martes, 20 de julio de 2021

Qué es realmente un 'déjà vu' y qué significado tiene en psicología - Una extraña sensación

Elconfidencial.comAlma corazón y vida      |    22/10/2020

Se produce con un pequeño retraso a la hora de percibir el estímulo externo. De esa manera da la sensación de que está sucediendo algo ya vivido. 

Te encuentras cenando con un grupo de amigos, reís y comentáis algo, cuando de repente tu cerebro te da una señal de aviso y proclamas las palabras que todo el mundo ha dicho alguna (o varias) veces en su vida: "Esto ya lo he vivido antes". Exactamente, acabas de vivir un Déjà Vu, una extraña experiencia que sentimos los humanos cuando un momento determinado nos parece estar repitiéndose, como si lo rescatáramos de un pasado lejano. 

Son muchas las teorías al respecto en relación a los Déjà vu. Los más filosóficos o especulativos gustan de mencionar las profecías, la Teoría del Eterno Retorno, creen en la idea de que vivimos en un sinfin de multiversos o incluso mencionan las vidas pasadas. A la hora de la verdad, la opinión más compartida dentro de la comunidad científica para explicar estos sucesos está relacionada con el proceso de almacenamiento de la memoria. Más concretamente se afirma que ocurre un pequeño lapsus o retraso a la hora de percibir el estímulo externo y por ello da la sensación de que ante nuestros ojos está apareciendo algo que ya hemos vivido. 

Carl Jung, que experimentó un extraño Déjà Vu estando en Nairobi, explicó que se trataba de un reconocimiento de lo que era "inmemorialmente conocido".

Además, los expertos señalan diferentes variedades dentro del Déjà vu dependiendo del tipo de vivencia. Estos son los Déjà Senti (ya sentido), Déjà Vecu (ya vivido) y Déjà Visité (ya visitado). Aunque las similitudes entre ellos son más que notables. Por ejemplo, como cuenta la psicóloga Judith Orloff en 'Psychology Today': durante un viaje a África, Carl Jung describió una sensación de déjà vu cuando vio a un hombre apoyado en una lanza mirando hacia abajo en un tren mientras giraba alrededor de un acantilado camino a Nairobi. Él escribe: "tenía la sensación de que ya había experimentado este momento y siempre había conocido este mundo". Aunque este mundo y este hombre eran algo ajeno a él, vio todo como perfectamente natural. Llamó a esto un reconocimiento de lo que era "inmemorialmente conocido".

El 'déjà vu' no es lo que creías: un estudio determina en qué consiste de verdad – Enrique Zamorano 

"En psicología", explica Judith Orloff, "la sensación de Déjà vu también puede ayudar a las relaciones sociales. A veces, conocemos a personas que sentimos que las conocemos desde hace años. Pero, ¿cómo distinguir entre una simple obsesión y esta extraña sensación? Lo cierto es que muchas personas acuden a consulta porque experimentan el amor de una forma obsesiva, adictiva. El hecho de que un encuentro se sienta como algo inmediato o conocido no significa necesariamente que sea sano", añade. 

Déjà vu crónico

¿Los experimentas a menudo? Hace años, los medios recogieron la historia de un joven británico que vivía una sensación de 'Déjà vu' constante, hasta el punto de que había dejado de ver las noticias o leer los periódicos para evitarlo, como si se hubiera convertido en algo crónico. Los médicos explicaron entonces que, tras revisar sus ondas cerebrales y comprobar que todo era normal, deducían que el problema era más de tipo psicológico que neurológico, y relacionado con el estrés. Aunque no se trataba del primer caso que habían tratado. 

Al parecer, según las investigaciones, los Déjà vu suceden más cuando somos jóvenes, y a partir de los 40 o 50 años se vuelven mucho menos frecuentes. Además, algunos estudios realizados por el doctor Chris Moulin (doctor del paciente británico) hay una relación entre los viajes y esa experiencia (recordemos de nuevo la historia de Jung): "Se sienten con mayor intensidad en sitios que nunca antes se han visitado", explicó. Además, también se ha informado que ciertas drogas incrementan las posibilidades de experimentarlo. Sea como fuera, piensa que más del 60% de la población los ha experimentado al menos una vez en la vida, por lo que no son nada extraordinario. Y si realmente te preocupa sentirlos a menudo, consulta con un neurólogo.

 

sábado, 17 de julio de 2021

¿Cúal es el neurotransmisor de la paz?

MARCELO R. CEBERIO      |    La Mente es Maravillosa    |   18/08/2020   

Para sentir la anhelada paz no hace falta mirar siempre hacia lo lejos, pues el cuerpo –y en concreto, los neurotransmisores– nos pueden revelar mucho.

 

Cuando pensamos en la paz, nos imaginamos tranquilos, reposados, en un ambiente de generosidad y de amistad. Pareciera que se trata de una utopía que solo se puede vivir en algún momento más adelante –siempre en el futuro– o por ratos. Sin embargo, eso no quiere decir que no se pueda alcanzar.

Tengamos en cuenta una cuestión importante: en la vida real, los niveles de cortisol están elevados debido a la cuota de estrés que todos –en mayor o medida– tenemos que enfrentar cada día. En el intento de adaptarse al caos que implican los múltiples estímulos a que nos somete el medio, la suprarrenal trabaja.

En medio de todo ese trabajo, si hay una sustancia que el organismo segrega para manejar el estrés y ayudar a conducirnos de una manera sosegada es la serotonina.

La serotonina es un neurotransmisor que se produce en el sistema nervioso central y también en ciertas células específicas en el tracto gastrointestinal. Este neurotransmisor posee variadas funciones, en su mayoría están relacionadas con el bienestar y la tranquilidad, que la hacen poseedoras del título de la “hormona de la paz”.

 

El Premio Nobel de la Paz es para la serotonina

En el sistema nervioso central la serotonina tiene un papel importante en la inhibición de la ira y la represión de la agresión. Por ende, se puede decir que esta sustancia es la que pone un paño frío a la calentura causada por la bronca.

 

Su aumento en los circuitos nerviosos produce una sensación de bienestar, relajación, mayor autoestima, concentración y motivación, lo que resulta muy grato y puede hacernos pensar que hemos alcanzado la paz.

 

En el cerebro, la serotonina regula la ansiedad, lo que mejora el humor y nos hace sentir más felices, logrando ver lo que nos sucede en la vida con unos lentes positivos.

Entre las principales funciones de la serotonina se halla la de regular el apetito mediante la saciedad, equilibrar el deseo sexual, controlar la temperatura corporal, la actividad motora y las funciones perceptivas y cognitivas.

Por otra parte, interviene en otros conocidos neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina, que están relacionados con la angustia, ansiedad, miedo, agresividad, así como los problemas alimenticios y las adicciones.

 

Actúa en los movimientos del intestino, puesto que se encuentra en gran cantidad en el estómago y en el intestino, por lo tanto ayuda a la degradación de alimentos. También regula las náuseas, puesto que cuando la serotonina aumenta ayudar a eliminar las sustancias tóxicas del intestino (en las diarreas por ejemplo) y estimula la región del cerebro que controla las náuseas.

Adicionalmente, la serotonina causa vasoconstricción, con lo cual, facilita la coagulación de la sangre, ya que las plaquetas de la sangre liberan serotonina para ayudar a cicatrizar heridas.

Por la noche, al bajar naturalmente, el cortisol (que nos mantiene atentos y accionadores), hace un feedback negativo con la serotonina (se eleva) que es la que abre la puerta a la entrada de la melatonina –la hormona que induce al sueño– y es fabricada en el cerebro por la glándula pineal, que es la gran reguladora del ritmo circadiano (sueño-vigilia).

 

En la medida que amanece, la glándula suprarrenal comienza a pulsar nuestro combustible súper –el cortisol– para despertarnos y estar preparados para enfrentar el día, disminuyendo la melatonina y aumentando la serotonina que ya no es transformada a melatonina.

El reloj interno serotoninérgico es el encargado de coordinar todas estas funciones biológicas del ciclo del sueño: regular la temperatura corporal, la pulsación del cortisol, la producción de melatonina, entre otros. La correcta coordinación hace que podamos dormir profundamente y descansar preparándonos para la nueva jornada.

 

Cuando desciende la serotonina… ¿se va la paz?

Los hombres producen hasta un 50 % más de serotonina que las mujeres. Por lo tanto, ellas son más sensibles a los cambios en los niveles de serotonina. Los estrógenos y la progesterona están asociados a la serotonina. Las mujeres cuyos ovarios producen más estrógenos y progesterona, son más resistentes al estrés porque tienen mayor cantidad de serotonina.

 

Pero aquellas que tienen menos estrógenos y progesterona, aún tienen menos serotonina y en los comienzos de la menstruación, se vuelven hostiles, irritables, depresivas con accesos de llanto y cólera.

El estrés, los niveles de azúcar en sangre y los cambios hormonales, sobre todo en los estrógenos, son algunas de las causas por las que serotonina se ve alterada. El déficit también se relaciona con los estados de ánimo, por ejemplo: agresividad, mal humor a la mañana, ansiedad, depresión, incluso las migrañas, debido a que cuando los niveles de serotonina bajan los vasos sanguíneos se dilatan.

 

La serotonina baja se observa claramente en los cuadros depresivos (sensación de malestar y pensamientos negativos, por ejemplo) y en la fibromialgia, cuyo bajo nivel de serotonina genera en parte los dolores típicos de este cuadro, y los trastornos del sueño.

También pueden observarse en casos de personas con dificultad en el aprendizaje, memoria y de concentración, alteraciones en el deseo sexual. Además, puede afectar al ritmo alimentario, por ejemplo, puede producir ganas de comer dulces o comer a cada rato.

Los pensamientos negativos (“yo debería haber hecho”, que marcan siempre lo faltante y llevan a pensar en lo que los demás piensan de uno, etc.) además de ser absolutamente autodesvalorizadores y destructivos, son la evidencia de la deficiencia de la serotonina, que si se actúa en consecuencia, generan realidades catastróficas.

 

¡Y llega la primavera!

Cuando llega la primavera y el verano, la serotonina se condiciona a la luz que recibe del organismo. Esto conlleva un aumento progresivo del bienestar y la felicidad con mayor estímulo sexual, producto de las concentraciones de este neurotransmisor en el cerebro.

 

También es denominada “hormona del placer”, puesto que en una relación sexual para que se produzca la eyaculación u orgasmo, el hipotálamo, el gran comandante cerebral, que ordena a la hipófisis y dirige el sistema endocrino, libera oxitocina (la hormona del amor) mediante la hipófisis y a posteriori de la eyaculación, aumenta notablemente la cantidad de serotonina en el cerebro provocando un estado de placer y tranquilidad.

 

La serotonina puede estimularse mediante una serie de alimentos. Por ejemplo, el triptófano es precursor de la serotonina, es un aminoácido esencial que al no ser producido por el organismo es necesario obtenerlo mediante la dieta (leche y derivados, huevos, pollo o pavo, soja, legumbre, banana, piña, tomates, pastas, cereales, arroz, queso, chocolate negro, carnes magras).

 

La práctica de deportes regularmente, produce no solo endorfinas, sino también serotonina. Más allá de los beneficios del sistema cardiorrespiratorio y musculoesquelético, las técnicas de relajación como el yoga, la meditación, la vida al aire libre, pasear, bailar y divertirse favorece su incremento. Asimismo, evitar la rutina, crear cosas nuevas y desarrollar actividades nuevas también estimula esta sustancia.

En síntesis, la felicidad, el bienestar y la paz están emparentados con la serotonina, por lo tanto, hagamos actividades que no llenen de este neurotransmisor. ¡Seamos serotoninérgicos!

“Hay una tempestad que arranca el tronco y lo arrastra/
Hay una escisión en ascenso desde lo hondo/
una marea, un hervor vuelve, regresa/
allí para la paz/
aquiétate”. – Hanni Ossott


jueves, 15 de julio de 2021

Violencia en los trastornos por consumo de sustancias: ¿cómo se relacionan?


LUIS MARTÍNEZ-CASASOLA HERNÁNDEZ     |     Psicología y Mente

¿Hay una relación entre los trastornos por consumo de drogas y la tendencia a la violencia? 

Los trastornos por consumo de sustancias pueden tener una serie de repercusiones muy variadas, en algunos casos incluso tendencias violentas.

En estas líneas profundizaremos sobre la posible relación que existe entre algunas de estas patologías por consumo de drogas y comportamientos hostiles o incluso de violencia, intentando identificar las causas y las situaciones en las que es más probable que este tipo de conductas tengan lugar.

Casos de violencia en los trastornos por consumo de sustancias

Los trastornos por consumo de sustancias son uno de los muchos tipos de alteraciones psicopatológicas que se contemplan en los principales manuales de diagnóstico de psicología, como son el DSM-V o la CIE-10. Este abanico puede incluir el abuso de elementos como el alcohol, el tabaco, fármacos u otras drogas, por lo general de carácter ilegal en cuanto a su comercialización. Este consumo se convierte en trastorno cuando genera una dependencia tal que su consumo escapa al control del individuo y se convierte en una necesidad.

Cuando se padece de esta patología es muy frecuente experimentar además una serie de síntomas asociados, que pueden ser de naturaleza muy diversa, pero el que nos interesa en este caso es el de la violencia en los trastornos por consumo de sustancias. Estas conductas violentas tienen significativamente una mayor prevalencia en estos individuos respecto a la población general. 

De hecho los estudios indican que una persona adicta a alguna a alguna sustancia va a tener entre 4 y 10 veces más probabilidades de mantener actitudes violentas que aquellos que no abusan de ninguno de esos productos. La diferencia, por lo tanto, es extremadamente preocupante y nos permite establecer la violencia en los trastornos por consumo de sustancias como una de las causas más importantes de estas conductas antisociales. 

Además, estos estudios hablan de que no es una sustancia en concreto la que desemboca en comportamientos violentos, sino que es el hecho de padecer la adicción, ya que la sintomatología se comparte entre aquellas personas que consumen sustancias tan diversas como los opiáceos, fármacos sedantes, hongos alucinógenos, drogas estimulantes como la cocaína y también el cannabis. Existen más tipos, pero estas son las que ocupan el grueso de individuos con conductas violentas. 

El contexto de la violencia

El metaanálisis más reciente sobre violencia en los trastornos por consumo de sustancias reúne los datos de 18 estudios diferentes que se han ido publicando a lo largo de las tres últimas décadas y acumula los datos de casi 600.000 personas con estas patologías y sus conductas agresivas. Este trabajo permite extraer conclusiones muy interesantes, algunas acerca de los contextos donde se suele ejercer esta violencia. 

Aunque varios de los estudios inciden en la cantidad de conductas violentas que los adictos a sustancias ejercen en el contexto intrafamiliar, es decir, en la categoría de violencia de género o dentro de la pareja, la realidad es que no se observó una diferencia respecto al resto de contextos, por lo que la conclusión es que la violencia en los trastornos por consumo de sustancias es generalizada en cualquier situación, no solamente la que se da sobre la pareja en el domicilio familiar. 

Es posible que esos casos destaquen más puesto que por una cuestión de probabilidad, la pareja es la persona con la que más tiempo tiende a pasar el individuo en cuestión y por tanto será más probable que sea el blanco de dichas actitudes violentas. Pero esto no quiere decir que las personas que abusan de sustancias tiendan a ser más agresivos en el contexto familiar respecto a otros contextos, sino que lo serán en todos ellos. 

Igualmente, se observa otra diferencia importante en los resultados y es la que se da entre los estudios de cohorte y los de caso y control. En los de cohorte, es decir, aquellos en los que se observa y se analizan los casos tal y como suceden, se concluyó que había una menor prevalencia de esos comportamientos violentos respecto a aquellos en los que se comparaba el caso de personas con adicciones a sustancias frente a un grupo control de individuos sin dicha patología. 

Implicaciones de esta relación

Dejando a un lado las divergencias entre las diferentes perspectivas que aportan los tipos de estudios analizados, lo que es evidente es que hay una conclusión generalizada, y es que de hecho existe un problema de violencia en los trastornos por consumo de sustancias. Una vez tenemos esta problemática sobre la mesa debemos aprovechar para encontrar una solución que ataje las dos situaciones que queremos resolver. 

Por un lado está el hecho de contar con individuos que están abusando de sustancias nocivas y por lo tanto están experimentando un progresivo deterioro a nivel físico, psicológico y social, que será más o menos acentuado en función del nivel de consumo y de las características de la persona, sus factores de protección y de riesgo, el tipo de sustancia consumida, etc. 

Por el otro, está la violencia ejercida, que no es sino una de las muchas consecuencias que el consumo abusivo de sustancias está provocando, con la salvedad de que, a diferencia de la mayoría de síntomas, este afecta directamente a terceras personas, que son las que reciben dichas conductas agresivas, ya sea en forma verbal o física. 

Esto no quiere decir que sean las únicas víctimas de la violencia, porque incluso los propios agresores pueden sufrir también las consecuencias, ya sea el verse en situaciones peligrosas que ellos han generado, como discusiones o peleas, e incluso a nivel judicial, pudiendo ser objeto de denuncias, detenciones, sanciones e incluso penas de prisión si la conducta ejercida ha sido especialmente grave y la justicia así lo dictamina. 

Una vez somos conscientes del profundo alcance del problema, deberíamos entender la importancia de dedicar más recursos a través de personal y programas especializados que ayuden a las personas adictas a sustancias a sanar esa patología, pues una vez resuelta se estarían eliminando toda la sintomatología y las repercusiones, entre ellas las conductas de violencia que ya hemos comprobado que afectan tanto a la persona que la ejerce como especialmente las que la reciben. 

La importancia de la prevención

Si veíamos que para resolver los casos de violencia en los trastornos por consumo de sustancias era fundamental invertir en tratamientos adecuados que lograsen mejorías y curas de esas enfermedades, lo cierto es que todavía más importante es el trabajar para la prevención de estas situaciones y dedicar todos los recursos públicos que sean necesarios en esa dirección. 

La lógica del asunto es clara e inapelable, incluso a nivel económico, pues si sumamos los costes que tienen los programas de desintoxicación, los posibles costes médicos por las secuelas sufridas, los costes a nivel emocional y social para la persona enferma y para todas aquellas que le rodean y que han sufrido de violencia, la cantidad que obtenemos es muy superior a la que nos costarían las campañas de concienciación para que esa adicción nunca llegue a tener lugar. 

Obviamente, esto es algo en lo que ya se trabaja y existen importantes fundaciones que constantemente recuerdan a la población más vulnerable, generalmente adolescentes y jóvenes, los riesgos que tienen el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas, y como una falsa sensación de control, la presión de grupo y la búsqueda de emociones fuertes, entre otros muchos factores, pueden tener terribles repercusiones. 

La clave ha de ser la constancia en estas campañas y la adaptación al lenguaje y la forma de comunicación de los más jóvenes, pues sabemos que es rápidamente cambiante y por lo tanto el mensaje que les llegaba ayer y por lo tanto era eficaz, no tiene por qué serlo hoy y pueden ignorarlo por completo, tirando por tierra todo el programa de prevención y todo el trabajo y recursos que hay detrás. 

Hace unos años lo más habitual era llevar a cabo estas campañas fundamentalmente a través de anuncios en la televisión. Sin embargo, hoy en día el paradigma ha cambiado, y los jóvenes apenas conectan con estos medios, mientras que se comunican constantemente a través de sus teléfonos móviles. Por lo tanto va a ser fundamental aprovechar la vía de entrada que suponen las redes sociales, aplicaciones en las que los adolescentes son auténticos expertos. 

Una campaña bien orquestada, con un lenguaje adecuado y espontáneo, a través de un vídeo de TikTok o una foto de Instagram, probablemente será inmensamente más potente que un spot de televisión, una cuña de radio u otro mensaje lanzado a través de un medio de comunicación más tradicional. Será de vital importancia, por lo tanto, que los expertos hagan uso de esa posibilidad y trabajar así en la prevención de la violencia en los trastornos por consumo de sustancias.

miércoles, 14 de julio de 2021

Cómo leer las emociones de alguien en sus ojos

 

VALERIA SABATER     |     La Mente es Maravillosa 

Leer las emociones de alguien en sus ojos es algo que todos podemos hacer. Al fin y al cabo, la mirada es la parte del ser humano que más comunica, la que más transmite y con la que conectamos de forma más intensa. Entender todas esas pistas no verbales inscritas en los ojos de los demás nos permitirá intuir, por ejemplo, falsedad, sinceridad o la magia de la atracción. 

Decía Bécquer que quien puede hablar con la mirada puede incluso besar con los ojos. Es tal el magnetismo de estos órganos fascinantes que a veces no somos plenamente conscientes de todos los secretos que esconden. Así, algo que saben bien los expertos en comunicación es que, aunque muchos de nuestros comportamientos, actos y palabras pueden filtrarse por los condicionamientos sociales y por nuestra voluntad, la mirada se expresa un tipo de lenguaje que no siempre podemos controlar.

“Los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo” – Friedrich Hebbel

Si alguien nos atrae la pupila se dilata. También la mirada se ensancha cuando nos sorprendemos, se dirige a una dirección cuando intentamos recordar algo o baja cuando nos quedamos suspendidos en un estado de introspección. Son tantos y tan sutiles los matices que caracterizan el comportamiento de nuestros ojos que siempre es interesante conocer más información al respecto. De este modo, podemos llegar a profundizar en la mente de los demás o a leer sus emociones de un modo efectivo. 

Cómo leer las emociones en los ojos

Pensemos en algo durante un momento. Si hay algo a lo que dedicamos una buena parte de nuestro tiempo es a comunicarnos con otras personas. Lo hacemos (casi) siempre cara a cara, buscando el contacto visual del otro, sin embargo, le prestamos una mayor atención al mensaje oral, a la palabra, a la calidad del diálogo.

Cabe decir también que en los últimos años, con la llegada de las nuevas tecnologías y los sistemas de mensajería inmediata, el estilo de comunicación ha cambiado. Ya no necesitamos tener a nadie ante nosotros para decirle algo; ahora, hasta podemos trasmitir nuestra alegría, amor o enfado a través de un emoticono. Todo esto no es ni bueno ni malo, solo es diferente y sobre todo, más rápido.

Sin embargo, con ello nos perdemos el poder leer las emociones de los demás en su mirada. Nos privamos de ese placer, de ese misterio que es desvelar a base de pequeñísimos gestos y mágicos matices la calidad o complejidad de nuestras relaciones. Veamos ahora cómo llevar a cabo esta lectura, este análisis… 

Los parpadeos

Cuando hablamos del lenguaje de los ojos no nos referimos solo al globo ocular y la pupila. El gran poder expresivo de nuestra mirada se orquesta sobre todo por un complejísimo entramado de nervios y músculos que intervienen en el movimiento de las cejas, los párpados, las sienes, etc.

·        Todo ello reflejan la activación emocional de cada momento, ahí donde los parpadeos, cumplen también su función. Por ejemplo, se sabe que cuando algo nos sorprende, nos indigna o incluso nos enfada, tendemos a parpadear mucho más.

·        Asimismo, también en es común que se parpadee bastante cuando interaccionamos con alguien que nos agrada o cuando estamos pensando en muchas cosas a la vez.

 

Puede que todo ello nos parezca contradictorio, pero conviene saber que este acto, el de parpadear de forma más intensa de lo normal, es un mecanismo que pone en marcha el cerebro cuando se siente más nervioso de lo habitual. Por tanto, si deseamos leer las emociones de los demás a través de sus ojos es importante centrarnos en el contexto o en la conversación que mantenemos en ese momento. 

El lenguaje de las pupilas

Nuestras pupilas se dilatan cuando vemos algo estimulante o tenemos poca luz. Si algo o alguien nos atrae, es común que la pupila se inunde como una luna llena, inmensa e iluminada por esa emoción, por ese poder de atracción. Sin embargo, cuando nos sentimos ofendidos o vemos algo que nos indigna o nos contraria la pupila se contrae. 

Sincronía visual

Leer las emociones de las personas que nos gustan es algo que a todos nos gustaría poder dominar. Sin embargo, a veces no hace falta ser un experto en lenguaje no verbal para percibir la sintonía que en un momento dado, podemos establecer con un amigo, la persona que nos atrae o incluso con un familiar.

Un dato curioso que nos explican los expertos sobre este tema es que cuando dos personas “conectan” se establece también una sincronía visual, es decir, los gestos visuales se mimetizan y se ponen en marcha unas mismas microexpresiones…

Miradas a los laterales: tímidos y mentirosos

Todos lo hemos experimentado alguna vez, bien cuando hablamos con algún niño o con una persona muy insegura. En lugar de mantener un contacto visual directo, se escapan por los laterales, en esos rincones donde no encontrarse con nuestro rostro, en esos espacios donde atendernos solo de soslayo, donde refugiar su extrema timidez…

Ahora bien, es destacable señalar que la personalidad mentirosa también tiene unos ojos esquivos. No es algo tan evidente como cuando estamos con un perfil tímido o con ansiedad social, y por ello, debemos poner la máxima atención a la hora de leer sus emociones e intenciones.

Quien hace uso del engaño no suele mantenernos durante mucho tiempo la mirada, tarde o temprano la llevará a un lateral, a la derecha si debe recordar algo y a la izquierda si debe hacer uso de la inventiva.

Para concluir, tal y como hemos podido deducir, los ojos, las miradas, transmiten una notable y amplísima variedad de información social y emocional que a veces se nos escapa y que nos siempre es fácil interpretar. A nuestro alcance tenemos, por ejemplo interesantes estudios y trabajos como “Efectos de la mirada sobre la percepción de la emoción” del psicólogo Reginald B. Adams o “Morfología y psicología del ojo humano” de Hisashi Kobayashi, que nos permitirá profundizar mucho más sobre el tema. 

Vale la pena hacerlo. 

lunes, 12 de julio de 2021

"Tiempo exclusivo, con cada hijo a solas y sin pantallas, hace milagros"


Catherine L’Ecuyer      |      Diario de Jerez      |      17/2/2020 

Pregunta—He oído a una profesora de Infantil de 3 años decir que tiene problemas para ‘controlar’ a la mitad de niños de la clase. ¿Que con esa edad no presten atención debería ser una señal de alarma? 

Respuesta—Los niños de 3 años no se ‘controlan’. Se les ayuda a concentrarse y prestar atención rodeándoles de un entorno donde hay un equilibrio entre sonidos y silencios, imágenes y ritmos. Ese entorno debe adecuarse a las etapas de la infancia y respetar su deseo interno de conocer, sin ser invasivo. Una vez están en ese ambiente ‘preparado’ donde el material tiene una finalidad concreta, entonces se les deja descubrir espontáneamente. Lo que ocurre es que hoy hacemos lo contrario de todo eso. Sobreestimulamos al niño dejándole en un mundo caótico, acelerado y frenético, y luego pretendemos controlar cada uno de sus pasos. 

P—Hay padres y madres que se ofenden cuando los profesores llaman la atención sobre este tipo de situaciones. ¿No somos aún conscientes del problema ni de las consecuencias que puede tener a la larga? 

R—Los niños se encuentran en lo que llamo “el círculo vicioso de la sobreestimulación”. Cuando reciben estímulos que no se armonizan con sus ritmos internos, su deseo de conocer (que es interno) se apaga y pasan a depender de la estimulación externa para “motivarse”. Entonces andan entre el estado de ansiedad y de aburrimiento porque buscan sensaciones cada vez más nuevas y rápidas para aliviar su sed de “juerga sensorial”. La forma de dar marcha atrás a ese proceso es volver a ritmos lentos. Sobreestimular más solo es un parche. Cuando quitamos el parche, nos encontramos con los retos de siempre. 

P—¿Hay forma de competir con la atracción que causan las pantallas en los menores?

R—Sí, atrasando la edad de introducción de las pantallas y dando oportunidades bellas. Prohibir por prohibir, sin dar oportunidades y explicaciones, solo contribuye a despertar en el niño el deseo de romper las normas. Llevo 7 años escribiendo y dando conferencias sobre eso y puedo afirmar que hay dos tipos de posturas: los que piensan que es una propuesta utópica, y los que lo han probado, ¡y funciona! Hay que verlo para creérselo, es posible. Niños con fuerte personalidad, que aprovechan el tiempo, que leen muchísimo, que tienen interés por aprender y que tienen una capacidad de atención muy grande. Esos niños son los que serán capaces de discernir lo que es fake news y lo que no, porque habrán invertido tiempo en entender el contexto en vez de perderse en un mar de informaciones descontextualizadas. 

P—¿Se puede revertir el daño que causa la exposición de los niños a estos dispositivos? 

R—Los primeros 3 años son periodos críticos del desarrollo (no del aprendizaje). Esa es la razón por la que la Academia Americana de Pediatría dice que hasta los 2 años ningún niño debería ver ninguna pantalla. De momento, sabemos muy poco sobre los efectos de las pantallas sobre los cerebros en el largo plazo. Sabemos que el uso de las pantallas en la primera infancia está relacionado con la inatención, el déficit de aprendizaje, la pérdida de oportunidades para el buen desarrollo, la impulsividad…, etc. Pero no sabemos hasta qué punto existe una modificación del cerebro y si esta es permanente. En cualquier caso, mientras aclaramos esas cuestiones, creo que es preciso tener una actitud de precaución y de prudencia. Y más si hablamos de menores. 

P—La falta de conciliación laboral y familiar hace que el tiempo en familia sea un bien escaso. ¿Cómo podemos aprovechar esos ratos en los que padres e hijos están juntos? 

R—Llevan años taladrándonos la cabeza con el argumento de que “lo que cuenta es la calidad, no la cantidad”. Ojo, la cantidad es importantísima, sobre todo en la primera infancia, lo que un niño necesita es disponibilidad, para atender a sus necesidades de base. Eso de que “no hay que hacerse sentir culpable a los padres” es un argumento paternalista. Yo quiero saber cúales son las evidencias, y luego tomaré mis decisiones responsables y decidiré si quiero o no sentirme culpable. No quiero que otros hagan de filtros a lo que debo saber. 

P—Hay niños apuntados desde pequeños a clases de inglés, fútbol, ballet… con agendas más apretadas que un adultos. ¿Qué opina de las extraescolares? ¿Benefician o perjudican a los menores?

R—Depende de la edad. En educación infantil, no tienen demasiado sentido, a no ser que se hagan con los padres o en el hogar una vez a la semana, por ejemplo. En primaria, no hay contraindicación, pero con moderación. No tiene sentido que el niño se pase 10 horas en clase, en permanencia y en bus, para luego empalmar con 2 o 3 horas más en una actividad dirigida. Si sumamos el tiempo de la cena y de los deberes, entonces no queda tiempo para estar en familia, para jugar, leer, pensar… En la mayoría de los casos, los extraescolares existen porque tenemos que colocar a nuestros hijos en alguna actividad mientras trabajamos. Ese es un problema estructural muy grande. 

P—Antes se hacía lo que se había hecho “toda la vida”. Ahora se habla de crianza con apego, disciplina positiva, método Montessori, Waldorf… Con tantas corrientes educativas y el acceso a una información que antes no existía, ¿la presión para los padres es mayor? 

R—La crianza con apego de verdad (que básicamente es atender a las necesidades básicas del niño a tiempo, todo lo demás es adorno prescindible) es lo que se ha hecho toda la vida. Los demás métodos, pues son estilos educativos concretos, son formas de ver la educación que uno puede o no compartir. Lo que hemos de saber es que la educación nunca es neutra y todos esos métodos se apoyan en una filosofía concreta, que puede o no cuadrar con la nuestra. Por eso es tan importante conocer esas filosofías, y luego gozar de la libertad educativa que nos permita escoger un método u otro. Por desgracia, ahora quienes gozan de esa libertad son quienes tienen dinero para poder escoger. La libertad educativa no debería tener que pagarse. 

P—Hay quién critica estas metodologías porque creen que tienen normas laxas al contar más con los niños. 

R–Cada padre educa como le da la santa gana. Por ejemplo, yo no soy de la escuela “laxa”, no soy ni naturalista, ni rousseauniana, o de los que piensan que el niño tiene todo en sí para desarrollarse por sí solo como lo haría una planta. Creo en el papel de la educación. Pero no soy conductista, ni mecanicista, no creo que la educación sea llenar un vaso, no entiendo la jerarquía como fuente de conocimiento. La educación que no cuenta con el niño y que no da sentido a los aprendizajes, no es educación, es adiestramiento. 

P—¿Qué diría a los que advierten de no “malcriar” a los bebés, cogiéndolos demasiado en brazos, por ejemplo?

R—La teoría del apego no es naturalista. Atender a las necesidades del niño durante los primeros dos años no es “malcriarlo”, porque un niño de menos de 2 años no tiene caprichos, solo necesidades. Reclama que atendamos sus necesidades básicas a tiempo. Si lo hacemos, desarrolla un paradigma de confianza hacia el mundo; si no, de desconfianza. A partir de los 2 años, el niño con apego seguro es autónomo y capaz de obedecer a su principal cuidador, porque confía en él o en ella. La obediencia entendida como “ordeno y mando” no concibe esa forma de ver la educación. 

P—Usted defiende la educación personalizada. Con clases de 25 alumnos y un solo profesor, ¿es posible? 

R—En educación infantil no. Lo digo sin matices, porque es una etapa en la que la atención personal del educador es clave. En las otras etapas, depende. Para poder atender a cada niño de forma personalizada, hay que educar la mirada desde la mirada. Si en cada clase hay tres plazas reservadas para niños con necesidades de educación especial (me parece muy importante atender a la diversidad, pero es preciso tener en cuesta el esfuerzo añadido que eso supone para el profesor y exigir cosas realistas), si la mitad de la clase está constantemente alborotada y el maestro pasa la mayoría de su tiempo resolviendo conflictos en el aula, pues difícilmente podríamos hablar de educación personalizada. Así que hoy por hoy, la educación personalizada es ‘educating’ (marketing educativo) en muchas escuelas. 

P—¿Qué rol pueden jugar las tabletas y los ordenadores en ese aspecto? 

R—Los ordenadores sirven para muchas cosas, pero no sirven para dar una educación personalizada. No confundamos educación individualizada con educación personalizada. La educación personalizada se apoya en la idea de que cada niño es único y tiene esquemas mentales propios, voluntad propia, libertad, anhelos y sed de sentido. La educación individualizada es la que ocurre cuando los algoritmos del ordenador dan un orden individual al que teclea. Los ordenadores no tienen sensibilidad. 

P—¿Cuál es el mejor regalo que le podemos hacer a un niño pequeño? 

R—Tiempo exclusivo con cada hijo, a solas y sin pantallas. Treinta minutos cada noche a la llegada del colegio o a la hora de dormir y cuarenta minutos cada semana en un lugar fuera del hogar. Eso hace milagros.

P—Desde 2012 ha educado en el asombro y en la realidad a miles de familias. ¿Cómo se lleva esa gran responsabilidad? 

R—No me gusta demasiado pensar en esos términos. En realidad, no tengo seguidores, tengo lectores inteligentes, gente que discrepa conmigo en algunas cosas, que está de acuerdo conmigo en otras. 

P—¿Deberíamos leer a gente con las que discrepamos sobre cuestiones educativas? 

R—Desde luego. El que es incapaz de leer a alguien con el que discrepa, no es que sea demasiado convencido de lo suyo, es sencillamente un fanático. Por eso hay tanto debate alrededor de la libertad de expresión ahora, porque hay tantos fanáticos. Hemos de reconocer que cada ser humano tiene una percepción distinta del universo. Ser convencida de tu visión del mundo no es algo malo. En cambio, el fanatismo es no aceptar que pueda haber personas que vivan en universos distintos al tuyo. Las redes no ayudan porque son nidos de fanáticos. 

P—Y, para terminar, aunque rechaza la existencia de ‘recetas mágicas’, dígame cuáles son las principales claves para que los niños no pierdan o incluso recuperen el asombro innato que tienen. 

R—Dejar a los niños ser niños. Ahora hay una cuestión que me preocupa mucho. Deberíamos hacer una encuesta para medir cuántos niños ahora mismo están en los institutos usando las palabras “progres”, “facha”, “comunista” o “nazista” para insultarse unos a otros, sin entender lo que significan eso términos. Reproducen de forma mecánica los fanatismos y los prejuicios de sus educadores (muchas veces ignorantes del contexto histórico en el que nacieron esas expresiones). Ya está bien de convertirlos en pequeños “militantes políticos” desde los 5 años. Si no somos lo suficiente maduros como adultos como para poner freno a ese sinsentido y seguimos trasmitiendo ese odio y ese fanatismo a toda la generación que nos sigue, todo eso puede acabar muy mal. El progreso verdadero empieza por el dominio de uno mismo, no de los pensamientos de los demás.