jueves, 11 de julio de 2019

El alcohol sigue dañando el cerebro incluso cuando ya se ha dejado de beber

“Un estudio español demuestra por primera vez que las alteraciones en la estructura del cerebro no comienzan a revertirse inmediatamente después de abandonar el alcohol.”

CRISTINA GARRIDO   |   ABC   | 04/04/2019

El daño que provoca el consumo de alcohol en el cerebro no se frena inmediatamente después de abandonar el hábito. Así lo demuestra un trabajo conjunto del Instituto de Neurociencias CSIC-UMH, en Alicante, y del Instituto Central de Salud Mental de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, que ha detectado, mediante resonancia magnética, cómo, al menos durante las seis primeras semanas de abstinenciasiguen progresando los daños en la materia blanca, que son como las «autopistas» del cerebro.

«La sustancia blanca pone en comunicación a las distintas regiones de sustancia gris. Si la autopista está dañada la comunicación en el cerebro no será tan eficiente como si funcionara bien», explica a ABC la doctora Silvia de Santis, investigadora del Instituto de Neurociencias de Alicante y primera autora del estudio.

En este trabajo, que se publica este miércoles en la revista «JAMA Psychiatry», participaron 90 pacientes alcohólicos, con una media de 46 años, internados en un programa de desintoxicación en Alemania. Como grupo de control, para comparar las resonancias magnéticas, se utilizó a 36 hombres sin problemas de alcohol, con una edad media de 41 años.

La investigadora señala que hay trabajos previos que hablan de un año como plazo para que los parámetros cerebrales regresen al nivel de población sana. Hasta ahora se creía que los daños comenzaban a revertirse en el mismo momento en el que se dejaba la bebida, pero este nuevo estudio ha podido comprobar que, a las dos y a las seis semanas de abstinencia, no solo no se aprecia una mejora sino que, por el contrario, se sigue produciendo daño, comparado con el grupo que nunca consumió alcohol.

«Creemos que esto ocurre porque el consumo de alcohol genera un estado de inflamación en el cerebro que avanza incluso en ausencia de alcohol. Esto a su vez podría explicar por qué las primeras semanas de abstinencia son las más complicadas y cuando hay una mayor posibilidad de recaída», apunta la doctora Silvia de Santis. Para corroborar esta hipótesis, el equipo sigue trabajando con técnicas más avanzadas.

Estudio paralelo en ratas

Para determinar si los daños observados en el cerebro de los pacientes participantes estaban realmente producidos por la bebida o existían otros factores que podían influir (tabaco, cocaína, marihuana, problemas neurológicos o psiquiátricos), los investigadores llevaron a cabo el mismo estudio, de forma paralela, en ratas con preferencia por el alcohol. «En este modelo animal vemos un patrón muy similar al de los sujetos alcohólicos, aunque nunca llegan a sus niveles de intoxicación. Esto sugiere que cantidades de alcohol limitadas también pueden producir un patrón de daños similares en la estructura del cerebro, aunque el efecto sea menor», concluye la investigadora.

El objetivo de este trabajo es identificar biomarcadores que permitan realizar un diagnóstico temprano personalizado de los daños en el cerebro producidos por el abuso de alcohol de cara al tratamiento de estos pacientes.



miércoles, 3 de julio de 2019

El hombre que convirtió la ketamina en un fármaco contra la depresión.

“Husseini Manji, responsable de desarrollo de tratamientos para enfermedades neurológicas en la farmacéutica Janssen, habla sobre el futuro de los medicamentos para enfermedades del cerebro”
DANIEL MEDIAVILLA   |   El País   |   16/04/2019
La depresión es un problema de salud descomunal y desde hace muchos años los médicos que la tratan no contaban con fármacos nuevos para combatirla. Hasta el pasado mes de marzo. Entonces, se aprobó en EE UU la esketamina, que la farmacéutica Janssen venderá con el nombre de Spravato. “Va a cambiar el paradigma del tratamiento de la depresión, es muy distinto a lo que tenemos ahora”, afirma Víctor Pérez Sola, director del Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Hospital del Mar, en Barcelona. Hasta ahora, “cuando dabas un fármaco, tenías que esperar seis u ocho semanas para saber si iba a mejorar, y estamos hablando de pacientes que tienen un gran riesgo de suicidio”, añade. Con la esketamina, a las tres horas de tomarlo están mucho mejor, y aunque no es una solución perfecta, esto para un psiquiatra que tiene que esperar mucho para ver esos efectos es muy importante”, continúa.

El nuevo producto, que se administra a través de un inhalador, se venderá en EE UU por un precio de entre 590 y 885 dólares por sesión, algo que llevaría el coste del tratamiento del primer mes por encima de los 4.700 dólares. Como explica Pérez Sola, “la esketamina es igual que la ketamina, es un isómero. La ketamina es muy barata, cuesta medio euro la ampolla, pero no ofrecía la posibilidad de tener una patente y rentabilizar las grandes inversiones que requieren los ensayos clínicos para llevar un nuevo fármaco al mercado”, concluye. Nosotros utilizamos ya ketamina en pacientes que no responden a otros tratamientos y están muy mal, que tienen grave riesgo de suicidio. Antes de darles electroshock les ofrecemos la ketamina”, explica. En EE UU, una estimación publicada por STAT calculaba que el precio de la esketamina debería descender un 25% para que el fármaco fuese coste efectivo.

El nuevo fármaco es muy similar a la ketamina, pero la posibilidad de patentarlo hace que se quiera invertir en probar su eficacia.

El responsable del desarrollo de Spravato es Husseini Manji, Director Terapéutico Global para Neurociencia de la sección de Investigación y Desarrollo de Janssen. Hace unos días, en una visita a Valencia para hablar sobre el futuro del desarrollo de fármacos en neurociencias, Manji habló del potencial de su producto. “Obviamente, soy parcial, pero afrontar este problema era una necesidad enorme sin cubrir. En EE UU solo hay dos formas de cáncer que causan más muertes que el suicidio”, señaló.

Manji explicaba que el origen de este nuevo fármaco se encontró en su intento para comprender cómo funciona el cerebro cuando lo hace correctamente y cuáles son las diferencias con uno que no hace lo que debe. “Yo estuve durante quince años en los NIH (los Institutos Nacionales de Salud, el gran financiador público de la investigación biomédica en EE UU) investigando la plasticidad sináptica, cómo refuerzas o debilitas tu flujo de información, y cómo se relaciona esa plasticidad con la depresión”, cuenta. Observaron que la ketamina podía bloquear un receptor que actuaba sobre la plasticidad sináptica y vieron que en dos horas empiezan a mejorar y que en 24 horas el 70% respondía, incluso aquellos con los que no habían funcionado tratamientos anteriores.

“Uno de los efectos interesantes que vimos es que estas vías de plasticidad, cuando se encienden, incluso cuando el fármaco ya ha desaparecido, siguen encendidas durante un tiempo. Así que pudimos demostrar que una vez que consigues que la gente mejore, puedes darles una dosis cada dos semanas, aunque el fármaco permanece en el cuerpo solo dos horas. Entre otras cosas, esto puede ayudar a reducir rápidamente los pensamientos suicidas en personas que los tienen”, explica Manji.

El responsable de desarrollo de fármacos para problemas neurológicos de Janssen también cree que es posible reducir el riesgo de adicción que provocan algunos fármacos. Su compañía, incluida en una serie de procesos legales que ya han impulsado una veintena de Estados, fue demandada a finales del año pasado por el Estado de Nueva Jersey por minimizar el riesgo de la adicción a opioides y dirigirse a pacientes de edad avanzada en sus esfuerzos de marketing. Según datos del Gobierno de EE UU, en aquel país murieron alrededor de 30.000 personas por su adicción a medicamentos opiáceos sintéticos.

Sobre el futuro de las enfermedades del cerebro, Manji cree que tendrán relevancia los sensores asociados a nuestros smartphones y otros dispositivos. “Podremos tener lecturas en tiempo real de la actividad de las personas, de su habla, de cómo se relacionan con otros. Y nos planteamos si podremos utilizar esta tecnología para predecir cuándo va a empeorar alguien, si va a empeorar su depresión o va a aumentar su riesgo de suicidio. Si puedes predecirlo, quizá puedas hacer algo al respecto. Aunque está claro que tendremos que ser muy cuidadosos con las cuestiones de privacidad y de propiedad de los datos”.

También tendrá interés la obtención de biomarcadores que definan con precisión la enfermedad que sufre cada paciente y poder tratarla mejor. “Ahora no podría hacerte un test para decir si eres bipolar o esquizofrénico. Puedo tomar a 50 bipolares y 50 esquizofrénicos y clasificarlos, pero eso no significa que pueda distinguir individualmente”.

Por último, Manji señala las promesas del área neuroinmune, la relación entre la salud mental, los procesos de inflamación o los ecosistemas bacterianos que habitan nuestro interior. “Una de las cosas que hemos visto en pacientes deprimidos desde hace treinta años es que tienen más enfermedades cardiacas, más diabetes, más osteoporosis. Y tienen más aunque hagan ejercicio o dieta, así que es algo biológico. Se empezó a medir la función inmune y se vio que en personas deprimidas es más elevada que en personas sanas”. En personas con hepatitis a las que se trata con interferones, un tipo de proteínas que regulan el sistema inmune, el 30% se deprimen. “El interferón causa la depresión”, dice Manji. Efectos similares se están estudiando en la relación entre las bacterias del intestino y los mensajes químicos que envían al cerebro, abriendo la posibilidad a mejorar el estado mental sustituyendo un microbioma pobre por uno saludable.

jueves, 27 de junio de 2019

Aprender a pensar en positivo.

Enrique Rojas MontesPsiquiatra

EL optimismo es una forma positiva de captar la realidad. Ser una persona positiva es algo que se aprende. Es una tarea personal que lleva tiempo. Un trabajo artesanal. ¿Qué definición podemos dar que cubra el espectro de este concepto? El optimismo es una actitud caracterizada por la tendencia a descubrir más lo positivo que lo negativo y a ver o esperar lo mejor, a pesar de las apariencias. Trataré de explicar la definición que propongo. Es ante todo una actitud, lo que quiere decir que una disposición, el modo habitual de reaccionar ante algo, es como una postura, un ademán. No es algo genético, sino adquirido. No está en el equipaje hereditario, sin más, sino que es algo que se ha ido alcanzando mediante esfuerzos repetidos. La siguiente palabra que empleo es la tendencia a, que quiere expresar una inclinación que es un aprendizaje que nos va llevando de la mano a descubrir lo que está debajo de las apariencias. Hay cosas que se ven, hechos que se observan con claridad… pero hay otros que se esconden por debajo, que se camuflan, y es menester un trabajo de espeleología para perforar la superficie e irnos hacia la profundidad. Es desvelar lo que está oculto. Pensemos en tantas circunstancias de la vida ordinaria, en donde aparece el fracaso, algo que nos ha salido mal: un problema económico grave, una enfermedad, una humillación contemplada por muchos… La lista de experiencias negativas de la vida es el cuento de nunca acabar.

En Psicología debemos distinguir dos tipos de traumas. Los macrotraumas, que son impactos de gran alcance que son históricos en la vida de una persona, por la importancia y magnitud de los hechos. Desde la ruina económica, el perder un trabajo, la muerte de un ser querido en primer grado de forma inesperada y accidental, pasando por un inventario amplio y diverso. Y de otra parte están los microtraumas, que son vivencias pequeñas, de mucho menos nivel de intensidad, pero que forman un glosario, un sumatorio que pesa en exceso. No hay árbol que no haya sido fuertemente azotado por el viento. La vida es la gran maestra. La vida enseña más que muchos libros. Eso es la denominada experiencia de la vida: un saber acumulado de acontecimientos de muchos años, que forman un magma en nuestro subsuelo y nos muestran unas lecciones rotundas. Es una sabiduría almacenada en los archivos de nuestra memoria. Y está ahí. Pero ¿cómo podemos aprender a pensar en positivo?, ¿qué hacer para educar la mirada psicológica para que se detenga más en lo bueno que en lo malo?, ¿cómo hacer? Se trata de una educación de la mirada psicológica que anota lo negativo y lo positivo de cada circunstancia, pero sabe quedarse más con lo segundo, y eso le lleva a pensar que aquello puede y debe cambiar. Y pone los medios adecuados para intentarlo, a pesar de los pesares. Educar es seducir con lo valioso; es convertir a alguien en persona cada vez más libre. Educar es enseñar a pensar. La cultura consiste en enseñar a vivir. Uno de los padres de la denominada Psicología positiva es Martín Seligman, que ha dedicado su vida a esta corriente y que viene a subrayar que el optimismo es una pretensión que se alcanza teniendo la idea en la cabeza de que todo puede mejorar, por muy adversos que sean los acontecimientos personales. De hecho, ningún pesimista ha investigado nada a fondo, ni ha sido capaz de embarcarse en descubrir algo que ayude al ser humano a mejorar en la ciencia, en la medicina, en la tecnología. El optimista propone soluciones, otea el horizonte buscando una alternativa, se cuela por los entresijos de lo sucedido buscando un atajo que le lleve a un paisaje mejor.

No olvidemos que nuestra primera aproximación a la realidad es afectiva. Y lo decimos con claridad: me gustó aquel sitio, esa persona no me cayó bien, etc. Dicho de otro modo: los sentimientos influyen en nuestra forma de pensar. Y esto lo sabemos bien los psicólogos y los psiquiatras. Cuando nos sentimos bien, vemos las cosas de otra manera. Hay una parte de nuestro cerebro que regula las emociones y modifica la forma de organizar nuestras ideas. Esto lo ha estudiado con detenimiento el psicólogo y más tarde economista, y finalmente premio Nobel de Economía, Daniel Khaneman, y lo expone en su libro "Pensar rápido, pensar despacio" (Ed. Debate. Madrid, 2013), que viene a decir que todo depende del análisis que uno hace de los sucesos que está estudiando. Todo está en nuestra cabeza. La clave está en entrar en el carril mental positivo para interpretar mejor la realidad. Bien, quiero concretar y espigar algunos argumentos para enseñar a tener un pensamiento más positivo:

1.-Por debajo de los acontecimientos negativos, se esconde una carta buena que toca a cada uno descubrir. Hay que colarse por ese pasadizo y llegar a ese punto luminoso. Se necesita querer y paciencia. Lo primero es determinación; lo segundo, saber esperar y saber continuar.

2.- Hay que levantar la mirada, dejar lo inmediato por lo mediato. La respuesta está en la lejanía. Hay que tener una visión larga de la jugada. De ese modo, hay derrotas fuertes que en el curso de un cierto tiempo se convierten en auténticas victorias. No quedarse en el hoy y ahora. El cortoplacismo no es buen camino. Nos vamos al medio y largo plazo. Esa es la mirada inteligente.

3.- Hay que aprender a crecerse ante las dificultades. Hay dos notas fundamentales que se hospedan en el pesimista: el derrotismo, que no es otra cosa que adelantarse en negativo, pensar que las cosas saldrán mal; y el victimismo, creer a pies juntillas que uno siempre sufre daños y es perjudicado y que las cosas son así y a menudo circulan por ese derrotero.

4.- El optimista es un luchador nato. No se viene abajo cuando las cosas se ponen difíciles o no salen como él esperaba. Enseguida viene la perseverancia para echar una mano y por eso lucha, se esfuerza, insiste, vuelve a empezar, se levanta, es el tesón el que tira de él, el empeño por no darse por vencido. Lo dice Unamuno en su Diario íntimo: «No darse por vencido, ni aun vencido; no darse por esclavo, ni aun esclavo». Si esto se va practicando, poco a poco, gradualmente, se convierte en una segunda naturaleza.

Quiero poner dos ejemplos históricos de lo que acabo de comentar. Empezaré por Tomás Moro. Enrique VIII lo manda a la cárcel por no firmar los documentos de su nulidad conyugal y muere en la Torre de Londres en 1535. En las páginas de su último libro, Cartas desde la cárcel, dice que está contento, que se siente feliz, «porque muero fiel a mi Dios y amigo del Rey». La felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que uno hace. No ha tenido Inglaterra en cinco siglos un personaje del calado moral de él.

Otro ejemplo: Steve Jobs. Fundó Apple en 1976 en el garaje de su casa. En 1982 fue portada del Time y ya era un personaje en su país. Hijo de la relación de un emigrante sirio y una americana de origen suizo. Lo entregaron en adopción a una pareja de clase media-baja, Paul y Clara, de origen armenio. Él era maquinista ferroviario, y ella, ama de casa. Se metió en la droga, se arruinó y en 1985 vendió todas sus acciones. Pero siguió luchando y volvió a empezar. Y en 1997, la compañía Apple le pidió que volviera. Cuenta en sus Memorias que el optimismo era el rasgo más característico de su personalidad. Murió en 2011: su fortuna la valoró la revista «Forbes» entre las cien más importantes del mundo.

Voy a terminar. El pesimismo goza de un prestigio intelectual que no merece. Hay dos piezas con las que trabajar en el puzle de la ingeniería de la conducta: la confianza y la seguridad en uno mismo. De ese modo, somos enanos a hombros de los gigantes. Decía Winston Churchill que «el optimista ve una oportunidad en toda calamidad». La vida es como la navegación a vela. El pesimista se queja del viento. El optimista espera que cambie. Y el realista ajusta las velas. El optimismo es el arte de vivir con esperanza.

jueves, 20 de junio de 2019

La lista para conservar la salud mental en el 2019

Rajul Punjabi  | Vice  |  21/12/2018 |  Artículo publicado originalmente por TONIC EEUU.

Si estás intentando poner tu cabeza en su lugar, este es el lugar más fundamental para empezar.”
Nuestras luchas con las enfermedades mentales —por lo menos con la ansiedad y la depresión—han sido habladas y puestas en memes hasta el olvido, así que podemos dejar de fingir que no estamos asustados con la insuperable cantidad de estrés que pesa sobre nuestros hombros. Los jóvenes están más ansiosos que nunca antes, y a diferencia de generaciones previas, realmente estamos hablando de ello: investigaciones recientes sugieren que los millennials aceptan más las enfermedades mentales, y están más dispuestos a ser abiertos sobre ellas que las generaciones previas. Pero redacta tuits todo lo que quieras, eso no arreglará el problema ¿Qué lo hará?
No podemos cambiar la mayoría de situaciones que inducen ansiedad —como un plazo de entrega en el trabajo que coincide con una ruptura hostil que coincide con una migraña inducida por la política—, pero existen factores que están completamente bajo nuestro control que nos preparan para ser lo más inquebrantables que podamos. Aquí, basados en una combinación de reportería y consejos de David Klemanski, un psicólogo y el director de medicina conductual en la Ohio State University, están los cuatro cimientos fundamentales para la estabilidad mental.
Duerme más.- Ocho horas por noche sigue siendo la recomendación general para una buena noche de sueño. Incluso si te sientes bien después de cuatro o cinco horas, lo más probable es que necesites más para una cognición y salud mental óptima (las "personas que duermen poco", que realmente no necesitan más de cuatro horas por noche existen, pero son extremadamente excepcionales). Más específicamente, quienes se privan del sueño están en riesgo más alto de desarrollar o exacerbar la ansiedad y la depresión. Si parece que no te puedes dormir o permanecer dormido y sientes que eso está comenzando a afectar tu mente, ten en cuenta estos consejos de psicólogos y expertos en el sueño:
·        Mantén una libreta al lado de tu cama y por la noche escribe una lista de cosas que te preocupan. El acto físico de poner estas preocupaciones a un lado temporalmente podría aliviar algo de la ansiedad y dejarte relajar lo suficiente para dormir.
·        Intenta la respiración profunda simple—adentro y afuera, despacio (cerca de siete segundos con cada inhalación y exhalación), diez veces seguidas. Al hacer esto, te estás volviendo a concentrar en tu mente, disminuyendo tu ansiedad, y ralentizando tu cuerpo para prepararlo para dormir.
·        Añade ruido blanco o sonidos de lluvia o lo que sea que resulte relajante.
·        No entres en la cama a menos de que estés verdaderamente listo para dormir, y si no estás dormido después de 10 o 15 minutos, sal de la cama hasta que te sientas cansado otra vez.
Haz ejercicio.-Aunque el ejercicio no puede curar tu ansiedad o depresión, hay una conexión muy fuerte entre tu bienestar emocional y lo activo que estés físicamente. Eso significa que si no estás haciendo suficiente ejercicio, estás desaprovechando endorfinas y otros químicos naturales que pueden mejorar tu humor considerablemente. Busca hacer 30 minutos de ejercicio, de tres a cinco días por semana—de cualquier tipo sirve, pero el cardio puede ser especialmente beneficioso para las personas que experimentan síntomas de ansiedad o depresión. Si tienes problemas para sacar arrastrar tu perezoso trasero del sofá, aquí hay algunos tips:
·        No esperes a que llegue la motivación. El simple acto de levantarte y hacer algo cambiará tu mentalidad. Ni siquiera tienes que ir al gimnasio—empieza de forma pequeña con una corta caminata o un mandado, y construye a partir de eso.
·        Si quieres salir a trotar temprano en la mañana, pero te falta motivación, considera dormir con tu atuendo de ejercicio y dejar tus zapatos deportivos junto a tu cama. Suena tonto, pero a medida que haya menos esfuerzo para sacarte de la casa, hay más probabilidades de que seas capaz de finalmente hacerlo.
·        Recluta a alguien para que se ejercite contigo para hacerlo más divertido y para mantenerte responsable.
·        Restablece un hábito de ejercicio antiguo que disfrutabas en el pasado. Reactivar una vieja práctica puede ser más fácil para tu cerebro al momento de comenzar con una nueva.
Haz un balance de tu uso de sustancias.- Tomarse un trago o cuatro quita el peso de encima en el momento, pero el alcohol es un depresivo que tiende a cambiar los niveles de serotonina y otros neurotransmisores en el cerebro, y eso puede empeorar tu ansiedad. Mientras que la marihuana nos ayuda a muchos de nosotros de forma similar para relajarnos, es un arreglo temporal, y puede realzar los niveles de nervios que uno siente cuando no está bajo su influencia. La marihuana y el alcohol son básicamente curitas embriagadoras. Si estás notando picos en tu ansiedad, o sentimientos depresivos o adormecedores después de consumir, hay un par de cambios que puedes hacer sin tener que renunciar por completo a estos hábitos.
·        Si estás bebiendo para distraerte de un sentimiento o una situación incómoda, es fácil pasar de cero a vuelto mierda realmente rápido. Recuerda: todo —incluso tu coraje líquido— en moderación. Para la mayoría de personas, eso significará tomarse un par de tragos en lugar de tres o cuatro.
·        Si quieres depender menos de la marihuana, considera racionar una cantidad específica para cada día con una reducción gradual. Ten presente que romper con un hábito rara vez pasa de manera lineal, así que date el margen de practicar la moderación algunos días y de ser menos exitoso en otros.
·        Si la idea de estar sobrio en situaciones sociales se siente imposible, podría valer la pena hacer terapia o replantear la forma en que manejas tus reuniones sociales, o hablar con un doctor sobre probar medicinas que interactúen específicamente con tus neurotransmisores—estas podrían encargarse de al menos una parte de la ansiedad.
Usa la tecnología de forma inteligente.- Hay una razón por la que todos los capítulos de Black Mirror son puramente depresivos; demasiada tecnología podría convertirse en un sedante. Uno sabe que es un problema si recurre a las redes sociales para distraerse de emociones que no quiere sentir (eso es contraproducente de cualquier manera, dado que Instagram es una fábrica de insuficiencia patrocinada por los humanos). Mientras tanto, los mensajes son un criadero para las fallas de comunicación; las personas que ya sufren de depresión y ansiedad subyacentes encontrarán que esperar un mensaje o intentar interpretar uno que entra no es divertido ni bueno. Ninguno de nosotros va a hacer algo tan extravagante como apagar nuestros teléfonos a las 10 de la noche, pero hay técnicas de reducción de daños para reducir esa adicción a la tecnología que destruye la cordura.
·        Intenta enviar notas de voz en lugar de mensajes. Esto podría limitar las fallas en la comunicación que pasan cuando no puedes identificar el tono de alguien cuando dice las cosas.
·        Cambiar todo tu teléfono a escala de grises hace que usarlo sea extrañamente difícil, o al menos que no sea agradable, lo que es útil si estás intentando reducir el tiempo en la pantalla.
·        Planea unas mini vacaciones diarias de la tecnología. Hazlo más fácil para ti mismo al realizar una actividad que no tenga nada que ver con tu teléfono o computador por al menos 30 minutos. Esto tiene un beneficio doble: reducirás tu uso de la tecnología mientras agregas un nuevo (idealmente saludable y estimulante) comportamiento a tu vida. Considéralo un paso pequeño de muchos hacia la dirección correcta.



domingo, 16 de junio de 2019

Salud mental: qué es normal y qué no

Entender qué se considera «salud mental normal» puede ser engañoso. Aprende cómo los sentimientos, los pensamientos y los comportamientos determinan la salud mental y cómo darte cuenta si tú o un ser querido necesitan ayuda.


¿Cuál es la diferencia entre salud mental y enfermedad mental? A veces, la respuesta es clara, pero, a menudo, la distinción entre salud mental y enfermedad mental no es tan evidente. Por ejemplo, si tienes miedo de dar un discurso en público, ¿significa que tienes una afección de salud mental o un caso de nerviosismo común y corriente? O ¿cuándo la timidez se convierte en un caso de fobia social?
A continuación, te ayudamos a comprender cómo se identifican las afecciones de salud mental.
¿Por qué es tan difícil determinar qué es normal?
Suele ser difícil distinguir una enfermedad mental de un estado normal porque no hay pruebas sencillas que muestren que algo funciona mal. Además, las enfermedades mentales primarias pueden parecerse a trastornos físicos.
Las enfermedades mentales no se deben a trastornos físicos; se diagnostican y se tratan en función de los signos y síntomas y de cómo la enfermedad afecta la vida diaria. Por ejemplo, una enfermedad mental puede afectar:
·        La conducta. Lavarse las manos de manera obsesiva o beber demasiado alcohol podrían ser signos de una enfermedad mental.
·        Los sentimientos. A veces, las enfermedades mentales se caracterizan por presentar ira, euforia o tristeza profunda y continua.
·        El pensamiento. Las fantasías (creencias fijas que no se pueden cambiar a la luz de evidencia contradictoria) o los pensamientos suicidas pueden ser síntomas de una enfermedad mental.

¿Cómo hacen los proveedores de atención de la salud mental para diagnosticar las enfermedades mentales?
Para determinar si tienes una afección de salud mental, un proveedor de atención de la salud mental trabajará contigo y con tus seres queridos para evaluar tus síntomas —y cuándo comenzaron y cómo han afectado tu vida—.
Es probable que el proveedor de atención de la salud mental te haga preguntas acerca de lo siguiente:
·        Tus percepciones. El grado en que los signos y síntomas afectan tus actividades diarias puede ayudar a determinar lo que es normal para ti. Por ejemplo, quizás te des cuenta de que no puedes lidiar con la situación o de que ya no quieres hacer las cosas que disfrutabas. Puedes sentirte triste, desesperanzado o desanimado.
Si la tristeza tiene una causa específica, como el divorcio, tus sentimientos pueden ser una reacción temporal normal. Sin embargo, si tienes síntomas que son graves o que no desaparecen, es posible que padezcas depresión. También es posible que te hagan un examen físico para descartar afecciones ocultas.
·        Las percepciones de los demás. Es posible que tus percepciones por sí solas no te den un panorama preciso de tu comportamiento, de tus pensamientos o de tu capacidad para desenvolverte. Otras personas cercanas a ti pueden ayudarte a comprender si tu comportamiento es normal o saludable.
Por ejemplo, si padeces trastorno bipolar, es posible que creas que tus cambios del estado de ánimo solo son parte de los altibajos normales de la vida. Sin embargo, es posible que tus pensamientos y tus acciones les parezcan anormales a otras personas, o causen problemas en el trabajo, en las relaciones o en otras áreas de tu vida.
¿Cuándo hace falta una evaluación o un tratamiento?
Cada enfermedad mental tiene sus propios signos y síntomas. Sin embargo, en general, puede ser necesario recurrir a la ayuda profesional si presentas:
·        Cambios notorios en la personalidad, en los patrones de alimentación o de sueño.
·        Incapacidad para afrontar los problemas de las actividades diarias.
·        Ideas extrañas o exageradas.
·        Exceso de ansiedad.
·        Depresión o apatía prolongadas.
·        Hablar o pensar en el suicidio.
·        Abuso de sustancias.
·        Cambios extremos en el estado de ánimo o ira excesiva, hostilidad o conducta violenta.

Muchas personas que tienen afecciones de la salud mental consideran que sus signos y síntomas son una parte normal de la vida o evitan recibir tratamiento por miedo o por vergüenza. Si te preocupa tu salud mental, no dudes en hacer una consulta.
Consulta con el médico de familia o pide una cita médica con un psicólogo o un terapeuta. Con el apoyo adecuado, puedes identificar las afecciones de la salud mental y analizar las opciones de tratamiento, como los medicamentos o la terapia.


viernes, 14 de junio de 2019

Hablemos (bien) de ansiedad.

Una nueva sensibilidad pretende desmontar el estigma que rodea a los trastornos mentales
RAQUEL SECO   |   El País   |  03/04/2019

Se decía que alguien estaba “mal de los nervios”. Era el comentario sobre el compañero de trabajo de baja o la amiga que se quedaba días enteros en la cama, una forma de resumir lo que no se quería o no se sabía nombrar.

Ya no se dice “estar mal de los nervios”, suena anticuado y simplista. Sabemos que unos 260 millones de personas tienen diagnosticada ansiedad en el mundo, según datos de la OMS, y 300 millones depresión, la principal causa mundial de discapacidad. El número de enfermos por depresión creció un 18% entre 2005 y 2015, según la misma organización. Más allá del debate acalorado sobre si las condiciones de vida actuales provocan más depresión o simplemente es que la detectamos mejor que en el pasado, lo cierto es que el léxico relacionado con trastornos mentales ha entrado de lleno en nuestras vidas. Con más o menos tino nos referimos a ataques de ansiedad, pero también usamos con ligereza frases como “depresión posvacacional” (para decir que estamos tristes de volver a la rutina después del verano). Esto no significa, ni mucho menos, que las enfermedades mentales estén normalizadas. La salud mental sigue siendo objeto de prejuicios, tan intensos que hay quien, como el psicólogo especializado Stephen Hinshaw, los compara con los que en otras épocas sufrían los enfermos de lepra.

“El estigma social, familiar o laboral es más fuerte que cualquier síntoma de nuestro trastorno”, afirma tajante Daniel Ferrer Teruel, de la asociación ActivaMent. El tabú, señala, es transversal, afecta a todas las capas sociales y lo heredamos de generación en generación. Por eso los activistas de esta causa aún pelean contra la discriminación laboral y social y contra medidas como las correas en hospitales o la medicación forzosa, que consideran violaciones de derechos humanos.

La cultura refuerza estos clichés heredados. Un análisis de 20.000 diálogos de programas de televisión de 2010 concluyó que retrataban a las personas con enfermedades mentales como “temibles, causantes de vergüenza y castigadas”, y un 70% de las veces, como violentos, uno de los estigmas más persistentes y dañinos. Los expertos repiten una y otra vez que solo en torno al 3% de la población, da igual cuál sea su estado mental, presenta conductas agresivas. Pero el dato queda eclipsado por noticias que destacan los cuadros clínicos de asesinos o agresores. Preferimos una mala explicación —una que nos diferencie y nos separe de los locos, que nos diga que estamos a salvo— a ninguna.

Pero en medio de este panorama surge una luz: el estigma general sobre salud mental parece empezar a aligerarse. Alejandro Guillén, director de comunicación de la Confederación Salud Mental España (que agrupa a 300 organizaciones y 47.000 socios), tiene claro que está mejorando la percepción colectiva, que en los últimos años se están abriendo conversaciones que hace poco parecían imposibles. Él y otros expertos reconocen, eso sí, que se ha avanzado mucho más en la aceptación social de la depresión y la ansiedad que en el resto de problemas mentales. Puede que esto sea porque son dos de los trastornos más comunes y se perciben como más fáciles de superar. “Pero es un cambio importantísimo. El proceso de mejoría o de recuperación puede empezar, precisamente, al contar lo que a uno le ocurre, porque el silencio agrava los problemas”, señala Guillén.

No faltan quienes hoy han encontrado fórmulas para hablar más y mejor sobre salud mental. Cuando uno mira la revista Anxy, con sus portadas de colores vivos y títulos como ‘Rabia’ o ‘Masculinidad’, espera reportajes de diseño o música. Sin embargo, lo que se encuentra es una publicación nacida para hablar sobre ansiedad, depresión y traumas, sobre “nuestros mundos interiores, los que a menudo rechazamos compartir, las luchas internas, los miedos que nos hacen creer que el resto del mundo es normal y nosotros no”. Indhira Rojas (República Dominicana, 1983) lanzó esta revista bimensual en 2016 desde Silicon Valley, recaudando fondos (unos 60.000 dólares) a través de Internet, motivada por su propia terapia con dibujos y collages. Descubrió que la mayoría de lo que se publicaba sobre salud mental tenía un ángulo puramente médico, con una estética y un diseño poco atractivos. Rojas decidió introducir una visión más artística y abrir la conversación porque, opina, la manera formal en que algo es presentado tiene la capacidad de motivarnos y un potencial expresivo del que carecen las palabras. Un envoltorio feo convierte el asunto, ya complicado de por sí, directamente en “no apetecible”. El rechazo se ve multiplicado.
Una visión parecida inspira a Jara Pérez, que hace un tipo de terapia que ella denomina “acompañamiento psicológico por videoconferencia”. Su web y redes sociales, llenas de chistes, fotogramas de películas e imágenes conceptuales, podrían ser las de una milenial cualquiera. Pero Pérez apuesta por esta estética por un motivo claro: quiere acercarse a un público joven que aprecia el lenguaje visual compartido (los memes) y la ironía como herramienta para compartir experiencias dolorosas.

Frente a generaciones previas, los jóvenes hoy tienen más referentes e información sobre salud mental y, en buena medida, la desmitifican. Están expuestos a debates sobre el acoso escolar o las autolesiones y ven a famosos —Justin Bieber, Lady Gaga, Demi Lovato; en España, Iniesta o el youtuber El Rubius— hablar sobre adicciones, ansiedad o depresión. Pero el silencio aún pesa sobre la bipolaridad, y aún más sobre trastornos como la esquizofrenia. Guillén, de la Confederación Salud Mental, destaca el inmenso impacto que tiene contar con rostros populares en las campañas de concienciación, pero reconoce que cuesta que den la cara. “Lo que muchos famosos hacen cuando cuentan, por ejemplo, que sufren de ansiedad, es ligar sus problemas a la presión que soportan en el trabajo”.

En las redes este tipo de confesiones proliferan entre personajes conocidos y no tanto. ¿Qué resulta más auténtico que una dosis de vulnerabilidad en medio de un montón de gente que parece tener vidas mejores que la tuya? Las marcas también toman nota . “Nos estamos dando cuenta de que la salud es mucho más amplia de lo que pensábamos antes”, señala Nieves Noha, analista de tendencias de la consultoría Exito. Ella detecta cinco etapas de concienciación en los últimos años: primero nos centramos en la salud corporal; luego empezamos a prestar atención a la salud mental y emocional, y ahora empezamos a mirar hacia la relacional (relaciones tóxicas, etcétera) e incluso la ambiental (cuál es el efecto de la arquitectura o el diseño). Por eso hay quien aprovecha la vulnerabilidad como herramienta de marketing. Un ejemplo reciente: Ken­dall Jenner, modelo y miembro del clan Kar­dashian, creó gran expectación al anunciar que lanzaría un mensaje “valiente” y “auténtico”, algo que sonaba a confesión íntima (¿hablaría de sus inseguridades?, ¿tiene Kendall los mismos problemas que el resto de humanos?). Resultó que iba a publicitar una crema antiacné.

Las redes son armas de doble filo con efectos poco saludables, pero no hay que olvidar que también permiten encontrar conexiones, hacer que nos sintamos menos solos en el mundo. De hecho, una parte del humor de mileniales y generación Z gira en torno a la depresión y la ansiedad. Una especie de nuevo movimiento dadaísta de memes salteados con autoconciencia, consecuencias de la recesión económica y la pérdida de referentes. Y la sensación de que es mejor reírnos de este vacío existencial que seguir callados.