miércoles, 23 de marzo de 2022

¿ Cómo funciona el autoengaño en las adicciones ?


LUÍS MIQUEL REAL        |       Psicología y Mente              

Así actúa el autoengaño para mantener viva una adicción desde la disonancia cognitiva.

Toda persona que haya trabajado con adicciones (o convivido con un familiar con adicciones) sabe hasta qué punto una persona puede autoengañarse para seguir drogándose.

En este artículo te voy a explicar qué es la disonancia cognitiva, por qué es un concepto importantísimo para entender cómo funcionan las adicciones, y te voy a dar ejemplos de cómo se da este fenómeno entre personas con diferentes tipos de adicciones.
 
¿Qué es la disonancia cognitiva?

La disonancia cognitiva es un fenómeno acuñado por el psicólogo Leon Festinger allá por 1957. Este término se refiere al conflicto psicológico al que se enfrenta una persona cuando se encuentra con información que cuestiona sus creencias ya establecidas. Es decir, cuando se enfrenta a información que pone en duda aquello en lo que ya cree.

Muchos divulgadores, como el genial psicólogo Ramón Nogueras, han señalado cómo la disonancia cognitiva explica las fake news, los movimientos anti-vacunas o que víctimas de sectas se nieguen a abandonarlas.
 
Cómo la disonancia cognitiva afecta al autoengaño en personas con adicciones

Cuando una persona desarrolla dependencia hacia una sustancia o conducta, tenderá a filtrar la realidad de tal forma que justifique sus acciones.

Por ejemplo, cuando un familiar le recuerde que está bebiendo demasiado, una respuesta habitual por parte de una persona con alcoholismo podría ser “hay mucha gente que bebe igual o más que yo” o “mi abuelo bebió alcohol a diario toda su vida y vivió muchos años” o “es que odias que me divierta".

Para las personas que observan, los signos de adicción serán obvios, excepto para la propia persona. El autoengaño es un mecanismo de defensa para evitar la vergüenza o el miedo a reconocer la pérdida de control en la vida de uno.

Además, a nadie le gustaría admitir que ha desperdiciado parte de su vida, su dinero, su salud o sus relaciones por algo que además le hace sentir como a un esclavo.

Por eso, la disonancia cognitiva hará que la persona levante barreras mentales ante cualquier evidencia de que tiene un problema de adicción. Rechazará cualquier información que ponga en duda su visión actual del mundo, y utilizarán toda su imaginación para continuar con sus hábitos destructivos.
 
Disonancia cognitiva entre personas con adicción a la marihuana

El caso de los consumidores de cannabis es muy curioso. Desde la popularización de esta droga en el mundo occidental en los años 60 y 70 del siglo pasado, se han desarrollado multitud de comunidades de entusiastas de la marihuana. Incluso tienen un día (el 20 de abril) para celebrar su amor por la marihuana, un movimiento conocido como 420.

Cuando alguien empieza a consumir cannabis (en forma de marihuana, hachís o cualquier otra) se encuentra con una comunidad mundial de consumidores que niegan los efectos nocivos de esta droga, y solo prestan atención a los posibles beneficios. Comparten consejos sobre el autocultivo de marihuana, sobre las diferentes variedades y promueven un estilo de vida alrededor del consumo habitual de esta droga.

Este es el ejemplo perfecto de disonancia cognitiva entre personas con dependencia a alguna droga, pues cuando sus familiares, su pareja o incluso los psicólogos les confronten señalándoles cómo el consumo extremo de marihuana les está destrozando la vida, estos defenderán su consumo con argumentos como:

·        "Es una droga blanda, no tiene peligro".
·        "No causa adicción, no es como otras drogas".
·        "Conozco a gente que fuma a diario desde hace años, y están muy bien".
·        "Si la marihuana fuese peligrosa, no la estarían legalizando en otros países".

Y la mayoría de estos argumentos habrán sido respaldados por la “comunidad” 420, que extiende todo tipo de bulos sobre los supuestos beneficios del consumo de marihuana (e ignorar los serios problemas de adicción o psicosis que sufren miles de personas alrededor del mundo).

Tampoco olvidemos que el negocio de la marihuana mueve muchísimo dinero, entre merchandising, parafernalia de cultivo, semillas, etc.

Como ves, la persona ignorará casi cualquier evidencia científica que se le ponga delante, para justificar la historia menos incómoda (psicológicamente hablando).

A nadie le gusta reconocer que estamos equivocados, por lo que tendremos tendencia a manipular la información de manera que siempre tengamos razón. La disonancia cognitiva es uno de tantos sesgos psicológicos en los que caemos todas las personas (los psicólogos también), pero que se ve más acentuado en determinados perfiles, sobre todo en personas con adicciones que no quieren reconocer su problema de consumo.
 
Disonancia cognitiva entre personas con adicción al tabaco

Entre fumadores de tabaco, la disonancia cognitiva se puede observar en argumentos como estos:
·        "Si fumar fuese tan malo, sería ilegal".
·        "Mejor fumar que drogarse".
·        "Fumo muy poco, menos de X cigarrillos al día".

Disonancia cognitiva entre personas con adicción al alcohol

Entre personas con problemas con el alcohol, la disonancia cognitiva se puede observar en argumentos como estos:

·        "Todo el mundo bebe".
·        "Si no bebes, eres una persona aburrida".
·        "Mi padre bebió toda la su vida y vivió muchos años".
 
Cómo lidiar con el autoengaño de una persona con adicciones

Como habrás observado en los diferentes ejemplos, la persona con disonancia cognitiva intentará minimizar la percepción de daño, deslegitimar los datos que le ofrezcan (considerarlos poco válidos), cambiar el foco de la conversación, o utilizar la fuerza del grupo/comunidad para justificar su consumo.

Lo más importante es no humillar o faltar al respeto a la otra persona, por muy equivocados que creamos que está. Muchos de nuestros argumentos causarán rechazo en la otra persona, harán que se ponga a la defensiva o que incluso se aleje de nosotros todavía más.

Lo mejor es generar conversaciones desde el cariño y con mucha paciencia. Superar un problema de adicción no es fácil, y reconocer que tenemos un problema tampoco lo es.

Cuando la persona haya reconocido el problema, debes animarla a acudir a un profesional que le pueda ayudar a dar los siguientes pasos para superar su adicción.

lunes, 21 de marzo de 2022

El año que quebró la salud mental de los niños y de los adolescentes


Sofía Pérez Mendoza / Ana Ordaz     |     elDiario.es     |     26/12/2021

La avalancha de casos detectada desde diciembre de 2020 ha evidenciado la precariedad del sistema de atención con esperas de hasta dos meses en algunas comunidades autónomas.

 

Los psicólogos y psiquiatras infantiles están alarmados. Los niños, niñas y adolescentes con problemas de salud mental en el último año se han disparado y no tienen recursos para atenderlos a todos a tiempo. Las enormes listas de espera –de hasta dos meses para una primera cita en algunas comunidades– terminan derivando los casos más graves a las urgencias y algunos especialistas creen que todavía no hemos tocado techo. Las consecuencias de la pandemia dan la cara con el paso de los meses.

 

El estallido se localiza a partir de diciembre de 2020, según Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón. “No de población general, sino de segmentos concretos, entre los que se encuentran las personas de 10 a 20 años, además de los sanitarios y de los familiares de los fallecidos. Hay nuevos casos y empeoramiento de los que tenían trastornos mentales previos”, señala el psiquiatra. Entre los motivos que explican el estallido, “la incertidumbre, el exceso de noticias, el distanciamiento social, el fin de las rutinas o el uso desmadrado de pantallas”. “La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil”, constata Pedro Javier Rodríguez Hernández, pediatra del servicio de psiquiatría del Hospital Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife.

 

El hospital Gregorio Marañón de Madrid fue uno de los primeros en dar la voz de alarma este verano al ver multiplicadas las urgencias pediátricas por motivos psiquiátricos. “El que no tiene dinero para pagarse un psicólogo privado y un trastorno importante acaba ingresado antes de que le pueda ver el especialista de forma ambulatoria”, retrata el doctor Arango, que con el crecimiento de la demanda ha visto saltar por los aires un “déficit estructural” de recursos que arrastraban ya antes de la pandemia.

 

No hay todavía datos oficiales sobre el aumento percibido por los especialistas. Save the Children se ha aproximado al impacto con una encuesta propia cuyos resultados publicó hace una semana. Los datos revelan que trastornos como la ansiedad o la depresión se dan cuatro veces más: afectaban al 1,1% de los niños y niñas de entre 4 y 14 años en 2019 frente al 4% en 2021. Los problemas de conducta -entre ellos el déficit de atención o los comportamientos destructivos- se han multiplicado por tres (2,5% a 6,9%).

A Noelia, el trastorno límite de personalidad de su hija, que ahora ha cumplido 18 años, le estalló a principios de 2019. “Piensas que son cosas de niños y cuando pasa lo gordo vuelves la vista atrás y dices: ay, igual sí comía compulsivamente o se metía en líos en el colegio, pero es complicado diferenciar lo que es una gilipollez de rebeldía de lo que realmente es un problema, hasta que te explota”, cuenta en conversación con elDiario.es.

 

El confinamiento lo pasó con la hija ingresada, que vio desvanecerse cualquier incentivo cuando se cortaron las visitas de sus padres en la primera ola. “Laura funcionaba con la idea de que si trabajaba bien durante la semana nosotros iríamos el sábado o el domingo, comeríamos con ella, le llevaríamos un libro... Con el confinamiento percibió que no tenía nada por lo que luchar”, relata Noelia.

 

El mayor riesgo está en la adolescencia, comparten los psiquiatras consultados. ¿Por qué? “Tiene que ver con una rotura de los mecanismos forjadores de la identidad en la población adolescente: la rebeldía, la necesidad de autonomía con un yo propio en el grupo de colegas, el tener margen de maniobra y poder negociar aquello que cree que le viene impuesto... Ahora de repente lo que es un término de grises en el que la adolescencia se mueve bien es blanco o negro. Te quedas en casa y no es negociable. Da igual lo bien que te portes o las buenas notas que saques”, explica el doctor Arango. Esta falta de control, añade, multiplica el “riesgo de desesperanza”.

 

Los adolescentes se proyectan a cortísimos plazos de tiempo. Por eso el confinamiento y las restricciones posteriores han tenido un impacto mayor sobre ellos, según Arango. “Si me deja mi novia, me hundo; y si saco buena nota, me vengo arriba. No se proyectan en un año o en cinco como hace el adulto. Con el virus se han sentido muy fastidiados y sin margen de remedio. Eso va minando la estima, el proyecto vital, produce angustia y entra en una espiral que acaba produciendo estos trastornos”

Eso también los hace más vulnerables a la manifestación más extrema de una salud mental rota: el suicidio. La recién aprobada Estrategia de Salud Mental 2022-2026 del Gobierno –que llevaba obsoleta ocho años– avisa de que la adolescencia es una etapa de alto riesgo. “Los datos del INE de los 4 últimos años disponibles, 2017, 2018, 2019 y 2020, muestran que en menores de 15  años se contabilizaron 13, 7, 7 y 14 muertes por suicidio y en el grupo de 15 a 29 años se  registraron 273, 268, 309 y 300 suicidios, respectivamente. El año pasado el suicidio fue la segunda causa de mortalidad entre los jóvenes menores de 20 años, solo por detrás de los accidentes de tráfico. En el primer semestre de 2020, incluso, llegó a ser la primera ante la reducción de los accidentes en carretera por efecto del confinamiento.

 

Los casos graves en los niños más pequeños se siguen viendo con poca frecuencia, pero han dejado de ser “algo anecdótico”, cuenta Pedro Javier Rodríguez. “Estamos viendo ansiedad y depresión en menores de seis años con más frecuencia que antes. Por ejemplo, un trastorno obsesivo compulsivo en esta edad por el pensamiento de que se va a morir”.

En todo caso, advierten los psiquiatras, los trastornos no surgen de un día a otro, sino que van manifestándose de forma más grave si no se tratan a tiempo por un retraso en la intervención. Ese es uno de los grandes problemas del sistema. Los problemas más severos, como un intento de suicidio o un brote psicótico tienen acceso preferencial, pero hace falta llegar hasta ahí para entrar rápido. La madeja de malestares emocionales que van agravándose esperan meses a ser atendidos si no recurren, como pasa en la mayoría de los casos, a la red privada.

 

La organización Save the Children ha recopilado las listas de espera medias por comunidades autónomas con resultados desiguales. La Región de Murcia arrastra una espera de 79 días para una consulta de psicología. En Madrid se aguarda 61 días y 37 en el caso de psiquiatría infantil. Navarra maneja una demora algo más de un mes frente a los 15 días de Cantabria.

La espera para la primera cita es inaceptable, según los especialistas, pero también los intervalos de tiempo para el seguimiento. “Igual veo a alguien por primera vez y la siguiente visita no se la puedo dar hasta tres meses después. Entre sesión y sesión se nos ha olvidado”, admite Celso Arango. Faltan psicólogos y psiquiatras, pero no solo.. También enfermeras o trabajadores sociales que se involucran en estos procesos.

 

España tiene 11 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, según Eurostat, frente a los 27 de Alemania, los 26 de Noruega o los 52 de Suiza. En relación al gasto en salud mental sobre la inversión total en Sanidad, nuestro país se sitúa en el 5% frente al 6% de media de la Unión Europea. Por encima despuntan Alemania (11%), Suecia (10%) y Reino Unido (10%); por debajo, Italia (4%) y Estonia (3%) y Bulgaria (1%). El Gobierno ha prometido inyectar 100 millones de euros en los próximos tres años para un plan de acción en salud mental y ya se ha creado la especialidad médica de psiquiatría infantojuvenil en medio de la avalancha de demanda.

Desamparo público

Los psicólogos clínicos que ejercen en la sanidad pública, sin embargo, son una incógnita hasta para el propio Ministerio de Sanidad, que admite en el texto de la recién aprobada Estrategia de Salud Mental que “no dispone de información actualizada ni completa” de los especialistas y aporta como referencia los titulados, aunque “no significa que todos ellos estén trabajando en áreas asistenciales”.

 

El desamparo público no solo se limita a los pacientes menos graves. Noelia, médica en activo, paga 4.500 euros al mes por la atención continuada de su hija Laura en un centro psiquiátrico. Asegura que la sanidad pública no le ofrece una alternativa para su situación y que eso le ha llevado a endeudarse. “Hasta hace cinco o seis meses hemos tenido ayuda familiar y trabajado como bestias, ahora no podemos pagarlo. Damos el 50% y para el otro 50% reconocemos la deuda ante notario y cuando podamos...”. Su situación es la más extrema puesto que Laura requiere de atención y vigilancia todo el día.

 

Las bajas por cuidado también atraviesan a estas familias, como en el caso de cualquier otra enfermedad. Un recurso intermedio son los hospitales de día, donde los adolescentes estudian y hacen terapia. Pero también requieren largas esperas, según confirman los profesionales. ¿Podemos permitirnos tener a adolescentes en lista de espera de más de un año para un hospital de día, sin poder ni siquiera ir al colegio o con un padre o madre que no puede ir a trabajar porque se tiene que quedar en casa con ellos?, se pregunta Arango, que ha visto varios de estos casos en su consulta.

 

“Las familias nos sentimos abandonadas. Nos ha costado mucho tiempo no sentirnos culpables de lo que les pasa a nuestros hijos. Ahora me siento solo responsable por no haberlo visto venir”, confiesa Noelia. “Te sientes una mierda también porque nadie te ayuda”, zanja, “pero vamos a ganar este pulso”.

sábado, 19 de marzo de 2022

Psiquiatría avisa al Congreso: "La relación psicosis-cannabis es clara"


IVÁN FERNÁNDEZ      |     Redacción Médica     |     14/03/2022

La especialidad entiende que su uso medicinal trasciende a la política y debería regularse "por otra vía"

La subcomisión que estudia la regulación del uso del cannabis arrancó a finales de febrero una ronda de comparecencias que se extenderá hasta el próximo junio en el Congreso de los Diputados. Una fecha, donde tras el paso de los 26 comparecientes programados, se elaborará un informe técnico de su uso medicinal. Entre las personalidades llamadas a participar, se encuentra Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), quien tiene claro que de momento “no hay evidencia científica” y que la relación del cannabis y los trastornos mentales “está demostrada”, especialmente en trastornos psicóticos.

“Nosotros hablamos de medicinal cuando es algo que está aprobado por las agencias reguladoras, no algo que se vende en farmacias o herbolarios. Como profesionales de la medicina nos atenemos exclusivamente a los 
parámetros que cualquier producto tiene que cumplir para lograr la aprobación de una agencia de regulación”, señala Arango.

Para el psiquiatra, actualmente 
no hay respaldo regulatorio en el uso del cannabis medicinal, aunque señala que si lo hubiera sería bienvenido. “Yo mismo estoy estudiando el cannabidol en psicosis. Pero una cosa es investigarlo y otra es dar el salto por motivos comerciales. En ciencia no hay atajos, no podemos saltarnos la evidencia y los ensayos clínicos controlados randomizados contra placebo. No podemos dar el salto de estar investigando a decir que está funcionando porque hay una serie de casos o un estudio abierto que no cumple con los estándares científicos que se necesitan para mostrar evidencia”, reivindica el especialista.

Ante esta tesitura, Arango cree que hay decisiones que no son políticas. “El Congreso no se puede reunir y votar si la aspirina es buena para reducir el riesgo de infartos. Hay cosas que trascienden a la política y tienen que ir por otra vía”, señala el presidente de SEP.

El cannabis medicinal, factor de riesgo para la salud mental

En lo que sí hay una numerosa evidencia científica es el factor de riesgo que representa el consumo de cannabis para la aparición de trastornos mentales, aunque esto no quiere decir que todos los que consuman cannabis padezcan un trastorno mental, de hecho la mayoría no lo tienen.

“En los países donde hay mayor consumo de cannabis y este es de mayor potencia, hay más trastornos psicóticos. La relación 
psicosis-cannabis es clara. En definitiva, está demostrado científicamente que cuanto más consumo de cannabis haya peor será la salud mental de esa población”, explica Arango.

La dificultad es identificar qué persona es vulnerable y cuál no. “Actualmente, no tenemos esa facilidad para decir quién sí y quién no. Algunos los podemos indicar porque son hijos de una persona con un trastorno mental grave o porque tienen alguna alteración genética que aumenta el riesgo de psicosis, pero la mayor parte de ellos lamentablemente no podemos saberlo. Entonces es una ruleta rusa, hay gente que es vulnerable y otra que por mucho cannabis que tome no le pasa absolutamente nada ni tiene ningún problema de salud mental. Si fuésemos capaces de identificar quienes sí y quienes no sería distinto”, concluye el psiquiatra.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Patricia Ramírez: "La mayoría de las veces tenemos ansiedad porque interpretamos de manera catastrófica lo que hay alrededor"

   La Voz de la Salud     |     10/02/2022

Es una de las psicólogas más influyentes del país, insiste en que «no se puede perseguir la felicidad todo el día» e invita a cambiar nuestro vocabulario porque «las palabras con las que nos hablamos condicionan completamente nuestras emociones».
 
La psicología de la vida cotidiana es su especialidad. Se reinventó con la pandemia y ahora tiene más de un millón de seguidores en sus redes sociales. Licenciada en Psicología, tiene un máster en Psicología Clínica y de la Salud y un doctorado en el departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Está considerada como una de las psicólogas más influyentes del país, imparte talleres, da conferencias, escribe libros (ya van diez) y hasta protagoniza obras de teatro.

—Ahora mismo vivimos una especie de revolución mental. Por fin, la salud mental está en primera línea, aún queda mucho por hacer, pero nunca se había hablado tanto y tan abiertamente de depresión, ansiedad o estrés. ¿Por qué hemos tardado tanto?
—Yo creo que la pandemia ha cambiado muchas cosas. En realidad, nos ha cambiado a todos. Ha cambiado nuestra manera de convivir, de trabajar, de relacionarnos, nos ha traído la incertidumbre, que es algo con lo que no solemos lidiar porque nos gusta tener todo controlado, estar en esa zona confortable. Por eso, estos dos años también han cambiado la salud mental, hay muchos más casos de depresión, de ansiedad... Y en cualquier edad de la población.
 
—Ha habido más casos y también hemos aprendido a hablar más abiertamente de ellos. 
—Sí, yo creo que como es algo que nos ha afectado a todos, la gente ha perdido un poco la vergüenza. Se ha aprovechado el momento para sacar un tema del que hace mucho tiempo teníamos que haber hablado más. Ahora que todo el mundo lo entiende. «yo tengo ansiedad, no porque estoy loco, sino porque estoy viviendo una pandemia», pues voy a hablar de ello y ya no me veo una persona tan vulnerable, sino que me veo como todas, con los mismos síntomas que el resto. Se ha normalizado toda esa sintomatología ansiosa y depresiva. Esto es algo que nos ha afectado a todos.
 
—Estás inmersa en una obra de teatro, «La ansiedad no mata pero fatiga», que además estará en Pontevedra el 12 de marzo, una especie de terapia sobre el escenario. Así que hablemos de ansiedad. ¿Cómo sé que mi ansiedad no es normal y puede convertirse en un problema mayor?
—Tú puedes tener ansiedad de manera momentánea porque te estás trasladando de ciudad, estás cambiando de trabajo, te estás separando y sabes que eso es algo puntual. Luego, hay momentos en que esa ansiedad no es algo puntual y empieza a interferir con tu vida. Por culpa de la ansiedad empiezas a tener un sueño poco reparador, a no descansar, te sientes más irritable. O puede llevarte a tener problemas con la alimentación, puede ser ansiedad por miedo al contagio y con esto estás limitando tu vida social. Cuando la ansiedad, de alguna forma, te está cambiando el carácter, tus hábitos de vida y te está limitando, tienes que consultar con un profesional.

—¿Cómo se gestiona la ansiedad?, ¿cómo se afronta?
—Lo primero es reconocerla y entenderla. Hay muchas veces que la gente va al médico pensando que es un problema digestivo, o luego va al cardiólogo pensando que las taquicardias o esa sensación de ahogo puede ser un tema del corazón. Entonces, lo primero es entender cuál es la sintomatología y aceptar que uno siente esa emoción, no luchar contra ella, sino aceptarla. Vale, oye, estoy pasándolo mal. Esto se llama ansiedad y viene de... Pero es importante que la gente localice el «viene de». ¿Cuáles son tus estresores?, ¿A ti qué te está en este momento cambiando la vida? Puede ser el miedo al virus, un duelo por el que estás atravesando, que has cambiado de trabajo, que no aceptas tu edad o que tienes un problema con tus hijos de comunicación. A lo mejor son tus propios pensamientos los que te generan ansiedad. A lo mejor no hay solamente un solo factor, tienes que detectar el tuyo. Una vez llegas a ese punto, hay que trabajar, por un lado, en técnicas que nos ayudan a regular la ansiedad, técnicas de respiración, de meditación, de relajación muscular. Es muy importante tener hábitos de vida saludables que ayudan a regular nuestros neurotransmisores. No le podemos robar horas al sueño porque el sueño es de las funciones más importantes y a la que menos atención le prestamos. Es importante el sueño reparador, hacer ejercicio a diario. Una actividad que de alguna forma nos active. Comer de manera saludable. Y luego, lo siguiente sería empezar a trabajar en tus pensamientos. La mayoría de las veces tenemos ansiedad porque interpretamos de manera catastrófica lo que hay alrededor, o porque estamos adivinando un porvenir negativo, o porque desconfiamos de la gente y pensamos que nos van a fallar, o porque dudamos de nosotros. Pero eso es un pensamiento. Todo lo que tu cabeza dice, genera emociones. Si tu cabeza todo el rato está «corre, vete de prisa» o «no puedo, no estoy a la altura, no sé si voy a llegar, la vida no me da para más». Eso se hace bola y es normal que tengamos ansiedad.

—¿Cómo podemos entrenar la positividad? Porque estamos hablando de pensamientos negativos, pero ¿cómo podemos cambiar esos pensamientos?
—Bueno, primero hay que entender que nuestro cerebro está configurado para pensar de forma negativa, porque es la manera que hemos tenido de sobrevivir, el estar pendiente de las amenazas. Pero claro, antes había amenazas que ponían en peligro nuestra vida y hoy no. Hoy la mayoría de las amenazas que a nosotros nos generan ansiedad están relacionados con la comodidad y la seguridad de nuestra vida. Entonces, para entrenar los pensamientos, algo que podemos empezar a hacer es cambiar el vocabulario, o sea, aprender a tener un vocabulario más sereno. No es lo mismo decir «oye, me tomo un café corriendo y ahora voy contigo» o «acabo rápido lo que tengo y ahora te llamo», que decir «acabo y ahora te llamo». Así eliminamos palabras que no añaden ningún valor a nuestro discurso, pero que sí que mandan mensajes de estrés a nuestro cerebro. Rápido, corre, ya. Todo eso que mete prisa y mete urgencia, el cerebro lo interpreta como que ahí hay un peligro. Y si hay un peligro, respondo con ansiedad. También podríamos tratar de verbalizar más veces las cosas que funcionan. «Qué a gusto estoy», «hoy me siento calmada», «oye, qué día más bonito hace». Es decir, que tratemos de focalizarnos en las cosas que funcionan, hay que cambiar un poco lo que nos decimos y las palabras con las que nos hablamos.

—Es decir, focalizarnos en lo bueno, no que estemos en ese bucle del que muchas veces es difícil salir.
—Hay una serie de bucles que vienen provocados por pensamientos y preocupaciones que llamamos inútiles, que son aquellas preocupaciones a las que nosotros no les podemos dar solución, pero que aun así nos dedicamos a rumiar. Por ejemplo, «¡Uf! Mañana no seré capaz de levantarme para hacer deporte». ¿Tú qué sabes? Mañana lo verás. Pero si tú empiezas a enredarte con ese pensamiento, vas generando una imagen de ti negativa, te va creando desasosiego, tristeza. Y mañana, ¿que pasará? Pues que se cumplirá lo que tú te estás diciendo. No hay que enredarse, cuando viene un pensamiento negativo, lo dejo ahí, pero no hablo con él, no me enredo.

—La actitud es clave, pero no siempre «querer es poder».
—La actitud es muy importante porque sin actitud no seríamos capaces de sobreponernos a la adversidad, pero no es justo trasladar el mensaje a la población de que tú solo eres el responsable de tu devenir. Igual en una casa hay un nivel socioeconómico o sociocultural o unas comodidades que favorecen tener actitud y en otra casa no. La actitud es importante, mucho, pero no podemos dejar todo en manos de la actitud. Tenemos que hablar también de neurociencia, que juega otro papel importante.Tener una actitud cuando tú eres una persona que normalmente tiene unos neurotransmisores que funcionan bien, genial. Pero si eres una persona que de por sí suele tener bajos sus niveles de serotonina o de dopamina, pues te va a costar mucho más que a otra persona. Es como si a mí me dicen que me ponga a correr sin tener bien los niveles de hierro, porque soy una persona que tiene anemia. Necesito tomar hierro para competir en igualdad de condiciones. Pues esto es algo parecido, pero con los neurotransmisores, claro.
 
—Hay personas que tienen la serotonina más baja, por ejemplo, pero ¿cómo se soluciona eso? Porque no es lo mismo que tomar hierro.
—La serotonina, oxitocina, dopamina, endorfinas... se generan, por ejemplo, con la meditación, con la práctica de ejercicio físico, con el disfrute de las relaciones personales. Cualquier persona, para su bienestar emocional y su salud mental, tiene que practicar actividades que estén relacionadas con el bienestar de los neurotransmisores. Y eso es el sueño, la meditación, la actividad física y el pensamiento orientado hacia el disfrute. Pero aun así, no todo el mundo tiene la misma facilidad para generar los neurotransmisores que te hacen sentir bien. Decir todo esto es muy importante para quitar la culpa, la gente tiene que saber que es muy importante la actitud, pero que no todo es nuestra responsabilidad. 
 
— También le he escuchado decir una frase que me parece muy interesante: vivimos en una tiranía de la felicidad. 
—Este es otro mensaje que se ve en las redes. Hay que ser feliz. Es como si me pusiera a escribir artículos como «10 Consejos para estar triste» o «10 consejos para estar celoso». Al igual que los celos, la envidia o la tristeza son emociones y como emociones, pues son pasajeras. Entonces, cuando tú le dices a la gente que tiene que estar feliz siempre, hay que pensar que, en realidad, es un estado emocional que aparece de vez en cuando. Claro, cuando te llegan emociones como la ansiedad y la tristeza, lo que haces es tratar de evitarlo a toda costa, porque no es normal. Y ese es el mensaje erróneo. Sí es normal sentir cualquier emoción y lo que hay que hacer es aceptarla y entender por qué está ocurriendo en ese momento. Si yo cuando estoy feliz entiendo que es porque estoy a gusto con mi marido y con mis niños y sé por qué, pues trataré de tener más momentos a gusto con mi marido y con mis niños. Y si cuando estoy triste sé porqué es, pues igual lo puedo cambiar. No se puede perseguir la felicidad todo el día, porque cuando llegan las otras emociones pensamos que están equivocadas.

—¿Daría algún consejo para poder aumentar esos «ratitos» de felicidad?
—Creo que podríamos, por ejemplo, meditar cada día, porque eso nos permitiría tener una atención, una atención plena o una atención mucho más plena durante la jornada. Y eso nos ayudaría a ser conscientes del momento presente, a no utilizar el cerebro multitarea, que eso nos genera mucho estrés. Y luego podríamos llevar un diario de bienestar, un diario en el que nosotros apuntamos cada día durante unos minutos aquellas cosas que hemos disfrutado, de tal manera que con eso cambiemos el foco. Y también podríamos practicar más el agradecimiento, agradecer las cosas bonitas que nos ocurren durante el día, aunque sean nimiedades. Enfocarnos en las cosas bonitas de la vida, eso nos genera bienestar emocional. Más que felicidad, bienestar emocional.

—Nos preocupamos demasiado por el pasado, también por el futuro, pero sí que es verdad que nos centramos muy poco en el presente, ¿cómo podemos estar más presentes?
—Vuelvo a reiterarme en la meditación, en aprender a meditar cinco o diez minutos al día y en que cuando tú estés en una cosa, estés en una cosa. Si estás contestando un correo, estás en el correo. Si estás revisando la contabilidad de tu empresa, estás en eso. Si estás atendiendo a un cliente, deja el móvil en el bolso. Si estás cocinando, te pones a cocinar.
 
—En tu último libro, «Somos fuerza», hablas también de los procesos de la adversidad, de esas crisis a las que muchas veces no sabemos enfrentarnos.
—Hay que darse cuenta de que la adversidad forma parte de la vida. Tú puedes estudiar mucho para un examen y que te pongan una pregunta que no entiendes y no tener la nota que mereces. Puedes tener un negocio con un socio en el que tú confiabas mucho y que te traicione porque luego te das cuenta de que tiene otros valores. O tener mala suerte y tener un accidente de coche con alguien que viene de frente por hablar en el móvil. La adversidad, la mala suerte, la parte injusta de la vida va a estar ahí. Cuando llegue, la tenemos que afrontar, encajar lo que ha pasado, aceptarlo, dejar de darle vueltas a por qué me ha pasado esto a mí. Porque mientras estás en ese bucle no puedes caminar para adelante, aprender a buscar soluciones, ponerlas en práctica, perdonar.

—También dices que todos tenemos que encontrar un propósito, un para qué. 
—Cuando dices a principio de año que quieres perder peso o que quieres tener una vida más activa, o que este año quieres aprender un idioma, tiene que haber un sentido detrás. Reconocer el sentido por el que tú haces algo va a ayudar a que tú te mantengas más constante. Y que, en lugar de un propósito, igual se convierte en un estilo de vida, porque tú has encontrado tu para qué.
 
—Esto me lleva también a hablar del autocuidado, que es una palabra que se ha puesto mucho de moda últimamente. 
—Yo creo que el autocuidado es algo que tú puedes compaginar con el cuidado de otras personas, y yo creo que hay tiempo para todo. El autocuidado simplemente es una forma de respeto. Tú eliges tener un tiempo en el que conectas contigo o con una afición, con el deporte, con la manera que tienes de comer, con tu tiempo de descanso. Son momentos que te hacen sentir bien.

—Hablamos de autocuidado, pero también me gustaría hablar un poco de autoexigencia. 
—La exigencia es uno de los valores para mí más negativos, porque está claro que la gente es súper exigente. Lo que se aprende es que siendo de esa manera tiene resultados, pero no se dan cuenta del precio tan alto que se paga por esa exigencia. Yo creo que basta con que uno actúe por la vida de manera responsable. Hay que saber convivir con el error, con que podemos fracasar, con que no podemos hacer las cosas perfectas, con que se pierde mucho tiempo en darle vueltas a algo que al final tampoco es tan relevante. En ese sentido, yo creo que hay que bajar ese nivel de exigencia.
 
—¿A qué se refiere con el «draque», esa mezcla de drama y queja?
—Esto lo comento, sobre todo, para aquellas personas que están dentro de una crisis, y que se pasan todo el día con el drama y con la queja constante. Entonces, como tú estás todo el día concentrado en tu drama, te conviertes en el ombligo del mundo, te quejas de todo, de qué injusta ha sido la vida contigo. Así, eres incapaz de mirar hacia delante y normalmente en ese estado de «draque» no encontramos ninguna solución, porque te provoca un estado emocional de tristeza, apatía o de ansiedad, en el que no te apetece buscar nada.

—¿Qué les dirías a esas personas?
—Pues les diría que ese pensamiento es tóxico tanto para los demás como para ellos, porque, como te decía antes, el vocabulario y la manera que tenemos de hablar condiciona nuestro estado de ánimo. Cuando tú continuamente le estás diciendo a tu cerebro que la vida es una porquería, que nada funciona, que la gente no te quiere, que la vida es injusta, que vaya mierda… Cuando tú le transmites esto al cerebro, el cerebro termina pensando que realmente vives en un mundo hostil y claro, no se relaja. Está todo el día en guardia esperando encontrarse con algún peligro, con alguna amenaza de la que se tiene que defender, porque tú le estás diciendo que esto es horrible y eso es deprimente. Entonces, las palabras con las que nos hablamos condicionan completamente nuestras emociones y nuestra manera de actuar.

—Muchas veces no queremos aceptar que la vida no siempre es justa. 
—La aceptación es clave en esta vida y hay gente que no quiere aceptar las cosas porque piensan que es como tirar la toalla. Pero es que hay situaciones y personas con las que tenemos que tirar la toalla porque no hay nada que podamos hacer. No todo en esta vida depende de nosotros, hay veces en que las cosas las tenemos que dejar estar.

—¿Qué rutinas aconsejarías para mantener nuestro bienestar emocional en el día a día?
—Yo, por un lado, trataría de mantener hábitos de vida saludables relacionados con el sueño, con la meditación y con la actividad física. Trataría de mantener también relaciones saludables en las que tú puedas ser tú y comportarte de una manera honesta. Y luego buscaría esa parte de los valores, la gratitud, el ser un poco más paciente e ir un poco más despacio por la vida, el bajar tu nivel de exigencia, cambiar ese foco de atención a lo que suma, aprender a hablarnos en un idioma que sea un poco más útil. 

—¿Tenemos que aprender a aburrirnos?
—El aburrimiento genera creatividad. Hay que preguntarse, ¿qué harías si no tuvieras el móvil todo el rato en la mano? Mientras esperas en la cola del supermercado, en la consulta de un médico, en la parada del autobús. La gente tiene que salir del teléfono. Déjalo, abúrrete, mira alrededor, mira a ver qué pasa. Porque en el momento en el que dejas de estar tan estimulado, el cerebro creativo empieza a trabajar. Hay que dedicar momentos en el día al aburrimiento, porque son los que al final nos van a generar más creatividad.

—Los adultos no queremos aburrirnos, pero tampoco dejamos a los niños que lo hagan.
—Los niños también se tienen que aburrir. También tenemos que practicar su resiliencia empezando a dejar que se responsabilicen de sus cosas, que la mayoría de los padres estos helicópteros con el chat de padres en el cole no dejan que los niños se responsabilicen de sus cosas. A cada edad le corresponden una serie de actividades y hay que dejar que las pongan en práctica. Tienen que experimentar qué es la tolerancia a la frustración, que aprendan a vivir las consecuencias de sus actos.