martes, 11 de julio de 2023

La regla de las 4 R para criar a niños sin castigos, según el psicólogo Rafa Guerrero

 

LUCÍA MOLINA       |   vanitatis.eslconfidencial.com      |     25/05/2023

 

El castigo es uno de los temas que más se han estudiado en los últimos años en la psicología infantil, pues tiene muchos efectos en la mente de los niños.

La educación tradicional muchas veces ha estado caracterizada por basarse en la rigidez, en el respeto impuesto, en el chantaje y en el castigo. Sin embargo, en la actualidad, cada vez es más común ver otro tipo de educación, aquella basada en el respeto y en la comunicación.
 
Precisamente, es este tipo de educación la que permite que los niños desarrollen mejores capacidades de empatía, pues tener una buena relación con los padres es fundamental para que confíen en su entorno y en ellos mismos.
 
De esta forma, el psicólogo Rafa Guerrero, explica que los castigos son sustituidos por las consecuencias. Un tipo de enseñanza, que consigue muy buenos resultados en un medio-largo plazo y que tiene en cuenta el desarrollo y las necesidades del menor. 
 
Las consecuencias que se apliquen pueden ser de tipo natural, es decir, aquellas que se dan sin que los padres o maestros intervengan de ninguna manera, o bien pueden ser lógicas, en donde sí interviene el adulto. Sin embargo, para que una consecuencia sea efectiva, el psicólogo afirma que deben de seguir cuatro requisitos, que te describimos a continuación.
 
Respetuosa
 
La consecuencia debe de respetar al menor y tenerle presente en todo momento. El objetivo de este tipo de reprimenda es que aprenda, no que sienta miedo. Además, mostrar respeto hacia tu hijo es primordial para que estos confíen en ti y se sientan más seguros conforme pasen los años.
 
Razonable
 
Todas las consecuencias que apliques deben de ser sensatas y razonables, evitando la exageración en todos los casos. Si tu hijo no comprende la reprimenda, no aprenderá de ella. Si como padre le dices algo que no tiene sentido, los menores sentirán impotencia y frustración, que llevará a rabietas.
 
Revelada con anterioridad
 
La anticipación es uno de los recursos fundamentales, que los padres pueden usar con sus hijos en su crianza. Explicarles qué es lo que va a ocurrir si no hacen una determinada tarea o función es una herramienta muy útil de aprendizaje, pues ayuda a los niños a anticiparse sobre las consecuencias que pueden tener sus actos.
 
Relacionada
 
Por último, este punto tiene que ver con la segunda R mencionada, la de razonable. La consecuencia debe de tener una relación con el acto que se ha llevado a cabo. Es decir, si no existe una continuidad entre la acción y la consecuencia, es posible que lo que se esté aplicando sea un castigo. 
 
Siguiendo estas cuatro claves podrás ayudar a tu hijo a vivir una vida más plena, no solo consigo mismo, sino también con todo aquello que lo rodea. Los castigos pueden hacer sentir a los niños emociones de defensa como la rabia, el miedo o la tristeza.
 
Si se aplican consecuencias basadas en el respeto y la comunicación, los menores podrán aprender a comprender sus emociones y las de su entorno, logrando tener esa cualidad tan necesaria en la vida, la empatía.

domingo, 9 de julio de 2023

Mark A. Horowitz, investigador en psiquiatría:"Se convenció de que la depresión es fruto de un desequilibrio químico a base de repetirlo durante cuatro décadas"


LOIS BALADO       |       lavozdelasalud-galicia      |      16/06/2023

Tras participar en uno de los estudios más polémicos y compartidos de la revista 'Nature' sobre psicofármacos, el científico reivindica un nuevo enfoque del tratamiento de la patología mental

¿Qué está pasando en un cerebro de una persona con depresión? Esa es la gran pregunta. Todos aquel que no forme parte del mundo académico podría hallar una respuesta recorriendo el camino inverso. ¿Qué efecto provocan en nuestro cerebro los antidepresivosEl citalopram, el escitalopram, la sertralina, la fluoxetina son algunos de los antidepresivos más consumidos y todos ellos pertenecen a la misma familia: son Inhibidores Selectivos de la Recaptación de la Serotonina (ISRS). El silogismo es fácil. Si estos antidepresivos funcionan 'corrigiendo' los niveles de serotonina (un neurotransmisor), concluimos que la serotonina juega un papel clave en la depresión. Y así se lleva tratando el problema cuarenta años.

Pero en julio del 2022 cayó una bomba en forma de estudio en la Nature. A la revista científica se le presupone un estricto rigor a la hora de revisar las investigaciones que publica, de ahí el revuelo que causó la aparición del paper «The serotonin theory of depression: a systematic umbrella review of the evidence», un trabajo en el que, tras revisar buena parte de los estudios científicos sobre la influencia de la serotonina y los ISRS en la depresión, los investigadores concluían que no existen pruebas suficientes para afirmar con rotundidad que este 'desequilibrio químico' con la serotonina sea el causante de la depresión. El trabajo se ha convertido en uno de los 300 artículos más compartidos de la historia de la ciencia.

Mark A. Horowitz, miembro honorario de investigación clínica en psiquiatría en el University College de Londres y también miembro del equipo de investigación psiquiátrica del National Health Service (NHS) británico, es uno de los firmantes de este estudio. Un trabajo que ha sido ampliamente contestado por muchos colegas de profesión. Tanto a él como a sus compañeros les han llovido las críticas. 

—Su artículo comienza con una afirmación contundente: «Las encuestas sugieren que el 80 % de la población asume como algo establecido que la depresión está causada por un 'desequilibrio químico' en el cerebro». Algo que vosotros ponéis en duda.

—Vamos más allá de la duda. Diría que no hay pruebas que nos indiquen que la depresión está causada por un desequilibrio químico. No hay evidencias científicas sobre esto. 

—La teoría serotoninérgica y el tratamiento con antidepresivos del grupo de los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, algunos tan famosos como el citalopram o la fluoxetina, se basan en que esa teoría es cierta. ¿Cómo es posible que a estas alturas salte esta discusión?

—La razón por la que se convenció a la población de que la depresión es producto de un desequilibrio químico se debe a la repetición de esta hipótesis durante cuatro décadas. El resultado es que esto ya ha calado en la sociedad, hemos llevado la idea de este desequilibrio químico a los ambientes más cotidianos, pese a que no existe en absoluto una base científica que lo sustente. 

—Pero es que estos antidepresivos se dan en todo el mundo a millones de pacientes, hay cientos de estudios sobre el tema, cuesta creer que nadie se haya dado cuenta antes.

—Los psiquiatras como yo hemos sido educados y entrenados bajo la idea de que la depresión está causada por un desequilibrio de la serotonina y de otros neurotransmisores. Eso es lo que yo solía decirle a mis pacientes porque fue así como me lo enseñaron. De hecho, llegué a transmitírselo a mis estudiantes. Tanto yo como otros muchos colegas lo hemos visto reflejado en artículos académicos, la mayoría de ellos elaborados entre 1990 y 2010, en los que se incluye muchísima discusión sobre el papel de la serotonina en la depresión, sugiriendo, en un lenguaje mucho más complicado, que la causa era estos bajos niveles de serotonina. No se usa literalmente la frase de “desequilibrio químico”, pero cuando pasas de los libros de texto a los pacientes, sí es el tipo de lenguaje que se utiliza. En el mundillo, era sabido que no existía evidencia suficiente sobre esto en, al menos, los últimos 25 años. Una de las respuestas que recibimos a nuestro artículo fue «es un tema interesante, pero ya lo sabíamos». Y es cierto que esto era así en el mundo de la psiquiatría. Existía esta discusión sobre la falta de pruebas sólidas en los últimos años. Puede no haber sido una sorpresa para ellos, pero, pese a que se estaba hablando en estos círculos, nadie le dijo nada de esto a la gente. 

—¿No cree en absoluto en que la serotonina tenga un papel en la depresión?

—No creo en cosas sobre las que no tengo pruebas. Existen 57 años de investigación en esto, se han gastado decenas de miles de millones de dólares. Análisis genéticos, análisis sanguíneos, estudiar las neuronas, se han diseccionado cerebros en cientos de estudios. Ninguno ha encontrado pruebas sobre esta teoría. Es cierto que es muy difícil probar también lo contrario, pero en este momento, para mí no existe explicación contundente.

—Su estudio es, claramente, controvertido. ¿Qué respuesta han obtenido?

—Ha sido uno de los 3.000 artículos más compartidos en la historia de la ciencia. Ha sido ampliamente compartido. Nature nos permite ver algunas de las mediciones sobre los compartidos que ha tenido un estudio. Estas son las métricas —aquí el investigador comparte la pantalla con La Voz de la Salud— que muestran cuánta atención ha recibido una publicación en Nature. Hay 22.000.000 de estudios publicados sobre ciencia y el nuestro ha alcanzado el top-300. Se trata de uno entre un millón. Está en el top-10 de artículos más compartidos en el último año y top-300 en la historia de la ciencia. Hemos estado en la televisión australiana, en la de Inglaterra y en Estados Unidos. Y sí, el New York Times escribió sobre nuestro estudio, pero lo hizo para cuestionarlo y debatir las conclusiones. Bueno, yo puedo darte mi visión. La depresión es una respuesta normal de los mamíferos ante situaciones de estrés continuadas. Si le pegas a un perro, el perro se irá a una esquina y llorará; si separas a un mono de su grupo, chillará. Los humanos, como los animales, padecemos estrés y puede llegar a superarnos cuando cosas terribles nos suceden en la vida. Si rompes con tu pareja, si pierdes tu empleo, si enfermas, es muy probable que aumente el riesgo de depresión. La depresión es, muchas veces, el coste de que las cosas vayan mal en nuestras vidas. Influye la biología, la personalidad, etcétera. Llevamos treinta años investigando con qué frecuencia una persona cae en depresión. Te lo pregunto a ti: ¿qué proporción de gente padece síntomas clínicos de depresión o ansiedad a lo largo de su vida? ¿Cuánto dirías?

—No lo sé, ¿un 15 %?

—El 86 %. Básicamente, lo opuesto al 15 %. Es una respuesta completamente normal a la vida. Si nunca has estado deprimido o ansioso, formas parte de un grupo muy pequeño de personas. Casi todos pasamos por eso. Pero en los últimos cuarenta años, nuestro concepto de depresión y ansiedad ha sido transformado. Se nos ha dicho que es una enfermedad mental y que por eso teníamos que mirar dentro del cerebro para encontrar un problema químico, cambiar esa química y arreglar el problema. En este relato, si tenemos un problema químico, podemos encontrar una solución química. 

—Es que si rechazamos a la química, ¿qué nos queda?

—Por supuesto que todo gira alrededor de la química. Nuestro cerebro funciona con electricidad y con química. Sentirse feliz, triste, irritable, hambriento... todo son procesos químicos del cerebro. Pero eso no significa que sea la perspectiva correcta con la que acercarse para resolverlos. Por ejemplo, si tú me cuentas que eres infeliz porque has roto con tu pareja y yo te contesto: «Vale, vamos a ir a la raíz del problema, hablemos de la química de tu cerebro», ante semejante estupidez de respuesta probablemente no querrás ser más mi amigo. La respuesta correcta sería preguntarte qué es lo que ha pasado, qué te ha dicho, etcétera. Por supuesto que estar triste porque tu pareja ha roto contigo es un proceso químico-eléctrico, pero es un punto de vista ridículo para tratar de entender las cosas. Lo importante es lo que está pasando en tu mente y en tu vida. Creo que, culturalmente, se nos ha convencido para hablar de química y electricidad y no de mentes y de la vida. Si alguien está mal porque ha perdido su trabajo, tendremos que ayudarle apoyándole o buscándole otro trabajo, no tratando de manipular químicamente sus miedos sobre el futuro. Pero lo cierto es que hemos asumido esto culturalmente por muchas razones, y el peso de la industria es solo una de ellas.

—Entiendo que desechar la química y relacionar la depresión con problemas vitales ha debido de causar gran revuelo. 

—Medios como el New York Times, que publicó un artículo enfrentándose a nosotros, plantearon una falsa dicotomía: si no es el cerebro el que causa la depresión y la ansiedad, significa que estás culpando a la gente de padecer depresión o ansiedad. Algo a lo que se ha llamado la falsa dicotomía del brain-blame (cerebro-culpa, en inglés). Según esto, no asumir que la depresión es una enfermedad mental, significaría que le estás diciendo a la gente que no es suficientemente fuerte. Yo creo que hay una tercera manera de pensar que consiste en asumir que vivimos un momento histórico con circunstancias difíciles al que la gente responde sintiendo ansiedad o depresión. No estoy diciendo que la gente sea débil, porque yo mismo he padecido depresión y he sido medicado con estos fármacos. Simplemente, creo que no es el mejor modo de abordar el problema de la depresión. El New York Times y otros periódicos han sido muy beligerantes porque se han casado con la idea de que la depresión es una enfermedad mental. Que esto va de proteger a la gente y no culparles. Nuestro artículo nos ha costado sufrir una fuerte repulsa, mucha ira por este cuestionamiento sobre la enfermedad mental, porque es incómodo verlo desde esta perspectiva. Se nos ha acusado de culpar a la gente.

—Y usted cree que es una crítica injusta, entiendo.

—Lo que yo creo es que a la gente con cerebros normales que experimentan sensaciones negativas más que comprensibles, se les han dado fármacos sobre los que nos falta mucha información. 

—¿Una depresión no se puede curar con fármacos?

—Hay dos formas de ver los tratamientos farmacológicos psiquiátricos. Uno es el llamado disease intermodal of psiquiatric drugs, pensar en ellos como en cualquier otro tipo de fármacos existentes en la actividad clínica de la medicina. Si sufres una infección bacteriana, te darán un antibiótico; el antibiótico mata a la bacteria y cura la infección. Se ha tratado de llevar esta misma lógica a los fármacos psiquiátricos. Por eso la teoría del desequilibrio químico ha sido tan importante. «Hay un problema químico que el antidepresivo va a solucionar» y muchas veces se usa la coletilla de «como la insulina para la diabetes». Si no tienes suficiente insulina, te la inyectas y mejoras. Hasta en el propio nombre, antidepresivo, suena parecido a antibiótico. La diferencia es que no hay pruebas que demuestren ni que haya un desequilibrio químico ni que los fármacos lo solucionen. La otra forma de observarlos es bajo el llamado drug sympton model. Las drogas psiquiátricas (el entrevistado habla de drugs, que en inglés se usa como sinónimo de fármaco actúan sobre nuestra mente modificando nuestra forma de pensar y nuestras sensaciones. El alcohol es bueno contra la ansiedad social: si estar entre mucha gente te pone nervioso, beber alcohol aumentará tu sensación de calma y estarás más desinhibido. Pero nadie se atrevería a decir que el alcohol está resolviendo el problema subyacente de la ansiedad, simplemente es lo que el alcohol provoca a todo el mundo. Hay un grupo de psiquiatras que defienden que esto es lo que hacen los antidepresivos. No solucionan el problema, sino que cambian nuestra forma de pensar y de sentir, y esto puede suponer una ayuda o no.

—¿Entonces sí pueden ayudar?

—Si le preguntas a alguien cómo un antidepresivo le hace sentir, la respuesta más común, la número uno, será que les hacen sentir entumecidos; menos emocionales. Su rango de emociones se reduce. Tanto las negativas como las positivas; sienten todo de manera menos intensa. Reducir las posibilidades de experimentar pánico o ansiedad suele ser percibido como un alivio. Pero eso no es solucionar el problema. Puede ser un recurso para el corto plazo, pero cuando piensas a largo plazo hay consecuencias. Ese entumecimiento va a afectar a tus relaciones, a la sensación de quién eres. Puede afectar a tu calidad de vida. Un efecto secundario muy común es el entumecimiento sexual. La pregunta es, ¿puede esto ayudar? Tal vez se pueda discutir sobre el corto plazo, pero yo argumentaría que sucede un poco como con en el alcohol para combatir la ansiedad: una solución a corto plazo que va a causar problemas en el largo. 

—Pero es que muchas veces las personas necesitamos solucionar problemas inmediatos. 

—En el corto plazo, también causan muchos problemas. Pensemos en el el alcohol de nuevo: pérdida de concentración, problemas de memoria y, en el largo plazo, daño cerebral. Hay muchísimas pruebas de los daños que pueden provocan los antidepresivos. Si abres una caja de antidepresivos y lees el prospecto, podrás repasar todos los efectos secundarios. Todo lo que se da por cierto en el alcohol y otras drogas lo vas a encontrar en esa lista. Los antidepresivos causan problemas sexuales —en el orgasmo, a la erección y a la eyaculación—. La EMA ya reconoce que estos problemas pueden prolongarse durante años después de dejar el tratamiento y que incluso podrían ser permanentes. Provocan problemas de memoria, de concentración, alteran el sueño, náuseas. En el largo plazo los estudios demuestran que las personas que consumen antidepresivos tienen un mayor riesgo de infarto, enfermedad cardiovascular, muerte temprana, fracturas, cataratas, osteoporosis... porque estos fármacos afectan a todas las partes de nuestro cuerpo. Cuando partimos de la premisa de que estos fármacos solucionan un problema químico, usar antidepresivos nos suena a algo totalmente natural y lógico. El darnos cuenta de que no hay un problema con la serotonina en la depresión, conlleva a que estamos añadiendo artificialmente drogas para incrementar nuestros niveles de serotonina. Un ejemplo. Los antidepresivos actúan de maneras muy similares al MDMA o el éxtasis. Ambos tienen como objetivo la misma proteína, los transportadores de serotonina. El éxtasis, obviamente, de manera más fuerte que los antidepresivos. Pero imagina qué coste tendría para tu salud una pequeña dosis de éxtasis todos los días. Al principio puede mejorar tu estado de ánimo, pero su uso continuado no produce personas felices, sanas y funcionales. 

—Sin embargo, con estos fármacos existe una mejoría en muchos pacientes, ¿qué explicación le dan?

—Por supuesto hay una parte de efecto placebo. Sucede con muchas cosas: depresión, ansiedad o dolor, que parecen resolverse por el poder de la expectativa. Si te digo que esta pastilla te va a ayudar, la gente espera sentirse mejor y, finalmente, se siente mejor. Mira —aquí el entrevistado comparte su pantalla con La Voz de la Salud y muestra una serie de gráficas—, este es un trabajo que realizan todas las compañías farmacéuticas, una gráfica que muestra qué es lo que sucede durante las seis primeras semanas de consumo de un fármaco. La gente que recibe placebo mejora 10 puntos; si se les suministra el fármaco, mejoran 12 puntos. Hay diferencias muy pequeñas. A cualquier persona que le des cualquier pastilla, aunque sea solo de azúcar, mejoran de su problema. Hay tres razones por las que esto sucede. La primera es que, desde el pico mayor de depresión o ansiedad, seis semanas más tarde vas a estar mejor. Esto se aplica para cualquier cosa. Tras el punto máximo de un dolor, por ejemplo de cabeza, voy a estar mejor seis semanas después. Lo segundo es que la gente se recupera de los problemas de manera natural, la gente supera las cosas. Rompes con tu pareja, pierdes el trabajo, pasas un tiempo tirado en tu cama viendo la televisión hasta que quieres volver a salir y hacer planes. Recuperación natural. El tercero es el efecto placebo. Esta pastilla me va a hacer sentir mejor. Sabemos que esto explica, al menos, el 80 % de los efectos de los antidepresivos.Y sabemos que hay una diferencia muy pequeña, reconocida incluso entre los mayores defensores de estos fármacos. Y hay otro aspecto, que es que mucha gente asegura seguir mejorando después de varias semanas, cuando sabemos que la droga ya no está activa. Esto es la historia de absolutamente todas las drogas. Los opioides contra el dolor dejan de funcionar, el diazepam deja de funcionar, también el alcohol. Se desarrolla tolerancia. Así que incluso el más mínimo efecto que se haya podido registrar en las primeras seis semanas, desaparecerá con el tiempo. Por tanto, hay muchas pruebas de que, en el largo plazo, estas medicaciones o no funcionan o la hacen de manera muy tímida.  

viernes, 7 de julio de 2023

Jacobo Torrón, psiquiatra gallego; "En salud mental hemos pasado del mutismo al ruido"

 

ANDREA PÉREZ-BOUZADA        |       www.elespañol.com      |      12/06/2023

 
Este experto considera que el teléfono móvil es "el tóxico del momento", con los menores como los grandes perjudicados de su mal uso: "Es un arma con la que pueden ser acosados, acosar, ver violencia... Si no pueden conducir o beber alcohol antes de los 18, quizás no deberían tener un móvil"

La salud mental ha tomado una posición muy diferente en la sociedad tras la pandemia. Se le ha comenzado a dar una visibilidad que no tenía y se ha empezado a desestigmatizar una parte de la medicina que en ocasiones se ha considerado una especialidad de segunda. No obstante, a pesar de los avances, el psiquiatra vigués Jacobo Torrón Vázquez-Noguerol asegura que aún queda mucho por hacer.

"Indudablemente esta es la parte buena de la pandemia, que se hable de salud mental y que se destinen fondos a investigación, pero los recursos eran tan insuficientes, estábamos tan mal respecto a otros países, incluso en Galicia respecto a otras comunidades, que las inversiones, que son fantásticas, siguen siendo insuficientes. Se sigue viendo que faltan psicólogos, que faltan camas. Estamos mejor, pero todavía falta", cuenta el experto.

Psiquiatra en la Clínica El Pinar, y miembro de la Asociación Gallega de Psiquiatría, Jacobo Torrón cree que promover una psiquiatría científica es también uno de los grandes retos de esta especialidad. "La salud mental se ha visto muchas veces como una pseudociencia, como si los psiquiatras no fuéramos médicos. Se está empezando a ver de otra forma pero aún así hay mucho por hacer, somos una rama de la medicina como es la ginecología, la traumatología o la neurología, y hacen falta más recursos", asegura.

Los jóvenes, en el foco

La crisis sanitaria hizo saltar las alarmas de la importancia de la salud mental en todas las franjas de edad, si bien, el foco mediático se puso fundamentalmente en la población más joven. Aunque el doctor Torrón explica que sí fue uno de los núcleos más afectados, el otro extremo también ha sufrido las consecuencias de este momento excepcional que se ha vivido de forma global.

Precisamente sobre ese foco, el de los jóvenes y menores, y la forma de visibilizar esta rama de la medicina, Torrón Vázquez-Noguerol se muestra contundente: "Hemos pasado del mutismo al ruido". Así, este doctor cree que es necesario comunicar, pero que requiere un especial cuidado el trato de la información, y no sólo por el efecto llamada o efecto Werther que se puedan relacionar con los suicidios o los actos violentos, sino por la manera de hacer visible la salud mental incluso en las series de ficción.

"No solo se habla de salud mental en los medios de comunicación, a mí me preocupan, por ejemplo, las series de televisión que hay de adolescentes con las que se sienten identificacos en unas edades en las que, además, son más vulnerables. Parece que que está todo el rato presente el acoso, el acosador, el que sufre, la víctima, y cómo se tratan de resolver esos problemas con autolesiones, consumo de drogas o incluso el suicidio", destaca el psiquiatra gallego.

"Cuando somos jóvenes nos identificamos con ideales que podemos ver, ya sea un personaje del deporte, un actor en una película o un personaje de una serie, a todos nos ha pasado, pero es que hoy en día ese personaje se corta porque fulanito no le responde a los WhatsApps. Al final, que te identifiques con estos modelos que presenta la ficción es tremendamente patológico", añade.

El teléfono móvil, "un arma" para los menores

Con el tiempo y los avances en materia de salud mental se le han ido poniendo también nombre a algunas conductas, como es el caso de bullying. ¿Se sobredimensiona un problema al categorizarlo? Jacobo Torrón cree que no y que, incluso, puede ser beneficioso. "Siempre ha habido acoso en los colegios, igual que siempre ha habido queme laboral o síndrome de burnout. El nombre no sobredimensiona el problema, lo que sí lo hace es nuestro estilo de vida. Las nuevas tecnologías hacen estos problemas más intensos", apunta el médico vigués.

"No es lo mismo fumar un cigarrillo que fumar una cajetilla. El daño no va a ser el mismo. Y tampoco es igual que te acosen durante la jornada lectiva de seis u ocho horas que si esto acaba y te siguen vacilando por grupos de WhatsApp, por redes sociales... es 24/7, y el daño tampoco es el mismo. Creo que esto sí que es lo que realmente está ocurriendo; es el problema, desde mi punto de vista, de la tecnología mal usada", añade.

Este psiquiatra compara el uso de teléfonos móviles con otras actividades no permitidas para menores de edad, como el consumo de alcohol o la conducción de un vehículo pesado. "No permiten beber alcohol hasta los 18 años porque el cerebro no está formado y tiene efectos perniciosos; tampoco se puede conducir hasta esa edad porque se entiende que el cerebro no está preparado para una adecuada toma de decisiones. Sin embargo, vemos niños de 11 años con teléfonos con los que pueden hacerse fotos desnudos, pueden acceder a porno, ver violencia, acosar o ser acosado", explica este médico que considera que se trata del principal "tóxico del momento actual".

El experto cuenta cómo hay países en los que el uso de las nuevas tecnologías ya se está regularizando, algo que, considera, debería llegar cuanto antes. "En Silicon Valley, donde empezó a introducirse las pantallas en las clases, ya hace años que las han quitado. Y recientemente salió una noticia de que en Suecia han dado marcha atrás también con estas iniciativas, y en las aulas han vuelto a los libros de texto", sostiene.

Cuando preguntar tiene un efecto protector

En los últimos meses han trascendido en medios de comunicación casos terribles de suicidios de jóvenes que, sin duda, generan un gran impacto en la sociedad, ante lo que muchas personas se preguntan: ¿Cómo se detectan las señales de alarma? En este sentido, Torrón Vázquez-Noguerol apunta que, en primer lugar, no hay que hiperresponsabilizar o culpabilizar a los padres. "Parece que tenemos que detectar señales de alarma, pero no siempre las hay. A veces, esto ocurre incluso por un acto impulsivo, algo que no es previsible", explica.

No obstante, en general, señala que "evidentemente tenemos que estar alerta cuando existen cambios comportamentales o conductuales en un niño o un adolescente". "Si es una persona que suele salir a hacer deporte y de repente deja de hacerlo, que suele quedar con amistades y de repente deja de hacerlo, que tiene cambios, por ejemplo, en el sueño o en el apetito, que deja de asearse, de cuidarse, son señales que nos orientan, y nos dicen que a nivel psíquico algo puede estar pasando", cuenta.

Jacobo Torrón hace hincapié en la importancia de perderle el miedo a preguntar. El médico vigués sostiene que muchas veces es difícil para los jóvenes abrirse a un familiar, por lo que pedir ayuda externa puede resultar muy beneficioso. "Es importante estar familiarizado y preguntar, algo que se ha visto que tienen un efecto protector", afirma.

Terapia electroconvulsiva, "tan segura como eficaz"

Si los jóvenes han estado en el centro del interés de la opinión pública en lo que a temas de salud mental se refiere, las terapias electroconvulsivas han ocupado también numerosos titulares en la comunidad gallega tras recibir un paciente este tipo de tratamiento sin el consentimiento de su familia. Algo que, según se ha conocido, fue autorizado por un juez al no estar el paciente en condiciones mentales para decidir.

Sobre el uso de este método, Jacobo Torrón, ratifica que se trata de un tratamiento "tan seguro como eficaz". "La electricidad para tratar problemas mentales se usa desde hace muchísimos años, pero las técnicas se han ido perfeccionando, hasta tal punto que es de primera indicación para embarazadas. Antes no había relajantes musculares, no se hacía bajo anestesia, y evidentemente tenía unas secuelas importantes, pero hoy se hace en un quirófano bajo inducción anestésica, con relajación muscular y es un tratamiento tremendamente efectivo y seguro", sostiene.

Además de este tratamiento, la Clínica El Pinar practica diversas técnicas vanguardistas para tratar algunas patologías, como la depresión resistente o el trastorno obsesivo compulsivo resistente, con estimulación magnética transcraneal. "También somos pioneros en disponer de una unidad de trastorno límite de la personalidad", apunta Jacobo, quien asegura que al contar con estas técnicas y esta unidad "son casos que vemos con mucha frecuencia".

miércoles, 5 de julio de 2023

Qué es la clinofilia o por qué no se quiere salir de la cama: causas, síntomas y tratamiento


ALIMENTE- EL CONFIDENCIAL     |     01/04/2023

 

A mucha gente le encanta estar tumbada en la cama sin nada que hacer. Sin embargo, esto puede derivar en un problema serio si se convierte en algo habitual. Descubre qué es la clinofilia

 

Mucha gente es perezosa por naturaleza y no lleva bien madrugar. Levantarse de la cama supone un verdadero esfuerzo, por lo que los fines de semana aprovechan para descansar y hacerse los remolones más de la cuenta. Es algo normal. Como lo es también el no querer salir de la cama cuando estamos tristes cansados. No necesariamente uno tiene que estar durmiendo. A veces basta con estar tumbado dejando pasar el tiempo porque la apatía o la falta de energía invade nuestro estado de ánimo.

Sin embargo, cuando esta situación no es ocasional y se convierte en una tendencia habitual o crónica, ya sea debido a trastornos psiquiátricos o mentales (como la depresión, la ansiedad, el estrés, la esquizofrenia o la bipolaridad) o un elevado malestar emocional (muerte de un ser querido, problemas de pareja o falta de objetivos vitales y autorrealización), estaríamos hablando de la clinofilia. Esta situación de estar encamado o tumbado no se debe en ningún caso a una enfermedad orgánica o biológica, puesto que el sujeto puede levantarse sin problemas de la cama.

 

No se puede considerar que la clinofilia sea un trastorno, sino más bien una actitud nerviosa o manifestación conductual que sí podría estar anunciando la existencia de un problema mayor, asociado generalmente a un malestar emocional o psicológico que conlleva sufrimiento. Estar tumbado es una forma de protegerse del exterior y evitar relacionarse con el resto, lo que provoca que el problema sea resuelto, porque no se disponen de los recursos o herramientas suficientes o adecuadas para hacer frente a la situación.

 

Síntomas y tratamiento

 

Entre los síntomas está la tendencia a permanecer prácticamente inmóvil y pasivo en la cama, y suele acompañarse de apatía, tristeza, fatiga mental o física, irritabilidad, cambios de humor, la necesidad de estar solo y dificultades para ver el lado bueno de las cosas. Puede incluso aparecer en forma de llanto, o todo lo contrario, es decir, falta de sensibilidad, como un estado de anestesia emocional. También afecta al sueño, generando hipersomnia que viene acompañada de insomnio nocturno y falta de sueño reparador.

 

Todo ello puede rayar en la obsesión y terminar afectando tanto la vida profesional (impuntualidad, absentismo, falta de concentración) como la personal (aislamiento del entorno más cercano), debido a una baja autoestima, lo que deriva también en un fuerte sentimiento de culpa por no estar realizando una vida normal como todo el mundo. 

La clinofilia puede tratarse mediante una terapia psicológica de tipo conductual que trabaje el cambio de creencias y pensamientos, y establecer pautas y estrategias para afrontar la situación por la que se está atravesando. Poco a poco, el paciente irá recuperando la normalidad al incorporar determinadas actividades a su vida diaria y favorecer su empoderamiento, lo que reforzará que adquiera otros puntos de vista para resolver los problemas de forma válida y capaz. 

lunes, 3 de julio de 2023

Sincerizidio o cuando decir (toda) la verdad no es buena idea

Jorge Luis García     |     uppers.es     |     01/07/2023

El sincericidio surge cuando una persona transmite información veraz sin filtros, sin empatía y sin pensar en el estado de ánimo del otro.

 

¿Está la sinceridad sobrevalorada? Decir la verdad en todo momento o ir siempre de frente son actitudes que nos han inculcado como positivas desde pequeños, pero que en realidad son insostenibles. Soltarle toda la verdad a alguien puede provocar más daños que beneficios. Es más, una vida sin mentiras sería un auténtico caos. Probablemente si lleváramos el sincericidio hasta sus últimas consecuencias no tendríamos amigos, ni pareja, ni trabajo. No vale decir todo lo que se piensa, sino pensar lo que se dice. Pero, ¿cómo saber cuándo es mejor no decir (toda) la verdad?


Es evidente que hay diferentes grados de verdad, desde las verdades absolutas hasta las subjetivas o relativas. El sincericidio como faceta psicológica no tiene que ver con las primeras, sino que está más asociado con las relaciones sociales cotidianas. Surge cuando una persona transmite información veraz sin filtros, sin empatía, como un acto egoísta que no tiene en cuenta el estado de ánimo del otro. Cree que decir las cosas 'tal y como son', aunque no se ponga en el lugar de la otra parte, es una muestra de coherencia.

Un castigo más que un apoyo.

 

No todas las personas lo hacen adrede, pero dar ciertas informaciones sin ningún tipo de filtro, de forma rápida y directa, más que un apoyo puede ser un castigo. Tan duro puede ser para el oyente escuchar una mentira como oír la verdad sin un análisis previo de sus consecuencias. Las consecuencias de ese 'sincericidio' van desde crear conflictos graves con personas importantes en nuestra vida hasta dañar de manera significativa la autoestima de la otra persona.

 

La experiencia y el sentido común son la mejor guía para descubrir por nosotros mismos cuándo es mejor no decir la verdad. El respeto, la responsabilidad y el afecto deben ir por delante de la honestidad. A la hora de evitar el sincericidio conviene ponderar qué vamos a conseguir diciendo la verdad. Si nuestra honestidad no aporta valor a la conversación o va a traer más daño que beneficio, es mejor callar.

 

Mentiras constructivas, mejor que verdades destructivas

 

En muchas ocasiones es mejor una mentira constructiva que una verdad destructiva. Pongamos el caso de un hijo que lleva meses esforzándose con mucha ilusión con la pintura pero nosotros no vemos que haya hecho avances significativos. En vez de decirle que jamás va a llegar a ser un Velázquez o un Picasso, deberíamos animarle a seguir trabajando esgrimiendo que en el arte un 5% es cuestión de talento y el otro 95% es producto del trabajo duro. Hay que recordar que no decir (toda) la verdad no es lo mismo que mentir, especialmente en estos casos cotidianos. 

 

Las mentiras piadosas también alcanzan al ámbito de la pareja. De hecho, no existiría pareja en el mundo si se aplicara la sinceridad absoluta durante las 24 horas del día. Pero no decir toda la verdad no nos convierte en personas deshonestas. Al contrario, ponerse en el lugar de la otra persona y analizar cómo puede afectar ciertas informaciones puede ayudar a fortalecer nuestros vínculos.  

sábado, 1 de julio de 2023

Seis cosas de primero de psicología que todos deberíamos aplicar desde ya en nuestro día a día


LOIS BALADO      |      lavozdegalicia.com   |    10/04/2023 

Tener mayor conocimiento de cómo funciona la mente puede ayudarnos a tener actitudes menos tóxicas de cara a nosotros mismos y a los demás.  


Pese a la salida del armario de la salud mental, existen conceptos muy básicos de nuestros comportamientos y emociones que debemos comprender y nadie nos ha explicado

 

Al mismo tiempo que nos aplaudimos como sociedad por haber sacado del armario a la salud mental —algo que sin duda hemos hecho—, cada día cometemos errores que maltratan nuestras emociones. No pasa nada, estamos aprendiendo, pero es importante no caer en la autocomplacencia: hemos mejorado a la hora de exponer un problema, pero estamos lejos de la excelencia. Por eso debemos seguir formándonos, y si no podemos o queremos acudir a una psicoterapia, sí al menos descubrir cómo funcionan nuestras cabezas.

 

Hay conceptos que son básicos y que todos debemos conocer. Evidentemente, no se trata de que todos nos convirtamos en psicólogos de la noche a la mañana, igual que no necesitamos ser todos nutricionistas para encontrar una dieta equilibrada. La intención es trascender, poco a poco, de esa primera capa superficial de conocimiento que tenemos sobre el funcionamiento de nuestras mentes aportando conceptos que un estudiante de primero de psicología podría encontrarse nada más desembarcar en la carrera.  


1. Nuestra atención es limitada: tanto lo que quieras, como lo que quieras evitar, se convertirá en el centro de tu vida

 

Para reducir nuestros comportamientos tóxicos y mejorar nuestra capacidad de cuidado, necesitábamos a alguien que fuese capaz de ser didáctico y, a la vez, que estuviese en contacto con las principales problemáticas que hacen que los pacientes recurran a la psicoterapia. Para ellos nos fuimos a la Universidad Autónoma de Madrid y concertamos una cita con Raquel Rodríguez-Carvajal, que además de su labor docente en el centro, codirige la unidad clínica de la universidad. Es decir, enseña y ve a pacientes. Ella nos guiará en este manual.

 

«Hay una cosa que cae de cajón, que es de primero de psicología, pero que condiciona el 99,9 % de las discusiones absurdas que tenemos las personas y el sufrimiento», explica. Como para no quedarse a escucharla. Este gran motivo de discusión es no darse cuenta de que «nuestra capacidad atencional es limitadísima». ¿Cómo afecta esto tan masivamente a nuestras vidas? La psicóloga lo explica a través de un experimento clásico.

 

«Se trata de un experimento clásico, de los años 70, en el que se puso a dos hooligans de dos equipos de fútbol ingleses rivales frente a un televisor. Ambos con la misma agudeza visual y a la misma distancia del televisor. El resultado es que donde uno ve un penalti, el otro no. Atencionalmente, nunca, jamás, dos personas ven las mismas cosas, se quedan con las mismas cosas o procesan las mismas cosas. Es imposible, incluso a nivel fisiológico», explica.

«Ponerse a discutir sobre lo que pasó es una pérdida de tiempo enorme. Nunca te vas a poner de acuerdo. No porque seas malvado, porque el otro te mienta o te autoengañes, sino porque fisiológicamente es imposible recordar las cosas igual»

 

Dicho esto, ¿por qué es tan trascendente para nuestras vidas entender que nuestra atención es limitada?, ¿cómo puede mejorar eso nuestra salud mental? Explica la docente que nuestra atención, además de ser limitada, es selectiva. Y es selectiva, precisamente para subsanar lo limitada que es. ¿En qué se traduce esto? «Pues ya sabes, te acabas de comprar un coche y de repente media ciudad se ha comprado tu coche. Te quedas embarazada, y de repente todo el mundo está embarazada. ¿Qué pasa?, ¿que antes no había esos coches? No, es que así funciona la mente humana. Ahora está prestando atención a la información que actualmente le está resultando relevante», comenta Raquel Rodríguez-Carvajal antes de ir al meollo de la cuestión: «Una cosa de primero de psicología que digo mucho a mis pacientes es que, tanto aquello que quieras ver como lo que quieras evitar, se convertirá en el centro de tu vida. Porque la atención se dedica a eso. A monitorizar aquello que consideras importante; bien porque lo quieras, bien porque lo quieras evitar».


Por tanto, y esta es la enseñanza con la que debemos quedarnos, no tiene sentido centrarnos en discutir qué pasó, sino que debemos centrarnos en evitar que vuelva a ocurrir. «Si la gente fuese consciente de la pérdida tan grande de tiempo que es ponerse a discutir sobre lo que pasó, nos evitaríamos muchos problemas. Porque nunca te vas a poner de acuerdo. No porque seas malvado, el otro te mienta o te autoengañes. Es que es imposible, fisiológicamente hablando, recordar las cosas igual. En vez de discutir sobre lo que pasó, trata de discutir sobre qué vamos a hacer la próxima vez para que no pase, eso sí es útil», remacha. Primera enseñanza.


Cómo nuestra atención limitada es una complicación para nuestras vidas se aprecia con claridad en los pacientes de ansiedad. Son personas que hipermonitorizan todas tus sensaciones, se vuelven el centro de su día a día; «mientras, la vida pasa por los lados y no te das ni cuenta».

 

 2. Sostener los sentimientos: no hay emociones buenas ni malas

 

Pasamos del 'yo' al otro para entrar en el segundo punto, importantísimo. Aunque pueda sonar extraño, no hay emociones buenas ni malas. Y esto es algo que debemos grabarnos a fuego. «Lo más importante es saber sostenerlas», explica la profesional. Pero, ¿esto qué quiere decir?

 

«Parece existir urticaria a sentir emociones. Corriendo nos lanzamos al juicio o a intentar quitárnosla del medio. En sí mismas, las emociones no son ni buenas ni malas. Dependerá de lo que hagas con ellas que se conviertan en algo bueno o algo malo para ti», introduce la doctora en psicología y profesora en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Por ejemplo, la ira. «Uno podría pensar que la ira puede ser algo horrible, pues no, porque si tú eres una persona que tiene problemas para poner límites o ser asertivo, bienvenida sea la ira que te dará la energía para decir ‘hasta aquí'. Otro ejemplo, la tristeza, ¡qué casualidad que de entre todas las emociones sea la única que nos permite parar y replantearnos las cosas!», señala Rodríguez-Carvajal que explica que solo la tristeza es capaz de hacer esa labor tan necesaria de 'reseteo' mental.

 

Pero cumplir con esta máxima no es sencillo. Básicamente, porque se nos ha enseñado a que debemos hacer todo lo contrario. Casi todo el mundo coincidirá en que, cuando un amigo lo está pasando mal, habrá que hacer un esfuerzo para que se sienta mejor. «Vivimos en una sociedad muy orientada al hedonismo en la que se considera que las emociones 'malas' hay que eliminarlas, cuando, en realidad, tienen una función fundamental para muchas cuestiones del ser humano. A la hora de ayudarnos a nosotros mismos o a otros, cuando sentimos una emoción, lo primero que tenemos que hacer es acogerla si es propia o sostenerla si es del otro», detalla, advirtiendo que esto es algo «muy difícil» y que ella misma, pese a su formación —su currículum es excelente—, muchas veces falla. Así que, sin culpa. Si falla ella, vamos a fallar nosotros.

 

3. Empatía frente a simpatía, entender las diferencias y escuchar

 

Derivado de este punto, nos encontramos con esta tercera parada en nuestro viaje por asumir aspectos esenciales de la psicología. Partimos de un marco supremo que deberemos aplicar ante nuestros problemas, pero sobre todo, ante los problemas de los demás: no juzgar.

 

«Cuando ves a tu hijo llorar, quieres sacarlo de ahí, cuando lo que tienes que hacer es estar con el niño y acompañarle en el dolor: llorar, callar y no decir nada. Sostener el daño de alguien a quien quieres es muy complicado, por eso una de las máximas es no hacer terapia con alguien con quien tengas un vínculo afectivo. Porque pierdes la distancia emocional que necesitas para poder ayudar», dice la psicoterapeuta. Esto, a nivel profesional, ¿pero qué hacemos entonces si una amiga está mal?, ¿le negamos nuestro apoyo? Para nada, simplemente limitémonos a no querer jugar a ser psicólogos: «Si quieres ayudar, acompaña. Sostén el dolor del otro, escuchando de verdad y sin juzgar. Cuando hay un vínculo afectivo, es lo que hay que hacer. Cuando no hay conocimiento psicológico, lo más importante es escuchar y sostener. Si todo el mundo lograse hacer esto con las personas que queremos, tendríamos resultados increíbles».

 

Intentar por cualquier método sacar a alguien de su dolor diciéndole lo que tiene que hacer supone desempoderar a la persona. No extraerá un aprendizaje, cuando la persona que mejor sabe lo que tiene que hacer es ella misma. Hay que darle un entorno de apoyo, no de juicio. Si somos lo suficientemente hábiles podemos preguntarle cosas para que esa persona descubra por sí misma el camino. Darle instrucciones supondrá hacerle dependiente.

 

 4. El estrés y la atención son procesos incompatibles

Tras entender los anteriores puntos, podemos abordar este cuarto apartado: el estrés y la atención son procesos incompatibles. Si a una persona se le está haciendo 'bola' un problema que tú ves como una nimiedad, no trates de exponerle que eso que le pasa es una tontería. «Ya sabemos que nuestra atención es limitada. Pero es que cuando tú estás más estresado, tu capacidad de prestar atención está todavía más mermada. Eso es lo que pasa cuando estás emocionalmente afectado, que por mucha calma, por mucho cariño y mucho santo santorum que te explique, hasta que tu no te desactives y abandones la tensión que sientes, no empezarás a ver otras cosas. Es un proceso que tiene que hacer la persona», cuarta enseñanza de este curso de psicología básica.

 

Conviene entender que, pese a que tras esta reseña sobre el estrés, podamos verlo como algo negativo, no lo es. Se trata de un mecanismo que, aunque nos merme nuestra atención, nos permite 'dejar de sentir' para cubrir nuestras necesidades. «Si tú te haces un esguince, la gente te dirá ''espérate a que se enfríe, verás como te duele''. Aunque tú tengas un daño real, si van a atropellar a tu hijo, sales corriendo. La pregunta aquí es, ¿no existe el dolor?, ¿me autoengaño? ¿o es que hay un mecanismo que me permite dejar de sentir? Pues es la tercera opción. Tenemos un mecanismo que nos permite dejar de sentir; cuando te estresas, pierdes capacidad atencional. No estás prestando atención a tu dolor. El estrés y la atención comparten vías de comunicación: si la vía se satura por el estrés, no hay sitio para la atención», comenta la docente. Por tanto, y una vez más, no juzgues un problema de una persona por mucho que te pueda parecer absurdo. Te agotarás y no servirá de nada. 

 

5. Tratar de evitar el malestar es el principio del problema

 

Confiesa Raquel Rodríguez-Carvajal que esto es algo que no le enseñaron en la carrera y que ha tenido que aprender con los años dedicados a su profesión: tratar de evitar el malestar es el principio del problema

 

En principio, tratar de evitar un problema podría parecer una buena idea, lo que en psicología se conoce como «evitación experiencial», pero Rodríguez-Carvajal desgrana como lo que, a priori parecería un buen escenario, lo único que hace es impedirnos seguir adelante. «Evitar el malestar es la forma en la que la persona se va a autolimitar. Buscamos evitar cosas constantemente en vez de aprender a hacer frente a aquello que no nos gusta, sobre todo cuando son cosas que tratar de evitarlas lo único que conseguirá es reducir el campo de acción: lo que puedo hacer, hasta dónde puedo llegar, qué puedo aprender o cómo me puedo desarrollar», comenta.

 

De nuevo, para resolver estas autolimitaciones que nos imponemos, el problema es que va en contra de nuestra cultura; de nuestra forma de entender el mundo. «Pensemos qué cosas te suele decir la gente cuando te planteas exponerte al sufrimiento: ''¿Pero para qué haces eso?, ¿para qué te metes ahí que vas a sufrir?'' Pero la realidad es que estar siempre evitando el malestar impide al cerebro aprender nuevas herramientas para hacer frente a las cosas, y así te vas autolimitando. Es uno de los problemas de nuestra cultura hedonista, que nos está haciendo cerrar nuestro círculo de experiencias por querer evitar constantemente el sufrimiento».

 

En este apartado, cuando se habla de 'exponerse al sufrimiento', no se está refiriendo a tener que soportar y aguantar situaciones que no deben ser toleradas, sino de situaciones en las que la persona quiere aprender a superarlas para mejorar su calidad de vida. 

 

6. Entender la diferencia entre resignarse y aceptar

 

En España, a nivel de salud mental, partimos de un problema de base: no hemos sabido entender el enfoque positivo de la psicología. La psicología positiva se basa en hacer un uso funcional de las emociones, en que no las hay ni buenas ni malas. Y esto lo hemos confundido con un ideal irreal de la felicidad y el «tú puedes». Ante esta confusión mayúscula, se nos está haciendo mucho más complicado entender lo que supone la contraposición entre resignación y aceptación. Porque existen diferencias muy significativas entre ambas, enfoques que resultarán perjudiciales o no para nuestra salud mental.

 

Rodríguez-Carvajal parte, en esta sexta premisa, de una realidad incuestionable: «A veces en la vida te vienen mal dadas; situaciones en las que tenías ocho cartas en tu mano y que, de repente, se quedan en cuatro». Hay, básicamente, dos formas de afrontar situaciones de este tipo: «En contextos así, hay gente que sigue en su vida resignada, la vive de forma gris, y ves que es una persona que se autolimita, que se detiene, que no avanza. La clave entre resignarse y aceptar es que la aceptación sí que lleva a la acción, te lleva a querer jugar la mejor partida de cartas de tu vida con las cuatro que te quedan», expone la profesora.

 

Es común que interpretemos y asumamos que, si las cosas vienen mal dadas, lo que toca es aguantar, «y eso es autodestrucción en vida», sentencia Raquel. ¿Cómo sabremos si estamos aceptando?, «cuando la aceptación nos lleva a la acción», apunta la psicóloga. Por tanto, esta será la sexta enseñanza que incorporaremos a nuestra vida. Entender que resignarse y aceptar son cosas muy distintas.