lunes, 14 de marzo de 2016

Un ejemplo de lucha contra el trastorno bipolar.

La escritora May González Marqués brinda su testimonio y desmitifica algunas creencias y prejuicios sociales en torno a esta enfermedad mental.

IVÁN HELBLING | Madrid | El País | 08/02/2016

 A May González Marqués (París, 1968), una escritora que ha vivido toda su vida en España, le diagnosticaron un trastorno bipolar hace 14 años, cuando tenía 33. Una serie de situaciones estresantes en su familia y con una amiga muy cercana le desencadenó un brote que la dejó sin dormir durante dos semanas hasta que terminó una noche de Navidad ingresada en urgencias. González Marqués sabe que esa enfermedad arrastra un fuerte estigma social. Pese a que asegura que "nunca" ha sufrido tal estigma, ha visto que es una cuestión muy común en las reuniones de la Asociación de Familiares de Enfermos Mentales, de la que es miembro. En su primer libro, Entre dos mundos. Más allá de los trastornos mentales (Miret Editorial, 2012), ofrece un testimonio que representa un ejemplo de lucha por mantener la dignidad y una saludable calidad de vida. Se siente "una privilegiada" dentro del alrededor del 1% de la población española que padece problemas de salud mental grave, incluidas 46.100 personas con trastorno bipolar, según los últimos datos del INE.
  
Detrás de la puerta espera una mujer optimista y sonriente. Se sienta en uno de los sofás del salón de su casa, en el barrio madrileño de Sanchinarro, y cuenta que la reacción de su familia fue fundamental para su recuperación y no ser discriminada: “He tenido la gran ventaja de que nunca me trataron como a una enferma sino igual que a todos”, dice agradecida. Cuando fue diagnosticada trabajaba con su madre como secretaria. Ahora, disfruta con su marido de una vida de ama de casa mientras en sus ratos libres escribe Margaritas amarillas, su segundo libro, un testimonio que da consejos en primera persona sobre el pensamiento positivo que publicará próximamente acompañado de un centenar de alegres dibujos hechos por ella. Con él intenta ayudar a las personas que sufren enfermedades mentales.

Cada caso es diferente, ya que la evolución de su enfermedad depende mucho de la experiencia de vida, su contexto familiar y personalidad de cada paciente. Gonzalez Marqués es la única persona con trastorno bipolar que forma parte de la junta directiva del Asociación de Familiares de Enfermos Mentales (AFAEM 5) de Feafes (acrónimo de la organización que ahora se llama Confederación Salud Mental España). "En la reuniones aporto una perspectiva que generalmente no tienen en la junta", explica orgullosa.

El trastorno bipolar afecta a entre el 1 % y el 3,3 % de la población mundial y en su mayoría a jóvenes, según un estudio publicado por el Journal of the American Medical Association en 2011. Sus causas son una combinación de factores genéticos, alteraciones hormonales, estrés y el uso de drogas y fármacos. Esta disfunción es una alteración cíclica en el estado de ánimo: los pacientes pasan rápidamente de la euforia, denominado como estado de hipomanía o manía, a la depresión. Según el doctor José Manuel Montes, jefe de Psiquiatría del Hospital del Sureste de Madrid, con amplia experiencia clínica en el tratamiento de la depresión y del trastorno bipolar, "la manifestación más frecuente de inicio de esta enfermedad son los síntomas depresivos".

Lo normal es que el primer episodio ocurra a finales de la segunda década de vida o a principios de la tercera, entre los 18 y los 25 años. El caso de González Marqués, que tenía 33 años cuando se le manifestó la enfermedad, es lo que los expertos denominan "episodio mixto", es decir, uno que combina síntomas maníacos y depresivos. Con el tiempo ella entendió que la manía era un recurso instintivo para escapar de una situación muy dolorosa que la desbordó. "Cada caso es diferente, pero si hay algo en común es que cuando uno tiene un brote es un caos total, un momento en la vida en la que todo se te va de las manos", explica.
USUE ESPINÓS, PSICÓLOGA DE LA ASOCIACIÓN BIPOLAR DE MADRID
El tratamiento farmacológico es la piedra angular de la recuperación. El promedio hasta que un paciente termine siendo diagnosticado suele ser de ocho años. El doctor Montes asegura que, aunque el tratamiento dure años, un paciente con trastorno bipolar estabilizado -que lleva años sin recaídas-, llega a tener una vida normal “tal como un enfermo de diabetes”. Solo deberá tomar una simple medicación diaria y no olvidar sus límites emocionales, así como qué personas o situaciones cotidianas debe evitar.
Una dificultad importante e histórica para la estabilización de los pacientes con esta enfermedad es la estigmatización social. Usue Espinós, psicóloga que trabaja para la Asociación Bipolar de Madrid, sostiene que “el peor estigma es el autoasumido por el paciente al notar que es diferente del resto”. Históricamente, el cine, la literatura y los medios de comunicación han fomentado estereotipos contra personas que padecen enfermedades mentales. Reiteradas veces desde la cultura se la ha asociado a personas extravagantes (la película Una mente maravillosa, de Ron Howard), violentas (El resplandor, de Stanley Kubrick), peligrosas (El silencio de los corderos, de Jonathan Demme) y, entre otras cosas, individuos carentes de pensamiento racional (La Naranja mecánica, novela de Anthony Burgess también llevada al cine por Kubrick). Según un estudio de 2005 de la Asociación Americana de Psicología, titulado El Impacto del estigma de la enfermedad mental, estos “estereotipos, prejuicios y discriminaciones (...) pueden privar a quienes la padecen de oportunidades para el logro de sus objetivos vitales, especialmente aquellos que tienen que ver con su independencia económica y personal”. Esta creencia social ignora que, según los expertos, un porcentaje menor de los enfermos mentales tiene conductas violentas. “Muchas veces la sociedad prefiere culpar y responsabilizar a los más vulnerables por las conductas indeseables [por ejemplo, los crímenes violentos] que podría cometer cualquier persona”, razona Espinós.

En Madrid existen Centros de Rehabilitación Laboral (CRL), que forman parte de la Red de Atención Social a personas con enfermedad mental y forman a los pacientes para reinsertarse laboralmente. May González Marqués, pese haber trabajado en diversas cosas, tuvo la suerte de poder trabajar con su madre en el momento en que sufrió su primer brote: "Tuve la suerte de poder descansar después de mi hospitalización y comenzar a trabajar cuando consideré que estaba lista", recuerda. Pocos tienen esa posibilidad y terminan perdiendo sus trabajos. Por eso, lugares como los CRL en Madrid o centros privados como la Fundación Manantial son fundamentales a la hora de planear una progresiva reincorporación laboral.
    
Otro de los problemas durante los primeros años de tratamiento es la falta de adherencia de los pacientes con trastorno bipolar al diagnóstico farmacológico. "A uno, de pronto, le dicen que tiene una enfermedad mental y que debe tomar una serie de medicamentos. Es difícil de asimilar y lleva a que los enfermos abandonen en las primeras etapas, cuando sabemos ese periodo es fundamental para evitar las recaídas", detalla el doctor Montes. Frente a esta situación, este médico explica que tanto él como sus colegas suelen recomendar a sus pacientes que cuenten con “un referente familiar" para que se garantice un mejor tratamiento y ayude a "detectar las más pequeñas variaciones anímicas y lograr contrarrestarlas lo antes posible”. La psicoeducación, dicen los especialistas, es clave para que los pacientes y sus familiares entiendan la dimensión del problema y sean capaces de identificar cuáles son las situaciones que agravan o benefician la estabilidad emocional de los afectados.

A González Marqués se la ve segura y muy cómoda con su condición, pese a los momentos difíciles que ha atravesado y sobre los que prefiere no ahondar. Pese a no sentir el estigma social ni el autoestigma reconoce que ha tenido que ser muy cautelosa al informar sobre su condición cuando ha tenido que trabajar en un entorno no familiar o desenvolverse en otros ámbitos sociales. Confiesa que lo que la mantiene estable es su vocación por ayudar a los demás con sus libros y como voluntaria en la directiva de la Asociación de Familiares de Enfermos Mentales. La luz del sol entra al salón decorado de plantas e ilumina su rostro. Con una mirada seria y expresión relajada dice: “Yo hago meditación en movimiento, que quiere decir estar activa lo más posible. Ahí es dónde estoy mejor. Los que tenemos problemas de salud mental debemos escaparle a la mente”.

jueves, 10 de marzo de 2016

Tolerancia cero al abuso en la atención a la salud mental. Día mundial de la salud mental.


Infocop | 09/10/2015

El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Con motivo de la celebración de este día, la Federación Mundial de la Salud Mental (World Federation for Mental Health – WFMH) ha elegido como tema para su reflexión la dignidad en la salud mental, ya que los adultos con trastornos mentales constituyen uno de los grupos más socialmente excluídos, y el respeto y la autoestima son centrales para el mantenimiento de la salud mental y el bienestar.

Con este fin ha dado a conocer el informe Dignity in mental health (La dignidad en la salud mental), donde aborda la dignidad, como parte esencial de los derechos humanos fundamentales, desde diferentes perspectivas en la atención a las personas con problemas de salud mental.

Tal y como advierte la WFMH, en todo el mundo, muchas personas con trastornos mentales y psicosociales son privados de sus derechos humanos fundamentales, siendo objeto no sólo de discriminación sino también de maltrato emocional, físico y sexual tanto en los propios dispositivos de salud mental y como por parte del resto de la comunidad. Asimismo, la falta de calidad en la atención debido a la ausencia de profesionales de salud mental cualificados o la carencia de recursos materiales de los centros influye de manera determinante en la dignidad de la atención que recibe este colectivo.

Con la finalidad de lograr que la dignidad sea una realidad en salud mental, uno de los capítulos de dicho informe recoge lasprincipales medidas que deben adoptar los dispositivos de salud mental para asegurar la dignidad en el trato, entre las que se incluyen:
  • Tratar a las personas con respeto, como individuos y como seres humanos, evitando la etiquetación de las personas debido a su diagnóstico o a su asociación con cualquier grupo.
  • Proporcionar atención y apoyo centrado en la persona, situando al individuo, sus necesidades, sus preferencias y aspiraciones en el centro de la atención. El marco de la atención centrado en la persona defiende la dignidad tanto de las personas que usan los servicios como del personal que trabaja en ellos.
  • Promover las buenas prácticas para la protección del paciente, centrándose en la prevención y en el establecimiento de pautas de actuación adecuadas para eliminar el abuso.
  • Adoptar un enfoque de recuperación en salud mental, en particular, ayudando a las personas a mantener su identidad personal y su autoestima, aspectos que están a la vez estrechamente relacionadas con el concepto de dignidad.
  • Promover una buena comunicación, lo que demuestra respeto y preserva la dignidad de las personas. Una buena comunicación implica facilitar esta comunicación tanto en los profesionales como en los clientes de los servicios. Los profesionales deben estar entrenados en las actitudes y las habilidades necesarias para una buena comunicación, pero los usuarios de los servicios pueden necesitar también apoyo en la comunicación, en particular si carecen de capacidad.
  • Hacer frente a la discriminación en salud mental, a través de iniciativas comunitarias individuales y locales, programas nacionales y medidas políticas y legislativas.
  • Involucrar a los usuarios pertenecientes a grupos étnicos y minorías en los servicios, tomando medidas activas para implicar a estos grupos y asegurando que sus puntos de vista están reflejados en el plan de atención.
  • Adoptar un enfoque centrado en los derechos humanos en la atención de la salud mental, garantizando que los derechos humanos de las personas están protegidos en momentos en que su capacidad, su autonomía, su elección y su control pueden verse comprometidos en virtud de la legislación en salud mental. Cuando alguien ha sido privado de su libertad por vía legal, se les debe ofrecer apoyo para hacer frente a cualquier sintomatología postraumática asociada a dicho episodio.
  • Preservar la autonomía, la elección, el control y la independencia, brindando atención centrada en la persona y permitiendo que los pacientes puedan exponer sus necesidades y preferencias, anticipándose a la pérdida de capacidad que pueda implicar la evolución de la sintomatología. Entre los métodos que se pueden llevar a cabo se encuentra la declaración anticipada de intereses y preferencias del paciente, la actuación en situaciones de crisis y el mantenimiento de los recuerdos de la historia de vida para las personas con demencia.
  • Mejorar la calidad de la atención en pacientes hospitalizados, proporcionando atención centrada en el paciente que sea individualizada, comprehensiva y continua, que incluya un abanico de recursos terapéuticos, y promueva una atmósfera de seguridad y confianza.
  • Promover una ética organizacional positiva, cuya cima sea el fomento de un espíritu de respeto y dignidad, que incluya la adopción de una aproximación de atención centrada en la persona y la tolerancia cero al abuso.
  • Proporcionar capacitación, supervisión clínica y apoyo, adoptando medidas que permitan al personal tomar conciencia de sus propias actitudes y sentirse apoyados en sus papeles. Esta medida les animará a tratar a los demás con respeto.
  • Tomar medidas en relación con los recursos físicos que puedan suponer un riesgo para un trato digno, por ejemplo, proporcionando habitaciones separadas según el sexo, asegurando la privacidad en la atención personal y el uso de los baños, garantizando la limpieza de las instalaciones, ofreciendo espacios cómodos y adecuados, así como ratios de dotación de personal acordes a la demanda del centro.
El informe está disponible en el siguiente enlace:

sábado, 5 de marzo de 2016

Científicos españoles hallan un nuevo método para tratar la depresión

Francesc Artigas (CSIC), Analía Bortolozzi (IDIBAPS) y Albert Ferrés-Coy. / Hospital Clínic de Barcelona
Uno de los mayores temores cuando estamos mal es acabar cayendo en depresión. Un nuevo estudio parece haber encontrado una solución mucho más efectiva y rápida que las que había hasta ahora.
Las nuevas estrategias terapéuticas podrían permitir superar las limitaciones de los fármacos actuales. (iStock)

EL CONFIDENCIAL | 23/08/2015 

Un estudio muestra que es posible tratar la depresión de forma más rápida y efectiva que con los fármacos convencionales mediante oligonucleótidos inhibitorios dirigidos hacia un tipo específico de neuronas. Estos oligonucleótidos –moléculas formadas por una secuencia corta de ARN– bloquean la transcripción del transportador de serotonina, la diana terapéutica de otros antidepresivos.

La depresión es la patología psiquiátrica con mayor repercusión socioeconómica y requiere de medicación y psicoterapia para ser tratada. El European Brain Council estima su coste anual en Europa en más de 113.000 millones de euros. Este elevado coste se debe a la gran incidencia de la depresión, la larga duración de los episodios depresivos y la baja eficacia de los fármacos actuales.

En cuanto al tratamiento farmacológico, la respuesta a la medicación convencional es demasiado larga (entre 6 y 8 semanas), con lo que se hace indispensable encontrar nuevas terapias que consigan el mismo efecto pero en un periodo de tiempo más corto.

Los oligonucleótidos inhibitorios son moléculas formadas por secuencias cortas de ADN o ARN que se utilizan en terapia génica como estrategia para el silenciamiento o inhibición de genes. En el estudio que publica la revista Molecular Psychiatry, se ha usado un ARN de interferencia para inhibir la síntesis del transportador de serotonina en el interior de la célula y no a nivel de la membrana celular, como hacen otros tratamientos antidepresivos.

Los científicos del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona del CSIC (IIBB-CSIC) y del Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS) compararon en ratones la eficacia de este tratamiento de ARN interferente con la de un antidepresivo convencional (fluoxetina, el conocido Prozac).

“Los resultados revelan que con solo una semana de tratamiento con el oligonucleótido se consigue un efecto antidepresivo igual o superior al obtenido tras cuatro semanas de tratamiento con fluoxetina”, explica Analía Bortolozzi, investigadora del IDIBAPS y autora principal del estudio junto a Francesc Artigas del CSIC.

La depresión es la patología psiquiátrica con mayor repercusión socioeconómica y requiere de medicación y psicoterapia para ser tratada.

Aunque la investigación con este tratamiento está todavía en fase preclínica los investigadores manifiestan que “los resultados muestran cómo las nuevas estrategias terapéuticas podrían permitir superar las limitaciones de los fármacos actuales”.

El estudio se ha realizado en colaboración con otros centros de investigación españoles: el Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM), dependiente del Instituto de Salud Carlos III, y la empresa nLifeTherapeutics. El primer firmante del artículo es Albert Ferrés-Coy, investigador predoctoral en el grupo codirigido por Artigas y Bortolozzi en el IIBB-CSIC-IDIBAPS.


martes, 1 de marzo de 2016

¿Cómo enfrentarnos a la adversidad?

NEUROLOGÍA

El autor explica qué sucede en nuestro cerebro cuando nos enfrentamos a un peligro, un recuerdo negativo o el temor a que algo malo ocurra en el futuro

FACUNDO MANESBuenos Aires | El País | 13/11/2015
                                                     
Las situaciones extremas de la vida nos muestran, como si fuera a través de una lente de aumento, el comportamiento de nuestro cerebro frente a escenarios en donde se pone en juego nuestra supervivencia física o nuestra integridad psicológica. En estos párrafos trataremos de entender qué sucede en nuestro cerebro frente a un peligro del presente, un recuerdo negativo del pasado o el temor a que algo malo ocurra en el futuro.
Desde el momento en que somos expuestos a una situación extrema se activa un sistema muy básico, rápido y firme modelado durante cientos de miles de años, para hacer frente a lo que está ocurriendo. Este primer paso de defensa de nuestro sistema biológico es la llamada “respuesta de estrés”. Cuando el cerebro detecta una amenaza, se activa una respuesta fisiológica coordinada que implica componentes autonómicos, neuroendocrinos, metabólicos y del sistema inmune. El organismo necesita un mayor flujo de oxígeno para sus músculos, especialmente los del sistema de locomoción (para emprender el escape si hace falta). Así, se acelera la respiración para proveer más oxígeno, y la frecuencia cardíaca para entregar rápidamente ese oxígeno a través del torrente sanguíneo a los músculos principales. Los vasos sanguíneos en la piel se constriñen para que haya el menor sangrado posible en el caso de una herida.
Para proporcionar el combustible suficiente para el esfuerzo, nuestras glándulas convierten los carbohidratos almacenados en las células en azúcar circulante en sangre. También mejora la respuesta inmune; los glóbulos blancos que combaten las infecciones se adhieren a las paredes de los vasos sanguíneos, preparados para zarpar raudamente hacia cualquier parte del cuerpo que pudiera lastimarse.
El sistema cognitivo humano, a su vez, ofrece una variante aún más sofisticada: la capacidad de figurar y anticipar las amenazas del futuro, e incluso imaginar eventualidades que nunca han ocurrido, y que acaso nunca ocurran. Esta capacidad notable de nuestra especie es fruto de la experiencia acumulada y de la capacidad de hipotetizar e inferir. El desarrollo del cerebro humano, y en particular de sus áreas prefrontales, expandió, entre otras, nuestras capacidades para revisar el pasado y examinar el futuro. Esta complejización cognitiva de la respuesta de estrés llevó al psicólogo estadounidense Richard Lazarus a postular la existencia de “mecanismos evaluativos” implicados en el proceso de respuesta frente al peligro porque no siempre es sencillo determinar cuándo estamos frente a una situación que requiere acciones de protección.
El primer paso de este proceso es la “evaluación primaria”, esto es, el establecimiento del valor de un estímulo como peligroso o inocuo. Las investigaciones en neurociencia han permitido establecer el rol de diferentes estructuras cerebrales en la detección y evaluación del peligro, en particular, la actividad crucial de la “amígdala”, que sería responsable de detectar, generar y mantener emociones relacionadas con el miedo y respondería a la importancia de los estímulos emocionales. La “evaluación secundaria”, por su parte, busca establecer la disponibilidad de recursos del organismo para afrontar la amenaza.
Ahora bien, cuando la amenaza se disipa, se ponen en marcha otros mecanismos para volver a la situación inicial de reposo: la desactivación de la respuesta de estrés. Si, por el contrario, la respuesta de estrés permanece sostenidamente encendida, tiene lugar el llamado “estrés crónico”. En esta circunstancia, los componentes de la respuesta que suponían una ventaja adaptativa y una reacción de defensa y autoprotección del organismo, dejan de serlo y se vuelven en su contra.
A nivel cognitivo, la respuesta aguda de estrés favorece el incremento del nivel de alerta y la formación de memorias, aunque en el largo plazo la producción elevada de cortisol provoca deterioro cognitivo. La respuesta inmune también se afecta negativamente frente al estrés crónico dejando al organismo más expuesto a los diversos patógenos.
Podemos especular que existen factores ambientales, factores individuales –biológicos y psicólogicos– y también factores socioculturales que pueden llevar a que la respuesta de estrés no ceda y se realimente de forma continua, o, peor aún, en forma de espiral. Entre los factores externos socioculturales se suele aludir al estilo de vida moderno y urbano. Por ejemplo, hoy podemos tener al instante la información de lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Este hecho tecnológico que confiere ventajas evidentes en ciertos terrenos, puede volverse una desventaja en lo que se refiere a la propagación de temores y la circulación de malas noticias.
Por su parte, en lo que se refiere a los factores biológicos y psicológicos, es necesario revisar la conexión existente entre el estrés y los trastornos de ansiedad, por un lado, y la depresión, por el otro. Para entender la ansiedad, podemos compararla con un radar, es decir, un dispositivo que rastrea nuestro ambiente en estado de alerta y nos avisa que una amenaza se aproxima. Pero la ansiedad es mucho más que un radar: es también un cuaderno de bitácora donde registramos las experiencias peligrosas vividas, y un mapa que nos guía, como un GPS, hacia territorios seguros. Sin embargo, cuando la ansiedad excede los niveles normales puede generar “falsas alarmas” que sobreactivan la respuesta de estrés y provocan estados de preocupación intensos y síntomas físicos diversos.
La depresión, por su parte, puede ser entendida en ciertos casos como una reacción biológica y psicológica en la cual nuestro organismo se rinde ante la adversidad, reduce sus intentos de solución, por considerarlos infructuosos, y se entrega a la desesperanza. En la depresión, así como en la ansiedad, nuestro pensamiento se vuelve propenso a los “sesgos cognitivos”, esto es, seleccionamos y priorizamos ciertos datos en desmedro de otros. En el caso de la depresión, la información negativa, y en el caso de la ansiedad, la información relacionada con el peligro. Luego, ciertos razonamientos distorsionados generalizan o amplifican el peso de esta información y provocan un espiral de realimentación de las emociones negativas.
Afortunadamente, nuestro cerebro cuenta con diversas herramientas que pueden protegernos de estas complicaciones. La “resiliencia” es el conjunto de factores y mecanismos que nos permiten superar adaptativamente las situaciones de adversidad. En este sentido, dos mecanismos altamente eficientes para atenuar de forma progresiva la respuesta de estrés son la “habituación” y la “extinción”. El primero es la propiedad general de nuestras células nerviosas que consiste en la acomodación al entorno y un principio de economía, para evitar respuestas ociosas. Son innumerables los ejemplos, desde cuando entramos a una pileta fría y de a poco vamos acostumbrándonos, hasta cuando nos exponemos de forma repetida a un estímulo que nos asusta o tensiona, ayudando a que la respuesta intensa inicial disminuya hasta volverse tolerable. Este es el principio que rige los tratamientos por exposición, altamente eficaces en la ansiedad.
El proceso de “extinción” sucede cuando nos exponemos a un estímulo temido y comprobamos una y otra vez que las consecuencias negativas que esperábamos no ocurren tal cómo anticipamos, y se atenúa la respuesta de estrés. Otro de los procesos de regulación de las emociones, de naturaleza cognitiva, es la “re-evaluación”, que consiste en modificar el significado funcional atribuido a la situación que gatilla el estrés. Es “cambiar la manera en que sentimos al cambiar la manera en que pensamos”.
Algunas personas que experimentaron traumas súbitos o han sufrido situaciones de abandono o maltrato emocional sostenido en momentos tempranos de sus vidas pueden llegar a sufrir en forma prolongada por dichas vivencias. Dolencias psiquiátricas como el trastorno de estrés post-traumático tienen que ver con esas experiencias y con el modo en que nuestra memoria alberga los recuerdos emocionales. El trabajo de neurocientíficos como Joseph LeDoux es relevante para entender las afecciones emocionales y su tratamiento porque explica la consolidación de las memorias. Al comienzo, cuando uno experimenta algo, el recuerdo es inestable hasta que se estabiliza por la síntesis de proteínas en el cerebro. Una vez almacenado el recuerdo, la exposición a un estímulo que le recuerda aquel evento, va a reactivarlo y a hacerlo inestable nuevamente por un período corto de tiempo, para volver a guardarlo luego y fijarlo nuevamente en un proceso llamado reconsolidación de la memoria.
Ahora bien, cada vez que recuperamos una memoria de un hecho, al volverse otra vez inestable, permite la incorporación de nueva información. Ese momento es una ventana para cambiar las reacciones emocionales que acompañan un recuerdo. Un paciente que sufre un trastorno de estrés postraumático evoca con ayuda de un terapeuta experto y en un contexto seguro, los recuerdos de la situación vivida, para atenuar progresivamente las reacciones emocionales intensas que acompañan el recuerdo.
Por último, resulta central reflexionar también sobre el rol clave del otro (el prójimo, el ser amado, la comunidad) frente al desasosiego. Cuando cobija, cuando contiene, cuando acompaña. Como en el diálogo entre los dos en El beso de la mujer araña, la famosa obra del autor argentino Manuel Puig: “… y mientras esté a mi alcance, por lo menos en este día, … no te voy a dejar pensar en cosas tristes.”
Facundo Manes es neurólogo y neurocientífico (PhD in Sciences, Cambridge University). Es presidente de la World Federation of Neurology Research Group on Aphasia, Dementia and Cognitive Disorders y Profesor de Neurología y Neurociencias Cognitivas en la Universidad Favaloro (Argentina), University of California, San Francisco, University of South Carolina (USA), Macquarie University (Australia).

miércoles, 24 de febrero de 2016

¿Hay solución para los hipocondríacos?

PSICOLOGÍA
Objetivo: transformar sus pensamientos negativos en juicios más razonables. Existen terapias para ello. Google no cuenta

MIGUEL ÁNGEL BARGUEÑO | El País | 12/05/2015
                                                                            
Javier (nombre ficticio) tiene 48 años, trabaja en publicidad y se considera un hombre inteligente, creativo y bastante cuerdo. Y, sin embargo, una fuerza irracional en su interior le lleva por la calle de la amargura: vive en el convencimiento permanente de que tiene una enfermedad grave. En el último año, ha notado molestias abdominales “dos dedos por debajo del ombligo y a la derecha”, temblores en las manos, una especie de “descargas eléctricas” en muñecas y codos, un extraño zumbido en los oídos, presión en el pecho, pinchazos en un punto concreto de la espalda (cerca del omóplato derecho), espasmos musculares, dolores de cabeza, trastornos intestinales y otras cosas de las que no se acuerda. Se ha hecho varias pruebas que determinan que está bien de salud; entonces, sus males desaparecen y surgen otros nuevos. “Estoy sumido en un sufrimiento constante que me impide disfrutar plenamente de la vida”, dice.
Lo que le pasa a Javier es que es hipocondríaco. Él lo sabe. Ya de niño, recuerda, si veía a sus padres cuchichear creía que tramaban algo relacionado con su salud. A los veinte años, un persistente dolor de cabeza le paseó por la consulta de varios médicos que descartaron, pruebas en mano, su teoría de un tumor. Recientemente pasó una larga temporada desempleado, en casa y deprimido, lo que intensificó sus síntomas. “Llega un momento en que tengo la certeza de que estoy enfermo”, declara. “Y supongo que lo paso casi tan mal como la persona que está enferma de verdad. La única diferencia es un mínimo resquicio de duda: ¿será otra de mis manías?”.
"La hipocondría es una actitud, más que una enfermedad concreta”, afirma el doctor Jerónimo Saiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal (Madrid) y vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP). “El hipocondríaco tiene una desproporción continua y grave de la atención hacia su salud, y eso amplifica su percepción de sensaciones y síntomas, lo que le conduce a un círculo vicioso de estar preocupado todo el tiempo”.
El aprensivo, ¿nace o se hace?
Pero, ¿qué nos hace hipocondríacos? Estudios como el del Hospital General Kamitsuga (Japón) han apuntado la estrecha relación entre estos trastornos imaginarios y la depresión. De 86 pacientes depresivos analizados, 49 (un 57%) mostraban síntomas hipocondríacos. Pero también obedece a otras causas. “Se puede dar en personas que estén sometidas a estrés o que tengan trastornos afectivos o basarse en un factor de aprendizaje, por imitación: sabemos que en familias con hipocondríacos hay más hipocondríacos”, sostiene el doctor Saiz.
Tendemos a pensar que el hipocondríaco es aquel que se pasa el día en el médico (colapsando, por el camino, el sistema sanitario), y no siempre es así. “Se dan dos alternativas”, explica el doctor Saiz. “Hay gente que visita mucho el centro de salud en busca de un diagnóstico que no ha sido todavía reconocido, cambiando continuamente de médico y haciéndose nuevas exploraciones, mientras que a otros les aterroriza tanto que les confirmen sus temores que no van al médico ni se hacen un simple análisis”.
Bajo tratamiento
La hipocondría se cura, pero hay que pasar por el diván. “En términos generales, lo que hay que hacer es una terapia cognitiva, que ponga en contacto al paciente con los síntomas que percibe, tratando de desdramatizar”, dice el experto. “Por ejemplo, a pacientes asustados por tener manchas en la piel, hay que inculcarles la idea de que se pueden tener manchas en la piel sin que eso implique padecer un cáncer. Se trata de dar una clave para no asociar un sentimiento con un significado que realmente no tiene”, ilustra el especialista. La terapia cognitiva se ha mostrado muy efectiva en pacientes con lo que algunos llaman “ansiedad por la salud”, según un estudio llevado a cabo en Reino Unido por expertos de varias universidades.
Una hipocondría extrema sí puede originar síntomas reales. "Sería lo que llamamos un 'efecto nocebo", apunta Jerónimo Saiz, psiquiatra
 “Existen pensamientos funcionales que nos ayudan a cavilar bien; y pensamientos disfuncionales, que nos crean problemas. La terapia cognitiva influye sobre nuestras reflexiones para conseguir que sean adecuadas y racionales en situaciones en las que no actuamos bien”, aduce el psicólogo José Elías, director del Centro Joselías, en Madrid, que detalla las técnicas que se aplican en esta terapia: “Relajación,para eliminar los síntomas de la ansiedad y proporcionar situaciones agradables; reestructuración cognitiva, para validar los pensamientos positivos y eliminar o infravalorar los síntomas débiles de la posible enfermedad; visualización de los pensamientos y presentimientos negativos sobre enfermedad y muerte; y, por último, mejora de la asertividad y la autoestima frente a quejas y lamentaciones”.
En casos extremos, esta terapia no basta y hay que recurrir a la ayuda extra de la farmacología. “Hay una hipocondría delirante, en la que el enfermo pierde el contacto con la realidad y las ideas que tiene son estrafalarias. Los síntomas hipocondríacos mantenidos interfieren en su vida normal, le causan mucho sufrimiento, y pueden desembocar en ansiedad o depresión que de por sí requieran un tratamiento”, apunta el doctor Jerónimo Saiz. Y estas sí que pueden originar síntomas reales. “Sería lo que llamamos un efecto nocebo, al contrario que el efecto placebo: una preocupación psíquica que acaba generando alguna molestia física”.
Atrapados en la Red
La vida moderna, lejos de ayudar al hipocondríaco, se ha convertido en su enemiga. Resulta difícil resistir la tentación de comparar síntomas y diagnósticos en Internet, donde si lee que una diarrea puede significar cáncer de colon el aprensivo deducirá que una diarrea implica siempre un cáncer de colon. Esta costumbre es tan habitual que los especialistas le han puesto nombre (cibercondría) y algunos alertan de sus peligros: un estudio de la Universidad de Baylor (Texas, EE UU) reveló que la incertidumbre que crea este exceso de información —sin matices y, en ocasiones, errónea— no hace sino incrementar la ansiedad.
A menudo, el hipocondríaco es visto como un quejica (lo es) que hace gracia. A él, desde luego, no le provoca ninguna. Pasado un límite, a quienes le rodean, tampoco. En realidad, vive atrapado en una espiral de angustia. Y puesto que nadie dura eternamente, más vale dedicar nuestro precioso tiempo a disfrutar en vez de malgastarlo sufriendo sin motivo. El doctor Google no tiene la solución.


viernes, 19 de febrero de 2016

Psiquiatría sí, naturalmente.

Los psicofármacos han dignificado la vida de los pacientes con trastornos graves. Su uso ha aumentado como en otras disciplinas médicas
MIGUEL GUTIÉRREZ FRAILE El País – 14/02/2016
Eva Vázquez
El domingo pasado leímos una entrevista publicada en EL PAÍS con el periodista estadounidense Robert Whitaker, titulada "La psiquiatría está en crisis", y quisiera presentar algunas objeciones a sus afirmaciones. Al “falso relato histórico” sobre la psiquiatría norteamericana mencionado en la entrevista [el entrevistado sostiene que se ha hecho creer erróneamente a Occidente que la causa de la depresión y la esquizofrenia es biológica y que se pueden curar con fármacos], cabe hacer muchas matizaciones, especialmente en lo referido a los “efectos negativos”, como él los llama, de la medicalización de la psiquiatría.
La llegada a América en la posguerra de gran número de psicoanalistas atenuó la barrera entre “lo normal y lo anormal” y, como consecuencia, acudieron a sus terapias pacientes con un cierto estatus social. Los pacientes psiquiátricos graves quedaron relegados a la asistencia pública.
En estas circunstancias, el descubrimiento de la clorpromazina en Francia (1951) supuso la primera revolución psicofarmacológica e influyó de forma neta en la posterior desinstitucionalización del enfermo psiquiátrico, hasta entonces, mayoritariamente recluido en establecimientos asilares. La enfermedad mental se consideraba prácticamente inmodificable y la sociedad excluía a estos enfermos de por vida. Los antipsicóticos supusieron un avance incontestable. Esto marcó una modificación radical en la política asistencial americana y J. F. Kennedy (1962) arbitró cambios legales que permitieron nacer un nuevo modelo: la psiquiatría comunitaria, exportada posteriormente a todo el mundo y que supuso la externalización de los enfermos psiquiátricos más graves, el desarrollo de centros de salud mental, de servicios de psiquiatría en hospitales generales (comienzo de la medicalización de la psiquiatría en los años sesenta) y de recursos intermedios que mejoraron el tratamiento del enfermo.
Además, mejoró la formación de psiquiatras, psicólogos, enfermeras, trabajadores sociales… La relación entre los antipsicóticos y la desinstitucionalización de los enfermos mentales graves en EE UU es innegable. Se pasa de una cifra de 34 personas ingresadas por cada 10.000 americanos en 1955 a 3 personas ingresadas por cada 10.000 en 1994.
La psiquiatría continuaba, afortunadamente, su medicalización. El enfermo psiquiátrico empezó a ser tratado como el resto de los enfermos. Tomó conciencia de su dignidad, de sus derechos. Surgieron las asociaciones de familiares de enfermos psiquiátricos y asociaciones específicas de enfermos, a imagen y semejanza de otras asociaciones de pacientes somáticos.
El libro que quiere vender el entrevistado en España alude a la ineficacia de la psiquiatría por el aumento progresivo de enfermos psiquiátricos, lo que no resiste un mínimo análisis racional. El aumento bruto de trastornos mentales en 30-40 años con toda probabilidad no es distinto porcentualmente del de cáncer de páncreas o artritis reumatoide en el mismo periodo. Para sustentar sus confusas opiniones, el periodista cita un artículo publicado en aquella época con claros problemas metodológicos, como que la medida —“buen resultado”— varía mucho según época y sociedades. Por ejemplo, entonces vivir con los padres a los 30 años era considerado “mal resultado” social en EE UU, cuando en España resultaba “normal”.
Tenemos el dudoso honor de ser la única especialidad con un movimiento ‘anti’ ”
Otro sesgo es el que se refiere a trastornos de ansiedad. La ansiedad es consustancial con el ser humano, pero la ansiedad patológica no. El periodista no contempla el sufrimiento que presentan muchos enfermos que hasta hace pocas décadas no eran tratados, salvo en el restrictivo ámbito de la psiquiatría privada americana. En lo que se refiere al Valium, pocas veces en la historia un medicamento ha beneficiado a tanta gente y de tan diversas patologías.
Plantea este señor que la enfermedad mental no es una enfermedad cerebral. Cree al parecer que el cerebro es el único órgano del cuerpo que nunca se pone enfermo y siempre presenta un perfecto funcionamiento. Y que las enfermedades mentales se curan con palmaditas en el hombro. ¿Desde cuándo la actividad mental no está determinada por el cerebro? Diremos más, prácticamente todos los tratamientos psicosociales que se aplican en psiquiatría hoy se basan en pruebas de eficacia que descansan en modelos procedentes de la neurociencia cognitiva, que postula que el cerebro humano tiene capacidad de neurogénesis y plasticidad neuronal hasta su muerte, lo que le permite adquirir y consolidar nuevos hábitos que compensan funciones perdidas por la enfermedad mental. Y esto es algo más que “pastillas”. Es la parte nuclear de la psiquiatría moderna basada en modelos antitéticos a los que se proponen en esa entrevista.
Los psiquiatras no somos los únicos médicos que tratamos síntomas mentales: el dolor o el llamado mal estado general es tan mental como la ansiedad, la tristeza o el delirio. Prácticamente nadie discute que el dolor debe ser tratado y suprimido como sea. Ahí están las modernas unidades del dolor. Sin embargo, la ansiedad patológica no. Esta discrepancia es acientífica.
El entrevistado considera que hay un “excesivo” consumo de psicofármacos. Efectivamente, ha habido un aumento global del uso de psicofármacos, aunque en EE UU esto se produce en menor medida en población negra e hispana. Poblaciones que cuando enferman tienen más probabilidades que los anglosajones de suicidarse o acabar en una prisión que ir al hospital o a la consulta privada de un psiquiatra. Las cifras son sobrecogedoras. Esto no parece importarle al señor Whitaker. Los enfermos ricos toman medicaciones y los pobres son excluidos socialmente, a la cárcel o al cementerio.
Los psicofármacos han permitido el desarrollo de terapias no coercitivas, no farmacológicas, destinadas a aliviar los déficits sociales de los enfermos así como a controlar sus síntomas más disyuntivos.
La tendencia al aumento de consumo de fármacos es un fenómeno global: la farmacoterapia analgésica sigue parecida evolución (y nadie hace un movimiento ideológico en contra de tratar el dolor con química). En EE UU, el porcentaje de usuarios de analgésicos más potentes que la morfina pasó del 17% al 37%, y lo mismo pasa con los antibióticos, cuyo consumo aumentó un 36% en la década de los años 2000. Ocurre lo mismo con hipocolesterolémicos, antihipertensivos, antidiabéticos y antineoplásicos. Han aumentado las intervenciones de cataratas, de cirugía digestiva, los trasplantes y en general toda la actividad médica.
Esta tendencia global se relaciona con el acceso a mejores servicios médicos. ¿Hay que corregir esto? Es posible, pero afecta de manera transversal a todas las especialidades médicas. Focalizar el discurso en exclusiva sobre la psiquiatría no es otra cosa que contribuir a perpetuar su rechazo social y los prejuicios antipsiquiátricos. ¿Qué otra especialidad médica ve tan cuestionada la validez científica de su disciplina? Tenemos el dudoso honor de ser la única especialidad médica con un movimiento anti. Hay un movimiento contra la psiquiatría. Ustedes nunca oirán hablar de un movimiento anticardiología o de un movimiento antidermatología. Entrevistas como esta contribuyen a la estigmatización de la psiquiatría y a la exclusión de muchos enfermos. Presentar la ciencia médica adecuadamente para un público informado debe ser una exigencia ajena al oportunismo.


Miguel Gutiérrez Fraile es presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría y catedrático de Psiquiatría de la Universidad del País Vasco.