jueves, 3 de diciembre de 2020

Tratamiento de la hipocondría

LAURA RUIZ MITJANA    |   La Mente es Maravillosa   |   13/09/2020

¿Qué tratamientos de la hipocondría han demostrado ser los más eficaces? ¿Cuáles son sus técnicas y elementos fundamentales? Averígualo a través de este artículo.

La hipocondría, conocida como trastorno de ansiedad por enfermedad (según el DSM-5), implica preocupación y miedo a tener o la convicción de padecer una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de síntomas. Dicha preocupación persiste a pesar de las exploraciones médicas realizadas y dura como mínimo 6 meses -un requisito necesario para el diagnóstico-. Se calcula que entre un 1-5 % de la población padece hipocondría, según datos del DSM-5. 

Los tratamientos de la hipocondría desde una perspectiva psicoterapéutica (es decir, tratamientos psicológicos), se centran en trabajar sobre las sensaciones corporales que experimenta el paciente, su interpretación errónea y la vivencia de los mismos. 

Los autores más conocidos en el ámbito del tratamiento de la hipocondría son: Barsky y cols, quienes se centraron en un componente llamado “amplificadores somáticos” (cuando la persona se queda fijada en una sensación y la amplifica) y Warwick y Salkovskis, muy centrados en la perspectiva cognitiva del trastorno. 

En este artículo, enumeraremos los tratamientos psicológicos de la hipocondría más eficaces según la Guía de tratamientos psicológicos eficaces de M. Pérez (2010), uno de los manuales de referencia en salud mental. Los hemos clasificado según su orientación de trabajo/tipología. 

Como veremos, la mayoría de los tratamientos de la hipocondría, desde una perspectiva psicológica, se centran en trabajar sobre las creencias y los pensamientos disfuncionales del paciente asociados a su estado de salud/enfermedad. Por otro lado, la mayoría de ellos comparten los siguientes dos elementos como parte de la terapia: técnicas para reducir la ansiedad y reatribución de los síntomas (como ejercicio/técnica). 

“Tu cuerpo escucha todo lo que dice tu mente”. – Anónimo –

Tratamientos de la hipocondría cognitivo-conductuales.

Los tratamientos cognitivo-conductuales para la hipocondría son los más utilizados para este trastorno psicológico. Según la Guía de tratamientos psicológicos eficaces de M. Pérez (2010), estos presentan una eficacia tipo 2, lo que significa que son “probablemente eficaces” para tratar dicha problemática. Seguidamente, vamos a conocer los tratamientos más importantes que encontramos dentro de la esfera cognitivo-conductual: 

Tratamiento de Warwick y Salkovski.

Warwick y Salkovskis (1989, 1990) proponen uno de los tratamientos de la hipocondría más utilizados desde la perspectiva cognitivo-conductual.

Su principal propósito es enseñar al paciente a formular su problema de acuerdo al modelo teórico que sustenta dicho tratamiento; por otro lado, el paciente deberá identificar sus creencias erróneas y pensamientos automáticos sobre la enfermedad y la salud. Los elementos centrales de tratamiento cognitivo-conductual de Warwick y Salkovskis son los siguientes:

·        Obtención del compromiso del paciente.

·        Autoobservación de los episodios de ansiedad por la salud.

·        Reatribución de los síntomas.

·        Cambio de las conductas desadaptativas mediante procedimientos conductuales (por ejemplo: prevención de respuesta).

·        Modificación de las creencias disfuncionales sobre la salud/enfermedad. 

Tratamiento de Martínez y Botella (1997)

Otro de los tratamientos de la hipocondría más validados hasta el momento es el propuesto por Martínez y Botella (1997) desde una perspectiva también cognitivo-conductual.

Estos autores desarrollaron un protocolo de tratamiento estructurado en 10 sesiones, de periodicidad semanal y una hora de duración. El programa de tratamiento que proponen se desarrolla en tres fases bien diferenciadas:

·        En la fase uno, se realiza la formulación del modelo y se obtiene el compromiso del paciente (sesiones 1 y 2).

·        En la segunda fase del tratamiento se emplean las estrategias de intervención (sesiones 3-8).

·        Finalmente, en la fase tres se trabaja la prevención de recaídas (sesiones 9 y 10). 

Tratamientos de la hipocondría centrados en los déficits cognitivo-perceptivos

En primer lugar, mencionar que este tipo de tratamientos de la hipocondría, como su propio nombre indica, están centrados en los déficits cognitivo-perceptivos que la persona manifiesta durante el trastorno y que en gran medida son los causantes de los síntomas del mismo (según algunas teorías). Dentro de este grupo de tratamientos destaca el propuesto por Barsky y Cols. (1988). 

Se trata de un tratamiento grupal breve (6-8 pacientes), centrado en el aquí y el ahora y de tipología directiva. Su objetivo es potenciar la posible comprensión dinámica de los orígenes del síndrome. De esta forma, se trabajan los siguientes elementos o factores:

·        Atención y relajación.

·        Pensamientos y reatribución.

·        El contexto situacional.

·        El papel del estado de ánimo. 

Tratamientos de la hipocondría conductuales

Como tratamiento conductual de la hipocondría validado encontramos el de Avia (1993). A través de este tratamiento, se le ofrece al paciente (y a sus familiares) información precisa sobre su problema y sobre el tratamiento a seguir (psicoeducación). Además, el tratamiento incluye otra serie de elementos y técnicas:

·        Programación de tareas y prohibiciones.

·        Exposición en vivo a las sensaciones corporales.

·        Entrenamiento en técnicas de manejo de la ansiedad.

·        Inundación imaginada e in vivo ante la posibilidad de grave enfermedad o muerte.

·        Mejora de la autoestima.

·        Entrenamiento en técnicas de aserción.

·        Abordaje de áreas conflictivas de la vida del paciente. 

Programas centrados en las actitudes

Finalmente, tenemos los programas centrados en las actitudes. En este grupo de tratamientos de la hipocondría encontramos el programa de House (1989), en el que se trabajan una serie de objetivos. Dichos objetivos se trabajan de forma conjunta con el paciente y estos se centran en las creencias disfuncionales del mismo y en sus sensaciones y experiencias corporales. Consisten en:

·        Identificación de errores atribucionales.

·        Confrontación con esos errores.

·        Reatribución de la experiencia corporal percibida. 

Otros tratamientos de la hipocondría

Hemos enumerado los tratamientos de la hipocondría más efectivos hasta la fecha. Sin embargo, no son los únicos: también se emplea la terapia psicodinámica para combatir dicho trastorno (según M. Pérez, consiste en un tratamiento en fase experimental, con eficacia tipo 3) y la farmacoterapia (sucede lo mismo que con el anterior). En la parte de farmacoterapia, suelen utilizarse psicofármacos como los ansiolíticos, por ejemplo. 

Finalmente, encontramos también otro tratamiento, no enumerado anteriormente: el tratamiento de la fobia a la enfermedad de Kellner y Marks. A través de su método, los autores proponen un tratamiento para tratar la hipocondría de la misma forma en la que se trataría un trastorno fóbico múltiple. 

La hipocondría: una posible explicación

Como hemos visto, existen muchas opciones de tratamiento a la hora de afrontar un trastorno de ansiedad por enfermedad, más conocido como hipocondría. Dicha problemática afecta a un 1-5 % de la población, lo que supone una cifra a tener en cuenta. Además, esta cifra aumenta en la población ambulatoria, situándose en un 2-7 %. Por otro lado, la prevalencia es igual en hombres y en mujeres. 

Pero, ¿por qué los tratamientos de la hipocondría inciden tanto en la reatribución de los síntomas y en los pensamientos disfuncionales asociados a las sensaciones físicas? Esto tiene mucho que ver con el origen del trastorno; así, en cuanto a su etiología, si bien es cierto que existen varias teorías que explican su origen, una de las más conocidas es el modelo cognitivo del desarrollo de la hipocondría de Warwick y Salkovskis (1990), autores ya mencionados.

Según dicho modelo, la hipocondría se iniciaría con una experiencia previa de enfermedad propia, familiar o error médico; a raíz de vivir dicha situación, la persona empezaría a formar una serie de supuestos mentales disfuncionales. 

Seguidamente, al ocurrir un incidente crítico (por ejemplo: un síntoma que sugiera “X” enfermedad), automáticamente se activarían los supuestos disfuncionales anteriores. Una vez activados dichos supuestos, y siempre según el modelo, aparecerían en la mente de la persona pensamientos e imágenes automáticas negativas que originarían dicha ansiedad por la salud (y por ende, por enfermar).

“Busca paz en tu mente y obtendrás salud en tu cuerpo”. – Anónimo - 

martes, 1 de diciembre de 2020

La relación entre las emociones y los sentimientos


MARCELO R. CEBERIO     |    La Mente es Maravillosa   |   29/07/2020

Emociones y sentimientos parecen ir siempre de la mano, ¿pero realmente es así? ¿Qué matices solemos dejar por fuera al pensar en ellos?

La relación entre emociones y sentimientos ha sido estudiada en muchas ocasiones y por ello hoy en día se ha podido realizar todo tipo de contrastes de ideas. Lo más interesante es que esta relación siempre termina con una coma, no con punto final, pues aún queda mucho por descubrir.

Tanto emociones como sentimientos se sistematizan en el tiempo y le otorgan una identidad emocional a cada persona. Cuando un problema persiste en la vida de una persona, además de la automatización de procesos de pensamiento, el mundo emocional emergente constituye un patrón que se sistematiza y tiende a formar parte de un estilo de personalidad.

Ese tono emocional que caracteriza a la persona, se sistematiza en relaciones y formas de interacción. También se imprime en el rostro y los gestos estereotipados y posee un correlato neuroquímico.

Esas actitudes emocionales producen funciones en los sistemas. Así, a alguien que es chistoso y dicharachero, el día que aparece serio y reflexivo, su entorno lo cuestionará suponiendo que algo le está sucediendo. De igual modo, alguien que siempre se presenta malhumorado, el día que esboza una sonrisa, causa asombro en su entorno.

Todo esto quiere decir que el tinte emocional que presentamos a los demás genera funciones en nuestros sistemas de interacción. 

El sentimiento es una demostración de conciencia

Antonio Damasio señala que un sentimiento es la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar.

También afirma que para tener sentimientos se requiere de un sistema nervioso que sea capaz de cartografiar –es decir, realizar un mapeo– de los estados corporales en patrones neurales y transformarlos en representaciones mentales. En concreto: las representaciones mentales requieren de conciencia.

El cerebro humano es el que genera los mismos estados corporales que luego son evocados frente a los diversos objetos. También construye el estado corporal emocional concreto para generar el sentimiento correspondiente.

Si bien la relación entre sentimiento y conciencia no es directa ni sencilla, parece difícil sentir sin tener conciencia de ello.

Cuando sentimos, nos percibimos como YO

Sentimos porque existen patrones de actividad en regiones del cerebro que sienten el cuerpo, regiones que por ello, por sentir el cuerpo, permiten que nos sintamos y comencemos a percibirnos como YO. Sin cuerpo, no habría YO, tampoco conciencia, ni emociones ni sentimientos. 

Richard Lazarus, sugiere subordinar los sentimientos en el marco de las emociones, puesto que entiende que estas son más abarcativas. Por ende, define el sentimiento como el componente subjetivo o cognitivo de las emociones, es decir la experiencia subjetiva de estas.

Según Lazarus, cuando tomamos conciencia de las sensaciones (o alteraciones) del cuerpo al recibir ese estímulo, la emoción se convierte en sentimiento. Es decir, en el momento que notamos que el organismo sufre una alteración –y somos conscientes de ello– ponemos nombre a lo que estamos sintiendo (la emoción) con una etiqueta o sello específico.

Aún así, los sentimientos pueden persistir en ausencia de estímulos externos cuando son generados por nosotros mismos.

El tiempo, un factor clave de distinción

Una de las diferencias más marcadas entre emociones y sentimientos radica en el tiempo. Como decíamos al inicio, las emociones son abruptas; irrumpen, muchas de ellas, intempestivamente, como la ira, la sorpresa o el miedo. Son automáticas y aunque en algunos casos se pueden regular, no siempre tenemos conciencia de ellas cuando se detonan.

Mientras que los sentimientos se desarrollan en la interacción y resultan de mayor persistencia que las emociones, ya que se producen como resultado del vínculo y el vínculo no es una simple interacción sino que conlleva una relación no fortuita. 

Las emociones son primitivas porque básicamente no involucran procesos cognitivos. Es decir, uno no piensa en emocionarse, sino que lo hace directa y súbitamente. En cambio, los sentimientos sí se asocian a elementos de pensamiento y se instauran a través de tiempo.

Damasio señala que, evolutivamente, las emociones son más primitivas que los sentimientos puesto que los mecanismos cerebrales que fundamentan las reacciones emocionales se formaron antes que los que sostienen a los sentimientos. 

Las emociones básicas cumplen una función en los sistemas: aseguran la supervivencia y colaboran con el organismo en pos de su defensa en el intento de asegurar la vida. En síntesis, son reguladoras de la función vital y facilitan las relaciones sociales y la estabilidad.

Describe dos emociones básicas como la alegría y la tristeza que rigen la autorregulación vital. Ciertos mapas configurados de una determinada manera son la base del estado mental que denominamos alegría, diversión, placer, motivación, entre otros, son la base por antagonismo para el estado mental que denominamos tristeza o pena, angustia, o dolor.

El mandato biológico de sobrevivir

Los mapas asociados a la alegría o la felicidad implican bienestar y son más relevantes para la supervivencia porque son sucedáneos de otras emociones. Además, significan estados de equilibrio para el organismo. Estos estados de alegría son motivadores, y permiten el desarrollo social y una mayor capacidad para actuar. Por ello, alguien que sintió miedo y superó una situación difícil, se siente feliz.

En cambio, los mapas relacionados con la tristeza corresponden a desequilibrios funcionales del organismo y pueden resultar invalidantes. En el caso del dolor, los síntomas de enfermedad indican un desequilibrio de las funciones vitales que, de no resolverse, es de mal pronóstico: la situación puede evolucionar hacia la enfermedad y la muerte.

Los sentimientos pueden ser sensores mentales del interior del organismo, expresiones mentales de equilibrio o desequilibrio interno, como indica Antonio Damasio.

Implícitamente, el mandato biológico consiste en sobrevivir y hacer de la experiencia de supervivencia una situación placentera en lugar de la dolorosa. La condición de regulación de la vida se expresa en forma de afectos (alegría-tristeza) y la felicidad como bien consiste en librarse de las emociones negativas. Con este objetivo de sobrevivir, a lo largo de la evolución se desarrolló un mecanismo que permite reaccionar y decidir de inmediato para actuar rápidamente.

En esas situaciones no hay tiempo suficiente para planear o pensar conscientemente y luego decidir. Exigen una reacción “automática-lista”. El tiempo que el pensamiento racional requiere para analizar las posibilidades de actuación, en muchos casos disminuye la probabilidad de supervivencia, puesto que reduce la posibilidad de decidir y actuar rápidamente.

Siempre hay excepciones

Frente a una situación inesperada de peligro inminente es la amígdala cerebral la que reacciona. Esto es porque es nuestra alarma personal. Ante el peligro, dialoga con la memoria (el hipocampo) al rescate de información y la analiza con el prefrontal (que es el centro del análisis racional y lógico), entre otras funciones. Este proceso se produce para protegernos y hasta nos puede salvar la vida.

Pero Joseph LeDoux descubre un circuito que consiste en un atajo de la amígdala en estas situaciones que obvia el diálogo con los otros interlocutores y gana segundos y milisegundos en la reacción, y eso en situaciones extremas es importante.

Es la viejecita que está en el banco y cuando entran ladrones, ella le golpea con su cartera al arma de uno de ellos y así la policía entra en acción y los reduce rápidamente, evitando así el robo. Luego, la heroína no entiende que sucedió y confusa dice: ¡¡¿Qué paso, qué paso?!! En este tipo de proceso, no hay consciencia.

LeDoux describe el circuito rápido amigdalino a partir de la situación peligrosa y habla de disparadores emocionales, que posibilitan la detección y reacción apropiadas.

Por su parte, Ekman dice que existe un banco de datos de alerta emocional que se acciona por medio de una red neuronal en los grupos humanos en todas las culturas. El cuerpo manifiesta de manera diferente cada una de las emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco) por medio de indicadores musculares específicos y distintos para cada tipo de emoción básica.

Disparadores y alertas emocionales

Como comentábamos anteriormente, la relación entre emociones, conciencia y sentimientos no es sencilla. Sin embargo, gracias a las distintas investigaciones hemos podido realizar contrastes de ideas muy interesantes. Ahora bien, hay que tener claro siempre dos cosas:

·        El cerebro monitorea continuamente los cambios en el cuerpo.

·        El cuerpo siente la emoción al mismo tiempo que la experimenta.

En conclusión, los seres humanos poseemos un complejo repertorio de mecanismos de regulación para la supervivencia, que pueden clasificarse como automáticos o no automáticos. Los primeros incluyen a las emociones y los sentimientos que originan, y son el fundamento de un repertorio de conductas orientadas a la supervivencia: éticas, compasivas, colaborativas, etc.

Dentro de los mecanismos no automáticos tendría que ser posible incluir a ciertas instituciones humanas cuyas normas y afirmaciones deberían ser extensiones de los modos de regulación vital y de las estrategias de autorregulación y autopreservación: escuelas, instituciones científicas, lugares de trabajo, de esparcimiento, familias, etc.

El problema es que, con frecuencia, los dispositivos no automáticos parecen entrar en conflicto con los automáticos. Así, vivimos en instituciones sociales regidas por mecanismos de competencia, lucha, agresión, poder, miedo, no cooperación, negación del otro, etc., que van en contra de nuestra base emocional para la supervivencia: cooperación, asociación y amor… ¡Vaya paradoja!

lunes, 30 de noviembre de 2020

Solo un tercio de las noticias sobre depresión tiene un tono positivo

 

REDACCIÓN    |     Barcelona     |     La Vanguardia     |     19/11/2020        

(EFE).- Solo un tercio de las noticias sobre depresión en Cataluña tienen un tono positivo, según ha concluido el informe presentado por la organización en defensa de la salud mental Obertament, sobre el tratamiento de la ansiedad y la depresión en los medios de comunicación catalanes.

Ariadna Rogero, responsable del informe, asegura que "los medios no solamente deben informar sobre la salud mental, también deben ofrecer un contexto para entender la naturaleza de la depresión".

Según el estudio, el 74,3 % de los artículos analizados contenían información sobre las causas de la depresión o la ansiedad, y el 67,7 % sobre el tratamiento y la recuperación.

Sin embargo, el 45,8 % del contenido analizado, casi la mitad, asocia la enfermedad a la peligrosidad, mientras que solo un tercio, el 34,7 %, se centra en la acción positiva.

En esta franja en la que se asocia la ansiedad y la depresión a la peligrosidad, mayoritariamente se vincula al suicidio, a la victimización de un delito o al abuso de drogas y alcohol, pero no se muestra a la persona afectada como peligrosa para el resto, aunque sí para ella misma.

Desde Obertament, señalan la responsabilidad de los medios de comunicación en la reducción del estigma asociado a la depresión y la ansiedad como la mejor forma de promover su recuperación, algo que solo observan en una de cada cinco noticias.

Anna Manso, guionista y articulista, ha vivido en primera persona los efectos de la ansiedad y ha aconsejado que los medios de comunicación deberían dejar de enfocar las recuperaciones como fenómenos épicos: "Ojalá no tuviera épica explicarlo", ha señalado.

Manso también ha querido apreciar una falta de concienciación sobre los efectos psicológicos que ha supuesto el confinamiento: "Estamos pasando por alto la salud mental durante la pandemia, y en especial la de los jóvenes, quienes, además, tienen que cargar con la criminalización", ha dicho.

Los responsables del informe aconsejan evitar el uso de imágenes oscuras en noticias sobre la depresión y apostar por imágenes que reflejen la realidad de las personas afectadas, incluir sus testimonios y evitar los términos "depresivo" o "enfermo".

Aunque todavía no existen datos suficientes para afirmarlo, Rogero ha comentado que se observa una evolución positiva y, sobre todo, un incremento en las peticiones de asesoramiento por parte de los periodistas. EFE

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Las pequeñas manías de niño pueden derivar en trastornos obsesivos de adultos


RAÚL CASADO     |    Madrid     |      La Vanguardia     |      18/11/2020

(EFE).- Las pequeñas manías o supersticiones que manifiestan frecuentemente los niños desaparecen normalmente con el tiempo, pero en algunos casos esos comportamientos pueden derivar y evolucionar hasta convertirse en trastornos obsesivos compulsivos en la edad adulta.

Un equipo de investigadores españoles ha logrado identificar los patrones de conexión que existen en algunas zonas del cerebro y que estarían asociados a la aparición de esos síntomas leves en los niños, y que podrían ser utilizados como biomarcadores para reconocer a aquellos niños que tienen un riesgo de desarrollar esos trastornos cuando sean mayores.

El trabajo ha sido realizado por especialistas del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (Cibersam) y las conclusiones se han publicado en la revista Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry.

El coordinador del estudio, Carles Soriano-Mas, ha explicado que el motivo principal de preocupación debe ser cuando las conductas de los niños entorpecen la vida diaria -porque dificultan los estudios o las relaciones sociales del niño- o cuando generan sufrimiento -ansiedad, miedos o preocupación-.

En declaraciones a EFE, Soriano-Mas ha observado que, en ocasiones, ese sufrimiento entre los niños se produce cuando no pueden realizar esas manías como pretenden o porque implican pensamientos muy desagradables (del tipo "si no hago esto un número determinado de veces a mis padres les pasará algo").

Diferenciar las manías y las supersticiones "normales" de las que señalan una predisposición a sufrir un trastorno obsesivo es difícil, según los investigadores, que han analizado las conexiones neuronales de más de 200 niños que no habían sido diagnosticados de ningún trastorno obsesivo compulsivo pero que ya presentaban un amplio abanico de síntomas preclínicos.

En ese análisis comprobaron que había una relación entre la aparición de síntomas y algunos cambios que se producían en las conexiones entre la corteza prefrontal y algunas regiones subcorticales del cerebro, las mismas precisamente que se ven afectadas por los pacientes adultos que sufren trastornos obsesivos.

Carles Soriano-Mas ha explicado que las manías son fácilmente detectables cuando se trata de conductas "estereotipadas e inflexibles", las que un niño realiza cada día en situaciones determinadas y es muy difícil convencerle de que no lo haga; "y si lo intentamos le generará ansiedad o malestar, ya que asociará el hecho de no poderlo hacer con el temor a consecuencias desagradables o incluso catastróficas".

Otras conductas no son tan fáciles de detectar ya que son "rituales" de tipo mental (contar, sumar números o repetir frases en voz baja), ha observado Carles Soriano-Mas, del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL), del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental.

Las "manías" más sencillas (las relacionadas con ordenar las cosas de una determinada manera o tocar las cosas un número determinado de veces) suelen desaparecer a los 5 o 6 años, aunque pueden también perdurar más tiempo e incluso durante toda la vida y no llegar nunca a ser problemáticas. El motivo de alarma, según los investigadores, es cuando entorpecen la vida diaria de una persona.

Y la situación a causa de la pandemia no es la mejor para las personas con trastornos obsesivos, en especial para las personas que tienen obsesiones con la contaminación y compulsiones de limpieza y desinfección, ha señalado Carles Soriano-Mas, y ha precisado que miedos y conductas que antes eran "claramente desproporcionados" ahora pueden estar justificados.

"Los altos niveles de ansiedad facilitan que desarrollemos preocupaciones -sobre nuestra salud y la de los demás, o sobre el estado de la economía- que son difíciles de poner bajo control y que generarán más ansiedad, creando una especie de circulo vicioso", ha manifestado el investigador.

En el caso de los niños, el confinamiento ha podido, sin embargo, contribuir en algunos casos a reducir los niveles de ansiedad al pasar más tiempo en el entorno "seguro" que para ellos es la casa y evitar entornos que potencialmente les pueden causar una mayor ansiedad, como la escuela o algunos grupos de amigos.

Los trastornos obsesivos compulsivos afectan a entre el 1 y el 3 por ciento de la población, y suelen producirse dos "picos" de aparición; uno en torno a los diez años y otro al principio de la edad adulta, en torno a los 20 años, aunque los casos subclínicos -obsesiones evidentes pero que no interfieren en la vida diaria ni requieren ningún tratamiento- son muy superiores y afectan al 9 por ciento de la población a los 11 años y entre el 13 y el 28 por ciento de la población en la edad adulta.

Uno de los mayores problemas, como ocurre en todos los trastornos de salud mental, es "el estigma", ha advertido Soriano-Mas, que ha observado que las personas que los sufren o sus padres siguen mostrando reticencias a acudir a un profesional, porque piensan que los síntomas desaparecerán solos o que el propio afectado debe aprender a controlarlos, lo que dificulta el diagnóstico e impide iniciar el tratamiento más adecuado. EFE

rc/crf

(Recursos de archivo en www.lafototeca.com cód 12354459 y otros)