viernes, 3 de julio de 2026

Eirene García, psicóloga: “Hay personas que piensan siempre en lo peor para protegerse, pero la catastrofización solo hace que suframos antes de tiempo”

 ANNA CALPE     |     lavanguardia.com     |     24/05/2026

Aunque no podemos mantener el control ante las adversidades de la vida, la psicóloga sostiene que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia

“El ser humano es un animal de costumbres y, cuando algo cambia, la incertidumbre nos asusta”. Eirene García, psicóloga especializada en trauma y duelo, acompaña a las personas a atravesar los cambios inevitables de la vida: desde una amistad que se enfría hasta una ruptura, un cambio de trabajo o la muerte inesperada de un ser querido. Situaciones que, en mayor o menor medida, nos recuerdan que vivir implica transformarse constantemente.

Aunque mantener el control ante estas adversidades no siempre es posible, la psicóloga sostiene en Cuando nada es seguro, todo es posible (BRUGUERA) que hay algo esencial que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra existencia, incluso aquellas marcadas por la pérdida, la incertidumbre o el duelo. Lo explica también en conversación con La Vanguardia.

En un mundo donde el cambio no es la excepción, sino la norma, ¿por qué se percibe la estabilidad como el estado natural de las cosas?

En el fondo, nuestro cerebro necesita seguridad. Desde que existe la humanidad hemos intentado reducir la incertidumbre de muchas maneras: a través de la religión, de los profetas, del tarot o incluso de la ciencia y la meteorología. Siempre hemos buscado anticiparnos a lo que va a ocurrir para sentir que tenemos cierto control sobre la vida. La estabilidad nos da calma porque a nuestro cerebro le gusta saber qué pasará después. La incertidumbre, en cambio, genera miedo. De hecho, una de las estrategias más comunes que tenemos las personas es la catastrofización: anticipar que ocurrirá lo peor. Hay quienes piensan siempre en el peor escenario para protegerse, pero esta forma de pensar solo hace que suframos antes de tiempo. Sucede cuando aparecen pensamientos como “voy a suspender el examen”, “no me van a coger en este trabajo” o “esto no va a funcionar”. Es una forma de intentar protegernos emocionalmente, aunque en realidad no nos ayuda.

Entre los cambios que afectan nuestra vida habla de “microduelos cotidianos”. ¿Cómo pueden cambios aparentemente pequeños convertirse en un duelo emocional importante?

No todos los duelos tienen que ver con la muerte. Hay pérdidas mucho más silenciosas que también nos afectan. Por ejemplo, una amistad que se enfría después de un malentendido o porque una de las dos personas empieza a distanciarse sin explicar qué ocurre. A veces sentimos que algo cambia, que el vínculo se vuelve extraño, y acabamos perdiendo a alguien importante sin haber tenido una conversación clara. Eso también es un duelo, aunque muchas veces ni siquiera lo reconocemos como tal. También ocurre con los cambios laborales. Imagina que cambias de trabajo porque has encontrado mejores condiciones. En teoría deberías sentirte feliz porque ha sido una decisión tuya y supone una mejora. Sin embargo, también puedes sentir tristeza porque dejas atrás compañeros con los que tenías una relación cercana o una rutina que te hacía sentir cómoda. Lo mismo pasa cuando un proyecto no sale adelante o cuando haces una entrevista de trabajo y no te seleccionan. Son pequeñas pérdidas que a veces minimizamos, pero que emocionalmente pueden tener mucho impacto.

¿El desconocimiento de un microduelo explica el sentimiento de culpa cuando la vida nos sonríe?

En parte, y también porque nos cuesta aceptar la ambivalencia emocional. Vivir implica sentir emociones contradictorias al mismo tiempo. Podemos estar felices y tristes a la vez, y eso es completamente humano. Por ejemplo, puedes alegrarte porque vas a mudarte a una ciudad con mejor calidad de vida o porque vas a tener un salario mejor. Pero al mismo tiempo sentir tristeza porque dejas atrás a tus amigos, a tus vecinos o a una etapa importante de tu vida. El problema es que socialmente existe la idea de que, si algo es positivo, deberíamos sentirnos únicamente felices. Nos decimos a nosotros mismos: “No debería estar triste porque esto es bueno para mí”. Y ahí aparece la culpa. Sin embargo, las emociones no funcionan de manera tan simple. Hay experiencias que implican ganancia y pérdida al mismo tiempo, y permitirnos sentir ambas cosas es mucho más sano que intentar encajar en una expectativa social.

¿Cómo podemos prepararnos para el cambio y el porvenir emocional de lo inevitable sin caer en el estrés o la ansiedad?

La diferencia está en distinguir qué depende de nosotros y qué no. Prepararnos para el futuro es saludable cuando actuamos sobre aquello que sí podemos hacer: cuidarnos, organizarnos, tomar decisiones o desarrollar herramientas personales. El problema aparece cuando intentamos controlar lo incontrolable. Yo suelo poner un ejemplo muy sencillo: es como salir a correr y pretender no sudar. Hay cosas que simplemente forman parte de cómo funciona la vida. Muchas personas me dicen en consulta: “Sé que no debería querer controlarlo todo”. Y yo les respondo que cierto grado de control es necesario y adaptativo. Lo que genera sufrimiento es intentar controlar las emociones de los demás, el resultado exacto de las situaciones o aquello que no está en nuestras manos. Ahí es donde aparece la frustración constante.

En tu consulta, ¿qué cambios vitales observas que desestabilizan más a las personas hoy en día?

Generalmente, los cambios más difíciles son los inesperados, aquellos que llegan de forma brusca y sobre los que sentimos que no hemos tenido capacidad de decisión. Por ejemplo, una de nuestras especialidades es el duelo perinatal. La pérdida de un bebé durante el embarazo es una experiencia profundamente traumática y, además, muy silenciada socialmente. Muchas madres sienten que no pueden expresar libremente ese dolor o que el entorno minimiza lo sucedido. También ocurre con las rupturas inesperadas. Hay relaciones que se van deteriorando poco a poco y en las que ambos perciben que algo no funciona. Pero existen otras en las que una persona siente que todo estaba bien y, de repente, recibe una ruptura inesperada. En esos casos suele aparecer una frase muy repetida: “No me lo puedo creer”. Y precisamente ahí vemos el impacto del cambio traumático: cuando rompe por completo la idea que teníamos de nuestra realidad.

¿Qué etapas de la vida son especialmente desestabilizadoras?

Hay muchas teorías sobre las crisis vitales asociadas a determinadas edades: la crisis de los 30, de los 40, de los 50 o incluso la jubilación. Pero personalmente coincido mucho con el autor Bruce Feiler, que defiende que las crisis pueden aparecer en cualquier momento. En mi caso, por ejemplo, viví cambios muy importantes siendo niña. A veces pensamos que las grandes crisis solo llegan en la adultez, pero no es así. La vida puede transformarse radicalmente a cualquier edad. Desde que nacemos estamos atravesando cambios y pérdidas. Salimos del vientre materno y entramos en un entorno completamente distinto. Después llegan cambios evolutivos, familiares, relacionales, laborales o incluso derivados de acontecimientos inesperados. Cada transición puede desestabilizarnos de forma distinta según nuestras herramientas emocionales, nuestra historia de vida y el apoyo que tengamos alrededor.

¿Qué herramientas pueden ayudarnos emocionalmente a sostener una etapa de transición?

Para mí, una de las herramientas más importantes es rodearnos de personas que nos quieran bien. El apoyo social es fundamental durante los cambios importantes. Pero no cualquier apoyo sirve. Hay personas que intentan ayudar minimizando el dolor con frases como “no es para tanto” o “tienes que ser fuerte”. Y eso muchas veces hace que quien está sufriendo se sienta todavía más incomprendido. El apoyo realmente saludable es el que valida lo que sentimos, el que acompaña sin juzgar y el que entiende que no siempre hay soluciones ni palabras perfectas. A veces el simple hecho de estar presente y escuchar ya es profundamente reparador.

¿Cómo podemos saber si estamos atravesando una etapa que requiera ayuda profesional?

Todo depende de cómo ese malestar está afectando a las distintas áreas de tu vida. Es normal que un cambio importante tenga un impacto emocional. Puede hacer que tengamos menos energía, problemas de concentración, alteraciones del sueño o más pensamientos recurrentes. Cada persona lo vive de una manera distinta. Hay quien necesita aislarse un poco y quien necesita mantenerse constantemente ocupado. Pero el problema aparece cuando nos quedamos atascados. Por ejemplo, cuando el pensamiento gira continuamente alrededor del “por qué”, cuando no conseguimos salir de la rumiación mental o cuando dejamos de disfrutar completamente de nuestra vida cotidiana. Si el sufrimiento empieza a impedirnos trabajar, relacionarnos, descansar o cuidar de nosotros mismos, entonces probablemente necesitemos acompañamiento profesional.

¿Por qué hay personas más intolerantes a la incertidumbre que otras?

Tiene mucho que ver con la historia personal, con el aprendizaje y con cómo hemos vivido los cambios a lo largo de nuestra vida. También influye mucho cómo nuestros padres o referentes afrontaban la incertidumbre. En mi caso, por ejemplo, viví muchos cambios durante la infancia y no tuvimos cierta estabilidad hasta la adolescencia. Eso, aunque fue difícil, también me dio herramientas para adaptarme a situaciones nuevas. La tolerancia a la incertidumbre no es algo con lo que simplemente se nace; también se entrena. Cuanto más aprendemos a atravesar cambios y a comprobar que podemos sostenerlos, más capacidad desarrollamos para convivir con lo incierto.

Después de escribir el libro y de acompañar tantos procesos durante tu trayectoria, ¿qué has aprendido sobre la incertidumbre que más te ha marcado?

Creo que una de las lecciones más importantes me la dio un médico durante mi primer embarazo. Yo tenía una amenaza de aborto y estaba muy angustiada porque necesitaba saber qué iba a pasar. Y recuerdo que él me dijo algo muy sencillo: “No puedo decirte con certeza qué ocurrirá. Solo podemos mantener una actitud expectante”. Aquella frase me marcó muchísimo. Entendí que había situaciones en las que no podía hacer otra cosa que centrarme en el presente, cuidarme y aceptar que el futuro todavía no estaba escrito. Afortunadamente, todo salió bien. Pero desde entonces intento vivir muchas situaciones desde esa actitud expectante. No desde el pesimismo, sino desde el realismo. A veces la gente me dice: “Siempre estás con el ‘ya veremos qué pasa’”. Y para mí no es una forma negativa de mirar la vida, sino una manera de aceptar que no podemos controlarlo todo. Ni lo mejor está garantizado ni lo peor es inevitable. Muchas veces simplemente tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre mientras seguimos adelante.