clarín | lavanguardia.com |
07/05/2026
Dice que la tecnología puede ser tanto una
distracción como un recurso
¿Cuántos teléfonos recuerdas? ¿Cuánto tiempo tardas en conseguir esa
película que quieres ver? ¿Y en averiguar la ruta para llegar a un lugar? No
hay dudas acerca de que nuestro cerebro destina hoy muchos menos recursos a
esas tareas y que su capacidad de atención se ha reducido.
¿Eso implica que perdimos habilidades de las que gozábamos antes de que el
móvil se convirtiera en un apéndice de nuestro cuerpo, en una especie de disco
duro externo? ¿Es eso indefectiblemente negativo?.
No,
tranquiliza María Roca, neurocientífica y psicóloga, investigadora del CONICET
y coordinadora de actividades de divulgación comunitaria en la Fundación INECO.
“Las cosas vienen cambiando muy rápidamente, pero las habilidades del
cerebro no por eso valen menos, al contrario, son cada vez más importantes”,
afirma Roca. La clave, sostiene, está en “poder convertirnos en dueños de
nuestro propio capital cerebral”.
¿Qué significa? “Poder ser el dueño de tu propio foco, decidir en qué
gastas el tiempo, cómo lo gestionas adecuadamente para no pasar horas
scrolleando una pantalla y darte cuenta que al final no hiciste lo que tenías
que hacer”, ejemplifica la neurocientífica, que no tiene una visión
apocalíptica de los avances tecnológicos. Desde la televisión al móvil o la
inteligencia artificial, “todo puede transformarse en un recurso o una
distracción”, dice.
Eso es lo que transmite junto a Facundo Manes en Descubriendo el Cerebro 2 (Editorial Planeta), un
libro pensado para niños desde 10 años en adelante, que incluye actividades y
experimentos que ayudan a entrenar la atención, hacer un buen uso de las nuevas
tecnologías y administrar de manera más eficiente el tiempo; que además enseña
a conocer las trampas del cerebro y qué podemos hacer para cambiar hábitos y
conductas.
Es un libro para niños, que no es solo para niños. De hecho, dice Roca,
muchas de esas cuestiones son las que también trabajan en empresas: “Nos
acostumbramos a trabajar con 25 pestañas abiertas que nos distraen”. Y son las
distracciones externas (pero también las internas), las que nos “roban” capital
cerebral. Se estima que cada día perdemos entre 2 y 3 horas de productividad a
causa de distracciones.
¿Qué es el capital cerebral?
Antes hablábamos de capital mental y decíamos que era la suma de recursos
intelectuales y afectivos que tiene una persona. Tu capital mental es tu
capacidad de hablar, de entender, de hacer cuentas, de darte cuenta cómo se
siente el otro... tus recursos intelectuales y afectivos. Hoy se habla más
de capital cerebral como toda la potencialidad que tiene tu cerebro, que es la
combinación de tu salud cerebral y tus habilidades cognitivas.
La salud cerebral es qué tan bien cuidado está el cerebro, es decir, cuando
no tiene patologías que van desde
enfermedades cerebrovasculares, degenerativas o inclusive alguna
cuestión asociada a la salud mental; pero también qué tan ágil es: si descanso
más, me acuerdo mejor; si hago ejercicio también y aprendo más, soy más
productiva y manejo mejor el estrés.
Mientras que las habilidades cognitivas o cerebrales de una
persona son su capacidad de tomar decisiones, su memoria, su capacidad de
resolver problemas, de ser creativo. Todo eso es lo que hoy se considera el
capital cerebral, que existe a nivel individual, pero existe a nivel equipos de
trabajo y hasta de países.
Por eso, invertir en educación en la primera infancia
fortalece no solo el capital cerebral, con más habilidades, sino la salud
cerebral de las poblaciones, haciéndolo más resistente a patologías como el
Alzheimer.
Lo que no se usa, se pierde
Los que nacimos antes de los móviles conocimos otras formas
de relacionarnos con el mundo, de comunicarnos, de buscar información, de pasar
el tiempo. Somos testigos y protagonistas del cambio. Y en esa transformación
perdimos capacidad de atención, entre otras habilidades.
¿Qué pasa con el cerebro de los niños, de los nativos digitales,
que nacieron con todo eso ya dado?
Las habilidades del cerebro y el cerebro se desarrollan en
un interjuego de variables genéticas con lo ambiental. Entonces, aquellas cosas
a las que fuiste expuesto son aquellas habilidades que vas a desarrollar. ¿Por
qué nos acordamos más teléfonos de la infancia o la adolescencia que los
actuales? Porque ahora no nos hace falta recordarlos. Las funciones que se
desarrollan son las que se usan. El cerebro no viene dado, cerrado como un
paquetito, sino que aquello que usas y que entrenas y que practicas es aquello
en lo que tu cerebro se va a fortalecer. Entonces, definitivamente, el acceso a
las nuevas tecnologías versus el no acceso en nuestra primera infancia hace que
todo se una diferente, que las habilidades sean diferentes.
Nosotros podíamos pasar 30, 40 minutos leyendo. Estábamos
entrenados en hacer una cosa a la vez por un tiempo largo. A medida que eso no
es parte de la primera infancia o de la niñez, esa habilidad se ve más
afectada. Pero nos pasa a nosotros también. Hace 20 años, podía concentrarme
más en una sola cosa por más tiempo, porque aquello que no usas, no solo no
desarrollas, sino que también lo pierdes si no lo usas.
Y no pasa solo con la atención. Hay otra cosa que tiene que
ver con la inmediatez. Cuando era niña y quería ver la película del momento,
tenía que ir al videoclub y esperar dos semanas. Había más tolerancia a la
incertidumbre, a la espera, a lo no inmediato que teníamos muy desarrollado.
Ahora todo está disponible todo el tiempo.
Entonces, el contexto siempre impacta en las funciones que
se desarrollan y en las funciones que guardas y que sostienes. Las que no usas,
no las sostienes y las vas a ir perdiendo poco a poco.
Suena a involución, ¿o hay algo positivo?
Es relativo: tenemos menos memoria para cosas que
necesitamos menos que antes. Hoy ya no necesitamos recordar los números de
teléfono porque tenemos un almacenamiento mucho más grande en el teléfono. Esto
puede verse como una tragedia o como una de las mayores habilidades que tiene
nuestro cerebro, que es la neuroplasticidad: si no usamos una función la vamos
a perder; pero si usamos otra, la vamos a desarrollar.
Quizás ahora somos peores guardadores que el teléfono, pero
somos mejores buscadores de información. Cuando empezó la pandemia, usaba un
programa para conectarme online que era Skype. Hoy usamos 25 plataformas con
una facilidad impresionante. Es decir, aprendemos, el cerebro se adapta,
trabajábamos de una manera, ahora trabajamos de otra. Esto tiene que ver con la
capacidad adaptativa que tiene nuestro cerebro.
Bienestar digital
Para la neurocientífica y psicóloga, bloquear el acceso de
los niños a móviles y pantallas sería casi como intentar tapar el sol con las
manos. “Ya son parte del contexto, no es algo de lo que podamos dejarlos
afuera. Lo que tenemos que lograr es que puedan usarlos a su favor y
saludablemente: cuándo lo uso y para qué, y cuándo lo dejo para concentrarme en
una conversación familiar, en una charla con alguien que me preocupa, o en una
actividad en particular”.
Uno de los ejercicios que sugieren en el libro es hacer el
experimento de dejar los teléfonos de todos los integrantes de la familia en
una caja y analizar cuánto conversan en comparación a los momentos en los que
tienen los dispositivos a mano. “Sirve para tomar conciencia de que muchas
veces el problema no es el teléfono en sí mismo, ni las nuevas tecnologías,
sino su mal uso”.
“Me preocupa cuando se propone dejarlo fuera, porque nadie
puede aprender a usar nada bien sin usarlo. Me parece más saludable ver cómo
las nuevas tecnologías se complementan con las habilidades humanas y cómo uno
es dueño de cuándo sí y cuándo no, cuándo se vuelven un distractor y cuándo
potencian”, diferencia Roca.
“Que esta entrevista puede llegar a un montón de personas
lo permiten las nuevas tecnologías. Eso es algo positivo. Estar conectado a las
dos de la mañana y que eso impacte en mi sueño, es algo negativo. Entonces, más
que tecnologías sí o tecnologías no, tenemos que aprender de bienestar digital,
para que no impacten en nuestra salud cerebral, sino que más bien potencien
nuestras habilidades.”
Aplica a todas las edades...
Sí. A los niños les pasa que son nativos digitales, ya
nacieron con esto, entonces limitar su uso puede ser más complicado, porque
tampoco conocen tanto los beneficios de una charla cara a cara, por ejemplo.
Pero es un problema para todos. Los problemas de sueño son cada vez más
frecuentes y se considera que se asocian a esto de estar todo el tiempo
conectado.
La desconexión para el cerebro es algo importante. Lo es,
incluso, para la productividad. Para un cerebro saludable el descanso es clave.
Por eso el bienestar digital tiene que ser enseñado en los
colegios, una vez que ya el teléfono pasa a ser una herramienta; en las
organizaciones... y también a los adultos mayores, porque hoy la tecnología les
permite estar mucho más en contacto con otras generaciones, pero si no pueden
cortar su uso al momento de descansar, distinguir cuando una inteligencia
artificial alucina, o cómo elegir una fuente confiable de información, es un
problema.
Aprender a cuidar el cerebro
Cuidar al cerebro es mucho más que evitar el deterioro
cognitivo. La salud mental es parte de la salud cerebral y de la salud en
general, afirma Roca.
“No puede haber salud sin salud mental”, sostiene en base a
la definición de la Organización Mundial de la Salud, que entiende la salud
como un estado de bienestar físico, psíquico y social: “Es decir, no alcanza
con no estar deprimido y no tener un problema de salud físico, sino que además
hay que tener vínculos significativos que te sostengan, sentir apoyo social”.
La pandemia, dice, funcionó como un punto de inflexión que
visibilizó la importancia del cuidado de la salud mental, precisamente porque
se vio afectada masivamente.
La crisis sanitaria puso también en evidencia cuáles son
los factores que la ponen en riesgo. Entre ellos, Roca destaca tres que suelen
aparecer juntos: la incertidumbre, la sensación de falta de control y el miedo
a perder algo valioso. Cuando esas variables se combinan —como ocurrió a gran
escala durante la pandemia— aumentan los niveles de ansiedad y depresión.
Del otro lado, también están los factores protectores: ejercicio físico,
buena alimentación y descanso. Tres pilares básicos –entro otros- que, sin
embargo, se ven fácilmente alterados en contextos de estrés o de
sobreexigencia.
“Todos sabemos cómo cuidar nuestro corazón, pero no todos sabemos cómo
cuidar nuestro cerebro. Vas a hacer un chequeo médico anual y ¿alguien te
pregunta si te sientes solo? –cuestiona Roca- eso tiene un impacto”.
“Tenemos que hacer propia la definición de que no hay salud sin salud
mental y enseñar no solo a comer saludablemente, sino a usar bien la atención,
a gestionar las emociones y el uso saludable de las tecnologías”, concluyó.