sábado, 7 de agosto de 2021

Síndrome de Peter Pan: Qué es y cúal es su tratamiento


ALEJANDRO VERA      |    grullapsicologiaynutricion.com     |     15/03/2021  

Aunque en psicología no exista un diagnóstico como tal, en muchos casos acabamos hablando del famoso síndrome de Peter Pan.

En este artículo vamos a ver qué es, cuál es su tratamiento y porque sucede.

¡A por ello!

¿Qué es el síndrome de Peter Pan?

Cuando hablamos de síndrome, hablamos de una serie de expresiones y experiencias comunes que se repiten de manera conjunta.

Como te decía antes, en psicología clínica no existe como un diagnóstico el Síndrome de Peter Pan, aunque de manera efectiva, nos sirve para describir una realidad psicológica.

¿Miedo a crecer o falta de madurez?

El síntoma más característico de las personas con síndrome de Peter Pan es el miedo a crecer.

Mejor dicho, eso es lo que solemos pensar. Es cierto que afrontar ciertas cuestiones de la vida adulta nos puede dar vértigo, sin embargo, tiene más sentido hablar de inmadurez que de miedo a crecer.

Por lo general, aunque no siempre es así, hablar de inmadurez es hablar de dependencia en algún grado.

Las personas inmaduras o con síndrome de Peter Pan, va a tener tendencia a estar con otras personas «más fuertes», que habitualmente van a ser las que tomen las decisiones, afronten los momentos difíciles de la vida, etc.

¿Por qué se produce el síndrome de Peter Pan? 

Sobre dependencia se ha escrito y dicho de todo, en este artículo te explico la diferencia entre la personalidad dependiente y la dependencia emocional.

En el caso de hoy hablamos de dependencia instrumental. Aunque la dependencia instrumental también se expresa a través de la dependencia a la pareja, en el foco del problema está como te decía antes, la inmadurez.

Cuando una persona es miedosa y no ha aprendido a resolver por sí misma, es posible que se vaya construyendo una personalidad dependiente.

La falta de responsabilidad 

La responsabilidad de la propia vida queda delegada en otra persona, lo que depara en una falta de autonomía personal.

Este tipo de personalidad se construye debido a una educación sobreprotectora o invalidante, que no ha educado en valores ni entrenado a la persona para la vida.

Como en casi todos los problemas psicológicos, existe un beneficio secundario, y es que sin responsabilidad tampoco hay fracaso, ya que ese riesgo, lo asumen otros.

Cómo he comentado en varias ocasiones, la dependencia como tal no es mala. Los adultos también somos seres dependientes, lo que ocurre, es que establecemos dependencias horizontales.

Es decir, de mutuo cuidado.

El síndrome de Wendy 

El problema de las personas con síndrome de Peter Pan o personalidad dependiente, es que establecen dependencias verticales. Existe la figura del cuidado (Peter Pan) y el cuidador (Wendy).

El síndrome de Wendy explica la codependencia emocional, donde una persona ejerce de cuidador y guía de la otra. Las personas codependientes, son personas que aman con abnegación, entregando su vida a la causa de su pareja.

Suele ser frecuente en relaciones con personas adictas. 

Síntomas del Síndrome de Peter Pan 

Entre los síntomas más frecuentes del síndrome de Peter Pan se encuentran:

§  Bajo sentido de la responsabilidad.

§  Evitación de problemas.

§  Dificultad para tomar decisiones.

§  Baja autoestima.

§  Miedo al abandono.

§  Poca autonomía personal.

§  Rasgos de inmadurez.

§  Poca conciencia de los problemas.

§  Otros. 

¿Tiene tratamiento el síndrome de Peter Pan? 

Cómo ya he comentado antes, el síndrome de Peter Pan no es un trastorno psicológico como tal, sin embargo sí que tiene tratamiento el trastorno de personalidad dependiente.

Uno de los objetivos terapéuticos es enseñarle a la persona los «beneficios de crecer» y conectar con la propia sensación de capacidad y resolución.

En muchas ocasiones, el trabajo previo es enseñar habilidades de afrontamiento, regulación emocional, toma de decisiones, asertividad u otros.

También suele suceder que el entorno ejerce una presión invalidante que no deja crecer. Es bastante frecuente que la familia se comporte como un tope o límite que no permite a la persona coger autonomía porque de algún modo, le interese que no lo haga.

En estos casos, también hay que reencuadrar con la persona como esto puede cambiar sus relaciones. Por ejemplo, si se encuentra dentro de una relación codependiente, al dejar de ocupar el rol de cuidado, la dinámica de pareja cambiará completamente.


miércoles, 4 de agosto de 2021

Educar sin gritos ni castigos: estas son las claves para lograrlo


ROCÍO NAVARRO MACÍAS       |      La Vanguardia      |      06/10/2020

Los expertos advierten que algunos padres confunden la disciplina positiva con ser permisivo o no poner límites.

 
La disciplina positiva no está relacionada con la permisividad. Tampoco con educar sin límites, sino todo lo contrario. La disciplina positiva es un estilo de crianza que persigue que los hijos sepan afrontar con éxito sus desafíos vitales, sin violencia y desde el respeto. Entonces, ¿por qué provoca escepticismo en quienes se han criado desde otro paradigma?
“Hay que entender muy bien lo que es la disciplina positiva. Algunos padres confunden la disciplina positiva con la ausencia de normas o límites. En este caso, es peligrosa, ya que todos no podemos tener la misma posición en la familia”, advierte Silvia Álava, psicóloga educativa y coautora del libro Seis Cuentos para educar en disciplina positiva (Alfaguara, 2020)
 
Se trata de un sistema de principios en el que se explican las formas de actuar, se validan las emociones, pero esto no quiere decir que no existan normas o que no haya que darles un no por respuesta a los niños. “El objetivo de la educación es conseguir que nuestro hijo sea una persona responsable, autónoma, decidida, resiliente, respetuosa, tolerante y empática. Para ello, debemos ser modelo y mostrarnos de esta misma forma”, explica el psicólogo educativo Antonio Labanda.
 
Aquí comienzan una serie de malentendidos para los adultos que no llegan a gestionar de forma eficiente sus emociones o, incluso, no son conscientes de ciertos comportamientos que chocan con esta tipología de crianza que, por ejemplo, no contempla como fórmulas válidas los gritos, enfados o las luchas de poder. Por eso es importante conocer las claves fundamentales para que la disciplina positiva funcione.
 
Educar desde el respeto
 “De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerlo sentir mal”, es una de las citas más famosas de Jane Nelsen, una de las impulsoras de la disciplina positiva. Nelsen comenzó a difundir en los 80 las ideas que los psiquiatras Alfred Adler y Rudolf Dreikurs concibieron hace un siglo. De forma esencial, este tipo de aprendizaje apoya a los niños en su crecimiento y les ayuda a encontrar soluciones a largo plazo que desarrollen la autodisciplina.
 
“Muchas familias creen que está basada en la exigencia, supongo que por el tono de la palabra disciplina. Otras piensan que porque hablamos de algo positivo, vamos a dejar que los niños crezcan sin límites. Pero la disciplina positiva es una metodología estructurada, basada en unos principios teóricos, cuyas herramientas prácticas han sido elaboradas y revisadas desde hace más de 30 años”, indica María Soto, experta en disciplina positiva y autora del libro Educa Bonito (Vergara, 2020).
 
“La disciplina positiva es una metodología estructurada”
María Soto – Autora de Educa Bonito
De hecho, lo que engloba esa positividad es obtener soluciones teniendo en cuenta las percepciones del niño según el tramo de desarrollo en el que se encuentre. Aumentar las capacidades de los niños y fomentar la autoconfianza son otros de sus objetivos. Una aproximación que se basa en la cortesía y el respeto mutuo, pero en la que los límites no son negociables porque los niños no pueden desarrollarse bien sin ellos.
 
Firmeza sin enfados
La vida en sociedad no sería posible sin límites, y convivir con ellos es necesario casi desde que llegamos al mundo. Pero definir las normas y hacer que los niños las respeten no está relacionado con gritos, ira o alguna manifestación con tintes violentos. La clave es mantener una actitud firme ante ellas.
 
“La firmeza es uno de los dos pilares de la disciplina positiva. No tiene nada que ver con enfadarnos con nuestros hijos para que nos hagan caso, sino que es una actitud desde donde les aportamos seguridad. Es la capacidad de ser consecuente con las decisiones que hemos tomado”, explica Soto.
 
La disciplina positiva relaciona los límites con el respeto por uno mismo y por los demás, y con la seguridad física y emocional. “El resto de las rutinas, normas sociales y modales se pueden aprender de una forma mucho más efectiva si los niños forman parte de la toma de decisiones y la revisión de los resultados. Esta metodología nos enseña a considerar a nuestros hijos “copilotos” de la familia, para fomentar que su sentido de pertenencia y significancia preserve su autoestima y su motivación intrínseca”, añade la especialista.
 
Acompañar en los momentos difíciles
Sobre el papel es difícil encontrar aristas a este método de crianza. Pero ¿qué ocurre en la práctica? Las rabietas, por ejemplo, son un momento en el que los padres pueden poner a prueba los límites de su paciencia. Tratar de controlar una rabieta es como intentar detener una tormenta. Se trata de episodios que sufren los niños cuando no entienden por qué decimos “no” y que desencadenan este tipo de comportamientos porque son incapaces de manejar su frustración.
 
Según el compendio Positive Discipline: What it is and how to do it hecho por la autora Joan E. Durrant para la organización Save the Children: “Lo mejor es esperar a que pase la rabieta. Quedarse a su lado para que se sienta seguro mientras la tormenta lo sobrepasa. A veces, si los padres lo acarician suavemente se puede calmar. Cuando haya pasado la rabieta, hable con él sobre lo acontecido. Aproveche para enseñarle lo que son los sentimientos, lo fuertes que pueden ser y cómo se llaman. También le puede explicar por qué dijo “no” y que entiende por qué se siente frustrado. Cuéntele lo que usted hace cuando se siente así. Asegúrese de decirle que lo quiere aunque esté triste, enojado o feliz”.
 
En vez de un castigo, una consecuencia
Quizá uno de los aspectos de la disciplina positiva que más reticencia despierta en algunos sectores es la ausencia de castigos, una herramienta que quizá no es tan eficaz como creemos. Esto no significa que los niños hagan lo que les venga en gana, sino un cambio en la forma de entender las consecuencias de sus actos. “Con los castigos, partimos del hecho de que privamos de algo a los niños. A veces son muy largos, desproporcionados o sus consecuencias no tienen nada que ver con lo que ha ocurrido”, argumenta Álava.
 
Lo que propone la disciplina positiva es que las consecuencias deben ser lógicas, coherentes, razonables e ir dirigidas a reparar el daño. “Si el niño grita o te pega, debe entender que ha causado un dolor (físico y emocional)”, añade. La psicóloga propone fórmulas como “Debes comprender que me ha dolido y ahora no quiero hacer algo contigo. Tienes que esperar”. Asimismo, hay que invitarles, o enseñarles, a que pidan perdón ante ese comportamiento.
 
¿Hay casos en los que no funciona la disciplina positiva?
En teoría, la respuesta a si existen casos en los que la disciplina positiva no funciona es negativa. “Esta metodología está basada en la Psicología Adleriana ( Escuela de Psicología Individual de Alfred Adler); no se trata sólo de una manera de educar, sino una forma de relacionarse con los demás. Es como ese manual de instrucciones del que todo el mundo habla. Siempre se puede aplicar”, sugiere Soto. Sin embargo, puede que se quieran aplicar ciertas prácticas sin un buen conocimiento de los procesos, o esperando resultados inmediatos. En estos casos, la experiencia puede no ser la esperada. Estas son algunas situaciones de las que pueden derivarse consecuencias poco deseables al aplicar la disciplina positiva:
 
Si los padres tienen un control deficiente de sus emociones. Tal es la importancia de este hecho, que el estado de ánimo de los padres es un factor importante en la conducta de los hijos. “Si se sienten cansados, irritados, o preocupados por algo, es posible que se enfaden con su pequeño. Muchas veces los padres descargan su frustración sobre sus propios hijos. Cuando el ánimo de los padres y las madres es impredecible, los niños(as) se sienten inseguros y ansiosos. Cuando los padres y las madres ignoran una conducta infantil un día, pero se enojan por el mismo hecho al día siguiente, los niños se sienten confundidos”, indica Durrant en su libro.
 
La recomendación para quienes tienen problemas controlando sus emociones es acudir a un psicólogo que trate el asunto de manera constructiva, evitando las consecuencias en los niños. “Yo comparo la imagen de una madre o un padre amable y firme con la de un Sherpa, que nos guía en una montaña dándonos la suficiente calma y seguridad como para subir la montaña. No puede salirse del camino por mucho que a nosotros no nos guste, pero nos lo transmitirá desde la comprensión y la compasión de quien tiene más experiencia”, manifiesta Soto.

Si los padres dicen una cosa, pero hacen otra. Los padres deben analizar sus conductas antes de aplicar la disciplina positiva. Son el modelo a seguir para sus hijos y, si sus actos no legitiman sus palabras, es difícil que el mensaje llegue.
 
“No nos vale decir no debemos insultar y cuando nos ocurre una situación que nos produce una emoción de ira entonces insultamos. Evidentemente tenemos que entrenarnos para ello, reconocer nuestras emociones, reconocer las emociones de los demás, tener calma y paciencia… Los niños aprenden por modelado”, expone Labanda.
 
- Si se buscan resultados inmediatos. Una de las cosas más difíciles de la crianza de los hijos es conciliar los objetivos a largo plazo con los del corto plazo, porque a menudo ambos entran en conflicto. “El modo en que actuamos en situaciones de corto plazo es un modelo para nuestros niños. Es entonces cuando aprenden cómo afrontar el estrés. Si gritamos y golpeamos cuando estamos estresados, esto es lo que van a aprender a hacer en la misma situación. Los gritos y golpes sólo enseñarán a sus hijos(as) lo contrario que usted desea que aprendan en el largo plazo”, indica Durrant.
 
Por su parte, Soto alude también al marco temporal como uno de los elementos imprescindibles para que funcione: “La disciplina positiva surte efecto de manera progresiva, no es algo inmediato y general. Puede que las peleas disminuyan pero que haya que seguir trabajando la comunicación, o puede que los niños ganen en autonomía pero haya que seguir revisando otros aspectos”.
 
Las prisas tampoco encajan en este paradigma. “Muchas veces son los padres los que meten prisa porque tienen muchas cosas que hacer y necesitan que los niños acaben rápido. En ocasiones incluso actúan por ellos, pero esto puede desencadenar un problema, ya que no le damos la oportunidad al niño de que aprenda de sus errores”, advierte Álava, que subraya la importancia del esfuerzo y su demora.
 
Si se piensa que los niños se “portan mal”. Cuando un niño desarrolla un comportamiento que no se ajusta a lo que los padres y otros adultos desean, de forma automática se etiqueta como “mal comportamiento”. Su necesidad de exploración, de demostrar su individualidad, o un temperamento muy activo son algunos de los factores que pueden desencadenar esas conductas. De hecho, una de las metas de la disciplina positiva es arrojar luz sobre esta manera de obrar.
 
“De todas las situaciones que vivamos con los niños, tratemos de extraer que no se “portan mal”, sino que están aprendiendo a pertenecer al mundo. Y fallan, toman malas decisiones, igual que cualquier adulto aprendiendo algo que no sabe. Si somos capaces de mirar a nuestros hijos con esa compasión, no nos enfadarán tanto sus conductas y podremos empezar a ver los motivos que les llevan a tomar esas decisiones a veces equivocadas”, dice Soto.
 
 

lunes, 2 de agosto de 2021

Consejos para superar la fobia social

 

ALEJANDRO VERA     |    grullapsicologiaynutricion.com    |     07/11/2020 

Ana sufre un trastorno de ansiedad social. Todo comenzó en la adolescencia cuando sentía que en clase el miedo la paralizaba. Sentía auténtico pavor cuando sus profesores le hacían alguna pregunta. Tenía miedo a quedar en ridículo delante de sus compañeros.

Este hecho no solo tenía lugar en el ámbito académico. En su día a día Ana comenzó a evitar salir con sus amigos. Intentó no darle mayor importancia. La gente creía que simplemente se trataba de una chica muy tímida. Con el paso del tiempo fue interiorizando y normalizando sus conductas de evitación sin ser consciente de la fobia a la gente que había desarrollado.

En este artículo vamos a hablar a ver algunos consejos para la fobia social.

¿Qué es la ansiedad social?

Según el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), el trastorno de ansiedad social (o fobia social) es “el miedo o ansiedad intensa en una o más situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas”.

Sin embargo, también podemos hablar simplemente de ansiedad social como un síntoma común a muchos otros trastornos psicológicos referentes a la salud mental. 

¿En qué consiste la fobia social?

Cuando hablamos de fobia social nos referimos al miedo intenso que se sufre ante las interacciones sociales. Aunque algunas personas lo confunden con la timidez, se trata de un tipo muy común de trastorno de ansiedad. Es sumamente incapacitante ya que interfiere en el día a día de las personas que lo padecen.

La ansiedad es uno de los principales males del siglo XXI. Se estima que en torno a un 40% de población sufre algún trastorno relacionado con la ansiedad. Además parece que alrededor de un 3% de la población sufre ansiedad social y alrededor de un 30% le produce miedo hablar en público.

El trastorno de fobia social es un trastorno que puede llegar a ser bastante incapacitante y que se encuentra estigmatizado en nuestra sociedad. 

La fobia a la gente

Este tipo de “fobia a la gente” se suele desarrollar en el periodo de la adolescencia. Las experiencias traumáticas sufridas en la juventud o una sobreprotección de los padres son dos de las causas que pueden provocar este tipo de ansiedad. 

¿Tengo un trastorno de ansiedad social? 

Sigamos con el ejemplo de Ana para comprenderlo mejor y poder responder a la pregunta sobre si tengo ansiedad social.

Conforme Ana fue cumpliendo años se dio cuenta de que la situación lejos de mejorar, empeoraba. Le costaba mucho esfuerzo enfrentarse a situaciones como hablar con su jefe, conocer gente nueva o incluso salir con sus amigos de toda la vida.

Nada de ella le gustaba y siempre recreaba en su mente situaciones en las que anteriormente había hecho el ridículo o había pasado vergüenza. Estaba totalmente segura de que volvería a pasar. Se pondría roja y no sería capaz de articular palabra. Intentaría evitarlo y se pondría a sudar y estaría aún más nerviosa. Eso con sus amigos.

Lo de hablar con su jefe para decirle que la semana que viene tiene médico y necesita el día libre, ¡ni pensarlo! ¿Qué podría pensar de ella? Por ello intentaba evitar por todos los medios este tipo de situaciones.

Síntomas de ansiedad social

La fobia o ansiedad social se compone de síntomas físicos (taquicardias, temblores, sudoración, enrojecimiento, pérdida de control,…)  y síntomas cognitivos (ansiedad anticipatoria, baja autoestima, pensamientos negativos, evitación de situaciones, preocupaciones no fundamentadas, miedo irracional, nerviosismo…). Pero de todos si por algo se caracteriza la fobia social es por el miedo a ser juzgados.

La fobia a sudar

Un caso muy concreto de trastornos de ansiedad social, es la que se genera por la fobia a sudar. Algunas personas, por motivos hormonales, tienden a sudar mucho y temen que esto se note.

La paradoja, es que cuanto más intentan controlarlo y que no se note, más nerviosos se ponen y más sudan.

¿Existe un síndrome de ansiedad social?

Pues no cómo tal, más que síndrome hablamos de un trastorno psicológico. Sin embargo, este también puede ser un síntoma común a varios cuadros psicológicos, como ocurre en lo que conocemos como Síndrome del Impostor.

Ejemplos de ansiedad social

Existen cantidad de situaciones cotidianas donde podemos ver ejemplos de este “síndrome” o trastorno de ansiedad social. Lo más frecuente es que ocurra en relaciones en grupo. La razón de esto tiene que ver con el control, es más complicado ser capaz de analizar las reacciones de una multitud de gente.

También porque las relaciones en grupo son menos personales y de alguna manera conllevan hacerse notar, algo que a la persona con ansiedad social le cuesta mucho.

Sin embargo, cuando el trastorno de ansiedad social ha cicatrizado más fuerte, el simple hecho de tener que entrar a un establecimiento y pedir un producto puede generar ansiedad.

Tratamiento de la fobia social

El primer paso para superar la ansiedad social es aceptar que tenemos un problema y dar el paso de pedir ayuda. Acudir a un psicólogo (clínico o sanitario) especializado en trastornos de ansiedad y llevar a cabo un tratamiento cognitivo-conductual es primordial para conseguir tener una mejor calidad de vida.

Y te preguntarás… “Si tengo ansiedad social y mi principal temor es sentirme juzgado, ¿cómo demonios voy a acudir a un psicólogo?”.

¿Cómo superar la ansiedad social?

Un psicólogo especializado está preparado para enfrentarse a este tipo de situaciones y en ningún momento te juzgará. Todo lo contrario. Te ayudará a lo largo del proceso para que de manera paulatina puedas ir enfrentándote a las situaciones que temes. Siempre de manera gradual y siendo tú la persona que controle los ritmos de las sesiones.

A través de métodos como la exposición a las situaciones temidas y el aprendizaje de habilidades sociales se comienzan a observar mejorías. De suma importancia son las técnicas de tipo cognitivo como la reestructuración de pensamientos, la resolución de problemas, la inoculación del estrés o la adquisición de técnicas de respiración y relajación.

No obstante y ante las dificultades de acudir a un psicólogo de manera presencial existe la opción de acudir a terapia de manera online. Quizás de esa manera sea más sencillo en un primer momento dar el paso de recibir ayuda.

¿Cómo superar la fobia social sin psicólogo?

Algunas veces, la fobia social ocupa un periodo de nuestras vidas porque nos sentimos inseguros o porque aún no hemos madurado del todo, sin embargo, tan importante es salir de la fobia social, como lo que hemos aprendido a hacer para poder acabar con ella.

¿Es posible superar la fobia sin ir al psicólogo? Pues quizás lo sea, pero yo me plantearía si evitar ir no es parte del problema de la misma fobia. Considero que en este tipo de casos, el mero hecho de acudir a terapia, ya es muy terapéutico.

Consejos para superar la fobia social

Una vez reconocido el problema es adecuado buscar el apoyo de las personas más cercanasHablar de lo que ocurre, temores y dificultades, es positivo para fomentar el desahogo emocional. Por supuesto, sin prisa pero sin pausa. Sin agobios y a tu ritmo.

Si hablar con los más allegados cuesta algo de esfuerzo otra opción para liberarnos es escribir un diario. El objetivo es sacar todo aquello que nos causa malestar y nos impide ser nosotros mismos. De esta manera podemos apuntar los pequeños avances que vamos consiguiendo y reforzarnos por cada pequeño paso que vamos dando. ¡Premia tus esfuerzos!

Quien sufre ansiedad social cree que la evitación es la solución y al revés, esto contribuye a reforzar el miedo social. Nada más lejos de la realidad. Los problemas se solucionan cuando nos enfrentamos a ellos.

Busca alguna actividad que te guste que implique estar con gente (por ejemplo, bailar, hacer algún tipo de deporte o formar parte de un grupo de lectura). Cuando comiences a enfrentarte a las situaciones que te generan malestar, irás ganando confianza poco a poco.

Recuerda lo que dijo Kurt Goldstein: “El temor agudiza los sentidos. La ansiedad los paraliza”.

¿Cómo superar el miedo a la gente?

En cierto modo se trata de relativizar y darnos cuenta que no podemos ser perfectos. Aprender a ser vulnerables supone aprender a entregarse y que si nos hacen daño, podamos comunicarlo o digerirlo de manera madura.

Superar el miedo a la gente implica poder aceptar la crítica y aprender a expresar lo que sentimos sin tratar de ser perfectos.

 

viernes, 30 de julio de 2021

Pensamientos intrusivos: qué son y cómo eliminar los negativos


MARIVA PSICÓLOGOS     |     Psicología y Mente   

Estos son los recursos terapéuticos usados por los psicólogos al tratar los pensamientos intrusivos.

 

Los pensamientos intrusivos son aquellos pensamientos que de forma involuntaria aparecen de forma intermitente. Existen una gran diversidad de pensamientos repetitivos y automáticos, y algunos de ellos son muy desagradables, llegando a existir incluso el de querer hacer daños a otros, como a tus propios hijos.

Este tipo de pensamiento genera mucho malestar y, a su vez, otros pensamientos del tipo “no deberías sentirte así”. En muchos casos incluso nos culpabilizamos de algo que es normal, que son los pensamientos involuntarios e inconscientes.

La rumiación de pensamientos es adaptativa, busca filtrar los pensamientos que son útiles, pero, no suele lograrlo, ya que, además, anticipamos y creemos que la próxima vez vamos a volver a pensar lo mismo, con lo que el problema se agrava.

¿Por qué aunque queramos eliminar los pensamientos intrusivos estos se mantienen?

Se suele dar un círculo vicioso; por ejemplo, pensemos en el caso de una madre que tiene el pensamiento intrusivo de querer hacer daño a su hijo, pero, por descontado, sabe que esto no quiere hacerlo ni va a hacerlo. En estos casos suele darse un patrón circular que se da en este orden y a través de estos elementos: estímulo interno (agotamiento que lleva al pensamiento intrusivo e involuntario de tirarlo por la ventana), estímulo externo (llanto del bebé), sensaciones como palpitaciones, emoción de ansiedad y miedo, reacción de evitación del pensamiento. 

Tras este círculo viene la anticipación y el catastrofismo, que como hemos comentado, incrementa la problemática.


¿Cómo los abordamos desde terapia?

Los pensamientos automáticos son un reflejo de nuestras creencias, pero nosotros no somos nuestros pensamientos. Por ello, una vez realizada la evaluación y descartanda cualquier otra patología, trabajamos sobre la defusión del pensamiento, es decir, distanciarnos de estos fenómenos mentales y conectarnos más y dar una mayor importancia a las acciones, poniendo el enfoque en la acción consciente.

Es esencial realizar un adecuado análisis funcional, estudiando los estímulos externos e internos implicados y respuesta (fisiológica/motoras/cognitivas) así como los consecuentes. Si hay conductas evitativas (llamar por teléfono, no pensar en el problema...) empeoramos el problema, ya que no nos exponemos, por lo que algo primordial es la exposición a emociones, reacciones y pensamientos.

1. Recursos terapéuticos ante los pensamientos intrusivos

Algunas de las dinámicas utilizadas en nuestra consulta para trabajar este problema son las siguientes.

 

2. Psicoeducación

Siendo esencial explicar a los pacientes qué les ocurre y por qué.

 

3. Experimentos conductuales

Con ellos, se trata de comprobar que cuando queremos no prestar atención a los pensamientos, estos aparecen con más fuerza.

 

4. Reestructuración y discusión cognitiva

Esta es una de las grandes técnicas de la psicología y en la que se basa gran parte de nuestros tratamientos. Consiste en dotar a la persona de las herramientas necesarias para que pueda llegar a la conclusión de que los pensamientos que están generándole malestar no son objetivos ni útiles.

 

5. Ejercicios de relajación

En ocasiones es necesario dotar al paciente de estrategias de relajación para disminuir la activación ocasionada por los pensamientos estresantes.


6. Análisis de creencias del paciente

Detrás de los pensamientos intrusivos suelen ubicarse las creencias intínsecas de la persona. Por ejemplo, si el pensamiento intrusivo es acerca de matar a tu hijo, es común que estén asociadas creencias del tipo “una buena madre nunca pierde los nervios” y exigencias desmesuradas.

 

7. Trabajo de sintomatología asociada, generalmente ansiedad y culpabilidad

Como hemos comentado, los pensamientos e imágenes mentales desagradables que aparecen de forma involuntaria, generan un gran malestar, llegando incluso a poder sufrir ataques de ansiedad; ello suele hacer que el problema se mantenga más tiempo. Lo mismo ocurre con la culpabilidad. Siguiendo con el mismo ejemplo, la madre que tiene la imagen de matar a su hijo y ello le genera gran temor y culpabilidad, retroalimenta el círculo vicioso.

 

8. Defusión del pensamiento

No somos lo que pensamos, somos lo que hacemos, por ello, se trabaja para dotar de más importancia a las acciones y desvincularnos de pensamientos que aparecen sin nuestra voluntad.

 

9. Exposición controlada a situaciones y pensamientos que se evitan

Debido al miedo que suelen generar esta clase de pensamientos, evitamos aquellas situaciones asociadas. Por ejemplo, si una persona tiene de forma recurrente la idea de que puede hacerse daño (pero no se corresponde con ideación autolítica porque no querría hacerlo ni siente deseos por ello), puede tratar de evitar coger cuchillos.

 

10. Autodiálogo

Está muy relacionado con las creencias de la persona; es aquello que nos decimos que puede disminuir o agravar el problema, por ello es esencial que lo trabajemos en terapia.

 

11. Concentración en valores y acciones de la persona

Si la persona tiene pensamientos, por ejemplo, de hacer daño a alguien, pero esto le genera rechazo, no querría hacerlo y no lo concibe como adecuado, hay que redirigir a la persona a estos valores que tiene de modo que, a su vez, disminuirá la culpabilidad.

 

12. Entrenamiento en atención dirigida

Se trata de poner nuestra atención en otro tipo de situaciones y estímulos externos e internos.

 

13. Aceptación

Hay pensamientos que no desaparecerán completamente o que, durante un tiempo nos acompañarán, por ello , el trabajo de la aceptación es clave.

 

miércoles, 28 de julio de 2021

Miedo al futuro: el problema emocional de los pensamientos catastróficos


FROILÁN IBÁÑEZ RECATALÁ     |      Psiología y Mente     |     28/06/2021

El temor al futuro puede llevar a un bloqueo mental generado por pensamientos catastróficos.

Una de las características de nuestra especie como seres humanos es la predisposición que mostramos a pensar a medio y largo plazo. Gracias a nuestra capacidad de pensamiento abstracto, se nos da muy bien hipotetizar con un alto grado de detalle acerca de lo que podría ocurrir dadas ciertas circunstancias.

Esta habilidad nos permite solucionar problemas complejos “experimentando” en nuestra imaginación y realizando predicciones acerca de las consecuencias de nuestras acciones, lo cual hace posible que orientemos parte de nuestras vidas a lograr metas a meses o años vista. Es un fenómeno que no ocurre con la mayoría de especies animales, más orientadas hacia la inmediatez: la evitación de peligro físico, la interacción inmediata con seres vivos cercanos, etc.

Ahora bien, toda habilidad psicológica vinculada al pensamiento abstracto va de la mano de nuevas maneras de desarrollar problemas psicológicos. Y la facilidad con la que hipotetizamos sobre el futuro no es una excepción a esto: en la otra cara de la moneda se encuentran elementos de malestar emocional como el miedo al futuro.

¿Qué es el miedo al futuro como problema psicológico?

Tal y como he adelantado, el miedo al futuro es una de las consecuencias naturales de nuestra habilidad de pensar a largo plazo y realizar predicciones.

Esto es así porque la mente humana muestra una predisposición a “rellenar” vacíos de información, es decir, utilizar la información limitada de la que disponemos para luego procesarla y extraer conclusiones que queden por encima de lo que ignoramos, ocultándolo y aportándonos una sensación de que sabemos más de lo que realmente conocemos sobre la realidad.

Este sesgo que consiste en sobreestimar la información con la que contamos no existe por causalidad: actúa como un elemento pragmático que nos lleva a tomar decisiones y pasar a la acción incluso cuando estamos muy lejos de saber lo que nuestros actos desencadenarán.

Sin embargo, a veces se dan una serie de circunstancias que nos dejan sin el amparo de ese sesgo optimista acerca de nuestros conocimientos, y nuestro foco atencional pasa de estar dirigido a lo que (creemos que) sabemos, a estar orientado a aquello que no sabemos.

Esto no es algo necesariamente malo: a veces, nos ayuda a replantearnos nuestras creencias y nuestros esquemas de interpretación de la realidad, permitiéndonos superar crisis o adaptarnos a situaciones cualitativamente distintas a aquello a lo que estamos acostumbrados. Dar un paso atrás y replantearnos nuestra manera de pensar y de tomar decisiones puede servir para apreciar matices que de otro modo habríamos pasado por alto.

Pero sí es cierto que en otras ocasiones, el miedo al futuro pasa de ser una etapa de la adaptación a un reto, a ser un obstáculo que nos bloquea y nos impide avanzar.

En situaciones de este tipo, entramos en un círculo vicioso en el que el propio malestar causado por ese temor nos recuerda una y otra vez que nos falta información importante, que estamos obligados a asumir ciertos riesgos y a gestionar la incertidumbre. Y como nos vemos ante la necesidad de “superar” esas ambigüedades y falta de información a la vez que nos sentimos mal, tendemos a traer hacia nosotros pensamientos catastróficos, predicciones vinculadas a emociones dolorosas. 

¿Cómo se aborda el miedo al futuro en terapia?

Muchos pacientes que acuden al psicólogo sufren un problema relacionado con los pensamientos catastróficos sobre su futuro. Se ven incapaces de tomar decisiones, y como aplazan una y otra vez el momento de elegir una opción acerca de lo que deben hacer, los problemas se les van acumulando, con lo que su malestar va creciendo.

Estos pensamientos catastróficos asociados al miedo al futuro tienen a veces un componente obsesivo, y otras veces son parte de una depresión. En uno de estos casos, la persona trata por todos los medios de neutralizar ese temor al futuro buscando soluciones que eliminen la incertidumbre, consiguiendo el efecto contrario al deseado; en el otro caso, el miedo al futuro se basa en el hecho de haber adoptado una mentalidad muy pesimista acerca de aquello de lo que uno es capaz y acerca del funcionamiento del mundo.

Saber diferenciar estos dos tipos de alteraciones con características similares es muy importante, ya que las terapias psicológicas a utilizar son diferentes dependiendo de cuál sea el origen del problema.

Por ejemplo, si el componente obsesivo es el que predomina, cobrarán protagonismo las técnicas de gestión de la ansiedad y de aceptación de un cierto nivel de malestar emocional, para que de ese modo la persona deje de alimentar el círculo vicioso de pensamientos intrusivos. Y si predomina el componente depresivo, se ayuda a la persona a mejorar su autoestima y a involucrarse en patrones de comportamiento mediante los cuales se auto-obligue de pasar de los pensamientos a la acción: de ese modo, el estado emocional propiciado por esas acciones y la liberación de hormonas asociada a ello le ayudará a salir de ese bache emocional.