VALERIA SABATER |
La Mente es Maravillosa | 27/06/2019
Lo que hay detrás de la pereza no es
simple dejadez o irresponsabilidad. La pereza es una máscara, y tras ella se
esconde en muchos casos la sombra del miedo, la baja autoestima, la
inseguridad, la insatisfacción o incluso la falta de apoyo emocional.
Lo que se esconde detrás de la pereza tiene muchas
caras. Es una entidad a menudo multiforme, un laberinto complejo de
sensaciones, emociones y pensamientos contrariados que no siempre sabemos cómo
desgranar. No obstante, el rumor de esa apatía, de esa desmotivación que
consume las ganas y la energía es algo que nuestro cerebro entiende bien porque
es él quien genera el inmovilismo físico.
Hay quien dice que la pereza es un señuelo, como quedar
atrapado en un presente congelado donde crece una sensación, de la que es
imposible cumplir con todas las obligaciones anotadas en la agenda. A su vez,
la propia sensación de cansancio y desánimo profundo también nos frustra, y ese
enfado con nosotros mismos termina por bloquearnos aún más, sumiéndonos en una
situación tan incómoda como molesta.
Ahora bien, esta dimensión tiene su sentido y su
explicación. Tanto es así que no debería suponer una fractura con nuestro yo o
dañar nuestra autoestima cuando la experimentamos, e incluso por qué no, evitar
etiquetar a la ligera a un niño o adolescente de perezoso sin antes comprender
qué hay detrás.
Porque a menudo, lo que se esconde es
miedo, indecisión, tristeza e incluso sensación de inutilidad. Veamos más datos a continuación.
“El cansancio ronca sobre los guijarros;
en tanto que la pereza halla dura la almohada de pluma”. - William Shakespeare.
Lo que se
esconde detrás de la pereza: el futuro que angustia
En muchos casos, lo que se esconde detrás de la pereza
es una dimensión residual de nuestros antepasados más remotos. Esta es, al
menos, una de las explicaciones que nos ofrecen desde el campo de la
antropología. Esos ancestros del género homo con quienes compartimos nuestra
línea genética, tenían una necesidad básica en su cotidianidad: conservar la
energía.
Los recursos eran muy escasos. El hambre era un
enemigo cotidiano, así como los depredadores y ese clima a menudo adverso donde
el sol podía ser extremo y las noches muy heladas. Nuestros antepasados, además, eran nómadas y debían procurar en la medida de lo posible,
ahorrar recursos físicos, de ahí que los esfuerzos que llevaban a cabo
eran los mínimos y necesarios. Su realidad por tanto, se limitaba a cubrir unas
necesidades muy básicas a corto plazo.
Kalman Glantz, psicoterapeuta de la Universidad de
Cambridge y coautor de Exiles From Eden, nos
señala que la dimensión de la pereza surgió en el ser
humano cuando empezamos a tener consciencia del futuro. Esa
necesidad de planificar a largo plazo, de realizar esfuerzos para obtener beneficios en un
tiempo posterior, generó de pronto un sobreesfuerzo psicológico y un coste emocional.
De pronto estábamos
obligados a gastar más energía de la esperada. Aún más, aparecieron realidades
como la ‘autoexigencia’, como la presión de un grupo para que hagamos algo, y
en consecuencia, el miedo a si seremos o no eficientes. Pereza no es por tanto
mera dejadez, vagancia o desidia. Es un compendio de muchas
dimensiones, ahí donde surge en muchos casos, la angustia hacia ese futuro más
o menos cercano.
La apatía cerebral y el sobreesfuerzo
En el 2015, el
doctor Masud Husain, de la Universidad de Oxford, demostró algo interesante que
nos permite comprender mejor lo que se esconde detrás de la pereza. A través de
un estudio con resonancias magnéticas, pudo ver qué diferenciaba a la
persona más activa de aquella que se queda atrapada por esa dejadez tan
frustrante.
En primer lugar, algo llamativo fue comprobar
que se necesita mucha energía para planificar y llevar a la acción un
propósito. Lo que hace el cerebro es liberar una gran cantidad
de dopamina y después, activar la corteza motora para facilitar el movimiento,
la actividad, el desempeño. Ahora bien, en segundo lugar, otro aspecto que pudo
comprobarse, es que gran parte de las personas que experimentan pereza, lo que
hay en su cerebro en realidad es apatía.
Los
niveles de dopamina suelen ser bajos. Asimismo, la activación de la
corteza cerebral tampoco es muy intensa, porque un cerebro ‘apático’ se siente
incapaz de llevar a cabo ese sobreesfuerzo.
¿Qué hay detrás
de la apatía que acompaña la pereza?
Lo que se esconde detrás de la pereza es una dimensión
que el cerebro procesa muy a menudo como apatía. Sin
embargo ¿a qué se debe esa sensación? ¿Qué hay en nosotros para que nos dejemos
atrapar por esa sustancia que todo lo opaca y lo vuelve asfixiante? Desde un
punto de vista psicológico, es importante destacar las siguientes dimensiones:
·
Baja
sensación de autoeficacia.
·
Falta
de apoyo emocional.
·
No
hay un interés real por la tarea que debemos realizar.
·
Sensación
de que aquello que tenemos que hacer, no vale la pena.
·
Temor a fracasar, a no
hacerlo tan bien como los demás esperan.
·
Desánimo,
sensación de inutilidad, baja autoestima.
Tal y como podemos ver, la implicación psicológica y
emocional de la pereza hacen de esta dimensión una realidad que debemos tener
en cuenta. Por tanto, de poco sirve enfadarnos
con nosotros por nuestra escasa motivación. Debemos
ser capaces de indagar, de profundizar y de ir más allá para entender por qué
nos sentimos así.
Para el cristianismo, la pereza era un pecado
capital. Siempre ha existido una visión muy despectiva hacia dicha imagen;
sin embargo, es momento de verla tal y como lo que es: una máscara.
Tras ella está el miedo, la indecisión, los problemas de autoestima, la
insatisfacción… Hechos concretos que merecen nuestra atención y que deberíamos
trabajar.