jueves, 16 de diciembre de 2021

España, en terapia (I)

 

PATRICIA GOSÁLVEZ     |     Madrid     |     El País     |   14/11/2021 

Profesionales de la salud mental comparten siete casos de pacientes que ponen voz a los trastornos que más se han disparado. Desde el inicio de la pandemia, la ansiedad y la depresión son cuatro y tres veces más frecuentes. 

Estamos mal. Los profesionales de la salud mental nunca han tenido tanto trabajo. En España, el 41,9% de la población ha sufrido problemas de sueño desde el inicio de la pandemia y el 38,7% se ha sentido cansado o sin energías. Se han prescrito más del doble de psicofármacos que antes, sobre todo ansiolíticos, antidepresivos e inductores del sueño. El 35,1% de los españoles admite que ha llorado en el último año y medio. Todo según la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Meta estudios publicados en revistas internacionales ofrecen resultados similares: los casos de depresión mayor y trastorno de ansiedad en el mundo han aumentado un 28% y un 26% (The Lancet) y el trastorno por estrés postraumático, la ansiedad y la depresión fueron, respectivamente, cinco, cuatro y tres veces más frecuentes de lo que habitualmente reporta la Organización Mundial de la Salud (Psychiatry Research). 

Cada vez más gente está llegando a consulta (según el CIS, un 6,4% de la población ha acudido a un profesional de la salud mental desde el inicio de la pandemia, el 43,7% por ansiedad y el 35,5% por depresión). ¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Qué apuntan los terapeutas mientras la gente narra sus tristezas, angustias y preocupaciones? En base a las historias clínicas y las notas tomadas durante las sesiones, siete psicólogos y psiquiatras, públicos y privados, de distintas escuelas terapéuticas, explican el caso anonimizado de uno de sus pacientes para este reportaje.

Cada uno representa sintomatologías que se han disparado. Cuentan la historia de muchos otros. Una enfermera de baja con estrés postraumático (un 14,5% de los sanitarios sufre un trastorno mental discapacitante y el 22,2% estrés postraumático desde la pandemia, según estudios del Hospital del Mar, en Barcelona y el CIBER). Una madre trabajadora con ansiedad (un 22% de las españolas declaró haber tenido ataques de pánico o ansiedad, según el CIS). Un niño obsesionado con el virus (el 52,2% de los padres notaron cambios en la manera de ser de sus hijos). Un joven deprimido que pertenece a la generación que más ha frecuentado los servicios de salud mental. Una anoréxica, una pareja en crisis, un superviviente de covid…

La ola de enfermedad mental nos afecta a todos, aunque no por igual. El golpe ha sido más duro para las mujeres y los jóvenes. Las personas con menos recursos sufren más. Y tienen menos soluciones: “A las limitadas terapias públicas llega mucha gente tocada por la crisis económica y son precisamente quienes más posibilidades tienen de acabar medicadas, ya que no pueden costearse un terapeuta privado, es una pescadilla que se muerde la cola”, dice Juan Antequera, psicólogo clínico en la pública. Se han prescrito tres veces más psicofármacos a quienes se identifican como “clase baja” (CIS).

Los especialistas critican la escasa atención de las administraciones. España dedica apenas el 4% de la inversión en sanidad a salud mental (la media europea es del 5,5% y hay países que llegan al 10%) y en la red pública hay 11 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, la mitad que en Francia o Alemania (el borrador de la ley general de salud mental contempla que haya 18 psiquiatras por cada 100.000 habitantes). Los psicólogos clínicos son aún menos: seis por 100.000 habitantes (tres veces menos que la media europea).

“Hay una parte positiva en que tanta gente haya hecho crac”, apunta el psiquiatra Juan Luis Mendívil: “La pandemia ha visibilizado un problema de salud mental que ya estaba ahí, rebajando el tabú que existía a su alrededor”. En palabras de Juan Antequera: “La crisis nos ha permitido quitarnos el filtro de Instagram, ya no da tanta vergüenza salir del armario emocional”. “Habrá que ver”, añade, “cuánto tardamos en olvidarlo”.

Día 1: Duelo patológico y cuadro depresivo mayor 

Varón 71 años. Paciente de Víctor Pérez, jefe de Psiquiatría del Hospital del Mar de Barcelona.

El señor X, dueño de un restaurante y jubilado, pasó en casa con su esposa la covid a finales de 2020. Ella empeoró: “Me ahogo, me voy al hospital”. La última vez que la vio fue montando en la ambulancia. No deja de darle vueltas a la imagen. La mujer —juntos desde críos, un “noviazgo perpetuo” de 50 años, recuerda el paciente—, falleció tres semanas después. La culpa de no haberse despedido atormenta a X. 

Al principio tiene un duelo traumático pero adecuado. Sin embargo, con el paso de los meses no retoma su actividad cotidiana. Deja de acudir al restaurante para ayudar al hijo que ha quedado al cargo. También de ver a sus nietos: le cansan, le incomodan. Pasa a vivir solo. No sale apenas de casa en ocho meses. 

Sus hijos reciben la carta que el hospital envía a los familiares de fallecidos por covid para hacer un seguimiento de los duelos complicados. Los de la covid tienden a serlo: porque no hubo despedidas, por ser muertes inesperadas, por el posible complejo de culpa. [Según un estudio realizado por el Hospital Gregorio Marañón de Madrid entre 300 familiares de víctimas de covid, la incidencia del duelo patológico fue del 25%, cuando lo habitual es el 2%]. Es difícil saber qué es un duelo normal. Durante años el criterio diagnóstico DSM-5 (la enciclopedia de los trastornos psiquiátricos) no recomendaba evaluar a un paciente en duelo, pero en 2013 cambió: si hay un cuadro depresivo, se debe tratar. 

El paciente, como ocurre habitualmente con los enfermos depresivos, sabe que lo que pasa no es “normal”, pero lo justifica repitiendo “¿Y cómo queréis que esté?”. Aun así, a petición de los hijos, no cuesta que acuda a consulta. Los depresivos mantienen una empatía importante, escuchan a los demás. También tienden a culparse por necesitar ayuda: “Si tuviera más carácter, si fuese más fuerte…”, dice X.

En la evaluación cumple todos los criterios de un episodio depresivo mayor, de moderado a grave: tristeza, incapacidad para disfrutar de las cosas de una manera mantenida durante más de dos semanas, dormir mal, despertar con muchísima ansiedad, síntomas somáticos como dolor, astenia, cansancio. No tiene ideaciones suicidas, pero sí falta de ganas de vivir. Repite: “Si no me despierto más, no pasaría nada”, “por la calle pienso que si me atropella un autobús nadie me echará de menos”. Además, el paciente tiene un antecedente depresivo, a los 40 años, a raíz de un problema económico (tratado con psicofármacos con un buen resultado) lo que le convierte en especialmente vulnerable. 

El señor X explica que pasa el día llorando, sin ganas de hacer nada, tirado en el sofá viendo la tele pero sin disfrutar de ello y con un gran sentimiento de culpa: “Ahora que mis hijos me necesitan más que nunca, con la crisis de la hostelería encima, no hago nada de provecho”. Se establece una alianza terapéutica para explicarle que hay un problema médico y empieza hace tres meses un tratamiento farmacológico. Se recetan antidepresivos y ansiolíticos (por la noche, para que pueda dormir). Acude a consulta cada mes o dos meses. La medicación se mantendrá durante al menos seis meses, hasta un año. Lamentablemente sanidad pública solo puede ofrecer psicoterapia a los casos muy graves (depresivos resistentes, psicóticos, bipolares). En los más leves se puede recomendar terapia grupal en los centros de primaria. En este caso, con una familia cohesionada, no será necesario. Como medida preventiva funcionan bien los grupos de duelo, el Ayuntamiento de Barcelona tiene un programa dirigido por psicólogos en bibliotecas públicas para recalcar que el duelo no es una enfermedad.

Aunque persiste la tristeza, hay mejoría. La benzodiazepina actúa inmediatamente, a la semana ya está más activo y descansado; los antidepresivos tardan entre cuatro y seis semanas en hacer efecto. El señor X empieza a disfrutar de los nietos. Incluso bromea: “Si el Barça no estuviera como está, también disfrutaría de algún partido”. 

Día 2: Miedos y comportamiento obsesivo 

Varón nueve años. Paciente de Mireia Orgilés, terapeuta infantil en la clínica Psicológica de la Universidad Miguel Hernández de Elche.

La madre de P llega a consulta durante el estado de alarma: “El niño no está normal”. P tiene un hermano de 11 años y viven en una casa de dos plantas con un pequeño jardín. Al principio está contento, sin clases, puede jugar todo el día y pasa más tiempo con sus padres. Aun así desarrolla miedos y preocupaciones. Hace muchas preguntas sobre el virus y la muerte. Muy atento a las conversaciones de sus padres, demuestra un apego desmedido por ellos. Les abraza fuerte sin motivo, no quiere dormir solo, se mete en su cama por las noches, persigue a la madre por la casa y llora si no la encuentra enseguida. Anteriormente no era un niño muy dependiente. En general está muy preocupado porque le pase algo a alguien, en especial a su madre, y tiene miedo a contagiarse. Relata creencias muy concretas: se niega a acostarse sin lavarse el pelo porque el virus del aire posado en su cabello podría pasar a la almohada y se lo tragaría. Cuando en verano ya pueden viajar, no quiere pisar la arena de la playa. Si están limpiando una calle o un local, siente que es una señal de peligro y quiere alejarse. Se lava las manos compulsivamente. En los lugares públicos mueve las sillas con el pie. Pide gel antes y después de usar los columpios. Cuando vuelve al colegio, no quiere ir al baño porque han estado otros que no son de su grupo burbuja. 

En la formación de estas creencias las primeras semanas de la pandemia fueron clave. Los datos eran contradictorios para todos y los niños estuvieron expuestos a la angustia e incertidumbre de los padres, los telediarios y las búsquedas por internet. Los niños tienden a rellenar en su mente lo que se les oculta con contenidos aun más dramáticos que la propia realidad. Los adultos supimos modificar nuestras dudas a medida que la ciencia avanzó, ellos no. P no entiende por qué un día su madre dejó de limpiar con lejía la compra, o por qué su padre empezó a abrazarle sin ducharse antes cuando volvía del trabajo. 

A la desinformación, se suma la ruptura de las rutinas, básicas para los menores. Favorecen su desarrollo y su comprensión del mundo, cambiárselas les desestabiliza. El cierre de los colegios impide el contacto con sus pares y una alimentación variada. En casa, encerrados, el estrés parental se traduce en una mayor permisividad y más incoherencia. Todo el día haciendo bizcochos, se abre la mano con las pantallas y el sedentarismo. Sin actividad física, el sueño se trastoca. Su vida queda patas arriba. 

Durante siete meses se realizan dos sesiones semanales telemáticas con P. También con sus padres, para darles pautas. Con el niño se trabajan herramientas cognitivo conductuales para rebajar la ansiedad como técnicas de respiración. Hay una fase psicoeducativa en la que se contrarrestan las creencias distorsionadas ajustando a su edad la información científica disponible: “que limpien es una señal de tranquilidad, no de peligro, pues se están tomando medidas”. También se desactivan los pensamientos negativos automáticos por otros racionales y útiles (“pensar ‘vamos a enfermar todos’ no sirve para nada y te hace daño”). El acompañamiento informativo debe ser previo a los acontecimientos. Por ejemplo, explicar por qué se retiran las mascarillas en el exterior antes de que ocurra. Los niños han sido ejemplares en su uso, mucho más rigurosos que los adultos. Acostumbrados a obedecer normas, pocos se las bajan. Es importante vigilar que no se les vaya de las manos. 

También se modifican hábitos del sueño: menos pantallas, un juego más activo (incluso en el confinamiento, jugar al escondite o al pilla pilla en casa) y técnicas de relajación. Los fármacos no son recomendados en menores. 

Las sesiones se van espaciando hasta que P deja la terapia. Sus padres quedan atentos a cualquier alteración de la conducta y pueden consultar ante un cambio de medidas, como cuando haya que retirar las mascarillas en clase, algo que se prevé va a costar a muchos chicos. 

Día 3: Estrés postraumático

Mujer, 40 años. Paciente de Juan Antequera, psicólogo clínico en la sanidad pública madrileña.

V llega al centro de salud mental derivada desde atención primaria. Es enfermera en un hospital público, lleva más de un año angustiada y cansada, con una sintomatología ansioso-depresiva previa a la covid, por la situación laboral, los turnos, la imposibilidad de conciliar (tiene dos hijos pequeños). La pandemia lo dispara. En los picos del virus acusa mucho estrés: es muy autoexigente y se implica mucho con sus pacientes. Dobla turnos pero siente que a la sobrecarga de trabajo se suma la sensación de que no puede hacer su trabajo con el cuidado y el tiempo que desearía. La gente muere a su alrededor y no tiene capacidad de acción. Al mismo tiempo siente miedo y malestar por su familia a la que teme exponer al virus y a la que siente tiene abandonada. Recuerda con angustia cómo metía la ropa en una bolsa de basura y se duchaba antes de tocar sus hijos. Sin embargo, en lo más crítico de la covid, fue capaz de funcionar en “automático”. 

En navidades de 2020 se rompe. Tiene mucha somatización: dolores generalizados, incapacidad para descansar, incontinencia emocional, irritabilidad, llanto descontrolado, dificultades atencionales. Desconfía de sí misma profesionalmente: “A ver si me voy a equivocar con la medicación de un paciente”. La intensidad del virus ha frenado un poco y pide una reducción de jornada para compensar la conciliación familiar descuidada durante meses. El hospital se la niega y le dice que puede irse si quiere. Que no se reconozca el esfuerzo y los sacrificios rompe sus esquemas. Dice: “Nací para ser enfermera, pero por primera vez estoy planteándome dejarlo”.

Aun así es reticente a pedir una baja. Como muchos pacientes, especialmente sanitarios, piensa que “los fuertes siguen”. Siente culpa por “dejar tiradas a las compañeras”. Pero su cuerpo no puede más, se aconseja una baja y su médico se la da.

La primera recomendación es que V busque un “espacio de autocuidado”, inexistente en su vida: dar un paseo, un baño, leer, quedar con amigas… recargar las pilas. Ella dice: “No me acuerdo de lo que me gustaba hacer cuando tenía tiempo”. Empieza haciendo cosas como ordenar los armarios. Algo útil, que no le hace sentirse culpable. “Cómo me voy a dar un paseo mientras mis compañeras están como están”, repite. 

Aunque va logrando pequeños espacios de disfrute, desde que está de baja no vuelve al hospital. Es su centro de referencia y el de sus hijos; retrasa o anula pruebas importantes, una táctica de evitación típica de su diagnóstico: estrés postraumático. Incluso pensar en pisar el hospital le hace revivir lo que ocurrió y le da miedo. 

El estrés postraumático es habitual entre los sanitarios que han llegado a consulta tras la pandemia. Más auxiliares de enfermería y enfermeras que médicos, por las condiciones económicas y porque a los médicos se les enseña a no sentir mucho (cuando tienes que dar 10 diagnósticos de cáncer al día terminas por disociar). El estrés postraumático surge de una situación en la que el paciente siente un miedo real, que no tiene por qué serlo, pero que en este caso además lo era. Los síntomas tienen dos vertientes. La positiva, que produce cosas: ansiedad, miedo, angustia. Y la negativa, que quita cosas: las ganas, la energía, la esperanza. La parte más ansiosa produce flashbacks, pesadillas; la parte más depresiva, aislamiento, incapacidad para sentir. Los fármacos pueden funcionar para la parte ansiosa, pero para “destraumatizar”, para recolocar, funciona mejor la terapia. 

Casi un año después, V sigue de baja. Está mejor, es menos crítica consigo misma, pero sigue sin poder volver a pisar el hospital. 

(Sigue...)

lunes, 13 de diciembre de 2021

El perdón: dejar atrás los rencores y la amargura


Escrito por el personal de MAYO CLINIC      |     13/11/2020 

Cuando alguien a quien quieres te hace daño, puedes aferrarte a tu enojo, rencor, e ideas de venganza — o elegir el perdón y seguir adelante.

¿Quién no ha sido herido por las acciones o las palabras de otra persona? Tal vez uno de tus padres te criticó constantemente cuando crecías, un colega saboteó uno de tus proyectos, o tu pareja te engañó. O quizás tuviste una experiencia traumática, como abuso físico o emocional a manos de una persona en quien confiabas. 

Estas heridas pueden dejarte con sentimientos duraderos de enojo y amargura — y hasta deseos de venganza. 

Pero si no aprendes a perdonar, quizás seas tú quien pague el precio más alto. Al aceptar el perdón también podrás adoptar paz, esperanza, gratitud y alegría. Considera cómo perdonar puede guiarte en el camino al bienestar físico, emocional, y espiritual.

¿Qué es el perdón?

Perdonar significa diferentes cosas para diferentes personas. Pero generalmente implica una decisión de dejar atrás el rencor y los pensamientos sobre venganza.

Quizás siempre recuerdes el acto que te hirió o te ofendió, pero el perdón puede disminuir el poder que tiene sobre ti y ayudar a que te liberes del control de la persona que te hirió. El perdón puede incluso llevar a tener sentimientos de comprensión, empatía y compasión para la persona que te hirió. 

Perdonar no significa olvidar, ni encontrar excusas para el daño que se te hizo, ni reconciliarte con la persona que te causó el daño. Perdonar da un tipo de paz que te ayuda a continuar con tu vida.

¿Cuáles son los beneficios de perdonar a alguien? 

Dejar atrás los rencores y la amargura puede dar lugar a una mejor salud y más tranquilidad. El perdón puede llevar a:

·        Relaciones más sanas

·        Mejor salud mental

·        Menos ansiedad, estrés, y hostilidad

·        Presión arterial más baja

·        Menos síntomas de depresión

·        Un sistema inmunitario más fuerte

·        Mejor salud cardíaca

·        Mejor autoestima

¿Por qué es tan fácil tener resentimientos? 

Ser herido por alguien, particularmente por una persona que tú quieres y en quien confías, puede causar enojo, tristeza, y confusión. Si piensas todo el tiempo en sucesos o situaciones que te hirieron, los rencores, los deseos de venganza y la hostilidad pueden enraizarse. Si permites que los sentimientos negativos sustituyan a los positivos, quizás encuentres que tu propia amargura o sentido de injusticia te abruman.

Algunas personas por naturaleza pueden perdonar más fácimente que otras. Pero aunque seas una persona rencorosa, casi cualquiera puede aprender a perdonar más.

¿Cuáles son los efectos de tener rencor? 

Si no perdonas, quizás tú: 

·        Traigas enojo y amargura a cada relación y nueva experiencia

·        Estés tan enfocado en la mala experiencia que no puedes disfrutar del presente

·        Te deprimas, o te pongas ansioso

·        Sientes que tu vida no tiene ni sentido ni propósito, o que estás en conflicto con tus creencias espirituales

·        Pierdes una conectividad con otros que es valiosa y enriquecedora

¿Cómo se llega a la etapa del perdón?

El perdón es comprometerse a un proceso de cambio personalizado. Para pasar del sufrimiento al perdón, quizás tú:

 

·        Reconozcas el valor de perdonar y cómo puede mejorar tu vida

·        Identifiques qué necesita sanar y quién necesita ser perdonado, y por qué acción

·        Consideres unirte a un grupo de apoyo o ver a un consejero

·        Aceptes las emociones causadas por el daño que te hicieron y cómo afectan tu comportamiento, y te esfuerces en dejarlas atrás

·        Elijas perdonar a la persona que te ha ofendido


·        Te apartes de tu papel de víctima y liberes el control y el poder que la persona que te ofendió y la situación en que lo hizo han tenido sobre tu vida 

Al dejar atrás tu resentimiento, dejarás de definir tu vida por la manera en que te hirieron. Quizás hasta encuentres compasión y comprensión.

¿Qué pasa si no puedo perdonar a alguien?

Perdonar puede ser un desafío, especialmente si la persona que te hirió no admite haber actuado mal. Si encuentras que estás atascado:

 

·        Practica tu empatía. Intenta ver la situación del punto de vista de la otra persona.

·        Pregúntate por qué se comportaría de esa manera. Quizás tú habrías reaccionado de una manera similar si te hubieras enfrentado a la misma situación.

·        Reflecciona sobre los momentos en que has herido a otros y sobre los que te han perdonado.

·        Escribe en un diario, reza o usa meditación guiada — o habla con alguien que conozcas que sea sabio y compasivo, como un líder espiritual, un proveedor de salud mental, o un ser querido o amigo imparcial.

·        Ten en cuenta que perdonar es un proceso, y que incluso las heridas pequeñas quizás deban volver a ser consideradas y perdonadas una y otra vez.

¿El perdón es garantía de reconciliación?

Si el suceso que te hirió incluye a alguien con quien tenías una relación que valorabas, el perdón puede llevar a la reconciliación. Pero este no siempre es el caso. 

La reconciliación puede ser imposible si la persona que te ofendió ha muerto o no quiere comunicarse contigo. En otros casos, la reconciliación puede no ser apropiada. Pero perdonar es posible — aunque la reconciliación no lo sea.

¿Qué hago si la persona a quien he perdonado no cambia?

Conseguir que otra persona cambie sus acciones, comportamiento, o palabras no es la idea cuando perdonamos. Piensa en el perdón más desde el punto de vista de cómo puede cambiar tu vida — al traerte paz, felicidad, y sanación emocional y espiritual. Perdonar puede quitar el poder que la otra persona sigue teniendo en tu vida.

¿Qué pasa si soy yo quien necesita ser perdonado?

El primer paso es evaluar y aceptar con honestidad el daño que has causado y cómo afectó a otros. Evita juzgarte con demasiada severidad.

Si de verdad te sientes arrepentido de algo que dijiste o que hiciste, considera admitirlo ante las personas que has dañado. Habla de tu tristeza o arrepentimiento sincero, y pide perdón — sin dar excusas.

Pero recuerda que no puedes forzar a nadie a que te perdone. Los otros necesitan llegar a la etapa del perdón cuando estén listos. Pase lo que pase, comprométete a tratar a otros con compasión, empatía, y respeto. 

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

El trastorno negativista desafiante: síntomas, causas y tratamiento


PAULA VILLASANTE        |   La Mente es Maravillosa     |     29/04/2019

La conducta de oposición puede ser tanto normal como necesaria en el ciclo vital. Se necesita para asumir una individualidad y poder establecer normas y controles internos. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando esta conducta se lleva a los extremos? 

El trastorno negativista desafiante (TND) se caracteriza por un patrón recurrente de conductas no cooperativas, desafiantes, negativas, irritables y hostiles hacia los padres, compañeros, profesores y otras figuras de autoridad. 

El DSM-5 lo agrupa en el epígrafe de los trastornos disruptivos, del control de los impulsos y de la conducta. Otros trastornos en este epígrafe son el trastorno de conducta disocial (TD), trastorno explosivo intermitente (TEI) y trastorno antisocial de la personalidad (TAP). 

Aunque la actitud desafiante puede ser habitual en los niños, de vez en cuando puede ocurrir que se convierta en un trastorno como este. La conducta de oposición puede tomar diferentes formas. Puede ocurrir que la niña o niño presente una pasividad extrema (no obedecer sistemáticamente mostrándose pasivo o inactivo). 

Por el contrario, puede también utilizar verbalizaciones negativas, insultos, hostilidad o resistencia física con agresividad hacia las figuras de autoridad, ya sean los propios padres, maestros o educadores.

Epidemiología 

La prevalencia del TND varía en función de la naturaleza de la población estudiada y de los métodos de evaluación. Se han hallado tasas de trastorno negativista desafiante situadas entre el 2 y el 16 %. Este trastorno puede aparecer desde los 3 años de edad. Sin embargo, suele iniciarse a los 8 años, siendo raro que se inicie pasada la adolescencia. 

Lo normal es que los síntomas negativistas afloren en el ambiente familiar. Sin embargo, con el paso del tiempo pueden producirse en otros ambientes también, como en el colegio, por ejemplo. Este trastorno afecta aproximadamente de 2 a 16 niños y adolescentes de cada 100 y es más frecuente entre los jóvenes de familias de un nivel socioeconómico bajo. 

Posibles causas del trastorno negativista desafiante

La conducta de oposición puede ser tanto normal como necesaria en el ciclo vital. Se necesita para asumir una individualidad y establecer normas y controles internos (1). La sintomatología negativista puede aparecer como reacción a un evento importante de la vida. Un accidente o un evento traumático son ejemplos de ello. 

Además también puede ser una defensa contra sentimientos de incapacidad, incompetencia, ansiedad, pérdida de autoestima o tendencias de sumisión.

Teoría biológica – fisiológica 

Dado que la conducta agresiva puede estar relacionada con factores bioquímicos y hormonales, se cree que estos pueden jugar un papel importante en la aparición de conductas negativistas.

Teoría del aprendizaje 

Esta teoría mantiene que las características negativas del trastorno son actitudes que los jóvenes aprenden de las técnicas negativas empleadas por los padres y figuras de autoridad. Algunas de estas son castigos, gritos o incluso golpes.

No es que existan patrones de crianza familiares distintivos; sin embargo, sí se ha encontrado que muchos de los padres de niños o adolescentes con este trastorno se interesan de manera exagerada por el poder y el control sobre sus hijos.

Además, puede ocurrir que el ambiente familiar incida en la aparición de estas conductas. En algunas familias se han observado hermanos obstinados, madres deprimidas y controladoras y padres pasivo-agresivos. Un ejemplo de esto último podría ser un padre que ignora la educación de sus hijos, pero que sin embargo critica cualquier intervención de su pareja.

Diagnóstico del trastorno negativista desafiante 

Para diagnosticar este trastorno lo normal es realizar una entrevista a los padres en primer lugar. En ella, el psicólogo podrá determinar cómo ha sido el comportamiento del niño o adolescente durante su ciclo vital. 

También serán necesarios: un examen directo con el menor o adolescente y una revisión por parte de los docentes de su escuela. Se requerirá una historia clínica completa (que incluya antecedentes familiares, personales, patológicos e historia del desarrollo), así como conocer cuándo consultar a otro especialista y cuándo referirlo a otro nivel de atención.

Tratamiento 

El tratamiento para este trastorno ha de basarse en la psicoterapia individual, familiar y grupal. Además, implica trabajar tanto con el niño como con los padres. 

Psicoterapia individual 

El objetivo con este tipo de terapia ha de ser aumentar la capacidad del niño para:

 

·        Resolver los problemas.

·        Poner en práctica sus habilidades de comunicación.

·        Controlar su ira y los impulsos.

Terapia familiar

Además de una psicoterapia individual, es esencial tener en cuenta la comunicación y la interacción familiar ante este tipo de trastornos. Los padres o tutores del niño necesitarán, en ocasiones, ayuda de un profesional para desarrollar algunas habilidades en la crianza del niño o el adolescente.

En conclusión, podemos decir que el trastorno negativista desafiante no afecta exclusivamente al niño o adolescente. También afecta a la familia, a docentes y a compañeros. Su origen parece ser principalmente psicosocial y puede tener que ver con la crianza que se le ha dado al niño o adolescente. Este trastorno ha de tratarse cuanto antes, de lo contrario puede evolucionar a un problema mayor de conducta, como el trastorno disocial.