lunes, 27 de diciembre de 2021

Nadie pierde por dar amor, pierde quien no sabe recibirlo


VALERIA SABATER     |   La Mente es Maravillosa   |   08/11/2021


Nadie pierde por dar amor, porque ofrecerlo con sinceridad, con pasión y delicado afecto nos dignifica como personas. En cambio, quien no sabe recibirlo ni cuidar ese inmenso regalo es quien pierde de verdad. Por ello recuerda, nunca te arrepientas de haber amado y haber perdido, porque lo peor es no saber amar.

 

Afortunadamente la neurociencia va ofreciéndonos día tras día reveladoras informaciones que nos explican por qué actuamos como actuamos en esto del amor. Lo primero que conviene recordar es que el cerebro humano no está preparado para la pérdida, nos supera, nos inmoviliza y nos enclaustra durante un tiempo en el palacio del sufrimiento.

 

“El amor no tiene cura, pero es la cura de todos los males” – Leonard Cohen

 

Estamos programados genéticamente para conectar entre nosotros y para construir lazos emocionales con los que sentirnos seguros, con los que edificar un proyecto. Es así como hemos sobrevivido como especie, “conectando”, de ahí que una pérdida, una separación e incluso un simple malentendido haga que salte al instante la señal de alarma en nuestro cerebro.

Ahora bien, otro aspecto complejo sobre el tema de las relaciones afectivas es el modo en el que afrontamos dicha separación, dicha ruptura. Desde un punto neurológico cabe decir que empiezan a liberarse al instante las hormonas del estrés, conformando en muchos casos lo que se conoce como “el corazón roto“. Sin embargo, desde un punto emocional y psicológico, lo que sienten muchas personas es otro tipo de realidad.

 

No solo experimentan el dolor por la falta del ser amado. Sienten una pérdida de energía, de aliento vital. Es como si todo el amor dado, todas las esperanzas y afectos dedicados a esa persona se hubieran ido también, dejándolos vacíos, yermos, marchitos…

Entonces… ¿cómo volver a amar de nuevo si lo único que habita en nuestro interior es el polvo de un mal recuerdo? Es necesario que afrontemos estos momentos de otro modo. Te hablamos de ello a continuación.


Dar amor o evitar amar de nuevo

Todos nosotros somos un delicado y caótico compendio de historias pasadas, de emociones vividas, de amarguras soterradas y miedos camuflados. Cuando se inicia una nueva relación nadie lo hace enviando previamente todas sus experiencias pasadas a la papelera de reciclaje. Nadie empieza de “0”. Todo está ahí, y el modo en que hayamos gestionado nuestro pasado hará que vivamos un presente afectivo y emocional con mayor madurez, con mayor plenitud.

 

“Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado en absoluto” – Alfred Lord Tennyson

Ahora bien, el hecho de haber vivido en piel propia una amarga traición o, sencillamente, percibir que el amor se ha apagado en el corazón de nuestra pareja cambia mucho el modo en que vemos las cosas. Dar amor con intensidad durante una época determinada, para después quedarnos vacíos y enclaustrados en la habitación de los recuerdos y las ilusiones perdidas, cambia muchas veces la arquitectura de nuestra personalidad.

 

No falta quien se vuelve desconfiado, e incluso quien desarrolla poco a poco la gélida y férrea coraza del aislamiento donde interiorizar el clásico mantra de “mejor no amar para no sufrir. Sin embargo, es necesario derribar una idea básica en estos procesos de lenta “autodestrucción”.

 

Nunca debemos arrepentirnos de haber amado, de habernos arriesgado a un todo o nada por esa persona. Son esos actos los que nos dignifican, los que nos hacen ser humanos y maravillosos a la vez. Vivir es amar y amar es dar sentido a nuestras vidas a través de todas las cosas que hacemos: nuestro trabajo, nuestras aficiones, nuestras relaciones personales y afectivas…

Si renunciamos a amar o nos arrepentimos por haberlo ofrecido, renunciamos también a la parte más hermosa de nosotros mismos.

Sanar el amor perdido

Según un estudio llevado a cabo en la University College London, existen ciertas diferencias entre hombres y mujeres a la hora de afrontar una ruptura afectiva. La respuesta emocional parece ser muy distinta. Las mujeres sienten mucho más el impacto de la separación, sin embargo es común que se repongan antes que los hombres.

 

Ellos, por su parte, suelen aparentar estar bien, se visten con la máscara de la fortaleza refugiándose en sus ocupaciones y responsabilidades. Sin embargo, no siempre logran superar esa ruptura o tardan años en hacerlo. ¿La razón? El sexo femenino suele disponer de mejores habilidades para gestionar su mundo emocional. Facilitar el desahogo, buscar apoyo y afrontar lo ocurrido desde una perspectiva donde se halla el perdón y la actitud de pasar página suele hacer las cosas más fáciles.

 

Sea como sea, y más allá de los géneros o del motivo que haya originado esa ruptura, quedan claras algunas cosas que es necesario inocular en nuestro corazón a modo de vacuna. Ningún fracaso emocional debe vetarnos nuestra oportunidad de ser felices de nuevo. Digamos “no” a ser esclavos del pasado y eternos cautivos del sufrimiento.

 

Otro aspecto que es bueno recordar es que amar no es sinónimo de sufrir. No alimentemos esperanzas o alarguemos el “chicle” de una relación que de antemano tiene fecha de caducidad. Una retirada a tiempo salva corazones y un adiós valiente cierra una puerta para abrir otraesa donde el amor se conjuga siempre con la palabra FELICIDAD. 

viernes, 24 de diciembre de 2021

Nadal - 2021

 


Bon NadaL !!!

 

Ell, fet un Nen, indefens, és motiu de goig, i portador de pau a tot els homes de bona voluntat.!

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Javier Urra: "Los problemas de salud mental en los más jóvenes son una realidad que no podemos eludir"


ABC   |   Madrid   |   20-11-2021 

Con motivo del Día Internacional de la Infancia, Recurra-Ginso se suma a la celebración de esta fecha reforzando su compromiso con la salud mental en edades tempranas a través de la campaña 'Una mente sana empieza en la infancia', que tiene como objetivo concienciar sobre la importancia de cuidar el cuerpo y la mente tanto en niños como en adolescentes. El programa Recurra-Ginso conmemora además este 2021 su 10º aniversario; una década ofreciendo apoyo a familias en situación de conflicto con sus hijos e hijas adolescentes.

Los expertos inciden en que el 70% de las psicopatologías aparecen durante la etapa infantil y la adolescencia; sin embargo, ¿estamos prestando la atención necesaria a la salud mental de nuestros hijos? En el marco de su campaña "Una mente sana empieza en la infancia", la prioridad para Recurra-Ginso a lo largo de este año ha sido sensibilizar a la sociedad sobre los diversos problemas y patologías que existen en términos de salud mental, tratando de aportar consejos e información práctica sobre el cuidado de la salud mental en edad infanto-juvenil a padres, madres, profesores y el resto de actores implicados en su educación.  

«Los problemas de salud mental más habituales evolucionan con el tiempo. Si no ponemos los medios para tratarlos desde la infancia, los diagnósticos podrían empeorar en edad adulta», señala Javier Urra, director del programa Recurra-Ginso. 

La experiencia de estos 10 últimos años trabajando con más de 1.000 jóvenes, ha permitido al equipo de expertos del programa Recurra-Ginso identificar cuáles son los temas relacionados con la salud mental más recurrentes en sus pacientes. Así, gracias al expertise que hoy les posiciona como grandes profesionales de la salud infanto-juvenil, la campaña "Una mente sana empieza en la infancia" se ha podido hacer eco de las distintas conclusiones a las que han llegado en materia de violencia filio-parental, depresión infanto-juvenil, acoso escolar, trastornos de conducta y violencia de género, entre otros temas.

La violencia de género ha sido la última cuestión que se ha abordado bajo el paraguas de su campaña. El pasado 11 de noviembre, expertos especializados en salud infanto-juvenil, entre los que se encontraba Javier Urra, se dieron cita en el webinar «La tecnología como aliada en salud mental y violencia de género» para debatir sobre la influencia que tienen las nuevas tecnologías en la conducta de niños y adolescentes, ofreciendo estrategias y recursos a los adultos que conviven con ellos para prevenir y combatir cualquier tipo de manifestación sexista.

«Nos podemos sentir humildemente orgullosos de la acogida que está teniendo este proyecto; cada vez más personas nos siguen y trasladan sus consultas. Los problemas de salud mental en los más jóvenes son una realidad que no podemos eludir. Todos debemos tomar conciencia de su importancia», añade Javier Urra. 

Desde Recurra-Ginso se hace un llamamiento a las familias e instituciones para promover su colaboración. Es necesario que todos los actores implicados en la educación infanto-juvenil se comprometan con esta causa y, ante todo, pidan ayuda siempre que sea preciso. Todavía el simple hecho de acudir a un psicólogo es un tabú que está poniendo trabas a la salud mental, sobre todo en edades tempranas. Por esta razón, los expertos del programa insisten en la importancia de visibilizar los problemas relacionados con la mente y saber cómo tratarlos. 

« Muchas personas creen que los niños son felices de por sí. Ese tópico es una fantasía. Los niños y adolescentes también se enfrentan a grandes dificultades. Nuestra responsabilidad es identificar esos problemas y actuar en consecuencia. En este punto, el papel de los psicólogos es fundamental para prevenir o intervenir cualquier tipo de patología relacionada con la salud mental», concluye Javier Urra. 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Dos estrategias contraintuitivas para resolver problemas


Revisado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas   |   La Mente es Maravillosa   |   04/09/2021
Escrito por Edith Sánchez 

La intuición y el sentido común a veces nos impiden utilizar estrategias que realmente funcionan. Hoy hablaremos de dos de ellas que pueden sernos útiles para resolver problemas.

Cuando se habla de estrategias contraintuitivas, se hace referencia a métodos que chocan con lo que nos dice la intuición, pero que al final funcionan, contra todos los pronósticos. Nacen de la idea de que eso que pensamos que es sentido común a veces nos engaña.
 
Lo habitual es partir de la idea de que la lógica superficial es la llave que abre todas las puertas, que resuelve todos los problemas. Hay unos pasos razonables, que van desde la identificación de la dificultad, pasando por el planteamiento de las posibles soluciones, el proceso de sopesarlas y la elección de la más adecuada.
 
Sin embargo, a veces esto no funciona. Por más que seguimos la secuencia, no somos capaces de diseñar un buen plan. Es entonces cuando las estrategias contraintuitivas pueden ser de gran ayuda para desatascarse y resolver el problema que está entre manos.

Las estrategias contraintuitivas
 
Frente a los problemas, en especial si nos afectan en el plano emocional, tendemos a adoptar estrategias defensivas, enfocadas en las carencias, ausencias o dificultades. Se parte de la idea de que pensando en ellas, y repensándolas, se encontrará una solución viable. Esto, sin embargo, lo que sí suele asegurar es una sensación de angustia.

La ansiedad no es la mejor consejera. Al dar vueltas a un mismo problema y no encontrar soluciones razonables, lo más probable es que esto incremente la angustia y aparezca eso que llamamos niebla mental -nuestro cerebro se satura-. A veces, también la falta de soluciones conduce a nuevos problemas.
 
En muchas ocasiones, el cerebro necesita de la paciencia suficiente como para trazar estrategias que no hemos empleado. Una situación nueva puede hacer inservibles esas vías ya existentes. En ese punto puede ser buena idea apostar por las estrategias contraintuitivas. La siguientes son dos de ellas.
 
1.     Desenfocarnos, en lugar de enfocarnos
 
Este es el camino opuesto a centrar toda nuestra atención en el problema. Se supone que para resolver algo debemos enfocarnos en ello, hasta comprenderlo a fondo y encontrarle una salida. Sin embargo, en el marco de las estrategias contraintuitivas, todos hemos encontrado la solución a un problema cuando lo hemos dejado en un segundo plano.
 
En muchos casos lo que se recomienda es buscar el desenfoque. Esto significa salir del claustro de la dificultad aún sin resolver. En lugar de tratar de estructurar una solución, la idea es dispersarla. Esto se logra, primero, alejándose del problema como tal.
 
En segundo lugar, ampliar la perspectiva. Para ello, podemos preguntarles a otras personas que puedan haberse enfrentado a una dificultad similar. Contar con alguien que haya empleado con éxito una estrategia nueva para nosotros sin duda nos va a aportar una dosis de seguridad extra, en ocasiones necesaria.

Por otro lado, a veces alguien propone una solución absurda e inaplicable, pero su visión termina encendiendo la llama de una buena idea para salir del atolladero.

Es muy probable que al desenfocarse, de todos modos, se dé pie para que la ansiedad se reduzca. Una mente tranquila es mucho más capaz de ver y de encontrar caminos viables para vencer obstáculos mentales.

2.    Exagerarlo al máximo
 
La segunda de las estrategias contraintuitivas consiste en hacer uso de la hipérbole, o exageración, de un modo constructivo. La idea es sobredimensionar el problema. Esto supone asumir que sus efectos y sus consecuencias son todo lo graves que pudieran llegar a ser. El objetivo, también en este caso, es adoptar una nueva perspectiva.

El ejercicio mental de exagerar un problema es algo que por sí solo ayuda a verlo con mayor detalle y, quizás, encontrar aspectos que antes no se habían visto. Por lo tanto, en ese propósito de exagerar al máximo es posible que se comprenda mejor la situación y se detecten con más precisión los puntos clave.
 
Así mismo, esta es una de las estrategias contraintuitivas que, de un modo u otro, incrementan la presión. Sin embargo, en este caso esa presión puede ayudarnos. Por lo tanto, puede echarnos una mano a la hora de enmarcar mejor el pensamiento, sin provocar los mismos efectos que generaría la ansiedad.
 
Ambas estrategias contraintuitivas son particularmente útiles cuando hay que enfrentar problemas que nos desconciertan. También, como se ha indicado, cuando después de pensar mucho, no se encuentran soluciones.

sábado, 18 de diciembre de 2021

¿Cómo ayudar a tu hijo o hija a afrontar la separación de los padres?


Cribecca – Psicología – Sevilla    |   Revisado por el equipo editor de PSICOLOGÍA Y MENTE 

Consejos para ayudar a tu hijo pequeño a afrontar la separación o divorcio de sus padres. 

La separación es casi siempre una vivencia emocionalmente dolorosa para las personas que ponen fin a una relación de pareja, aunque siempre hay excepciones y puede ocurrir que sea vista como una liberación tras una etapa de malestar y molestias mutuas que en ciertos casos es celebrada incluso por ambas partes. 

Sin embargo, los casos en los que la separación no repercute negativamente en el estado emocional de los hijos pequeños, en caso de haberlos, son aún menos comunes. Ocurre casi siempre que los niños, niñas y adolescentes que ven cómo sus padres se separan sufren bastante psicológicamente durante semanas e incluso varios meses. Y si esa vivencia no es bien manejada por los mayores, incluso puede dar lugar a traumas en los pequeños. 

Por ello, aquí haremos un repaso a varios consejos para saber cómo ayudar a tu hijo o hija a afrontar la separación de sus padres. 

¿Qué hacer para ayudar a un niño a afrontar la separación o divorcio de sus padres?

Si bien cada persona es un mudo, hay algunas pautas a seguir que los adultos que se separan deben tener en cuenta a modo de recomendaciones generales para ayudar a sus hijos pequeños a gestionar esa situación. Veamos un resumen de ellas. 

1. Pacta con tu expareja en todo lo que se pueda en lo relativo en la crianza 

En la medida de lo posible, y siempre que la separación no se haya producido en un contexto de maltrato, pactad cuanto antes acerca del modo en el que se producirán las visitas a cada uno de los padres, la logística de este proceso, y las tareas de crianza que realizará cada uno. 

El bienestar del niño o niña no puede tener menos prioridad que el resto de asuntos ligados a la ruptura o el divorcio, y por ello, es importante darle estabilidad cuanto antes y no someter su crianza a vaivenes, decisiones unilaterales (insistimos: en caso de que no haya una parte maltratadora) ni a cambios de opinión repentinos. 

2. Evita que se exponga a las discusiones intensas 

Hay quienes creen que es bueno que los pequeños vean las riñas que pueden surgir entre los padres porque son un reflejo de la vida real y supuestamente eso ayuda a que los niños aprendan cuanto antes los aspectos buenos y malos de las relaciones personales. 

Sin embargo, esta creencia, que es muy debatible (entre otras cosas por al amplio margen que deja para cometer errores garrafales dependiendo de la intensidad y naturaleza de esas discusiones), es especialmente errónea en el caso de una situación de divorcio o separación.

Recuerda que son esa clase de experiencias puntuales y con una fuerte carga emocional y simbólica las que el pequeño asociará a la vivencia de la separación de los padres, de manera que esas imágenes y sensaciones le vendrán a la mente cada vez que recuerde esa ruptura. 

 3. Deja claro que no tiene la culpa de nada 

Si el niño o niña interioriza la idea de que todas las experiencias emocionalmente dolorosas vinculadas a la separación son su culpa, eso dañará significativamente su salud mental y aumentará el riesgo de que desarrolle un trauma complicado de superar. Por eso, ofrécele una explicación sobre lo ocurrido que esté adaptada a su capacidad de comprensión por su edad y en la que, sobre todo, quede claro que la separación no es por su culpa. 

Y por supuesto, es importante no incluir en la explicación información que le lleve a pensar que el estrés o el desgaste físico y/o psicológico ha deteriorado la calidad de relación entre los padres, ya que en casos así, lo más habitual es que esto sea interpretado del modo más pesimista posible por parte de los niños y adolescentes; en esas edades tempranas aún no tienen la capacidad de un adulto a la hora de apreciar matices y complejidades en los mecanismos de causa-efecto, y además, es frecuente que confundan el concepto de culpa con el de responsabilidad y con las causas objetivas de una experiencia desagradable. 

4. Explícale cuanto antes cómo quedarán planificados los momentos con sus padres 

Siguiendo en la línea del primer consejo, para evitar que pase por un periodo de incertidumbre demasiado largo, haz lo posible por dejarle claro, lo más rápidamente posible, el modo en el que a partir de esa fase de ruptura de los padres podrá pasar tiempo con cada uno.de ellos (siempre que no se hayan producido dinámicas de maltrato y por consiguiente deba mantenerse lejos de quien puede dañar su salud física o mental). 

5. En caso de que la situación te desborde, recurre a la asistencia psicológica de profesionales 

Si el reto de hacer frente a la crianza de tu hijo o hija te supera ante un contexto de separación o divorcio complicado de gestionar, busca asistencia psicológica, ya sea a modo de asesoramiento para padres o madres, o a través de un proceso de terapia. 

Y si detectas síntomas preocupantes en tu hijo o hija y parece que la situación está dañando su salud mental, es importante que recurras a los servicios de terapia infanto-juvenil cuanto antes. En la etapa de los primeros años de vida somos especialmente vulnerables a las experiencias potencialmente problemáticas, y si no se cuenta con ayuda profesional, estas pueden dejar en los pequeños una marca emocional capaz de perdurar durante mucho tiempo y de generar problemas a años o décadas vista si no es tratada en terapia. 

Eso sí, recuerda que los psicólogos dan apoyo y planes de formación y “entrenamiento emocional” en todo lo relativo a la crianza de los hijos (si tienen especialidad infanto-juvenil), la gestión de los sentimientos y de los pensamientos disfuncionales, y los patrones de comportamiento que constituyen rutinas o hábitos útiles o dañinos. En caso de que el apoyo que buscas tenga que ver con el sistema jurídico, acude a un abogado.

 

jueves, 16 de diciembre de 2021

España, en terapia (II)


PATRICIA GOSÁLVEZ     |     Madrid     |     El País     |   14/11/2021

Día 4: Cuadro ansioso-depresivo 

Varón, 23 años. Paciente de Juan Luis Mendívil, psiquiatra privado en Bilbao.

I, universitario, acude a consulta a mediados de 2019, empujado por su madre, que hace años hizo psicoterapia por un episodio de ansiedad que reconoce ahora en el hijo. Empieza con una sesión semanal de psicoterapia ecléctica (45 minutos, 93 euros), con herramientas del psicoanálisis y cognitivo conductuales, y orientación dinámica, humanista y sistémica. 

Tiene problemas para relacionarse, le cuesta hacer y mantener amigos. Sensaciones de inseguridad, cierta timidez y baja autoimagen, a pesar de ser un chico majo, buena persona, inteligente y atractivo. El yerno perfecto. Está centrado en los estudios y en el surf, su mayor válvula de escape. Además de las sesiones, comienza un tratamiento con ansiolíticos. 

En unos meses, mejora bastante. Ya toma muy poca benzo. Trabajamos las relaciones interpersonales, hace amigos, empieza a salir con una chica. Está en ese proceso cuando llega la pandemia y se confina con su familia (tiene una hermana mayor y otro pequeño). Mantiene una relación ambivalente con sus padres y hermanos (“paso un poco de ellos”). Este cierto grado de aislamiento con su entorno familiar y social se dispara en el confinamiento. No va a clase, un espacio que le obligaba a relacionarse con otros. La distancia rompe la relación con la chica. Tiene que dejar el surf.

Sigue con la terapia telemática pero desarrolla un cuadro ansioso-depresivo, incrementando la sintomatología sobre todo depresiva. Para su franja de edad el confinamiento supone un golpe durísimo, corta en seco toda sociabilidad en un momento vital en el que resulta esencial, y saben que personalmente no les va a afectar mucho el virus, lo que hace más duro el sacrificio. Los macrobotellones actuales son una compensación a la prisión en la que se han visto obligados a estar. Los pacientes jóvenes sienten que se les ha robado algo. En el caso de I: la posibilidad de mejorar cuando empezaba a ver una salida. 

Otros pacientes de su edad hablan de problemas para encontrar trabajo o independizarse y de la frustración frente a las expectativas generadas. En generaciones anteriores, los padres educaban a los hijos para que se forjasen un futuro. Ahora se les pide “que sean felices”, algo mucho más complicado. En todo caso, I no piensa en el futuro, tampoco en el presente. La depresión se lo impide. 

Empeora. No quiere salir de la habitación. Incluso desarrolla ideas autolíticas (“la vida no tiene sentido, todo es una mierda, no valgo nada”, repite) por lo que se incrementan puntualmente las sesiones a dos o incluso tres semanales. Se recetan antidepresivos. 

La madre es más consciente del problema, el padre, más operativo, quita importancia a lo emocional. Le tacha de “vago” o le pide que “espabile”. Se realizan intervenciones familiares, con el beneplácito del paciente, para explicar que el problema de I no es un capricho voluntario, si no un trastorno. Que no haya un “motivo” concreto para estar deprimido no significa que sea fácil salir. El paciente debe sentir apoyo e incondicionalidad. A veces basta con que los padres estén y recuerden la temporalidad del trastorno, “no vas a estar siempre mal”. Es importante, a pesar del trago, que eviten ponerse nerviosos ellos. Tienen que entender que las ideas, incluso las suicidas, son de la enfermedad, no de I. Pero también es necesario que estén vigilantes.

Con la medicación, la terapia y la vuelta a la normalidad, I retoma el surf y el contacto con los amigos. Mejora. Aún está un poco aislado y siente con envidia cómo los demás mantienen con naturalidad relaciones que a él le cuesta crear, pero está ya en otro momento. Sigue con el tratamiento farmacológico que ha de mantenerse unos meses más allá de los síntomas, de forma preventiva. I sabe que ha de mantenerse activo para poder estar bien. Valora sus propios recursos, mejora su autoimagen. Es capaz de decir: “Soy alguien”. 

Día 5: Ansiedad con somatización

Mujer, 38 años. Paciente de Elena Daprá, psicóloga privada en Madrid.

O trabaja de técnico superior, de 8 a 5, más horas extras. Tiene dos niños de 7 y 14 años, con extraescolares hasta las 5.30 y un marido, también técnico superior, con un puesto más alto y más ingresos, por lo que la familia prioriza su trabajo. Generalmente es ella quien ajusta su jornada para buscar a los niños y cuidarlos por la tarde. 

Llega a consulta en diciembre de 2020. Entre sus síntomas: dolores de cabeza, tensión muscular, fatiga, falta de deseo sexual, malestar estomacal… Se le cae mucho el pelo y duerme mal. Su médico de cabecera le receta Lexatin. Emociones que manifiesta durante la evaluación: inquietud, falta de motivación, incapacidad para enfocarse en una tarea, irritabilidad y ataques de ira. Siente que está “enfadada todo el tiempo” o que de pronto pasa a “una tristeza agobiante”. Ha dejado de hacer ejercicio y de salir con las amigas. Pasa de tener un apetito voraz a no comer nada. No fuma ni bebe, pero muchas otras pacientes con cuadros parecidos han incrementado el consumo de alcohol y tabaco. 

O arrastra esta situación desde el confinamiento. Estar encerrada 24/7 con su familia, mientras teletrabaja, le hace sentir que se levanta y acuesta “por la noche”. Le preocupa la salud de sus padres y el estado emocional de sus hijos. El miedo y la incertidumbre que siente en el pico de la pandemia no explotan entonces, sino meses después. Llega diciendo: “Ahora que viene la Navidad y estamos más relajados, que la gente vuelve a la normalidad, estoy peor y tengo ganas de llorar a todas horas… Yo no soy así”. 

El primer punto a trabajar es explicar que está reaccionando a una situación anormal y que dicha reacción sí forma parte de ella. Se establecen sesiones semanales de 50 minutos (100 euros). Dados sus problemas para conciliar (“no me da la vida”, repite) las sesiones son flexibles para no añadir estrés y puede cambiarlas con 48 horas de antelación o realizarlas por Zoom. Se insiste en la necesidad del autocuidado: la terapia es el primer espacio para dedicarse a sí misma. 

Llega con el Lexatin comprado, pero como muchos pacientes medicados con psicofármacos por primera vez alberga dudas: “Tengo demasiadas cosas que hacer para andar atontada”, dice. Sabe que le pasa “algo”, pero “no como para medicarse”. A pesar de que su cuerpo reacciona somatizando, no es consciente de su cuadro de ansiedad: “Yo no necesito Lexatin, sino más horas en el día”. Se le explica que ante una patología de ansiedad las neuronas aumentan su apertura presináptica, por lo que pasan más impulsos nerviosos, la medicación las equilibra para que se pueda trabajar a nivel cognitivo. Los ansiolíticos sirven para momentos puntuales, se irán retirando mientras se crean herramientas psicológicas. La medicación se mantiene tres meses. 

Su principal motivación para solucionar su ansiedad es cómo puede influir en sus hijos o “cargarse” su relación de pareja. Como muchas mujeres, se sobreexige a nivel familiar y laboral. Tiene distorsiones cognitivas sobre lo que demandan de ella los demás. 

Se lleva a cabo una mezcla de terapia cognitivo conductual y humanista, incluidas sesiones con fototerapia (en la que se usan imágenes para proyectar), una sesión con el marido y una segunda fase de empoderamiento para mejorar la autoestima. Se trabajan las ideas irracionales sobre lo que se espera de ella. O empieza a delegar en su marido (que está de acuerdo con un reparto más igualitario de tareas) y en sus hijos, a los que permite ser más autónomos. Se revisa la alimentación sana y el ejercicio físico trastornados desde el confinamiento. O sigue teletrabajando con jornada flexible, explica que cuando va a la oficina rinde menos, pero empieza a disfrutar de relacionarse con su equipo. 

Tras un año de tratamiento O ha superado su sintomatología. Las sesiones se han espaciado cada 15 días, y podrían cesar. “Este es mi espacio, no quiero dejarlo”, dice ella sin embargo. 

Día 6: Anorexia nerviosa 

Mujer, 18 años. Paciente del psiquiatra Luis Rojo, jefe de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital La Fe de Valencia.

Tímida, perfeccionista y con ciertos rasgos obsesivos, N es ingresada en el verano posterior al confinamiento por tercera vez por anorexia nerviosa. Dejó los estudios como consecuencia de la patología que desarrolló hace varios años. A la unidad de hospitalización llegan las pacientes que no responden al tratamiento ambulatorio ni al hospital de día, un recurso operativo de 9 a 5, donde hacen desayuno, comida y merienda. En la unidad hospitalaria, a tiempo completo, el control de la alimentación es más estricto. 

Aunque N es recurrente, la lista de espera para los ingresos, de unas 25 personas actualmente, se ha visto aumentada últimamente, sobre todo, con primeros casos. El malestar generado por la pandemia fue un caldo de cultivo. Las condiciones amenazantes de una situación que nunca habíamos vivido se tradujeron en estrés. A ello se añadió la pérdida de vínculos sociales, la limitación del ocio y el aumento de la ociosidad, la intensificación de la vida familiar, con sus pros y sus contras, el estrés de los padres... Fue también una ocasión para pensar, ¿qué puedo hacer para no echarme a perder? Muchas personas empezaron a cuidar lo que comían y a hacer ejercicio, lo que sirvió como vía de entrada a perder peso para las chicas más vulnerables. 

N es mayor que la mayoría de los casos nuevos, donde hemos visto crías de hasta nueve años. Algún caso se inició en redes sociales: un grupo de amigas queda para adelgazar durante el confinamiento; una de ellas pierde el control y desarrolla un trastorno alimenticio. Hay factores de vulnerabilidad individual para entrar en cuadros obsesivos. En una situación con tanto descontrol, las personalidades con rasgos perfeccionistas, inseguras, que creen no contar con recursos para resolver incidencias, ven una salida compensatoria en el control de la propia ingesta: es un mecanismo de compensación. No comen para sentirse mejor. Les calma y les motiva, aunque luego les absorba y se queden pilladas emocional y biológicamente. 

El ingreso de N dura solo 20 días. Como muchas pacientes recurrentes, repite que “se le ha vuelto a ir el control de las manos”. El ingreso anterior había sido de cuatro meses, un plazo más habitual. No es recomendable acelerar la recuperación de alguien que ingresa con un índice de masa corporal de 14 o 12, o hasta de 11 o 10 (un IMC normal va de 18,5 a 26,9), ya que la realimentación puede causar problemas. Al principio ganan peso rápido, llegan vacías, pero a partir de ahí la recuperación es lenta, lo cual ayuda a contener la fobia a engordar. 

Los ingresos como el de N fueron más duros durante el confinamiento. No se podían recibir visitas, ni hacer salidas, ni volver a casa el fin de semana, grandes motivadores para estas chicas ya que el ingreso es una pérdida de autonomía. 

En el ingreso, el control de la alimentación (y a veces los suplementos nutricionales) es importante pero no es lo único. Se establece una relación emocional y psicoterapéutica con la paciente. La alimentación está ahí, pero no es de lo que más se habla durante las sesiones, dos o tres veces por semana. A veces no es fácil comunicarse, ni que reconozcan que están enfermas. “Me llamo P, tengo 11 años y no tengo nada más que decirte”, arrancó una paciente en una sesión reciente. No dijo nada más en la hora que siguió. Las pacientes también tienen sesiones con las psicólogas, que se ven a su vez con las familias. Ahora son online, algo muy útil que hemos descubierto con la pandemia y que evita traslados continuos a la unidad. La terapia de grupo también funciona; el tratamiento farmacológico se usa cuando se necesita, sobre todo cuando hay clínica depresiva presente o síntomas psicóticos, para reducir la sensación de que las miran por la calle o por redes sociales.

N fue dada de alta y no ha tenido más ingresos. La evolución de esta enfermedad no es mala, un 30% recae, un 70% no: pueden seguir sintiendo malestar, pero sin que interfiera en su vida. No hay que demonizar la anorexia. Aun así la lista de espera ha aumentado y, tras la pandemia, cuesta más aligerarla. 

Día 7: Matrimonio en crisis 

Mujer y varón. 44 y 48 años. Pacientes de Sacramento Barba, terapeuta de pareja y mediadora de la Fundación Atyme en Madrid.

R y A estuvieron cinco años de novios y cuatro conviviendo antes de casarse. Sin problemas económicos, tienen un niño de 11 y una niña de 9. Ella es enfermera en un centro de salud, él es consultor. Como muchas parejas, durante el confinamiento viven una especie de paréntesis en el que ponen todas sus energías en estar bien. Pasado un tiempo, los problemas que arrastran de antes de la pandemia afloran con más intensidad asociados con una idea: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”. Recuerda al replanteamiento vital que se da tras una enfermedad grave o la muerte de un ser querido. R explicita en una sesión: “Estaba viendo pasar mi vida, no viviéndola, cada vez somos más distintos, no podemos seguir así”. El amor mueve montañas, pero ante una situación grave, si una pareja no tiene los recursos, hace agua. 

En el caso de R y A, como en el de tantas parejas, el primer cambio importante fue la llegada de los hijos. Antes se dedicaban a viajar, hacían cosas juntos. Después, él trabaja muchas horas, ella solo por las mañanas, empieza a sentirse sobrecargada por los cuidados y empieza a reprochar que no pasan tiempo en familia. Durante el confinamiento, por su trabajo, ella se mete en sí misma, apática. “No la reconozco”, repite él en las sesiones. Así llegan al verano de 2020, las primeras vacaciones tras la pandemia. Ambos tienen altas expectativas. Normalmente, es ella quien organiza, pero ahora no tiene ganas y le reprocha a él que no tome la iniciativa. “Con el año que hemos pasado”. Durante las vacaciones, tienen una gran crisis, y dejan de hablarse por no discutir frente a los niños. Él está perplejo: “Cuando ya había pasado lo peor, tuvimos uno de los peores veranos en familia”. Pasan los meses y las relaciones sexuales se paran. A ella no le apetece, no se siente cuidada. Él se siente rechazado. O discuten o mantienen un silencio que ella siente como castigador. 

En abril de 2021 comienzan las sesiones semanales de hora y media (100 euros). Se trabaja una comunicación libre de reproches, la exposición de los propios sentimientos y el principio de reciprocidad: los sentimientos de uno están relacionados con los del otro. También que la espiral de reproches y silencios solo lleva a más de lo mismo, es un mensaje de socorro y puede llevar a la separación, que a veces es lo adecuado. 

Siete meses después R y A siguen juntos. Acuden a terapia cada 15 días, en breve serán mensuales. Una vez al mes salen solos para reencontrarse. Cuentan que ya se reconocen. Este verano lo han pasado mucho mejor.