martes, 20 de enero de 2015

Entrenar el cerebro

Salud mental

Ejercitar la mente y ofrecerle cosas nuevas es fundamental para mantener nuestras neuronas en buena forma
La Nueva España  | 08/09/2014

EP / Madrid La novedad es imprescindible a la hora de ejercitar la mente y para que este entrenamiento tenga resultados en la vida real según el experto en neurociencia Álvaro Fernández.
"Quien sólo haga crucigramas, debería probar con otras técnicas, como por ejemplo, recurrir a la meditación o jugar a videojuegos. Debe haber un componente novedoso para que el cross-training cerebral sea exitoso, no se puede hacer siempre el mismo tipo de actividad de manera rutinaria", afirma el experto.
En el encuentro 'Neuroscience meets gaming' que se ha celebrado en Londres y al que han asistido responsables de la BBC, Google, Microsoft, Amazon, Imperial College, City University London, World Economic Forum, Brain Charity, Elsevier, Pearson o McMillan Digital Education, el experto ha defendido que el 'cross-training' cerebral o entrenamiento cruzado es la mejor manera para mejorar la mente ya que éste debe incidir en los circuitos neuronales identificados como relevantes.
Según Fernández, se debe centrarse en la atención ejecutiva, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento o la regulación emocional.
Esta técnica se debe adaptar en función de las necesidades de cada uno, teniendo en cuenta qué es lo que se quiere mejorar, pues el entrenamiento será diferente cuando se trate, por ejemplo, de mejorar la capacidad de conducción o de regular el estrés y las emociones.
Por último, para mejorar la mente, el ejercicio del cerebro debe ser diario. Por ello el experto recomienda una dosis mínima de 15 horas de entrenamiento por función cerebral específica, realizada durante ocho semanas. Además, Fernández afirma que "se requiere práctica continua para obtener beneficios continuos".



El limbo asistencial de los enfermos mentales que se niegan a medicarse.

El incidente del Zoo de Barcelona reabre el debate sobre el límite de la Administración

JESSICA MOUZO QUINTÁNS Barcelona | El País | 15/12/2014                                                                                      
El hombre que la semana pasada se lanzó a los leones del zoo de BarcelonaJusto José M.P. (Jujo), había sido diagnosticado hace un tiempo con un trastorno bipolar, una enfermedad mental grave que afecta al estado de ánimo salteando episodios de depresión y apatía con picos de exaltación y euforia. Él mismo reconocía lo que en su pueblo, Gelida (Alt Penedès), era vox populi: se negaba a tratarse y rechazaba cualquier tipo de ayuda porque, entre otras cosas, no reconocía su enfermedad. En el Ayuntamiento admitieron que, tras rechazar su ayuda, no tenían más “mecanismos ni potestad para decidir sobre él”.
El desamparo en el que cayó Jujo reabre el debate sobre los límites éticos y legales de los actores sanitarios y sociales a la hora de tratar a enfermos mentales que se niegan a medicarse y la eficacia de la red de apoyo que se articula a su alrededor. En juego, la eterna pugna de derechos fundamentales como la autonomía del paciente, frente a criterios clínicos que certifican la necesidad de una intervención forzosa.
El estigma de la enfermedad mental es la clave del rechazo a tratarse
El departamento de Salud calcula que una cuarta parte de la población catalana de más de 18 años presentará un trastorno mental a lo largo de su vida. Pero no todos entrarán dentro del circuito de atención a las personas que padecen algún trastorno psiquiátrico. Los expertos consultados aseguran que muchos enfermos, comoJujo, niegan su dolencia y rechazan medicarse. “El gran problema es que el paciente no tenga conciencia de su enfermedad porque dificultará su adherencia al tratamiento”, explica Cristina Molina, directora del Plan de Salud Mental y Adicciones del Departamento de Salud. El estigma es la clave de esta negativa. “En nuestro contexto, tener un problema de salud mental es horrible porque están muy estigmatizados. No quieren recibir ayuda porque no quieren asumirlo”, apunta Enric Arqués, presidente del Fórum Salut Mental.
Con la dolencia mental sin ser reconocida por el paciente —o incluso sin ni siquiera ser diagnosticada—, los profesionales sanitarios y de asistencia social poco pueden hacer más que convencer al enfermo para que trate su trastorno. Por encima de todo, la legislación prima la libertad de decisión y la autonomía del paciente.
El debate es entre los derechos, como la autonomía, y el criterio clínico
Lo único que regula la normativa vigente es que, en caso de que un enfermo sufra una descompensación importante de su estado de salud donde incluso se tema por su integridad o la de un tercero, el psiquiatra pueda hacer un ingreso involuntario: en cuanto el paciente entre por la puerta de urgencias, el psiquiatra podrá retenerlo en el hospital hasta 24 horas. Transcurrido ese tiempo, el facultativo ha de solicitar una autorización al juez para mantenerlo ingresado, porque es una privación de libertad. “Es fundamental mantener los derechos de la persona, pero la única manera que tenemos para atenderlos y tratarlos es pedirle al juez que le quite esta libertad en perjuicio de su salud”, apunta el presidente de la Sociedad Catalana de Psiquiatria, Jordi Blanch. El alta siempre queda a criterio médico, a no ser que el enfermo haya cometido algún delito: entonces también interviene la autoridad judicial.
La otra alternativa, más radical, es iniciar un proceso de incapacitación para privar a la persona de decidir sobre sí misma. Ha de ser un familiar directo (marido, padres, hijos o hermanos) o el Ministerio Fiscal (una persona ajena al enfermo también puede comunicarlo a la fiscalía) quien solicite la incapacitación del paciente. Con todo, ésta es una medida restrictiva para casos especialmente graves. “El derecho no lo soluciona todo. Antes de esto hay que darles más servicios a los enfermos, ayudarlos en lo que no puedan, pero no privarlos de decidir sobre sí mismos en cuanto se detecta un problema”, apunta la magistrada Silvia Ventura, titular del Juzgado de Primera Instancia número 40 de capacidad y estado civil de Barcelona.
Vuelve a estar sobre la mesa legislar el tratamiento ambulatorio involuntario (TAI)
El sector de salud mental también ha vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad de legislar el tratamiento ambulatorio involuntario (TAI), es decir, administrar medicación de forma forzosa a los pacientes sin ingresarles. Ni siquiera los propios psiquiatras se ponen de acuerdo. Por un lado, los derechos fundamentales del paciente que no tiene obligación de tratarse si no quiere. Por otro, la falta de mecanismos de los facultativos a la hora de atender a estos enfermos. El cómo se articula este TAI también genera discusión. “Yo creo que sí que se tiene que legislar, pero tienen que estar bien claros los casos y preservar los derechos. Por ejemplo, se puede hacer un contrato con el paciente cuando esté bien. Que firme el consentimiento para que podamos medicarlo cuando esté descompensado aunque no quiera; o crear comisiones para que valoren los casos”, opina Blanch.
La jueza Ventura, en cambio, se muestra contraria a esta práctica. “El TAI no está regulado y es una privación de libertad. ¿Quién lo controla? ¿Va a ir un policía a certificar que tomas la medicación?”, cuestiona. La magistrada aboga por tirar de la red de apoyo y asistencia. “También existen las alianzas terapéuticas, llegar a un acuerdo entre el médico y el paciente, pero si el enfermo no te hace caso, tienes que hacerlo reflexionar”, apostilla. El departamento de Salud también está al tanto de falta de acuerdo. “Estamos a la expectativa del debate, nos preocupa cómo se articulará”, señala Molina.
Si la gente no quiere ayuda, habría que ver por qué y revisar las ayudas, dice un experto
Los actores sociales también lo discuten. “No es razonable privar de libertad a una persona como en un Estado franquista. El TAI creemos que no funciona. Si la gente no quiere ayuda, habría que ver por qué y revisar las ayudas. A veces no quieren medicarse por los efectos secundarios, desde engordar hasta disfunción sexual, y esto tiene un influencia muy grande”, agrega Arqués.
Tampoco desde el punto de vista de la bioética queda clara la eficiencia del TAI. “Tiene que ser una situación muy límite y con argumentos de peso para que, desde la bioética, se acepte obligar a alguien a medicarse contra su voluntad”, añade Lidia Buisán, médico e investigadora del Observatorio de Bioética y Derecho de la UB. “Favorecería que estuviese reglado para facilitar el bienestar de la persona y su entorno; pero choca con la autonomía ¿quién conserva las capacitaciones y quién no?”, cuestiona Adam Benages, del grupo de trabajo de salud mental del Colegio de Trabajadores Sociales de Cataluña.
Las visitas a salud mental han aumentado, pero los recursos son los mismos, dicen las entidades
Los expertos coinciden en que, pese a tener una red asistencial bien definida, faltan recursos para implementar el colchón de apoyo a enfermos y familiares. “Tendría que haber un sistema de protección social para evitar que se hagan daño, pero integrados en la sociedad. Si los pacientes están diagnosticados tiene que haber un seguimiento y un apoyo institucional”, apunta Buisán. “Apoyo, recursos de seguimiento y legislación más clara”, continua Blanch.
A pesar de que las visitas a salud mental han aumentado, critican las entidades del sector, los recursos continúan siendo los mismos. “No invertimos suficiente en campañas antiestigma y la red de apoyo social y de acceso al tratamiento no está al nivel que debería estar”, manifiesta Arqués. El Fórum Salut Mental aboga por adaptar y flexibilizar las redes para que también accedan los enfermos con más reticencias. “Tienen poco soporte social. Nuestro gran problema es que no hay servicios: se reducen plazas públicas, las camas de agudos escasean…”, concluye la juez Ventura.
Los expertos insisten en que hay que abordar el problema para evitar otra situación de desamparo como la de Jujo. “No nos podemos permitir que una persona se tire a los leones. Es una desprotección total: hay que encontrar mecanismos para que la gente no se dañe preservando sus derechos”, sentencia Buisán.

martes, 13 de enero de 2015

El paciente en tropel

La acrecentada pasión por los fármacos viene a ser la asíntota del progreso en los países desarrollados

 VICENTE VERDÚMadrid | El País | 28/09/2014
                                                                                        
El acto médico encierra —por sí mismo— un efecto muy perverso desde el punto de vista económico: en este caso la oferta y la demanda se hallan en las mismas manos. El doctor ofrece sus servicios al paciente, pero para ello demanda análisis, tacs, cultivos, radiografías, endoscopias, colonoscopias, etcétera, ofrece salud y la demanda simultáneamente a través de las pruebas. Cuanto más competente pretende ser el médico más tiende a arruinar el sistema sanitario. Cuánto más se empeña en curar más cuestiona el funcionamiento del modelo que sin solución tiende a empeñarse interminablemente.
Pero hay más. Esta perversión sanitaria no acabará por entero en sí misma, sino que llega a empeorar gravemente con el acendrado trabajo de las compañías farmacéuticas que en su vivo propósito por aumentar la clientela resaltan enfermedades nuevas con la colaboración voluntaria o no de las publicaciones y estudios especializados. De este modo, fatalmente, el orden farmacéutico pasa a ser un creador de desorden. Desorden farmacológico en el consumo de la población porque a más número de enfermos, reales o imaginarios, mayores beneficios para la cadena de laboratorios y las farmacias. ¿Cómo no esperar pues que, con el tiempo, la totalidad de la población se convierta en sick victims?
Ciertamente, esta acrecentada pasión viene a ser la asíntota del progreso en los países desarrollados. El crecimiento del gasto en sanidad se enarbola como índice del bienestar social. Pero, efectivamente, la medicina perversa también crea su malestar e incluso su crimen. Lesiona, pervierte y puede empeorar al individuo.
De hecho, casi todos los habitantes occidentales ya nos relacionamos cotidianamente en cuanto enfermos. Enfermos de algo o sospechosos de diagnósticos adversos. El famoso DSM, libro donde se describen todas las enfermedades psiquiátricas conocidas, no deja de aumentar sus páginas en nuevas ediciones.
Se puede estar loco de amor o loco de remate. Pero eso era antes: ahora se es sujeto de tratamiento psiquiátrico casi por cualquier cosa. Se trata con psicótropos el hambre, la gula, el duelo o la tristeza, la pena de un fracaso, la excitación del éxito, el tedio o el temor a la muerte.
Muy significativamente, ha crecido hasta porcentajes superiores al 30% el llamado déficit de atención atribuido a los escolares. ¿Déficit de atención? ¿Hiperactividad? Realmente si estos niños concentraran la atención en un asunto en vez de desparramarla o fueran menos activos no podrían vivir en el mundo disperso y poblado de estimulaciones que existe. Se les llama enfermos pero, en realidad, son actuales.
Sin duda, característico de la época es perseguir ansiosamente la salud a la manera de los mendigos que han de buscarse de una u otra forma, exasperadamente, la supervivencia. La dietética o la gimnasia, el pilates y los balnearios, los vegetales o los minerales, todo forma parte de un envolvente y complejo universo terapéutico. De hecho, pasará por irresponsable aquel que no se está procurando algún remedio apropiado, preventivo o no, para salvarse de las mil patologías que nos acechan.
El mundo, por fin, es radicalmente inmundo, y nosotros sus condenados internos. Todos, pacientes en cuanto seres vivos que denodadamente han de sortear la muerte que bulle incluso entre las flores.
Porque todos los demás, los descuidados o indolentes, van dejando de formar parte de la consciencia moderna. ¿El malestar en la cultura? Esta es la cultura del malestar a todo trance y la gran ocasión para entregarnos concienzudamente a ser cultos cuidándonos. ¿Hasta dónde? Hasta que un accidente fatal, en absoluto previsible, venga a ensañarse con nosotros. Pero entonces, incluso, como sucede con la aparición de un cáncer, nos caerá encima la responsabilidad de luchar sin desmayo contra el Mal para (¿indefinidamente?) salvarnos.



Hay que tratar la adicción en centros médicos, no en la cárcel.

DROGAS

Nora Volkow reivindica tratar la adicción a las drogas como una enfermedad mental
El 70% de los adictos tienen diagnosticado algún tipo de trastorno psiquiátrico

DANIEL MEDIAVILLA | El País | 28/09/2014
  
Como en muchas películas de Hollywood, Nora Volkow vivió un suceso traumático que puede servir para explicar su celo en la lucha contra la adicción a las drogas. Una intoxicación por alcohol en una fiesta mató a una sobrina suya de solo 21 años. No es el único rasgo novelesco de la directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA, de sus siglas en inglés). Nacida en México D.F., creció en la casa donde matarón a León Trotsky. El revolucionario que dirigió el ejército rojo durante la revolución soviética era su bisabuelo.
La semana pasada, Volkow visitó Madrid con motivo del décimo aniversario del único centro de patología dual de la capital española, en la Clínica Nuestra Señora de la Paz. Este centro tiene un objetivo por el que ha luchado la investigadora mexicana desde hace mucho tiempo: tratar la adicción como otra variante de la enfermedad mental. Algunos estudios han mostrado que hasta el 70% de las personas con problemas de adicción tienen diagnosticado algún tipo de trastorno psiquiátrico, pero hasta ahora el abuso de drogas se solía considerar una mala decisión fruto de un defecto del carácter.
“Es importante que cuando hablemos de adicciones hablemos de una enfermedad mental y cerebral y no de un fallo del carácter”, afirma Néstor Szerman, presidente de la Sociedad Española de Patología Dual. Las investigaciones de Volkow han sido importantes para ayudar a comprender mejor los mecanismos cerebrales implicados en la adicción y poco a poco ir liberándola de los estigmas que siempre la han acompañado.
El papel de la dopamina
La científica ha podido observar la relación entre muchos comportamientos adictivos como el relacionado con el uso de droga o el juego y la regulación de la dopamina en el cuerpo. De este neurotransmisor, relacionado con la motivación y el placer, depende en buena medida cómo aprendemos, nuestra ambición o incluso el enamoramiento. Las sustancias adictivas suelen elevar los niveles de dopamina en el cerebro a través de diferentes mecanismos. Las anfetaminas hacen que las células la liberen, la cocaína impide que se vuelva a absorber y mantiene sus niveles elevados y el alcohol o los narcóticos como la heroína suprimen las células nerviosas que impiden su producción. Una persona con los sistemas que regulan la dopamina más sensibles será más propenso a caer víctima de una adicción.
Además de mencionar las bases químicas que pueden predisponer a engancharse a las drogas, la investigadora mexicana también habló de la importancia de comprender cómo funciona la estructura del cerebro. “Al principio se pensaba que se podían localizar diferentes patologías en distintas zonas del cerebro”, apunta Volkow. Sin embargo, las últimas tecnologías para analizar el funcionamiento del cerebro en tiempo real ha permitido observar que “no funciona así, sino que es una red dinámica, que está cambiando continuamente y en la que distintas áreas se asocian entre sí dependiendo del tipo de proceso”, añade la directora del NIDA. Observando esos cambios, también ha podido ver relaciones entre el funcionamiento del cerebro en personas adictas y pacientes de otras enfermedades psiquiátricas. “La pérdida de funcionamiento de áreas del cerebro relacionadas con el control frente a las adicciones está también relacionada con la incapacidad para controlar pensamientos negativos”, añade.
Estigmatización de los adictos
El trabajo científico de Volkow y su labor política ha tenido una gran relevancia en el cambio de mentalidad sobre quienes son los drogadictos. “Tenemos que reconocer la adicción como un problema médico que se trate en centros médicos y no en centros penales”, asevera Volkow. En su camino, se ha encontrado con obstáculos llamativos. “La estigmatización de los pacientes adictos es buena para los seguros médicos, que tratan de no pagar los tratamientos de desintoxicación al no considerarlos enfermos”, cuenta la científica mexicana.
Como en todas las enfermedades, frente a la drogadicción es esencial la prevención, que, en este caso particular, tendría una efectividad total. “Tenemos alguna idea, pero no sabemos con precisión qué podemos hacer para prevenir el alzhéimer”, explica Volkow. “Pero sí sabemos cómo evitar una adicción, porque si una persona no consume drogas nunca va a tener ese problema”, plantea.

En opinión de Szerman, una de las posibilidades de mejorar la prevención frente a las drogas consistiría en centrarse en personas más propensas, como los hijos de personas con enfermedades mentales. “La inmensa mayoría usa drogas y no le pasa nada, pero hay que identificar a las personas en riesgo”, señala. Una de las herramientas para hacerlo puede ser la genética. Hay ciertos genes que determinan la vulnerabilidad a las drogas y, en algunos casos, también a la enfermedad mental. Es el caso del gen alfa-5, que hace más propenso al tabaquismo y también está relacionado con la depresión. Esta relación explica además los efectos beneficiosos de la nicotina en depresivos y la tendencia de muchas personas con el problema a engancharse al tabaco por sus efectos beneficiosos sobre el estado de ánimo.


sábado, 10 de enero de 2015

Salud mental e infancia

ANÁLISIS

JAUME CLUPÉS
| EL PERIÓDICO | 11/11/2014

La crisis no sólo está afectando el acceso de los niños más vulnerables a un nivel de vida adecuado. También su salud mental ha empeorado en los últimos años. Problemas como la ansiedad, el estrés y la desatención se han agravado a raíz de la situación económica que atraviesan muchas familias. Ha surgido además un nuevo perfil de pobreza representado por familias que han perdido su poder adquisitivo, algo que genera frustración y situaciones de conflicto entre padres e hijos.
Estas son algunas de las conclusiones de un estudio elaborado recientemente por la Federación de Entidades de Atención y de Educación en la Infancia y la Adolescencia (FEDAIA) que revela las consecuencias que está teniendo la crisis en la salud mental de los niños más desfavorecidos, que son los que atienden nuestras entidades.
Patologías tempranas
El estudio ha venido a confirmar un problema que detectamos hace años pero que se ha agudizado a partir del 2010: las consecuencias de la precariedad económica de las familias hace que las patologías aparezcan cada vez más temprano en los niños y agrava los problemas de desarrollo y de aprendizaje. La crisis genera estados de angustia, malestar, estrés y depresión en los padres que afectan directamente a niños y adolescentes. La crisis ha afectado también a los profesionales, que tienen cada vez más dificultades para realizar su trabajo y poder atender adecuadamente a los niños y las familias.
Nuestro diagnóstico es coincidente con el de organismos como el Observatorio de Salut Mental de Catalunya, que en su reciente informe sobre el impacto de la crisis económica en la salud mental de la población pone de relieve cómo los problemas derivados de la crisis se han traducido en un incremento de la demanda de visitas de aproximadamente el 45%. Entre los principales trastornos detectados por este estudio, se encuentra la pérdida de control de la propia vida, en el 19% de los casos, la aparición de pensamientos suicidas, en el 15%, y el deterioro de los vínculos familiares, en el 12%.
Este fenómeno de aumento de las necesidades cohabita con una red de atención que está saturada y que es incapaz de hacer frente a las necesidades. No hay recursos para atender a los nuevos pacientes, y los que acceden no reciben la atención, ya sea terapéutica o psiquiátrica, con la frecuencia que necesitarían. Es un pez que se muerde la cola: hay más patologías pero menos acceso a la atención, lo que agrava a su vez enfermedades que podrían detectarse y tratarse a tiempo. La atención precoz, por lo tanto, se resiente también. Esta situación es reflejo de la ausencia de una auténtica política global destinada a atender a la infancia que se encuentra en riesgo de exclusión social y a prevenir situaciones que se derivan de ella, como los problemas de salud mental.
Se invierte poco en infancia y cuando se hace es sin una planificación adecuada. Los recursos destinados a políticas sociales para infancia y familia son absolutamente insuficientes, menos de la mitad que la media europea porque la infancia no ha sido la prioridad de las políticas públicas ni en tiempos de crisis ni de prosperidad. Esto se hace más evidente en momentos como este en que los recursos escasean.

Es indispensable adoptar medidas inmediatas y urgentes para evitar que los niños paguen las consecuencias de la crisis económica. Actuar antes de que las situaciones se agraven evita efectos no deseados en el desarrollo de los niños que muchas veces resultan irreversibles y se mantienen toda la vida. Necesitamos políticas transversales que permitan avanzar y una coordinación efectiva entre la red de servicios que atienden a la infancia, las administraciones y las entidades. Invertir en infancia es la mejor garantía de conseguir una sociedad equitativa, cohesionada y competitiva. No lo olvidemos.


miércoles, 7 de enero de 2015

Nena, ésto es de lo más normal.


MANERAS DE VIVIR

Una de cada seis personas en el mundo sufrirá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida.

ROSA MONTERO| El País | 28/09/2014

Este libro es una joya. Y eso que, al principio, resulta un poco árido, un poco espeso. Pero les recomiendo perseverar, porque enseguida se pone estupendo. Me refiero a  Ansiedad, miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior (Seix Barral) de Scott Stossel, un periodista norteamericano cuarentón que vive asediado por las crisis de ansiedad, que pueden atacarle en cualquier momento y dejarle tembloroso, taquicárdico e incapaz de hablar. Además padece miedo a los espacios cerrados (claustrofobia), a la altura (acrofobia), al desmayo (astenofobia), a quedar atrapado lejos de casa (al parecer es una variante de la agorafobia o miedo a los espacios abiertos), a los gérmenes (bacilofobia), a hablar en público (un tipo de fobia social), a volar (aerofobia), a vomitar (emetofobia), a vomitar en un avión, cosa que, para él, debe de ser como una manía al cuadrado (aeronausifobia) y, por último, hasta le tiene miedo al queso (turofobia), una obsesión rarísima que ya me parece la repanocha.

Como comprenderán, yo, que soy una ansiosa de manual, y que he sufrido tres grandes crisis de angustia clínica en mi vida, a los 17 años, a los 21 y a los 30, me he abalanzado sobre este ensayo como cerdita sobre charca de lodo. Y debo decir que el pobre Scott es tan catastrófico que, de entrada, su ejemplo puede animar muchísimo a los ansiosos más medianos. Que, por cierto, son (o somos) legión. Según los últimos estudios citados en este libro, se calcula que una de cada seis personas en el mundo sufrirá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida.

Y sufrir un trastorno de ansiedad no es estar un poco nervioso ni sentirse preocupado por algún problema de tu vida. Una crisis clínica cursa con síntomas aparatosos y es inhabilitante mientras dura. Recuerdo mi primer ataque de angustia a los 17 años: estaba viendo la televisión una noche, tras la cena, en el comedor vacío de la casa de mis padres, cuando de repente el mundo se alejó de mí, como si estuviera contemplando la realidad a través de un telescopio; es decir, el comedor estaba todavía ahí, pero lejísimos (luego supe que esto se denomina efecto túnel y que es bastante habitual); inmediatamente me entró un ataque de terror absoluto, con el agravante de que ni siquiera sabía a qué le tenía miedo. Me castañeteaban los dientes, me temblaban las piernas, me entrechocaban las rodillas. Como lo que me sucedía era incomprensible, deduje que me había vuelto loca y eso aumentó el pánico. Además, era incapaz de explicar lo que me pasaba. No podía hablar, no podía comunicarme. Porque la esencia de todo trastorno mental es la soledad, una soledad tan colosal que resulta inimaginable si no la conoces, si no has estado ahí. Una soledad de astronauta vagando perdido en el espacio intergaláctico.

En la España de fines de los sesenta y en mi clase social, la gente no iba al psiquiatra; de modo que me pasé la crisis a pelo, sin un solo ansiolítico. Estaba a punto de entrar en la universidad y decidí hacer Psicología para intentar entender lo que me pasaba. De hecho, tengo la teoría de que la mayor parte de los psiquiatras y psicólogos se dedican a eso porque, de jóvenes, temieron estar locos. Lo cual, por otra parte, no es malo en sí mismo: al contrario, puede proporcionar un mayor entendimiento y una cercanía con los pacientes. En cualquier caso, estudié un par de años de Psicología y ahí aprendí que las crisis de angustia, aunque espectaculares, son como la gripe de los trastornos mentales; básicas, muy comunes y, pese al sufrimiento que producen, muy leves. Conocer todo esto me hizo ir perdiendo el miedo al miedo; ya sabía que de las crisis se regresaba, que no me iba a quedar ahí atrapada, que eran algo transitorio. El irme aceptando como era y, sospecho, el empezar a publicar mis textos en torno a los treinta años (porque escribir te cose, te une al mundo), hizo que las crisis se acabaran. Hace tres décadas que no sufro ninguna. Pueden volver. No me apetecen, pero no las temo. Y hasta les estoy agradecida por haberme enseñado el espacio exterior mental, ese lugar inhóspito y aterrador de la dolencia psíquica. Cosa que me ha hecho conocer mejor al ser humano. Cuento todo esto, como Scott cuenta sus tremendas, agobiantes y a menudo desternillantes experiencias, porque sé que al otro lado de estas páginas hay mucha gente devorada por el ogro de la angustia. Personas que se sienten perdidas, que se creen morir, que piensan que se les ha ido la cabeza para siempre. Y que son incapaces de hablar de ello. A mí, a los 17 años, me hubiera servido de mucho que alguien me dijera: nena, esto es de lo más normal; respira tranquila y espera a que se pase. Así que aprovecho el estupendo libro de Stossel para decirlo ahora.


martes, 23 de diciembre de 2014

BON NADAL A TOTHOM !





Siguem humils com els pastors que foren els primers  en veure i creure en Déu fet Home, i postrant-se, l'adoraren. 

MOLT BON NADAL A TOTHOM !