JUANJO VILLALBA | menshealth.com | 06/05/2026
El experto alerta sobre una sociedad
que pierde la capacidad crítica mientras se refugia en la comodidad digital
Hay muchas personas que sienten que cada vez cuesta más decir lo que uno
piensa. Eso preocupa bastante a Paolo Crepet, psiquiatra y
sociólogo italiano, que vuelve a poner el foco en una transformación profunda.
Su nuevo libro, ‘Il reato di pensare’ (El delito de pensar), recoge esa
inquietud. “Si se ha vuelto tan difícil decir lo que se piensa, estamos
mal”, advierte.
El problema, según Crepet, no es solo el uso de dispositivos, sino el tipo
de relación que establecemos con ellos. Las redes sociales y la
tecnología digital, explica, no solo median la comunicación, también moldean la
forma de pensar. En ese proceso, se instala una homogeneización cultural
que reduce el espacio para la duda, la discrepancia o la creatividad. “La
cuestión es si hemos tomado un camino en el que incluso nuestro cerebro puede
verse afectado”, resume.
Una generación que pierde matices
El ejemplo que propone es desconcertante. En Noruega, uno de
los países pioneros en introducir tabletas en la educación infantil, los
resultados han encendido todas las alarmas. Según Crepet, jóvenes de
entre 25 y 30 años tienen dificultades para seguir los subtítulos en una
película, lo que afecta a su comprensión de la trama. Se trata de un
síntoma de algo más profundo: una pérdida progresiva de habilidades cognitivas
básicas.
El dato provoca una pregunta. ¿Qué ocurre cuando la tecnología,
pensada para facilitar el acceso al conocimiento, termina debilitando la
capacidad de procesarlo? La respuesta no es sencilla, aunque Crepet insiste en
que el problema no se resuelve eliminando dispositivos de forma puntual.
Prohibir no basta
En el cantón suizo del Ticino, las
autoridades han decidido prohibir el uso de teléfonos móviles en las escuelas
obligatorias. La medida busca recuperar la atención en el aula y limitar
distracciones. Aun así, Crepet considera que el debate va mucho más allá. “Si quito
algo, tengo que dar otra cosa a cambio”, plantea.
El reto, en su opinión, consiste en reconstruir una idea distinta
de creatividad, de relaciones y de gestión emocional. No basta con restringir
el acceso a pantallas. Hace falta proponer experiencias que devuelvan densidad
a la vida cotidiana, que inviten a pensar, a imaginar y a vincularse con otros
de forma menos mediada.
La responsabilidad no recae solo en los jóvenes ni en las familias, también en el conjunto de la comunidad. Crepet apunta a una tendencia compartida hacia la comodidad, una especie de refugio colectivo en la “zona de confort” que limita la curiosidad y el esfuerzo. Su propuesta final es la siguiente: “Sugiero elegir una vida hecha de cosas reales”