CHRISTIAN JIMÉNEZ | lavanguardia.com | 05/05/2026
El experto defiende una mirada menos centrada
en la etiqueta diagnóstica y más atenta a la biografía, los vínculos y el
origen del sufrimiento
El malestar contemporáneo se ha convertido en diagnóstico
casi automático, hasta el punto de que cabe preguntarse si realmente se está
nombrando el sufrimiento o reduciéndolo. Con frecuencia, lo que antes se
entendía como dolor vital, pérdida o desajuste con la propia historia, se
etiqueta hoy como depresión o ansiedad. Pero ¿y si parte del problema no
estuviera en el cerebro, sino en la forma
en que se interpreta la vida?
“Lo que hoy llamamos ansiedad suele empezar mucho antes de
los síntomas”, señala el psiquiatra José Luis Marín, invitado en el pódcast Vidas Contadas, donde cuestiona algunas de las ideas
más asentadas sobre la salud mental. Con una trayectoria de más de cuatro
décadas, plantea una tesis tan provocadora como debatida: que buena
parte de lo que hoy se diagnostica como depresión no reside en el cerebro,
sino en la biografía de cada persona, en aquello que ha ocurrido y no siempre
ha podido ser escuchado a lo largo de la vida.
A partir de su experiencia, el psiquiatra advierte del peligro de etiquetar
el sufrimiento con un diagnóstico psiquiátrico: “Lo hemos estado haciendo
durante los últimos años. Entender o creer que el sufrimiento humano es un
problema médico, y que puede resolverse como tal, se traduce en etiquetas
diagnósticas”, empieza diciendo.
En ese proceso, el malestar acaba a menudo convertido en un nombre clínico:
“Tú estás sufriendo absolutamente y tenemos que encuadrarlo en algún sitio. No
estoy seguro de que se tenga que hacer, pero se hace. Los diagnósticos
psiquiátricos no son una manera adecuada de referirse al sufrimiento. No es
bueno ni para quienes sufren ni para los profesionales”, añade.
Dentro de su consulta, Marín señala que muchas personas
llegan con una comprensión clara de su propio malestar: “Si escucháramos a los
pacientes, podríamos llegar a un diagnóstico y a un tratamiento. Ellos lo saben
todo y te lo cuentan”, apunta. En ese sentido, el relato del paciente no
es un añadido secundario, sino la clave para entender el origen y la lógica del
sufrimiento que se expresa en forma de síntomas.
La vida como origen
El experto considera la psicoterapia como un fenómeno
apoyado biológicamente con un mecanismo llamado neuroplasticidad: “Eso se puede
hacer perfectamente y es un aprendizaje. Los psicoterapeutas básicamente
facilitamos que la persona vea su historia y que la serotonina alterada no es
la causa de su sufrimiento. Siempre digo que la depresión no está en tu
cerebro, la depresión está en tu vida”, destaca.
Desde esta perspectiva, primero es necesario comprender la
propia biografía. Al hacerlo, la persona suele reconocer patrones que se han
ido consolidando con el tiempo. Algunas reacciones, como respuestas intensas o
incluso síntomas físicos, pudieron tener sentido en la infancia, pero hoy
persisten como bucles automáticos que ya no resultan útiles. Solo desde esa
comprensión es posible empezar a modificar respuestas automáticas y abrir la
posibilidad de nuevas formas de reaccionar menos marcadas por la desconfianza o
la alerta permanente.
Patrones que persisten
Una de las preocupaciones que atraviesan muchos padres es
la idea de satisfacer por completo las necesidades de los hijos. Marín recuerda
que se trata de una tarea imposible: “Los padres van a decepcionar, no hay
manera de llenar el depósito al cien por cien”, señala.
También cuestiona la tendencia a querer ocupar el lugar de
los amigos en la crianza: “Los padres no tienen que ser amigos de sus hijos.
Ser amigo de un hijo supone una pérdida de rol. Lo que necesita es un padre,
una figura sólida y estable. Y eso implica asumir una responsabilidad que a
veces es dolorosa: saber decir que no”, explica. En su opinión, la
claridad del rol paterno no solo ordena la relación, sino que aporta la
seguridad emocional que sostiene el desarrollo de los hijos.
Poner
límites, concluye, es una de las tareas fundamentales de la paternidad, junto
con la capacidad de reconocer el error y sostener la propia incertidumbre: “Uno
necesita seguridad para saber que se equivoca y que puede equivocarse”. En esa
tensión entre la firmeza y la vulnerabilidad se construye, para Marín, no sólo
el ejercicio de ser padre sino la base emocional sobre la que se organiza buena
parte de la vida adulta.
Publico este artículo porque el doctor José Luís Marín es un reconocido psiquiatra, pero en el caso de la depresión endógena, que suele ser heredada aunque sea de cuarta o quinta generación, la depresión está en el cerebro. Con una infancia normal y feliz puede darse una depresión endógena antes de los treinta años, sin signos negativos ni en la crianza ni en los estudios y los primeros trabajos. Yo soy un ejemplo vivo de ello y lo escribo por si puede ayudar a alguna persona.
ResponderEliminar