martes, 11 de agosto de 2026

Mary Shelley, escritora inglesa: “Nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme”

 BLANCA DEL RÍO     |     telva.com     |     11/07/2026

Encontrar un propósito no significa tener la vida completamente resuelta. Significa avanzar con una dirección. Casi dos siglos después de que la escritora Mary Shelley escribiera 'Frankenstein', esta reflexión sobre la calma mental recogida en la obra resulta súper interesante de analizar desde la perspectiva actual.

Es fácil pensar en Mary Shelley y relacionarla rápida y únicamente con 'Frankenstein', la novela que revolucionó la literatura gótica en el siglo XIX y que sentó las bases de la ciencia ficción moderna. Sin embargo, la escritora británica fue mucho más que la creadora de un monstruo inolvidable. Fue hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador William Godwin, así que Shelley creció rodeada de ideas sobre libertad y naturaleza humana, pilares que centrarían la mayor parte de toda su obra.

En Frankenstein exploró los límites del conocimiento, la ambición y la responsabilidad y en ella aparece esta frase tan interesante sobre el propósito vital: "Nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme."

Aunque el libro suele leerse como un relato sobre los peligros de jugar a ser Dios, en realidad también es una interesante exploración de la psicología humana. ¿Quería Shelley lanzar el mensaje de que la mente encuentra más estabilidad cuando sabe hacia dónde se dirige, de forma velada? Sea como fuere, hoy Frankenstein es el personaje secundario en este artículo.

La calma no nace de la ausencia de problemas

Cuántas veces hemos hablado de esta forma tan peculiar que los seres humanos hemos adoptado como "normalidad" a la hora de vivir. La de estar convencidos de que la tranquilidad llegará cuando desaparezcan las preocupaciones. Y cuántas veces nos hemos dado cuenta de que la experiencia nos demuestra que siempre aparece un nuevo reto que desmonta la idea. Pues bien, Mary Shelley propone una idea algo diferente. Para la autora, la serenidad no depende tanto de que la vida deje de ser complicada como de tener un motivo suficientemente sólido para vivir atravesando todos esos problemas.

Y es que a juzgar por la intencionalidad de esta reflexión, un propósito funciona como una brújula. No va a borrar del mapa a las tormentas que aparezcan pero sí nos puede ayudar a no sentirnos perdidos cuando nos caigan encima.

Y cuando dejamos de avanzar, cuando lo hacemos olvidando nuestro propósito vital, aparece el vacío. La incertidumbre. Y todo ello, genera el caldo de cultivo perfecto para la ansiedad, ya que obliga al cerebro a convivir con preguntas que no tienen respuesta. Cuando no sabemos cuál es el siguiente paso, nuestra atención se queda atrapada en escenarios hipotéticos y dudas. En cambio, cuando existe un objetivo claro, por pequeño que sea, la energía mental deja de dispersarse.

Y no son grandes hazañas las que crean los objetivos más profundos. A veces basta con construir una vida más coherente con nuestros valores. Lo importante no es la magnitud del objetivo, sino la dirección que este nos da.

Además, debemos recordar que tener un propósito no significa vivir obsesionado con una meta. Hay una diferencia importante entre propósito y obsesión. Y para esto, volvamos a Frankenstein. Victor Frankenstein representa precisamente el lado oscuro de las metas cuando estas dejan de estar guiadas por la reflexión. Su deseo de vencer a la muerte termina convirtiéndose en una obsesión que consume su vida y arrastra consigo a quienes le rodean. (No te haremos más spoiler, puede ser tu libro del verano...)

Por todo esto, esta es una de esas frases profundas y con fundamento que conviene tener en favoritos. No es una defensa de la ambición sin medida, sino más bien de una convicción capaz de aportar estabilidad sin hacer que perdamos el norte. Una meta saludable que nos ayude a organizar mejor la vida.

El propósito actúa como un filtro. Cambia la forma en que vivimos los problemas porque cuando sabemos por qué hacemos algo, nos resulta más fácil aceptar el coste que puede implicar. Así que hagámonos esa pregunta incómoda pero necesaria: ¿hacia dónde queremos ir? ¿Qué dirección queremos tomar?

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