sábado, 17 de agosto de 2019

El holandés que quiere revolucionar la salud mental:"Es mucho más que tratar síntomas" | Entrevista con Jim Van Os.

Durante los últimos años, Van Os se ha convertido en uno de los grandes críticos de los principios de la psiquiatría moderna. Su propuesta pasa por volver a centrarse en el paciente.

HÉCTOR G. BARNÉS  |   El Confidencial   |   25/04/2018

Hace un par de años, un editorial publicado en el 'British Medical Journal' por el doctor Jim van Os cayó como una bomba en el mundo de la psiquiatría. Su título, “La esquizofrenia no existe”, no dejaba lugar a dudas. Según el director de los servicios psiquiátricos del Centro Médico de la Universidad de Maastricht, es necesario acabar de una vez por todas con dicha dañina etiqueta y sustituirla por el “síndrome del espectro de psicosis”, similar a la manera de catalogar el autismo. Siguiendo los pasos de países como Japón y Corea del Sur, el objetivo es eliminar las connotaciones negativas relacionadas con el término, descrito a menudo como “una enfermedad cerebral crónica y sin solución”. El artículo dio pie a la polémica: algunos de sus compañeros le calificaron de “antipsiquiatra”.

Van Os, uno de los investigadores más citados del mundo y miembro de la Real Academia Holandesa de la Ciencia, está promoviendo desde los Países Bajos una reforma gradual de los sistemas de salud mental a través de diversos proyectos piloto en los que intenta renovar el tratamiento de la psicosis y de la depresión a partir de un enfoque centrado en el paciente. El fin último ya no es suprimir síntomas sino mejorar la resiliencia del paciente. Una perspectiva que cuestiona el común enfoque biológico, que en su opinión, crea etiquetas estigmatizadoras y se olvida de enseñar al usuario a reinventar su vida y aprender a convivir con su situación. “Lo que funciona es la atención que proporciona esperanza y en la que todo el mundo trabaja para alcanzar sus objetivos vitales”.
El holandés, que formó parte del grupo de profesionales que evaluó la sección dedicada a la psicosis del manual psiquiátrico DSM-5 (se trata de uno de sus grandes críticos) y es editor académico de 'PlOS ONE', visitó la pasada semana Madrid para dar una conferencia, invitado por la organización Nueva Psiquiatría. Aprovechamos la ocasión para que señalase los problemas con los que, a su juicio, se enfrenta la psicología moderna y nos explicase cuáles son sus ideas para mejorar las perspectivas de los pacientes en un momento en el que las enfermedades mentales parecen cada vez más prevalentes. Entre sus próximos objetivos, conseguir que el CIE-11, que se publicará a lo largo de este año, acabe de una vez por todas con la etiqueta de “esquizofrenia”.

PREGUNTA. ¿En qué punto nos encontramos?
R. Poco a poco vemos que hay cada vez más debate y reflexión sobre lo que ocurre en los servicios de salud generales y en psiquiatría. Se está viendo que los servicios están fragmentados, son episódicos, reactivos e insuficientes. Sobre todo, están desconectados de los objetivos de los pacientes, que deberían ir más allá de tratar los síntomas, y ayudarles a participar en la sociedad y reinventar su identidad y los objetivos que dan sentido a la vida después de haber vivido una experiencia límite como la psicosis.
Esta desconexión es algo que puede verse en la sanidad en general, se tratan los síntomas pero no se solucionan las enfermedades. Ahora se está desarrollando el conocimiento de usuarios, otra clase de conocimiento científico basado en la experiencia de los profesionales. El desafío en Europa y en el resto del mundo es cómo llevar a cabo una psiquiatría basada tanto en el conocimiento científico como en el de los usuarios. Se ha hecho un análisis después de 40 años y se ha descubierto que lo que funciona es la atención psiquiátrica que sabe conectar a la gente con otros usuarios y con profesionales, que proporciona un sentimiento de esperanza y en la que todo el mundo trabaja para alcanzar sus objetivos vitales.
Es muy importante ayudar a la gente a que autogestione sus problemas, que tome decisiones sobre su medicación, que experimente, que tome riesgos… Ese tipo de conocimiento aún no está incorporado en la experiencia de los profesionales. Lo que necesitamos no son hospitales (bueno, quizá tan solo un poco), sino un servicio de atención de salud mental a pequeña escala y basado en el principio de la comunidad de curación, que esté integrado con los médicos de cabecera, los servicios sociales y sobre todo, que incorpore los principios del conocimiento de los usuarios. Va a ser mucho más democrático y eficaz.

P. ¿Qué están haciendo ustedes?
R. En Holanda hemos montado experimentos piloto porque no puedes cambiar un sistema entero así como así. Tenemos 10 proyectos basados en el principio de comunidad, trabajando con usuarios como si fuesen profesionales, y promoviendo otros valores psiquiátricos. Eso es muy difícil. El problema es el conocimiento profesional, que dice que lo necesario es el tratamiento técnico. Ahora sabemos a través de los metaanálisis de la literatura científica que gran parte de lo que marca la diferencia no son los ingredientes técnicos de los tratamientos, sino cómo lo hacen, cómo es el ritual del tratamiento, el contacto terapéutico, la empatía, saber escuchar, tomarse su tiempo… Muchas cosas que son importantes para hacer un relato empático que ayude a la gente a cambiar. Tratar trastornos mentales no es solo tratar síntomas, sino sobre todo invitar a la gente con poca motivación a introducir cambios en su vida. Pero para eso hay que cambiar la actitud de los profesionales.
Estamos haciendo un truco médico: tratamos los síntomas sin tratar a la persona. El tratamiento es a largo plazo y debe mejorar la vida de los pacientes
Muchos no quieren: un psiquiatra o un psicólogo que ha estudiado ocho años quiere ser el que domine el mercado, donde se mueve mucho dinero. Yo les digo que tienen que cambiar y que necesitamos experiencia, no sus conocimientos, entablar relaciones de forma que la gente pueda cambiar las cosas en su vida.

P. Es una tendencia global en toda la medicina, no solo en la psiquiatría: tratamientos personalizados que ya no intentan que el paciente encaje, a través del análisis de los síntomas, en una etiqueta determinada. Pero habrá quien diga que es más caro y menos práctico tratar uno por uno a cada uno de los pacientes.
R. No, ahora estamos haciendo un truco médico, estamos tratando síntomas sin tratar a la persona. Entonces no salen adelante, no trabajan, no tienen vidas productivas, lo que es mucho más caro para la sociedad. La medicina personalizada es algo diferente a la nueva psiquiatría. Si tienes un tumor, en la medicina personalizada realizarás una prueba para ver cuál es el perfil único de esa persona y de qué forma va a responder al tratamiento. En ese enfoque, no sería lógico tratar a la gente a través de categorías donde no encajan. Pero en psiquiatría, los diagnósticos no existen. La relación entre estos y las necesidades y cuidados son muy débiles, no predicen prognosis, y un diagnóstico debería predecir el tipo de necesidades y cuidados del paciente.
En psiquiatría los diagnósticos no funcionan así. Lo importante son las viabilidades. Padecer un trastorno mental no es tratar los síntomas y ya está. El tratamiento es algo a largo plazo, es decir, se trata de mejorar la resiliencia de forma que la gente pueda manejar su vida a pesar de tener esas vulnerabilidades. También buscar otros objetivos que den significado a su vida. Deben aprender a llevar una vida más allá del diagnóstico.

P. Sugiere que se produce una especie de efecto Pigmalión o profecía autocumplida: a quien se le etiqueta como esquizofrénico queda estigmatizado y comienza a considerarse como tal.
R. Al final, ¿qué idiomas hablamos pacientes y profesionales? ¿El de las enfermedades y discapacidades? Tenemos que buscar un idioma de la vulnerabilidad y la posibilidad. Eso se ha hecho en Japón, una sociedad más sensible. Pidieron a la sección de psiquiatría buscar una palabra que no comunicase enfermedad y mal pronóstico, sino vulnerabilidad y posibilidad de crecer y vivir más allá. Algunos psiquiatras han dicho que ni hablar, que no puede ser que todos tengamos esquizofrenia. El nuevo gobierno ha dicho que quizá tienen razón, que hay que buscar una alternativa. Ha quedado como una especie de “síndrome de integración”, en los ideogramas del japonés de esta palabra hay imágenes de vulnerabilidad y plasticidad, es decir, posibilidad de cambiar.
El cambio también se ha producido en Corea del Sur y Hong Kong, pero el DSM-5 no ha cambiado, aunque lo propusimos, la APA (American Psychological Association) ha dicho que no. LA OMS, que tiene otro sistema de diagnóstico, está debatiendo si van a cambiar y desechar esas palabras que expresan miseria y pesimismo y utilizar otras que son una invitación a la recuperación.

P. Entiendo que depende de la cultura de cada país. Francia, quizá, con una tradición ligada al psicoanálisis, es diferente a Reino Unido...
R. Sí, pero está cambiando. He trabajado en Francia estudiando el psicoanálisis de Lacan, que es muy interesante, pero lo que vi es que lo que le gusta a los psicoanalistas franceses es hablar entre ellos en términos muy intelectuales mientras los pacientes están en el hospital totalmente sobremedicados. La evidencia puede introducirse en todo tipo de cultura: lo que todas tienen en común es que nadie habla con los usuarios de igual a igual, desde un punto de vista democrático, y eso es importante.

P. ¿En qué punto se encuentra España?
R. Tenéis muy buenos profesionales y la gran fuerza de vuestro país en psiquiatría es el sentido de comunidad y el gran vínculo en las familias, algo que también sigue conservando Francia en comparación con Inglaterra, por ejemplo. En Reino Unido el 15% de los jóvenes con psicosis viven con sus padres, en España es un 60-70%. El cuidado de los familiares en España es el mejor de toda Europa, por lo que he podido ver. Esa es la gran fuerza. Eso sí, los servicios no están integrados con el nuevo conocimiento de usuarios y las perspectivas de recuperación, y mientras tanto los familiares son los mayores proveedores de atención psiquiátrica. Hacen un trabajo impresionante.

P. Usted propone que casi todos, de una forma u otra, hemos experimentado pequeños síntomas de esquizofrenia alguna vez, como el espectador de una película de terror que sale del cine y cree ver cosas extrañas en la oscuridad de camino a casa.
R. La pregunta es la siguiente: ¿los trastornos mentales son como la hipertensión, es decir, un valor exagerado en un parámetro biológico que todos tenemos? ¿O son como el Parkinson, una patología de degeneración celular? Científicamente sabemos que la psicosis, la ansiedad y la depresión no son enfermedades cualitativamente diferentes a las experiencias que tiene la población, sino que tienen un solapamiento importante con la función normal. Los trastornos mentales son la exageración de procesos mentales y fisiológicos que todos tenemos. Eso no es algo que diga yo, se ha demostrado con estudios en la población sana.
Esa es también la dificultad para los pacientes. Si por ejemplo, están hablando en una fiesta con alguien desconocido y dicen “tengo un poco de fobia o depresión”, la gente lo entiende porque saben qué es tener miedo o un poco de alteración en el humor. Pero si hablan de esquizofrenia, la gente no sabe a qué te estás refiriendo, aunque sea paralelo a lo que le pasa a cualquiera. Por eso explico que la psicosis es dar demasiado significado a lo que estás experimentando a tu alrededor. Hay muchos ejemplos que la gente puede reconocer, pero la palabra “esquizofrenia” no la entienden, porque está asociada con “violencia”.

P. ¿Qué papel juega la medicación en todo esto?
R. Si vas a la evidencia, verás que gran parte de la mejora que puede experimentar alguien que está tratado con antipsicóticos o antidepresivos no es el medicamento en sí, sino el ritual que lo rodea. Es decir, vas a visitar al médico, y quizá por primera vez en tu vida puedas contar lo que tienes en tu cabeza: tus emociones, los traumas que has vivido, los problemas en las relaciones de trabajo… Ese es un factor que hace que la gente mejore. Luego se ha demostrado que, por ejemplo, los antidepresivos sí tienen un pequeño efecto extra. El psicólogo hace algo en apariencia muy técnico, pero la gente mejora por la relación y el ritual.
El problema con la medicación y la psicoterapia es que tienen un efecto biológico. A corto plazo, puede funcionar. El problema es que no tenemos ni idea de qué hace un medicamento a largo plazo. Por ejemplo, sospechamos que una proporción de la gente que consume antipsicóticos sufre un síndrome de suprasensibilidad, se vuelven más sensibles. ¿Por qué no hay más estudios sobre los efectos de tomar medicación a largo plazo? A corto plazo está demostrado que los antipsicóticos funcionan muy bien, pero a largo plazo la gente tiene que tomar sus propias decisiones y deben saber que si quieren, pueden dejar la medicación, pero que es un riesgo porque pueden recaer.
En Noruega se ha introducido ahora por ley la obligación de que la gente pueda elegir entre un tratamiento con medicación o sin medicación, incluso los pacientes con psicosis aguda. Aún no se sabe qué pasará en el resto de países, pero incluso si eres psicótico debes tener derecho a elegir, porque sabemos que la gente también se puede recuperar sin medicación, aunque la probabilidad a corto plazo sea menor. El paciente tiene que participar en el tratamiento, el modelo paternalista no funciona, debes ofrecer 10 alternativas pero él debe ser el que elija.

P. ¿Cómo cree que va a evolucionar la situación en los próximos 10 o 20 años?
R. Va a cambiar completamente. Creo que los psiquiatras y psicólogos no tienen ni idea de lo que va a ocurrir, pero sospecho que gran parte del tratamiento va a realizarse fuera del campo médico, trabajando con usuarios con entrenamiento, con familiares y profesionales, pero no en un sistema de salud mental, porque no está integrado con los servicios de cabecera y servicios sociales que proveen trabajo y alojamiento. Hay que desmantelar los servicios de salud mental e integrar la experiencia de los profesionales dentro del campo de la atención primaria. Eso se llama, según la OMS, el modelo de atención primaria extendida. Y no solo va a ocurrir en psicología, también en otras especialidades.
Vamos a desarrollar un modelo que aumente la resiliencia en lugar de suprimir los síntomas, que ayude a la gente a vivir con estos. Tenemos un problema, que es que los síntomas de salud mental son muy prevalentes, hasta un 20% de personas tienen algún problema a lo largo del año. Por eso necesitas primero un servicio de salud pública para tratar a la gente con un poco de ansiedad, de depresión o de adicción, de forma que no vayan a presentarse masivamente en el médico de cabecera. Nosotros estamos montando una e-community, una comunidad 'online' de gente que ha tenido la misma experiencia que tú y que te ayuda a buscar y elegir lo que va mejor contigo. Ese tipo de tratamiento de salud pública hace que la gente con pequeños problemas visite el sistema de salud mental y los que sufren trastornos severos disponen de la comunidad médica de cabecera.
La formación de los psiquiatras y psicólogos se va a centrar mucho más en que sean instrumentos de cambio entrenados para llevar a cabo el ritual profesional y de curación, en lugar de aprender conocimientos técnicos para ser aplicados. Ahora pensamos que si haces las cosas técnicas bien, puedes tratar a todo el mundo, pero no es así. Eres el instrumento, y tu experiencia cuenta. Quizás entonces ya no necesitemos psiquiatras y psicólogos, sino más personas con experiencia que sepan llevar a cabo ese ritual de curación mientras el médico de cabecera sea quien te proporcione las medicinas, pero es un enfoque controvertido.
Quizá vamos a tener más médicos psicofarmacólogos que psiquiatras, y quizás vamos a tener psicoterapeutas genéricos que aporten su conocimiento. Será más humano y nos formaremos de manera que utilicemos los instrumentos humanos sin dejar por completo lo técnico (psicofarmacología, psicoterapia). Los usuarios van a ser mucho más activos dentro de los servicios de salud mental.



viernes, 16 de agosto de 2019

Claves para superar la crisis de la mediana edad.

David Dorenbaum   |  El País   |   21/04/2019

La idea de que los años intermedios de la edad adulta son una etapa de tribulación es un estereotipo del que hay que huir. Para la mayoría de las personas, tener entre 40 y 59 años no es un problema a la hora de abordar nuevos planes.

En la mediana edad, la impresión de que las necesidades cotidianas nos consumen y de que las alternativas se nos escapan de las manos nos hace creer que estamos atrapados en el presente. Pero la mayoría de las veces sobrevaloramos esas ideas. Ante la pregunta: ¿esto es todo lo que hay?, debemos asumir que el pasado es imperfecto e inmutable y reconciliarnos con él para vivir más plenamente el presente.

En los años sesenta, el psicoanalista canadiense Elliott Jaques propuso el término “crisis de la mediana edad” en su artículo “La muerte y la crisis de la mitad de la vida”. Jaques citó a Dante, que en la tercera década de su existencia se lamentaba: “A medio camino en el viaje de la vida, me encontré en un bosque oscuro, con el camino correcto perdido”, y a otros, como Miguel Ángel, que completó el David a los 29 años, la Capilla Sixtina a los 37, el Moisés a los 40 y a partir de entonces se sabe poco de su productividad hasta los 55, cuando empezó el monumento de los Médici. Uno de los enigmas más intrigantes de la psicología del desarrollo ha sido el mito de la crisis de la mediana edad, a pesar de que nunca fue concebida como totalmente negativa y de que Jaques la había vinculado con un renacimiento creativo del individuo. Según el autor, el éxito de la creatividad de la mediana edad reside en la tolerancia de las imperfecciones en uno mismo y en otros. Esta “resignación constructiva” nos da la posibilidad de disfrutar de la madurez y de vivir con el conocimiento consciente de nuestra finitud. Permite a la creatividad adquirir nuevas profundidades. Solo así la imperfección inevitable, lejos de ser un amargo fracaso que nos atormenta, admite que lo perfecto ceda su lugar a “lo suficientemente bueno”.

El amplio estudio sobre la mediana edad titulado MIDUS (acrónimo en inglés de mediana edad en Estados Unidos), organizado por el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento, comenzó en 1995 con la recopilación de información acerca de 7.000 adultos de entre 25 y 75 años y se ha prolongado durante más de 20 años. Los adultos de edad avanzada muestran niveles de bienestar psicológico más altos que los de los jóvenes y las personas de mediana edad. Otro estudio conducido por Blanchflower, del Dartmouth College (EE UU), y Oswald, de la Universidad de Warwick (Inglaterra), en el que se ajustaron los parámetros de salario, estado civil y empleo, concluye que el nivel de satisfacción tabulado por edades tiene la forma de una curva en U, en la que el bienestar es alto en la juventud; declina en la mediana edad, con su punto más bajo a los 46 años, y alcanza la cúspide en la edad avanzada, en lo que se conoce como la “paradoja del envejecimiento”. Los resultados fueron similares en hombres y mujeres.

Sin embargo, los hallazgos de seguimiento a largo plazo del estudio MIDUS cuentan una historia diferente de la curva en U: la mayoría de los adultos de mediana edad afirman que están satisfechos con su vida; incluso esperan un incremento de esa satisfacción en el futuro. Su optimismo puede motivarlos para lograr sus objetivos. En esta interpretación, la crisis de la mediana edad podría entenderse como una declinación predecible en la satisfacción con la vida, tras la angustia tumultuosa anterior. “¿Cómo puedes no sentirte abatido y abrumado por el pánico?”, pregunta el psicoanalista belga Paul Verhaeghe, “cuando vives en una meritocracia (…), cuando te evalúan sin cesar y te dicen que no te estás esforzando lo suficiente”. Otra cosa es la crisis que afecta a un 10% de los adultos de entre 40 y 60 años, desencadenada por sucesos como el divorcio, la pérdida de empleo o los problemas de salud que pueden ocurrir a cualquier otra edad; esta última crisis hay que analizarla por separado.

A menudo la curva en U se ha interpretado erróneamente como la evidencia de crisis de la mediana edad. De acuerdo con la psicóloga Margie Lachman, de la Universidad Brandeis (EE UU), “la idea de que la crisis en la mediana edad es inevitable resulta dañina para la salud y es capaz de desencadenar una profecía autocumplida. Puede llegar a usarse como justificación para un comportamiento impulsivo o como explicación de estados de ánimo negativos”. La respuesta radica no tanto en el qué hacer como en adoptar formas de pensar acerca de uno mismo que permitan manejar creativamente las expectativas, los arrepentimientos y los fracasos, el torrente de actividades y la reducción de posibilidades.

Cultiva tus relaciones, recuerda que construimos nuestras identidades a través de la interacción. Considera que una mejor comprensión de la naturaleza de la mediana edad facilita la armonía intergeneracional. Los años intermedios de la edad adulta están dotados de un cúmulo de experiencia, al mismo tiempo que mantienen niveles moderados de habilidades de procesamiento, quizá la combinación ideal.

David Dorenbaum es psiquiatra y psicoanalista.


jueves, 15 de agosto de 2019

Identificadas 12 variantes genéticas comunes en las personas con TDAH

ANA MACPHERSON   |  La vanguardia   |  BARCELONA   |  27/11/2018


La base genética de la enfermedad marca una predisposición a padecerla pero no es determinante.

Mensaje para incrédulos: la base genética del trastorno por déficit de atención e hiperactividad es muy sólida. En un estudio con 50.000 participantes, 20.000 de ellos con este diagnóstico, se han podido determinar al menos 12 variantes involucradas y que marcan una predisposición. Lo han publicado en la revista Nature Genetics, y en el macroestudio llevado a cabo en Europa, China, Estados Unidos y Canadá también han participado el Institut de Biomedicina de la UB, el Institut de Recerca Sant Joan de Déu, el centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras (Ciberer), psiquiatras de Vall d’Hebron y de la Mútua de Terrassa, de donde proceden los pacientes, y ISGlobal-Creal.
“Sabíamos por investigaciones anteriores con gemelos que el 75% del trastorno se explica por factores genéticos, aunque modulado por factores ambientales. Con este macroestudio hemos podido determinar el 21% de esa carga, pero aún nos falta mucho”, dice Bru Cormand, investigador de la Universitat de Barcelona.
Uno de los genes más claramente relacionados con el TDAH es el FOXP2, determinante en el desarrollo del lenguaje humano y que tiene un papel importante en las conexiones neuronales y el aprendizaje. Otro, el DUSP6, está implicado en la dopamina, el sistema de recompensa cerebral que está alterado en pruebas de imagen en personas con TDAH.
Estas doce variaciones genéticas identificadas como propias del TDAH son muy comunes en la población. Era parte del objetivo, buscar sin prejuicios entre variaciones comunes, no en las raras. Y han aparecido doce. “Pero el estudio sigue, y cuando aumente la población de muestra es posible que se llegue a un centenar o más, como ocurre en la esquizofrenia, de la que se conocen 250 variaciones relacionadas, o el autismo”, señala Josep Antoni Ramos-Quiroga, responsable de psiquiatría de Vall d’Hebron.
“La predisposición que se observa coincide con genes relacionados con otros trastornos psiquiátricos, sobre todo la depresión, también trastorno bipolar y esquizofrenia. Confirma el convencimiento clínico de que muchos problemas de salud mental están relacionados y nos da un mayor conocimiento de este trastorno neurofisiológico, que es lo que es aunque algunos sigan empeñados en negarlo, para mejorar los tratamientos. Por ejemplo, buscando cómo modular proteínas que ahora sabemos que están alteradas”, indica el psiquiatra.
 “También encontramos relaciones genéticas con la anorexia, la obesidad, el insomnio, el tabaco o el éxito reproductivo. Sí. Los TDAH tienen más hijos y comparten variaciones genéticas con personas sin TDAH que también tienen más hijos que la media. O con los que tienen más fracaso escolar no relacionado con otro motivo”, explica Cormand. Así que este trastorno parece genéticamente un gran puzle de predisposiciones que vienen de fábrica, aunque a menudo se achacaban a ese natural impulsivo de los TDAH. “No hablamos en ningún momento de genes determinantes, como los que causan sí o sí una enfermedad, como la fibrosis quística. Se trata de rasgos que suponen una predisposición que se concentra en el sistema nervioso y especialmente en el neurodesarrollo, que probablemente pueda cambiar de ruta con ayudas, educación, conocimiento”, afirma Ramos-Quiroga.
En este macroestudio para obtener un mapa genético de uno de los trastornos más frecuentes en la población han participado investigadores de más de sesenta instituciones de todo el mundo.


sábado, 10 de agosto de 2019

Lo que cura es el afecto: no hay terapia sin simpatía

Thomas Emmenegger, psiquiatra y emprendedor social.

IMA SANCHÍS  |  La Contra de la Vanguardia   |   Barcelona   |    18/06/2018

Nací en Lucerna, Suiza, y vivo en Milán. Vivo en pareja y tengo dos hijos. Soy jefe de servicio de la Organización Sociopsiquiátrica del cantón de Ticino, Suiza.

Entrega
Atiende a personas, no enfermedades. Desde sus inicios luchó por la abolición de las medidas coercitivas (habitaciones de aislamiento, atar a los pacientes..) y lo ha implementado con éxito en el hospital público suizo del que es jefe de servicio. En 1996 fundó la empresa cultural y social sin fines de lucro Olinda en un viejo hospital psiquiátrico de los suburbios de Milán en la que enfermos mentales y jóvenes del barrio gestionan y trabajan en su restaurante, bar, catering, albergue, hotel, teatro... Desarrolló proyectos internacionales de salud pública para la OMS . Ha participado en el V Congrés Català d’Infermeria de Salut Mental , organizado por la Associació Catalana de Salut Mental, en el hospital de Sant Pau .

Pregunta.-Todos los locos son tristes?   |   Respuesta.- Ni mucho menos. Lo son si están solos.
P.-¿Qué ha entendido?   |   R.-Que todos somos diferentes incluso en la enfermedad mental. El diagnóstico no nos dice nada de la persona, para cada esquizofrénico hay que buscar un camino. La institución psiquiatra se debe adaptar a la singularidad de la persona.
P.-No es fácil.   |   R.-Pero es hermoso.
P.-Un psiquiatra suele recetar.   |   R.-El fármaco es una muleta que ayuda a contener los síntomas pero no cura. Lo que cura es la relación y el afecto. No hay terapia sin simpatía.
P.-¿Entre médico y paciente?   |   R.- Sí, y enfermeros y pacientes. Cuanto peor está una persona más relación de afecto necesita.
P.-¿Es proporcional?   |   R.-Un enfermo mental no suele tener sólo un problema clínico, también tiene un problema social: ha perdido la casa, el trabajo y se ha peleado con los suyos. Está solo. Es necesario ayudarle a reconstruir las oportunidades sociales para que pueda reencontrar su camino.
P.-No es práctica habitual entre psiquiatras.   |   R.-Para quién trabaja en una institución pública debe ser una práctica cotidiana. Nosotros no tenemos maquinarias complicadas, sólo tenemos nuestro conocimiento y afecto. Hay que tener una relación intensiva con los enfermos.
P.-¿Cómo de intensiva?   |   R.-Hemos calculado que cuando llega una persona en crisis psiquiátrica la media son dos horas con ella, algo que es muy difícil desde el punto de vista organizativo pero indispensable si quieres construir una relación.
P.-Me sorprende usted.   |   R.-Lo primero es comprender, y para eso tienes que escuchar, hacer preguntas no estandarizadas, tener paciencia y dar crédito a la persona. No se trata de controlar, de encerrar, de calmar con fármacos, sino de establecer una relación.
P.-Póngame un ejemplo.   |   R.-A un suicida no hay que encerrarlo para que no lo vuelva a intentar sino estar con él.
P.-¿Y eso cura?   |   R.-Sí, la dedicación intensiva en los momentos de crisis allana el camino para poder seguir trabajando con la persona. Sin embargo, si el primer encuentro se reduce a encerrarlo en espera de que pase la crisis el seguimiento es muy difícil porque falta la confianza, la relación.
P.-¿Hasta qué punto somos sólo química o somos algo más?   |   R.-Antes pensábamos que el cerebro no se puede regenerar, hoy sabemos que tiene una capacidad transformadora de sí mismo.
P.-Usted es un abanderado en contra de la sujeción física.   |   R.-De todas las medidas coercitivas: puertas cerradas, atar a la gente a la cama y las habitaciones de aislamiento. Llevo años aplicando mi programa y mi receta en un hospital público: tiempo de conversación con el paciente, y gracias a eso hemos eliminado esas medidas.
P.-¿Y si la persona es muy agresiva?   |   R.-Le pondré un ejemplo: la policía nos trae a un hombre enmanillado con una grave crisis maniaca, agresivo y agitado. Tras dos complicadas horas de conversación consigo entender que se ha dejado la puerta de casa abierta.
P.-Y eso le preocupa y le altera.   |   R.-Le acompañamos a su casa con la condición de que vuelva y acceda a tomarse los fármacos en lugar de inyectárselos a la fuerza.
P.- Necesita personal muy especializado.   |   R.- Necesito personal motivado. Y sale rentable.
P.-¿Y pasada la crisis?   |   R.-Tenemos un programa personalizado dentro y fuera del hospital. Hemos creado un equipo que visita a los enfermos en su casa, a algunos dos veces al día. Hay que ayudarles en el plano social porque la soledad es terrible. No los puedes abandonar, si lo haces volverán al principio.
P.-Ha creado usted una oenegé en un antiguo hospital que les da trabajo.   |   R.-Es un proyecto que inicié hace veinte años en el antiguo hospital psiquiátrico de Milán que hemos transformado en un espacio para la ciudad. La antigua cocina es hoy un teatro, la capilla ardiente un restaurante, el convento un hostal.
P.-¿Se puede comer, dormir, ver teatro…?   |   R.-Sí, y se puede encontrar trabajo y amigos. Realizamos multitud de proyectos: con 40 pacientes y abuelas del barrio hacemos pasta fresca que vendemos a restaurantes; catering, un laboratorio de teatro con jóvenes del barrio y pacientes que les ayuda a descubrir sus talentos y donde se hablan quince lenguas diferentes.
P.-¿Y eso?   |   R.-Es la composición de la periferia urbana de Milán: asiáticos, africanos, latinoamericanos... Nuestras obras son tan famosas como nuestras pizzas, la gente viene y paga por ello. Trabajamos con productos de mucha calidad y lo hacemos muy bien. Somos un proyecto sostenible.
P.-¿El poder de la determinación?   |   R.-Debemos creer en nuestra capacidad transformadora, no sólo somos objetos del destino, podemos contribuir activamente en hacer un pedacito de historia, aunque sea homeopático.
P.-¿Es duro trabajar con enajenados?   |   R.-Es una fuente de enorme riqueza. Los límites de la normalidad los definen miedos y prejuicios, pero ese confín se puede ensanchar y en esa frontera hay autenticidad.
P.-¿En qué cree usted?   |   R.-Todos tenemos una capacidad emancipadora dentro, hay que descubrirla y hacerla emerger.


martes, 6 de agosto de 2019

Qué es la "tríada oscura" de la personalidad ( y por qué algunos psicólogos consideran que el sadismo debería sumarse a ella)

PSICOLOGÍA


SEMANA  |  BBC Mundo  | 24/4/2019

En psicología existe un concepto llamado "la tríada oscura". Este infame trío lo conforman los rasgos de la personalidad que definen lo que comúnmente llamaríamos una "mala persona".

El primero de estos chicos malos es el narcicismo. Las personas narcisistas tienden a centrarse en sí mismas, a fantasear con un poder ilimitado y a necesitar la admiración de los demás. Luego está la psicopatía, es decir, la falta de empatía. Este rasgo convierte a la persona en alguien manipulador, poco confiable y desinteresado por los sentimientos de otras personas. El clan malévolo lo completa el maquiavelismo. Las personas que tienen este comportamiento muy marcado se caracterizan por tener actitudes cínicas y adoptar estrategias cuyo único fin es beneficiar sus propios intereses.

En conjunto, estos tres rasgos engloban una frialdad emocional. Algunos estudios han demostrado que los altos niveles de la tríada oscura están asociados con bajos niveles en rasgos como la simpatía, la honestidad y la humildad.

Sin embargo, un equipo de psicólogos de la Universidad de Western Ontario, en Canadá, realizó un estudio que sugiere que un cuarto rasgo debería incluirse en este combo de la maldad. Se trata del sadismo. 

Los expertos definen el sadismo como "una tendencia a involucrarse en comportamientos crueles, degradantes o agresivos en busca de placer o dominación". En el lenguaje común, ser sádico es disfrutar causándole sufrimientos a los otros.

Varias de las características del sadismo se superponen con las de los rasgos de la tríada, pero al mismo tiempo, según los investigadores, tiene aspectos únicos que lo hacen merecedor de estudiarlo como elemento que debe añadirse para conformar una "tétrada oscura".

Para llegar a esta conclusión los psicólogos aplicaron un test de nueve preguntas entre 202 universitarios (54 hombres y 148 mujeres) entre los 17 y los 26 años.

Estas son las nueve preguntas del test, en la que los participantes debían marcar de 1 a 5 qué tan de acuerdo se sentían con estas afirmaciones:
1. Me he burlado de las personas para que sepan que yo tengo el control
2. Nunca me canso de presionar a la gente que me rodea
3. Haría daño a alguien si eso significa que yo estaré en control
4. Cuando me burlo de alguien, es gracioso verlo enojarse
5. Ser malo con los demás puede ser emocionante
6. Me da placer burlarme de la gente delante de sus amigos
7. Me emociona ver a la gente meterse en peleas
8. Pienso en lastimar a las personas que me irritan
9. No lastimaría a nadie a propósito, incluso si esa persona no me agrada

Las respuestas de los estudiantes llevaron a los investigadores a concluir que si bien el sadismo comparte algunas características del narcisismo, la psicopatía y el maquiavelismo, "no puede reducirse a los otros rasgos". La doctora Minna Lyons, investigadora de la escuela de psicología de la Universidad de Liverpool, quien no estuvo involucrada en este estudio, está de acuerdo con que el sadismo es un rasgo en sí mismo.

"El sadismo es interesante porque parece ser distinto a la tríada oscura", dice Lyons a BBC Mundo. "Si alguien marca alto en sicopatía, no necesariamente disfruta causarle dolor a otras personas, así que parece ser una rasgo de personalidad por separado".


Para Lyons, es importante estudiar estos comportamientos entre la gente del común, no solo entre personas que hayan sido diagnosticadas con un desorden de personalidad, para ver como estos lazos se entrelazan con otros comportamientos. Además advierte que estos rasgos son parte del comportamiento diario de los humanos y que en ciertas circunstancias pueden resultar beneficiosos.

"Es normal que haya personas que marquen alto en sadismo, eso no los hace anormales. Incluso si alguien marca alto, eso no lo hace una mala persona", explica Lyons. "(Estos rasgos) se vuelven problemáticos en el momento en el que comienzan a interferir con la vida, o la persona comienza a perder control de sí misma y comienza a ser dañino para las otras personas y para sí mismo", dice la psicóloga.


También advierte que este tipo de tests son solo una herramienta de medición y no se utilizan como un diagnóstico, pues hay que tener en cuenta muchos otros factores a la hora de evaluar el comportamiento de una persona.



jueves, 1 de agosto de 2019

Luis Rojas Marcos: "Háblate mucho y con cariño: vivirás más"

Celeste López   |   La Vanguardia   |   Madrid   |   04/04/2019


Psiquiatra y autor de ‘Somos lo que hablamos. El poder terapéutico de hablar y hablarnos
En un vuelo desde Nueva York, la señora española que estaba a mi lado me preguntó si regresaba a la Península. Le contesté que iba a estar unos días, a lo que respondió, muy seria, ‘mejor, que en España sólo hay ladrones y terroristas’. Me sorprendieron sus palabras y le pregunté cuántos ladrones conocía a su alrededor, a lo que respondió que ninguno. Tampoco conocía en su mundo más cercano, ni siquiera un poco más alejado, a un terrorista... La mujer se dio cuenta de que la visión que había dado de España no se ajustaba a la realidad”.

El soliloquio te ayuda a gestionar la vida, a enfocar la atención, a concentrarte...”
Esta anécdota de Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943) resume de manera nítida una de las características del prestigioso psiquiatra afincado en Nueva York, el optimismo, esa mirada positiva de la vida que conduce al que le escucha a creer en la especie humana. Rojas Marcos está convencido de que el ser humano es bondadoso por naturaleza, lo que ocurre es que en el devenir de la vida y según sus experiencias ese potencial, a menudo, se diluye y se envuelve en negatividad.
Pero es posible de cambiar para vivir mejor. ¿Cómo? Hablando, porque “hablar, en cualquiera de sus formas, no sólo añade vitalidad a los años sino también años a la vida”, asegura Rojas Marcos, que acaba de publicar Somos lo que hablamos. El poder terapéutico de hablar y hablarnos (Grijalbo), el libro que, comenta, más le ha costado escribir porque hablar es uno de los temas que más han influido en su vida personal y profesional.
“Estoy convencido de que hablar es la actividad humana natural más eficaz a la hora de proteger la autoestima saludable, gestionar nuestra vida, disfrutar de la convivencia y las relaciones afectivas y estimular los dispositivos naturales que facilitan nuestro bienestar físico, mental y social”, afirma.

Pregunta.-Hablar como un remedio de la medicina de la calidad de vida.   |   Respuesta.-Sí, porque se ha demostrado que tan importante como curar una enfermedad es estudiar aspectos del ser humano que nos ayude a vivir mejor, como la actividad física.
P.-¿Usted fue un niño muy hablador?   |   R.-Sí, mucho. De hecho, el hablar ha jugado un papel esencial en mi vida. Especialmente hablar conmigo mismo. El lenguaje interior me ha ayudado mucho. Yo era un niño hiperactivo, aunque no existía esa denominación entonces, y esos soliloquios me ayudaron a controlarme. Yo no sabía qué hacía mal, pero era consciente de que mi actitud no era adecuada. Lo aprendí con los pellizcos de monja que me daba mi madre, las miradas de mi padre, con las órdenes de los profesores de sentarme en la última fila porque molestaba… (Era un desastre, lo suspendía todo). Entendí que debía controlarme y me lo decía a mí mismo. ¡Me funcionó!
P.-¿Por qué es tan importante hablarse a uno mismo?   |   R.-Porque te ayuda a gestionar tu vida, a controlarte, a enfocar la atención, a concentrarte en los pasos que debes dar, a mantener la fuerza de voluntad... Muchos estudios han demostrado que es una forma de autoguía muy efectiva.
P.-¿Y si mis soliloquios son negativos y me hunden?   |   R.-Deberá aprender a hablarse con cariño y así vivirá más y mejor. Porque la perspectiva positiva u optimista de la vida la implementamos en el lenguaje interior.
P.-¿Cómo se aprende?   |   R.-Siendo consciente de que el lenguaje interior es importante en tu vida y como tú te hables así repercutirá en el lenguaje social.
P.-¿Los niños que han crecido en un ambiente parlanchín tienen más posibilidades de vivir más y mejor?   |   R.-Muchos estudios apuntan a que sí, porque serán habladores, extrovertidos. Tendrán más relaciones sociales, compartirán experiencias, estarán más satisfechos, serán más solidarios, más empáticos... Hablen mucho a los niños, a los adolescentes, a sí mismos. ¡Hablen!.

lunes, 29 de julio de 2019

Hiperactivos: ¿perturbados o adaptados?


José R. Ubieto    | La Vanguardia   |   Barcelona   |   12/04/2019
¿La hiperactividad es hoy una conducta perturbadora, algo que nos aparta y dificulta del objetivo, o un estilo de vida adaptativo a un siglo XXI en constante movimiento?
Hace dos décadas, la atención focalizada -el tiempo que concentramos nuestra atención en un titular de diario, en un vídeo de Youtube o en un anuncio publicitario- era de 12 segundos. Hoy, tan sólo de 5. Y si nos fijamos en los dibujos animados infantiles, constataremos como un episodio de Bob Esponja (que dura aproximadamente 11 minutos) tiene más estímulos que todas las temporadas de Heidi. Hagan la prueba, póngales a sus hijos un episodio de la niña de los Alpes y verán como les llaman enseguida para advertirles que la pantalla se ha congelado porque lleva 6 segundos sin que pase nada: ni música, ni sonido, ni cambio de ritmo. En nuestro país, el 21% de las criaturas de entre 0 y 3 años accede diariamente a internet y el 81% de los bebés menores de seis meses ya están presentes en las redes sociales e Internet.
Podríamos seguir con los ejemplos, pero acordaremos que vivimos en una sociedad sobrexcitada sensorialmente, apasionada del multitasking y que encuentra en el zapping la vía regia para conectarse al mundo. ¿Qué adulto sostiene hoy una actividad de 50’ seguidos sin recurrir al touch de su móvil o sin deslizarse por el hipertexto hasta el infinito y más allá? ¿Se imaginan que tuvieran que hacer eso de 9 a 17h? ¿Y de lunes a viernes?
Muchos niños y niñas, la mayoría, tienen ese objetivo a diario, al igual que sus profesores. Los más mayores disponen, en secundaria, de la posibilidad de un uso clandestino de los smartphones -y algunos lo hacen- para sobrevivir a su jornada escolar. Paralelamente a esta nueva realidad digital, en la que viven y donde buscan su lugar, aumentan significativamente los diagnósticos de TDAH, forma patológica de la hiperactividad.
Tenemos, pues, un problema serio con la atención.
Simone Weil, mística y activista social francesa, recordaba un cuento esquimal que explica el origen de la luz: “El cuervo, que en la noche eterna no podía encontrar alimento, deseó la luz y la tierra se iluminó”. Añadía que si hay verdadero deseo, si el objeto del deseo es realmente la luz, el deseo de luz produce luz y que hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención. Interesante reflexión que nos aclara alguna de las paradojas actuales de la atención: aquellos que parecen estar perdidos en su desatención, no dejan por eso de focalizarla en otra parte: videojuego, móvil, charla compañeros. Su deseo -y con él, su atención- parece estar en otro lado.
Otra paradoja nos la enseña un muchacho, diagnosticado de TDAH por su desatención escolar permanente, cuando nos explica que desde siempre vive solo con su padre -su madre desapareció al poco de darle a luz- y que a éste apenas lo ve en el día a día porque siempre está trabajando cuando él sale de la escuela. ¿Qué desatención es la primera, la suya o la de los progenitores?
Parece, pues, que la atención, y su falta, no son pensables sin el deseo y sin la presencia del otro. Cuesta creer que esta dificultad actual pueda explicarse solo por fallas en las conexiones neuronales, cuando las conexiones presenciales andan en crisis.
El músico de rock Kurt Cobain empezó a tomar Ritalin, un medicamento para el trastorno de déficit de atención (anterior al Concerta) a los 7 años y aseguró que nunca dejaría de tomar drogas de un modo u otro desde entonces. En su nota de suicidio confesó que llevaba odiando a todos los seres humanos desde los siete años.
¿No estaremos tomando a esos 4 millones de niños/as estadounidenses o al 5-7% de niños españoles, diagnosticados de TDAH, como el chivo expiatorio de este estilo de vida hiperactivo, olvidando que los adultos los queremos justamente flexibles, emprendedores, dinámicos…? En definitiva, hiperactivados e hiperconectados, como garantía de su futura adaptabilidad social y laboral.
José R. Ubieto. Psicoanalista (AMP) y profesor de la UOC. Co-autor de Niñ@s Híper (Ned, 2018)