JUDIT GONZÁLEZ PERNIAS | lavanguardia.com | 30/07/2026
El especialista explica cómo distinguir
entre una reacción normal ante una situación difícil y un trastorno que
requiere una valoración profesional
Los
autodiagnósticos son cada vez más frecuentes en una sociedad en la que tenemos
al alcance de la mano todo tipo de información sobre salud mental. Las redes
sociales han ayudado a normalizar la conversación sobre estos temas y a reducir
el estigma, pero también pueden llevar a confundir un malestar emocional
puntual con un trastorno psicológico.
Kazuhiro
Tajima, psiquiatra especializado en trastorno por déficit de atención e
hiperactividad (TDAH), psicosis y nuevas tecnologías aplicadas a la salud
mental, advierte de los riesgos de convertir cualquier sufrimiento en una
etiqueta diagnóstica. En conversación con La Vanguardia,
explica cómo distinguir entre una reacción normal ante una situación difícil y
un trastorno que requiere una valoración profesional.
¿Está
aumentando el número de personas que llegan a consulta convencidas de que
tienen un trastorno psicológico?
Sí,
es una tendencia que estamos viendo con más frecuencia. Muchas personas llegan
convencidas de que tienen TDAH, autismo, ansiedad o un trastorno de
personalidad porque se han sentido identificadas con vídeos o publicaciones en
redes sociales. En algunos casos, el diagnóstico acaba confirmándose, pero en
muchos otros hablamos de reacciones normales ante situaciones de estrés, duelo,
rupturas o problemas laborales. Sentirse mal no significa necesariamente
padecer una enfermedad mental.
¿Qué
está favoreciendo esta tendencia a identificar cualquier malestar emocional con
un diagnóstico?
Hay
varios factores. Por un lado, la salud mental ha dejado de ser un tema tabú, lo
cual es muy positivo. Pero al mismo tiempo, las redes sociales simplifican
conceptos muy complejos. Un vídeo de un minuto puede hacer que miles de
personas piensen: “eso me pasa a mí”. Además, vivimos en una sociedad con poca
tolerancia al malestar. Parece que cualquier emoción desagradable debe tener
una explicación médica, cuando muchas veces forma parte de la vida.
¿Cómo
diferencia un profesional un trastorno mental de una reacción emocional normal
ante una situación difícil?
La
diferencia no está solo en el síntoma, sino en su intensidad, duración y
consecuencias. Todos podemos sentir ansiedad antes de un examen o tristeza tras
una pérdida. Lo que valoramos los psiquiatras es si esos síntomas son
desproporcionados, persisten en el tiempo, generan un sufrimiento intenso o
limitan la capacidad para trabajar, estudiar o mantener relaciones personales.
El contexto es tan importante como los síntomas.
¿Qué
riesgos tiene etiquetarse a uno mismo con un diagnóstico sin una valoración
clínica?
El
principal riesgo es interpretar toda la propia personalidad a través de una
etiqueta. Eso puede generar preocupación innecesaria, retrasar el tratamiento
del problema real o incluso convertirse en una profecía autocumplida. Además,
algunos trastornos comparten síntomas muy parecidos y requieren una valoración
especializada para diferenciarlos correctamente.
¿Las
redes sociales y la divulgación sobre salud mental están ayudando a detectar
problemas o, en algunos casos, están favoreciendo el autodiagnóstico?
Las
dos cosas. Han contribuido enormemente a reducir el estigma y a que muchas
personas pidan ayuda antes, lo cual es una excelente noticia. Pero también
favorecen el autodiagnóstico cuando se presentan listas de síntomas sin
contexto clínico. La divulgación debe servir para orientar, no para sustituir
una evaluación profesional.
¿Qué
señales deberían hacer que una persona busque ayuda psicológica, aunque
finalmente no tenga un trastorno?
Yo
siempre digo que no hace falta tener un diagnóstico para pedir ayuda. Si una
persona lleva semanas sintiéndose desbordada, ha dejado de disfrutar de las
cosas, duerme mal, nota que su rendimiento ha caído o sufre tanto que no puede
gestionar su día a día, merece la pena consultar. A veces confirmamos un
trastorno y otras simplemente ofrecemos herramientas para afrontar un momento
complicado. En ambos casos, acudir a consulta puede ser útil.
¿Cómo
puede una persona saber si lo que siente forma parte de la vida o si realmente
necesita una evaluación profesional?
Una
buena pregunta es: ¿esto me está impidiendo vivir como antes? Si el malestar
aparece de forma puntual ante una situación difícil y poco a poco mejora,
probablemente forma parte de la adaptación normal. Pero si persiste durante
semanas o meses, aumenta con el tiempo, afecta al trabajo, a la familia o a las
relaciones, o genera un sufrimiento importante, es recomendable consultar.
Buscar ayuda no significa asumir que uno tiene una enfermedad; significa cuidar
de la salud mental con la misma naturalidad con la que acudiríamos al médico
por un dolor persistente.
¿Hemos
avanzado al hablar de salud mental?
Podría decirte que creo que hemos avanzado mucho porque hablar de salud mental ya no da vergüenza. El siguiente paso es aprender que no todo sufrimiento es una enfermedad. La tristeza, el miedo o el estrés forman parte de la experiencia humana. Nuestro objetivo como profesionales no es poner etiquetas, sino distinguir cuándo estamos ante una reacción normal y cuándo existe un trastorno que requiere tratamiento. Las redes sociales pueden ser un buen punto de partida para informarse, pero nunca deberían sustituir una valoración clínica individualizada.