jueves, 9 de febrero de 2023

El ego no es tu enemigo, solo tienes que aprender a gestionarlo

 ALDARA MARTITEGUI          |         niusdiario.es       |          27/11/2022

·        Normalmente hablamos peyorativamente del ego para expresar que una persona manifiesta una mirada grandilocuente de sí misma

·        En general relacionamos el ego con esa arrogancia, ese creerse más que los demás, esa falta de humildad

·        Explicamos desde una perspectiva espiritual por qué el ego no es el enemigo sino un constructo necesario para poder desenvolvernos en la vida.

 

Seguro que has escuchado más de una vez esa frase de “Fulanito tiene un ego gigante” o “a Menganito le puede su ego”. En general relacionamos el ego con esa arrogancia, ese creerse más que los otros, esa falta de humildad... es por eso que no nos gusta ni verlo en los demás, ni mucho menos reconocerlo en nosotros.

 

En el mundo actual, nos referimos al ego cuando una persona manifiesta un exceso de mirada puesta en sí misma, cuando pierde la noción del otro, cuando cultiva la soberbia y manifiesta conductas autorreferenciales y egocéntricas que perjudican las relaciones y la convivencia con los demás en cualquier ámbito de su vida.

 

El ego ha sido estudiado desde diferentes ámbitos, como la psicología, la filosofía y la espiritualidad. Para la psicología, el ego es uno de los constructos más complicados de comprender. Una manera sencilla de explicar qué es el ego es pensar en esa máscara que todos llevamos. Gracias a ella sobrevivimos en sociedad, por tanto, la necesitamos. El problema es que en ocasiones depositamos en esta máscara un exceso de valor y orgullo con el que, en el fondo, lo que estamos buscando es protegernos.

  

Esa necesidad de gustar, es la que lleva a una persona a construir un personaje, un ego, grandilocuente.

 

“Tengo un problema de ego que necesito aprender a gestionar”, me dijo hace unas semanas una amiga. ¿Qué te ocurre? “Me siento mal cuando mi jefe no me reconoce algún trabajo que yo creo que necesita una felicitación. Si no me dice nada, me siento fatal porque no me ha dicho nada, sí; pero lo peor de todo es que me siento fatal por querer tener ese reconocimiento de los demás...esto es por mi ego, ¿no?, ¿qué debería hacer para no tener tanto ego?”

 

Buena pregunta… Sí. Ese es tu ego, que se está desplegando o manifestando. Ahora bien, ¿qué hay de malo en que nos guste que nuestro trabajo sea apreciado por los demás? ¡es natural y humano!


Una cosa es que a uno le llene de orgullo que los demás reconozcan su trabajo, sobre todo cuando uno se ha esforzado y ha dado el cien por cien; otra cosa muy diferente es que una persona necesite ese reconocimiento permanente de los demás (más allá del suyo propio) y que su vida sea una búsqueda constante de ese reconocimiento porque si no lo tiene, se siente perdida. Esa necesidad de gustar, es la que lleva a una persona a construir un personaje o ego grandilocuente.

 

Desde dónde construyes tu ego

La pregunta que surge no es si es bueno o malo tener ego, sino desde dónde construimos ese ego, ese personaje, que es necesario, que todos tenemos. Sin ego no seríamos humanos, seríamos otra cosa.

Como explica la psicóloga Valeria Sabater en el artículo ¿Qué es el ego? La voz grandilocuente que ahoga la humildad, “El ego no deja de ser una construcción mental más, una identidad que hemos construido con nuestra fábrica interna de ideas, experiencias, emociones y necesidades. Detrás de ese yo autoconstruido, tras esa máscara externa y artificial, se encuentra nuestro auténtico ser. El problema llega cuando estamos dominados, supeditados y adheridos en exceso a esa capa externa que hemos cincelado para sobrevivir en sociedad”.

 

Comprender qué es el ego desde la espiritualidad

Para explicar qué es el ego, tal vez sea más fácil empezar explorando esa parte de nosotros que no es el ego; ese ser auténtico que mueve los hilos del ego. ¿Acaso nunca has sentido esa luz dentro de ti, esa presencia que te acompaña desde que tienes conciencia de ti mismo, de ti misma y que es, en esencia, tú?


Siéntate con la espalda recta y cierra los ojos. Lleva tu atención al centro de tu pecho y respira desde ahí por unos segundos. Conecta contigo. Ahora imagina por un momento que vives en una ciudad diferente, o incluso en otro país. Imagina que en vez de tener la pareja que tienes tuvieras otra, o que no tuvieras pareja. Imagina que en vez de tener los hijos que tienes tuvieras otros, o que no tuvieras hijos. Imagina que en vez de la profesión que tienes tuvieras otra, o que no tuvieras profesión. ¿Seguirías, no obstante, siendo tú mismo o tú misma?.

 

No intentes comprenderlo ni poner palabras… simplemente siente esa presencia; esa luz que siempre está: hagas lo que hagas, vivas donde vivas. Si puedes sentirla, te doy la enhorabuena, has experimentado tu Ser esencial.

 

Desde una perspectiva espiritual, el ego es necesario para poder tener esta experiencia humana, necesitamos un carruaje para transitar por esta dimensión material que es el mundo,

 

Según la doctora Imma Nogués ese Ser esencial, ese pasajero interior que nos acompaña, nos guía y nos inspira, es también llamado por muchos el alma. En el fondo, lo llamemos como lo llamemos, cuando uno lo experimenta, se da cuenta de que es esencia humana en estado puro, desnuda y desprovista de disfraces o atributos.

 

Pero claro… no podemos olvidar que somos seres humanos. Tenemos un cuerpo. El cuerpo, también según la doctora Imma Nogués, sería como el carruaje; el lugar en el que habita ese Ser esencial y que cuenta con la personalidad, con el ego, para poder manifestarse.

 

Por tanto, desde una perspectiva espiritual, el ego es necesario para poder tener esta experiencia humana, necesitamos un carruaje para transitar por esta dimensión material que es el mundo que vemos y que percibimos con algunos de nuestros sentidos. De modo que nuestro Ser esencial, el alma, necesita un personaje, un traje que ponerse para poder estar en este plano.

 

Lo más habitual, explica Nogués en su libro El pasajero interior, es que la personalidad (el ego) "no sea sensible a la sutil vibración del alma". De hecho, vivimos con alto nivel de desajuste entre nuestra esencia o alma y nuestro personaje o ego. Cuando ocurre esto, el ego deja de cumplir su propósito de ser vehículo del alma y adquiere vida propia. ¡Muchos viven creyendo que son el ego, que son el personaje!

 

Y claro, cuando esto ocurre, uno vive alimentando permanentemente a su ego. Porque eso es lo que le gusta al ego.

 

Vivir ciegos a nuestro Ser esencial

Desde esta perspectiva espiritual, no se rechaza al ego; lo que se rechaza, en todo caso, es el apego al ego, la identificación del Ser con el ego, porque eso conlleva pasar por esta experiencia humana ‘de puntillas’, sin experimentar el verdadero sentido de la vida que tiene que ver con las cualidades del alma: amor, unión, desapego, serenidad, calma, alegría, gozo, conexión, intuición y sabiduría, entre otras…en el fondo ¿no es esto lo que buscamos todos los seres humanos?

 

Sin embargo, nuestro modo de vida, la falta de costumbre o de herramientas o de espacios para conectar con nuestro Ser esencial, nos hace vivir completamente ciegos a él y nos limita a vivir enfocados únicamente en el ego, ese personaje que vamos construyendo desde niños y que, sin la supervisión del alma, está condicionado únicamente por las leyes materiales, léase ser aceptados por el grupo para poder sobrevivir.

 

Nos guste o no, esto es lo que nos mueve en esa dimensión terrenal. Tener el reconocimiento de los demás tiene que ver con nuestro instinto de supervivencia, así de simple es. Cuando decimos que una persona tiene un ego muy grande nos referimos a que se cree muy importante, muy necesario, el que más sabe de cualquier cosa. En el fondo, esta persona, está buscando el reconocimiento de los demás para poder sobrevivir (ser aceptada) porque es incapaz de darse ese reconocimiento a sí misma: vive desconectada totalmente de su Ser esencial. Aunque parezca lo contrario, detrás de un ego muy grande siempre hay una muy baja autoestima; una persona que, al no valorarse a sí misma lo suficiente, busca desesperadamente que sean los demás los que lo hagan.

 

Tener un ego muy grande o tener mucho ego significaría, desde esta perspectiva espiritual, vivir únicamente ocupándonos de alimentar el personaje, buscando el reconocimiento, la aprobación y el amor de los demás y viviendo de espaldas a nuestra verdadera esencia, que es más bien lo contrario: ser fuente de amor.

No se trata por tanto de matar al ego, sino de intentar que el ego sea la manifestación de nuestro Ser esencial.


La desconexión completa entre el Ser esencial y el ego, genera además mucho sufrimiento. Eso sería, siempre desde esta perspectiva espiritual, el origen de gran parte del malestar psicológico que tanto experimentamos los humanos, como esa sensación de falta de sentido en nuestra vida.

 

“Cuando empezamos a poner nuestra atención en nuestro Ser interno, intentado expresar lo que está de acuerdo con él, se produce en nosotros una transformación y transmutación internas y externas”, puntualiza Nogués. En resumen, uno empieza a vivir más en coherencia con quien realmente es; y esa armonía genera bienestar.

 

“Que hoy mi esencia se manifieste en cada cosa que haga: esto es lo que repito cada día al levantarme” me dijo una vez Ismael Santos, ex jugador profesional de baloncesto, experto en mindfulness y coautor del libro Inteligencia espiritual y deporte. No se trata por tanto de matar al ego, sino de intentar que el ego sea la manifestación de nuestro Ser esencial y no únicamente un lugar donde depositar el reconocimiento y aprobación de los demás.


martes, 7 de febrero de 2023

Redes sociales y felicidad no van de la mano y te explico por qué

 

PATRICIA RAMÍREZ       |      ABC  ( El lunes empiezo – Blog)     |     04/09/2022 

Aislamiento, noticias falsas, información sin contrastar, cotilleos, filtros, vidas sobreactuadas, exposición de parejas, hijos y vidas perfectas imperfectas, recetas saludables, viajes impresionantes… Las redes sociales introducen en nuestro hogar un mundo que no siempre representa la realidad. Y la multitud de estudios derivados del boom de las redes arrojan datos nefastos para nuestra salud mental sobre las consecuencias de su mal uso.

Las redes sociales están diseñadas para que te quedes enganchado a ellas, para que sigas buscando, visualizando, opinando, para robarte un precioso tiempo que podrías dedicar a otros hábitos más saludables. Tú crees que te distraen, que aprendes, que te entretienen, incluso que te evaden. Pero si no haces un uso adecuado y responsable de ellas, puedes sufrir consecuencias directas en tu salud mental. 

Varias investigaciones han encontrado una relación entre el mal uso de las redes sociales y los trastornos del sueño, la baja autoestima, la soledad, la desinformación o la baja satisfacción con la vida. ¿Cómo podemos permitirle a una aplicación que nosotros hemos elegido instalar en nuestro teléfono, que disminuya nuestra satisfacción con la vida? De locos, como dicen ahora los adolescentes. Es de locos. 

El uso de redes sociales estimula un neurotransmisor, la dopamina. La dopamina, nuestra gran aliada de la felicidad, también se estimula con el juego, con el sexo o cuando comemos. Es la encargada de generar deseo. La dopamina nos sienta fenomenalmente bien, por eso siempre buscamos más. Y las redes sociales tienen el poder de activarla, tanto, que hoy ya existen casos de adicción a las redes sociales, como hay adicción al juego, al tabaco, al alcohol o al sexo. Ojo con los placeres, que si te excedes, te esclavizan y te vuelven adicto. 

En una entrevista realizada a Amanda Baughman de la Universidad de Washington en la revista Investigación y Ciencia, la experta afirmó que las redes sociales nos generan una disociación importante. Nos desconectan de lo que estamos haciendo, comiendo, hablando con amigos, trabajando o viendo la tele. Dejas de estar presente mentalmente, a pesar de que físicamente sí estés ahí. Nos desconectan de lo que estemos haciendo para conectarnos con el contenido que se publica. Y el poder de atracción de las redes es tan fuerte, que cuando nos damos cuenta, hemos perdido más de media hora subiendo y bajando pantallas. Deslizas dedo hacia arriba, deslizas dedo hacia abajo. De vez en cuando un like, otras veces una crítica, y ahí nos quedamos, en el limbo de las redes. 

Otro problema de las redes es el tiempo que les dedicas. Leer en redes, ver vídeos o quedarte leyendo en una publicación, no supone ningún esfuerzo para la mente. Están diseñadas para que te quedes dentro. Pierdes la noción del tiempo. Empiezas por consultar una duda en Google, de ahí entras a ver qué hay de nuevo en tu Instagram, te interesas por una decoración de interiores, después escuchas nimiedades en un vídeo de una influencer a la que estás pensando dejar de seguir, la pones verde, y sigues deslizando el dedo viendo imágenes, vídeos, músicas o consejos de las personas a las que sigues. A continuación, pasas por tu muro, miras los comentarios que te han dejado, los likes de tus últimas publicaciones, agradeces, criticas, y cuando te das cuenta, llevas más de media hora perdiendo tu precioso tiempo sin haber hecho absolutamente nada de provecho. 

¿Y qué me dices de cómo afecta a la autoestima y a la frustración con la vida? Cuando observas fotos y vídeos de vidas y personas idealizadas, retocadas, con vidas simuladas, tomas esos referentes como reales y terminas pensando que tu vida es triste y mediocre. Porque te has llegado a creer que lo que ves en redes representa lo que tú querrías y a lo que no llegas, y que otras personas si lo tienen y tú no. Cuando realmente no tenemos ni idea de si esas vidas existen o son ficticias. Esas vidas no son un modelo ni un ejemplo para ti, ni para nadie. 

En el estudio de Primack se concluyó después de entrevistar a miles de estadounidenses jóvenes adultos, que cuanto más tiempo pasaban conectados a plataformas como FacebookLinkedInYouTube, etc., mayor era el sentimiento de aislamiento. Porque el tiempo que dedicas a navegar y a estar conectado en estas redes es tiempo que te quitas de vivir experiencias reales, presenciales y auténticas. Además, dejas de entrenar tus habilidades sociales, lo que provoca una inseguridad posterior al relacionarte en vivo y en directo.

Incluso un estudio de la Universidad Erasmus de Róterdam asegura que el uso del teléfono móvil y la tecnología aumentan nuestro agotamiento físico y mental. 

Y para remate de la salud mental, cuando tomas conciencia de tu pérdida de tiempo, aparece el sentimiento de culpa por compararte con la vida de alguien que no existe, por tratarte mal por no ser capaz de ser tan guapa, tan exitosa, tan divertida, sexi, eficaz o ingeniosa como esa persona a la que admiras. ¡Basta!


·        ¿Te sorprendes comprobando lo nuevo que entra en tu móvil cada dos por tres aun habiéndote prometido que no tocarías el móvil durante un rato?

·        ¿Te sientes mal por perder literalmente el tiempo viendo publicaciones que ni siquiera te interesan?

·        ¿Te sientes mal por dedicarle tanto tiempo a las redes sociales sabiendo que podrías emplearlo en otras actividades más saludables?

·        ¿Sigues conectado al trabajo después de que finalice tu horario de trabajo comprobando el correo, el WhatsApp y otras aplicaciones e incluso te parece mal no estar pendiente?

·        ¿Entras al trapo en redes sociales con temas que no te dan de comer, pero con los que terminas rabioso, frustrado o deprimido?

·        ¿Te crees noticias no contrastadas simplemente porque salen en redes?

·        ¿Utilizas el móvil en el coche?

·        ¿Utilizas el móvil cuando estás con otras personas, cuando comes o en situaciones en las que deberías prestar atención plena al presente?

·        ¿Sientes ansiedad o malestar cuando no lo llevas encima, como si te faltara algo?

·        ¿Te cuesta concentrarte y estar atento al presente?

Hagamos un uso razonable de las redes sociales. No es tan complicado. La mayoría de nosotros ha vivido una vida digna, bonita y divertida cuando estas aplicaciones no existían. Seguro que somos capaces de convivir sanamente con las redes.

domingo, 5 de febrero de 2023

El síntoma de la depresión del que nadie habla

VALERIA SABATER          |         La Mente es Maravillosa        |        31/10/2022

¿Qué pasa cuando no hay nada que te distraiga? ¿Qué ocurre cuando sientes que no hay nada importante que hacer? Lo que ocurre es que dejas de sentirte útil y esto es muy peligroso. Descubre cuál es el síntoma de la depresión del que nunca te han hablado.

Decía el escritor C.S. Lewis que el dolor mental es menos dramático que el dolor físico, pero lo cierto es que es más común y también más difícil de soportar. Entre los sufrimientos más silenciosos del ser humano está sin duda la depresión. Este trastorno del estado de ánimo es como un complejísimo puzle conformado por muchas piezas, variables y circunstancias personales. 

No es fácil definirlo e incluso prevenirlo. Uno puede tener buenas herramientas de base y una actitud altamente resiliente, pero a veces determinadas experiencias, e incluso el contexto social, pueden rompernos. Según datos de la OMS, casi el 3,8 de la población lidia con esta condición mental. Aunque las cifras podrían ser mayores, dado que no todo el mundo solicita ayuda y recibe un diagnóstico. 

A esta realidad se le añade otra más problemática: la depresión es todavía un área incomprendida entre la sociedad. Hay quien la relaciona con falta de proactividad, debilidad y falibilidad. Asimismo, solemos tener una visión incompleta sobre dicho trastorno, asociándolo únicamente a la tristeza y la falta de energía.

Sin embargo, hay factores que conforman la depresión que pasamos muchas veces por alto. En esta ocasión, profundizaremos en uno de ellos. En una variable que puede resultar sorpresiva: el aburrimiento. 

Si llevas una época en que nada te interesa, nada atrae tu atención y lo que antes te apasionaba ahora te agota, no dudes en solicitar ayuda experta.

Aunque para la mayoría de las personas el aburrimiento es una sensación pasajera y trivial, hay quien vive atrapado en este bucle.

El aburrimiento crónico y la depresión: cuando nada entretiene o interesa 

El síntoma de la depresión que muchas veces no atendemos es el aburrimiento crónico. Es cierto que nada es tan común como estar aburridos de vez en cuando. También es verdad que este tipo de emoción resulta útil para instarnos al cambio y que, en el caso de los niños, resulta hasta necesaria. El niño que se siente aburrido termina potenciando el pensamiento crítico y la autosuficiencia.

 Ahora bien, este estado tiene un reverso altamente problemático y hasta patológico. Las personas que arrastran un aburrimiento crónico tienen un mayor riesgo de sufrir depresión. También de padecer ansiedad e incluso un riesgo mayor de derivar en adicciones a sustancias (alcohol, drogas) o a adicciones comportamentales, como el juego. 

Una investigación de la Universidad Internacional Alliant, en California, destaca este vínculo. El aburrimiento no deja de ser un sentimiento aversivo de cansancio, inquietud y frustración que puede ser muy nocivo cuando se vuelve crónico. Pensemos que la persona aburrida deja de tener alicientes en su día a día, con lo cual, poco a poco, se sentirá más desconectada de su realidad. La deriva que toma este estado puede ser problemática.

La depresión va más allá de un rostro emborronado por la tristeza, la desesperanza o la necesidad de aislamiento. Hay factores que conforman este trastorno psicológico y que muchas veces pasamos por alto. 

Cuando la desesperanza se encuentra con el aburrimiento persistente

¿Qué pasa cuando tenemos a alguien que no se entretiene con sus aficiones? ¿Qué ocurre cuando, además, siente que no tiene nada importante que hacer? Imaginemos a esa persona desempleada que, frustrada por no recibir ofertas, ya no disfruta con nada y nada le interesa. Es fácil reconocer que este tipo de situaciones elevan el peligro de sufrir un trastorno depresivo. 

Por ello, es crucial clarificar un detalle. El aburrimiento por sí mismo no hará que suframos un trastorno psicológico. En una depresión confluyen múltiples factores, tales como la angustia, la desesperanza, la negatividad, el sentimiento de culpa, el insomnio, las alteraciones en la alimentación, etc. 

La apatía, la anhedonia y la abulia son esos tres elementos en los que está presente el aburrimiento crónico. Es decir, lo que se experimenta es ausencia de placer, pérdida del interés y motivación e impotencia para llevar a cabo cualquier tarea. Es un sentimiento difuso y opresivo en el que la persona siente que su vida del todo estancada. 

El aburrimiento existencial, cuando dudamos de nuestra importancia en el mundo

“¿Qué hago yo aquí, cuál es mi función, qué es lo que debería estar haciendo ahora?”. La persona que lidia con la losa de un problema de salud mental se hace preguntas constantes. Esas interrogaciones están llenas de veneno, porque carcomen y apagan aún más el ánimo. Además, engrosan aún más la desesperación. 

Por ello, ese síntoma de la depresión que deberíamos tener muy presente es el aburrimiento crónico o existencial. El escritor y exdirector de atención primaria en la Universidad de Chicago, Alex Lickerman, acuñó este término definiéndolo como la incapacidad de encontrar algo interesante en la vida. 

Cuando una persona no disfruta de ninguna afición y no encuentran nada interesante que hacer, termina dudando de su lugar en el mundo. De su importancia en él. Esta visión es una línea roja que nunca debemos cruzar, puesto que ese es el momento en el que nos asalta la peligrosa idea de que esta vida no tiene ningún sentido.

Nuestra sociedad, tan cargada de estímulos, puede hacer que nos sintamos sobrecargados y aburridos. Esta es una realidad que experimentan muchos jóvenes.

La terapia psicológica es altamente efectiva para tratar todos los síntomas asociados a la depresión, como es el aburrimiento y la desesperanza.

¿Cómo abordar el síntoma de la depresión del que casi nunca se habla?

El síntoma de la depresión del que no hablamos demasiado es más importante de lo que pensamos. “Aburrirse es besar a la muerte”, decía el escritor Ramón Gómez de la Serna. Y los jóvenes, por ejemplo, están cada vez más aburridos. Las nuevas tecnologías y las redes sociales los someten a un estado de sobrecarga de estímulos en los que es muy fácil sentirse superado y también apático. 

Poco a poco sus realidades dejan de tener estímulos novedosos y si a ello le añadimos un futuro incierto, es común que desarrollen en algún momento un trastorno de ansiedad o depresión. ¿Qué hacer ante este panorama? ¿Cómo actuar? Veamos algunas estrategias:

·        Busca apoyo en los tuyos, comenta con tus amigos, pareja o familia cómo te sientes. Explícales tus sentimientos de vacío y aburrimiento. Clarifica que no es algo puntual, sino que esa sensación es constante y que cada vez te sientes peor.


·        Solicita apoyo psicológico. Como bien hemos señalado, el aburrimiento crónico se combina con más variables que podrían trazar una depresión. Tener un diagnóstico y unas herramientas para manejar lo que nos sucede es decisivo.

·        Inicia nuevas actividades y reformula tus metas. Debes buscar nuevos alicientes. Bien es cierto que te puede costar, que cuando la apatía te hace cautivo es complicado encontrar nuevos motivantes. Sin embargo, nada es más importante que activarte, que moverte y poner en marcha nuevas tareas. Es así como tu enfoque emocional variará.

Para concluir, si te quedas quieto y permites que esos sentimientos de desidia, desilusión y aburrimiento constante te engullan, no avanzarás. Hay luz al final del túnel, habla con alguien y déjate ayudar. Ese abismo de frustración que te tiene atrapado se acabará yendo.

viernes, 3 de febrero de 2023

El suicidio: "No se trata de una decisión libre. El paciente no tiene una opinión, sino unos síntomas que modifican su capacidad de elección"

Redacción La Voz de la Salud       |        lavozdegalicia.es         |      11/01/2023 

Los trastornos mentales están detrás del 90 % de los suicidios | El 3 % de los niños ha tenido pensamientos suicidas en el año 2021

El suicidio es uno de los principales problemas de salud pública en el mundo. La OMS estima que cada año pierden la vida más personas por suicidio que por accidentes de tráfico, guerras y homicidios. En el 2019, una de cada 100.000 muertes en el mundo fue un suicidio, y la pandemia no ha hecho más que empeorar esta tendencia. De hecho, el 2020 se convirtió en el año con mayor número de suicidios registrados en España desde 1906, con una media de casi once personas al día, es decir, cada dos horas una persona se quita la vida. La mayoría de los afectados son varones. Por su parte, las mujeres que lo concretan suponen un 26 % de las muertes. 

¿De qué estamos hablando? Si bien por definición el suicidio es la muerte autoinfligida, «la conducta suicida es cualquier pensamiento relacionado, no solo el consumado. Esta va desde las ideas de muerte, a los planes, tentativas y, finalmente, el suicidio», indica Víctor Pérez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica. 

Los motivos que empujan a una persona a terminar con su vida son tan variados y específicos como los individuos que cometen el acto. Sin embargo, es posible establecer unos criterios y prestar atención a ciertas señales de alerta que aumentan el riesgo de que alguien intente quitarse la vida.

Ante todo, hay que distinguir entre ideación, comunicación y conducta suicida. Mientras que la primera se refiere a pensamientos sobre el fin de la propia vida, no siempre está acompañada de una intencionalidad ni de una acción. En la comunicación suicida, se transmiten estos pensamientos o deseos en un acto interpersonal. «La comunicación suicida es un punto intermedio entre la ideación y la conducta suicida», explica la Guía Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta Suicida elaborada por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. 

Esto subraya la importancia de tomar en serio esas comunicaciones. Aunque se suele creer que las personas que se quitan la vida no hablan de sus planes con anterioridad al hecho, esto es solo un mito: de cada diez personas que se suicidan, nueve han hablado claramente de sus intenciones de hacerlo. Es más, «la gente que lo dice, y que lo intenta, al final son los que lo acaban haciendo», detalla el doctor Pérez. 

La enfermedad mental, un riesgo

Entre los principales factores de riesgo, el más contundente es la presencia de trastornos mentales, que se evidencia en un 90 % de las personas que consuman el suicidio. La depresión, el abuso de sustancias, los trastornos psicóticos, de la personalidad y de ansiedad se suelen asociar al acto. «El principal factor de riesgo es la enfermedad mental, especialmente aquella que no está tratada o no es conocida. En suma, si un paciente piensa que su patología es superficial y no le da la importancia necesaria, como puede ocurrir con la depresión al considerar que solo es tristeza, los factores de riesgo irían aumentando», señala José Ramón Silveira, presidente de la Asociación Gallega de Psiquiatría. 

Un factor de riesgo aumenta la probabilidad, pero no tiene que convertirse en una causa. Isabel Cuéllar, psicóloga clínica en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, recalca que «no todas las personas que intentan suicidarse o que lo hacen tienen problemas de salud mental. Es importante decirlo para no fomentar el estigma de que solo las personas diagnosticadas son las que tienen conductas suicidas», señala. 

Diferenciando entre sexos, la psicóloga Cuéllar explica que «hay más ideas e intentos suicidas entre las mujeres, pero hay más suicidios consumados entre los hombres». En sus palabras, estos datos se explican porque las mujeres tienen mayor prevalencia a la hora de sufrir enfermedades mentales como la depresión, mientras que los hombres tienen mayores dificultades para pedir ayuda y sufren más impulsividad.

La edad es otro dato a tener en cuenta. Hay dos períodos de la vida en los que una persona es más propensa a suicidarse: la adolescencia y la edad avanzada. «En las personas mayores está más asociado a enfermedades físicas crónicas o problemas de aislamiento o apoyo social», precisa Cuéllar. Estas edades coinciden con etapas de cambios no solo a nivel biológico, sino en el ritmo de vida, las actividades cotidianas y la interacción social. En este sentido, el acoso en la adolescencia está muy asociado a la ideación y la conducta suicida.

El consumo de alcohol y sustancias estupefacientes supone también un riesgo en materia de suicidio, «también si existen antecedentes previos mediante los cuales la persona lo haya intentando, o si la depresión, el suicidio o el alcoholismo figuran en la historia familiar del paciente».

Las relaciones son uno de los componentes más importantes del bienestar humano. Somos, después de todo, seres sociales. Por lo tanto, no es de extrañar que la falta de apoyo social sea un factor de peso en el momento de tomar la decisión de suicidarse. De hecho, una red familiar o comunitaria puede suponer una diferencia abismal en los momentos de crisis. Pero, para que esto funcione, el entorno debe estar atento y ser capaz de tomarse en serio las señales para intervenir de forma oportuna. Lo fundamental es lograr la integración social de la persona, de forma que sepa que puede acudir a su entorno para pedir ayuda.

¿En qué momento se toma la decisión?

Cuando los factores de riesgo se suman a factores precipitantes, el paso a la acción sobreviene. Eventos vitales estresantes como pérdidas personales (divorcios, muertes), financieros (económicos o laborales), problemas legales o conflictos en relaciones interpersonales pueden ser desencadenantes del suicidio en personas que ya presenten factores de riesgo. Por otra parte, la posibilidad de acceder a armas, medicamentos o sustancias tóxicas aumenta este riesgo al facilitar el paso de la ideación a la conducta suicida.

«Sabemos que hay mayor riesgo de suicidio si una persona que cumple los factores de riesgo vive sola. Si, por ejemplo, se queda viudo. O si se mezcla la depresión, el consumo de alcohol y el aislamiento social», explica el psiquiatra José Ramón Silveira, quien también indica que enfermedades terminales o degenerativas, o rasgos impulsivos en la personalidad del paciente «podrían aumentar el riesgo». 

Indicios o señales de advertencia

La fórmula que permita evitar o detectar qué llevó a una persona a suicidarse todavía no ha sido descubierta. «Y ojalá lo supiéramos. Como profesionales, vemos cada suicidio como algo que se nos ha escapado y que podríamos haber previsto», indica el doctor Silveira. En cambio, sí existen líneas que permiten a los profesionales de la salud mental, o a los propios familiares del paciente, conocer el estado de la persona en cuestión y la razón de su decisión. Esto, como en todo, puede variar de un nombre a otro. Las amenazas directas (o indirectas) de cometer un suicidio existen. «Dan señales de hacerse daño, de quitarse la vida, de tener desesperanza. También pueden ser de muerte pasiva como “la muerte sería la solución a todo”». 

En este sentido, también es importante prestar atención a los temas que el paciente tiende a sacar en una conversación. «Si la muerte tiene una posición protagonista en sus palabras o si insinúa el placer que el descanso le podría provocar. Además, puede que consuma continuamente contenidos sobre la muerte: películas, esquelas o libros». Igualmente, las conductas autodestructivas pueden esconder algo a este respecto: «Empiezan a beber, a tomar tóxicos, a dejar las pastillas o a no cuidarse, y les da igual. Saben cómo será el final», añade Silveira. 

Cuando el individuo no verbaliza sus ideas suicidas, pueden darse otras manifestaciones. Por ejemplo, personas que se encontraban deprimidas y, de pronto, están muy alegres. «El cese de la angustia, una sensación de paz y tranquilidad internas, un período de calma después de una fase de agitación, son signos de grave peligro suicida, pues se ha resuelto el conflicto entre los deseos de vivir y los deseos de morir a favor de estos últimos», señala la guía. «Hay personas que, tras haber tomado la decisión de suicidarse, llegan a consulta mucho más calmadas y sosegadas de lo que esperaba el profesional, lo que de primeras puede sugerir una mejoría. En realidad, es una señal de todo lo contrario».

Se puede sospechar de la existencia de un plan suicida cuando la persona regala sus posesiones más preciadas, corre riesgos innecesarios, cierra asuntos, visita o llama a personas para despedirse, tiene escondidos elementos que son parte del método para lograrlo (acumula medicación, lleva consigo el tóxico o la cuerda), o ingiere bebidas alcohólicas en cantidades y con una frecuencia inusuales (mediante lo cual el individuo trata de lograr «el valor» necesario para llevar a cabo sus intenciones). Se debe prestar especial atención a aquellas personas que experimentan cambios ostensibles en su comportamiento habitual que limitan sustancialmente su adaptabilidad social (ingestión de alcohol o drogas, deserción laboral, divorcio, o disidencia del grupo de pertenencia, entre otros. 

Además, hay que tener en cuenta un cambio emocional o en el comportamiento muy brusco o intenso, «tanto si una persona está muy triste como la otra dirección, una persona que aparenta estar más feliz o contenta, porque a veces se relaciona con que ha encontrado una solución, está preparándolo y parece que ha encontrado una salida interior», declara Cuéllar, psicóloga clínica en el hospital madrileño.

Falsos mitos sobre el suicidio:

§     Las personas que hablan sobre el suicidio nunca lo intentan. Falso.


§     Hablar con alguien sobre el suicidio puede darle ideas. Falso. 

§     Solo cierto tipo de personas se suicidan. Falso. 

§     Las personas suicidas reaccionan exageradamente a los eventos de la vida. Falso. 

§     El suicidio es un hecho de agresión, ira, venganza o egoísmo. Falso. 

§     No hay nada que pueda detener a una persona que ha decidido acabar con su vida. Falso. 

¿Es posible un cambio de opinión?

«Se puede detener dependiendo de cual sea la razón que lo motivó», indica el doctor Silveira. Aunque resulta necesario que este sea un trabajo multidisciplinar, en el que estén implicados los profesionales de la salud y los familiares de la persona. Además, se le deben presentar todas las expectativas posibles a su problema. 

Es necesario hablar con cautela de opinión y suicidio: «No se trata de una decisión libre. El paciente no tiene una opinión, sino unos síntomas que modifican su capacidad de elección. Es decir, decide en relación a lo que siente de una forma totalmente embriagadora que condiciona su voluntad, no se trata de una opinión tomada libremente».

Cómo actuar frente a los pensamientos suicidas

Una persona con pensamientos suicidas debe, ante todo, saber que no está sola. El primer paso es buscar a un amigo, un terapeuta o contactar con una asociación gratuita de ayuda al suicidio y trasladar las inquietudes. Lo fundamental es no quedarse solo con estas ideas. En este momento de vulnerabilidad, hay que procurar distanciarse de cualquier medio con el que uno pueda hacerse daño. Es importante destacar que las crisis de suicidio suelen ser pasajeras, aun si en el momento se puede sentir el dolor como algo definitivo y sin final.

¿CÓMO INTERVENIR?

Si lo que quieres es ayudar a una persona a expresar su intención de suicidarse, tendrás que estar dispuesto a escuchar, sin que el otro se sienta juzgado. «Cuando alguien que tiene ideas de suicidio te lo está explicando, no se debe cambiar la conversación». Mostrarse espantado será contraproducente y solo hará que la persona se cierre. Tampoco es buena idea minimizar la situación. Demostrar interés sin dar sermones será clave para que la persona se sienta comprendida. Entre las medidas prácticas, la primera será retirar del alcance de la persona todos los elementos que puedan suponer un riesgo. Después, si es posible, no dejes sola a la otra persona, ni proyectes una situación de excesivo control. 

FACTORES PROTECTORES

Así como existen factores de riesgo que pueden predisponer a las personas al suicidio, también hay elementos que funcionan como herramientas fortalecedoras y tienen la capacidad de proteger a los individuos. La habilidad de resolución de conflictos o problemas, la confianza en uno mismo, y la habilidad para las relaciones sociales e interpersonales son algunos de los factores protectores a nivel individual. A nivel social, es fundamental un apoyo familiar y comunitario fuerte y de calidad, la integración social, y los valores positivos.

Hay que hablar del suicidio porque es un problema muy importante. Hablando hemos conseguido reducir muertes evitables como las de tráfico.

La conducta suicida es tabú, al igual que lo es su trágico desenlace. También es real, y los datos lo avalan. Durante el 2020, casi cuatro mil personas se quitaron la vida en España. Por ello, silenciarlo y no llevarlo a la palestra es un error para los profesionales de la salud: «Hay que hablar del suicidio porque es un problema muy importante. Hablando hemos conseguido reducir muertes evitables como las de tráfico. Es necesario que se definan estrategias, y una de ellas son los factores de prevención para que cuando una persona te explique que tiene ideas de suicido, no se cambie de tema en la conversación», señala Víctor Pérez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica.

Se suelen denominar como «supervivientes del suicidio» a los familiares y amigos que quedan después de que alguien de su entorno fuese protagonista de uno de estos episodios. «Sobre ellos cae el peso del estigma y del tabú, cuando el suicidio es una responsabilidad de todos, no solo de la familia», expresa Cuéllar. La psicóloga recalca que invertir en salud mental ayudará a reducir el riesgo de este tipo de muerte, y que «deberíamos de darle una vuelta para saber qué podemos hacer como sociedad para evitar que esto no suceda». Prevenir nunca fue tan importante.

 

Los pensamientos suicidas en niños

Save the Children ha alertado de que la pandemia ha triplicado el número de trastornos mentales y de conducta entre los menores y un % ha tenido pensamientos suicidas en el 2021, período en el que se han reducido los diagnósticos y los servicios de salud mental infantojuveniles están saturados.

Los trastornos mentales han aumentado del 1 % al 4 % en menores de entre 4 y 14 años y del 2,5 % al 7 % en el caso de los trastornos de conducta, según una encuesta realizada por la ONG a 2.000 padres y madres sobre la salud mental de sus hijos, que compara con los últimos datos oficiales disponibles de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) de 2017.