lunes, 22 de junio de 2026

Nueva herramienta para predecir el riesgo de trastorno bipolar en adolescentes hospitalizados

AITANA PALOMAR-Barcelona- Periodismo Blanquerna  | lavanguardia.com | 14/04/2026

Un modelo predictivo basado en datos clínicos podría ayudar a anticipar la aparición de este trastorno en jóvenes con mayor riesgo

Un equipo internacional de investigadores ha desarrollado una herramienta capaz de calcular la probabilidad de que adolescentes con problemas de salud mental acaben desarrollando un trastorno bipolar en los años posteriores a su hospitalización. El estudio, coliderado por Joaquim Raduà (IDIBAPS), junto con Gonzalo Salazar de Pablo (King’s College London), Daniel Guinart (Hospital del Mar) y Christoph Correll (Charité Universitätsmedizin, Berlín), plantea una nueva vía para avanzar en la detección de esta enfermedad, que a menudo tarda años en ser diagnosticada.

Profesionales del Hospital Clínic Barcelona señalan que el trastorno bipolar es una enfermedad mental grave que se caracteriza por cambios extremos en el estado de ánimo, en los que se alternan episodios depresivos y fases de hipomanía o manía. Su complejidad clínica dificulta la identificación temprana y, en consecuencia, retrasa el inicio del tratamiento.

Datos recientes

El riesgo de desarrollar trastorno bipolar aumenta progresivamente con el tiempo

Para avanzar en su detección, el equipo internacional de investigadores realizó un seguimiento de 105 adolescentes ingresados por trastornos afectivos, de ansiedad o de conducta, pero sin diagnóstico previo de bipolaridad o psicosis. Durante un periodo de hasta cinco años, el estudio analizó la evolución de estos pacientes y concluyó que el riesgo de desarrollar trastorno bipolar crece de forma progresiva: un 5% durante el primer año, un 22% durante los dos primeros años, un 29% durante los tres primeros años y un 36% durante los cuatro primeros años.

Con estos datos, los investigadores aplicaron modelos estadísticos avanzados para identificar qué variables clínicas permiten anticipar la aparición del trastorno bipolar. El resultado es una calculadora de riesgo que tiene en cuenta, sobre todo, síntomas leves de hipomanía que suelen pasar desapercibidos: autoestima inflada o grandiosidad (el predictor más potente), pensamientos acelerados, habla excesiva y aumento de energía.

Según el estudio, publicado en la revista Molecular Psychiatry, la herramienta alcanza una precisión de entre el 72% y el 86% durante los dos primeros años tras la hospitalización, el periodo más útil para orientar y adaptar el seguimiento clínico. Joaquim Raduà subraya la utilidad de este enfoque preventivo: “Nuestra herramienta permite identificar a adolescentes que, aun sin tener un trastorno bipolar, presentan un patrón clínico asociado a una mayor probabilidad de desarrollarlo. Detectar estos casos de forma anticipada puede marcar la diferencia en términos de una mejor prevención, así como de un tratamiento más precoz y, por tanto, más efectivo”.

Nueva vía

El estudio supone un avance en la psiquiatría de la precisión

La calculadora no sustituye el diagnóstico clínico, pero puede ayudar a los profesionales de la salud mental a adaptar el seguimiento y ofrecer mejores intervenciones preventivas: programas de psicoeducación, tratamientos psicológicos específicos o un control más estrecho de la evolución de los síntomas. Gonzalo Salazar de Pablo, coautor del estudio, destaca que “esta herramienta no es un diagnóstico, sino un apoyo para los clínicos. Nos permite estimar quién puede necesitar una vigilancia más estrecha y así mejorar las oportunidades de prevención e intervención temprana”.

Los autores advierten, no obstante, que el modelo debe validarse en muestras más amplias y en contextos clínicos diversos antes de consolidar su uso y confirmar su utilidad en la práctica clínica habitual. Aun así, el estudio representa un paso relevante en la psiquiatría de precisión, que busca adaptar las intervenciones a las características individuales de cada paciente y anticiparse a la aparición de trastornos graves.

María Roca, neurocientífica y psicóloga: “Tenemos que aprender a usar bien nuestro capital cerebral”

clarín     |      lavanguardia.com      |      07/05/2026

Dice que la tecnología puede ser tanto una distracción como un recurso

¿Cuántos teléfonos recuerdas? ¿Cuánto tiempo tardas en conseguir esa película que quieres ver? ¿Y en averiguar la ruta para llegar a un lugar? No hay dudas acerca de que nuestro cerebro destina hoy muchos menos recursos a esas tareas y que su capacidad de atención se ha reducido.

¿Eso implica que perdimos habilidades de las que gozábamos antes de que el móvil se convirtiera en un apéndice de nuestro cuerpo, en una especie de disco duro externo? ¿Es eso indefectiblemente negativo?.

No, tranquiliza María Roca, neurocientífica y psicóloga, investigadora del CONICET y coordinadora de actividades de divulgación comunitaria en la Fundación INECO.

“Las cosas vienen cambiando muy rápidamente, pero las habilidades del cerebro no por eso valen menos, al contrario, son cada vez más importantes”, afirma Roca. La clave, sostiene, está en “poder convertirnos en dueños de nuestro propio capital cerebral”.

¿Qué significa? “Poder ser el dueño de tu propio foco, decidir en qué gastas el tiempo, cómo lo gestionas adecuadamente para no pasar horas scrolleando una pantalla y darte cuenta que al final no hiciste lo que tenías que hacer”, ejemplifica la neurocientífica, que no tiene una visión apocalíptica de los avances tecnológicos. Desde la televisión al móvil o la inteligencia artificial, “todo puede transformarse en un recurso o una distracción”, dice.

Eso es lo que transmite junto a Facundo Manes en Descubriendo el Cerebro 2 (Editorial Planeta), un libro pensado para niños desde 10 años en adelante, que incluye actividades y experimentos que ayudan a entrenar la atención, hacer un buen uso de las nuevas tecnologías y administrar de manera más eficiente el tiempo; que además enseña a conocer las trampas del cerebro y qué podemos hacer para cambiar hábitos y conductas.

Es un libro para niños, que no es solo para niños. De hecho, dice Roca, muchas de esas cuestiones son las que también trabajan en empresas: “Nos acostumbramos a trabajar con 25 pestañas abiertas que nos distraen”. Y son las distracciones externas (pero también las internas), las que nos “roban” capital cerebral. Se estima que cada día perdemos entre 2 y 3 horas de productividad a causa de distracciones.

¿Qué es el capital cerebral?

Antes hablábamos de capital mental y decíamos que era la suma de recursos intelectuales y afectivos que tiene una persona. Tu capital mental es tu capacidad de hablar, de entender, de hacer cuentas, de darte cuenta cómo se siente el otro... tus recursos intelectuales y afectivos. Hoy se habla más de capital cerebral como toda la potencialidad que tiene tu cerebro, que es la combinación de tu salud cerebral y tus habilidades cognitivas.

La salud cerebral es qué tan bien cuidado está el cerebro, es decir, cuando no tiene patologías que van desde  enfermedades cerebrovasculares, degenerativas o inclusive alguna cuestión asociada a la salud mental; pero también qué tan ágil es: si descanso más, me acuerdo mejor; si hago ejercicio también y aprendo más, soy más productiva y manejo mejor el estrés.

Mientras que las habilidades cognitivas o cerebrales de una persona son su capacidad de tomar decisiones, su memoria, su capacidad de resolver problemas, de ser creativo. Todo eso es lo que hoy se considera el capital cerebral, que existe a nivel individual, pero existe a nivel equipos de trabajo y hasta de países.

Por eso, invertir en educación en la primera infancia fortalece no solo el capital cerebral, con más habilidades, sino la salud cerebral de las poblaciones, haciéndolo más resistente a patologías como el Alzheimer.

Lo que no se usa, se pierde

Los que nacimos antes de los móviles conocimos otras formas de relacionarnos con el mundo, de comunicarnos, de buscar información, de pasar el tiempo. Somos testigos y protagonistas del cambio. Y en esa transformación perdimos capacidad de atención, entre otras habilidades.

¿Qué pasa con el cerebro de los niños, de los nativos digitales, que nacieron con todo eso ya dado?

Las habilidades del cerebro y el cerebro se desarrollan en un interjuego de variables genéticas con lo ambiental. Entonces, aquellas cosas a las que fuiste expuesto son aquellas habilidades que vas a desarrollar. ¿Por qué nos acordamos más teléfonos de la infancia o la adolescencia que los actuales? Porque ahora no nos hace falta recordarlos. Las funciones que se desarrollan son las que se usan. El cerebro no viene dado, cerrado como un paquetito, sino que aquello que usas y que entrenas y que practicas es aquello en lo que tu cerebro se va a fortalecer. Entonces, definitivamente, el acceso a las nuevas tecnologías versus el no acceso en nuestra primera infancia hace que todo se una diferente, que las habilidades sean diferentes.

Nosotros podíamos pasar 30, 40 minutos leyendo. Estábamos entrenados en hacer una cosa a la vez por un tiempo largo. A medida que eso no es parte de la primera infancia o de la niñez, esa habilidad se ve más afectada. Pero nos pasa a nosotros también. Hace 20 años, podía concentrarme más en una sola cosa por más tiempo, porque aquello que no usas, no solo no desarrollas, sino que también lo pierdes si no lo usas.

Y no pasa solo con la atención. Hay otra cosa que tiene que ver con la inmediatez. Cuando era niña y quería ver la película del momento, tenía que ir al videoclub y esperar dos semanas. Había más tolerancia a la incertidumbre, a la espera, a lo no inmediato que teníamos muy desarrollado. Ahora todo está disponible todo el tiempo.

Entonces, el contexto siempre impacta en las funciones que se desarrollan y en las funciones que guardas y que sostienes. Las que no usas, no las sostienes y las vas a ir perdiendo poco a poco.

Suena a involución, ¿o hay algo positivo?

Es relativo: tenemos menos memoria para cosas que necesitamos menos que antes. Hoy ya no necesitamos recordar los números de teléfono porque tenemos un almacenamiento mucho más grande en el teléfono. Esto puede verse como una tragedia o como una de las mayores habilidades que tiene nuestro cerebro, que es la neuroplasticidad: si no usamos una función la vamos a perder; pero si usamos otra, la vamos a desarrollar.

Quizás ahora somos peores guardadores que el teléfono, pero somos mejores buscadores de información. Cuando empezó la pandemia, usaba un programa para conectarme online que era Skype. Hoy usamos 25 plataformas con una facilidad impresionante. Es decir, aprendemos, el cerebro se adapta, trabajábamos de una manera, ahora trabajamos de otra. Esto tiene que ver con la capacidad adaptativa que tiene nuestro cerebro.

Bienestar digital

Para la neurocientífica y psicóloga, bloquear el acceso de los niños a móviles y pantallas sería casi como intentar tapar el sol con las manos. “Ya son parte del contexto, no es algo de lo que podamos dejarlos afuera. Lo que tenemos que lograr es que puedan usarlos a su favor y saludablemente: cuándo lo uso y para qué, y cuándo lo dejo para concentrarme en una conversación familiar, en una charla con alguien que me preocupa, o en una actividad en particular”.

Uno de los ejercicios que sugieren en el libro es hacer el experimento de dejar los teléfonos de todos los integrantes de la familia en una caja y analizar cuánto conversan en comparación a los momentos en los que tienen los dispositivos a mano. “Sirve para tomar conciencia de que muchas veces el problema no es el teléfono en sí mismo, ni las nuevas tecnologías, sino su mal uso”.

“Me preocupa cuando se propone dejarlo fuera, porque nadie puede aprender a usar nada bien sin usarlo. Me parece más saludable ver cómo las nuevas tecnologías se complementan con las habilidades humanas y cómo uno es dueño de cuándo sí y cuándo no, cuándo se vuelven un distractor y cuándo potencian”, diferencia Roca.

“Que esta entrevista puede llegar a un montón de personas lo permiten las nuevas tecnologías. Eso es algo positivo. Estar conectado a las dos de la mañana y que eso impacte en mi sueño, es algo negativo. Entonces, más que tecnologías sí o tecnologías no, tenemos que aprender de bienestar digital, para que no impacten en nuestra salud cerebral, sino que más bien potencien nuestras habilidades.”

Aplica a todas las edades...

Sí. A los niños les pasa que son nativos digitales, ya nacieron con esto, entonces limitar su uso puede ser más complicado, porque tampoco conocen tanto los beneficios de una charla cara a cara, por ejemplo. Pero es un problema para todos. Los problemas de sueño son cada vez más frecuentes y se considera que se asocian a esto de estar todo el tiempo conectado.

La desconexión para el cerebro es algo importante. Lo es, incluso, para la productividad. Para un cerebro saludable el descanso es clave.

Por eso el bienestar digital tiene que ser enseñado en los colegios, una vez que ya el teléfono pasa a ser una herramienta; en las organizaciones... y también a los adultos mayores, porque hoy la tecnología les permite estar mucho más en contacto con otras generaciones, pero si no pueden cortar su uso al momento de descansar, distinguir cuando una inteligencia artificial alucina, o cómo elegir una fuente confiable de información, es un problema.

Aprender a cuidar el cerebro

Cuidar al cerebro es mucho más que evitar el deterioro cognitivo. La salud mental es parte de la salud cerebral y de la salud en general, afirma Roca.

“No puede haber salud sin salud mental”, sostiene en base a la definición de la Organización Mundial de la Salud, que entiende la salud como un estado de bienestar físico, psíquico y social: “Es decir, no alcanza con no estar deprimido y no tener un problema de salud físico, sino que además hay que tener vínculos significativos que te sostengan, sentir apoyo social”.

La pandemia, dice, funcionó como un punto de inflexión que visibilizó la importancia del cuidado de la salud mental, precisamente porque se vio afectada masivamente.

La crisis sanitaria puso también en evidencia cuáles son los factores que la ponen en riesgo. Entre ellos, Roca destaca tres que suelen aparecer juntos: la incertidumbre, la sensación de falta de control y el miedo a perder algo valioso. Cuando esas variables se combinan —como ocurrió a gran escala durante la pandemia— aumentan los niveles de ansiedad y depresión.

Del otro lado, también están los factores protectores: ejercicio físico, buena alimentación y descanso. Tres pilares básicos –entro otros- que, sin embargo, se ven fácilmente alterados en contextos de estrés o de sobreexigencia.

“Todos sabemos cómo cuidar nuestro corazón, pero no todos sabemos cómo cuidar nuestro cerebro. Vas a hacer un chequeo médico anual y ¿alguien te pregunta si te sientes solo? –cuestiona Roca- eso tiene un impacto”.

“Tenemos que hacer propia la definición de que no hay salud sin salud mental y enseñar no solo a comer saludablemente, sino a usar bien la atención, a gestionar las emociones y el uso saludable de las tecnologías”, concluyó.