Cuáles son los comportamientos inadvertidos que
afectan la autopercepción y qué estrategias utilizar para fortalecer la
autoestima y mejorar las relaciones personales y profesionales
Sentir inseguridad representa una experiencia común
para las personas, aunque muchas veces no sea percibida ni por quienes la
sufren. De acuerdo con especialistas citados por Verywell Mind, a veces puede manifestarse de forma tan sutil que resulta difícil identificarla. Reconocer estas
señales y comprender su origen constituye el primer paso para enfrentarla y
fortalecer la autoestima.
Según la consejera profesional licenciada y terapeuta
certificada en trauma, Janice Holland, la inseguridad se define como una sensación interna de
incertidumbre. Holland explica a Verywell Mind que este estado suele darse como resultado de traumas
no resueltos o necesidades emocionales insatisfechas, factores que generan una
vigilancia constante del entorno y una búsqueda continua de validación externa.
Esta dinámica conduce a analizar en exceso las propias acciones y a cuestionar
el valor o las capacidades, sobre todo en determinados contextos sociales.
El impacto de la inseguridad trasciende el plano
individual. Aunque se experimenta de forma interna, influencia de modo directo
la manera en que las personas interactúan con el mundo y con quienes las
rodean. En lugar de actuar con confianza, la inseguridad motiva a responder con
temor, lo que afecta la calidad de los vínculos, así como la autopercepción.
Señales de inseguridad en la vida cotidiana
Existen 9 señales sutiles que, según los expertos
consultados por Verywell Mind, pueden indicar la presencia de inseguridad
diaria:
1.Exceso de disculpas: solicitar perdón es parte de la convivencia, pero
hacerlo de manera constante puede reflejar temor a ser una carga o cometer
errores. Holland señala que quienes se disculpan en exceso suelen dudar de su
valor y tienden a minimizarse para ser aceptados, con el objetivo inconsciente
de evitar el rechazo y mantener la armonía. Este comportamiento puede generar
tensión innecesaria en los vínculos.
2.Dificultad para aceptar cumplidos: la
neuropsicóloga Sanam Hafeez,
directora de Comprehend the Mind,
indica que rechazar o restar valor a los elogios revela inseguridad. La
incapacidad de aceptar un cumplido y la respuesta con autocrítica evidencian
problemas de autoaceptación.
3.Necesidad constante de validación: buscar
aprobación reiterada, ya sea en forma de reafirmación o halagos, termina
debilitando las relaciones y demuestra una falta de confianza en las propias
decisiones y habilidades.
4.Aislamiento social: la inseguridad
puede llevar a evitar reuniones o a permanecer en silencio en grupos por miedo
al juicio o a no encajar. Hafeez advierte que este aislamiento alimenta la
sensación de insuficiencia y limita las oportunidades de conexión.
5.Evasión de desafíos: Holland
explica que evitar retos o preferir la zona de confort se disfraza a veces de
prudencia, pero en realidad corresponde al miedo al fracaso o a la
vulnerabilidad. Esta actitud impide el crecimiento personal y profesional.
6.Sobrecompensación: exagerar
logros o virtudes para ocultar dudas internas es otra señal. Quienes
sobrecompensan tienden a resaltar sus méritos o a dominar las conversaciones,
generando incomodidad en el entorno.
7.Perfeccionismo: buscar la perfección en todo puede parecer
positivo, pero revela una inseguridad profunda. Holland afirma que el
perfeccionismo suele justificarse por el temor a la crítica o al rechazo, y la
creencia de que el valor personal depende de un desempeño sin errores.
8.Celos y comparación: observar
los logros ajenos y compararse todo el tiempo reduce la autoestima y genera
resentimiento. Esta actitud suele estar vinculada a una lucha interna con la
propia valía y al miedo a no ser suficiente.
9.Complacencia excesiva: anteponer
las necesidades de los demás a las propias, incluso sacrificando el propio
bienestar, evidencia la búsqueda de aceptación. Holland sostiene que, aunque
parezca generosidad, en el fondo obedece al temor a la desconexión o al
rechazo, y a la creencia de que el afecto debe ganarse.
Consecuencias
y estrategias para superar la inseguridad
Estas conductas, aunque
discretas, pueden tener consecuencias significativas. Las inseguridades ocultas afectan la
comunicación, generan distancia emocional y dificultan la expresión de
necesidades, lo que puede derivar en relaciones
poco satisfactorias. Hafeez advierte que, en el contexto laboral, la
inseguridad reduce la confianza y limita el desarrollo profesional, mientras
que en el plano personal impide la construcción de vínculos auténticos.
Para superar la inseguridad,
los especialistas consultados por Verywell Mind sugieren varias estrategias. Holland recomienda
desarrollar la autoconciencia mediante la observación de pensamientos y
conductas sin juicio, aplicando herramientas como la escritura reflexiva o la
atención plena. Esta práctica ayuda a identificar en qué momentos surgen las
inseguridades y permite elegir respuestas más saludables.
Otra estrategia consiste en
practicar la gratitud diariamente, ya que enfocar la atención en los
aspectos positivos fortalece la autoestima. Hafeez destaca la relación entre la gratitud y
el bienestar emocional. Además, los expertos aconsejan desafiar las creencias
negativas sobre uno mismo, reemplazándolas por pensamientos compasivos y
realistas, y limitar la tendencia a compararse con otros, sobre todo en redes
sociales o entornos competitivos.
La autocompasión debe
convertirse en un eje fundamental. Holland señala la importancia de permitir
momentos de descanso, aprender a decir que no y tomar decisiones alineadas con
los propios valores, recordando siempre que la imperfección forma parte de la
experiencia humana. Contar con el apoyo de personas de confianza y establecer
una red de contención también resulta clave para aumentar la autoestima y el
sentido de pertenencia, según Hafeez.
El BDNF (del inglés,
Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), es una proteína esencial para el desarrollo,
el mantenimiento y la plasticidad del sistema nervioso.
Su función
principal es promover la supervivencia de las neuronas, estimular la formación
de nuevas conexiones y facilitar el nacimiento de nuevas neuronas,
especialmente en el hipocampo, una región clave para la memoria y el
aprendizaje.
Durante el
embarazo, el BDNF participa en la maduración de las neuronas y la formación de
circuitos cerebrales. En el cerebro adulto, sigue siendo fundamental y se lo
considera un actor clave en la capacidad del cerebro para adaptarse,
reorganizarse y recuperarse frente a cambios internos o externos.
Para la
salud mental, el BDNF se ha convertido en un biomarcador de interés, ya que su
disminución se asocia con diversas patologías psiquiátricas y neurológicas,
como la depresión mayor, la esquizofrenia, el trastorno bipolar y el Alzheimer
y el Parkinson.
Uno de los
hallazgos más consistentes en la investigación clínica es la relación entre el
BDNF y la depresión dado que numerosos estudios han demostrado que las personas
con depresión presentan niveles más bajos de BDNF en sangre y en el
cerebro.
Además,
los tratamientos antidepresivos eficaces elevan sus niveles, lo que sugiere que
esto podría ser un componente esencial de la mejoría clínica.
El estrés crónico y los factores adversos sostenidos
provocan una disminución del BDNF, lo que a su vez afecta negativamente la
regeneración de las neuronas, la conectividad entre ellas y la función
sináptica.
Esta contribuye al desarrollo de síntomas como la falta
de placer, la apatía, dificultades cognitivas y el predominio de vivencias
negativas.
En ese contexto, aumentar el BDNF representa no solo
una estrategia terapéutica sino, también, una forma de prevención. No solo los
fármacos pueden elevar el BDNF ya que diversas prácticas tienen un impacto
directo en mantener o elevar sus niveles.
El
ejercicio físico, especialmente el aeróbico sostenido, es uno de los estímulos
naturales más potentes para aumentarlo en el cerebro.
También la alimentación influye: las dietas ricas en
antioxidantes, omega-3 (presente en pescados grasos) y polifenoles (como los
del cacao o el arándano) pueden promover la producción de BDNF.
Puede reducirlo el consumo excesivo de grasas
saturadas, azúcar refinada y alimentos ultra procesados, afectando
negativamente la salud mental y cognitiva. El sueño es otro buen regulador ya
que el mal dormir reduce sus niveles, mientras que un descanso adecuado
favorece su producción.
La meditación, el aprendizaje de nuevas habilidades y
la estimulación cognitiva también se han vinculado a incrementos en BDNF,
reforzando la idea de que una actividad mental activa protege el cerebro y
mejora su funcionamiento.
El BDNF también participa en la
regulación de funciones metabólicas, la sensibilidad a la insulina y el control
del apetito. Por eso, su alteración no solo se asocia con enfermedades
mentales, sino también con trastornos metabólicos como la obesidad o la
diabetes tipo 2.
La psiquiatría y la neurología probablemente continúen
profundizando en el BDNF como una vía para la prevención y el tratamiento de
múltiples condiciones mentales y neurodegenerativas.
CINTHYA MARTÍNEZ | La Voz de la Salud – La Voz de Galicia |
13/01/2025
El trastorno depresivo es uno de los más
registrados en las historias clínicas de atención primaria (47,8 casos por cada
1.000 habitantes), según el último Informe Anual del Sistema Nacional de Salud.
Con todo, la curación y prevención de recaídas es posible
Patricia tiene 60 años y
está jubilada, pero reconoce que a nivel profesional siempre había
sufrido estrés. «Además, se me juntaba
ser madre —tiene dos hijos— y otro tipo de problemas personales», dice. Desde
muy joven, ha padecido depresiones. «Siempre se daba primero un pico de ansiedad. De hecho, en cada una
de las bajas que tuve que cogerme, siempre ponía lo mismo: cuadro
ansioso-depresivo». Era profesora. «Al final, tienes que
entusiasmar a los niños, tirar de ellos. Tener ansiedad no te permite
planificar las clases, es muy inhabilitante estar mal». Pero a día de hoy, es
protagonista de estas líneas porque ha conseguido superar estos trastornos de
la salud mental y la clave, según ella, se podría resumir en una palabra: el
autocuidado.
La espiral
Antes de que se produjese «el bajón» y junto a ese estrés que sufría por su profesión, se empezaban a dar
una serie de fenómenos que, ahora, Patricia sabe que eran signos de que las
cosas comenzaban a torcerse. La depresión asomaba. El
primero, «que dejaba de poder organizar mis comidas, mi día a día,
gestionarme; dejaba de funcionar en mi vida cotidiana».
Además, curiosamente, «hubo una temporada, sobre todo hace años, que también me
daba por tener algún choque pequeño con el coche, tenía errores conduciendo». Y
cuando se vio superada, acudió al médico. Le diagnosticaron ciclotimia o
trastorno ciclotímico, una forma leve de trastorno bipolar en la que una
persona tiene oscilaciones del estado de ánimo durante años, que van
desde depresión leve hasta euforia
emocional. «Me dieron medicación. Y al mes me recuperaba, porque me funcionaban
muy bien los fármacos».
Hasta que los síntomas depresivos volvían de nuevo. Una
espiral con difícil salida. «Creo que la presión que se siente en muchas
ocasiones a nivel laboral se paga con depresiones. Lo que necesitas es
descansar. Pero también es verdad que lo único que podría parar era el mundo
laboral, porque no podía coger una baja de ser madre o de llevar mi vida»,
reflexiona. Considera que, en aquel momento, hablar sobre este tema era tabú:
«Sé que soy una de tantas, pero cuando empecé con la depresión, ni se me ocurría decir
lo que me pasaba».
«Lo que me gustaría transmitir es que con la depresión se
puede, sobre todo, pidiendo ayuda cuanto antes», subraya.
En su caso, en uno de los peores momentos, «caí en Feafes (Federación de
Asociaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental de Galicia); una de
las mejores cosas que me ha pasado». Gracias a lo servicios que proporcionan,
Patricia pudo acudir de una forma más regular a terapia psicológica. De hecho,
aunque ahora se encuentra mucho mejor, sigue yendo. Una circunstancia que no sería
posible a través de la Seguridad Social. «Ahí no te ven con frecuencia y
me da mucha rabia que la recuperación tenga que ver con tu poder adquisitivo.
Porque yo ahora mismo gasto dinero en mi salud mental, pero ¿y aquel que no
puede hacerlo? Es muy injusto».
El autocuidado
Está divorciada y desde hace un tiempo, vive sola. «Pienso
que el miedo a la soledad tenía mucho que ver. El síndrome del nido vacío, ¿no?
Soy consciente que pasar tanto tiempo conmigo misma puede llevarme a
deprimirme», cuenta. Pero en pleno confinamiento, todo dio un cambio. Patricia
dice que cambió el foco. «Fíjate, en una etapa tan complicada, descubrí mi
fuerza. Aprendí a tratarme bien. Dejé de considerarme una persona enferma,
porque no lo soy. Conectando con aficiones que me apasionan y me provocan placer»,
explica.
Aunque ya practicaba mindfulness desde
antes de la pandemia, lo hizo rutina. Explica que cuenta con una aplicación por
la que paga una suscripción, «como un Netflix», que le ayuda mucho. También se
aficionó a la jardinería, a la pintura, y a escribir. Y cuando fue posible
salir de casa, se apuntó a baile y a natación. Además, empezó a crear
conexiones con personas que «me hacen bien, gente que me hace sentirme querida
y con la que puedo hablar tranquilamente». Actividades y proyectos «que me
hacen levantarme con ilusión cada día».
A día de hoy, aunque pasa «una ITV» con su psicólogo cada
tres meses, no necesita medicación. «Cuando le conté todo
lo que estaba haciendo al psiquiatra, me dijo que le parecía estupendo, que
siguiese haciendo todas estas cosas que me hacen bien». Lleva cuatro años sin
sufrir una recaída: «No solo se puede salir de la depresión, también prevenir
no recaer en ella».
María, paciente de depresión: «Creo que en mi caso, el trastorno
va a ser crónico, pero estoy en un buen momento»
María (62) prefiere no revelar su identidad. No ha superado
la depresión, pero sí cree que está en un período de mejora. «No considero que
me haya recuperado del todo, pero sí puedo hablar del tema sin llorar.
Creo que, en mi caso, el trastorno va a ser crónico, de por vida. Pero sí que
estoy intentando que estos momentos de bajón sean cada vez más cortos o
espaciados».
Empezó a sufrir este trastorno muy joven: «Llevo
prácticamente toda la vida con
depresión».
Enumera momentos puntuales en los que la ha sufrido con más intensidad. «Uno
fue a los 19, otro a los 35 y el último, hace tres años». Y cree que en su
caso, existe cierto componente genético. «Llevo toda la vida intentando
saberlo. He preguntado a varios profesionales y nadie supo contestarme a
ciencia cierta, pero mi padre también era depresivo y se murió por eso hace
muchos años».
El detonante de su primer episodio depresivo fue la mala
relación que tenía con su madre. «De desvalorización. Cuando me tuve que
enfrentar al mundo, en la adolescencia, sentía que no estaba preparada. No me
sentía fuerte ni competitiva. Para ella todo lo hacía mal, no era lo
suficientemente buena, siempre había otra persona mejor que yo. Por eso tenía
baja autoestima».
Esa percepción de sí misma fue trasladada a lo largo de los
años a otros ámbitos de su vida. «Lo trasladé con un jefe, un amigo, una
pareja, a todo, porque lo llevo dentro». Dice que ahora lo ve y lo explica con
claridad, pero no fue fácil descubrirlo. «Me encantaría haber resuelto esto
cuando tenía 20 o 30 años, pero no se dio o no fui capaz. A lo mejor no era el
momento y sí lo es ahora, porque tengo más experiencia y una visión de vida que
no tenía cuando era más joven».
Además, remarca que se encuentra en un momento bueno gracias
a que ella misma se buscó más alternativas que las que le proporcionaba la
sanidad pública. «No quiero entrar en política, pero me dan una cita de
psicología cada seis meses, es imposible recuperarse
con ese sistema», lamenta. Fue ella la que le derivó a una asistenta social en
Lugo y esta, a su vez, le recomendó Feafes. «Gracias a ellos salgo de mi cama,
de mi casa y socializo. Formo parte de dos grupos que ellos tienen, justamente,
con ese fin. Porque cuando uno padece depresión, no tiene ganas de nada, eso es
un gran logro; y ellos me ayudan mucho con eso».
María está en una etapa en la que ve la salida. «Hay que
tener fuerza de voluntad para encontrarla y sostenerla. Ser honesto con uno
mismo, porque si uno no sabe o que está pasando o lo tapa, es imposible. Ese es
mi mensaje final, que hay que tener fe en uno mismo», concluye.
Las claves de la depresión
Gualberto Buela-Casal, catedrático de
Psicología Clínica y presidente de la Asociación Española de Psicología
Conductual, explica las claves de la depresión.
¿Se puede curar la depresión?
«Sin duda. Tiene tratamiento, aunque el resultado final y el
tiempo necesario dependen del tipo de depresión, de la comorbilidad
(padecimiento de otros trastornos de manera simultánea) y de la cronicidad, es
decir, del tiempo transcurrido antes de iniciar el tratamiento», indica.
¿Qué abanico de tratamientos existe?
El catedrático expresa que, a día de hoy, se cuenta con un
importante catálogo de tratamientos psicólogicos y farmacológicos para abordar
la depresión. «La elección viene determinada por la evaluación de los síntomas
y el consecuente diagnóstico diferencial».
En función de ello, se puede aplicar terapia cognitivo
conductual, de solución de problemas, activación conductual, terapia
interpersonal, farmacológica, etcétera. «Y, por supuesto, estas opciones se
pueden combinar», añade.
¿Son posibles las recaídas?
«Sí. Las recaídas son bastante frecuentes», confirma
Buela-Casal. Añade que la terapia psicológica más eficaz para que eso no suceda
es la cognitivo conductual porque «se hace una intervención más guiada por el
diagnóstico diferencial de la sintomatología». Y proporciona un ejemplo: «Si un
paciente identifica los fracasos de la vida personal, social y profesional como
propios (causa interna), y los éxitos los atribuye a factores externos o al
azar, tiene una alta probabilidad de recaída si solo se trata la depresión y no
se cambia su estilo atribucional».
¿Es posible prevenir la depresión?
«Sin duda, tener un estilo de vida saludable afecta a la
prevención de múltiples trastornos, también la depresión», confirma el experto.
De esta forma, proporciona varios factores a tener en cuenta:
1.Evitar la soledad y tener actitud positiva ante la
vida. «Resulta
importante tener relaciones sociales y no culpabilizarse por todos aquellos
fracasos personales o profesionales. Como se suele decir, ver la botella media
llena», explica el experto.
2.No rumiar los problemas. «Es un factor muy
importante para prevenir la depresión y la ansiedad». Además, resalta la
importancia de tomar decisiones «y darse cuenta de que no hacerlo y seguir
dándole vueltas a ese problema impide su solución».
3.Hacer interpretaciones objetivas de los éxitos y
fracasos. No atribuir los éxitos al azar o a factores externos y los fracasos a
uno mismo. «Esto es un caldo de cultivo para padecer la depresión», asegura.
4.Llevar un estilo de vida saludable. Dormir bien. «Esto
no implica ocho horas, sino lo necesario para no sufrir somnolencia durante el
día», amplía Buela. Llevar una dieta sana y equilibrada, y practicar ejercicio
de forma regular (adaptado a cada persona y edad).
5.Evitar el consumo de sustancias tóxicas. «Alcohol, tabaco,
drogas y otras sustancias con alto porcentaje de azúcares», concluye.
Lucía CancelaLA VOZ DE LA SALUD-LA VOZ
DE GALICIA 12/10/2025
Varios expertos analizan la
posibilidad de tratamiento que hay para abordar éste en la población y explican
los síntomas más frecuentes
El mensaje ha ido calando. La depresión es mucho
más que estar triste o de bajo de ánimo. Este trastorno interfiere
en las capacidades con las que uno se enfrenta al día; obstaculiza su habilidad
de pensar, de aprender o de desarrollarse en lo social, laboral o académico.
Existen diferentes niveles de severidad: leves, moderados o graves. La
experiencia varía de una persona a otra y bebe de su entorno cultural, de sus
valores personales, creencias y hasta lenguaje.
Es habitual que el paciente se sienta triste o irritable la mayor
parte del tiempo, pierda interés en actividades que antes disfrutaba, tenga
sentimientos de desesperanza, ganas de llorar sin motivo aparente, pérdida de
energía o cansancio, así como problemas para conciliar el sueño o sentimientos
de inutilidad o culpa. Entre los síntomas, también
aparecen las dificultades de memoria, los pensamientos negativos; y a un nivel
físico, dolor de cabeza, palpitaciones o molestias abdominales, y
preocupaciones constantes.
Dar con las causas no es tarea sencilla. El trastorno depresivo es
fruto de la interacción entre agentes sociales, psicológicos y biológicos.
Existen factores predisponentes, precipitantes y mantenedores. Los primeros
serían aquellos que hacen que la persona sea más vulnerable; los precipitantes,
situaciones de estrés que puedan actuar como un inductor de la aparición; y
finalmente, los mantenedores, aquellos que provocan que la depresión perdure en
el tiempo. «Existen casos de depresiones más endógenas, más biológicas, que son
las que parece que no tienen ninguna causa externa; y otras más exógenas, en lo
que pesa mucho más el entorno, por ejemplo, vernos en el paro cuando ya somos
mayores», precisa el doctor Luis
Gutiérrez Rojas, vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría y
Salud Mental (Sepsm). De ahí la importancia de hacer, según el experto, una
buena historia clínica.
A la par, existen factores protectores. Es decir, aquellos que
reducen el riesgo de padecer este tipo de trastorno o, si alguien ya lo sufre,
que mejore. Es el caso del apoyo social o de los posibles tratamientos.
Josep Vilajona, coordinador de la División de
Psicología de la Salud del Consejo General de la Psicología, destaca el papel
que tiene su profesión a la hora de diagnosticar un trastorno depresivo: «El
papel de la psicología es discernir si hay un trastorno que puede ser de
componente genético o fisiológico, que es una minoría, o si hablamos de una
depresión exógena», señala.
Es más, para el experto, hay muchas depresiones que se están
diagnosticando como tal cuando, en realidad, se trata de un trastorno del ánimo relacionado con
elementos del entorno como, por ejemplo, un despido o una exigencia muy
elevada en un puesto de responsabilidad. «La terapia mejora la relación de
ese sujeto con su entorno, sea cual sea, porque optimiza sus habilidades, que
todos tenemos, y ayuda a que esa persona se desempeñe de mejor ánimo», apunta.
Depresiones resistentes a
fármacos
Precisamente, las opciones de abordaje hacen que la psiquiatría
viva, en la actualidad, un momento de innovación y transformación. ¿La razón?
Cada vez se puede dar una mejor respuesta a los pacientes que, hasta hace no
mucho, no encontraban mejoras para su trastorno. Es el caso de la depresión resistente o refractaria, que no
progresa de manera positiva a pesar de recibir el tratamiento.
Sobre el papel, esta situación implica que «el paciente no
responde a, al menos, dos antidepresivos, a dosis completa y en el espacio
temporal suficiente», adelanta Álvaro
Moleón, psiquiatra en Hospital Virgen del Rocío de Sevilla y
director médico en Instituto Andaluz de Salud Cerebral, que precisa: «No vale
con quitar el fármaco a la semana. Hay que estar, mínimo, seis u ocho a dosis
máximas, y de distintas familias de antidepresivos».
Los psiquiatras están acostumbrados a ver testimonios de este
tipo, ya que representan a entre el 25 y el 30 % de las depresiones mayores en
general. «Es mucho más frecuente de lo que creemos», apunta el especialista del
hospital andaluz. Esta forma de patología guarda una profunda relación con el
suicidio. De hecho, esta asociación incrementa la preocupación por quienes la
padecen.
Se vuelve resistente porque, en palabras del doctor Moleón,
«existen factores de riesgo» para que así suceda. El primero de ellos es que
haya una comorbilidad. Es decir, que la depresión conviva con otras patologías,
ya sean psiquiátricas como el TOC, o
físicas, como una EPOC.
Otra variable de peso es que la persona haya sufrido un trauma en
la infancia u otros episodios depresivos previos. «Cuando una persona sufre varias
depresiones a lo largo de su vida, es más probable que las recurrentes se
conviertan en resistentes», puntualiza el doctor Moleón, que añade: «Cuanto más
tiempo padezca la persona una depresión, más se puede dificultar el abordaje y
hacer que se convierte en resistente».
Opciones de tratamiento
Cuando un diagnóstico de depresión llega a la consulta, el
abordaje se debe dividir en tres esferas: la biológica, la psicológica y la
social. En la primera, destaca Gutiérrez Rojas, se encuentran los tratamientos
farmacológicos y físicos. En el plano psicológico, destaca la terapia, donde se
sitúan diferentes corrientes.
Y, finalmente, lo social, que tiene que ver con el entorno que
rodea al paciente y a cambios en el estilo de vida. «Lo interesante —cuenta el
psiquiatra— es que no nos quedemos en un compartimento estanco, sino que si le
recetamos un antidepresivo,
también se haga psicoterapia y le animemos a hacer modificaciones en sus
hábitos», expone.
En general, cuenta Moleón, el abordaje de la depresión sigue una
escala terapéutica cuya base es la intervención psicológica, y cuando esta no
es suficiente, se continúa hacia el uso de antidepresivos o combinaciones de
fármacos. «Cuando el antidepresivo no
funciona, cambiamos a otro. Y si esto tampoco surte efecto, pasamos a
combinarlos con un potenciador, como un antipsicótico», expone el psiquiatra
andaluz.
Así, la escala de tratamientos comienza con la terapia y continúa
con un primer antidepresivo. «Si esto no funciona, cambiamos a otro. Y si estos
dos, junto a la psicoterapia no funcionan, ya pasamos a potenciar con algún
tipo de fármaco como un estabilizador del ánimo o un antipsicótico que
tenga algún efecto antidepresivo».
Los primeros antidepresivos usados clínicamente fueron los tricíclicos y los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO).
Los primeros reciben este nombre por su estructura química (tres anillos), y su
mecanismo principal —aunque no exclusivo— es bloquear la recaptación
(transporte de retorno) de neurotransmisores como la serotonina y la
norepinefrina, lo que eleva su concentración en la sinapsis. El problema es que
actúan sobre muchos otros receptores lo que eleva el riesgo de efectos secundarios.
Por ello, hoy en día, su uso está limitado e inclina la balanza
hacia los inhibidores selectivos de la
recaptación de serotonina (ISRS). Esta familia de fármacos
se sitúa con frecuencia en la primera línea de tratamiento, por su mejor tolerabilidad.
Además, existen otros fármacos con acción dual como los inhibidores selectivos
de la recaptación de la serotonina y de la noradrenalina, e incluso, de la
dopamina. Este grupo «aumenta la concentración de los neurotransmisores en la
sinapsis, es decir, en la comunicación entre neuronas», explica
Gutiérrez-Rojas, que añade: «Mejoran la conexión de estas células nerviosas
entre sí, porque cuando uno está deprimido hay un déficit».
De los monoaminérgicos a lo glutamatérgico
En los últimos años, se han investigado fármacos que actúan sobre
el sistema glutamatérgico, con el objetivo de inducir efectos antidepresivos
rápidos y promover la neuroplasticidad. «Mejora lo que llamamos la
arborización. En este caso no es tanto el neurotransmisor, sino que las
dendritas, que serían los deditos de las neuronas que las conectan, aumentan»,
puntualiza el psiquiatra madrileño. Sin embargo, cuando todas estas opciones
chocan contra un muro, entran en juego alternativas más agresivas: la esketamina intranasal, la estimulación magnética transcraneal (EMT)
y la terapia electroconvulsiva.
La primera se comercializa bajo el nombre de Spravato. Llegó como
una revolución para luchar contra las depresiones
más graves, que llevaban décadas sin avances farmacológicos. Es el primer
medicamento antidepresivo de acción rápida y está indicado para pacientes con
un trastorno depresivo mayor resistente al tratamiento. Actúa desde la primera
dosis y funciona modulando el sistema glutamatérgico, no el serotoninérgico ni
el dopaminérgico como los antidepresivos tradicionales.
De la EMT, el doctor Álvaro Moleón se sitúa como una de las
mayores referencias en España. Acaba de publicar un estudio en la revista Clinical Neurophysiology, presentado en el
marco del de las III Jornadas de
Actualizaciones en Neuromodulación, celebradas en Sevilla
y organizadas por la Sociedad Española de Psiquiatría Clínica (SEPC), donde
demostró que esta terapia logró la remisión de la depresión en el 41 % de los
pacientes participantes; de la ansiedad en uno de cada tres; y la ideación
suicida, en más del 60 %.
La estimulación
magnética transcraneal es una terapia física de neuromodulación
no invasiva, que no necesita anestesia, la cual permite modular la actividad el
córtex cerebral a través de un campo magnético que se genera con una bobina
situada en la superficie del cráneo. «En la depresión hay una hipofrontalidad,
es decir, una menor actividad de la corteza prefrontal del cerebro. Además,
también hay una hiperactividad de la corteza cingulada subgenual anterior»,
detalla el psiquiatra. Esta terapia produce, por un lado, una excitación en la
zona prefrontal dorsolateral izquierda, «de forma que contrarrestamos la
hipofrontalidad que hay en el cerebro depresivo», y una excitación en otra
parte de esta zona, «que está anticorrelacionada con la corteza cingulada
subgenual anterior, con lo que consigo su inhibición». Con la estimulación
magnética transcraneal, «si yo excito una zona e inhibo la otra, contrarresto
el efecto patológico que tiene el cerebro del paciente», expone.
De esta forma, la terapia acaba alterando o modificando un
circuito neuronal que no está funcionando como debe. «Es algo mucho más
focalizado que los antidepresivos. El paciente está despierto en todo momento,
es a nivel ambulatorio y los efectos secundarios son muy pequeños, como un
dolor de cabeza que suele pasar con el paso de las sesiones», apunta. La
consecuencia más temida es la convulsión, pero el psiquiatra descarta que sea
frecuente: «Ocurre en uno de cada 30.000 o 40.000». Se recomienda dar treinta
sesiones de media para ver resultados, aunque puede haber variaciones
individuales. ¿En qué se mide la mejora? En valores tanto objetivos como
subjetivos.
Finalmente, la terapia
electroconvulsiva, que se sigue considerando una de las opciones más eficaces en
episodios de depresión graves o refractarios. Consiste en aplicar una corriente
eléctrica controlada al cerebro, lo que provoca una breve convulsión
terapéutica. Con ello, se consigue mejorar la conexión cerebral y aumentar la
concentración de neurotransmisores, lo que atenúa los síntomas.
La realidad actual de este tratamiento dista mucho de la mala
imagen que tiene para algunas personas. Se realiza con anestesia general y el
paciente está monitorizado en todo momento. «A veces, tiene mala fama pero
salva muchas vidas», destaca el doctor Gutiérrez Roja
Cuáles son los comportamientos inadvertidos que afectan la
autopercepción y qué estrategias utilizar para fortalecer la autoestima y
mejorar las relaciones personales y profesionales
Sentir
inseguridad representa una experiencia común para las personas, aunque muchas
veces no sea percibida ni por quienes la sufren. De acuerdo con especialistas
citados por Verywell Mind, a veces puede manifestarse de forma
tan sutil que resulta difícil identificarla. Reconocer estas
señales y comprender su origen constituye el primer paso para enfrentarla y
fortalecer la autoestima.
Según la consejera profesional licenciada y terapeuta
certificada en trauma, Janice Holland, la inseguridad se
define como una sensación interna de incertidumbre. Holland explica a Verywell
Mind que este estado suele darse como resultado de traumas no
resueltos o necesidades emocionales insatisfechas, factores que generan una
vigilancia constante del entorno y una búsqueda continua de validación externa.
Esta dinámica conduce a analizar en exceso las propias acciones y a cuestionar
el valor o las capacidades, sobre todo en determinados contextos sociales.
El impacto de la inseguridad trasciende el plano individual.
Aunque se experimenta de forma interna, influencia de modo directo la manera en
que las personas interactúan con el mundo y con quienes las rodean. En lugar de
actuar con confianza, la inseguridad motiva a responder con temor, lo que
afecta la calidad de los vínculos, así como la autopercepción.
Señales de inseguridad en
la vida cotidiana
Existen 9 señales sutiles que, según los expertos
consultados por Verywell Mind, pueden indicar la presencia de
inseguridad diaria:
1. Exceso de disculpas: solicitar perdón es
parte de la convivencia, pero hacerlo de manera constante puede reflejar temor
a ser una carga o cometer errores. Holland señala que quienes se disculpan en
exceso suelen dudar de su valor y tienden a minimizarse para ser aceptados, con
el objetivo inconsciente de evitar el rechazo y mantener la armonía. Este
comportamiento puede generar tensión innecesaria en los vínculos.
2. Dificultad para aceptar cumplidos: la
neuropsicóloga Sanam Hafeez, directora de Comprehend the
Mind, indica que rechazar o restar valor a los elogios revela inseguridad.
La incapacidad de aceptar un cumplido y la respuesta con autocrítica evidencian
problemas de autoaceptación.
3. Necesidad constante de validación: buscar
aprobación reiterada, ya sea en forma de reafirmación o halagos, termina
debilitando las relaciones y demuestra una falta de confianza en las propias
decisiones y habilidades.
4. Aislamiento social: la inseguridad puede
llevar a evitar reuniones o a permanecer en silencio en grupos por miedo al
juicio o a no encajar. Hafeez advierte que este aislamiento alimenta la
sensación de insuficiencia y limita las oportunidades de conexión.
5. Evasión de desafíos: Holland explica que
evitar retos o preferir la zona de confort se disfraza a veces de prudencia,
pero en realidad corresponde al miedo al fracaso o a la vulnerabilidad. Esta
actitud impide el crecimiento personal y profesional.
6. Sobrecompensación: exagerar logros o
virtudes para ocultar dudas internas es otra señal. Quienes sobrecompensan
tienden a resaltar sus méritos o a dominar las conversaciones, generando
incomodidad en el entorno.
7. Perfeccionismo: buscar la perfección en
todo puede parecer positivo, pero revela una inseguridad profunda. Holland
afirma que el perfeccionismo suele justificarse por el temor a la crítica o al
rechazo, y la creencia de que el valor personal depende de un desempeño sin
errores.
8. Celos y comparación: observar los logros
ajenos y compararse todo el tiempo reduce la autoestima y genera resentimiento.
Esta actitud suele estar vinculada a una lucha interna con la propia valía y al
miedo a no ser suficiente.
9. Complacencia excesiva: anteponer las
necesidades de los demás a las propias, incluso sacrificando el propio
bienestar, evidencia la búsqueda de aceptación. Holland sostiene que, aunque
parezca generosidad, en el fondo obedece al temor a la desconexión o al
rechazo, y a la creencia de que el afecto debe ganar y reconocer los propios
patrones.
Consecuencias y
estrategias para superar la inseguridad
Estas conductas, aunque discretas, pueden tener
consecuencias significativas. Las inseguridades ocultas afectan
la comunicación, generan distancia emocional y dificultan la expresión de
necesidades, lo que puede derivar en relaciones poco satisfactorias.
Hafeez advierte que, en el contexto laboral, la inseguridad reduce la confianza
y limita el desarrollo profesional, mientras que en el plano personal impide la
construcción de vínculos auténticos.
Para superar la inseguridad, los especialistas consultados
por Verywell Mind sugieren varias estrategias. Holland
recomienda desarrollar la autoconciencia mediante la observación de
pensamientos y conductas sin juicio, aplicando herramientas como la escritura
reflexiva o la atención plena. Esta práctica ayuda a identificar en qué
momentos surgen las inseguridades y permite elegir respuestas más saludables.
Otra estrategia consiste en practicar la gratitud
diariamente, ya que enfocar la atención en los aspectos positivos
fortalece la autoestima. Hafeez destaca la relación entre la gratitud y el
bienestar emocional. Además, los expertos aconsejan desafiar las creencias
negativas sobre uno mismo, reemplazándolas por pensamientos compasivos y
realistas, y limitar la tendencia a compararse con otros, sobre todo en redes
sociales o entornos competitivos.
La autocompasión debe convertirse en un eje fundamental.
Holland señala la importancia de permitir momentos de descanso, aprender a
decir que no y tomar decisiones alineadas con los propios valores, recordando
siempre que la imperfección forma parte de la experiencia humana. Contar con el
apoyo de personas de confianza y establecer una red de contención también
resulta clave para aumentar la autoestima y el sentido de pertenencia, según
Hafeez.