ANNA RODRÍGUEZ HURTADO | lavanguardia.com | 04/07/2026
El psiquiatra explica cómo las
dinámicas de la infancia pueden influir en el día a día de una persona adulta
en el ámbito laboral y en la vida personal
Si somos las cosas que nos pasan,
la infancia tiene mucho que decir sobre cada uno de nosotros. Las vivencias de
niños y la educación recibida pueden dar sentido a la forma de ser y de actuar
de adultos. Esta personalidad se ve reflejada en los momentos personales y de
ocio, pero también se ve en el trabajo: no saber decir que no, necesitar la
aprobación de otros, asumir más tareas de las que debe, entre otros. “Las dinámicas que hay en la familia cuando somos pequeños generan
unos patrones de conducta y de entender la vida que pueden terminar afectando
al bienestar emocional”, explica Carlos Cenalmor, psiquiatra, a La Vanguardia.
En su consulta,
el psiquiatra y psicoterapeuta trata de averiguar qué vivencias de la infancia
pueden estar detrás de una persona que desarrolle burnout u otros problemas que afectan tanto al
ámbito laboral como al personal. “Esto es algo que le pasa a todo el mundo.
Todavía no me he encontrado a nadie a quien no le ocurra. Va por niveles de
gravedad, pero todos tenemos heridas del pasado”, sentencia.
¿Qué relación hay entre cómo
fuimos educados o cómo nos trataban de pequeños y cómo trabajamos de adultos?
Suele haber patrones. Uno muy habitual, por ejemplo, es
que los padres estaban ausentes en su infancia, sobre todo emocionalmente,
porque eran padres que trabajaban mucho. Entonces el niño aprende
inconscientemente que para ser valioso delante de sus padres tiene que trabajar
mucho él también. En la vida adulta, esta persona empieza a fracasar, porque
son patrones demasiado rígidos y le llevan al estrés y al malestar.
¿Puede compartir otro ejemplo?
Otro ejemplo muy típico, y esto pasa mucho en mujeres, es
la típica hermana mayor o mediana que vive en su casa una situación caótica y
ella se hace cargo emocionalmente de la familia, de cuidar a los hermanos o
simplemente se vuelve una niña buena y responsable porque la situación no
permite que saque realmente sus emociones o sus necesidades. Ese patrón de “yo
me aguanto lo mío y me trago mis cosas por no molestar más” luego se lleva, de
adulto, al trabajo. Son esas personas responsables que se hacen cargo de todo,
pero no expresan lo que necesitan y acaban explotando porque es demasiada carga.
¿Qué les ha pasado a las personas que no se atreven o no saben decir que
no, sobre todo en el ámbito laboral?
Las personas que no dicen que no repiten la estrategia
que tenían de niños para recibir amor y atención de los padres o sobrevivir en
su infancia.
Imagínate
una familia en la que hay un hermano enfermo, el padre no está nunca en casa
porque está siempre trabajando y la madre está desbordada. En esa situación,
ese niño o esa niña dicen: “Yo tengo que decir que sí a todo porque si no mi
madre acaba deprimida”. Se convierten de alguna manera en el sostén de la
familia, diciendo que sí a todo.
¿Cómo
se distingue ser responsable de manera sana de una autoexigencia que surge en
la infancia?
Para mí,
la distinción está en qué consecuencias está teniendo en tu vida. Si es algo
que te está haciendo daño, entonces seguramente venga de una herida de la
infancia, porque es algo desadaptado. Si tienes autoexigencia, por
ejemplo, pero es algo equilibrado, obviamente la autoexigencia está bien, te
ayuda a conseguir objetivos. Pero, en ese caso, tú sabes llegar hasta un punto
y luego parar y descansar, o sabes decir que no. Esa autoexigencia obviamente
vendrá también de dinámicas familiares, pero no de una forma traumática, sino
sana.
¿Puede alguien relacionarse con
su jefe según las vivencias de su infancia?
Sí. Eso es lo que en psicología llamamos una proyección.
Es como que en tu jefe, en tus superiores, estás proyectando o repitiendo la
relación que tenías con tus padres. Por ejemplo, si la relación con tus padres
era distante emocionalmente y solo cuando conseguías logros académicos o lo que
fuera te hacían un poco de caso, con tu jefe vas a sentir que debes lograrlo
todo para no decepcionarle. A esta persona le va a resultar difícil poner
límites.
¿Qué preguntas hay que hacerse para saber si estamos actuando desde una
autoexigencia insana?
Hay que empezar por el presente. Por ejemplo,
preguntarte: “¿Estoy a gusto haciendo esto o realmente no es lo que quiero?”.
“¿Lo hago con una sensación de imposición?”. Eso es muy importante, porque ahí
vas a ver si es algo que te estás autoimponiendo o si realmente te
sale. También preguntarte: “¿Qué consecuencias está teniendo esto en mi
salud y en mi vida?”.
¿Y qué preguntas hay que
hacerse en pasado?
Te puedes preguntar: “¿Yo cuándo empecé a ser así?”.
Cuando les hago esa pregunta a mis pacientes, muchos dicen: “Cuando era un niño
ya era así”. Entonces eso ya te dice que empezó ahí. Y luego, para hilar
más fino, pregunto: “¿Qué pasaba en tu familia?”, “¿cómo eran tus padres?”,
“¿qué crees que puede tener que ver con esto?”.
¿Puede una persona convivir con estos efectos durante años?
Sí, totalmente. Puedes tener 50 años o 60 años y seguir
patrones aprendidos en la infancia. Mientras la gente no se atreva a desafiar
sus tendencias, puede ser así toda la vida. Lo que ocurre a mucha gente es
que padece de repente una crisis grave y sufre mucho. Yo lo llamo “caer al
fondo del pozo”. Y ahí, con suerte, piden ayuda, porque se dan cuenta de que
tienen que cambiar y poner remedio.
¿Cómo
se trata esta relación del pasado con el presente?
Llevándoles, por ejemplo, de una responsabilidad insana o una autoexigencia insana a un término medio. Está genial que seas alguien responsable, es una habilidad muy buena, pero lo que tenemos que hacer es equilibrarla. No es que te vayas al otro extremo y ya no hagas nada. Es utilizar esa habilidad que tienes, pero con equilibrio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario