curan en la sanidad pública… En muchas cosas estamos en una de las mejores épocas de la humanidad. Yo sigo teniendo esperanza: somos capaces de muchas cosas buenas y es posible cambiar el discurso, porque —y eso es algo básico en la gestión emocional—, si hablamos siempre desde el pesimismo y la fatalidad, lo contagiamos a nuestros hijos.

Otra opción de muchos frente al panorama incierto es sobreproteger a la prole. Usted siempre ha alertado sobre ello: ¿por qué?

Porque la sobreprotección es la enemiga de la autonomía, crea personas dependientes; tendremos que estar toda la vida detrás de ellos. Además, si no permito que mi hijo se frustre, le estoy engañando, porque en algún momento no conseguirá lo que quiere. Y se puede frustrar con cinco años, llorar un poco y empezar a aprender, o a los veintiuno y, a lo mejor, empezar a autolesionarse… Como padres, decidimos cuándo empezar a entrenarlos en algo tan básico como es aprender a tolerar la frustración.

En los últimos años ha irrumpido la llamada “crianza respetuosa”, una etiqueta que se reivindica como la forma adecuada de educar a los niños. ¿Qué opina de esta tendencia?

Depende de lo que se entienda como “respetuosa”, que para mí no significa que el niño haga lo que quiera. Es importante prestar atención a lo que ser respeta: yo pediría a los padres que respetaran cosas de sus hijos como su capacidad de ser autónomos y de tolerar la frustración. Si les evito la frustración, no los estoy respetando; estoy respetando mi miedo a que se frustre. También puedes “respetar” el miedo de tu hijo, pero creo que es mejor respetar su valentía, su capacidad de afrontar ese miedo. La valentía es una habilidad imprescindible para la vida, porque el miedo es una emoción muy peligrosa si no se tiene bajo control.

¿Cuáles serían las otras habilidades emocionales básicas?

La primera es la autoestima, es decir, la capacidad de querernos. Pero si hay sobreprotección, no habrá autoestima, porque si sobreproteges a tu hijo, diciéndole cosas como: «Ya llevo yo la mochila», «Ya discuto yo la nota del examen», lo que le estás diciendo es: «Sin mí, tu no puedes. No puedes confiar en ti mismo», lo que generará una baja autoestima. Y la otra habilidad básica es la empatía, que ayuda a despertar mi voluntad de ayudar a los otros. Es decir: hay que cuidar la relación con uno mismo y con los otros.

En política cada vez abundan más los niños consentidos, siendo Donald Trump un paradigma: como experta: ¿Nos podría decir qué emociones carece —o excede— el presidente de EEUU?

Creo que Trump tiene una mezcla de lo que se llama la “triada oscura”: por un lado el narcisismo, ese «yo primero». También tiene un rasgo patológico que es la psicopatía, no digo que sea un psicópata, sino que es alguien que no percibe cómo se sienten los otros. Y la tercera sería el maquiavelismo: ese «cómo me puedo salir siempre con la mía». Es también muy iracundo… La verdad es que no es una persona emocionalmente inteligente y, por tanto, su gravitación tiende hacia el miedo: considera que con la amenaza puede conseguir lo que quiera y por eso la utiliza de forma constante. Y a corto término, esto funciona —también en las empresas y en otros puestos de responsabilidad—, pero cuando ya pasa un tiempo, la gente se cansa; y creo que esto ya está empezando a pasar con Trump 

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