lunes, 18 de agosto de 2025

"Al principio lo usaba por si mis hijas o mis padres necesitaban algo, me daba seguridad, pero ahora, cuando suena el WatsApp, no puedo evitar mirarlo": enganchados al móvil en la madurez

CARMEN LANCHARES    |     lavanguardia.com     |      07/08/2025

 

-         Factores como la jubilación, la viudedad, la falta de actividades significativas, la pérdida de movilidad o incluso una depresión latente, pueden propiciar la dependencia al móvil

-         Los expertos advierten que el uso intensivo del 'smartphone' puede ser una respuesta emocional a la soledad o la falta de estímulos

 No solo los adolescentes o los ejecutivos hiperconectados viven pegados al móvil. Cada vez más séniors reconocen que no pueden pasar sin su teléfono. La imagen del jubilado ajeno al mundo digital ha quedado obsoleta. Hoy, millones de personas mayores tienen un smartphone y lo usan con asiduidad e intensidad. Según el V Barómetro del Consumidor Sénior, elaborado por el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación MAPFRE, la presencia en internet de los séniors se ha incrementado del 57% en 2020 al 75% en 2024. 

En esta quinta edición, realizada en noviembre del pasado año, se han analizado los hábitos de más de 16 millones de españoles mayores de 55 años, de los cuales el 40% superaba los 70 años. Y los datos hablan: el 97% (casi 12 millones) utiliza Google, la mayoría en el móvil. Facebook se mantiene como su red social favorita (la emplea el 89%), seguida de Instagram (casi un 70%). Más allá de las redes sociales, alrededor de un 90% de los mayores de entre 60 y 69 años realizan habitualmente gestiones bancarias online y en torno a un 80% compra por internet. Pero esta creciente conectividad también les está llevando a una mayor dependencia de sus dispositivos digitales. 

“Nunca pensé que un móvil pudiera ocupar tanto tiempo en mi vida”, admite Isabel G., de 64 años, separada y a punto de jubilarse. “Al principio lo usaba por si mis hijas o mis padres necesitaban algo. Me daba seguridad. Pero ahora, en cuanto suena el WhatsApp, no puedo evitar mirarlo en el momento. Además, lo chequeo compulsivamente”. Sin apenas darse cuenta, el móvil se ha convertido en su compañero inseparable y le ha cambiado algunas de sus rutinas. “Curioseo por Facebook mientras veo la tele o antes de dormir. También me entretengo con vídeos, desde trucos domésticos hasta todo tipo de ‘bobadas’. Los memes me sirven de evasión. En el autobús, ya no miro por la ventana, sino la pantalla, y más de una vez me he pasado de parada”.

Escenas así ya no sorprenden a los expertos. La dependencia del móvil ha llegado a los mayores. WhatsApp, Facebook y juegos como Candy Crush absorben parte de la vida cotidiana de muchos. Lo que comenzó como una herramienta para mantenerse en contacto con la familia, ha evolucionado hacia otra forma de pasar el tiempo, llenar vacíos emocionales o rutinas solitarias. No siempre es adicción, pero el apego digital crece

¿Adicción o trastorno desadaptativo?

El fenómeno no es homogéneo. No todos los mayores usan el móvil igual. La psicóloga Leticia Pérez del Tío, especialista en psicogerontología y neuropsicología, y directora gerente del centro Iubilate, distingue tres perfiles, según la edad, que ilustran esta diversidad. Por un lado, están los pioneros digitales, entre los 60 y 69 años, “verdaderos exploradores tecnológicos que no solo usan WhatsApp, sino que descubren nuevas aplicaciones, comparten conocimientos y demuestran que el aprendizaje es continuo”. 

Por otra parte, se encuentra el grupo entre los 70 y 79, que usa el móvil con intención y criterio: “eligen cuidadosamente qué tecnologías utilizar. Suelen centrarse en lo que les aporta valor: videollamadas con el entorno cercano, grupos de WhatsApp, o consultar noticias de su interés”. Y por último, se refiere a los valientes tardíos (mayores de 80 años); son pocos pero cada videollamada que hacen “es un testimonio de valor y adaptación. Demuestran cada día que el aprendizaje no tiene edad”. Dicho esto, aclara que “la verdadera adicción al móvil es relativamente poco frecuente entre los mayores. Suele darse más un uso desadaptativo, surgido como respuesta a necesidades no cubiertas”. Dos conceptos que a menudo se confunden y conviene distinguir.

La adicción, explica la psicóloga, implica pérdida de control sobre el uso, síndrome de abstinencia (ansiedad intensa cuando no está disponible), destinar cada vez más tiempo para obtener la misma satisfacción o el abandono de actividades por usar el dispositivo. A ello, añade Rosa Mª Molina, psiquiatra del Hospital Universitario Clínico San Carlos (Madrid), se suman síntomas como dificultades para dormir, irritabilidad si se les interrumpe el uso o desinterés por otras formas de entretenimiento. 

No obstante, asegura Pérez del Tío, el uso desadaptativo es mucho más común. Se caracteriza por una utilización excesiva en determinados momentos (por ejemplo, noches de insomnio), y cumple una función de alivio porque ayuda a compensar vacíos emocionales o a combatir la inactividad. No responde tanto a una compulsión real, sino a la falta de otras alternativas o a la necesidad de adaptarse a circunstancias vitales como la soledad o la movilidad reducida. En estos casos, el móvil no llega a dominar la vida del usuario, pero sí ejerce de refugio cotidiano en momentos de aburrimiento o desconexión emocional.

 “La diferencia clave es que la adicción implica una pérdida de libertad de elección, mientras que el uso desadaptativo mantiene la capacidad de modificar el comportamiento cuando se ofrecen alternativas atractivas o se comprenden las consecuencias”, explica la psicóloga. Y esta distinción es importante porque el abordaje es distinto. En el uso desadaptativo, el pronóstico es más optimista, menos patologizante y reconoce la capacidad de la persona para tomar decisiones y recuperar el equilibrio.

Según la doctora Marisol Roncero, psiquiatra del Centro de Adicciones Comportamentales (AdCom) del Hospital Gregorio Marañón, la adicción al contenido del móvil de los séniors es muy parecida a la de un adulto joven: muchas horas conectados y un aislamiento social importante. La diferencia reside en que en los jóvenes dicho aislamiento suele ser consecuencia de la adicción, y en los mayores muchas veces es la causa. Aunque no hay mucha investigación sobre la adicción al móvil en adultos mayores, la doctora Molina refiere un estudio surcoreano de 2021 que encontró que el 14 % de los mayores de 50 años estaba en riesgo potencial de dependencia, y un 3,5 % en riesgo alto. Estas cifras habían aumentado casi un 50 % desde 2016, sobre todo en personas de entre 50 y 60 años

Cuando el móvil llena vacíos

Detrás del uso intensivo del móvil, hay realidades vitales. “Los adultos mayores buscan pertenencia, propósito, competencia, autonomía y conexión. Y la tecnología puede satisfacer muchas de estas necesidades”, comenta la directora de Iubilate. Según las expertas, factores como la jubilación, la viudedad, la falta de actividades significativas, la pérdida de movilidad o incluso una depresión latente, pueden propiciar esa dependencia. En estos casos, la pantalla se convierte en una ventana al mundo.

Independientemente de su valor práctico, el smartphone cumple con una función emocional que suele pasar desapercibida. “Actúa como válvula de escape que cubre carencias de la vida cotidiana: compañía y conexión, reconocimiento que muchas veces no se muestra en el cara a cara, distracción del aburrimiento, curiosidad por la vida ajena que se usa como referentes de 'lo que se espera de la vida que debería llevar', sentimiento de utilidad o pertenencia”, señala la doctora Rosa Mª Molina. “Se sienten partícipes de la vida social cuando comentan, comparten o dan un like”.

De ahí el éxito de WhatsApp y Facebook entre este grupo. “Satisfacen necesidades reales: conexión, información, entretenimiento. Además, crean rutinas positivas, como el 'buenos días' en el grupo familiar”, corrobora Leticia Pérez del Tío. Facebook es la red con mayor aceptación entre los mayores de 60 años, probablemente porque fue su puerta de entrada al mundo de las redes sociales. “Es una herramienta intuitiva, accesible y fácil de manejar. Permite ver fotos, seguir eventos y sentirse conectados sin requerir muchas habilidades digitales”, explica Rosa Mª Molina. Para la doctora Roncero, más que crear dependencia, esta red social ha beneficiado mucho a los mayores, ya que les permite estar conectados con comunidades que les interesan, y mantener lazos de amistad y familiares. 

Y si hablamos de gaming, los mayores tampoco son ajenos. Candy Crush es el juego de referencia entre los mayores de 65 años, según GfK DAM, medidor oficial del consumo digital en España. El informe, publicado por NIQ (firma global de investigación de mercados) en agosto de 2023, revelaba que más de 258.000 personas de este grupo de edad lo juegan a diario y son, además, las que más tiempo le dedican: una media de 16 horas y 38 minutos mensuales.

Ana M. 62 años, sería un caso típico. Lleva años jugando a diario a Candy Crush. Ya ha pasado el nivel 12.000 y superar cada obstáculo la tiene enganchada. No es anecdótico: el diseño del juego se actualiza constantemente, añadiendo más niveles para mantener el desafío y estímulos inmediatos que aportan sensación de dominio o la ilusión de estar a punto de ganar. Ese es el quid. Un estudio chino, publicado en ScienceDirect (2016) reveló que el 7,3% de los jugadores frecuentes de Candy Crush mostraban signos de adicción, sobre todo en casos de soledad, aburrimiento y bajo autocontrol. La accesibilidad y portabilidad del juego refuerzan ese apego.

No obstante, “bien usados, juegos como Candy Crush pueden facilitar tareas como concentración y atención”, señala la doctora Roncero. El problema, advierte esta psiquiatra, surge cuando hay vulnerabilidad emocional y se descuidan rutinas saludables. “Proporcionan una distracción inmediata y recompensas simples que refuerzan la conducta, lo que puede generar hábito o dependencia”, concluye Molina

Lo que la adicción esconde

Estas tecnologías, por sí solas, no perjudican, pero cuando se da un uso excesivo puede haber detrás un trastorno de fondo que conviene abordar. En este sentido, Leticia Pérez del Tío, avisa sobre algunas señales que pueden alertar de un uso problemático del móvil: cambios en las rutinas, molestias físicas como dolor cervical o alteraciones del sueño, pérdida de interés por otras actividades o comentarios recurrentes del entorno del tipo “siempre estás con el teléfono”. Estas conductas pueden derivar en sedentarismo, problemas posturales, ansiedad por estar siempre disponible o incluso aislamiento. Además, añade Rosa Mª Molina, “el uso pasivo y prolongado puede incluso reducir la estimulación cognitiva y acelerar el deterioro en personas vulnerables”.

Sin embargo, en términos generales, las expertas coinciden en que la tecnología bien usada puede tener incluso un papel ‘protector’. Frente al mito de la “demencia digital”, Pérez del Tío cita un estudio publicado en Nature Human Behaviour que muestra lo contrario: un uso habitual se asocia a un 58% menos de riesgo de deterioro cognitivo. “Es lo que llaman reserva tecnológica: el cerebro no se atrofia con la tecnología, sino que se fortalece al realizar actividades mentales complejas”. Además, Marisol Roncero destaca que algunas apps con inteligencia artificial pueden servir de apoyo y mejorar la calidad de vida.

Eso sí, cuando se detecten señales de alerta, recomiendan actuar, y hacerlo con empatía. Por ejemplo: “validar lo positivo (‘me alegra que sepas usar tan bien el WhatsApp’), expresar necesidades (‘echo de menos nuestras charlas sin interrupciones’) y proponer, no imponer (‘¿qué te parece si establecemos momentos sin móvil?’)”, sugiere la psicóloga. En la misma línea, Molina aconseja evitar la crítica constante y expresiones del tipo ‘lo que tienes que hacer…’ y fomentar el uso de apps útiles, como las de memoria o ejercicio.

No se trata de eliminar el móvil, sino de hacer un uso consciente y saludable mediante la autobservación (llevar un registro de tiempo y tipo de uso), el establecimiento de rutinas (horarios para revisar mensajes) y la creación de momentos o zonas sin tecnologías. Pero si el problema persiste o se agrava, conviene buscar apoyo profesional. Muchos casos mejoran “con intervenciones sencillas basadas en comprensión, apoyo y alternativas atractivas”, asegura Leticia Pérez del Tío, quien defiende un enfoque terapéutico basado en estrategias prácticas y realistas y no patologizar.

sábado, 16 de agosto de 2025

Norberto Abdala, médico psiquiatra: "Muchas personas experimentan ansiedad al día siguiente de beber alcohol, lo que se conoce como hangxiety (ansiedad de resaxca)"

NORBERTO ABDALA   |    (Clarin) lavanguardia.com     |     07/08/2025

 

Las personas con ansiedad recurren al alcohol para aliviar sus síntomas, pero esto crea un círculo vicioso 

El consumo de drogas y alcohol en contextos ceremoniales y festivos es una práctica ancestral presente en prácticamente todas las culturas humanas. A lo largo de la historia, estas sustancias han sido utilizadas con diversos propósitos, desde la conexión espiritual y la celebración de la vida hasta la consolidación de lazos sociales o como escape de la realidad cotidiana.

La relación entre la ingesta de alcohol y la ansiedad es un tema complejo que hace años ha captado la atención de investigadores y profesionales de la salud mental.

Implica considerar distintas facetas: desde una perspectiva clínica y tradicional hasta la interacción con las dinámicas sociales, estados emocionales o la química cerebral.

El alcohol actúa como un “facilitador social”, lo que induce a muchas personas a consumirlo para relajarse, socializar y manejar la tensión nerviosa y, más aún, en quienes padecen de timidez o fobia social.

Esto ocurre porque el alcohol potencia la acción del GABA (ácido gamma-aminobutírico), un neurotransmisor que inhibe la actividad cerebral y produce una sensación de calma. Al mismo tiempo, reduce la actividad del glutamato, un neurotransmisor excitador, lo que contribuye aún más a la sensación de relajación.

Sin embargo, este efecto es temporal. A medida que el alcohol se metaboliza y desaparece del organismo, aumenta la producción de glutamato, lo que se traduce en ansiedad, inquietud, nerviosismo, irritabilidad o agresividad, lo cual induce a seguir bebiendo.

Alcohol y ansiedad

Muchas personas experimentan ansiedad al día siguiente de beber alcohol, lo que se conoce como hangxiety (ansiedad de resaca), que ocurre por varias razones:

1.      Al desaparecer el alcohol del cuerpo, persisten los niveles elevados de glutamato, lo que genera síntomas de ansiedad.

2.      Por deshidratación y alteraciones electrolíticas metabólicas, ya que el alcohol es un diurético, afectando el equilibrio neuroquímico del cerebro y ocasionando palpitaciones, mareos y sensación de inquietud.

3.      También por disminuir los niveles de azúcar en sangre, con síntomas como debilidad, temblores y sudoración, lo cual genera ansiedad o miedos en personas predispuestas a padecerlos.

4.      Por alterar el sueño nocturno, ya que aunque puede inducir sueño rápidamente, también interfiere con la fase REM y la calidad del descanso lo cual contribuye al malhumor, irritabilidad y ansiedad del día siguiente.

Por lo tanto, las personas con ansiedad recurren al alcohol para aliviar sus síntomas, pero esto crea un círculo vicioso. Aunque al principio el alcohol parece ayudar a calmar la ansiedad, su efecto rebote la empeora.

Con el tiempo, la persona puede volverse dependiente del alcohol para sentirse bien, lo que genera una adicción y agrava aún más su problema de ansiedad. Varias investigaciones han demostrado que las personas con trastornos previos de ansiedad tienen un mayor riesgo de desarrollar dependencia al alcohol y que, a su vez, el alcoholismo puede aumentar los síntomas de ansiedad.

martes, 12 de agosto de 2025

José Luis Marín, psiquiatra: "Tu insomnio comienza con el desayuno, come mejor a primera hora y notarás los cambios a corto plazo"

MARC MESTRES         |     lavanguardia.com     |     07/07/2025

¿Tienes problemas de insomnio y crees que la solución está solo en una infusión nocturna o en desconectar el móvil una hora antes de dormir? El doctor José Luis Marín López, psiquiatra y psicoterapeuta con más de 40 años de experiencia, afirma que el problema puede estar en algo mucho más temprano: el desayuno.

Durante una intervención en el podcast de Nude Project, el experto, que también es presidente del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia, desvela un enfoque poco habitual pero sorprendentemente lógico: “El no dormir por la noche comienza con el desayuno”.

Todo empieza con cómo te levantas

Según Marín, el origen del insomnio no está al final del día, sino al comienzo. Desde el momento en que suena el despertador, el cuerpo empieza a prepararse para su ritmo circadiano, y cualquier alteración en ese proceso —como una exposición insuficiente a la luz natural o una rutina mañanera sedentaria— puede afectar directamente a la calidad del sueño.

“Eso ha comenzado con la hora de levantarte, cómo te has levantado, qué tipo de despertador pones, si te da la luz o no te da la luz”, afirma el psiquiatra.

La luz solar, el movimiento y una alimentación adecuada en las primeras horas del día actúan como señales internas para el cuerpo, marcando su reloj biológico. Saltarse estos elementos puede alterar todo el ciclo de sueño y vigilia.

Camina más y desayuna mejor. Una de las recomendaciones más directas del Dr. Marín es tan sencilla como eficaz: “Camina más, camina el doble de lo que caminas”. El sedentarismo no solo afecta al bienestar físico, sino que también impide que el cuerpo genere el cansancio saludable necesario para dormir bien por la noche.

Pero el otro gran protagonista es el desayuno. Comer bien a primera hora, con alimentos ricos en proteínas, grasas saludables y evitando picos de azúcar, puede marcar una gran diferencia en cómo nos sentimos por la noche.

“Desayuna mejor. Y los cambios se notan además a corto plazo. Haz la prueba. Levántate 15 minutos antes mañana. Desayuna mejor”. Este pequeño cambio, sumado a una rutina matinal consciente y activa, puede ser el primer paso hacia un descanso más profundo y reparador.

Más luz solar y menos café por la tarde. Además de caminar y desayunar correctamente, Marín recomienda pasar más tiempo al aire libre y exponerse al sol, especialmente por la mañana. Esto ayuda a regular la producción de melatonina, la hormona que facilita el sueño.

Y aunque no lo menciona en esta ocasión, otras prácticas que van en línea con su visión holística incluyen reducir el consumo de cafeína por la tarde, evitar pantallas antes de dormir y mantener horarios de sueño constantes.

lunes, 11 de agosto de 2025

Mario Alonso Puig, neurocirujano: "Cuando soltamos juicios y etiquetas, descubrimos que lo que nos une es más profundo que lo que nos separa"

DANIEL CHUECA MIRAS     |     lavanguardia.com     |     27/06/2025   


El doctor de Harvard señalaba los puntos en común de humanidad para mantenernos unidos

Nuestro bienestar es clave para poder afrontar el día a día con relativa normalidad. En una sociedad cada vez más revolucionada en múltiples ámbitos, tanto el cuerpo como la mente deben estar preparados ante los distintos rompecabezas de la jornada. Sin embargo, la mente es un elemento que se tiene poco en cuenta. Tan pronto como nos despistamos, podemos encontrarnos sintiendo dolor, agotamiento, pulsaciones, ansiedad, nervios y muchas más afectaciones.

Sobre esta cuestión, una de las figuras más conocidas por sus declaraciones es Mario Alonso Puig, doctor y fellow en cirugía por la Harvard University Medical School. El madrileño comparte sus conocimientos en entrevistas, conferencias y redes sociales, donde cuenta con millones de seguidores. Una de sus últimas reflexiones se centra en las etiquetas que ponemos a cada persona, y cómo estas pueden llegar a hacer más daño del que parece.

“Ojo con toda aquella persona que lo que busca fundamentalmente es generar división y enfrentamiento. Lo que todos creo que necesitamos hacer es buscar puntos de encuentro, porque tú puedes tener formas muy distintas de ver la realidad. Eres mucho más joven que yo, tienes habilidades que yo no tengo, yo tengo otros conocimientos que a lo mejor tú no los tienes, tú tienes los conocimientos que yo no tengo”, señalaba.

 “Pero tú eres una persona también que quiere ser feliz igual que yo, que quiere sufrir menos, que te importan tus seres queridos, que quieres hacer las cosas bien. Si te salen mal, te salen mal porque salen mal, no porque quieres hacerlas mal. ¿Cómo es posible que nos separe algo que tiene mucho menos peso que lo que nos tendría que unir? Que nos separan nuestros juicios, que nos separan nuestras creencias disfuncionales, nuestras etiquetas”, sentenciaba.

Cambio de situación

Alonso Puig también se pronunciaba recientemente sobre el estrés: “¿Crees que acabar con el estrés de nuestra vida es un objetivo que vale la pena? Yo te digo que no. El estrés es una reacción que se pone en marcha en el cuerpo cuando nuestro cerebro o nuestra mente perciben una amenaza. Nos avisan cuando hay un peligro y también cuando estamos ante una situación novedosa, distinta en lo habitual, y eso hace que activemos nuestros sistemas de atención o incluso de alerta. Sin el estrés no habríamos sobrevivido como especie”.

“El problema no es el estrés en sí, sino cómo lo manejamos los seres humanos. El estrés agudo, el que una persona siente cuando se enfrenta a una amenaza o a un desafío, nos ayuda a reaccionar rápidamente y nos da fuerza y recursos para superar ese obstáculo, esa alarma, ese desafío. Sin embargo, el estrés crónico es como una alarma que nunca deja de sonar y de activar esos mismos mecanismos”, se extendía el experto.

domingo, 10 de agosto de 2025

Daniel Amen, psiquiatra: "La permisividad, ya sea amorosa u hostil, genera los niños menos saludables"

ACyV      |     elconfidencial.com     |     26/07/2025


Aunque los adolescentes o niños puedan resistirse al principio, es vital mantenerse firmes y constantes en las interacciones

 

Criar hijos mentalmente fuertes no solo implica amor incondicional, sino también establecer límites claros. Según Daniel Amen, psiquiatra y autor reconocido, los padres que son “firmes y amorosos” logran criar a niños más sanos que aquellos que caen en el error de ser permisivos. Durante su participación en el DM Podcast Takeaways, Amen profundizó en la importancia de combinar cariño con disciplina para fomentar el respeto mutuo en la familia.

Amen destacó que “la permisividad, ya sea amorosa u hostil, genera los niños menos saludables”. En su opinión, criar hijos implica establecer normas y responsabilidades, como asignar tareas en casa. Pero el problema radica, según él, en la falta de límites claros: "Demasiadas veces, los padres, por culpa, terminan recompensando actitudes irrespetuosas con regalos o privilegios".

El especialista subrayó la necesidad de enseñar a los hijos que el respeto es la base de las relaciones. Propuso un mantra sencillo pero contundente para los padres: “Solo hago cosas buenas por personas que me tratan con respeto”. Para Amen, esta frase no solo es una guía, sino un recordatorio de que fomentar el respeto mutuo fortalece los vínculos familiares y ayuda a los niños a desarrollar un carácter resiliente.

Amen también aconsejó no ceder ante el rechazo de los hijos. Aunque los adolescentes o niños puedan resistirse al principio, es vital mantenerse firmes y constantes en las interacciones. Sin embargo, advirtió sobre el peligro de hacer “cosas buenas” por personas que son “rudas o irrespetuosas”, algo que considera perjudicial para ambas partes.

Con este enfoque, Daniel Amen busca ayudar a los padres a criar hijos más fuertes emocionalmente, capaces de afrontar los desafíos de la vida con madurez y respeto hacia los demás. Un mensaje que, según el experto, puede transformar las dinámicas familiares en espacios más sanos y equilibrados.

sábado, 9 de agosto de 2025

Urbanización y salud mental: por qué necesitamos volver a la naturaleza

Dr. Javier García Campayo      |    elconfidencial.com     |     25/07/2025

Aunque se requieren más estudios, parece recomendable una ‘dosis’ de naturaleza mínima de dos días por semana, dos horas al día
 
Uno de los fenómenos más intensamente asociados al desarrollo económico y a la modernización de las sociedades es la urbanización, la migración de los seres humanos desde el campo a las grandes ciudades y, por tanto, el alejamiento de la naturaleza. En los dos últimos siglos la urbanización se ha disparado: en el año 1900 sólo el 13% de la población vivía en urbes, pasando al 30% en 1950 y alcanzando el 47% en el año 2000. Actualmente, el 55% de la población mundial vive en ciudades y se calcula que alcanzará el 70% en 2050. Ya existen macropoblaciones de 37 millones de habitantes como Tokio o de 29 millones como Nueva Delhi. Y habrá muchas más en el futuro.

 

La principal consecuencia de este fenómeno es el alejamiento de la naturaleza. Nuestros abuelos estaban mucho más identificados con el entorno: percibían claramente el ritmo de las estaciones, muchas veces señaladas por el nombre del santo del día que representaban, como en el caso de San Juan para el solsticio de verano. Se levantaban al alba y se iban a la cama al anochecer, alineados con la luz solar. Conocían los frutos de cada estación y cuándo se plantaban. Comer carne era un lujo reservado para las grandes ocasiones, cuando se sacrificaban los animales en el contexto de fiestas populares, como la matanza del cerdo. Eran ecologistas de forma natural, porque el alimento venía de la tierra y no podían vivir sin ella.

Actualmente, es posible vivir en una ciudad con absoluto desconocimiento de en qué estación del año nos encontramos. Como la ciudad nunca duerme, gracias al alumbrado eléctrico, nuestra actividad se ha desacoplado del ritmo circadiano y eso ha producido que el insomnio constituya el síntoma psicológico más frecuente. Nuestros hijos ignoran de dónde vienen los productos vegetales o animales, y piensan que una lechuga o un pollo surgen ya empaquetados en bandejas de plástico en el propio supermercado. Ya no comemoslas verduras y frutas solo en su temporada, porque pueden traerse en avión desde el hemisferio sur en cualquier momento. En suma, vivimos de espaldas a la naturaleza.

Este hecho no solo está produciendo importantes problemas como la emergencia ecológica, sino que también constituye un problema de salud. Los japoneses fueron los primeros en alertar de este tema y proponer los famosos ‘baños de bosque’. En la actualidad, empieza a haber estudios, cada vez más concluyentes, de que el contacto periódico con la naturaleza previene de múltiples enfermedades. A nivel psicológico, hace décadas que se sabe que la vida en el campo mejora enfermedades como el estrés, y todo su cortejo relacionado como la ansiedad, la depresión o el insomnio. Pero, en los últimos años, este contacto con la naturaleza se relaciona con un mejor funcionamiento de los procesos de neuroinflamación, así como de los sistemas neuroendocrino y autoinmune.

Esto es lo que ha llevado a proponer un modelo de tratamientos que han sido denominados ‘Intervenciones basadas en la naturaleza’. Consistiría en realizar actividades en entornos naturales, desde el simple paseo, hasta prácticas más complejas como ‘mindfulness’ u otras técnicas mente-cuerpo (ej: yoga, taichi o chikung). Aunque se requieren más estudios, parece recomendable una ‘dosis’ de naturaleza mínima de dos días por semana, en los que debe realizarse una actividad durante, al menos, dos horas cada día. No cualquier parque o zona verde urbana es adecuado, ya que la actividad debe llevarse a cabo en entornos naturales de cierto tamaño mínimo y estándares adecuados de calidad del aire y de ausencia de contaminación sonora.

Estas intervenciones sencillas, baratas y eficaces permitirían también llevar salud a las poblaciones más desfavorecidas, ya que las personas con menores ingresos tienen difícil veranear o escapar de sus entornos urbanos insalubres, por lo que no siempre pueden beneficiarse del efecto positivo de la naturaleza.

En los próximos años, vamos a observar cómo los médicos recetaremos naturaleza en entornos urbanos administradas por profesionales sanitarios expertos en ‘Intervenciones basadas en la naturaleza’. Pero, además, en España en general y en Aragón o las Castillas en particular, debemos aprender a explotar un entorno ‘vaciado’ de población, pero extremadamente saludable. Recientemente, la ‘Laponia española’ (partes de TeruelGuadalajara y Cuenca) han recibido la primera distinción en Europa del Quiet Parks International, una asociación mundial que identifica los lugares más silenciosos del planeta. El silencio es uno de los indicadores de alta calidad de un entorno natural, y correlaciona con su efecto salutógeno.

En suma, nos encontramos ante un desafío y una nueva familia de intervenciones médicas no farmacológicassaludables y sostenibles, que deben ser apoyadas desde la universidad, realizando más investigaciones sobre cómo usarlas, y desde los gobiernos, favoreciendo que estén al alcance de todos los ciudadanos.

Salud mental: del ruido a las nueces

Ricardo Fandiño     |      lavozdegalicia.com      |      03/08/2025

En los últimos años, la salud mental se ha instalado en el centro del discurso social. Se habla de ella en medios, campañas institucionales, en las escuelas, en el Parlamento e incluso en la publicidad. Sin embargo, ese reconocimiento simbólico no ha venido acompañado del compromiso institucional que debiera. Nombrar el malestar no basta si las estructuras que deberían acogerlo siguen debilitadas.

Según el Barómetro Sanitario del 2025, el 20,6 % de la población española ha requerido atención sanitaria por problemas de salud mental en el último año. Pero solo un 52 % recibió atención pública; y de ese grupo, un 37,5 % fue atendido exclusivamente por médicos de familia, sin acceso a psicólogos clínicos ni a psiquiatras. El consumo de psicofármacos en España sigue aumentando: uno de cada cinco adultos toma ansiolíticos o antidepresivos de forma regular. En adolescentes, el dato es también preocupante: alrededor del 13,6 % consumen estos fármacos de forma habitual —llegando al 17,6 % en chicas y al 9,7 % en chicos.

En Galicia, un adolescente puede esperar entre tres meses y un año para ser atendido por un profesional en la sanidad pública. Hablamos de una primera consulta, de una escucha que permita poner palabras al malestar y orientar una intervención. Durante ese tiempo puede romperse un vínculo, iniciarse una conducta autolesiva o intensificarse el consumo de psicofármacos. Esperar, en estos casos, es una forma de abandono.

El informe del Consello de Contas es claro: por desigualdad territorial, Ourense y Lugo han multiplicado por tres sus listas de espera. Además alerta del bajo cumplimiento del Plan de Saúde Mental aprobado por la Xunta, con menos contrataciones de las previstas y una ejecución presupuestaria incompleta. La situación, explican, es estructuralmente deficitaria, con una ratio de psicólogos por habitante muy por debajo de lo recomendado. Quienes trabajan dentro del sistema lo viven cada día desde la impotencia.

Pero más allá de los datos está la angustia de los padres por no saber cómo ayudar; el miedo de muchos jóvenes a contar lo que les ocurre; el desgaste de las escuelas que acogen malestares para los que no fueron pensadas y la frustración de profesionales que derivan a servicios saturados. Todo eso también forma parte de las listas de espera.

¿Por qué ha cobrado tanta importancia la salud mental? Quizás porque el malestar ha dejado de ser silencioso. Porque una parte creciente de la población —y muy especialmente los jóvenes— no encuentra sentido, no se siente parte, no consigue un lugar simbólico ni emocional. En una sociedad que prioriza la eficiencia, la exposición constante, el rendimiento y el consumo como promesa de autorrealización, el sufrimiento psíquico aumenta. Y en esa desincronía entre lo exigido y lo posible aparece la desesperanza. Se diluye el horizonte, se borra la posibilidad de imaginar. Cuando no hay relato aparece el síntoma: ansiedad, depresión, autolesiones o conductas adictivas son intentos precarios de sostenerse cuando los vínculos fallan.

Lo más insólito es que las listas de espera ya no son solo un problema del sistema público. En muchas consultas privadas las demoras también alcanzan semanas o meses. La demanda supera la oferta, pero no todo el mundo puede esperar, ni todo el mundo puede pagar. ¿Qué salud mental es posible cuando el derecho a ser atendido depende del dinero o del lugar donde se vive?

Como apuntó el escritor y filósofo británico Mark Fisher, una de las grandes violencias del presente consiste en privatizar el malestar psíquico: convertir el sufrimiento en una cuestión individual desconectada de las condiciones sociales que lo generan. Se patologiza el síntoma, pero no se interroga el sistema. Se recetan calmantes, pero no se transforman los entornos. Así, el dolor se convierte en una carga privada, sostenida a solas por quienes tienen menos recursos para elaborarlo.

Sin duda, necesitamos más psicólogos en el sistema público. Pero también políticas comunitarias, preventivas y cuidadoras que no lleguen tarde. Porque el sufrimiento no espera. Una generación entera no puede seguir pagando con su cuerpo y su mente las facturas de un sistema que no prioriza las políticas de cuidados.

Ricardo Fandiño es doctor y psicólogo clínico. Ejerce como coordinador xeral de ASEIA (Asociación para a Saúde emocional na Infancia e a Adolescencia)