viernes, 10 de junio de 2016

Consejos para mantener la paz pese al estrés.

PSIQUIATRÍA

MARIAN ROJAS ESTAPÉ  -  Comprender es aliviar.com – 24/08/2015

Me llama un buen amigo hace unos días. Me consulta por mareos y vértigos. No se encuentra bien. Tras descartar la patología física el médico le ha dicho: “esos síntomas son por estrés“.

Decía el Dr. Hans Selye: “no es el estrés lo que nos mata sino nuestra reacción ante él“. Todos sabemos qué es el estrés. Lo vivimos a diario y vemos a otros sufrirlo a nuestro alrededor. Una exposición al estrés de manera crónica puede perjudicarnos tanto a nivel físico como psicológico. El organismo envía una señal de alarma. Algo no va bien, el cuerpo pide una pausa, un momento de calma y reposo para recuperarse. Esas señales de alarma en ocasiones comienzan con molestias gastrointestinales, mareos, vértigos, contracturas musculares y sigue con un descenso del sistema inmunológico, infecciones de repetición, inflamación de articulaciones (artritis) entre otras. Cuando una persona se ve afectada por esta situación de hiperestrés, nota a su vez una alteración de la conducta, del ánimo y del comportamiento con una tristeza de fondo, sensación de irritabilidad e insomnio.

Uno está expuesto a cometer errores o sufrir enfermedades pesadas cuando está en esa situación. El cuerpo y la mente no pueden responder con la misma eficacia con la que suelen hacerlo. La vida personal, de pareja, familia, el trabajo se ven afectados.
Estamos en el siglo XXI. Es la era del estrés, de lo instantáneo y de la velocidad. Todo fluye a un ritmo vertiginoso. Nos da miedo parar porque nos hemos acostumbrado a que nuestra zona de confort sea la zona tóxica, acelerada y trepidante del día a día. Momentos repletos de dificultades personales y noticias de otros difíciles de asimilar…Si dejamos posar nuestra mirada en el globo terráqueo de manera aleatoria descubrimos- con frecuencia y con horror- que un drama se cierne sobre esas tierras.

¿Sabemos parar?
El verano es un momento donde se produce un freno; es un buen momento para  reencontrarnos con nosotros mismos. Coger papel y lápiz (si, papel y lápiz y no la aplicación de las notas del smatphone) y diseñar unos objetivos.

El primero: recuperar la paz interior. Pasos para conseguirlo:
1. Crea un espacio de calma, aprende a practicar la relajación o la meditación. Cuando notes angustia, dirige tu mente hacia ese lugar. Se activarán las coordenadas de la paz interior. Dedica un rato del día al silencio. Dice un proverbio africano “si no tienes al enemigo dentro, los enemigos de fuera no podrán herirte“.

– 2. Practica el sentido del humor. Una carcajada de vez en cuando destensa y facilita las cosas. El sentido del humor es patrimonio de los inteligentes. El psiquiatra William Fry asegura que tres minutos de risa plena equivalen, en beneficios para la salud, a diez minutos agotadores de aérobic.

– 3. Perdona inmediatamente. Un corazón resentido no puede ser feliz. No olvidemos que sufre más el que no perdona que el que no es perdonado. Como decía Calderón de la Barca: “vencer y perdonar es vencer dos veces“.

– 4. Usa tu memoria para traer recuerdos positivos de tu vida. Está demostrado científicamente que recordar momentos buenos previene la depresión. Es un gran paso comenzar educando la mirada, valorando todo lo bueno que te rodea. Vigila los pensamientos negativos. No olvides que el  90 % de las cosas que nos preocupan nunca jamás suceden. Gran parte del estrés y de las molestias físicas tiene su origen en la mente más que en el cuerpo.

– 5. Reconoce tus personas vitamina. Con estar un rato con ellas, una sensación de alegría y paz invade el alma. Son personas agradables, amables que nos quieren y tratan bien y nos comprenden sin juzgar.

– 6. Evita a las personas tóxicas que tienen la capacidad de liberar toda nuestra energía negativa y vaciarnos de motivación e ilusión. Estas personas sonprofesionales y expertos en quitar la paz. Si no es posible evitarlas, aprende a usar un impermeable para que te afecte lo menos posible su presencia.

– 7. Aprende a expresar emociones. Trabaja la inteligencia emocional. Por muy inteligente que sea uno, llega más lejos quien sabe gestionar bien sus emociones, buscando empatizar. Aprende a ponerte en el lugar del otro para entender mejor su conducta y reacciones ante la vida.

– 8. Disfruta de la comida sana. Conocer nuestro organismo nos ayuda a saber cuáles son los alimentos pesados que nos engordan o nos afectan. Es mejor comer poco y a menudo que atracones.

– 9. Recupera el buen dormir. Descubre qué necesita tu organismo para descansar de manera placentera y profunda.  El insomnio se encuentra presente en la mayor parte de los trastornos psiquiátricos. Si las preocupaciones, obsesiones, trabajo nos afectan o quitan horas de sueño, aprende a desconectar y no quites horas al descanso diario.

– 10. Si nada funciona: cambia. Hay dos maneras de gestionar los momentos difíciles: cambiando los problemas (y solucionándolos) o cambiando la manera de verlos. La felicidad no es lo que nos pasa, sino como interpretamos lo que nos pasa. Cada uno elegimos el filtro con el que contemplar la realidad.

“Cuando no podemos cambiar la situación a la que nos enfrentamos, el reto consiste en cambiarnos a nosotros mismos” Viktor Frankl

El camino hacia la paz interior pasa por ir resolviendo poco a poco el fondo conflictivo que se hospeda dentro de nosotros. Como decía Confucio: “si no estamos en paz con nosotros mismos, no podremos guiar a otros en la búsqueda de la paz“.


martes, 7 de junio de 2016

Hablar solos..., es de sabios.

Psicología Positiva

MARIANA ALVEZ – 16/07/2015

A menudo vemos en la calle personas murmurando,  o incluso nos descubrimos a nosotros mismos hablándonos en voz alta en diversas situaciones. ¿Es esto tan anormal como creemos? ¿Y si en realidad fuera beneficioso? Veamos que nos dicen los psicólogos al respecto.

Hablarse a uno mismo pareciera tener múltiples beneficios, te ayuda a sentirte más motivado, a relajarte y a mejorar tu fuerza de voluntad. Cuando te hables a ti mismo debes usar frases como por ejemplo “tú puedes hacerlo, tú estás haciendo un buen progreso, tú mereces salvar ese examen", etc. La utilización del TU resulta ser mucho más eficaz que decir YO.
¿Qué se esconde tras el TU? Resulta que cuando te hablas utilizando este pronombre estás recordando situaciones donde alguien de tu entorno te estaba brindando su apoyo y por lo tanto al también hablarte así, te conectas con esas emociones positivas del pasado.
El TU te permite tener una mayor perspectiva de las situaciones, en algún punto te permite distanciarte emocionalmente lo suficiente como para poder ser más racional y calmarte más.
El hablarte a ti mismo te brinda apoyo social, incluso aunque no tengas a nadie a tu alrededor.
El hablarte a ti mismo resulta ser mucho más eficiente que las frases que buscas en internet y que las afirmaciones, porque cuando te hablas sabes qué es lo que necesitas escuchar para sentirte mejor.
Si te sientes intimidado de andar por el mundo hablándote a ti mismo, también puedes intentar escribirte, dejarte notas y consejos alrededor de la casa, en tu escritorio, en tu agenda.
El poder de las palabras es fuerte y no temas utilizarlo a tu favor. No es cosa de locos hablarse a uno mismo…es cosa de sabios.



sábado, 4 de junio de 2016

Un estudio vincula el acoso escolar con el 30% de las depresiones.

Las víctimas de violencia escolar en la adolescencia tienen el doble de probabilidad de sufrir tristeza patológica a los 18 años

JAIME PRATS  | Valencia | El País | 03/06/2015

El acoso escolar en la adolescencia tiene muchas caras. Puede comenzar con motes despectivos, pasar de las burlas a las amenazas, más tarde a la marginación del grupo y llegar al extremo de las agresiones físicas. Se puede dar uno de estos comportamientos o varios. O todos a la vez. Y repercutir seriamente a la salud mental de las víctimas.
Un extenso estudio (de los mayores en cuanto a población analizada) que publica la revista BMI (British Medical Journal) ha tratado de arrojar luz a las secuelas de estos comportamientos en forma de depresiones en la edad adulta más temprana -a los 18 años- cuando se sufren en la adolescencia -a los 13 años-. Y plantea que en torno al 29% de los casos diagnosticados hunden sus raíces en la violencia que las personas vejadas sufrieron a manos de sus compañeros.
 “Hemos observado una fuerte relación entre la victimización en la adolescencia con el diagnóstico de cuadros depresivos a los 18 años, al margen de que estas personas fueran agredidas en la infancia, o de los problemas emocionales o de comportamiento que pudieran sufrir, o de otras variables”, relatan los autores del trabajo, psicólogos, psiquiatras y especialistas en salud comunitaria de las universidades de OxfordBristolWarwick y el University College London. Además, añaden que entre este grupo de personas, la probabilidad de mostrar tristeza patológica duplica a la tasa media de la población.
Para poder establecer la relación que describen en el artículo, los investigadores se sumergieron en una conocida y extensa base de datos poblacional, la Avon Longitudinal Study of Parents and Children in the UK (ALSPAC), de donde extrajeron información de 3.898 participantes de esta cohorte británica.
En una primera batería de preguntas, se pidió a los chavales que relataran si habían sufrido algún tipo de acoso escolar. Para acotar este comportamiento, se les planteó si se habían sentido víctimas de nueve tipos de agresiones diferentes en los últimos seis meses. Las acciones concretas eran: sufrir robos, amenazas o chantajes, palizas o golpes, tener apodos humillantes o estar marginado del resto. También haber sido forzado a actuar en contra de su voluntad, ser sujeto de la difusión de mentiras intencionadas o de hostigamiento en juegos.
A los 18 años se volvió a contactar con los participantes para evaluar su salud mental, en concreto, si padecían síntomas depresivos. De los adolescentes que admitieron ser víctimas constantes de acoso (683), el 14% tenían un diagnóstico clínico de depresión. La tasa era del 7,1% entre los que habían sufrido agresiones ocasionales (entre una y tres veces en seis meses). Por contra, solo el 5,5% entre quienes no sufrieron humillaciones padecían pena patológica.
Además, los investigadores observaron que el 10% de las personas que más intensamente sufrían el acoso padecían procesos depresivos largos, de más de dos años de duración, algo que solo sucedía a un 4% entre quienes no habían sido agredidos.
Los investigadores destacan la amplia población analizada y su seguimiento hasta el final de la adolescencia como uno de los principales puntos fuertes del trabajo. Entre los puntos débiles, asumen que su estudio es observacional (no está centrado en determinar la relación casua-efecto), y algún otro aspecto, como la falta en consideración del ciberacoso, ya que la recofgida de información tuvo lugar entre los años 2003 y 2005, cuando aún no estaba tan extendido.
Con todo, "es un estudio digno de consideración", destaca Fuensanta Cerezo, especialista en acoso escolar. La autora del libro La violencia en las aulas explica que otros estudios retrospectivos en adultos apuntan en la misma dirección que el trabajo británico. Y plantea una cuestión relacionada con las conclusiones del artículo que está despertando un interés creciente entre la comunidad científica: ¿Por qué hay personas que sufren secuelas más o menos permanentes, como depresiones repetidas, mientras otros son capaces de sobreponerse a las humillaciones?
Esta profesora de psicología y de violencia escolar en los estudios de criminología de la Universidad de Murcia destaca la importancia de poder identificar los resortes que permiten a algunas víctimas superar estos hechos sin que les deje huella en sus relaciones sociales mientras otras no son capaces de superarlo y "acaban anclándose en en la victimización, algo que está muy relacionado con la soledad y la depresión". "Estamos trabajando en determinar qué factores activan esta resiliencia", añade.

miércoles, 1 de junio de 2016

Los microbios de tu estómago afectan a tu salud mental.

Estudios recientes muestran la relación entre la diversidad de bacterias que habitan el intestino humano y enfermedades como la depresión o la ansiedad.

DANIEL MEDIAVILLA | El País | 23/05/2016

Hasta hace menos de una década, cambiar el comportamiento de una persona con un trasplante de heces habría parecido una locura. Tampoco es algo que vaya a suceder mañana, pero las investigaciones con animales sugieren que quizá no sea una idea tan descabellada. Lo que se está averiguando en los laboratorios sobre la influencia de las bacterias que habitan en nuestro intestino indica que no solo desempeñan tareas fundamentales para la salud de nuestro estómago. También influyen en el estado del cerebro. Esas bacterias ya se han trasplantado experimentalmente en humanos para combatir infecciones intestinales y por la misma vía, o a través de la dieta o de alimentos probióticos, que incluyen microorganismos, servirían para tratar enfermedades psiquiátricas o neurológicas.

Un buen número de experimentos con animales, principalmente ratones de laboratorio criados en condiciones muy controladas, han mostrado que los microorganismos del intestino pueden afectar a su comportamiento y modificar el equilibrio químico de su cerebro. Se ha comprobado, por ejemplo, que cuando se introduce en ratones heces de humanos con depresión reproducen síntomas propios de esa enfermedad. En nuestra especie, también se han observado vínculos entre dolencias gastrointestinales y patologías psiquiátricas como el autismo, la ansiedad o la depresión.

 “Ya se han realizado estudios en humanos en los que se compara la microbiota de personas sanas con la de otras que tienen cierta enfermedad y se ha visto que modificando el ecosistema intestinal o sus funciones se pueden reducir los estados de ansiedad”, explica Yolanda Sanz, investigadora del CSIC y coordinadora del proyecto europeo MyNewGut, una iniciativa financiada con 9 millones de euros por la Unión Europea para estudiar las bacterias intestinales. Sin embargo, añade, “con enfermedades más graves no hay evidencia de causa efecto”.

Sanz también menciona el interés de algo que casi todo el mundo ha experimentado, la relación entre estados emocionales alterados y el malestar intestinal. “En personas con alteraciones gastrointestinales, como síndrome de intestino irritable, se había observado que tienen problemas como la ansiedad o incluso depresión”, señala Sanz. “En estos pacientes con estos trastornos mentales, se ha observado que la mitad tenían problemas del sistema digestivo”, continúa.

Ahora, apunta la científica del CSIC, queda por delante el reto de comprender qué es causa y qué efecto en las relaciones entre problemas intestinales y mentales. Una de las formas de lograrlo consistirá en realizar intervenciones en los pacientes, “a través de alimentos o bacterias prebióticas o probióticas” que modifiquen los equilibrios entre microbios que marcan la diferencia entre la enfermedad y la salud. No obstante, Sanz reconoce que el conocimiento aún es escaso para pensar en intervenir sobre el ecosistema microbiano con éxito: “Hay algunas publicaciones que muestran que algunos probióticos pueden reducir la ansiedad, pero son estudios pequeños que en su mayoría no se han reproducido”. “Es pronto para poder hacer recomendaciones generalizadas, porque la complejidad del ecosistema intestinal es muy alta y pensar que con una sola bacteria vamos a solucionar el problema es simplista. Habrá que pensar en modificar el ecosistema con intervenciones más integrales”, concluye.

Investigadores de todo el mundo están comenzando a identificar los mecanismos a través de los que las bacterias del intestino, mediante la producción de hormonas o las moléculas que generan al alimentarse, modifican la química de nuestro cerebro. Sin embargo, por ahora, el conocimiento sobre la influencia del microbioma ha llegado más a través del estudio de correlaciones que del análisis de los procesos concretos que las producen. Una serie de estudios publicada recientemente en la revista Science mostraba que una mayor diversidad bacteriana en el intestino estaba relacionada con una mejor salud. Además, vinculaba esa diversidad al consumo de yogur o café, y señalaba a algunos fármacos como los ansiolíticos o los antibióticos o a comer demasiado como culpables de un descenso en la variedad microbiana.

La complejidad del problema se puede entender a través de las cifras sobre la flora intestinal. Cada persona tiene en su estómago más de un kilo de microorganismos, la mayoría bacterias, de 1.200 especies distintas. Manipular ese engranaje para ajustarlo a nuestras necesidades sin producir efectos indeseados no va a ser fácil.

“Estamos ante un campo prometedor, pero aún incipiente”, plantea Vicent Balanzá, investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental en la Universidad de Valencia. “La mayoría de estudios son con ratones y tenemos el problema de trasladarlos a humanos, y los estudios en humanos son trasversales, así que tenemos problemas para identificar la causalidad”, prosigue. “Otra pregunta que aún está en el aire es cuál es la composición que consideramos normal o saludable de la microbiota humana”. añade.

Ya hay algún ensayo clínico con probióticos para tratar la depresión que mejora los síntomas, pero son resultados que se tienen que confirmar. Más allá de estos productos que incluyen microbios beneficiosos, Balanzá destaca las posibilidades de la dieta para reparar la microbiota humana dañada asociada a la enfermedad mental. “Tenemos datos científicos de que una buena dieta, como la mediterránea, incrementa la diversidad de la microbiota intestinal y tiene efectos antiinflamatorios”, señala. El psiquiatra de la UV puntualiza que este tipo de intervenciones “se consideran añadidos a psicofármacos o a otros tratamientos”.

Dada la heterogeneidad de los trastornos psiquiátricos, que están definidos por síntomas que pueden tener bases fisiológicas diversas, no se puede plantear un tratamiento único. Balanzá indica que se deberá distinguir condiciones particulares dentro de dolencias que llevan el mismo nombre. En el caso de la depresión, por ejemplo, el investigador explica que “gracias a los estudios de Michael Maes, sabemos que un tercio de los pacientes con depresión presentan el síndrome de intestino permeable”. “Esto no lo encontramos en todas las personas con depresión, así que las intervenciones encaminadas a modular la microbiota intestinal no serían útiles para todos los pacientes, se trataría de identificar a aquellos que se pueden beneficiar de las intervenciones”, asevera.

El estudio del microbioma puede suponer un camino para comprender las conexiones entre el estado de ánimo y la salud física que vendrían a ser producto de procesos comunes. La inflamación es un nexo común que une la diabetes, enfermedades autoinmunes o el cáncer y podría ayudar a explicar que con cierta frecuencia aparezcan juntas algunas enfermedades mentales como la depresión asociadas a otras inflamatorias como el síndrome de intestino irritable. Entender el papel de los microbios que habitan nuestro intestino en la inflamación ayudaría a tener una visión más amplia sobre un conjunto de enfermedades que aunque parezcan aisladas podrían afrontarse con más posibilidades de éxito con una visión más amplia. Así, concluye Balanzá, se podrán hacer intervenciones en psiquiatría “con tratamientos que habitualmente se han metido en el saco de la medicina alternativa, como la dieta, el ejercicio o unos patrones de sueño adecuados” sabiendo por qué afectan a la salud.


viernes, 27 de mayo de 2016

Psiquiatría, sí; pero crítica.

El presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría invita a una reflexión autocrítica y dice que los fármacos son un apoyo, no la solución.

MIKEL MUNARRIZ FERRANDIS | eL pAÍS | 21/02/2016

Como profesionales de la salud mental nos alegra enormemente que se debata acerca del papel de la psiquiatría, sus diferentes derivas, las modas diagnósticas o las influencias comerciales que innegablemente influyen en la prescripción. Ahora bien, al hilo del artículo que leíamos este fin de semana en EL PAÍS, nos surge un comentario. Creemos que es importante no enfocar la salud mental como un dilema psiquiatría sí/no o psicofármacos sí/no cuando la realidad clínica es harto más compleja. Al fin y al cabo si existe la antipsiquiatría es porque ninguna otra especialidad ha tenido que reunirse a votar si seguían considerando la homosexualidad como una enfermedad, como sí tuvimos que hacer nosotros. Son otros tiempos, pero lo primero para no repetir los errores del pasado es no olvidarlos. Y nuestra lista es muy larga.

La psiquiatría ha tenido una función opresora innegable, aunque también ha existido siempre un genuino esfuerzo por ayudar al que sufre y por intentar comprenderle. Pero no deja de ser llamativo que hayamos obtenido tan pocos resultados tras 50 años de tratamientos farmacológicos y psicológicos, de esfuerzos por encontrar las bases cerebrales de las enfermedades mentales, de búsqueda de diagnósticos fiables; todo ello aplicando concienzudamente la metodología basada en la evidencia. Algo se ha ganado, pero menos de lo que correspondería a tanto esfuerzo. Sin comprender lo que pasa, sin ser sensibles a los entornos familiares, sociales, económicos y políticos estaba cantado que ese esfuerzo iba a fallar. Los cerebros enferman, pero los desahucios no están en el cerebro; tampoco lo está la injusticia social, ni la vergüenza y el dolor que siente el que ha sufrido abusos sexuales.

También hemos visto aparecer efectos colaterales graves de los tratamientos en estos años. Hemos constatado que los mismos fármacos que alivian en un momento de intensa angustia también pueden arrasar la voluntad de una persona de modo que aunque no esté encerrada en un manicomio, lo parezca. Que por nombrar el malestar social con un diagnóstico y recetar un fármaco ¡o una psicoterapia! no sólo no se alivian sino que se pierden otras herramientas. Conflictos laborales que deberían resolver los sindicatos acaban en consultas de atención primaria/salud mental, resignificados en diagnósticos vagos y silenciados con Valium o coaching. Y así, podríamos enumerar cientos de ejemplos. El reduccionismo del modelo biomédico se critica en los primeros capítulos de cualquier manual de psiquiatría, pero hasta ahí llega la crítica. Quizá haya que perder el miedo a que la psiquiatría cambie su enfoque.

Modestamente, los que nos dedicamos a esto debemos reflexionar y ver qué caminos no vale la pena continuar y cuáles hay que abrir o reabrir. La psiquiatría tal y como la entendemos no nos ha dado las soluciones que nos prometió. ¿Tiene Whitaker la respuesta a todos los errores de la psiquiatría? Evidentemente no. Whitaker es un periodista que ha utilizado los datos y entrevistas de una forma divulgativa; que si bien no es muy rigurosa sí va en la línea de muchas otras investigaciones que sí lo son. Sería un error no escuchar lo que dice. Se ha dejado muchas cosas en el tintero (los determinantes sociales, las relaciones interpersonales, las experiencias traumáticas…) pero eso no quiere decir que su crítica no proceda.

¿Hacia dónde mirar ahora? ¿Qué pistas tenemos? Una muy clara es el respeto a los derechos humanos. Otra es deshacerse de los sesgos que han lastrado la investigación y la obtención de nuestro conocimiento. Hay que recuperar la curiosidad por los saberes profanos, por los saberes compartidos y por la escucha. Necesitamos una psiquiatría que no menosprecie el saber acumulado por la historia, la sociología, la antropología y tantas otras ramas del conocimiento, sólo por no hablar de moléculas. Puede que esas ramas comprendan mejor el sufrimiento humano que las concentraciones de serotonina en sangre.

Hemos de investigar, atender y tratar con miras amplias, pero también desde un modelo público y que garantice la equidad. Una crítica razonable al discurso de Whitaker es que pueda emplearse como argumento para descapitalizar la atención y abandonar a su suerte al que sufre. En un entorno como el estadounidense, donde figuras como Reagan utilizaron el discurso antiinstitucional para vaciar en una semana todos los psiquiátricos de California, es una alarma justificada. Pero en nuestro medio la situación es distinta. Hay que defender las redes de salud mental públicas, continuar humanizándolas, impidiendo que se conviertan en nuevos manicomios, y exigir que sostengan una investigación diferente y bien dotada.

Podemos criticar que se receten muchos antidepresivos, pero con lo que nos ahorremos hemos de organizar una sociedad que no se vea abocada a pedirlos; hemos de hacer algo para que el malestar no necesite vestirse de diagnóstico pero también para atajar las raíces de ese malestar.

Para que la población esté mentalmente sana no necesitamos toneladas de Valium (que lo utilizaremos, sí, pero sólo cuando sea imprescindible y como apoyo, no como solución). Necesitamos gastar el dinero en fomentar el asociacionismo juvenil, en un urbanismo solidario, en cuidar a los bebés y a sus padres, en darles acceso a toda la ayuda que necesiten, con y sin diagnósticos. Necesitamos redes sólidas de vivienda y en empleo. Es preciso invertir. ¡E incluso! evaluar los resultados.

Y dentro de otros 50 años volver a aceptar que eso está bien, pero si no hemos conseguido una sociedad mejor, estaremos todavía nadando contracorriente. Eso es lo que pensamos cuando escuchamos que “la psiquiatría no sirve de nada”. Que los profesionales de la salud mental somos como unas estaciones de bombeo que vuelven a poner en la corriente y en mejores condiciones a los que la misma corriente arrastra. Pero no conseguimos evitar que la corriente siga su curso.

Mikel Munarriz Ferrandis. Presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría- Profesionales de la Salud Mental.


Psiquiatría, sí, pero ¿cómo?.

El debate en torno al uso de los psicofármacos recorre el mundo de la psiquiatría.

JOSEBA ELOLA | El País | 21/02/2016

La publicación de una entrevista al periodista de investigación Robert Whitaker en las páginas del suplemento Ideas hace dos semanas ha reabierto varios debates que recorren el mundo de la psiquiatría. ¿Se han apoyado demasiado los profesionales de esta disciplina en la prescripción de psicofármacos en los últimos años? ¿Debería la asistencia a personas con desequilibrios mentales ser complementada con el conocimiento y el trabajo que se desarrolla en otros terrenos para ser más eficaz? ¿Hay que avanzar en la reflexión sobre los derechos de los pacientes?.

“La psiquiatría está en crisis”, decía Whitaker, en la entrevista publicada el pasado 17 de febrero. En ella, el periodista norteamericano, finalista en el Premio Pulitzer al Servicio Público por sus artículos de investigación en elBoston Globe, sostenía que esta disciplina ha difundido una historia falsa diciendo que la esquizofrenia y la depresión tienen una causa biológica y que el problema se podía curar con psicofármacos. Invitaba a una reflexión sobre esta cuestión a la luz del aumento del número de enfermos y de la duración de los tratamientos (matizando que hay pacientes para los que la medicación es necesaria y eficaz).
El debate está vivo y las cartas enviadas al suplemento Ideas se pueden leer al final de esta noticia.

La respuesta no tardó en llegar. Y se publicó también en este suplemento, el pasado 14 de febrero. Miguel Gutiérrez Fraile, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría y catedrático de Psiquiatría de la Universidad del País Vasco, cargaba contra la entrevista publicada y reivindicaba el papel desempeñado por los psicofármacos para dignificar la vida de los pacientes con trastornos graves, antes recluidos en sanatorios. Defendía que el uso de fármacos ha aumentado como en otras disciplinas médicas y que el aumento bruto de trastornos mentales en los últimos 40 años con toda probabilidad no es distinto porcentualmente al del de, por ejemplo, el cáncer de páncreas.

Pues bien, esta semana, llegaban a la redacción del suplemento Ideas tres nuevas cartas: dos de ellas, contestando la visión transmitida por Gutiérrez Fraile y una tercera centrada en pedir que se piense en los enfermos. Mikel Munarriz Ferrandis, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, celebra que se haya abierto el debate y aboga por la autocrítica. Sostiene que los psicofármacos son imprescindibles como apoyo, pero que no son la solución y asume que resulta llamativo que se hayan obtenido tan pocos resultados en los últimos 50 años de tratamientos farmacológicos y psicológicos. Invita, por tanto, a que la psiquiatría pierda el miedo a nuevos enfoques y se abra a los saberes de otras ramas del conocimiento.

En esta idea incide la carta enviada por Nel A. González Zapico, presidente de la Confederación Salud Mental España, que también celebra que se produzca el debate. Esta organización que agrupa a 300 entidades y asociaciones de personas con trastorno mental y familiares aboga por abordar reformas estructurales en la asistencia a los enfermos con una intervención, coordinada y en igualdad de condiciones, de profesionales de distintas disciplinas (psiquiatría, psicología, enfermería, trabajo y educación social, terapia ocupacional, integración laboral) .

Por su parte, Manuel Desviat, psiquiatra que ha sido presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, insiste en la idea de que los psicofármacos son herramientas auxiliares, muchas veces útiles, como pueden ser los análisis clínicos, pero que no son la esencia de la atención a los enfermos. Y cierra su carta criticando la excesiva presencia de los laboratorios farmacéuticos en la formación de los profesionales.


domingo, 22 de mayo de 2016

Ser feliz: cómo gestionar las emociones.

PSIQUIATRIA

MARIAN ROJAS ESTAPÉ – Comprender es aliviar.com – 15/03/2015

(Artículo resumen sobre la conferencia impartida en México)
La felicidad es una garantía de longevidad. Como bien explica el Dr. Daniel G. Amén, el cerebro es el hardware del espíritu. Su funcionamiento determina lo felices que somos, cómo son nuestros sentimientos o  cómo interactuamos con los demás.

El sufrimiento emocional deja huella en nuestros genes. Los manguitos que se encuentran en los extremos de los cromosomas, los telómeros, disminuyen con el tiempo, con las enfermedades y con el estrés. La buena noticia es que nuestras propias experiencias pueden alterar el material genético, a esto se denomina epigenética.

La felicidad es una forma de vivir en el mundo. Consiste en aprender a ver la vida con un filtro que nos aporte sentimientos de bienestar y equilibrio. Para ello es preciso haber superado los traumas, conflictos y heridas del pasado. Una persona que vive anclada en un pasado traumático no consigue ser feliz porque la felicidad consiste en tener ilusión. La felicidad viene por tener motivos por los que levantarse cada mañana.

Nuestros pensamientos y sentimientos alteran nuestro mundo interior. Tienen un impacto importante en la mente y en el organismo. Los pensamientos negativos como ira, rabia, frustración, desesperanza, alteran el riego sanguíneo en el centro del optimismo del cerebro, la corteza prefrontal izquieda. Nuestra mente no distingue realidad de ficción. Por tanto, cualquier pensamiento que nos aturda, nos obsesione, tiene un reflejo en el cuerpo. Los estados de alerta y estrés permanentes, generan la hormona del cortisol, que de forma crónica induce cambios en el cuerpo: a nivel gastrointestinal, neurológico, alteración en la tiroides, disminución del sistema inmunológico, muerte de neuronas en el hipocampo (zona de memoria y aprendizaje), cansancio, tristeza, apatía, y un largo etc. Según la Universidad de Harvard, del 60 a 80% de las enfermedades que padecemos tiene relación directa con las emociones tóxicas.

Hoy en día sabemos cómo mejorar el equilibrio hormonal y ayudar a eliminar ese exceso de cortisol que bloquea y perjudica nuestro cuerpo. Algunas de esas claves son el ejercicio físico, practicar los pensamientos positivos y eliminar los negativos, saber manejar a las personas tóxicas del entorno (acercándonos a laspersona vitamina) y practicando técnicas de meditación, mindfulness por ejemplo.
Existe un elemento fundamental en este proceso: aprender a manejar las emociones, ya que estas son las que influyen directamente en nuestro organismo. Para ello hace falta:

1-Conocerse: focalizarnos en nuestras virtudes. Quien no se conoce, no se comprende ni acepta  y por tanto no puede superarse y mejorar.

2- Evitar el exceso de autocrítica y exigencia: huir del perfeccionismo excesivo, ya que el perfeccionista es el eterno insatisfecho. Cuidado con el autoboicot, es esencial aprender a dominar la voz interior. Grandes entrenadores del tenis han tratado estos temas; a igualdad de nivel, gana quien domina su mente. Lo explica de manera clara Timothy Gallwey en su libro “el juego interior”.

3- Fijarnos metas y objetivos: sueña en grande, actúa en pequeño. No tengas miedo de dejar volar tu corazón pero, a continuación, realiza un plan de acción y una estrategia. No te quedes únicamente en el sueño. Actúa en consecuencia. Decía Aristóteles: “No hay viento favorable para quien no sabe adónde va“. Si perdemos de vista nuestros sueños, metas, acabaremos siendo esclavos de lo inmediato. El año pasado salió publicado un artículo interesante al respecto. Las personas con una meta o propósito en la vida tienen menor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y un menor riesgo de mortalidad.

4- Trabajar la voluntad. Esta se adquiere con aprendizaje tratando de fortalecer un sistema de control inteligente. Es la fuerza superior de la mente que nos permite alcanzar una meta, no de manera impulsiva sino cerebral.
5- Mejorar en asertividad. Es encontrar el puente intermedio entre aceptar que todo lo decidan los demás por nosotros o no ser capaz de tener un pensamiento objetivo y respetar las ideas de otros. “Digo si cuando quiero decir no; cuando digo no, me siento culpable”.

6- Aprender Inteligencia emocional. Esto significa, entender y expresar mis emociones; entender y empatizar con las emociones de otros y controlar emociones, la impulsividad.

7- Educar el optimismo. Se puede. Cualquier situación puede verse en clave de problema o en clave de solución. Hay que cambiar el lenguaje y empezar a usar palabras que evoquen entusiasmo, alegría, ilusión. Desechar las palabras tóxicas que nos anulan y alteran el riego sanguíneo. El optimismo llama a la ilusión y a la pasión, y estas tienen un efecto directo sobre el cerebro y la neuroplasticidad. Se ha observado que en las personas que practican el optimismo, se produce una neurogénesis: células madres se convierten en neuronas en tres semanas y migran al hipocampo.


Como bien decía Ramón y Cajal en 1984: “El órgano del pensamiento es, dentro de ciertos límites, maleable y susceptible de ser perfeccionado mediante ejercicios mentales convenientemente dirigidos”.