domingo, 5 de febrero de 2023

El síntoma de la depresión del que nadie habla

VALERIA SABATER          |         La Mente es Maravillosa        |        31/10/2022

¿Qué pasa cuando no hay nada que te distraiga? ¿Qué ocurre cuando sientes que no hay nada importante que hacer? Lo que ocurre es que dejas de sentirte útil y esto es muy peligroso. Descubre cuál es el síntoma de la depresión del que nunca te han hablado.

Decía el escritor C.S. Lewis que el dolor mental es menos dramático que el dolor físico, pero lo cierto es que es más común y también más difícil de soportar. Entre los sufrimientos más silenciosos del ser humano está sin duda la depresión. Este trastorno del estado de ánimo es como un complejísimo puzle conformado por muchas piezas, variables y circunstancias personales. 

No es fácil definirlo e incluso prevenirlo. Uno puede tener buenas herramientas de base y una actitud altamente resiliente, pero a veces determinadas experiencias, e incluso el contexto social, pueden rompernos. Según datos de la OMS, casi el 3,8 de la población lidia con esta condición mental. Aunque las cifras podrían ser mayores, dado que no todo el mundo solicita ayuda y recibe un diagnóstico. 

A esta realidad se le añade otra más problemática: la depresión es todavía un área incomprendida entre la sociedad. Hay quien la relaciona con falta de proactividad, debilidad y falibilidad. Asimismo, solemos tener una visión incompleta sobre dicho trastorno, asociándolo únicamente a la tristeza y la falta de energía.

Sin embargo, hay factores que conforman la depresión que pasamos muchas veces por alto. En esta ocasión, profundizaremos en uno de ellos. En una variable que puede resultar sorpresiva: el aburrimiento. 

Si llevas una época en que nada te interesa, nada atrae tu atención y lo que antes te apasionaba ahora te agota, no dudes en solicitar ayuda experta.

Aunque para la mayoría de las personas el aburrimiento es una sensación pasajera y trivial, hay quien vive atrapado en este bucle.

El aburrimiento crónico y la depresión: cuando nada entretiene o interesa 

El síntoma de la depresión que muchas veces no atendemos es el aburrimiento crónico. Es cierto que nada es tan común como estar aburridos de vez en cuando. También es verdad que este tipo de emoción resulta útil para instarnos al cambio y que, en el caso de los niños, resulta hasta necesaria. El niño que se siente aburrido termina potenciando el pensamiento crítico y la autosuficiencia.

 Ahora bien, este estado tiene un reverso altamente problemático y hasta patológico. Las personas que arrastran un aburrimiento crónico tienen un mayor riesgo de sufrir depresión. También de padecer ansiedad e incluso un riesgo mayor de derivar en adicciones a sustancias (alcohol, drogas) o a adicciones comportamentales, como el juego. 

Una investigación de la Universidad Internacional Alliant, en California, destaca este vínculo. El aburrimiento no deja de ser un sentimiento aversivo de cansancio, inquietud y frustración que puede ser muy nocivo cuando se vuelve crónico. Pensemos que la persona aburrida deja de tener alicientes en su día a día, con lo cual, poco a poco, se sentirá más desconectada de su realidad. La deriva que toma este estado puede ser problemática.

La depresión va más allá de un rostro emborronado por la tristeza, la desesperanza o la necesidad de aislamiento. Hay factores que conforman este trastorno psicológico y que muchas veces pasamos por alto. 

Cuando la desesperanza se encuentra con el aburrimiento persistente

¿Qué pasa cuando tenemos a alguien que no se entretiene con sus aficiones? ¿Qué ocurre cuando, además, siente que no tiene nada importante que hacer? Imaginemos a esa persona desempleada que, frustrada por no recibir ofertas, ya no disfruta con nada y nada le interesa. Es fácil reconocer que este tipo de situaciones elevan el peligro de sufrir un trastorno depresivo. 

Por ello, es crucial clarificar un detalle. El aburrimiento por sí mismo no hará que suframos un trastorno psicológico. En una depresión confluyen múltiples factores, tales como la angustia, la desesperanza, la negatividad, el sentimiento de culpa, el insomnio, las alteraciones en la alimentación, etc. 

La apatía, la anhedonia y la abulia son esos tres elementos en los que está presente el aburrimiento crónico. Es decir, lo que se experimenta es ausencia de placer, pérdida del interés y motivación e impotencia para llevar a cabo cualquier tarea. Es un sentimiento difuso y opresivo en el que la persona siente que su vida del todo estancada. 

El aburrimiento existencial, cuando dudamos de nuestra importancia en el mundo

“¿Qué hago yo aquí, cuál es mi función, qué es lo que debería estar haciendo ahora?”. La persona que lidia con la losa de un problema de salud mental se hace preguntas constantes. Esas interrogaciones están llenas de veneno, porque carcomen y apagan aún más el ánimo. Además, engrosan aún más la desesperación. 

Por ello, ese síntoma de la depresión que deberíamos tener muy presente es el aburrimiento crónico o existencial. El escritor y exdirector de atención primaria en la Universidad de Chicago, Alex Lickerman, acuñó este término definiéndolo como la incapacidad de encontrar algo interesante en la vida. 

Cuando una persona no disfruta de ninguna afición y no encuentran nada interesante que hacer, termina dudando de su lugar en el mundo. De su importancia en él. Esta visión es una línea roja que nunca debemos cruzar, puesto que ese es el momento en el que nos asalta la peligrosa idea de que esta vida no tiene ningún sentido.

Nuestra sociedad, tan cargada de estímulos, puede hacer que nos sintamos sobrecargados y aburridos. Esta es una realidad que experimentan muchos jóvenes.

La terapia psicológica es altamente efectiva para tratar todos los síntomas asociados a la depresión, como es el aburrimiento y la desesperanza.

¿Cómo abordar el síntoma de la depresión del que casi nunca se habla?

El síntoma de la depresión del que no hablamos demasiado es más importante de lo que pensamos. “Aburrirse es besar a la muerte”, decía el escritor Ramón Gómez de la Serna. Y los jóvenes, por ejemplo, están cada vez más aburridos. Las nuevas tecnologías y las redes sociales los someten a un estado de sobrecarga de estímulos en los que es muy fácil sentirse superado y también apático. 

Poco a poco sus realidades dejan de tener estímulos novedosos y si a ello le añadimos un futuro incierto, es común que desarrollen en algún momento un trastorno de ansiedad o depresión. ¿Qué hacer ante este panorama? ¿Cómo actuar? Veamos algunas estrategias:

·        Busca apoyo en los tuyos, comenta con tus amigos, pareja o familia cómo te sientes. Explícales tus sentimientos de vacío y aburrimiento. Clarifica que no es algo puntual, sino que esa sensación es constante y que cada vez te sientes peor.


·        Solicita apoyo psicológico. Como bien hemos señalado, el aburrimiento crónico se combina con más variables que podrían trazar una depresión. Tener un diagnóstico y unas herramientas para manejar lo que nos sucede es decisivo.

·        Inicia nuevas actividades y reformula tus metas. Debes buscar nuevos alicientes. Bien es cierto que te puede costar, que cuando la apatía te hace cautivo es complicado encontrar nuevos motivantes. Sin embargo, nada es más importante que activarte, que moverte y poner en marcha nuevas tareas. Es así como tu enfoque emocional variará.

Para concluir, si te quedas quieto y permites que esos sentimientos de desidia, desilusión y aburrimiento constante te engullan, no avanzarás. Hay luz al final del túnel, habla con alguien y déjate ayudar. Ese abismo de frustración que te tiene atrapado se acabará yendo.

viernes, 3 de febrero de 2023

El suicidio: "No se trata de una decisión libre. El paciente no tiene una opinión, sino unos síntomas que modifican su capacidad de elección"

Redacción La Voz de la Salud       |        lavozdegalicia.es         |      11/01/2023 

Los trastornos mentales están detrás del 90 % de los suicidios | El 3 % de los niños ha tenido pensamientos suicidas en el año 2021

El suicidio es uno de los principales problemas de salud pública en el mundo. La OMS estima que cada año pierden la vida más personas por suicidio que por accidentes de tráfico, guerras y homicidios. En el 2019, una de cada 100.000 muertes en el mundo fue un suicidio, y la pandemia no ha hecho más que empeorar esta tendencia. De hecho, el 2020 se convirtió en el año con mayor número de suicidios registrados en España desde 1906, con una media de casi once personas al día, es decir, cada dos horas una persona se quita la vida. La mayoría de los afectados son varones. Por su parte, las mujeres que lo concretan suponen un 26 % de las muertes. 

¿De qué estamos hablando? Si bien por definición el suicidio es la muerte autoinfligida, «la conducta suicida es cualquier pensamiento relacionado, no solo el consumado. Esta va desde las ideas de muerte, a los planes, tentativas y, finalmente, el suicidio», indica Víctor Pérez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica. 

Los motivos que empujan a una persona a terminar con su vida son tan variados y específicos como los individuos que cometen el acto. Sin embargo, es posible establecer unos criterios y prestar atención a ciertas señales de alerta que aumentan el riesgo de que alguien intente quitarse la vida.

Ante todo, hay que distinguir entre ideación, comunicación y conducta suicida. Mientras que la primera se refiere a pensamientos sobre el fin de la propia vida, no siempre está acompañada de una intencionalidad ni de una acción. En la comunicación suicida, se transmiten estos pensamientos o deseos en un acto interpersonal. «La comunicación suicida es un punto intermedio entre la ideación y la conducta suicida», explica la Guía Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta Suicida elaborada por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. 

Esto subraya la importancia de tomar en serio esas comunicaciones. Aunque se suele creer que las personas que se quitan la vida no hablan de sus planes con anterioridad al hecho, esto es solo un mito: de cada diez personas que se suicidan, nueve han hablado claramente de sus intenciones de hacerlo. Es más, «la gente que lo dice, y que lo intenta, al final son los que lo acaban haciendo», detalla el doctor Pérez. 

La enfermedad mental, un riesgo

Entre los principales factores de riesgo, el más contundente es la presencia de trastornos mentales, que se evidencia en un 90 % de las personas que consuman el suicidio. La depresión, el abuso de sustancias, los trastornos psicóticos, de la personalidad y de ansiedad se suelen asociar al acto. «El principal factor de riesgo es la enfermedad mental, especialmente aquella que no está tratada o no es conocida. En suma, si un paciente piensa que su patología es superficial y no le da la importancia necesaria, como puede ocurrir con la depresión al considerar que solo es tristeza, los factores de riesgo irían aumentando», señala José Ramón Silveira, presidente de la Asociación Gallega de Psiquiatría. 

Un factor de riesgo aumenta la probabilidad, pero no tiene que convertirse en una causa. Isabel Cuéllar, psicóloga clínica en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, recalca que «no todas las personas que intentan suicidarse o que lo hacen tienen problemas de salud mental. Es importante decirlo para no fomentar el estigma de que solo las personas diagnosticadas son las que tienen conductas suicidas», señala. 

Diferenciando entre sexos, la psicóloga Cuéllar explica que «hay más ideas e intentos suicidas entre las mujeres, pero hay más suicidios consumados entre los hombres». En sus palabras, estos datos se explican porque las mujeres tienen mayor prevalencia a la hora de sufrir enfermedades mentales como la depresión, mientras que los hombres tienen mayores dificultades para pedir ayuda y sufren más impulsividad.

La edad es otro dato a tener en cuenta. Hay dos períodos de la vida en los que una persona es más propensa a suicidarse: la adolescencia y la edad avanzada. «En las personas mayores está más asociado a enfermedades físicas crónicas o problemas de aislamiento o apoyo social», precisa Cuéllar. Estas edades coinciden con etapas de cambios no solo a nivel biológico, sino en el ritmo de vida, las actividades cotidianas y la interacción social. En este sentido, el acoso en la adolescencia está muy asociado a la ideación y la conducta suicida.

El consumo de alcohol y sustancias estupefacientes supone también un riesgo en materia de suicidio, «también si existen antecedentes previos mediante los cuales la persona lo haya intentando, o si la depresión, el suicidio o el alcoholismo figuran en la historia familiar del paciente».

Las relaciones son uno de los componentes más importantes del bienestar humano. Somos, después de todo, seres sociales. Por lo tanto, no es de extrañar que la falta de apoyo social sea un factor de peso en el momento de tomar la decisión de suicidarse. De hecho, una red familiar o comunitaria puede suponer una diferencia abismal en los momentos de crisis. Pero, para que esto funcione, el entorno debe estar atento y ser capaz de tomarse en serio las señales para intervenir de forma oportuna. Lo fundamental es lograr la integración social de la persona, de forma que sepa que puede acudir a su entorno para pedir ayuda.

¿En qué momento se toma la decisión?

Cuando los factores de riesgo se suman a factores precipitantes, el paso a la acción sobreviene. Eventos vitales estresantes como pérdidas personales (divorcios, muertes), financieros (económicos o laborales), problemas legales o conflictos en relaciones interpersonales pueden ser desencadenantes del suicidio en personas que ya presenten factores de riesgo. Por otra parte, la posibilidad de acceder a armas, medicamentos o sustancias tóxicas aumenta este riesgo al facilitar el paso de la ideación a la conducta suicida.

«Sabemos que hay mayor riesgo de suicidio si una persona que cumple los factores de riesgo vive sola. Si, por ejemplo, se queda viudo. O si se mezcla la depresión, el consumo de alcohol y el aislamiento social», explica el psiquiatra José Ramón Silveira, quien también indica que enfermedades terminales o degenerativas, o rasgos impulsivos en la personalidad del paciente «podrían aumentar el riesgo». 

Indicios o señales de advertencia

La fórmula que permita evitar o detectar qué llevó a una persona a suicidarse todavía no ha sido descubierta. «Y ojalá lo supiéramos. Como profesionales, vemos cada suicidio como algo que se nos ha escapado y que podríamos haber previsto», indica el doctor Silveira. En cambio, sí existen líneas que permiten a los profesionales de la salud mental, o a los propios familiares del paciente, conocer el estado de la persona en cuestión y la razón de su decisión. Esto, como en todo, puede variar de un nombre a otro. Las amenazas directas (o indirectas) de cometer un suicidio existen. «Dan señales de hacerse daño, de quitarse la vida, de tener desesperanza. También pueden ser de muerte pasiva como “la muerte sería la solución a todo”». 

En este sentido, también es importante prestar atención a los temas que el paciente tiende a sacar en una conversación. «Si la muerte tiene una posición protagonista en sus palabras o si insinúa el placer que el descanso le podría provocar. Además, puede que consuma continuamente contenidos sobre la muerte: películas, esquelas o libros». Igualmente, las conductas autodestructivas pueden esconder algo a este respecto: «Empiezan a beber, a tomar tóxicos, a dejar las pastillas o a no cuidarse, y les da igual. Saben cómo será el final», añade Silveira. 

Cuando el individuo no verbaliza sus ideas suicidas, pueden darse otras manifestaciones. Por ejemplo, personas que se encontraban deprimidas y, de pronto, están muy alegres. «El cese de la angustia, una sensación de paz y tranquilidad internas, un período de calma después de una fase de agitación, son signos de grave peligro suicida, pues se ha resuelto el conflicto entre los deseos de vivir y los deseos de morir a favor de estos últimos», señala la guía. «Hay personas que, tras haber tomado la decisión de suicidarse, llegan a consulta mucho más calmadas y sosegadas de lo que esperaba el profesional, lo que de primeras puede sugerir una mejoría. En realidad, es una señal de todo lo contrario».

Se puede sospechar de la existencia de un plan suicida cuando la persona regala sus posesiones más preciadas, corre riesgos innecesarios, cierra asuntos, visita o llama a personas para despedirse, tiene escondidos elementos que son parte del método para lograrlo (acumula medicación, lleva consigo el tóxico o la cuerda), o ingiere bebidas alcohólicas en cantidades y con una frecuencia inusuales (mediante lo cual el individuo trata de lograr «el valor» necesario para llevar a cabo sus intenciones). Se debe prestar especial atención a aquellas personas que experimentan cambios ostensibles en su comportamiento habitual que limitan sustancialmente su adaptabilidad social (ingestión de alcohol o drogas, deserción laboral, divorcio, o disidencia del grupo de pertenencia, entre otros. 

Además, hay que tener en cuenta un cambio emocional o en el comportamiento muy brusco o intenso, «tanto si una persona está muy triste como la otra dirección, una persona que aparenta estar más feliz o contenta, porque a veces se relaciona con que ha encontrado una solución, está preparándolo y parece que ha encontrado una salida interior», declara Cuéllar, psicóloga clínica en el hospital madrileño.

Falsos mitos sobre el suicidio:

§     Las personas que hablan sobre el suicidio nunca lo intentan. Falso.


§     Hablar con alguien sobre el suicidio puede darle ideas. Falso. 

§     Solo cierto tipo de personas se suicidan. Falso. 

§     Las personas suicidas reaccionan exageradamente a los eventos de la vida. Falso. 

§     El suicidio es un hecho de agresión, ira, venganza o egoísmo. Falso. 

§     No hay nada que pueda detener a una persona que ha decidido acabar con su vida. Falso. 

¿Es posible un cambio de opinión?

«Se puede detener dependiendo de cual sea la razón que lo motivó», indica el doctor Silveira. Aunque resulta necesario que este sea un trabajo multidisciplinar, en el que estén implicados los profesionales de la salud y los familiares de la persona. Además, se le deben presentar todas las expectativas posibles a su problema. 

Es necesario hablar con cautela de opinión y suicidio: «No se trata de una decisión libre. El paciente no tiene una opinión, sino unos síntomas que modifican su capacidad de elección. Es decir, decide en relación a lo que siente de una forma totalmente embriagadora que condiciona su voluntad, no se trata de una opinión tomada libremente».

Cómo actuar frente a los pensamientos suicidas

Una persona con pensamientos suicidas debe, ante todo, saber que no está sola. El primer paso es buscar a un amigo, un terapeuta o contactar con una asociación gratuita de ayuda al suicidio y trasladar las inquietudes. Lo fundamental es no quedarse solo con estas ideas. En este momento de vulnerabilidad, hay que procurar distanciarse de cualquier medio con el que uno pueda hacerse daño. Es importante destacar que las crisis de suicidio suelen ser pasajeras, aun si en el momento se puede sentir el dolor como algo definitivo y sin final.

¿CÓMO INTERVENIR?

Si lo que quieres es ayudar a una persona a expresar su intención de suicidarse, tendrás que estar dispuesto a escuchar, sin que el otro se sienta juzgado. «Cuando alguien que tiene ideas de suicidio te lo está explicando, no se debe cambiar la conversación». Mostrarse espantado será contraproducente y solo hará que la persona se cierre. Tampoco es buena idea minimizar la situación. Demostrar interés sin dar sermones será clave para que la persona se sienta comprendida. Entre las medidas prácticas, la primera será retirar del alcance de la persona todos los elementos que puedan suponer un riesgo. Después, si es posible, no dejes sola a la otra persona, ni proyectes una situación de excesivo control. 

FACTORES PROTECTORES

Así como existen factores de riesgo que pueden predisponer a las personas al suicidio, también hay elementos que funcionan como herramientas fortalecedoras y tienen la capacidad de proteger a los individuos. La habilidad de resolución de conflictos o problemas, la confianza en uno mismo, y la habilidad para las relaciones sociales e interpersonales son algunos de los factores protectores a nivel individual. A nivel social, es fundamental un apoyo familiar y comunitario fuerte y de calidad, la integración social, y los valores positivos.

Hay que hablar del suicidio porque es un problema muy importante. Hablando hemos conseguido reducir muertes evitables como las de tráfico.

La conducta suicida es tabú, al igual que lo es su trágico desenlace. También es real, y los datos lo avalan. Durante el 2020, casi cuatro mil personas se quitaron la vida en España. Por ello, silenciarlo y no llevarlo a la palestra es un error para los profesionales de la salud: «Hay que hablar del suicidio porque es un problema muy importante. Hablando hemos conseguido reducir muertes evitables como las de tráfico. Es necesario que se definan estrategias, y una de ellas son los factores de prevención para que cuando una persona te explique que tiene ideas de suicido, no se cambie de tema en la conversación», señala Víctor Pérez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica.

Se suelen denominar como «supervivientes del suicidio» a los familiares y amigos que quedan después de que alguien de su entorno fuese protagonista de uno de estos episodios. «Sobre ellos cae el peso del estigma y del tabú, cuando el suicidio es una responsabilidad de todos, no solo de la familia», expresa Cuéllar. La psicóloga recalca que invertir en salud mental ayudará a reducir el riesgo de este tipo de muerte, y que «deberíamos de darle una vuelta para saber qué podemos hacer como sociedad para evitar que esto no suceda». Prevenir nunca fue tan importante.

 

Los pensamientos suicidas en niños

Save the Children ha alertado de que la pandemia ha triplicado el número de trastornos mentales y de conducta entre los menores y un % ha tenido pensamientos suicidas en el 2021, período en el que se han reducido los diagnósticos y los servicios de salud mental infantojuveniles están saturados.

Los trastornos mentales han aumentado del 1 % al 4 % en menores de entre 4 y 14 años y del 2,5 % al 7 % en el caso de los trastornos de conducta, según una encuesta realizada por la ONG a 2.000 padres y madres sobre la salud mental de sus hijos, que compara con los últimos datos oficiales disponibles de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) de 2017.

martes, 31 de enero de 2023

"Veremos cada vez más gimnasios para el cerebro y más gente entrenando el suyo"


MAYTE RIUS     |     La Vanguardia     |     09/01/2023 

Sydney Pinoy aplica el 'neurofeedback' para tratar la ansiedad, la depresión o las migrañas pero también para mejorar el rendimiento cognitivo. 

Sidney Pinoy (París, 1990) se convirtió en impulsor del neurofeedback (retroalimentación neurológica) tras probar los efectos de esta técnica de entrenamiento del cerebro en carne propia y a pesar de que una parte de la comunidad científica cuestiona su idoneidad como tratamiento para trastornos de salud mental.

Un trauma en la cabeza al caer de un caballo le desencadenó problemas de insomnio, depresión y ansiedad y eso le llevó a interesarse por las mejores formas de aliviar esos síntomas. “Mi madre es psicoanalista y comencé a leer sobre el cerebro y a buscar qué  innovaciones había, y me pareció que los planteamientos oscilaban entre la psiquiatría y la psicología tradicionales y el esoterismo, pero que había pocos abordajes basados en neurociencia; y buscando en ese ámbito di con las técnicas de neurofeedback en Estados Unidos; lo probé, constaté mejora en mi sintomatología y decidí estudiarlo, formarme y montar una clínica aquí, en Barcelona, en colaboración con psicólogos, neurólogos y otros profesionales de la salud para poder combinar estas técnicas innovadoras con la psicoterapia convencional y poder ofrecer tratamientos integrales", relata durante una entrevista con La Vanguardia. 

¿Qué es el neurofeedback?

El neurofeedback se creó gracias al uso de la tecnología y es resultado de un trabajo conjunto entre ingenieros y neurocientíficos; se lleva a cabo gracias a un encefalograma que lee la actividad cerebral en vivo y nos permite dar una retroalimentación de esa lectura, explicar a esa persona lo que estamos leyendo en sus ondas cerebrales para que pueda aprender a cambiar ciertos patrones de comportamiento de esa actividad cerebral. 

¿Cómo se aplica?

Hay diferentes escuelas de neurofeedback. Nosotros trabajamos con el electroencefalograma cuantitativo (QEEG) o mapeo cerebral: una lectura de la actividad cerebral de una persona en estado de reposo a través de 19 electrodos, durante cinco minutos con los ojos abiertos y otros cinco minutos con ellos cerrados, y vamos comparando esa actividad con unas bases de datos de patrones cerebrales en personas sin ningún tipo de síntomas que se tomaron en diferentes lugares de Estados Unidos. En esa lectura detectamos cosas que pueden estar fuera de esos patrones y también si hay un cierto patrón de ondas que se corresponde con los síntomas de ansiedad, depresión, obsesiones u otro trastorno diagnosticado en esa persona. 

¿Es un complemento de una intervención psicológica o una terapia independiente? 

Depende de quién lo aplica. En Estados Unidos hay centros que hacen sólo neurofeedback. Nosotros, el 80%-90% de las veces lo aplicamos conjuntamente con psicoterapia, porque a través del mapeo cerebral vas sacando muchas emociones que se han reprimido y por eso muchas personas en las primeras sesiones se sienten peor y va bien acompañarlo de psicoterapia. Pero depende del trastorno; si una persona recurre a ello para tratar una epilepsia no necesita psicoterapia.  

“Hay patrones de ondas cerebrales que se corresponden con los síntomas de ansiedad, depresión…”

¿Para qué se utiliza? 

Muchísimo para tratar la ansiedad. Pero también para el TDA, el TDAH, depresiones, obsesiones, recuperaciones de ictus, epilepsia, demencias, migrañas, trastornos de personalidad, trastornos alimenticios… Es un muy buen complemento para cualquier tipo de psicoterapia. 

¿Cómo actúa en el caso de la ansiedad? 

El problema no es sentir puntualmente ansiedad o estrés; el problema es cuando se vuelve crónico y la persona lo siente sin un desencadenante exterior, porque entonces significa que nuestro cerebro guardó automatismos del estrés para funcionar normalmente y ha de desaprender eso. Con el electroencefalograma vamos a ver que la persona con ansiedad tiene muchas frecuencias altas en la parte central del cerebro, ondas de más amplitud que las de las bases de datos, y se trata entonces de entrenar a la persona para que baje esa actividad cerebral. 

“Aprendemos a cambiar la actividad cerebral mediante condicionamiento operante”

¿Y cómo se entrena? 

Ponemos un electrodo que lee la actividad cerebral y cada vez que observamos que la persona la está bajando en la zona que queremos emitimos un ruido para notificar que lo está haciendo correctamente. Eso activa los circuitos de recompensa y hace que quiera repetirlo. Es el condicionamiento operante, y hay diversas formas de hacerlo, porque las recompensas pueden ser sonidos, ver películas, videojuegos... 

¿Y para tratar las migrañas es igual? 

Sí, aunque también hay otra técnica, llamada ISF, que utiliza ondas muy bajas y funciona bien en migrañas, a menudo debidas a desequilibrio del sistema nervioso. Esta técnica identifica la onda óptima que tiene cada persona, el equilibrio perfecto entre su sistema simpático y parasimpático. Consiste en hacer que la persona active más un sistema u otro y, en función de los síntomas que observamos en cada caso, vemos si hemos de bajar o subir la onda para encontrar su frecuencia óptima. 

¿Este tipo de entrenamiento cerebral es una intervención puntual o un tratamiento que se ha de mantener en el tiempo? 

Lo que se aprende, aprendido está. No obstante, nosotros recomendamos dos sesiones semanales hasta completar unas 40, aunque depende de cada persona y del reaprendizaje que necesite. Yo ya llevo más de 120 sesiones sobre mí mismo, porque cuando vivo algún cambio de ciclo vital o una crisis recurro a ello, como cuando sentí estrés y ansiedad debido al covid. 

¿Cuánto tiene esta terapia de moda y cuánto de avance científico, porque algunos neurólogos y psiquiatras han expresado serias dudas sobre el 'neurofeedback' como tratamiento para trastornos de salud mental? 

Estoy seguro que esta técnica se dará como tratamiento en las consultas de la Seguridad Social, es una cuestión de tiempo. El neurofeedback existe desde los años 60; se empezó con animales, en concreto con gatos que tenían crisis de epilepsia, Y a partir de ahí se probó en humanos, sobre una población con TDA, y luego con personas con ansiedad, con depresión y otros trastornos. Y es una técnica que va avanzando y que cada año es objeto de más publicaciones científicas serias. Por otra parte, la retroalimentación es algo que practicamos cada vez más sin darnos cuenta. El móvil nos cuenta los pasos y eso es una retroalimentación. Y como cada vez vamos a estar más conectados, cada vez más esa tecnología nos va a ayudar a tener información de procesos inconscientes de nuestro cuerpo.

¿Cómo qué? 

Como los latidos del corazón, por ejemplo. Ya hay personas que llevan relojes inteligentes que miden esos latidos y si detectan algún problema avisan directamente a un servicio de emergencia. 

Pero el hecho de que hablemos de medir y condicionar la actividad del cerebro ¿no suscita recelos? 

Sony ya intentó incluir en su consola PlayStation tecnología de neurofeedback para que la gente, al mismo tiempo que jugara, interactuase con su cerebro, aunque no lo logró y no veo que sea una opción muy realista. Lo que sí veo es que, igual que las personas van ahora al gimnasio para cuidar el cuerpo, habrá cada vez más gimnasios para el cerebro y más gente preocupándose de entrenar el suyo, ya sea para alcanzar ciertos procesos cognitivos en su trabajo o porque han dejado de trabajar y quieren cuidar su actividad neurológica. 

¿En qué mejora el neurofeedback el entrenamiento cerebral respecto a aprender un idioma o hacer crucigramas? 

La diferencia es que hay protocolos de neurofeedback de mantenimiento, solo para que el cerebro trabaje, pero también los hay para tratar desde un punto de vista clínico, con  protocolos en función del síntoma de cada persona que hacen trabajar aquella parte que más se necesita, la asimetría de los hemisferios, la conexión entre las distintas partes o fases del cerebro… 

Cualquier intervención sobre el cerebro preocupa desde el punto de vista ético... 

Es importante que el terapeuta que lo haga tenga una buena formación, y hay una sociedad internacional que lo regula. Pero esto no es una magia ni conectamos a la gente a un aparato para cambiar su cerebro y que no tenga más depresión o ansiedad. Es algo que nos ayuda a regularnos y que exige la implicación de la persona. Por eso es importante hacer psicoterapia al mismo tiempo. 

Más allá de tratar trastornos de salud mental, ¿hay quien recurre a este entrenamiento cerebral para aumentar su rendimiento? 

Sí, lo están haciendo los equipos de fútbol, por ejemplo. Entrenamos a los deportistas a situarse en lo que denominamos estado flow, muy concentrados y a la vez muy relajados, que se corresponde con una actividad cerebral de ondas alfa rápida. También hemos trabajado con golfistas y ajedrecistas, porque hay una parte muy mental en el deporte. Y sé que hay tenistas y golfistas que trabajan la retroalimentación de su cerebro en el propio campo de juego. Y también recurren a ello empresarios, jugadores de póker y gente con mucho estrés. 

¿Cómo se logra? 

Si la máquina te mide cuando estás en estado flow y te avisa con un sonido u otro tipo de recompensa no solo va a hacer que aprendas a identificar ese estado, sino que tu cerebro va a intentar cambiar su estado para volver a alcanzar esas recompensas. 

¿Hay edades en que funciona mejor o peor?

No diría que hay una edad en que funciona mejor o peor, pero sí que antes de los 40 años es más fácil para el cerebro reaprender. Y también hemos detectado que a la gente medicada, en especial a quienes toman ansiolíticos, les resulta más complicado. Nos hemos dado cuenta que en quienes toman benzodiacepinas los circuitos de aprendizaje están alterados y les cuesta más reeducar su cerebro. Por eso en nuestra clínica contamos con psiquiatras que ayudan a desintoxicar a quienes han convertido la medicación con benzodiacepinas en una muleta para seguir con sus vidas. 

¿Qué es lo que detectan en el cerebro de quienes toman ansiolíticos? 

Observamos que es más complicado para su cerebro reaccionar y aprender, y que sus ondas cerebrales tienen patrones diferentes, con muchas frecuencias muy altas y muchas más ondas beta, que son las que están relacionadas con un estado de alerta. 

¿Y han notado alteraciones cerebrales derivadas de la pandemia? 

Sí. Cuando hacemos el mapeo del cerebro medimos lo que llamamos el pico de alfa, la frecuencia de las ondas en ese estado en el que estás despierto pero no activo, y que normalmente debe estar entre 10 y 10,5. Si una persona tiene ese pico de alfa  más elevado es porque sus ondas cerebrales han estado tanto tiempo alteradas que el cerebro ha aprendido a estar en frecuencias de alerta constante. Y cuando eso se mantiene en el tiempo, como mecanismo de defensa, el pico de alfa pasa entonces a estar muy bajo, lo que conlleva problemas cognitivos. Es decir, que si el entorno es muy hostil, el cerebro se defiende bajando su pico de ondas alfa, los niveles cognitivos de la persona son más bajos y le cuesta más aprender. Y tras la pandemia hemos visto mucha más gente con picos de alfa más bajos, y aunque hay protocolos para recuperarlos, cuesta más, exige más sesiones y son personas que también sufren más.

lunes, 30 de enero de 2023

Catálogo de los sentimientos que debemos conocer

 Dr. Enrique Rojas         |      Blogs alimente.elconfidencial.com     |     04/04/2021

Los sentimientos son la forma habitual de vivir la afectividad. Son su cauce más frecuente. Y su definición voy a dejarla así: son estados subjetivosdifusos, que tienen una tonalidad grata o molesta desencadenada por estímulos externos o internos. Voy a explicarlo de forma descriptiva.

Por estado subjetivo debemos entender que la experiencia es interior y que, en consecuencia, es uno    mismo el que la percibe desde su intimidad, el territorio donde desfilan todas las vivencias que cada uno percibe de forma singular.

Difuso quiere decir que aquello que percibimos tiene un cierto fondo etéreo, desdibujado, impreciso, poco nítido, de perfiles borrosos. Una persona que está llena de alegría por algo bueno que le ha sucedido a menudo dice que no encuentra palabras para expresar lo que siente.

La tonalidad es grata o molesta, positiva o negativa. Lo que nos dice es que no existen sentimientos neutros en sentido estricto. Pensemos en el aburrimiento, que está muy cerca de la melancolía, o en la indiferencia, que está próxima al rechazo. Un paisaje me gusta o me desagrada. Una persona que conozco me cae bien o mal, me gusta estar con ella o prefiero no verla. Todos forman pares antinómicos: alegría-tristeza, placer-displacer, excitación-tranquilidad, tensión-relajación, aproximación-rechazo.

Su origen es complejo, pero puede resumirse en que son desencadenados por impulsos o incitaciones que vienen de fuera a dentro. Desde el exterior, la gama de cosas que pueden producirlos es el cuento de nunca acabar (pueden ser estímulos físicos, psicológicos, sociales, culturales y espirituales, y cada uno de ellos tiene una enorme riqueza y a la vez están interconectados con los otros). Pensemos en el enamoramiento: uno se detiene en alguien que descubre como valioso, entonces se ponen en marcha una serie de factores que tienen que ver con la presencia externa de esa persona a la que vemos, escuchamos, contemplamos y nos sumergimos en ella. Todo viene inicialmente desde el exterior. Por el contrario, la otra posibilidad viene de dentro; uno se pone triste pensando en hechos pasados o futuros; se torna preocupado dándole vueltas a la cabeza a un problema personal al que no es fácil encontrar una solución adecuada. Otras veces los hechos pueden ser mixtos, que se den a la vez factores de ambas procedencias.

La depresión

Es la enfermedad de la tristeza: en ella se alojan la apatía, la falta de ilusión, la melancolía, la pena, los sentimientos de culpa en relación con el pasado, el hundimiento psicológico. La ansiedad es la enfermedad de las emociones negativas: miedos anticipatorios, temores diversos, inquietud, desasosiego, verse uno envuelto en malos presagios. El trastorno obsesivo es la enfermedad de las manías comprobatorias y de las dudas mentales: estos pacientes se ven atrapados en conductas tontas que no pueden cortar (lavarse las manos muchas veces al día, comprobar luces, puertas y llaves, pensamientos intrusos que invaden).

El catálogo de los sentimientos sirve para clasificarlos, ordenarlos, sistematizarlos, tener claras sus procedencias y sus efectos. Y voy a trazar un listado de ellos, una pincelada que los estructure en pares opuestos: pasajeros y permanentes, superficiales y profundos, simples y complejos, motivados e inmotivados, positivos y negativos, noéticos y patéticos, activos y pasivos, impulsivos y reflexivos, orientativos y cognitivos, fásicos y arrítmicos, con predominio del pasado, del presente y del futuro. 

Conocer cómo funcionan nuestros sentimientos es un modo muy acertado de conocernos mejor a nosotros mismos y saber explorar lo que nos sucede, sus oscilaciones, vaivenes y momentos sorprendentes. La inteligencia debe pilotar a los sentimientos, enseñarles el mejor camino. Y eso no es fácil porque la vida misma hace que nos apasionemos por algo y perdamos la perspectiva. Hay como una travesía entre el factor desencadenante, que es lo que los pone en marcha, aquello que actúa de entrada y que es lo primero que tenemos que reconocer. Después viene el siguiente paso, que es el cambio afectivo y que puede ser de tres estirpes (sentimiento, emoción y pasión) y más tarde llega la manifestación externa, que es la conducta. Son componentes sucesivos: factor desencadenante – cambio afectivo – conducta.

Estados afectivos

Las emociones son estados afectivos que se presentan de forma más aguda y súbita, son más fugaces y tienen un correlato somático: taquicardia, sudoración, pellizco gástrico, dificultad respiratoria, opresión precordial, sequedad de boca, temblores en las extremidades superiores…Un malestar recorre el cuerpo de forma rápida e imprecisa que produce una inquietud que tiene muchos matices. 

Los ejemplos pueden ser positivos y negativos, y van desde una gran noticia esperada largamente y que de pronto se hace realidad, pasando por un estado de ansiedad de gran intensidad o una reacción de descontrol psicológico. Hay un ejemplo clínico del que hoy se habla mucho: la crisis de pánico, que es un episodio recortado en el tiempo y que aparece de pronto como una tormenta de síntomas físicos acompañados de tres temores espectrales cuyo formato es: temor a la muerte, temor a la locura y miedo a perder el control. Los tres forman una trilogía de anticipaciones llenas de adversidad en donde la incertidumbre crea un malestar difícil de relatar. Las emociones modifican fuertemente la conducta.

Las pasiones

Y la tercera vivencia afectiva que quiero destacar son las pasiones, que constituyen el estatuto intenso, devorador y vehemente de la afectividad y que hacen que la inteligencia se vaya a un tercer o cuarto plano. Son más intensas que las emociones y hacen que los instrumentos de la inteligencia se disuelvan. En la pasión salen las tendencias más primarias, nos arrastran con su oleaje, perdemos la capacidad de argumentar y el pensamiento deja de ser lúcido y deforma la percepción de la realidad. Son más frecuentes en la juventud. Ser capaz de gobernar las pasiones es oficio y significa moderación al valorar las cosas que nos suceden y visión larga de los hechos personales. No es lo mismo un revés de fortuna económico, un fracaso profesional por no haber sido ayudado por los que deberían hacerlo o una infidelidad conyugal sangrante e inesperada. Todo eso está lleno de matices.