ANNA CALPE | lavanguardia.com | 24/05/2026
Aunque no podemos mantener
el control ante las adversidades de la vida, la psicóloga sostiene que sí
podemos elegir: la actitud con la que afrontamos cada etapa de nuestra
existencia
“El ser
humano es un animal de costumbres y, cuando algo cambia, la incertidumbre nos
asusta”. Eirene García, psicóloga especializada en trauma y duelo, acompaña a las
personas a atravesar los cambios inevitables de la vida: desde una amistad que
se enfría hasta una ruptura, un cambio de trabajo o la muerte inesperada de un
ser querido. Situaciones que, en mayor o menor medida, nos recuerdan que vivir
implica transformarse constantemente.
Aunque
mantener el control ante estas adversidades no siempre es posible, la psicóloga
sostiene en Cuando nada es seguro, todo es posible (BRUGUERA)
que hay algo esencial que sí podemos elegir: la actitud con la que afrontamos
cada etapa de nuestra existencia, incluso aquellas marcadas por la pérdida, la
incertidumbre o el duelo. Lo explica también en conversación con La Vanguardia.
En un mundo
donde el cambio no es la excepción, sino la norma, ¿por qué se percibe la
estabilidad como el estado natural de las cosas?
En el
fondo, nuestro cerebro necesita seguridad. Desde que existe la humanidad hemos
intentado reducir la incertidumbre de muchas maneras: a través de la religión,
de los profetas, del tarot o incluso de la ciencia y la meteorología. Siempre
hemos buscado anticiparnos a lo que va a ocurrir para sentir que tenemos cierto
control sobre la vida. La estabilidad nos da calma porque a nuestro cerebro le
gusta saber qué pasará después. La incertidumbre, en cambio, genera miedo. De
hecho, una de las estrategias más comunes que tenemos las personas es la
catastrofización: anticipar que ocurrirá lo peor. Hay quienes piensan siempre
en el peor escenario para protegerse, pero esta forma de pensar solo hace que
suframos antes de tiempo. Sucede cuando aparecen pensamientos como “voy a
suspender el examen”, “no me van a coger en este trabajo” o “esto no va a
funcionar”. Es una forma de intentar protegernos emocionalmente, aunque en
realidad no nos ayuda.
Entre
los cambios que afectan nuestra vida habla de “microduelos cotidianos”. ¿Cómo
pueden cambios aparentemente pequeños convertirse en un duelo emocional
importante?
No todos
los duelos tienen que ver con la muerte. Hay pérdidas mucho más silenciosas que
también nos afectan. Por ejemplo, una amistad que se enfría después de un
malentendido o porque una de las dos personas empieza a distanciarse sin
explicar qué ocurre. A veces sentimos que algo cambia, que el vínculo se vuelve
extraño, y acabamos perdiendo a alguien importante sin haber tenido una
conversación clara. Eso también es un duelo, aunque muchas veces ni siquiera lo
reconocemos como tal. También ocurre con los cambios laborales. Imagina que
cambias de trabajo porque has encontrado mejores condiciones. En teoría
deberías sentirte feliz porque ha sido una decisión tuya y supone una mejora.
Sin embargo, también puedes sentir tristeza porque dejas atrás compañeros con
los que tenías una relación cercana o una rutina que te hacía sentir cómoda. Lo
mismo pasa cuando un proyecto no sale adelante o cuando haces una entrevista de
trabajo y no te seleccionan. Son pequeñas pérdidas que a veces minimizamos,
pero que emocionalmente pueden tener mucho impacto.
¿El desconocimiento de un
microduelo explica el sentimiento de culpa cuando la vida nos sonríe?
En parte, y también porque nos cuesta aceptar la
ambivalencia emocional. Vivir implica sentir emociones contradictorias al mismo
tiempo. Podemos estar felices y tristes a la vez, y eso es completamente
humano. Por ejemplo, puedes alegrarte porque vas a mudarte a una ciudad con
mejor calidad de vida o porque vas a tener un salario mejor. Pero al mismo
tiempo sentir tristeza porque dejas atrás a tus amigos, a tus vecinos o a una
etapa importante de tu vida. El problema es que socialmente existe la idea de
que, si algo es positivo, deberíamos sentirnos únicamente felices. Nos decimos
a nosotros mismos: “No debería estar triste porque esto es bueno para mí”. Y
ahí aparece la culpa. Sin embargo, las emociones no funcionan de manera tan
simple. Hay experiencias que implican ganancia y pérdida al mismo tiempo, y
permitirnos sentir ambas cosas es mucho más sano que intentar encajar en una
expectativa social.
¿Cómo podemos prepararnos para el cambio y el porvenir emocional de lo
inevitable sin caer en el estrés o la ansiedad?
La diferencia está en distinguir qué depende de nosotros
y qué no. Prepararnos para el futuro es saludable cuando actuamos sobre aquello
que sí podemos hacer: cuidarnos, organizarnos, tomar decisiones o desarrollar
herramientas personales. El problema aparece cuando intentamos controlar lo
incontrolable. Yo suelo poner un ejemplo muy sencillo: es como salir a correr y
pretender no sudar. Hay cosas que simplemente forman parte de cómo funciona la
vida. Muchas personas me dicen en consulta: “Sé que no debería querer
controlarlo todo”. Y yo les respondo que cierto grado de control es necesario y
adaptativo. Lo que genera sufrimiento es intentar controlar las
emociones de los demás, el resultado exacto de las situaciones o aquello que
no está en nuestras manos. Ahí es donde aparece la frustración constante.
En tu consulta, ¿qué cambios
vitales observas que desestabilizan más a las personas hoy en día?
Generalmente, los cambios más difíciles son los
inesperados, aquellos que llegan de forma brusca y sobre los que sentimos que
no hemos tenido capacidad de decisión. Por ejemplo, una de nuestras
especialidades es el duelo perinatal. La pérdida de un bebé durante el embarazo
es una experiencia profundamente traumática y, además, muy silenciada
socialmente. Muchas madres sienten que no pueden expresar libremente ese
dolor o que el entorno minimiza lo sucedido. También ocurre con las
rupturas inesperadas. Hay relaciones que se van deteriorando poco a poco y en
las que ambos perciben que algo no funciona. Pero existen otras en las que una
persona siente que todo estaba bien y, de repente, recibe una ruptura
inesperada. En esos casos suele aparecer una frase muy repetida: “No me lo
puedo creer”. Y precisamente ahí vemos el impacto del cambio traumático: cuando
rompe por completo la idea que teníamos de nuestra realidad.
¿Qué etapas de la vida son especialmente desestabilizadoras?
Hay muchas teorías sobre las crisis vitales asociadas a
determinadas edades: la crisis de los 30, de los 40, de los 50 o incluso la
jubilación. Pero personalmente coincido mucho con el autor Bruce Feiler, que
defiende que las crisis pueden aparecer en cualquier momento. En mi caso, por
ejemplo, viví cambios muy importantes siendo niña. A veces pensamos que las
grandes crisis solo llegan en la adultez, pero no es así. La vida puede
transformarse radicalmente a cualquier edad. Desde que nacemos estamos
atravesando cambios y pérdidas. Salimos del vientre materno y entramos en un
entorno completamente distinto. Después llegan cambios evolutivos, familiares,
relacionales, laborales o incluso derivados de acontecimientos inesperados.
Cada transición puede desestabilizarnos de forma distinta según nuestras
herramientas emocionales, nuestra historia de vida y el apoyo que tengamos
alrededor.
¿Qué herramientas pueden
ayudarnos emocionalmente a sostener una etapa de transición?
Para mí, una de las herramientas más importantes es
rodearnos de personas que nos quieran bien. El apoyo social es fundamental
durante los cambios importantes. Pero no cualquier apoyo sirve. Hay personas
que intentan ayudar minimizando el dolor con frases como “no es para tanto” o
“tienes que ser fuerte”. Y eso muchas veces hace que quien está sufriendo se
sienta todavía más incomprendido. El apoyo realmente saludable es el que valida
lo que sentimos, el que acompaña sin juzgar y el que entiende que no siempre
hay soluciones ni palabras perfectas. A veces el simple hecho de estar presente
y escuchar ya es profundamente reparador.
¿Cómo podemos saber si estamos atravesando una etapa que requiera ayuda
profesional?
Todo depende de cómo ese malestar está afectando a las
distintas áreas de tu vida. Es normal que un cambio importante tenga un impacto
emocional. Puede hacer que tengamos menos energía, problemas de concentración,
alteraciones del sueño o más pensamientos recurrentes. Cada persona lo vive de
una manera distinta. Hay quien necesita aislarse un poco y quien necesita
mantenerse constantemente ocupado. Pero el problema aparece cuando nos quedamos
atascados. Por ejemplo, cuando el pensamiento gira continuamente alrededor del
“por qué”, cuando no conseguimos salir de la rumiación mental o cuando dejamos
de disfrutar completamente de nuestra vida cotidiana. Si el sufrimiento empieza
a impedirnos trabajar, relacionarnos, descansar o cuidar de nosotros mismos,
entonces probablemente necesitemos acompañamiento profesional.
¿Por qué hay personas más
intolerantes a la incertidumbre que otras?
Tiene mucho que ver con la historia personal, con el
aprendizaje y con cómo hemos vivido los cambios a lo largo de nuestra vida.
También influye mucho cómo nuestros padres o referentes afrontaban la
incertidumbre. En mi caso, por ejemplo, viví muchos cambios durante la infancia
y no tuvimos cierta estabilidad hasta la adolescencia. Eso, aunque fue difícil,
también me dio herramientas para adaptarme a situaciones nuevas. La tolerancia
a la incertidumbre no es algo con lo que simplemente se nace; también se entrena.
Cuanto más aprendemos a atravesar cambios y a comprobar que podemos
sostenerlos, más capacidad desarrollamos para convivir con lo incierto.
Después
de escribir el libro y de acompañar tantos procesos durante tu trayectoria,
¿qué has aprendido sobre la incertidumbre que más te ha marcado?
Creo que
una de las lecciones más importantes me la dio un médico durante mi primer
embarazo. Yo tenía una amenaza de aborto y estaba muy angustiada porque
necesitaba saber qué iba a pasar. Y recuerdo que él me dijo algo muy sencillo:
“No puedo decirte con certeza qué ocurrirá. Solo podemos mantener una actitud
expectante”. Aquella frase me marcó muchísimo. Entendí que había situaciones en
las que no podía hacer otra cosa que centrarme en el presente, cuidarme y aceptar
que el futuro todavía no estaba escrito. Afortunadamente, todo salió bien. Pero
desde entonces intento vivir muchas situaciones desde esa actitud expectante.
No desde el pesimismo, sino desde el realismo. A veces la gente me dice:
“Siempre estás con el ‘ya veremos qué pasa’”. Y para mí no es una forma
negativa de mirar la vida, sino una manera de aceptar que no podemos
controlarlo todo. Ni lo mejor está garantizado ni lo peor es inevitable. Muchas
veces simplemente tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre mientras
seguimos adelante.
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